Mundo de Cenizas. Capítulo XXXIV (Segunda parte)
Retomo, después de mucho tiempo, esta pequeña novela. La primera parte del capítulo lo publiqué aquí: Capítulo XXXIV (Primera parte). La historia entera puede seguirse en la etiqueta Mundo de Cenizas.
Una bitácora empresarial en la que, apenas, el 5% del contenido es de corte empresarial. Contradicciones de la vida moderna.
Retomo, después de mucho tiempo, esta pequeña novela. La primera parte del capítulo lo publiqué aquí: Capítulo XXXIV (Primera parte). La historia entera puede seguirse en la etiqueta Mundo de Cenizas.
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Juan
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Aunque Pablo se mostró frustrado cuando las galeras detuvieron la marcha para pasar la noche, lo que sucedió fue lo que él mismo había predicho momentos después de partir de Imquaikmu. Según él, debido al retraso en la salida y al originado mientras se arregló la avería, no podrían llegar a Vussinumoput antes del anochecer. Y había acertado. A pesar de ello, Raquel se sentía muy contenta de interrumpir el viaje durante una noche entera. Estaba cansada de ir metida en la galera y de soportar los baches del camino. La carretera discurría todo el rato por la ladera de la montaña, sin despegarse apenas de la línea de Torres, lo que, por las conversaciones que oía, ponía nerviosos a algunos viajeros. Le preguntó a Pablo que donde estaban, y éste repuso que en Imquopossu, que era una ciudad pequeña donde terminaba la carretera. En condiciones normales, habrían parado una media hora y habrían desandado el camino hasta Imessuzu, para bajar hacia Cipenmêfile y ya seguir por la costa, pero por culpa del retraso, se les había hecho de noche.
Mientras ayudaba a Juan y a Pablo a bajar sus enseres de la galera y a acomodarse para pasar la noche al raso, Raquel recordó lo que había visto en el viaje. Tras Imquaikmu, por un camino tortuoso, llegaron hasta Imessuzu, que era una ciudad más grande que Imquaikmu, con unas murallas impresionantes. Se trataba de la ciudad más importante de las que se alzaban en la ladera montañosa, y aunque bajaron bastantes viajeros, fueron pocos los que subieron. Cuando partieron de Memieme, la aldea que había a medio camino entre Imessuzu e Imquopossu, el sol ya estaba muy bajo y fue cuando Pablo empezó a temerse que no iban a llegar ni a Imquopossu, aunque en eso se equivocó.
Una vez que hubieron elegido un sitio discreto para acomodarse, aunque sin alejarse demasiado de otros grupos de viajeros, Raquel se olvidó del cansancio y de sus elucubraciones y empezó a organizarlo todo. Había un arroyo que discurría cerca de la ciudad, y suficientes árboles y vegetación como para tener combustible suficiente. Sacó de inmediato los enseres para cocinar y los víveres, y llamó a sus dos amigos. A Juan le tendió la olla y le dijo:
—Juan, tráemela llena de tres cuartas partes de agua—, y cuando levantó la olla tras contestar que de acuerdo, le dijo a Pablo—: y vuestra merced traiga ramas para hacer fuego. Yo iré preparando todo.
Pablo respondió bromeando, pero hizo lo que Raquel le pedía. Cuando Juan volvió con el agua, ya tenían preparado el sitio donde encenderían los dos fuegos, básicamente, un par de montones de ramas rodeados parcialmente por unas cuantas piedras, con una trébede encima cada uno, y se afanaban en prenderlos. Los habían dispuesto muy juntos. Pablo estuvo todo el rato bromeando acerca de lo que se estaba Raquel complicando la vida para cocinar aquello, en que iba a ser muy pesado para cenar, y otras cosas que no se tomó a mal.
Una vez encendidos los fuegos, vertió parte del agua en el perol que traía, echó las alubias en remojo en la olla y preparó la carne que iba a cocer en el perol, un tanto escasa porque ya no le cabía más. Lo hizo sin prisas, ya que debería cocer las alubias dos o tres horas.
Poco después del anochecer fue cuando puso al fuego el perol, lo que significaba que aún quedaba un buen rato para que pudieran comer. De modo que Raquel pasó la mayor parte del tiempo conversando con Juan y con Pablo, más que nada con este último ya que su mejor amigo no parecía muy animado. Más de una vez, que le vio envuelto en una manta gris, estuvo tentada a preguntarle qué le pasaba, pero no quiso hacerlo delante de Pablo.
Raquel observó al resto de los compañeros de viaje. Varios de los grupos que se habían ido formando habían encendido fogatas, pero abundaban más parejas o viajeros solitarios que, simplemente, habían acomodado sus fardos y se contentaban con lámparas o, incluso, con los resplandores de las fogatas vecinas. De hecho, un par de muchachos que pasaron cerca de ellos, bromearon entre sí acerca de que esos tres se habían traído al viaje una cocina entera. Pero a Raquel le daba igual; qué menos que alimentarse bien en una travesía dura como aquella para poder afrontarla mejor.
Y observó a una pareja que, tras haberse detenido a hablar con los viajeros que cocinaban alrededor de una de las fogatas, avanzaron hacia otra que estaba más cerca de los tres. A Raquel le llamó la atención aquel par porque hubiese jurado que iban encapuchados, y desde que Pablo le previniera acerca de esa gente, prestaba interés a ese tipo de cosas. Al parecer, eran un hombre y una mujer, por la diferencia de altura, aunque no podría asegurarlo, y quizá fuesen un hombre y un adolescente. El hombre era el que se acercaba a hablar con los viajeros, mientras que su acompañante se mantenía apartado. Al parecer, estaban pidiendo comida, cosa que intranquilizó a Raquel, porque supuso que ellos serían los siguientes.
Y, en efecto, el hombre volvió con la que Raquel consideraba, sin saber por qué, una mujer, y se fueron juntos hacia ellos. Algo nerviosa, hizo un inventario rápido de la comida que llevaban, planteándose de qué podría prescindir con objeto de darles algo con que librarse de ellos. Con tranquilidad, el encapuchado se acercó sin ocultarse, y aunque los tres amigos le miraron, se dirigió directamente hacia Raquel, que cuidaba de la olla de las alubias. A cierta distancia, de manera que no se le veía bien el rostro ni siquiera gracias a la fogata, le habló con una voz profunda y ligeramente grave, pero que era, sin dudarlo, femenina:
—Discúlpeme; ¿podría hablar un momento con vuestra merced?
Raquel se quedó muy sorprendida del tono tan cortés con que se había dirigido a ella, que no se esperaba de una pedigüeña corriente, y fue incapaz de negarse. Iba a continuar cuando Pablo, que se había levantado, se encaró con ella y le dijo:
—Lo lamento, pero no queremos tratos con gente que nos oculta el rostro.
La encapuchada se incorporó al decirle aquello Pablo, y Raquel pudo apreciar lo alta que era. Le debía sacar cuatro o cinco pulgadas a su amigo, que era mucho para tratarse de una mujer. Le miró y, con el mismo tono educado, repuso:
—Le ruego que me perdone. Tiene vuestra merced razón.
