25 septiembre 2022

[El viaje de Sylewester] Línea principal VI

 EL ARTEFACTO VI

(Actualidad: año 252 de la Confederación)

 


El día siguiente, Sylwester acudió temprano al punto  de reunión y ver aún allí a sus compañeros de siempre lo alegró. Todavía le faltaban dos buenas noticias más. La primera, que la noche había sido tan tranquila que ya no era necesario reordenar las partidas de batidores, de ahí que volviera a salir bajo las órdenes de Stanislaw. La segunda era que iban a realizar una patrulla rutinaria por los bosques al sur de la ciudad y al día siguiente les darían el día libre para compensarles de las fatigas de las jornadas previas.

Aquella mañana fue, para Sylwester, un simple paseo por el bosque en compañía de sus amigos y una oportunidad para fijarse en los árboles bajo cuyas copas se desplazaban. Cuando se sentaron a almorzar sin haber visto rastro alguno de enemigos, todos se sentían relajados y felices. Agnieszka se sentó junto a él y le preguntó que cómo estaba. Como siempre confiaba en ella para confesarle ese tipo de cosas, le habló sobre Nadja.

—Me alegra que te guste tanto —dijo tras dejarlo hablar un rato—, pero ten cuidado. Pronto volverá a Vojotla.

Sylwester no había pensado en aquello.

—Vojotla no está lejos.

—A tres días de camino. Cuando regrese a la capital apenas os podréis ver. Además, pasa bastante tiempo fuera por lo que me has contado.

—La distancia no es importante si hay amor. Cuando un soldado tiene que servir lejos de casa, su novia o su mujer lo esperan si lo aman.

—Si lo aman mucho. Y, aun así, es una situación muy difícil, que requiere mucha madurez. Vosotros sois demasiado jóvenes.

Las palabras de su amiga le apenaron, pero Sylwester reconoció que estaba en lo cierto. Regresó algo más triste de lo que había partido, pero aquel iba a ser un día afortunado. Cuando entraron por la puerta sur, deseosos de irse a casa, les esperaban la gente acostumbrada: familiares de algunos de los milicianos, el marido de Agnieszka… Y, para sorpresa de Sylwester, cerca del grupo de milicianos que hablaban con sus seres queridos, se encontraba Laska.

A Sylwester le pareció que estaba preciosa con el vestido azul que llevaba. Se le aceleró el pulso y se entretuvo en recorrer la zona con la vista, en busca de Bazyli, a quien no vio. Cuando Laska lo miró un instante y luego caminó despacio, alejándose de la puerta, Sylwester se decidió y se apresuró hasta alcanzarla. La saludó con timidez, a lo que ella respondió en tono lánguido. Le preguntó qué hacía allí y Laska alzó un poco la barbilla, sin mirarlo.

—Habíamos quedado. Dijiste que vendrías a verme para dar un paseo y aún estoy esperando.

—Fui a buscarte —respondió Sylwester mientras sentía un cosquilleo en el pecho—, pero te vi hablando con Bazyli y me… y no os quise molestar.

—Solo estábamos hablando. Podrías haber vuelto más tarde, pero, claro, estás muy ocupado últimamente.

—Han sido días muy complicados. Hemos tenido que hacer batidas agotadoras, ha habido problemas.

—Para otras chicas sí tienes tiempo.

Sylwester se detuvo por la sorpresa y dejó que Laska se alejara unos metros. No se podía creer lo que estaba oyendo. Admiró un instante el cabello dorado de la chica que le gustaba y sintió que estaba a punto de estropearlo todo, aunque no entendía qué estaba pasando. La alcanzó avanzando a grandes trancos y caminaron un trecho en silencio. Entonces, se dio cuenta. Bazyli le había contado a Laska que lo había visto paseando con Nadja y, al parecer, eso le había molestado. ¿Eran celos?

—Yo… es solo una amiga.

—Una amiga muy buena y muy guapa, por lo que me han contado.

Estuvo a punto de decirle que Nadja era solo una amiga que, además, iba a marcharse pronto, que a quien él quería era a Laska, pero se contuvo en el último momento.

—Siento haberme olvidado de visitarte. Me gustaría mucho pasear contigo cuando tú puedas.

—¿Esta tarde?

—Esta tarde no puedo, pero mañana tengo permiso. Solo he de ir un rato a la Casa del Consejo y podré pasarme el resto del día contigo.

—No sé, si estás tan ocupado quizá no sea buena idea.

—Claro que sí. Tengo muchas ganas de estar contigo. Cuando acabe en la Casa del Consejo voy a buscarte.

—De acuerdo. Hasta mañana.

Laska apretó el paso y Sylwester la miró un buen rato. Su última frase había sonado lánguida, sin entusiasmo. Quizá pensase que no estaba dispuesto a acudir, pero aunque Nadja era un poco más hermosa que ella, por Laska sentía algo especial. O, al menos, sentía algo más profundo que los sentimientos que le inspiraba Nadja.

*


El paseo con Nadja de aquella tarde fue tan agradable como sus encuentros anteriores. La chica le confesó que, cuando lo atropelló, quería preguntarle por el Templo de Laszlota. Aquel edificio era uno de los mayores y más bonitos de Luzjda y era el lugar donde se rezaba y se dejaban ofrendas a los espíritus mayores de los bosques. Sylwester se ofreció a enseñárselo y Nadja, sonriente, se cogió de su brazo y se encaminaron hacia allí. A medio camino, Nadja le pidió que le contara la historia del Templo y a qué espíritus estaba dedicado.

—Será muy parecida a la del Templo de Vojotla y se adorará a los mismos espíritus.

—Tú cuéntamela y ya te diré si se parece o no. Quiero oírla de tus labios.

—El templo se construyó hace trescientos quince años. Luzjda no era más que un campamento fortificado donde se refugiaban los cazadores y campesinos cuando los demonios atacaban. El espíritu más venerado, el primero al que se le creó una capilla,  fue Kwrolas. Cien años después, se creó una capilla para Kwrolwrjzeka, para agradecerle que Luzjda se salvara de unas inundaciones. Hace cuarenta y cinco años, se improvisó una capilla para Duswzybior, pero costó tres años que las cosechas volvieran a ser buenas.

—No conozco a ninguno de esos espíritus. Solo le rezo a Bógwojna , como mi padre.

—¿Bógwojna? ¿El dios de la guerra?

—Ese mismo.

Sylwester la miró extrañado. No conocía a todas las tribus cawkeníes que moraban fuera de la Confederación, pero dudaba que alguna de ellas tuviera dioses.

—Es muy raro. Los nombres de los espíritus siempre empiezan por Kwro, Duj o Dusz. ¿No será Kwrowojna?

—Tienes que viajar más, tesoro —dijo Nadja, nerviosa, y se rio a carcajadas—. ¿Qué hacen esos espíritus? ¿Se os aparecen?

Sylwester se detuvo y miró a Nadja, que se rio de nuevo con nerviosismo.

—Yo… no soy muy religiosa, Sylwester. Lo siento si te he ofendido.

—No me ofendes —respondió Sylwester, quien tiró suavemente de ella para que volvieran a caminar.

—Solo quería saber si los espíritus de Luzjda son como los dioses austanos. Perdóname.

—No me he enfadado. Los espíritus nos ayudan desde su propio mundo, oyen nuestras plegarias y agradecen nuestras ofrendas, pero ni ellos ni los seres que los sirven se muestran nunca. Supongo que igual que los dioses austanos.

—Para nada. Los dioses austanos están muy presentes. —Nadja suspiró y bajó la vista—. Yo he visto ángeles varias veces. Son monstruos recubiertos de metal, de tres metros de altura, que blanden espadas enormes, pueden invocar al fuego y hacer cosas mucho peores. Si ves uno, huye lo más rápido que puedas.

—¿Te ríes de mí?

Pero la seriedad y la tristeza que inundaron la mirada de Nadja lo hicieron arrepentirse de su pregunta. La chica le dedicó una sonrisa apenada y le suplicó que cambiaran de tema. Sylwester se pasó el camino hasta el Templo de Laszlota preguntándose qué escondía Nadja. No era común entre las familias de los militares acompañarlos en sus viajes. Quizá los comerciantes y los diplomáticos se hicieran acompañar de sus familias, pero no los militares. Nadja ignoraba cosas tan elementales que parecía extranjera, pero su acento era cawkení puro. Le extrañaba aún más la visión que tenía de los ángeles, que él consideraba seres poderosos, pero benéficos. Casi llegados a su destino, pensó que esos misterios hacían más interesante a su nueva amiga.

Los escasos recelos que le habían causado aquella conversación se esfumaron cuando comprobó el arrobamiento con que Nadja contempló el Templo. Le rogó que se lo enseñara todo y entraron.

El edificio era un recinto enorme de madera, con la parte inferior de las paredes exteriores de piedra. La planta era rectangular y el techo a dos aguas, desde dentro, consistía en una sucesión de vigas de madera inclinadas que se unían en sus lados superiores, que estaban redondeadas en la parte inferior para formar arcos. Colgadas del techo por la zona central, alejadas de la madera, había seis lámparas de aceite enormes que iluminaban de manera perpetua el recinto porque su superficie superior reflejaba la luz. Nadja se maravilló cuando Sylwester le explicó que las lámparas podían descender hasta quedar a cinco metros del suelo, gracias a unas cadenas ocultas en algunas de las vigas, y que se rellenaban con unos recipientes sujetos por dos pértigas que los monjes que cuidaban del recinto sabían manejar a la perfección.

Las capillas de cada uno de tres espíritus principales se hallaban alineadas, separadas unas de otras, en la línea central del edificio. Su amiga, entusiasmada, le preguntaba por los significados de los símbolos de cada capilla, qué representaban las estatuas, por qué había velas rojas en la capilla de Duswzybior, blancas en la de Kwrolwrjzeka y ninguna en la de Kwrolas. Le explicó que Kwrolas era el espíritu que gobernaba los bosques y que no soportaba el fuego, ni siquiera el inofensivo de las velas. Sylwester sacó unas monedas.

—Reza conmigo y haré una ofrenda en nombre de los dos. Kwrolas es el espíritu al que más conectado me siento.

—Ni siquiera había oído hablar de él. Mejor te espero fuera. No tardes.

