Relato para el Reto de escritura de #OrigiReto2018 - Ejercicio: 01 - Elige un momento histórico importante y describe como sería la vida hoy si hubiera sucedido de otra forma.
Bases en:
http://nosoyadictaaloslibros.blogspot.com.es/2017/12/reto-de-escritura-2018-origireto.html
o en
http://plumakatty.blogspot.com.es/2017/12/origireto-creativo-2018-juguemos.html
Aquí la pegatina:
Y a partir de aquí, el relato.
LLUEVE CENIZA
Cuando la lluvia me obligaba a quedarme en la entrada de la
cueva, viendo las gotas de ceniza húmeda envenenar un poco más la tierra, al
otro lado del muro de cristal, me acordaba del arte del pasado. Antes, la
lluvia inspiraba melancolía, romanticismo; la pintaban, salía en las películas.
Verla caer desde el otro lado de una ventana era hermoso, decían. Ojalá hubiera
crecido en esa época. En aquel instante, la impotencia me causaba una opresión
en el pecho. No estaba segura de si había cubierto bien el brote que era mi
última esperanza de ver un mundo diferente algún día. Si la lluvia lo abrasaba…
El ruido de unos pasos me hizo volverme. Era Francisco
quien, desde hacía dos semanas, era la persona de mayor edad de la cueva. El
hombre se acercó al cristal y se quedó mirando al exterior.
—¿Cuánto tiempo ha estado lloviendo?
—Llevo aquí un par de horas y ya llovía. No ha parado —dije.
Francisco observó un rato los caminos que las gotas de
ceniza describían en el cristal que nos protegía del exterior.
—Paula y yo creímos tener mala suerte en nuestra luna de
miel porque llovió durante tres días y no pudimos recorrer todas las calles de
Nueva York que nos habíamos propuesto. —Suspiró—. ¿Cómo íbamos a saber que la
lluvia se convertiría en eso?
—Así son las cosas.
—Sí, son así, pero… las cosas no tenían que ser así. Nos
decían que el viaje de novios de nuestros hijos sería a la Luna. Y le decía a
mi mujer que iríamos al puerto espacial a despedirles, dos veces.
No habría sabido qué decirle. Por suerte, no volvió a
hablar. Francisco era el único habitante de la Cueva de la Pileta que aún
recordaba el viejo mundo. Y a pesar de los años transcurridos, aún añoraba a su
mujer y a sus dos hijos, de tres y dos años cuando sucedió todo. Fantaseaba con
lo que podrían haber sido: médicos, abogados, ingenieros… Soñaba con ellos para
olvidar que estaban en Madrid, la capital de lo que había sido España, cuando
estalló la guerra. La ciudad debía de ser un montón de cascotes y cenizas,
formado por los restos de sus edificios y de los cadáveres.
Nadie había sobrevivido al bombardeo. Francisco se salvó
porque realizaba excavaciones en aquella misma cueva. Y en nuestra comunidad,
sabíamos que Francisco habría preferido morir con ellos.
* * * * *
Mi brote había sobrevivido a la lluvia, aunque se le habían
quemado varias hojas. Agoté mis dos horas de uso de uno de los trajes de la
comunidad en regar, echar un poco de abono y reforzar la protección que una
pared de roca natural proporcionaba al brote de algarrobo del que cuidaba. Francisco
decía que la tierra daría muestras de empezar a curarse cuando los árboles
volvieran a crecer. Mi esperanza era acelerar el proceso, que el algarrobo
creciera. Quizá, cuando pasaran muchos años, podría salir al exterior sin
protección, con ropa corriente.
* * * * *
Mis esperanzas se fueron marchitando a medida que mi brote
perdía las hojas una tras otra. Solo le quedaban dos, y una empezaba a ponerse
marrón. Si el brote moría, esperaría un año y volvería a intentarlo, pero
ignoraba cuántas veces sería capaz de insistir.
Un rumor constante de pasos y voces me hizo levantarme de la
cama. Y cuando supe qué sucedía, se me olvidó la preocupación por mi brote. Me
dirigí lo más rápido que pude a la entrada de la cueva, ocupada ya por la mitad
de los habitantes de la cueva. Y les vi. Los viajeros fueron saliendo uno a uno
de la sala de esterilización.
Seis meses atrás, cinco personas habían abandonado la cueva.
Su misión era medir los niveles de radiación lo más cerca posible de la cima del
Mulhacén. Ese valor permitiría ajustar los modelos que había desarrollado
Francisco y aclarar cuánto tiempo tendría que pasar para que el aire libre
dejara de ser peligroso. Además, queríamos averiguar si había otras cuevas
habitadas en la región.
Las había. De los cinco que habían regresado, tres eran
desconocidos. Habíamos intercambiado gente con una de las cuevas que habían
encontrado. La noticia maravillosa era que en la zona del Mulhacén vivían casi
doscientas personas. Entre nuestra cueva y la del gato, sumábamos ochenta y dos
habitantes. Éramos tan pocos que, en pocas generaciones, todos seríamos
parientes y el futuro de la comunidad estaría en peligro. Si manteníamos el
contacto con esas otras cuevas, tendríamos una oportunidad.
Los nuevos eran dos chicos y una chica. Quizá me fertilizara
uno de ellos, cuando me hiciera mayor de edad. Una de las cosas que más
entristecían a Francisco era que la familia formada en torno a una pareja fuera
un concepto obsoleto. Mi obligación era tener hijos con todos los hombres que
pudiera. Nuestra población tenía que dejar de menguar.
* * * * *
—¿Cómo va tu brote? —me preguntó Francisco en su lecho de
muerte.
—Mal.
Francisco me dijo que lo sentía y un ataque de tos le hizo
callar. Cuando se recobró me pidió que le diera la mano.
—Anoche tuve un sueño. Soñé que EE.UU. y la U.R.S.S.
iniciaban conversaciones secretas. Que los americanos retiraban sus misiles de
Turquía y se comprometían a no invadir Cuba, y que los soviéticos se llevaban
sus misiles de la isla. Y la guerra no estallaba. Y Paula te invitaba a cenar a
casa, porque eras amiga de mis hijos.
Era un sueño precioso. Así tuvo que suceder todo. En la
realidad, un grupo de militares cubanos fanáticos se hizo con el control de
varias cabezas nucleares rusas. Fidel Castro no pudo detenerlos y arrasaron
Florida y el sur de Louisiana. Estados Unidos destruyó Cuba, la Unión Soviética
bombardeó EE.UU., estos lanzaron todos sus misiles contra la U.R.S.S…. La
Tierra entera quedó destruida por aquella estúpida rivalidad.
* * * * *
Hice la última visita a mi brote, que ya era una ramita
seca. No pude evitarlo; me senté junto al brote seco y lloré como si fuera una
niña pequeña. Cuando me calmé, examiné el brote: quizá pudiera devolverle a la
comunidad parte del abono.
Y cuando recogía con cuidado la tierra fértil, se me escaparon unas risas. En la base de la ramita seca, estaba naciendo una nueva hoja.