Y sin demorarse, se quitó la capucha y su rostro quedó iluminado por el fuego. Se trataba de una joven, con el pelo claro y recogido en parte por un pañuelo, con un rostro huesudo y no muy agraciada. Pero tenía una serenidad y unas formas que inspiraban mucha confianza. De hecho, oyó decir a Pablo:
—Bueno… discúlpeme vuestra merced si he sido un poco brusco.
La respuesta de la mujer fue sonreírle a Pablo y dirigirse de nuevo a Raquel. Como volvió a inclinarse para hablar con ella, ya que no se había levantado, se dio cuenta de que tenía unos ojos azules de mirada serena, y de que no albergaba malas intenciones. Le preguntó:
—Mi amiga y yo estamos de paso en Imquopossu y no tenemos víveres ni para cenar ni para desayunar mañana. ¿Querrían vendernos o intercambiar parte de sus provisiones? Tenemos algo de dinero y también vino.
Fue a responderle cuando se sintió muy conmovida. La mujer se quedó unos momentos mirando la olla y el perol donde preparaba la cena, y Raquel comprobó, por la avidez con que lo miraba, que su interlocutora estaba pasando hambre. Reforzaba aquella idea su rostro huesudo, y sus manos, largas pero delgadas. Y aquello le hizo sentir un pellizco en el corazón. Trabajaba dando de comer a muchas personas, y una de las cosas que peor soportaba era ver a alguien hambriento. De modo que le salió del alma decirle:
—No. Tenemos poco que podamos venderles. Por eso, lo que haré es invitarlas a cenar con nosotros. Puedo cocer más carne y echar más alubias al fuego. Quedarán algo duras, pero podremos comer los cinco. A cambio, pongan vuestras mercedes el vino, y así ahorraremos el nuestro.
—Vuestra merced es muy amable, pero no queremos importunarles. Con un poco de queso y bizcocho nos arreglaremos.
—No será ninguna molestia, amiga. Es tan poca molestia para mí cocinar para vuestras mercedes que me apenaría mucho dejarlas ir con unas migajas. Y si ponen el vino, estarían pagando con creces el esfuerzo. No rechacen mi invitación.
La mujer la miró a los ojos, pensativa; sin embargo, Raquel estaba segura de que la había convencido, cosa que confirmó cuando la extraña repuso:
—Permita vuestra merced que se lo diga a mi amiga.
Y se encaminó hacia donde la esperaba. Raquel miró a sus compañeros de viaje y, para su sorpresa, se encontró que Pablo le demostraba su desaprobación con gestos discretos. Dirigió su mirada hacia Juan, buscando su apoyo. Su amigo se limitó, al principio, a encogerse de hombros, pero, quizá en respuesta a los ojos con que Raquel le miró, le dijo algo al oído a Pablo y este, con cierto disgusto terminó asintiendo en su dirección. Entonces, fijó su atención en las dos mujeres. Dado que reinaba cierto silencio por cansancio entre el resto de viajeros, pudo oír su conversación, sobre todo, las frases de la chica más bajita.
La que le había pedido comida, dijo algo que Raquel no oyó bien, pero que, obviamente, era un intento de convencerla, porque la otra repuso:
—¡No! ¡Vámonos! No les conocemos de nada.
En un tono más alto, la más alta contestó:
—Llevamos semanas sin comer nada caliente. Han sido muy amables, y parecen ser muy buenas personas. Por favor… ven y salúdales, y te convencerás por ti misma.
La chica bajita replicó casi en un susurro, de manera que Raquel ya no pudo oírla. De hecho, parecían haberse dado cuenta de que hablaban demasiado alto, y su tono dejó de ser audible. Al fin, las dos se aproximaron cargando con sus enseres y Raquel comprobó que la otra chica les miró con desconfianza, sin quitarse la capucha. Iba a decir algo cuando su amiga le ordenó:
—Descúbrete.
El simple “no” con que repuso su amiga la pareció más propio de una niña caprichosa que de una mujer adulta. El tono con que la más alta insistió fue extraordinariamente firme:
—Quítate la capucha.
Terminó por obedecer y Raquel vio, a la luz oscilante de la fogata, un rostro de facciones delicadas y muy bellas. Que se trataba de una chica muy guapa le quedó claro cuando vio la forma en que Pablo se la quedó mirando. Ella, a su vez, posó su vista en cada uno de los tres y a Raquel no le pasó inadvertida su indignación cuando cruzó la mirada con la de Pablo. Se limitó a decir:
—Buenas noches.
Respondieron con rapidez a su saludo y Raquel propuso a continuación:
—Siéntense vuestras mercedes con nosotros. Aún queda para que podamos comer.
Cuando la muchacha alta hizo ademán de sentarse y le pidió a su amiga que hiciera lo propio, ésta, tras mirar de nuevo a Pablo, que seguía contemplándola, volvió a ponerse bruscamente la capucha y contestó:
—Agradezco mucho su amable invitación, pero si me disculpan, no tengo ganas de cenar. Mi amiga sí se quedará y compartirá mesa con vuestras mercedes —. Se dirigió a su compañera y prosiguió—: estaré detrás de aquellos arbustos, ven a por mí cuando termines.
Antes de que pudiera irse, su amiga la detuvo diciéndole:
—Si te vas, me voy yo también.
—¡Ah, no! Que luego me dirás que no cenaste por mi culpa. Quédate y cena con ellos. Yo quiero estar sola… Estaré bien.
Raquel se apenó del tono, con parte de súplica, con el que la joven alta insistió por última vez:
—Por favor, quédate.
Hubo tristeza en los ojos de la chica bajita cuando miró a su amiga, pero, tras dudar unos instantes, se dio la vuelta y se perdió entre los matorrales. Hubo aún más tristeza en los ojos azules y huidizos de su amiga cuando se abrió la capa, y para sorpresa de Raquel, se quitó un talabarte para dejar sus armas, ropera y daga, junto a ella y se sentó, cansada y abatida. Y aquella pena se le contagió, al menos en parte. La extraña se repuso pronto y dijo:
—Les ruego que perdonen a mi amiga. Ha pasado momentos muy amargos y aún no los ha superado.
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Raquel se despertó sobresaltada, y descubrió que todo el pasaje compartía su estado. La galera se detuvo y se oyeron caballos trotar hacia alguno de los carruajes de delante. Un hombre, que estaba sentado junto a la salida, saltó y Pablo, tras decirles que iba a ver qué sucedía, se levantó y salió con agilidad. Raquel no quiso salir, aún adormilada, y Juan tampoco hizo ademán de hacerlo.
Tras un rato, el hombre que había salido primero, volvió a subir, y, a continuación, subió Pablo, que se sentó nuevamente junto a Raquel y dijo, con cierto hastío:
—A una galera, la que precede a la que tenemos delante, se le ha destrozado una rueda. Se roto de tal forma, que el carruaje casi se sale del camino y se cae ladera abajo. Por suerte, se ha estrellado contra un árbol, que ha impedido que vuelque y caiga al precio de romperle otra de las ruedas —. Resopló frustrado y añadió—: ¿Saben lo que significa?
Raquel negó con la cabeza y Pablo concluyó:
—Que vamos a perder un par de horas mientras la descargan, la reparan y la vuelven a cargar… Mi consejo es que salgamos de la galera con los víveres, para que nos dé el aire y almorcemos dentro de un rato, porque vamos a tener tiempo. ¡Qué mala suerte!