Sylwester la vio alejarse con cierta tristeza, depositó las monedas en la vasija enorme decorada con imágenes de encinas, robles y hayas usada para tal fin y se arrodilló para pronunciar un par de oraciones. Cuando salió Nadja lo recibió con una sonrisa radiante. Regresaron a la plaza donde siempre se veían y se despidieron hasta la tarde siguiente.

*


Sylwester se despertó al despuntar el alba, como tenía por costumbre. Pudo comer algo antes de irse, ya que tenía tiempo de sobra para acudir a la Casa del Consejo. Salió de casa desarmado y contento de no tener que cargar con la coraza.

Lo hicieron esperar media hora en la misma sala donde aguardó dos días antes. Al fin, un hechicero lo hizo pasar a otra estancia con una mesa, dos taburetes y una estantería llena de libros. Sylwester le contó las dos pesadillas que había tenido, todo lo acontecido durante la batida en que hallaron el artefacto y lo que habló con Justyna. El hombre lo escuchó en silencio y, cuando hubo terminado, lo miró unos instantes.

—Son simples pesadillas producidas por la tensión de aquel encuentro.

—Discúlpeme, pero eran muy reales. Nunca he tenido pesadillas semejantes.

—Nunca te habías encontrado con un gran demonio.

Sylwester calló un instante. Inspiró hondo, buscando una réplica adecuada, sin lograrlo.

—Le pido un favor. ¿Podría contarle a Justyna los sueños que he tenido? A lo mejor, ella, en su sabiduría…

—Se lo contaré muchacho. Descansa y todo mejorará.

El hechicero había sido amable, pero Sylwester sintió que no había hecho ningún caso de lo que le había dicho. Decidió seguir su consejo: en todo caso, no tenía más alternativas. No le iban a conceder a un simple miliciano una audiencia con Justyna para que le contara unas pesadillas. Algo más animado, se encaminó a casa de Laska. Al no verla en la calle, llamó a la puerta y le abrió su madre. Hubo de esperar un rato, ya que su amada estaba terminando de ordenar la despensa y tuvo que arreglarse después, pero pudieron dar un paseo agradable bordeando el exterior de la empalizada de la ciudad. Le llamó la atención el interés de Laska por saber más de Nadja. Pareció alegrarse cuando supo que la chica no vivía en Luzjda. Cuando se despidieron, Laska le dijo que fuera a buscarla dentro de tres o cuatro días y que, si tenía tiempo libre, se verían.

La cita con Nadja fue tan agradable como todas las demás. Terminaron en una taberna, bebiendo cerveza y riendo mucho. Sylwester se acostó aquella noche feliz por dos motivos: había estado, por primera vez, con dos chicas en un mismo día, y la actitud de Laska le había hecho ilusionarse con que a ella le importaba. Sabía lo que le diría Agnieszka: que Laska actuaba así por orgullo, que le molestaba que Sylwester le estuviera haciendo más caso a otra chica y quería asegurarse de que él seguía interesado. Estaba convencido de que no era así, de que, poco a poco, iba conquistando a Laska.

En realidad, pensó que le gustaría ser novio de las dos, aunque eso fuera impensable. Laska tenía un carácter más dulce y una actitud más convencional que Nadja, pero esta era un poco más guapa y más divertida.

*


Los siguientes tres días fueron rutinarios. La paz había vuelto a Luzjda y sus tres jornadas como miliciano consistieron en rodear la ciudad visitando granjas. Lo más peligroso que hicieron  fue levantar unos troncos que una vaca revoltosa había tirado. Todas las tardes se paseaba por la ciudad con Nadja, satisfaciendo la curiosidad de su amiga, a la que cada vez veía más guapa.

Por eso, cuando, en mitad de la noche, los cuernos de alarma lo arrancaron del sueño, el corazón se le desbocó por la sorpresa.

20 agosto 2022

[El viaje de Sylwester] Línea principal V

  EL ARTEFACTO V

(Actualidad: año 252 de la Confederación)

 

 

Sylwester hubiera preferido aquella tarde, una vez limpias la coraza y el hacha, tumbarse en la cama hasta la hora de cenar, pero se dejó convencer por su madre para ir a comprar una hogaza de pan. Se consoló pensando en que la tienda del panadero quedaba muy lejos de la casa de Laska.

Empezaba a atardecer y las calles no estaban tan concurridas como en las primeras horas del día. Los jornaleros que vivían en los barrios más humildes ya habrían regresado a sus hogares y solo salían a aquellas horas los niños con más energías, algunas parejas de enamorados y algún despistado que iba a hacer compras de última hora. Recordó que, si las cosas hubieran sido de otra manera, quizá estaría recorriendo aquellas calles con Laska, y aquel pensamiento lo apenaba.

Sylwester entró en una plaza pequeña en la que varios niños jugaban a pelearse con palos de madera. Al mirarlos, recordó que tenía que lograr que lo recibiera algún mago para contarle lo de su sueño. Ambas cosas lo distrajeron lo suficiente como para que no viera que alguien se le había echado encima hasta que chocaron.

Una mujer joven se había sujetado a sus hombros, como si estuviera a punto de caerse. Tuvo que abrazarla para impedir que acabara en el suelo. Su tacto le pareció cálido y agradable, sentimiento del que se avergonzó porque la chica se quejaba de dolor. Notó que perdía pie, pero la abrazó más fuerte.

—No me sueltes, por favor —dijo la chica.

—¿Qué te pasa?

—Me duele mucho. Creo que me he torcido un tobillo. ¡Ay! Ayúdame.

Dejó que la extraña le pasara un brazo por los hombros y la sujetó con firmeza de la cintura. Solo medía unos cinco centímetros menos que él. De esa forma, la joven cojeó hasta un poyo de madera, un tablón enorme que había en una pared. Para Sylwester fue una experiencia extraña. Alguna vez había ayudado de esa forma a un compañero lastimado, pero nunca había sujetado así a una mujer y le resultó diferente. La curva suave de su cintura, más pronunciada que la de un hombre, le pareció atractiva, sin saber el motivo. Y a diferencia de cuando acarreaba a un miliciano, su tacto le parecía cálido y suave.

Había una anciana vestida de gris oscuro y con el cabello cubierto por un pañuelo negro que los miró con desconfianza. La chica no le hizo caso y le dio las gracias a Sylwester para, a continuación, avergonzarlo. Se quitó la sandalia del pie izquierdo, con un gemido ahogado, se levantó la falda hasta la rodilla y se desabrochó la calza de color rojo claro de la parte inferior del muslo. Cuando se la bajó y se la quitó con cuidado, Sylwester sintió que se ruborizaba y la anciana se levantó y se marchó, indignada. La chica la miró un instante.

—Vieja estúpida —dijo en voz baja y lo miró—. Me he lastimado la pierna, no tenía por qué enfadarse.

Sylwester le dio la razón con un gesto de la cabeza y la miró, inquieto, frotarse el tobillo. Solo se trataba de una pantorrilla, pero nunca le había visto las piernas a ninguna chica, ni siquiera a Agnieszka. Le pareció preciosa, para su sorpresa.

—¿Puedes moverlo? —acertó a preguntar Sylwester.

—Sí y apenas me duele. ¿Crees que se me pasará?

—Puede ser, pero si quieres te llevo a ver a un curandero.

—Espera, deja que descanse un poco. Si no puedo andar, me llevas adonde quieras.

La chica le sonrió. Era muy atractiva. Tenía el cabello rubio oscuro y ondulado, y los ojos marrones muy claros, tanto que parecían dorados. Eran muy llamativos.

—Lo siento. Me acerqué para hacerte una pregunta, no para caerme encima de ti, pero pisé mal. ¿Cómo te llamas? Yo me llamo Nadja.

—Sylwester.

—Gracias por sujetarme, Sylwester. Tienes los brazos muy fuertes, ¿eres un guerrero?

—Bueno… sirvo en la milicia.

—¡Eso es maravilloso! —dijo Nadja abriendo mucho los ojos—. Me gustan los milicianos. Son muy valientes.

Sylwester, halagado, le dio las gracias y Nadja le pidió que se sentara a su lado. La joven mantenía la pantorrilla al descubierto y, de vez en cuando, se frotaba el tobillo y movía el pie. Para no seguir con la vista fija en su pierna, la miró a la mejilla.

—¿Vives en Luzjda?

—No, soy de Vojotla. Mi padre es un oficial del ejército y hemos venido porque dicen que una partida de milicianos muy valientes luchó contra un demonio enorme y sus muertos vivientes y rescató un antiguo artefacto de gran poder.

—No fue exactamente…

Sylwester se arrepintió de sus palabras, pero la expresión maravillada de Nadja lo tranquilizó.

—¿Estuviste allí? —Cuando Sylwester asintió, la chica se rio. Descubrió que le encantaba su risa—. ¡Qué afortunada soy! Tenía muchas ganas de hablar con uno de vosotros. Me encantaría conocer al más valiente de todos, al único que puede tocar el artefacto.

—¿Cómo sabes todo eso?

—Todos los oficiales de Vojotla lo saben. Seguramente habrás oído decir que van a enviar un destacamento a Luzjda para custodiar el artefacto.

—No lo había oído.

—¿No? Bueno, si oyes rumores, me avisas. Otra cosa, ¿podrías presentarme a tu compañero, al que puede tocar el artefacto? Tiene que ser un hombre muy valiente.

Sylwester no podía negarle nada a una muchacha con unos ojos y una sonrisa como las de Nadja, así que bajó la vista con una leve sonrisa.

—No hace falta. Soy yo.

Nadja dio un gritito de alegría y casi consiguió que se ruborizara cuando le dio un abrazo.

—¿Cómo puedo tener tanta suerte? Por favor, cuéntamelo todo. ¿Cómo lo encontrasteis, cómo fue el combate?

Sylwester se lo contó todo con el máximo detalle posible. Nadja se mostraba maravillada, radiante. Tan entusiasmada parecía que dejó de frotarse el tobillo.

—¿Y cómo es ese artefacto? —le preguntó cuando hubo terminado su relato.

—Tiene la longitud de la palma de mi mano y la anchura de mi pulgar. Es negro, duro y muy liso, pero demasiado ligero para ser de metal macizo.

—¿Qué sientes cuando lo tocas?

—Nada.

—¿Y no has notado nada raro desde entonces?

—Eres muy curiosa —dijo Sylwester, con una sonrisa.

