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Son 1045 palabras. He intentado plasmar la confusión del protagonista de la historia. La etiqueta del mes de abril es:
EL PACIENTE DE LA HABITACIÓN 122
Estaba seguro. Un día vendría por mí. Y hoy creí haberla
visto. Gatos y ratas. Gusanos. Muchos gusanos.
Suelo recorrer, cuando los enfermeros no están atentos, el
largo pasillo que lleva a recepción. Recuerdo cuando caminaba sin problemas,
con paso firme. Me ahogo, me ahogo. Por favor, por favor, te lo suplico. Ahora,
sin una muleta en cada mano, me caería sin remedio.
Me siento tan solo. Qué dulces eran sus besos. Qué bonita
era su sonrisa. Tenía un pelo tan bonito y tan suave. ¡Soy diferente! ¡Acéptalo
o no vengas nunca más! A veces, deseo que vuelva. Por eso me acerco a
recepción. Pero me da miedo. Creí que era ella. Estaba de espaldas, no me vio,
pero reconocí su cabello. Hazme rizos en el pelo, Pablo. Así, así. ¿Estaría
guapa si me rizara el pelo?
Mi primer impulso fue acercarme. Maldito hijo de puta. A mí
nadie me trata así, ¡nadie! Me daba mucho miedo. Me alejé todo lo rápido que
pude. Dos enfermeras gritaron mi nombre. Huí de ellas y me encerré en un cuarto
de baño. Aquí no puede encontrarme. No sabe dónde estoy. Por favor, no gritéis
mi nombre o me encontrará.
Decían que no podían echar la puerta abajo, que me herirían.
Querían que abriese la puerta. ¿Y si lo hacía y me la encontraba, con esa
sonrisa llena de odio? ¿Qué sería de mí? Mi doctora me hablaba con ternura.
Aquello me tranquilizaba. Su voz era aguda. La de ella era más grave, pero
igual de dulce. Nunca había conocido a nadie como tú. Pensaba que todos los
hombres eráis estúpidos y estabais llenos de prejuicios. Creo que, si estoy a tu
lado, no me importa ser quien soy.
—Pablo. No puedes seguir ahí —decía mi doctora, con tanto
cariño que se me humedecían los ojos—. Dentro de una hora tienes que tomarte
tus medicinas. Si no te las tomas, nunca te vas a curar.
Eso era verdad, pero tenían que dejar de decir mi nombre.
Tenían que irse con disimulo. Solo entonces, sería seguro salir y volver a la
sala donde estaban mis amigos y compañeros. Si veía a tanta gente junta
gritando mi nombre, me vería, me encontraría. Una placa de yeso del techo se
movió y apareció un rostro en el hueco.
—¿Qué haces aquí, cariño? ¿Crees que puedes esconderte de mí
en un puto cuarto de baño?
Empecé a gritar con todas mis fuerzas. Estaba allí, me
miraba como si deseara matarme. En el exterior se oyeron voces desesperadas y
empezaron a golpear la puerta. Lo único que podía hacer era acurrucarme en una
esquina y gritar. Eso me salvó de que la puerta me golpeara cuando se abrió de
golpe y dos enfermeros me sacaron a la fuerza. El panel de yeso estaba otra vez
en su sitio.
—No había nadie ahí dentro —me dijo mi doctora, tan dulce,
tan preocupada—. Has tenido una alucinación. Tienes que tomarte todas las
medicinas o seguirás viéndola. ¿Me lo prometes?
Asentí. ¿Quién se negaría a obedecer a una voz tan cálida y
tan dulce? ¿Quién podría no amar a una chica que siempre tenía frío y que
siempre llevaba gorro, incluso en el salón de su casa, porque Madrid era una
ciudad gélida? Como me gustaba abrazarla para quitarle el frío que siempre la
atormentaba.
Me llevaron a la sala enorme y bonita donde estaban mis
compañeros y mis amigos. Me sentaron a una mesa redonda y pequeña para que
pudiera ver la televisión. Josefa se paseaba de un lado a otro, jugando a no
pisar ninguna junta de las baldosas. Cuando fallaba, miraba a su alrededor y
disimulaba su risa tapándose la boca. Paco empezó a gritar y tuvieron que venir
dos enfermeras a tranquilizarlo. David se sentó a mi lado.
—Estoy preocupado, Pablo. Las voces están muy calladas hoy.
Eso puede significar algo.
—No será nada. Estarán descansando —respondí, ignorando
entonces cuánto me había equivocado.
Me dieron las pastillas y me las tomé sin rechistar. Creo
que me dieron una más que otras veces. Me quedé dormido.
Me desperté en un sofá, lejos de la televisión. La sala
estaba en penumbra y solo había un compañero, atento a un noticiario que
hablaba de un accidente de avión terrible. Me levanté aterrorizado y me
encaminé a mi habitación lo más rápido posible. La habitación 122 era el único
lugar seguro cuando caía la noche. Me lo había dicho mi doctora, con su dulce
voz.
—Tu habitación está protegida. Nada puede hacerte daño si
estás dentro, Pablo.
¡Óyeme! ¡Te encontraré! ¡Nadie puede esconderse de mí por
mucho tiempo! Pero aquella clínica era un lugar seguro, y la habitación 122,
inexpugnable. El pasillo estaba sumido en la oscuridad.
Cuando una luz dorada, suave y cálida iluminó el suelo desde
atrás, me volví. Era Amalia. Brillaba cuando lo deseaba. Amalia Luminosa. El
corazón se me quería salir del pecho. No podía correr. Las muletas. Mis piernas
torpes.
—¿No te alegras de verme, cariño?
Tenía que llegar a mi habitación. Pasé junto a la 110. Tenía
que lograrlo. No entendía como nadie se despertaba al oír los golpes de las
muletas contra el suelo.
—Corre, cariño, corre.
La tenía encima. Me iba a atrapar. Por favor, por favor, no
me hagas daño. Por favor, me dan asco los gusanos.
Jugaba conmigo. Podría haberme atrapado, pero prolongaba mi
agonía. Quería verme sufrir, quería que el corazón se me quebrara por el
esfuerzo y el terror. La tenía encima. Pero no sabía que la habitación 122 era
inexpugnable. Abrí la puerta y la cerré a toda prisa. No se veía nada. Jadeé un
rato, aliviado.
Y una luz dorada, suave y cálida lo iluminó todo. Era
Amalia. Amalia Luminosa.
—Tu doctora te mintió para calmarte. Domino el espacio y el
tiempo. ¿Crees que un puto número iba a salvarte?
Grité con todas mis fuerzas, pero Amalia me tapó la boca.
—Podríamos haber sido tan felices. Creí que eras diferente.
Mi abuela siempre tuvo razón: nuestro linaje es demasiado noble para mezclarse
con seres como vosotros.
Amalia me apretó la garganta. No podía respirar.
—Qué simple es manipular una mente humana. ¿Tienes
curiosidad por saber qué es la esquizofrenia? Te concedo el deseo.
Por favor, me ahogo. Por favor, por favor.