Tras frotarse los ojos, Raquel opinó:
—Podía haber sido peor. Entiendo que nadie está herido.
—Eso es cierto, amiga Raquel. No sólo están todos ilesos sino que algunos estaban bromeando y todo. Bajemos.
Raquel miró a Juan, buscando saber qué opinaba. Se limitó a encogerse de hombros y a decir, en tono muy bajo: “vamos”. De manera que recogieron lo imprescindible para el almuerzo, y bajaron de la galera buscando a Pablo, que les llamó para que se acercaran adonde él estaba. Su amigo se había alejado algo del camino, y había descendido por una ladera un tanto pronunciada, pero desde la que había una vista magnífica de Gaiphosume. Como se había quedado dormida, Raquel no tenía ni idea de donde estaban, así que, cuando bajó con mucho cuidado por la ladera, junto a Juan, que parecía más preocupado por cuidar de que no se cayera que de sí mismo, se sentó junto a Pablo, que disfrutaba de la vista, y le preguntó que por dónde habían pasado y dónde estaban en aquel instante. El muchacho repuso:
—Estamos muy cerca de Nokesfôp, que es el primer pueblo que vamos a visitar próximo a la línea de Torres. Dejamos la costa en Deswekem, y a partir de ahora la carretera discurre muy pegada a las Torres. Pero ya hemos subido bastante. ¿Ha visto, amiga Raquel, qué vistas hay por aquí?
Raquel asintió sonriente, y estuvo un buen rato admirando el paisaje. No dejaba de pensar en lo bonita que era Gaiphosume desde lejos. La ciudad era un recinto amurallado construido junto al mar y junto al río. Cerca del puerto, se veían varios barcos pesqueros ir y venir, y desde el Este, se aproximaba una galeota. En la otra ribera, sobre una colina, se alzaba el castillo. Algo más arriba, siguiendo el curso del río, estaba Metmehapet. Más cerca de ellos, podía ver el diminuto recinto amurallado de Mutquedut. La embargó una emoción muy placentera. Aquel viaje iba a ser una aventura en toda regla, y si aquella vista la había fascinado, se preguntaba qué maravillas le faltaban por contemplar. Se recostó contra un árbol y miró fugazmente a Juan, que se había sentado junto a ella, en el lado opuesto al que tenía a Pablo. Y cuando Juan la miró a ella, Raquel le comentó:
—Nunca había estado tan lejos de nuestra ciudad. Tú tampoco te habías alejado tanto, ¿verdad?
Con el extraño aire ausente que le había advertido desde hacía rato, repuso:
—No. También es mi primer viaje.
Riéndose, Pablo añadió:
—Yo ya he hecho este viaje decenas de veces. Esta parte es la más bonita, desde aquí hasta que lleguemos a Imquopossu y tengamos luego que desandar camino para regresar a Cipemnêfile. A partir de ahí, el camino discurre junto al mar y es más de lo mismo.
Raquel repuso con rapidez:
—Sí, ya lo sabía, pero tenga en cuenta que vuestra merced es estudiante, y los estudiantes acostumbran viajar mucho.
—Por eso somos tan sabios… Y por lo que aprendemos en la Universidad, también.
La referencia a la Universidad, la hizo suspirar y añadir:
—A veces le envidio, amigo Pablo. A mí también me gustaría estudiar en la Universidad.
Pablo, y también Juan, lo que la hizo ruborizarse levemente, la miraron extrañados. Fue Pablo el que dijo:
—¿Sí? Pues siento decirle, amiga Raquel, que en la Universidad es muy difícil ver mujeres. Y las poquísimas que hay son de familias muy pudientes. Tiene unos gustos muy raros y muy caros —. Y tras una pausa, preguntó—: ¿y qué le gustaría estudiar?
—Lenguas antiguas… y algo de Historia… de la época en que se construyeron las Torres.
Pablo repuso:
—Encuentro más útiles las matemáticas y la física, pero he de reconocer que le gustan unas disciplinas complicadas, amiga Raquel.
Después de aquello, conversaron de cosas banales. La charla consistió, casi todo el tiempo, en oír a Pablo contar anécdotas que le habían sucedido en sus muchos viajes de Itvicape a Nêmehe. Como las contaba con bastante gracia, el tiempo hasta la hora de almorzar se les pasó volando. Tomaron un almuerzo ligero: pan, queso, un poco de carne y unas manzanas. Raquel estuvo observando a Juan todo el rato, y se empeñó en hablarle, en un intento de que abandonara la apatía tan rara que mostraba. No creía que se debiera a la experiencia terrible en la expedición contra los cralates, ya que la tarde anterior se había mostrado bastante animado. Llegó, incluso, a preguntarle directamente si le sucedía algo malo, a lo que él repuso negando que se sintiera mal.
Un rato después, Raquel empezó a oír gritos, que pedían ayuda para levantar un carro, y se dio la vuelta para ver de donde provenían. Cuando volvió a mirar a sus amigos, notó que Pablo se alejaba ladera abajo y se acurrucaba tras un árbol. Con inocencia, Raquel dijo:
—Parece que ahí arriba necesitan ayuda para levantar la galera.
A lo que Pablo repuso, escondido tras el árbol.
—Acierta, amiga Raquel, por eso he bajado hasta aquí, no sea que me digan que ayude.
Raquel no pudo impedir echarse a reír y replicar, en broma:
—¿Es que no tiene vergüenza, amigo Pablo?
Pablo asomó la cabeza, y esbozando una sonrisa irónica, negó con la cabeza y volvió a su escondrijo. Juan, en cambio, se levantó y dijo serio y algo triste:
—Veré si puedo hacer algo.
A lo que Pablo repuso con un deje sarcástico, dirigiéndose a Raquel, cuando Juan estuvo lejos:
—Hemos ido a juntarnos con el miliciano más caballeroso del pueblo, amiga Raquel.
No le gustó la crítica a un rasgo del carácter de Juan que a ella le parecía muy positivo, de manera que le salió del alma replicar:
—Pues sepa, amigo Pablo, que eso es lo que más me gusta de él, lo noble y lo caballeroso que es. Cualquier miliciano desearía tenerle de compañero y cualquier chica se sentiría segura teniéndole a su lado.
La sonrisa que esbozó Pablo fue un tanto extraña, y la respuesta del muchacho la dejó sin palabras:
—¿En serio, amiga Raquel? Debe de ser la única que piensa así, porque en los días de permiso que tuvimos, me confesó que no había estado nunca con una mujer, y que no tiene la menor esperanza de que eso cambie. No soy el más indicado para ayudarle, porque estoy igual que él, pero, al menos, intento acercarme a alguna de vez en cuando. Él, ni eso —. Tras una pausa, concluyó—: mucho decir vuestra merced que le gusta lo caballero que es, pero el caso es que no le ama. Y como vuestra merced, todas las demás.
Raquel sólo acertó a balbucear un par de monosílabos, y optó por callarse. Se sentía estupefacta; no se imaginaba que Juan pudiera sentirse tan solo. Siempre había supuesto que le pasaría como a ella, que ya había estado amancebada con dos chicos y que tenía varios pretendientes, a los que no hacía caso porque no le llegaban a Marcos ni a la suela de las sandalias y sólo querían de ella pasar un buen rato. Le parecía impensable que Juan nunca hubiera tenido nada, ya que sus amigas le consideraban muy apuesto. Siempre había creído que era discreto, o que no le interesaba amancebarse, sino casarse. O, incluso, que no le atraían las mujeres. Pero que deseando una pareja no la tuviera, se le antojaba imposible.