—Tengo mucha curiosidad. Por favor, por favor —dijo y lo volvió a encandilar cuando le puso una mano en la mejilla—, dime, ¿qué has notado?

—Tuve un sueño… una pesadilla.

Nadja le rogó que se la contara, pero una vez que se la hubo relatado, se rio e hizo un gesto con la mano.

—No le des importancia. Es una pesadilla tonta. No se la cuentes a nadie, que pensarán que estás asustado y tú eres demasiado valiente como para eso.

Sylwester optó por callar. Quizá la chica tuviera razón, pero no se iba a quedar tranquilo hasta que un mago le dijera que sus sueños no tenían importancia. Como empezaba a oscurecer, Sylwester se puso en pie.

—Me ha gustado hablar contigo, pero he de irme. Tengo que comprar pan.

—¿Puedo ir contigo? Por favor, por favor, ya no me duele el tobillo.

Sylwester no vio motivos para rechazarla, aparte de que tampoco deseaba despedirse de una chica tan atractiva y simpática. Así que esperó a que se pusiera y anudara la calza, se ajustara la sandalia y se pusiera en pie. Abandonaron la plaza con ella pasándole un brazo por los hombros y él sujetándola de la cintura porque ella le pidió que la ayudara a caminar, para no forzar el tobillo lastimado.

La tienda del panadero estaba cerca de allí y, por suerte, Nadja se recuperó con rapidez: cuando se detuvieron en el tenderete, la chica ya no necesitaba apoyarse para caminar. Tolek, el panadero, lo sorprendió mirando con desconfianza a Nadja. Sylwester le pidió una hogaza y cuando iba a entregarle el dinero, cruzó una nueva mirada con la chica, que se limitaba a sonreírle.

—¿Quién es esa?

—Soy Nadja. Encantada de conocerle.

Sylwester se sintió confundido al comprobar que Tolek hizo caso omiso de Nadja y lo miró muy serio. Tanto que se sintió obligado a responder.

—Es una chica de Vojotla. Se lastimó una pierna y la estoy ayudando.

—Pues anda con cuidado —concluyó Tolek, quien dejó de mirarlos.

Cuando se marcharon, Sylwester seguía sin entender la actitud de Tolek, un hombre muy afable de ordinario.

—No te preocupes —dijo Nadja—, a veces me pasa. Incluso en Vojotla hay algunas tabernas donde no puedo entrar sola. Pero en tierras de los austanos… allí es terrible. He ido un par de veces a Gudeña, y para hacer compras tranquila tengo que ir con un guerrero, si no, todo son malas caras o, bien, todo se les ha acabado.

—No deberían tratarte así. Eres muy agradable.

—¡Oh, gracias! Son supersticiones tontas, no hagas caso. Pero —y Nadja le detuvo parándose delante de él—, dime, ¿es que soy demasiado guapa? ¿Qué piensas?

Sylwester la miró a los ojos tan bellos e inusuales que tenía. Admiró las líneas de su rostro, la forma de sus labios.

—Eres muy guapa y muy simpática.

—¿Pero tan guapa como para parecer endemoniada? —preguntó, con un gesto de tristeza.

Sylwester se quedó un instante callado, un tiempo que terminó cuando Nadja se rio.

—Gracias, Sylwester. Soy muy mala, pero solo bromeaba. Si me decías que soy demasiado guapa, me estarías llamando demonio, pero si me decías que no lo soy tanto, me estarías llamando fea. Perdona, era una broma.

Lo besó en la mejilla y Sylwester sintió un cosquilleo y muchas ganas de que lo hiciera otra vez. Nadja se pasó hablando todo el tiempo hasta volver a la plaza en la que se habían conocido. Le preguntaba sobre él, su familia, su casa… Poco antes de salir de la plaza, se detuvo.

—Debo irme ya —dijo Nadja.

—¿Te acompaño a tu casa?

—Eres un encanto, pero mejor que no. Si mi padre te ve acompañarme a casa es capaz de enviar a dos soldados a interrogarte. Pero me gustaría verte de nuevo. ¿Podrías mañana, en el mismo sitio donde te atropellé? Te prometo no echarme encima de ti otra vez.

—Claro.

—Pero ¿podría ser más temprano? Quiero que me lleves a conocer Luzjda.

Al final se citaron una hora antes del momento en que se encontraron. Nadja se despidió muy alegre y lo decepcionó un instante cuando se marchó sin besarlo otra vez, pero fue solo un momento. Ya se había alejado unos metros cuando Nadja se volvió con una sonrisa, se besó la palma de la mano y sopló para enviarle un beso. Sylwester la miró alejarse hasta que desapareció tras una esquina y se dio cuenta de algo interesante: mientras había estado con ella, no había pensado en Laska ni un momento.

* * * * *


El recuerdo de Nadja y la ilusión de verla de nuevo al día siguiente se vieron perturbados por una nueva pesadilla. Se vio frente a la Casa del Consejo, que no tenía el aspecto acostumbrado. Estaba destrozada y salían columnas de humo. Lo peor eran los cientos de cadáveres de soldados que yacían en la plaza amplia a la que daba la puerta principal del edificio. El ambiente de soledad y muerte angustiaba a Sylwester. Oyó pasos a su derecha y la misma muchacha de piel tostada de su anterior pesadilla se detuvo junto a él.

—Te dije que avisaras —dijo la joven—, que volverme a encerrar tendría consecuencias desastrosas y no me hiciste caso. Esto es culpa tuya. Disfruta de lo que has conseguido.

Era noche cerrada cuando Sylwester se despertó por culpa de la pesadilla, con el corazón desbocado y sintiendo que le faltaba el aire. Habría ido en aquel momento a aporrear la puerta de la Casa del Consejo si aquello hubiera servido de algo.

Le costó conciliar el sueño y se despertó lo bastante tarde como para tener tiempo solo de asearse y salir a toda prisa a la puerta sur de la ciudad. Se habían producido problemas, de nuevo, debido a la presencia de homúnculos y vampiros de árboles, así que habían reorganizado a los milicianos y a Sylwester le toco un oficial que no lo conocía y que no pareció estimarlo de confianza. Lo pusieron junto a un grupo de cuatro muchachos de apenas dieciséis años. Acompañaban a una compañía de guerreros más curtidos y realizaron una batida por el bosque de alcornoques situado hacia el noroeste de Luzjda. Su misión era seguir en formación a sus compañeros y, a la orden del oficial, disparar con arco para acosar al enemigo mientras los veteranos cargaban contra ellos.

Fue un día agotador y aburrido, ya que cubrieron una distancia considerable y solo pudo disparar dos veces, ambas contra grupos reducidos de vampiros de árboles. Poco antes del almuerzo, habían interceptado a un grupo de vampiros de árboles. Los cinco dispararon y Sylwester fue el que realizó el peor tiro. Uno de sus compañeros mató a un monstruo de un flechazo afortunado en un ojo y otro hirió a un segundo enemigo. A punto de acabar la batida, se volvieron a hallar a otro grupo de vampiros, este de solo tres individuos. El disparo de Sylwester fue aún peor, pero ninguno de sus compañeros acertó. En ningún caso, los enemigos fueron rival para los milicianos más expertos que cargaron contra ellos.

A pesar del cansancio, se sintió animado por su cita con Nadja. No se lo ocultó a sus padres ni a sus hermanos. Estos últimos se burlaron de él y le preguntaron que si ya se había olvidado de Laska. Mientras recorría las calles hacia la plaza donde se había citado con ella, reconoció que aún seguía sintiendo algo por Laska, pero Nadja parecía haberla desplazado en su corazón.

Cuando se detuvo cerca de la fuente y Nadja se levantó para aproximarse, se quedó deslumbrado. Llevaba una falda roja oscura y un corpiño negro, con adornos grises en los bordes. El corpiño iba abierto por delante, unido por cordones y dejaba al descubierto una camisa blanca de mangas largas con escote. Llevaba una corona de margaritas en el cabello y estaba preciosa. Nadja lo besó en la mejilla y le sonrió.

—Las margaritas las he recogido esta mañana. ¿Estoy guapa?

—Mucho.

Nadja le enlazó el brazo izquierdo con el suyo y le sonrió. A Sylwester se le fue la mirada a los ojos y a los labios de la muchacha.

—Cuando alguien me cae muy bien, me gusta ir cogida de su brazo. ¿No te importa?

Sylwester respondió que no y caminaron un trecho corto.

—Me gustaría conocer la parte alta de la ciudad, la que está rodeada por la muralla de piedra. Llévame a la Casa del Consejo, ¿te gustaría?

—De acuerdo, pero ¿no la has visto ya? Tu padre es del ejército.

—Sí, pero a mí no me lleva. Son cosas de hombres, dice el muy tonto. Y no quiero ir sola por si los guardias sospechan de mí por ser guapa. Si voy contigo, no me dirán nada. Por favor.

Sylwester asintió y recorrieron una de las calles principales, que describía una cuesta suave, hasta llegar al arco, aún sin puerta, que se abría en la muralla de piedra en construcción.

Aquella parte de la ciudad era la más rica, y había unos pocos edificios de piedra, principalmente, torres. Las casas de madera eran grandes y estaban bien adornadas. Nadja no paraba de charlar, y su voz y su presencia le hacían olvidarse de Laska y de sus otros problemas, hasta que tuvieron la mala fortuna de cruzarse con Bazyli, que debía de venir de la Casa del Consejo.

—¿Quién es esa belleza? —le preguntó Bazyli a modo de saludo.

—Me llamo Nadja, encantada. ¿Eres compañero de Sylwester?

—No, yo soy un soldado de verdad y él un simple miliciano. Me llamo Bazyli. Nunca te había visto por aquí.

—Porque soy de Vojotla. Y no digas eso de Sylwester, que es muy valiente.

—No lo discuto. A ver si nos encontramos de nuevo, Nadja. Pasadlo bien.

Sylwester se había molestado, pero logró ocultarlo con su silencio. Agradeció que Nadja hubiera hablado por él. Se sintió celoso, pero esta vez por la idea de que Nadja se olvidara de él para dejarse engatusar por Bazyli. ¿Por qué aquel individuo se empeñaba en quitarle todas las chicas a las que conocía?

—Qué imbécil ese Bazyli. Espero no volver a verlo.