Como quiera que Pablo volvió a su escondite, Raquel estuvo dándole vueltas un rato a lo que le había dicho. Terminó llegando a la conclusión de que quizá a Juan no le gustaran las chicas, pero no quería reconocerlo ni ante Pablo ni ante nadie, por miedo a que le tacharan de sodomita, y que, por ello, le hubiera contado a su nuevo amigo que las mujeres no le hacían caso. O incluso, que sintiera confusión acerca de sus preferencias. También pensó que pudiera ser muy tímido, y que le diera mucho miedo pedirle una cita a una chica. Pero le parecía sorprendente, teniendo en cuenta que estaba entrenado para combatir.
Finalmente, fue el propio Juan quien le sacó de su ensoñación. Le oyó llegar cuando estaba muy cerca y dijo, dirigiéndose a los dos:
—Ya está la galera reparada. Subamos.
Sin más, recogieron sus enseres y subieron la ladera con cierto esfuerzo, por lo empinada que era. Subieron a la galera y tras otro rato interminable, continuaron su camino.
Tras una media hora de lenta ascensión por un camino lleno de baches, llegaron a Nokesfôp, que era un pueblo pequeño pero que ocupaba una gran extensión, casi vacía de casas y con cultivos, protegido por una empalizada de madera. Había pequeñas aglomeraciones dentro de la empalizada, pero la mayoría del terreno eran casas aisladas rodeadas por huecos y unidas por senderos. Raquel le preguntó a Pablo acerca de esa disposición tan opuesta a las de otras ciudades, pero no supo decirle el motivo.
El resto del camino hasta llegar a Imquaikmu, una ciudad de buen tamaño y aspecto normal, protegida por muros de piedra de factura sólida, discurría al borde de un barranco, que Raquel vislumbraba con aprensión cuando las curvas del camino se lo permitían, y muy cerca de la línea de Torres. Nunca las había tenido tan cerca, y las veía brillar con una fuerza y una belleza que le eran desconocidas. A riesgo de caerse en cualquier bache, no pudo resistirse a acercarse a la salida del carruaje y mirar hacia una Torre.
Por fortuna, tuvo la oportunidad de disfrutar de la línea de Torres cuando la galera se detuvo en Imquaikmu para dejar viajeros y carga y recoger nuevos pasajeros y bultos. Aprovechó para bajar de la galera, buscar un sitio donde las viera bien, y contemplar, arrobada, decenas de Torres brillar con una bellísima luz blanca. No supo el tiempo que estuvo allí, admirando el espectáculo.
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Raquel llevaba nerviosa desde antes de haberse acostado. Aunque había preparado todo el equipaje para su viaje a Nêmehe la noche anterior, aquella mañana se despertó muy temprano y volvió a revisar que todo estuviera bien, que no se le olvidara nada. Su madre había terminado por levantarse también más temprano de la cuenta y se dedicó a darle toda clase de consejos acerca de cómo cuidarse de todos los peligros que le acecharían a una chica sola en una gran ciudad. A Raquel le conmovía la preocupación de su madre, e intentaba tranquilizarla diciéndole que haría el viaje acompañada de Juan y de Pablo y que regresaría con el primero. Sin embargo, cuando su madre le confesaba que se sentía intranquila porque era el primer viaje de verdad que hacía sola, tuvo que aceptar que ella también sentía algo de incertidumbre.
El nerviosismo de Raquel, una vez revisado el equipaje varias veces, se volcó en impacientarse por la llegada de Juan y de Pablo. Habían acordado la tarde anterior que sus dos amigos pasarían por su casa para ir los tres juntos a la explanada frente a la Puerta del camino de Nêmehe, donde les esperarían las galeras. Miró varias veces por la ventana de su habitación, y empezó a ponerse nerviosa porque no les veía aparecer. Empezó a quejarse a su madre por su tardanza, a lo que ella respondía que aún era pronto, lo que no la tranquilizaba. Para olvidarse de aquello, optó por llevar su equipaje junto a la puerta principal de la casa, lo que le llevó un rato.
Tuvo tiempo de tomarse un desayuno ligero, ya que no se sentía con ganas de comer mucho por la excitación del viaje, y de echar varios vistazos por la ventana, antes de que, finalmente, les viera aparecer tras cruzar una esquina. Se puso tan contenta que salió de su casa y les saludó desde lejos. Mientras les veía responder al saludo y avanzar hasta llegar adonde estaba ella, no dejó de pensar en que eran una pareja de amigos un tanto extraña. No comprendía muy bien cómo Juan, tan educado, formal y caballeroso podía llevarse bien con Pablo, que era, en esencia, todo lo contrario. La cuestión era que, durante los cuatro días que habían transcurrido desde que regresaron tan quebrantados de la expedición contra los cralates, estuvieron juntos casi todo el tiempo. Los mandos decidieron darles varios días de permiso, para que se recuperaran de lo que habían vivido. Les ordenaron estar preparados para incorporarse de inmediato si la situación lo requería, pero desde entonces, Gaiphosume había vivido una calma completa, de forma que tuvieron ocasión de descansar y, por lo visto, de estrechar lazos. Raquel sabía que entre soldados que habían librado combates juntos nacía una camaradería muy particular, pero no era habitual hacer buenas migas tan rápido con alguien tan diferente a uno, o, al menos, eso pensaba ella.
Llegaron a su altura y dejaron los sacos donde llevaban su equipaje. Los dos iban vestidos casi de la misma forma: capas de viaje, bajo las cuales llevaban el coselete y las armas, y sombreros de ala ancha. El sombrero de Pablo era de mayor calidad que el de Juan, que para ese tipo de cosas, era más sobrio. Raquel les saludó a ambos con un par de besos en la mejilla y sacó sus fardos. Cuando dejó el saco en el que llevaba la ropa apoyado contra el muro de su casa, Pablo, en tono alegre, le dijo:
—Amiga Raquel, ¿se va a llevar todo eso?
Asintió, entró de nuevo en la casa, y sacó el otro fardo, en el que llevaba la olla y la comida, el arco y la aljaba llena de flechas. Y le respondió a Pablo.
—Y además, me llevo todo esto.
El aludido examinó con interés los nuevos bártulos y, sin pedir permiso, cogió el arco, que estaba sin encordar, lo miró con atención, lo dobló ligeramente y acabó por decir:
—Parece un arco de miliciano o de soldado… es más fácil de tensar, pero con la misma potencia. Apostaría un escudo a que está diseñado para ser muy eficiente. Es muy buen arco; no es el arco corto típico con que se les enseña a tirar a las civiles.
—Gracias. Pero es lógico siendo la mía una familia de militares. Fue mi padre quien me lo dio y el resto de mi familia quien me enseño a usarlo.
Pablo soltó el arco y mirando el saco donde llevaba los víveres, añadió, bromeando:
—Y viendo la olla tan grande que lleva ahí, debe creerse que este viaje es una expedición militar y que vuestra merced es la encargada de cocinar para su camarada.
Raquel le miró seria un momento, y Pablo continuó, haciendo unos gestos con las manos que parecían indicar una disculpa:
—Le agradezco el detalle, amiga Raquel, pero tampoco eran necesarias tantas molestias. Siempre que he viajado de Itvicape a Nêmehe, o al contrario, y le aseguro que ya han sido muchas veces, sólo he llevado conmigo pan, queso, nueces y almendras, y a veces, aceitunas o un poco de carne en salazón. Pero nunca me he llevado nada para cocinar, porque luego hay que cargar con más peso.
Raquel se aproximó a Juan, se le agarró a un brazo y dijo sonriente:
—Sea así. Cómase vuestra merced su queso y su pan, que Juan y yo nos comeremos una buena olla podrida. Porque me ayudarás a prepararla, ¿verdad?
Antes de que Juan pudiera decir nada, Pablo repuso:
—Amigo Juan, no la escuchéis. Dejadla que cocine para media caravana, que nosotros compartiremos vino y nueces—. Y tras reírse, concluyó—: de acuerdo, amiga Raquel, la ayudaremos con el fuego, el agua y cosas así, pero no nos haga cocinar, que somos milicianos, no soldados. Aunque no sé si le dará tiempo a hacer el cocido durante la parada a medio día.
Raquel, soltó a Juan y le dijo a Pablo, bromeando:
—No pensaba dejar que me estropearan el cocido, en especial vuestra merced. Y tenía pensado cocinar la olla podrida de noche, para dar tiempo a las alubias a ablandarse.
Pablo hizo un gesto de conformidad muy gracioso y a Raquel la volvieron a invadir las prisas. Se echó al hombro el saco con la ropa, se colgó el arco a la espalda y cuando intentaba alzar el tercer saco, el de los víveres, Juan y Pablo, sobre todo el primero, se empeñaron en llevarlo ellos. Al final, fue Juan quien se encargó de transportarlo.
Y tras darle un abrazo muy fuerte a su madre, que había asistido divertida a la conversación entre los tres amigos, partieron hacia la Puerta del Camino de Nêmehe.
Tardaron poco en llegar a la Puerta del Camino de Nêmehe, y se encontraron que aún faltaban bastantes pasajeros, porque la explanada estaba casi vacía. Sólo entonces, Raquel se tranquilizó completamente, ya que era imposible que las galeras se fueran sin ellos. Aquella caravana era la primera que partía de Gaiphosume desde el ataque en el que se perdió aquella en la que viajaba Pablo. La mayoría de los viajeros de esa caravana que tan mal final tuvo habían seguido su viaje a bordo un galeón de la ruta circular, dos días atrás, según le estaba contando el propio Pablo. El viaje corría por cuenta de la municipalidad, como compensación hacia el horror padecido, pero él había preferido esperar a la caravana para acompañarles. De pronto, su tono se volvió más melancólico y añadió:
—Lo vi partir desde el lienzo sur de la muralla. El viento le era favorable y salió escoltado por una galeota. Seguro que llegaron a Nêmehe sin problemas.
Raquel se dio cuenta de que no se había subido a la muralla sólo para ver zarpar el barco. Pensó que alguien, lo bastante querido para él, se alejaba en aquel navío; quizá se tratara de una mujer, pero no quiso preguntarle. Ella había hecho lo mismo la última vez que Marcos regresó a Nêmehe en otro galeón. Le vio partir desde el lienzo sur de la muralla porque si le despedía en el muelle, temía que todo el mundo se diera cuenta de lo que sentía por él.
Pasó un rato largo ensimismada, acordándose de Marcos, fantaseando con el momento de reencontrarse con él. Acabó por volver a la realidad y reparó en que ya había amanecido del todo y seguía habiendo muy poca gente allí. Tuvo más de una hora para impacientarse y para quejarse del retraso con que acabó saliendo la caravana. Cuando, al fin, subieron los tres a una de las galeras, que iba bastante llena, Raquel ya estaba arrepentida de haber madrugado tanto en vano. Había espacio suficiente para los tres y Juan y Pablo, tras haberla ayudado nuevamente con parte de su equipaje y colocar el propio, la hicieron sentarse en medio de los dos. Le hizo gracia el afán que tenían de protegerla. Al sentarse, estuvo un buen rato arreglándose la falda para procurar que el hombre maduro que tenía en frente, que le lanzaba miradas con disimulo, no pudiera verle las piernas. De cualquier forma, no se sentía especialmente preocupada, puesto que se había puesto calzones de hombre que impedirían que si se le levantaba la falda le pudieran ver nada. De lo que sí se sorprendió fue de lo incómodo que resultaba tener una prenda pegada a sus partes íntimas y se preguntó cómo hacían los hombres para soportar el ir siempre con calzones.
Después de otra media hora, que a Raquel le pareció interminable, la galera emprendió lentamente la marcha. Les esperaba un viaje de dos días en los que iban a visitar un montón de ciudades y aldeas de la ladera de las montañas, junto a la línea de Torres, y de la costa. Durante toda la mañana, el entusiasmo de Raquel por ver mundo había mantenido una pugna contra el cansancio por haber dormido muy poco. El retraso desesperante y el hecho de que la galera iba cubierta y seguida a poca distancia por otra, le dieron la victoria al sueño. Cabeceó varias veces, pero los baches del camino la despertaban, y llegó a temer darse un golpe en la cabeza con el carruaje. Adormilada, se acurrucó contra Juan, le apoyó la cabeza en el hombro, y le susurró:
—¿No te molesta? Me muero de sueño.
Su amigo se apresuró a responder que no, y Raquel cerró los ojos. Oyó decir a Pablo:
—Amigo Juan, por favor, pasadle un brazo por encima y sujetadla, que no se le vaya a caer la moza en el próximo bache.
Raquel notó que Juan, muy despacio, le fue pasando un brazo por la espalda y terminó sujetándola por la cintura. Pensó en lo buen amigo que era, en lo segura que se sentía cuando estaba a su lado, y en que le alegraba mucho que le acompañase en aquel viaje. En unos instantes, se quedó dormida.
Y tras lo que a ella le pareció un instante, un golpe fuerte, como de madera que se rompe, y una serie de gritos lejanos la hicieron abrir los ojos.
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Juan
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Durante unos momentos terribles, todo fue confusión entre soldados y milicianos, entre heridos e ilesos. Aquellos seres parecían ser lo bastante astutos como para haberles distraído con las ratas mientras identificaban al oficial al mando, y le habían atacado para desorganizar al grupo. Sin embargo, se hizo valer el buen juicio con que don Felipe elegía a sus oficiales, ya que, con la voz entrecortada por el dolor, el soldado al mando gritó:
—¡Atáquenles! ¡Disparen, carguen!
Asimismo, la disciplina y el coraje de los miembros de aquella expedición quedaron fuera de duda cuando todos los soldados y milicianos ilesos, a excepción de Pablo, que se había agazapado un par de pies más allá, dispararon sin dudarlo. Los dos monstruos habían retrocedido y estaban parcialmente ocultos. El tiro de Juan erró por mucho, y uno de los cralates pudo guarecerse sin recibir más que un rasguño. Sin embargo, al otro le clavaron dos saetas en el tronco, que le dejaron bastante maltrecho. Y, por fin, la suerte premió el valor que acababan de demostrar. La flecha que había lanzado un miliciano le entró al monstruo por el ojo izquierdo y le atravesó el cráneo. El cralate cayó muerto sin haber tenido tiempo ni de gritar de dolor.