Aquella frase de Nadja le alegró tanto que fue, para él, lo mejor que le había pasado en varios días. No tardaron en llegar a la zona abierta a la que daba la fachada de la Casa del Consejo. Nadja miró el edificio, arrobada.

—Es maravilloso, Sylwester. Qué grande es, qué bonitos los colores, la decoración, los símbolos…

Solo pudo compartir la alegría de la muchacha un instante. Recordó la pesadilla y vio aquella zona llena de cadáveres y el edificio pasto de las llamas. Su abatimiento fue lo bastante grave como para que Nadja le preguntara qué le sucedía. Le contó la pesadilla, pero ella le quitó importancia, en tono jocoso.

—Esa pesadilla tuya sería un sueño maravilloso para un demonio. Imagínate: si destruyeran la Casa del Consejo significaría que toda Luzjda habría caído. No te habrán endemoniado, ¿no?

—¡Claro que no! ¿Cómo puedes…? —gritó Sylwester, pero se calló al comprobar que Nadja se reía.

—Lo que he dicho es estúpido, ¿verdad? Pues más estúpido es que te preocupes por unas pesadillas idiotas. Anda, acerquémonos.

Sylwester se sentía molesto porque Nadja no hiciera caso de unas pesadillas que lo tenían tan preocupado, pero no quiso decir nada. La muchacha tiró de él para hacerlo recorrer el contorno del edificio, que era bastante grande.

—Qué sitio tan impresionante —dijo Nadja cuando regresaron a la plaza, tras haber recorrido todo el perímetro—. Así que ahí tienen guardado el artefacto. A saber en qué habitación estará.

—No está aquí —dijo Sylwester.

Nadja se soltó y se encaró con él.

—¿Cómo que no? ¿Y dónde está?

—Lo llevé a casa de Justyna.

—¿Y está muy lejos? ¿Podrías llevarme? —le preguntó con una sonrisa preciosa y un brillo de súplica en la mirada imposible de resistir.

Volvió a cogerlo del brazo y recorrieron el mismo camino que anduvo Sylwester unos días antes, con el artefacto en la mano. Una vez en casa de Justyna, repitieron el paseo por todo su contorno. Una vez que habían regresado a la fachada principal, notó que Nadja inspiraba hondo y se llevó un instante una mano a la frente.

—No me extraña que hayan escondido el artefacto aquí. Es un sitio horrible.

—No te entiendo.

—Deben de ser los hechizos que la protegen o… —Nadja lo miró, con lo ojos muy abiertos—. O puede que haya demonios maldiciendo este sitio. Siempre he sido muy sensible a esas cosas. Vámonos, por favor.

Las palabras de la muchacha convencieron a Sylwester de que tenía que contarle a alguien experto sus pesadillas. Cogido del brazo de Nadja, se apresuró todo lo que pudo sin obligarla a forzar el paso. No obstante, la chica le pidió, extrañada, que no corriera tanto y lo miró.

—¿Adónde me llevas?

—A la Casa del Consejo. Voy a pedir audiencia para contarle a alguien mis pesadillas. Lo que me has dicho antes me ha preocupado mucho. Soy el único que puede tocar el artefacto, quizá un demonio esté intentando controlarme mientras duermo.

—¡No seas tonto! —gritó Nadja mientras se soltaba de un tirón—.  ¡Si un demonio quisiera controlarte haría cosas mucho peores que provocarte pesadillas estúpidas!

Sylwester la miró tan atónito como dos chicas que venían detrás de ellos y se apresuraron para rebasarlos. Por fortuna, aquella parte de la ciudad no solía estar concurrida a aquellas horas.

—No quiero pasarme horas dentro de ese edificio horrible por culpa de una tontería. Quiero que me enseñes la ciudad, por favor.

—No estaremos allí mucho tiempo. Pediré una audiencia para mañana y luego te llevo adonde quieras.

—¡Eres un idiota! Ve a donde quieras, pero irás solo.

Nadja cruzó los brazos bajo el pecho, lo que resaltó la figura tan atractiva que tenía, y volvió el rostro hacia su derecha. Sylwester suspiró y tras responder un escueto “de acuerdo”, se encaminó hacia la Casa del Consejo. Solo había recorrido unos diez metros cuando sintió que le tocaban el hombro.

—Perdóname, Sylwester. Me he portado como una niña caprichosa, pero es que lo estaba pasando tan bien… quería estar contigo toda la tarde y me pone triste que tengamos que despedirnos tan pronto. Si es tan importante para ti, pide esa audiencia y nos vemos otro día.

—Acompáñame. Será solo un rato y pasearemos juntos hasta que anochezca.

—No voy a desperdiciar una tarde como esta en un sitio tan horrible. Seguro que te tienen ahí un buen rato. Pasearé sola y te echaré de menos hasta mañana. ¿Nos vemos en el mismo sitio y a la misma hora?

—Claro que sí.

Sylwester se sentía tan feliz de que Nadja fuera lo bastante comprensiva como para hacer aquel pequeño sacrificio que hizo el ademán de abrazarla. La muchacha le sonrió.

—Puedes abrazarme, tonto.

Se abrazaron y Sylwester disfrutó otra vez de la calidez de su tacto. Cuando se separaron, Nadja volvió a producirle un cosquilleo al besarlo en la mejilla y se despidió mientras se marchaba, agitando una mano en un gesto discreto.

Sylwester se encaminó a la Casa del Consejo, muy alegre. Sin embargo, Nadja tenía razón. El funcionario que lo atendió fue bastante seco y le pidió que esperara en una sala. Lo hicieron estar allí más de una hora, solo para darle un documento que debería presentar a su oficial. En él, se lo convocaba a media mañana en la Casa del Consejo dentro de dos días. Cuando salió, oscurecía y se lamentó de haber desperdiciado una tarde que podría haber pasado con Nadja.

08 agosto 2022

[El viaje de Sylwester] Los capitulos de mi reto bien ordenados.

 Como seguir la historia en mi blog es un poco complicado, voy a dedicar unos minutos a crear esta entrada donde pongo todos los capítulos en orden. Como ejercicio para mí, incluiré una línea o dos acerca del contenido que os podréis encontrar. La presentación de la historia la podéis encontrar aquí:

Presentación del reto.

Y aquí están los capítulos, en su orden de publicación (que a lo mejor no será el orden definitivo cuando cree el borrador definitivo de la historia). Como veréis, muchos de ellos son autoconclusivos. Lo suyo es leerlos según el orden de más abajo, pero, por ejemplo, Marta I y Marta II se pueden leer de manera independiente, sabiendo que Marta I va a explicar cosas que en Marta II se darán por sabidas.

Katarzyna I Katarzyna es una niña cawkení que sueña con convertirse en una gran guerrera. Tiene cualidades: es muy fuerte y rápida. Por desgracia, un monstruo con ojos de serpiente se cruzará en su camino.

Marta I Marta es una campesina austana. Es dulce y cariñosa, aunque muchos de sus vecinos le dan de lado por ser demasiado guapa. De hecho, un demonio la maldijo en su niñez, aunque nunca habia manifestado efecto alguno. Un mal día, su maldición se revela.

El Artefacto IEl Artefacto II y El Artefacto III (NOTA: estos tres capítulos son una misma hitoria dividida en tres partes). Sylwester es un joven miliciano cawkení que vive en Luzjda. Un muchacho de lo más corriente. Durante una batida para cazar vampiros de árboles, tienen un encuentro aterrador y han de librar un combate para el que un grupo de muchachos no está preparado. Por fortuna, contaban con un jefe experto y capaz y un mago, pero sucederá algo que cambiará la vida de Sylwester.

Katarzyna II Han pasado muchos años desde que los sueños de Katarzyna se truncaron. Ahora es una mujer que se esconde detrás de un casco, un coselete con aspecto de brigantina y una espada ropera. Vive en Gudeña y malvive como vigilante o guardaespaldas y realizando otros trabajos que requieran alguien capaz de usar armas. Un día, contactan con su socio para encargarle una tarea sencilla en apariencia. Pero esa misión no es lo que parece.

Mähra I y Mähra II. Mähra es un demonio con ojos de serpiente. Lo único que le queda es un odio mortal hacia la humanidad. Para sus iguales es una diablesa joven y de aspecto dulce, pero pocos de ellos saben la crueldad que esconde su alma. Se dedica a atormentar a los humanos bajo la protección del conde Gröndha. Un día recibe una comunicación que la llena de ilusión: han encontrado un antiguo artefacto humano y el conde necesita de sus servicios.

Marta II Ha pasado un año desde que Marta tuvo que dejarlo todo. Sobrevive con lo justo, pero sin pasar necesidad, como curandera en Gudeña. Ya no es la campesina enamoradiza que una vez fue y se ha prometido a sí misma que no amará a nadie jamás. Adaptarse a Gudeña, una ciudad cruel para quienes tienen la doble desgracia de ser pobres y guapos, le ha supuesto rodearse de una mentira que la aísla del mundo.

El artefacto IV Sylwester intenta descubrir qué significa la pesadilla que ha tenido mientras se ve obligado a realizar batidas más largas de lo habitual debido a que la presencia de seres y bestias aliadas de los demonios se ha incrementado de pronto. (NOTA: es una historia más larga que iré publicando a trozos).

El Artefacto V. Sylwester está cansado y triste porque las cosas no le van bien con la chica que le gusta. Sin embargo, una casualidad demostrará que el amor es muy caprichoso. 

El Artefacto VI Las cosas mejoran para Sylwester y para Luzjda durante unos días hasta que, de pronto, la vida apacible se verá perturbada de nuevo.

Iré actualizando esta entrada. Espero que os guste lo que leais.

31 julio 2022

[El viaje de Sylwester] Línea principal IV

 EL ARTEFACTO IV

(Actualidad: año 252 de la Confederación)



Sylwester se levantó una hora más temprano de lo que debía. Aún no había amanecido y hubo de encender una vela para hacerse con algo de pan y queso para desayunar. No solía hacerlo: acostumbraba esperar al almuerzo, pero se había despertado con ganas de tomar algo y se sentía nervioso. Mientras acompañaba la comida de un poco de cerveza, pensaba en cómo iba a explicarles a los magos de la ciudad la visión que había tenido para que se convencieran de que no era una mera pesadilla.

Salió de casa cuando empezaba a clarear. Se arrepintió al principio de no haberse llevado una lámpara, pero como tendría que ir directamente al punto de reunión con el resto de la milicia, no habría podido dejarla en casa. De hecho, tener que cargar con armadura y escudo, dificultó su camino. Al llegar a la calle ancha en la que desembocaba aquella donde vivía, tropezó con una piedra y cayó al suelo. No se hizo daño, pero organizó tal escándalo que oyó abrirse un par de ventanas y se sintió tan avergonzado que se levantó con dificultad y se alejó de allí a grandes trancos.

Por suerte, la claridad creciente de la mañana le facilitó el trayecto y no hubo más percances. Cuando se detuvo frente a la puerta de la Casa del Consejo,  se la encontró cerrada y ni siquiera había guardias. En realidad, no había pensado en que carecía de sentido que aquel edificio abriera tan temprano. Para cuestiones urgentes que acontecieran de noche, se podía acudir a los centinelas de la empalizada o a alguno de los cuarteles de la milicia. Nadie solía necesitar que los recibiera un alto cargo o un hechicero nada más salir el sol. Pero Sylwester necesitaba contarle a algún experto la pesadilla que había tenido. Así que se sentó de espaldas a la puerta, como si fuera un pedigüeño.

El tiempo pasó despacio. El sol había salido del todo y las únicas personas a las que había visto eran un par de labriegos que lo miraron con curiosidad. Se desesperó porque no podría esperar mucho más tiempo. Debía reunirse en la puerta sur con sus compañeros de la milicia una hora después del amanecer y solo tendría permiso para no acudir si algún oficial aceptaba recibirlo.

Al fin, llegaron dos soldados que venían precedidos por un funcionario. Se detuvieron frente a él, y el funcionario lo miró con curiosidad. Sylwester se puso en pie y, con toda cortesía, le pidió audiencia con algún oficial o algún hechicero.

—Tendrás que volver otro día —dijo el hombre, que introdujo una llave enorme en la cerradura—. Esta noche ha sido movida y se va a hacer una batida por las afueras. Si fuera tú, iría a reunirme con tus compañeros.

—Es muy urgente. He tenido una pesadilla muy extraña… —Sylwester se calló, al ser consciente de lo ridículas que sonaban sus palabras.

—Si en un día normal no te harían caso, hoy menos. Ve con tus camaradas.

Sylwester se marchó frustrado, pero consciente de que el hombre tenía razón. Mientras recorría las calles, mucho más llenas de gente, se desvió para pasar por delante de la casa de Laska. La última vez que habían hablado, tres días atrás, la notó triste y le propuso dar un paseo por los alrededores de Luzjda. Le ilusionó que le hubiera dicho que le encantaría. No habían quedado en nada concreto, pero aquella mañana se sintió con valor para proponerle dar el paseo por la tarde, una vez acabado su servicio.

Sus esperanzas se convirtieron en decepción cuando, justo al entrar en la pequeña plaza que daba a la calle donde vivía Laska, se encontró que la chica y Bazyli conversaban sentados en el murete de la fuente que había en el centro. Lo único bueno fue que Bazyli estaba vuelto hacia Laska y ella le escuchaba con la vista baja; por tanto, no lo vieron y Sylwester pudo dar media vuelta sin pasar la vergüenza de saludarla mientras hablaba con su rival.

Sintió que le invadían los celos. La expresión que le había visto a Laska indicaba que su tristeza se debía a haber discutido con Bazyli y, en esos momentos, se estaban reconciliando, justo antes de que su rival tuviera que participar en la batida. Sylwester se sintió irritado al principio, pero cuando llegó a la puerta sur, su rabia se había convertido en tristeza y apatía.

Se apenó más cuando supo que no los mandaría Stanislaw en aquella ocasión, y que no iba a coincidir con sus compañeros habituales, que ya habían partido para patrullar los bosques que bordeaban los cultivos. Le habría gustado, sobre todo, poder hablar con Agnieszka. El único de su partida era Piotr, quien no tardó en quedarse junto a él para que no los destinaran a grupos distintos. Como él, había llegado un poco tarde y por eso sus compañeros habían partido sin ellos.

De no haberse sentido tan mal por culpa de haber visto a Laska y Bazyli juntos, se habría frustrado al saber que su misión iba a consistir en recorrer granjas próximas a la empalizada y asegurarse de que no había visitantes indeseables. Le habría encantado recorrer los bosques junto a sus compañeros, aunque fuese un poco más arriesgado.

Las primeras cinco visitas fueron aburridas. El procedimiento que seguían era siempre el mismo. Los comandaba Dyzek, un guerrero alto y corpulento de unos treinta años. Como eran ocho milicianos en total, cuando llegaban a una granja se dividían en parejas y examinaban las viviendas, los talleres, los graneros, los establos y los campos en paralelo. Nunca hallaron nada excepto muestras, un par de veces, de huellas de homúnculos.

La sexta granja era lo bastante grande como para que los establos estuvieran separados de la vivienda de los dueños. Recorrieron un inmenso campo de trigo de camino al edificio.
 
Sylwester iba tan distraído evocando la imagen de Laska hablando con Bazyli que se sobresaltó al oír el grito de Piotr.

—¡A tu izquierda!

Sylwester se volvió, pero no reparó en lo que sucedía hasta que Piotr se le puso delante y golpeó sin fuerza un bulto, oculto en parte tras un surco lleno de tallos de trigo.

—Suerte que está muerto —dijo Piotr, tras volverse hacia él—. ¿Qué te pasa? Se te habría echado encima si hubiera estado vivo.

El bulto que había localizado su amigo eran los restos de un homúnculo, desgarrado a dentelladas. Lo más probable era que alguno de los perros de los granjeros lo hubiera atacado.

—Lo siento. Es que me ha pasado algo malo hoy.

—Bueno, pero no te distraigas, que si te hieren lo vas a pasar peor.

Llegaron a la puerta del establo y Sylwester entreabrió la puerta con cuidado mientras Piotr aguardaba a un par de metros, con el hacha y el escudo preparados. Hacia la mitad del recinto, vacío de animales, vio a un par de homúnculos, cada uno próximo a una pared. Sylwester sospechó que aquello no era casual, que los demonios habían lanzado a sus monstruos contra Luzjda para encontrar el artefacto. Le pidió a su amigo, en susurros, que mirase también y estuvieron de acuerdo en que no había más.

—¿Avisamos a los demás? —susurró Sylwester.

—Son solo dos y nos llegarán ni a las rodillas. Ataquemos.

Sylwester asintió en silencio, contaron hasta tres, abrieron la puerta y entraron dando gritos. Al principio, pareció un combate fácil aunque Sylwester seguía sin estar concentrado. Falló el golpe por muy poco y alzaba el hacha de nuevo cuando aparecieron dos homúnculos más que cargaron contra él desde el otro extremo del establo. Piotr logró atraer a uno de ellos, lo que le evitó verse enfrentado a tres.

Sylwester quiso descargar un golpe con todas sus fuerzas contra su primer rival, para evitar vérselas con dos a la vez. El mango del hacha le resbaló lo suficiente como para fallar por muy poco. Su enemigo le golpeó en la espinilla y le dejó la pierna paralizada unos instantes. Debilitado, retrocedió hasta quedar de espaldas contra una pared. Con mucho esfuerzo, logró abatir a uno de sus enemigos y contener al otro el tiempo suficiente como para que Piotr, que había hecho un combate magnífico, partiera en dos al último homúnculo.

Sylwester, dolorido, sintiendo que la coraza le pesaba el doble, jadeó mientras le decía a su amigo que estaba bien, que había sido un golpe sin importancia en la pierna, que  no se preocupara. Recordó su conversación con Agnieszka y le sonrió a su camarada.

—Has luchado muy bien.

—Gracias. Y tú estás fatal. Dime, ¿qué te pasa? No tendrá que ver con Laska, ¿no?

Sylwester, un tanto sorprendido y demasiado dolorido como para buscar excusas, asintió. La única resistencia a su intimidad que pudo oponer fue decirle que se lo contaría durante el almuerzo, que probablemente tomarían al terminar allí. Piotr aceptó y no dijo nada sobre el asunto hasta que, tras haber inspeccionado aquella granja, avanzaron medio kilómetro y se sentaron a descansar a la sombra de tres robles preciosos que crecían junto a un sendero que rodeaba la ciudad.  

Desde allí, la visión de Luzjda era espléndida: una ciudad de recios edificios de madera, edificada sobre una colina de laderas suaves y defendida por una empalizada con la altura de seis hombres. En la parte más alta de la colina, se vislumbraban las murallas de piedra, al estilo austano, que fortificaban el centro de la población y debían servir de última línea de defensa ante un asedio.

Compartieron algo de pan, queso y tocino balo la sombra de uno de los robles. Al fin, Sylwester se sintió obligado a comentarle que había visto a Bazyli y a Laska juntos.

—¿Y por eso te pones así? —preguntó incrédulo su amigo—. Media Luzjda sabe que esos dos van a acabar casados. Acéptalo.

—No tiene por qué ser así —respondió Sylwester, conteniéndose a duras penas. Echaba de menos la delicadeza que siempre mostraba Agnieszka—. Bazyli no la trata bien, no la respeta. Algún día se dará cuenta.

—¡Eso es lo que tú quisieras! No creo que la trate tan mal como dices. Laska no es idiota.

—Déjalo ya. Hablemos de otra cosa.

Sylwester volvió la cabeza y le dio un sorbo largo a su odre de vino rebajado. Sintió la mano de su amigo en el hombro.

—¿Qué tiene Laska que estás tan colado por ella?

—Tú no lo entiendes. Es especial, es guapa, es…

—¿Guapa? ¡Guapo soy yo! ¡Y tú!

Sylwester volvió a mirarlo, sin entender.

—Mira, Sylwester, si pretendes estar con una chica porque piensas que es guapísima y maravillosísima y que tú eres un pobre pardillo que no la merece, tarde o temprano te dará la razón y se buscará a otro que se sienta valioso. ¿Es que a ti te gustaría casarte con una chica que estuviera todo el día quejándose de lo fea que es y lo poco que vale?

—Yo no soy un pardillo.

—Pues actúas como si lo fueras. Mira, yo estuve tres años enamorado perdido de Irenka.

—¿La que se casó hace tres meses con…?

—Con Józef, sí.

—No tenía ni idea.