Aquel disparo afortunado elevó la moral de una tropa muy necesitada de ella. De inmediato, salieron del parapeto milicianos y soldados dispuestos a no permitir que el otro monstruo huyera. Salvo un miliciano, que se puso a hablar con el clérigo y el soldado al mando, y un soldado que tenían Pablo y Juan al lado, salieron todos a perseguir al enemigo. Juan y el soldado, iban a hacer lo propio, pero aquél se detuvo para ver donde estaba Pablo. Y se preocupó cuando le vio encogido tras una roca de buen tamaño, con expresión de pánico en el rostro y pidiéndoles a él y al soldado que estuvieran quietos. Juan avanzó con cuidado hacia él y, entonces, Pablo le susurró, con tanto miedo que casi no le salía la voz de la garganta:
—Hay otro… allí… viene escondiéndose.
Cuando miró donde Pablo le señalaba, comprobó que estaba en lo cierto. Uno de aquellos seres que avanzaba cauteloso entre la maleza. No les había visto a ninguno de los tres, pero sí a los compañeros que combatían con el cralate superviviente. Lo peor del caso era que, por su posición, era casi imposible que el resto de los combatientes le hubieran visto. Juan recordó los consejos de Raquel y, aunque no se veía haciéndolo, fue consciente de que si aquel ser empezaba a utilizar sus poderes, o lo que era peor, si intentaba convocar a una manada de ratas, sólo les quedarían dos opciones: cargar contra él con la esperanza de distraerle el tiempo suficiente para que los demás compañeros se ocuparan de él, o morir a manos del cralate o de las ratas. Como el soldado se les había acercado, Juan les susurró a sus dos compañeros:
—Dudo que le hayan visto, habría que atacarle.
El soldado asintió sin dudarlo, de hecho, las órdenes eran atacar, y si no habían obedecido era por haber descubierto a un tercer enemigo. Pablo, con los ojos muy abiertos y expresión asustada, quiso replicar, pero desistió de hacerlo y fue a por su ballesta. Sin embargo, Juan le detuvo:
—No, amigo Pablo, tendrá que ser cuerpo a cuerpo. Si fallamos al disparar, nos descubrirá y estaremos perdidos.
Era consciente de que no era buen arquero, y al estar protegido por los troncos, las probabilidades de fallar eran elevadas, incluso para un arquero más experimentado. Pablo, para su sorpresa, replicó agitado:
—Yo no voy. Os cubriré desde aquí, pero yo no me enfrento a eso.
Juan se quedó helado. El soldado se había hecho con un montante y, escondido, dividía su atención entre vigilar al nuevo enemigo y averiguar qué iban a decidir Juan y Pablo. Lo más calmado que pudo, dijo:
—No hay otro remedio. Necesitaríamos vuestra espada para enfrentarnos a ese monstruo. Si se pone a convocar a las ratas, estaremos perdidos. Yo solo no puedo apoyar al soldado, os necesitamos.
Casi sintió lástima por la expresión aterrorizada de Pablo. Pero, al menos, la decepción que acababa de sentir se esfumó, porque, aunque fuera de mala gana, su amigo soltó la ballesta y se ajustó bien el cinto, mientras susurraba, en un lamento:
—¡Me he tenido que juntar con el héroe del pueblo!
Acababan de agazaparse junto al soldado cuando vieron al cralate alzar la cabeza y comenzar a aullar. Justo como Raquel había dicho que hacían. Y recordó qué le había aconsejado para aquella situación. Susurró:
—¡Ahora!
Y cargaron contra él, corriendo con todas sus fuerzas. El monstruo no parecía percatarse de su presencia, y tal y como su amiga le había dicho, parecía el mejor momento para atacarle. Pero, aún así, aquella bestia debía medir un pie o un pie y medio más que él, y el miedo atenazó su corazón cuando estuvo a su lado. Pablo, que se las había arreglado para acercársele por la espalda, le lanzó una estocada muy bien dirigida que le entró por los cuartos traseros y casi lo atraviesa. El cralate se tambaleó e interpuso un brazo para protegerse de Juan, quien por los nervios había lanzado un golpe con la espada medio suelta que dio en el blanco por suerte. Al mover torpemente el brazo, el monstruo recibió un ataque que no le habría alcanzado, y se hizo un corte bastante feo, él solo, con el filo de la ropera, que llenó de sangre el rostro de Juan.
Le habían herido por dos veces, pero hubiera sido insuficiente para derrotarle. Sin embargo, el soldado lanzó un golpe brutal desde una guardia alta, que le dio al monstruo en el otro brazo con tal ímpetu que se lo pegó al pecho, que fue el que recibió el mayor impacto. Y el cralate se desplomó derribado de costado y si Juan no se hubiera apartado a tiempo, le habría caído encima. Lo que sí le cayó a Juan fue más sangre, que le tiñó los cabellos y buena parte del coselete de rojo.
Pablo iba a lanzar una segunda estocada, pero se detuvo jadeando al ver que el cralate no se movía. El soldado le dio varias patadas muy fuertes y la bestia caída no reaccionó, por lo que la dio por muerta y les apremió a regresar de inmediato a la protección del parapeto natural, cosa que hicieron a toda velocidad. Una vez allí comprobaron que el resto de compañeros regresaban a sus puestos tras haber dado cuenta del tercer cralate. Pablo le dijo que estaba perdido de sangre y le ayudó a buscar algo con que limpiarse un poco. Después de aquello, volvió a sumirse en su silencio tenso.
Tras aquello, transcurrió una hora interminable que llegó a su fin cuando vieron aparecer al grupo de soldados, acompañados del oficial al mando, que habían partido hacía un tiempo que se les antojaba muy largo. Volvían desanimados, pero ilesos. Por lo que Juan y Pablo pudieron enterarse, habían sorprendido a un par de cralates aislados, que habían matado sin sufrir ni un rasguño, pero nada más. En una misión cuyo objetivo era diezmar a los cralates, aquello era un fracaso en toda regla, ya que habían tenido más bajas que enemigos habían abatido.
Con ánimo sombrío, la columna emprendió el camino de regreso hacia el punto de reunión con la otra mitad de la expedición, una zona próxima al claro donde habían acampado, pero más próxima a la salida del bosque. Aunque fue una marcha relativamente breve, resultó muy tensa porque la columna cargaba con muchos heridos y la defensa iba a ser difícil en caso de un ataque. Esto no llegó a producirse, pero tuvieron que soportar otra espera de casi dos horas en medio de un bosque denso y oscuro capaz de inquietar incluso a los soldados más animosos. Aunque no sufrieron ningún ataque digno de aquel nombre, varias veces sonaron gritos, órdenes y el ruido que se oye cuando se usan arcos o ballestas. Como ni a Juan ni a Pablo les ordenaron intervenir, permanecieron sentados entre unos matorrales, sin cruzar ni una sola palabra.
Finalmente, llegó el resto de la expedición. Y aunque Juan se cuidó mucho de manifestarlo, ver el estado en que regresaba le cerró la garganta en un nudo. No supo exactamente cuántos soldados habían caído, pero le parecían cerca de diez. Sí le fue evidente, como a todos, que sólo tres de los milicianos habían regresado. El aspecto de los que regresaban era desolador: con las armaduras sucias y con piezas menores rotas, con los rostros repletos de cansancio y horror. Aunque lo que más les desmoralizó fue que don Felipe venía inconsciente y malherido, con lo que la expedición había quedado descabezada.
El siguiente oficial en el escalafón tomó el mando, únicamente, para ordenar una formación defensiva y hacer salir a la expedición del bosque por el camino más rápido. Fueron otras dos horas de marcha angustiosa, en un bosque oscuro bajo cuyos matorrales podía haber cualquier cosa. Sin embargo, durante todo el trayecto no vieron ni a una simple rata. Para Juan, llegar al límite del bosque y verse de nuevo en campo abierto le supuso un alivio momentáneo que, no obstante, agradeció mucho. Al poco rato, se ensimismó y empezó a pensar obsesivamente en la viuda de Pedro y en el huérfano que dejaba. Se le humedecían los ojos de vez en cuando imaginándose la cara de su mujer al recibir la noticia.
Su ensimismamiento tuvo la virtud de hacerle muy llevadero el viaje de vuelta a Gaiphosume. La ruta de regreso fue diferente. En vez de regresar bordeando Metmehapet, dieron un rodeo para no acercarse a la pequeña población y marcharon por las colinas que había al oeste de Gaiphosume. Juan comprendió que iban a llegar directamente al castillo que defendía Gaiphosume, con el objeto de impedir que la gente supiera que casi la tercera parte de los soldados que habían partido se quedarían para siempre en aquel bosque maldito. Sería en vano, porque se acabaría sabiendo, pero, al menos, tardaría algún tiempo en extenderse el rumor.
A los milicianos no les hicieron entrar en el castillo. Con cierta solemnidad, el oficial al mando de la expedición les agradeció su valor, se lamentó por los muertos y ratificó que sus condenas de reclusión quedaban perdonadas. Así, el oficial de la milicia hizo formar a los seis milicianos ilesos y a los tres heridos, dos de los cuales tenían que apoyarse en sus compañeros, y les hizo bajar por la ladera de la elevación que dominaba el castillo hasta alcanzar la carretera que discurría próxima a la costa. No les llevó mucho tiempo alcanzar el puente sobre el río Gaiphosume y entrar en la localidad por la Puerta del Puente.
El espacio despejado que había tras la Puerta del Puente estaba lleno de curiosos, entre los cuales había varios familiares de los milicianos que habían partido. Probablemente, desde lo alto de las murallas, se habría corrido la noticia del regreso de los milicianos, y sus allegados acudían a recibirles. Juan, aún ensimismado, se quedó casi en el mismo sitio en el que había recibido la orden de romper filas. Tras un rato indeterminado, oyó a Pablo decirle, con rabia:
—¿Qué vais a hacer?
Pablo tenía el rostro contraído en una expresión enojada. Respondió muy despacio:
—No lo sé.
—Pues no sé vos, pero yo necesito un trago.
Comenzó a plantearse si acompañar a Pablo o no cuando oyó a una mujer que repetía su nombre. No tenía familia, no se esperaba que nadie fuera a recibirle allí; por eso, no se dio cuenta de que se trataba de Raquel hasta que la miró. Si hubiera tenido un estado de ánimo normal, se habría sorprendido y conmovido de ver cómo le cambió la cara a su amiga cuando vio el aspecto que traía. Raquel se quedó parada un instante, a cuatro o cinco pies de él, mirándole con preocupación el coselete. Embotado como estaba, reparó lentamente en que estaba perdido de sangre de cralate, así que acertó a decir:
—La sangre no es mía.
Pero Raquel le estaba mirando a los ojos, con una expresión entre angustiada y triste. Murmuró, sobrecogida:
—Ha tenido que ser horrible.
Por toda respuesta, Juan agachó un poco la cabeza, ya que no le era fácil mantener la mirada consternada de su amiga. En esto, Pablo le sorprendió diciendo en tono antipático.
—Me voy a la taberna.
Caminando con rapidez, entró en una taberna que estaba muy cerca. Raquel se las arregló para volver a mirarle a los ojos y le preguntó:
—¿Te han herido?
—No.
Y, tras una pausa, con una calidez que consiguió reconfortarle una pizca, añadió:
—Ya ha pasado todo, Juan. Ahora necesitas descansar, comer algo… ¿quieres que…?
Una discusión a gritos la hizo callar. La vio apartarse de él y entrar corriendo en la taberna. Le costó unos instantes reparar en que Raquel había reaccionado así porque uno de los que gritaban era Pablo. Juan se encaminó con paso cansino hacia la taberna, entre un grupo de curiosos que, sin embargo, no entraron como sí lo hizo él. Lo que vio le habría alterado en otras circunstancias. Raquel forcejeaba con Pablo, que fuera de sí le gritaba insultos terribles al tabernero, que le respondía con otros no menos graves. Su amiga le retenía a duras penas, pero le ordenaba que se tranquilizara con una determinación y un coraje que a Juan le parecían impropios de ella. El tabernero le exigió el pago de una cantidad, acompañándolo de unos cuantos insultos, y Pablo le replicó que por aquel vino malo no pagaba ni la mitad. Cuando el otro le mostró un cuchillo de gran tamaño, Pablo redobló sus intentos de apartar a Raquel, mientras gritaba:
—¿A mí me vas a sacar eso, hideputa! ¡Yo te mato!
Y habría desenvainado de no haberlo impedido Raquel agarrándole la muñeca y empujándole. Gritó tan fuerte como los dos hombres cuando le dijo:
—¿Está loco? ¿Va a arruinar su vida por unos cuantos maravedís? ¡Cálmese ya!
En un tono que a Juan le pareció más peligroso que los gritos por lo bajo y grave que sonó, Pablo repuso.
—Raquel, por favor, apártese.
En realidad, pensó Juan, Pablo había ido a enfrentarse a un rival que le superaba con mucho. Aquel tabernero era bien conocido en Gaiphosume por no tenerle miedo a nadie. Había servido en el ejército, de donde le echaron por ser indisciplinado y algo pendenciero, y estaba habituado a tratar con gente de muy mala catadura. Aunque Pablo llevara ropera, Juan estaba convencido de que el tabernero sería muy capaz de descuartizarle. Así que pensó que debía hacer algo. Con la frialdad que le daba el estado de ánimo inusual que le había dejado la expedición que había padecido, se encaminó tranquilamente hacia el hombre, que le miró receloso, e interrumpió la discusión diciendo, con serenidad:
—¿Cuánto dinero le debe mi amigo?
—Diez maravedís.
Sin más, le pagó lo que pedía y, con aquello, terminó la pelea. Pablo, que había dejado de forcejar, salió refunfuñando de la taberna dando grandes zancadas y empujando a varios de los curiosos que habían acudido a ver la pelea. Raquel le siguió a toda prisa y Juan salió del recinto mucho más despacio. Pablo y su amiga iban discutiendo. Se pararon frente a un muro y Pablo, que no hacía más que decir que aquel canalla había empezado, que era un ladrón, que a él nadie le amenazaba, empezó a beberse grandes tragos del pellejo de vino que había comprado, mientras Raquel no paraba de repetirle que se tenía que controlar, que o se calmaba o acabaría en la cárcel o de galeote.