—Porque no fui tan estúpido como para dejar que se me notara —dijo Piotr y bebió un sorbo de su odre más largo del que había tomado Sylwester—. Y aún la quiero, que es peor. Pero he aprendido algo: no vale la pena. Si una chica te hace caso, y a ti te gusta, quiérela, trátala muy bien, pero no te enamores en vano de nadie. Lo único para lo que te sirve es para sufrir. Y la vida es muy corta.

Después de aquello, cambiaron de tema. Piotr le estuvo hablando de las ganas que tenían de que pasaran dos años más y pudiera viajar a la capital, Vojotla, para ingresar en el ejército tribal. Ese era el sueño de la mayoría de los milicianos, aunque solo los mejores lo lograban. Piotr entrenaba a diario y Sylwester siempre había pensado que iba a conseguirlo.

El motivo de Sylwester para haber ingresado en la milicia de Luzjda era proteger los bosques de los vampiros de árboles, y su sueño era ingresar en la guarnición de cualquiera de los fuertes de las ciudades fortificadas de la frontera norte: Zwoblot o Zwatuja, aunque no le importaría terminar aún más lejos. Los bosques del norte eran mayores y más densos y estaban más amenazados por los demonios.

Cuando terminaron de almorzar, descansaron unos minutos. Tras unos instantes de silencio, Piotr se le acercó y miró hacia una de las ramas del roble bajo el que se hallaban.

—Creo que esa alondra nos está vigilando  —susurró Piotr—. Además, no canta.

—¿Y tienes que decirlo en voz baja, para que no se entere? —preguntó Sylwester a punto de reírse.

—No quiero que sospeche.

Sylwester se rio sin hacer ruido y comprobó que Piotr tanteaba con cuidado el suelo entre ambos. Se hizo con un guijarro no más grande que su pulgar y se lo cambió de mano con disimulo. A su amigo le encantaba ahuyentar a animales inofensivos.

—Pobre alondra, no la espantes —dijo Sylweser sin convicción.

—Que se vaya a curiosear a otro sitio.

Piotr se hizo el distraído y, de pronto, le lanzó el guijarro a la alondra. Falló por medio metro, pero asustó al ave que se alejó volando.  Sylwester se volvió para poner orden en la bolsa donde guardaba el resto de la comida cuando un movimiento brusco lo hizo volverse. Vio atónito como la alondra aterrizaba a toda velocidad en el antebrazo de su amigo y le picaba en un dedo. Piotr aulló y quiso golpear al ave, pero esta ya había alzado el vuelo.

—¡Maldito bicho! —gritó Piotr—. ¡Me ha hecho sangre!

Sylwester no pudo evitarlo. Se echó a reír mientras Piotr se chupaba el índice herido y escupía la sangre. La verdad es que era difícil encontrar una alondra tan agresiva. Quizá tuviera su nido cerca, pero aquella situación era tan cómica como extraña.

—Te dije que la dejaras en paz. Si no lo hubiera visto, me sería difícil creerme lo que te ha pasado.

—Como pille a ese bicho…

Pero, a pesar de sus palabras, Piotr también se rio: el picotazo de una alondra furiosa jamás sería una herida grave.

El resto del día de servicio fue tranquilo y ni Piotr ni Sylwester tuvieron que pelear de nuevo. Cuando regresaron a Luzjda lo único que sentían era cansancio de tanto caminar con la coraza puesta.

30 julio 2022

[El viaje de Sylwester] Marta II

MARTA II

(Actualidad: año 252 de la Confederación)


 

Las novicias muy jóvenes tendrían que provocarle odio a Marta, porque su alma estaba maldita, pero no era así. Le inspiraban un poco de envidia y mucha ternura. Los días que se buscaba un hueco en la Plaza de los Necesitados, el nombre que el pueblo le daba a aquella plaza de cuya denominación real nadie se acordaba, solía acomodarse cerca de la gran carpa que la Iglesia mantenía cerca del centro, junto a la fuente.

También había novicios, pero Marta solo suspiraba cuando las miraba a ellas, tan simpáticas y tan sonrientes mientras lucían sus vestidos blancos. Suspiraba porque deseaba ser como ellas, y podría haber estado en aquella carpa si aquel demonio de ojos de serpiente no hubiera convertido a la niña con capacidad para la magia que fue en un ser monstruoso. Las aprendizas de magia curativa atendían los casos más inocentes: catarros, golpes sin importancia, resacas… Además de curar el cuerpo, alegraban el alma con su amabilidad y, sobre todo, llevaban el pelo suelto, la cara descubierta y ropa ligera.

Aquella mañana soleada, Marta sentía que se abrasaba debajo de los ropajes azules que la ocultaban del resto del mundo. Le sudaban las manos dentro de los guantes. Habría pagado una fortuna por quitarse la capucha y el velo que solo dejaban al descubierto los ojos, pero había sufrido demasiado por culpa de su aspecto. No se sentía capaz de enfrentarse al rechazo de sus compatriotas hacia la belleza, sobre todo porque, en su caso, el recelo sí estaba justificado.

Una novicia pelirroja, de unos dieciséis años, tres menos que Marta, se le acercó sonriendo. Aquella chiquilla llevaba varios días fijándose en ella. Marta la miró y alargó la mano cuando esta le tendió un vaso de barro.

—Es vino de mi monasterio —le dijo—. Está fresquito.

Marta le dio las gracias, se apartó el velo con una mano, sin dejar que se le viera el rostro, y bebió dejando la prenda delante del vaso. La muchacha se sentó a su lado y le hizo una pregunta, pero no la que se esperaba.

—¿Eres de Wanu?

—No. Ni siquiera sé dónde está ese sitio.

—Es un país muy lejano, al sur. Los juglares dicen que las mujeres visten como tú, pero viven en palacios enormes, y que los hombres son guapos, de piel oscura y tan apasionados que son capaces de colarse en una fortaleza para salvar a su amor verdadero.

La pelirroja suspiró con disimulo y Marta pensó que no era bueno oír demasiadas canciones románticas.

—Pues ya ves, soy tan austana como tú. Me crie en Laguvia, hacia el norte, a unos tres días de camino.

—¿Es bonito?

—Bueno… Es un pueblo pequeño. Cuatro o cinco calles, una plaza y una iglesia. Aunque la campana es tan grande que, cuando la tañen, la tierra tiembla.

—¿Te ríes de mí? —preguntó la novicia, tras mirarla un instante con una sonrisa congelada.

—¡Sí!

Las dos se rieron un rato. Aquella conversación le ayudaba a Marta a olvidarse del calor y de la tristeza que, con mayor o menor fuerza según el día, nunca la abandonaba. Sin embargo, llegó la pregunta que nunca deseaba contestar.

—¿Por qué vas tan tapada?

—Cuando tenía doce años —mintió Marta—, dos amigos de mi padre tuvieron que sacar del fuego a toda prisa una tina enorme, porque se estaba llenando de grietas. Les quise ayudar con tan mala fortuna que resbalé y se me rompió encima. Me achicharré y me salvé de milagro porque el sacerdote de Laguvia era un curandero experto. Lo que no pudo quitarme fueron las cicatrices. Estoy desfigurada, parezco un monstruo. Si me vieras la cara o el cuerpo te podrías desmayar. Solo tengo intactos los ojos, porque me los tapé con las manos.

—Perdóname. No tenía que haberte preguntado.

Marta le quitó importancia, pero suspiró al ver que la muchacha le sonreía con tristeza y se despedía. Siempre sucedía lo mismo. La novicia le aseguró que volverían a hablar, pero no sería la primera vez que incumplían esa promesa.

Quizá fuera lo mejor. Aunque Marta no tuviera ni una sola cicatriz, no dejaba de ser un monstruo. Se le inflamó el corazón de deseos de venganza cuando recordó al demonio que se había colado en su dormitorio, cuando solo tenía cuatro años, para entregarle un don tan envenenado como todos los que proporcionan los demonios.

Mientras veía a un hombre herido al que ayudaban a andar dos mujeres, camino de la carpa de la Iglesia, recordó su infancia rodeada por un pueblo que recelaba de que hubiera sobrevivido al ataque de un demonio. Todo empeoró cuando, a los quince años, confirmaba los temores de sus vecinos al convertirse en la joven más hermosa de Laguvia y de los pueblos de alrededor.

Tan ensimismada estaba que solo vio a una mujer rolliza que llevaba en brazos a una joven delgada sin sentido cuando aquella le hablo. La joven desmayada tenía un labio roto, la boca un poco hinchada y sangre seca en la barbilla.

—Me han dicho que eres la mejor curandera que me puedo pagar —dijo la mujer, que tenía la voz grave.

—Soy solo una aprendiza —respondió Marta en tono triste—. Quizá los sacerdotes de ahí al lado puedan ayudarla. Se contentan con una donación.

—Por favor —dijo la mujer—, me han hablado muy bien de ti. Quítame la manta que llevo a la espalda y extiéndela para que pueda poner a mi señora encima. Examínala, te lo ruego.

Marta lo hizo, conmovida por el sudor que le corría por las mejillas a la mujer, que prefería cargar con su señora a dejarla sobre el suelo sucio. La acostó sobre la manta con delicadeza y Marta le preguntó qué le había sucedido y si tenía más golpes aparte de en el labio.

—Se ha caído por unas escaleras. Intenté que despertara, pero no lo hace. Se ha golpeado en la boca y debajo del pecho.

Aquella mujer mentía. Marta se colocó junto a ella, de manera que entre las dos tapaban a la herida casi del todo, y le subió la falda hasta la mitad de los muslos. Le bajó una calza hasta el tobillo y, comprobó que la pierna estaba ilesa, algo bastante improbable si se había caído por unas escaleras.

—Ya la miré yo —dijo la mujer—. Solo tiene mal el torso y la cara. Quítale el corpiño.

Le subió la calza de nuevo, le bajó la falda y le desabrochó las cuerdas del corpiño verde, que tenía adornos dorados en forma de flores y era muy bonito. La camisa interior era blanca y de tejido suave. Marta tiró de ella y le dejó al descubierto el abdomen hasta debajo del pecho. En la zona del estómago tenía unos moretones grandes, de mal aspecto. La rabia le provocó un nudo en la garganta y, aunque habló con serenidad, no se pudo contener.

—Esa escalera tiene los puños muy fuertes.

—Por favor —suplicó la mujer, a quien se le habían humedecido los ojos—, no cuentes nada. Sería mucho peor.

Marta suspiró de nuevo, algo que no le gustaba hacer, pero que se le escapaba varias veces todos los días. Callaría, por supuesto. Ignoraba las circunstancias que llevaban a una criada fiel a ver como le pegaban a su señora y callar, a llevarla sin que nadie se enterase para que una curandera de la calle la ayudara. Si la mujer acudía a los novicios, estos llamarían a sus superiores e investigarían al causante de aquellos golpes.

La mujer tenía razón en una cosa. Marta era una de los mejores aprendices con capacidades curativas de Gudeña que escapaban de la miseria curando en la calle. Los curanderos que usaban el poder de sus mentes para sanar, o aquellos que invocaban el poder de cualquiera de los tres dioses austanos para lo mismo, invocaban hechizos de efectividad variable cuando curaban contusiones. A veces les salían muy bien y otras veces no tanto. Como Marta curaba de una forma muy distinta, sus resultados eran siempre los mejores que un aprendiz de sanador podía lograr, pero el precio era terrible.

Marta cubrió el torso de su paciente y le pidió a la mujer que se alejara unos pasos. Le puso la mano derecha sobre el estómago y la izquierda sobre la boca. La respiración se le agitó cuando se concentró para invocar su poder. La magia de los curanderos que usaban la mente se manifestaba con un débil resplandor azul. Los novicios y los sacerdotes producían una luz blanca brillante, agradable a la vista y que inspiraba paz. Las manos de Marta se vieron envueltas en un resplandor rojizo, maligno, repulsivo.

Lo más triste era que, en realidad, Marta no haría desaparecer los daños de la mujer. Curar a los heridos era duro, hacían falta fortaleza mental y vocación, cosas de las que carecía. Ver cuerpos dañados por golpes y heridas era horrible por sí mismo, pero lo que sufría Marta era mucho peor. Notó los golpes. Varios puñetazos muy fuertes en el estómago que la hicieron arquearse un poco. Luego varios bofetones, escozor en las manos, porque aquella muchacha desmayada había intentado defenderse y, al fin, un puñetazo en la boca, que le dejó los labios ardiendo.

El hechizo concluyó con éxito. A Marta se le saltaron las lágrimas y necesitó unos instantes para recomponerse. Sentía un dolor intenso en la boca y el estómago, a pesar de que la transferencia no había sido completa porque carecía del poder suficiente. Aquella había sido su maldición. Aunque llegaría a aprender algún hechizo curativo, el poder auténtico de Marta no curaba, sino que transfería las heridas a su propio cuerpo y luego se sanaba a sí misma. Era el mismo método que usaban los esclavos de los demonios, por eso era mejor que otros sanadores de su mismo poder. Ese era el segundo motivo por el que ocultaba la piel bajo un traje azul, porque si alguien descubría que su magia provenía de los demonios, la quemarían en una hoguera.

Solo tuvo una alegría. Su paciente abrió los ojos. Tenía los labios menos hinchados, el corte casi curado y, seguramente, los moretones del estómago se le habrían reducido y el  dolor de los músculos se le habría aliviado. Se puso en pie y la mujer rolliza la abrazó y le dedicó frases cariñosas, con la voz quebrada. Se separaron y la paciente de Marta le dio las gracias y recogió la manta sobre la que había yacido. La mujer rolliza le sonrió.

—Nadie puede saberlo —dijo la criada, que le dio una bolsa de tela—. Solo he podido sacar de la cocina, sin que nadie sospeche, algo de pan, queso y tocino. Merecías mucho más.

—Es suficiente, gracias —respondió Marta, deseando que no se le notara en la voz que, de pronto, se le habían inflamado los labios—. Me suelen pagar menos.

Marta esperó a que su paciente y su fiel criada se perdieran entre las personas que recorrían la plaza para marcharse. Su poder era muy limitado todavía: un solo hechizo le agotaba las fuerzas y necesitaba reposo y una noche de sueño para recuperarlas. Curarse de los golpes que había absorbido le llevaría unas doce horas, ya que no había podido transferir todo el daño que había padecido la mujer. Solo había absorbido el suficiente como para que recuperase la consciencia.


Se consolaba pensando en que curaría sin cicatrices. Era otro regalo ponzoñoso del demonio que la maldijo. Tener más resistencia al dolor y a los golpes de lo normal, era otro más.

Cuando llegó a Gudeña, nadie la ayudó. Los comedores para indigentes de la Iglesia estaban tan desbordados que, solo algunos días, le daban un mendrugo de pan. Siguió pasando hambre y frío, pero, esta vez, en plazas bonitas y en calles flanqueadas por casas de aspecto cálido y confortable. Mendigar siendo hermosa era perder el tiempo y varias veces tuvo que huir de individuos que querían golpearla o forzarla.

Se sentó en un portal, cansada por haber usado la magia y por los efectos de los golpes de su paciente. Abrió el saco y fue un consuelo que el queso oliera bien y el trozo fuera grande. No se lo dijo a la mujer rolliza, pero aquel pago había sido más escaso de lo habitual. Sin embargo, de haber hecho falta, habría curado a aquella paciente sin aceptar nada a cambio. Muchas cosas habrían sido distintas para Marta si hubiera encontrado a alguien tan bueno como aquella mujer, alguien que hubiera cuidado de ella igual que la criada a su señora.

Pero no fue así. Debilitada por el hambre, comenzó a frecuentar las plazas donde había mercado y robaba frutas o pan de los puestos. Un día, en una feria próxima al puerto, donde se vendían productos de la propia Austán y de otros reinos del continente donde estaba la Madre Patria, la atraparon robando. La ley de Gudeña era clara e implacable. La encerraron tres días en un calabozo tan oscuro como la noche cerrada. Al cabo de ese tiempo, la llevaron a una plaza pública.

Marta se levantó y siguió andando, en un intento, tan inútil como todos, de no revivir aquel trauma otra vez. La subieron a una tarima y, sin avisar, le arrancaron la camisa. Tardó un instante en taparse los pechos con los brazos, pero ya la habían visto sin ropa cientos de personas. Le ataron muñecas y tobillos a unos salientes de una pared de madera y le dieron veinte latigazos en la espalda.

Cuando la liberaron tenía la mente nublada por el dolor y la vista borrosa por las lágrimas. Ni siquiera reparó en que seguía desnuda de cintura para arriba en público. Se limitó a resistirse cuando le volvieron a poner la camisa, porque la tela le redoblaba el dolor de sus heridas. Dos soldados la bajaron de la tarima y le ordenaron que se marchara. Marta vagó por las calles de Gudeña sin saber muy bien donde estaba y qué hacía. Tras media hora, le pudo el cansancio, se sentó encogida en un portal y se echó a llorar. Después de un rato, un hombre con el pelo blanco se inclinó hacia ella.

—¿Qué te pasa, pequeña? ¿Necesitas ayuda?

Marta estaba demasiado confundida como para responder. El hombre le puso una mano en la espalda y la hizo gritar de dolor.

—Vamos, levántate, pequeña. Ven conmigo.

No estaba en condiciones de oponerse a nadie, así que Marta se puso en pie y dejó que el hombre la condujera con suavidad, tomándola del brazo. La llevó a la Plaza de los Necesitados y le pidió ayuda a un curandero joven y de complexión robusta. El hombre de pelo blanco y el curandero intercambiaron algunas frases y este le pidió que se sentara en el suelo.

—Te va a doler un poco —dijo el curandero.

Marta aulló cuando el joven le descubrió la espalda. El curandero exhaló aire, incrédulo y estuvo un rato murmurando algo.

—Te han dado, por lo menos, veinte latigazos. ¿Cómo puedes seguir de pie? Sé de algún soldado que te sacaría la cabeza que ha perdido el conocimiento tras un castigo semejante.

Quiso balbucear una respuesta, pero no logró pronunciar ni una palabra inteligible. Nunca olvidó aquel comentario, que le reveló una de las consecuencias de su maldición. El curandero mojó un paño en un cubo y, con delicadeza, le enjuagó la cara. Su memoria no logró retener el rostro de sus dos benefactores, pero recordó que la cara redondeada, de mofletes gordos, del curandero le pareció tan hermosa como la de un ángel.

—Se han ensañado contigo porque eres preciosa —le dijo el curandero—. Son bestias. No tienes la culpa de haber nacido así. Deberían juzgarte por tus actos, no por tu aspecto.

A Marta le corrieron lágrimas por las mejillas al oírlo, pero el joven se las volvió a secar. Después, se colocó detrás de ella y le arrancó un grito ahogado cuando sintió sus manos en la espalda. El curandero invocó sus poderes, pero, o bien el hechizo no funcionó del todo, o bien sus heridas eran demasiado graves. Sintió mejoría, pero muy leve. Sin embargo, fueron la bondad y el cariño que le demostraron aquellos desconocidos lo que más la alivió.

Tras doblar una esquina llegó sin pretenderlo a una plaza abarrotada porque había mercado. Evitaba aquellos sitios, pero se sintió sin ganas de dar una caminata para rodearla. Se sumió en el gentío caminando con cuidado de no tropezar con nadie. Contempló con envidia a las muchachas, todas con el rostro al aire, sonrientes la mayoría. Muchas admiraban las telas o las hortalizas que se vendían. Se cruzaba de vez en cuando con alguna joven que paseaba del brazo de algún muchacho.

Marta recordó con tristeza el mercado de Laguvia. A veces iba con su padre o hermanos. En otras ocasiones, la acompañaba Jorge. Siempre se divertía recorriendo los puestos, aunque algunos de los comerciantes y visitantes se mostraran antipáticos. Añoraba poder visitar los mercados sin miedo, sin tener que cubrirse el rostro ni ocultar su figura. Anhelaba pasear de nuevo por los bosques que rodeaban Laguvia de la mano de Jorge y sentarse a la orilla del arroyuelo donde se habían besado por primera vez. Echaba de menos sentir el sol y la brisa en las mejillas.

Un hombre alto, vestido con un jubón dorado casi tropezó con ella. Se detuvieron ambos a tiempo y no sucedió nada. El hombre se quitó el sombrero de ala ancha y se disculpó con amabilidad. Marta había aprendido a sonreír con la mirada, entrecerrando un poco los ojos, y de esa forma le respondió antes de seguir su camino. Suspiró al pensar en que si no la protegiera la ropa, en que si aquel hombre le hubiese visto el rostro, en vez de una disculpa cortés le habría dedicado una mirada hostil. Sentía a veces que la gente era muy hipócrita.