Y, de pronto, Pablo se dejó caer, arrastrando la espalda por la pared, hasta quedar sentado. Y se cubrió la cabeza con ambas manos y empezó a temblar. Raquel se agachó y le escondió con su cuerpo. Y cuando estuvo junto a los dos, la oyó decir:
—Amigo Pablo, no se avergüence. Ha soportado una prueba terrible. Nadie tendría derecho a reírse de vuestra merced si le ve así. Además, yo le cubro, nadie se dará cuenta.
Con un atisbo de sorpresa, Juan comprendió que Pablo estaba llorando. Raquel terminó arrodillándose frente a él y cubriéndole la cabeza con los brazos, el pecho y la cabeza. Su amigo murmuraba entre lágrimas que pensó todo el tiempo que iba a morir, que en aquel bosque no sabía por dónde le iban a venir los enemigos, que estaba oscuro, no se veía y se sentía torpe e incapaz. Raquel, entretanto, le reconfortaba con ternura. Se la quedó mirando un rato, pensando en que no sabía que su amiga supiera lidiar con situaciones como aquella. Acabó sintiendo que estaba de más, así que le dijo, en tono apagado.
—Estaré en la taberna.
Raquel respondió con un gesto nervioso de la mano y asintiendo ligeramente. De manera que Juan les dejó solos y entró con parsimonia en la misma taberna donde Pablo casi se mete en un problema del que no iba a poder salir bien parado. Pidió una jarra de vino al mismo tabernero y, sentado en una de las mesas, apoyando el cuerpo en una pared, se la fue bebiendo muy despacio, sin tener apenas noción del tiempo, pensando obsesivamente en Pedro, su viuda y su retoño.
No supo cuánto tiempo pasó allí. Sólo que aquel intervalo terminó cuando Raquel le puso una mano en el hombro y se sentó frente a él, sonriente. Él sólo acertó a esbozar un principio de sonrisa en respuesta, pero a su amiga no pareció importarle. Juan estaba planteándose preguntarle acerca de Pablo, pero fue ella quien se adelantó:
—He tardado un poco porque preferí acompañar a Pablo a su alojamiento, por si se metía en más líos. Pero no. Cuando dejó de llorar se quedó muy relajado y se recuperó muy rápido por el camino. Me pidió perdón por lo de la taberna y… de verdad, no sé cómo te has hecho amigo de él. ¿Sabes lo que me dijo al despedirse?
Juan, con un movimiento muy ligero de la cabeza, repuso que no, y Raquel continuó, en un tono más divertido que indignado:
—Que como se iba a acostar, que si no podía darle un beso de buenas noches. Me molestó un poco, pero después de lo mal que lo había pasado, no fui capaz de negarme, y le besé en la mejilla. ¿Y sabes lo que me dijo? —En esta ocasión, no esperó a tener respuesta—. Que hubiera preferido un beso menos decente, pero que estaba bien para empezar. ¡No tiene vergüenza!
Raquel le miró sonriente unos momentos, a lo que Juan repuso con otra sonrisa débil, y prosiguió:
—Pero lo bueno es que ya ha recuperado las ganas de bromear. Le bastará dormir bien, tomarse un buen desayuno y hacerse a la idea de que ya está en un sitio seguro, y lo habrá superado, si es que no lo ha hecho ya. En cambio, tú me preocupas mucho más.
Juan se enderezó, mirando a su amiga extrañado, pidiéndole sin palabras que se explicara, cosa que hizo de inmediato.
—Cuando te saludé en la plaza tenías los mismos ojos que mi hermano la primera vez que participó en un combate de verdad. Me diste tanta pena…—y, añadió, clavándole la mirada en sus ojos—: lo habéis pasado muy mal… seguro.
A Juan se le hizo un nudo en la garganta, pero se limitó a asentir ligeramente. Preferiría que Raquel no siguiera recordándole lo que había padecido en aquella expedición que tan mal había terminado, aunque no tenía fuerzas para protestar. Pensó que no se merecía estar allí, que hubiera sido mejor para todos si en vez de morir Pedro, hubiese caído él víctima de su estupidez cuando casi sale del perímetro del campamento la noche que acamparon. Mientras le pasaba todo aquello por la cabeza, apenas hizo más que mantener la vista perdida en su vaso de vino, y rodearlo con la mano. Su amiga lo sacó de su estado, diciéndole:
—Mi hermano se pasó dos días sin hablar apenas. No quiero ni acordarme… Preferiría que reaccionaras como Pablo. Mira, no hay motivo para avergonzarse. Mi padre me ha dicho más de una vez que, en casos como el vuestro, acaban llorando más bisoños de lo que te creerías, y no son más débiles o cobardes que los demás, es sólo su forma de sobreponerse a lo que han vivido. Tú haces mal en tragártelo, sólo conseguirás sentirte desgraciado y culpable durante más tiempo.
La única reacción de Juan fue bajar la cabeza y apurar su vaso de vino. Tras un intervalo de silencio, Raquel comprobó cuanto vino quedaba en la jarra, le sirvió más, con lo que acabó con el contenido de la jarra, y le dijo:
—¿Harán buen hipocrás aquí? Espera un momento.
Su amiga se levantó y se dirigió hacia un sitio que Juan, que no se había movido, no vio. Tras un rato, volvió con las mejillas encendidas y una expresión algo rara. Sin alzar mucho la voz, le dijo:
—Me ha dicho el tabernero que no tengo que pagar. Que una chica tan valiente como yo se merece una invitación. No he sabido qué decir.
Juan tampoco supo qué contestar, así que acabaron con el vino y el hipocrás sin apenas hablarse. Raquel, finalmente, dijo:
—Vámonos. No deberías presentarte mañana con la armadura tan sucia. Aún hay luz suficiente.
Y le condujo, de nuevo, al exterior de las murallas. Juan se dejó llevar dócilmente, de modo que Raquel recorrió un trecho de la ribera del río Gaiphosume hasta encontrar una zona que le satisfizo. Bajo la luz menguante del atardecer, le ayudó a quitarse el coselete y se afanó un buen rato en limpiarlo de sangre, mojando un trapo que traía en el agua y que terminó teñido de rojo. Por primera vez, mientras la veía concentrarse en su coselete, Juan disfrutó contemplando cómo le caía el cabello sobre los hombros, la figura tan espléndida que tenía y lo guapa que era. Le ayudó mucho a levantarle el ánimo tenerla a su lado, y cuando, usando otro trapo, se dedicó a quitarle del rostro y del cuello la sangre reseca, sintió que, además de la suciedad, le estaba librando de parte del pesar que se había traído de la horrenda expedición.
A pesar de que Juan insistió en que no hacía falta, Raquel se empeñó en acompañarle hasta el edificio donde vivía. Apenas había ya luz cuando su amiga le abrazó y se despidió de él con dos besos, que aclararon otro poco más su ánimo sombrío. Subió agotado las escaleras, que se le hicieron muy largas, y no hizo más que desvestirse y acostarse. Se quedó dormido casi de inmediato.
Y no tuvo ningún sueño.
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