Cuando salió de la plaza y caminó por una calle larga y estrecha, se apenó al pensar que nunca volvería a pasear por un bosque sin tener que cubrirse. Había pensado más de una vez en salir de Gudeña para pasar un día en el campo, pero temía que si se quedaba sola volviera a aparecer el demonio de ojos de serpiente. Aceptó que nunca volvería a pasear entre árboles. No volvería a sentarse a la orilla de un arroyo y ningún hombre le permitiría que se abrazara a él y le dejara apoyarle la mejilla en el hombro o en el pecho.

Soñó durante meses que regresaba a su pueblo, que Jorge le pedía perdón y todo volvía a ser como antes. Aquellos sueños le dieron fuerzas para vivir durante un tiempo, hasta que dejó de tenerlos. Nunca volvería a ver a Jorge ni a sus padres. No podría perdonarle a su antiguo novio que la repudiara cuando más aterrorizada se sentía, cuando más lo necesitaba. No volvería a enamorarse de nadie.

Marta entró en el portal y subió las escaleras que la llevarían a su habitación. Era muy pequeña, poco más de la mitad de extensión que su añorado dormitorio de casa de sus padres, pero no podía pagarse otra cosa. Su casera era una señora amable que no se inmiscuía en su vida: no necesitaba más que una cama, un techo y que nadie le hiciera preguntas.

El momento más feliz para Marta era quitarse la ropa y quedarse vestida solo con la camisa de interior. Tomó el espejo redondo que tenía en la mesita de noche, regalo de una de sus pacientes, y se miró los labios. Tenían mal aspecto, pero una noche de sueño y se habría curado. No se veía la espalda, pero sabía que tendría la piel limpia. Si le permitiera a alguien que le mirase la espada, no se podría imaginar que, hacía poco menos de un año, se la habían destrozado a latigazos.

Volvió a recordar al curandero y al hombre de pelo blanco. Cuando el joven terminó, le bajó la camisa con cuidado. El hombre mayor le dio unas monedas al joven y la miró.

—¿Quieres que te lleve a tu casa?

A Marta le temblaron los labios al intentar responder, pero no pudo.

—¿Tienes casa? —preguntó el curandero.

Marta logró responder que no moviendo la cabeza.

—Yo debería irme —dijo el curandero—. He consumido mi poder y no pinto nada aquí por hoy, pero si quieres, túmbate a mi lado y velaré tu sueño un par de horas.

Obedeció con la mente aún nublada por el dolor. Sintió que el hombre de pelo blanco le puso una moneda en la palma de la mano y se la cerró con suavidad. Luego, se marchó. Se quedó dormida y despertó de noche, sola, cubierta por una manta que nunca le pudo devolver a su benefactor. Marta no volvió a enseñar el rostro en público. Con un cuchillo que pidió prestado a un comerciante, cortó la manta e improvisó un velo y una capucha. Aún guardaba aquella manta rota y aquellas prendas improvisadas.

Tres días después, repuesta de sus heridas, regresó a la Plaza de los Necesitados y se ofreció a curar a la gente a cambio de algunas monedas, como hacía aquel curandero. Gracias a su capacidad de transferirse los daños de los demás, fue ganando prestigio. Dejó de pasar hambre y ganó lo suficiente para alquilar el cuarto donde vivía. Recorrió varias veces la plaza, buscando al curandero rollizo. Había varios jóvenes gordos entre los curanderos de la plaza, y nunca supo a cuál de ellos darle las gracias. Había pasado mucho tiempo, pero Marta aún sentía ganas de volverlos a ver, al curandero y al hombre de pelo blanco. Se habría quitado el velo y la capucha, los habría abrazado y los habría cubierto de besos.

Marta se echó en la cama, sobre las sábanas. Cuando se repuso de los latigazos, se prometió que nunca más actuaría como una víctima o una pordiosera. Estaba dispuesta a aprender más magia para convertirse en una curandera poderosa. Iba a devolverles a los demonios todo el daño que le habían hecho multiplicado diez veces. Estaba aprendiendo a tirar con arco, con uno pequeño que había adquirido y que estaba apoyado en una esquina del cuarto junto con la aljaba y las flechas. Uno de los soldados que guardaban el puerto de Gudeña la estaba enseñando a pelear a puñetazos y patadas. No se hacía ilusiones: no era muy fuerte, pero sí bastante rápida y encajaba bien los golpes. Si volvía a cruzarse con el demonio de ojos de serpiente, al menos, sabría defenderse.

Evocó la imagen de su huerto. Recordó los surcos donde sembraba las lechugas. En aquella época del año, estarían muy grandes. Y se quedó dormida.

28 junio 2022

[El viaje de Sylwester] Mähra II

 MÄRHA II

(Actualidad: año 252 de la Confederación)

 


El reino de Vörla Skrohr, donde Mähra se había refugiado, era un país pequeño y pacífico que no suponía una amenaza para nadie. Estaba cerca de la Confederación entre austanos y cawkeníes, pero no lindaba con ningún territorio humano. Era el sitio perfecto para demonios como Mähra, que eran molestos en reinos sometidos a una mayor vigilancia por parte de los dioses austanos.

Lo mejor de aquel país era que estaba libre de bosques terrícolas. Solo medraban plantas pequeñas que iban perdiendo terreno ante la flora creada por los demonios. No podía decirse lo mismo de la mayoría de los demás reinos de su pueblo.

El lugar de la reunión era Nelukka, la capital de Vörla Skrohr. Desde la casa de Mähra suponía, apenas, una hora de vuelo. La visión de las concentraciones de plantas y las pequeñas ciudades desde lo alto era preciosa, y Mähra volaba bajo de manera deliberada, para contemplar los cultivos y las viviendas, para ver a sus congéneres caminar o volar en libertad, sin miedo a los seres humanos y los monstruos de metal creados por sus dioses. Solo se posó una vez, junto a una laguna, para refrescarse el rostro y mantuvo una charla breve con tres diablillos que jugaban en la orilla.

El palacio del conde Gröndha era una edificación enorme que crecía en torno a ocho troncos.  Los más elegantes correspondían a la vivienda del conde y sus seres queridos, a la vivienda de los trabajadores que atendían al edificio y cuidaban de los jardines y a los barracones de la tropa permanente que, como conde, tenía la obligación de mantener armada y entrenada por si el rey la necesitaba. El resto eran, en teoría, talleres y centros de investigación mágica. En la práctica, aunque funcionaran como tales, servían además como criaderos de homúnculos, vampiros de árboles, espías y otros seres con los que el conde realizaba incursiones y misiones en territorio humano. Eran muchos los que sabían que el conde Gröndha combatía a los humanos, pero lo hacía con tanto cuidado que ni el rey de Vörla Skrohr ni su corte se veían obligados a contenerle.

Mientras Mähra descendía para posarse en la puerta principal de la vivienda del conde, pensó en lo triste que era que un demonio tan capacitado y valiente como él tuviera que limitar su ingenio a incursiones con criaturas artificiales que eran más una molestia que un problema para los humanos. Destruía árboles, sí, pero en zonas tan alejadas del enemigo que estos ni se percataban. Por ello, cuando un demonio corpulento la invitó a pasar al palacio, tras haberle dicho su nombre el motivo de su visita, la animaba la esperanza. Mähra colaboraba a menudo con el conde: ayudaba a insuflarles vida a batallones de homúnculos, cuidaba de huevos y cosas del estilo. Pero en aquella ocasión, la habían llamado para algo muy diferente.

Mähra disfrutó al recorrer los pasillos del palacio del conde. La fuerza de aquella vivienda era inmensa, pero, al mismo tiempo, era amable y lograba que los visitantes se sintieran bien. El palacio conocía el sufrimiento de Mähra y era especialmente delicado con ella. Cuando recorría el pasillo que la llevaría a la sala de audiencias, la casa le pidió que se detuviera y mirase a la derecha. En una jardinera había una slötra. En lo más alto de la planta, vio una flor de cinco pétalos y de un color similar al de su piel: una slötrey. Mähra le dio las gracias a la vivienda y cortó la flor, con cuidado de no dañar la planta. Se introdujo el tallo en el escote, para que la slötrey se le quedara sobre el corazón y pudiera percibir bien su aroma. El palacio del conde Gröndha siempre le regalaba algo: una fruta deliciosa, una flor…

Cuando llegó a la puerta de la sala de audiencias, otro guardia le pidió que la siguiera. El demonio la condujo a una pared lateral y la invitó a pasar a una sala que conocía bien, donde Gröndha y Skanblös la esperaban. Se trataba de una habitación de recreo, donde disfrutar de comida o bebida en un ambiente agradable. La recibió un aroma a bosque tradicional, de los tiempos en que los humanos no habían invadido el planeta. Gröndha era un demonio de su misma altura, cuyo rasgo más relevante era que tenía cuernos. Era esbelto, de alas grandes y con mucha clase. Skanblös era un gigante con unos músculos bien marcados que lucía cuando la temperatura lo facilitaba. Mähra le dedicó una mirada más larga de lo aconsejable.

Gröndha, tras saludarla, la invitó a sentarse en el taburete que había libre junto a la mesa redonda a la que se hallaban sus anfitriones. Skanblös la miraba con intensidad, se fijaba en la flor que llevaba en el escote. Era evidente que la deseaba, y a Mähra le hacía sentir una mezcla de repugnancia, de sentirse halagada y de atracción. Cuando los científicos del pasado cambiaron los cuerpos de su pueblo para que sobrevivieran en la atmósfera venenosa de los invasores, tuvieron que hacerlo a toda prisa y había aspectos importantes que hubieron de cambiar.

Antaño, los demonios eran hermafroditas y fecundarse unos a otros no era una actividad especialmente placentera: era un trámite para poder producir huevos fecundados. Se trataba de un momento íntimo, que solo se hacía con personas de confianza, pero ningún demonio perdía la cabeza por tener aquellos encuentros, como sí les sucedía a los seres humanos. Lograron mantener la reproducción por huevos, pero hubo que crear dos clases de cuerpos: aquellos que podían crear huevos y aquellos que solo podían fecundar a los primeros para que los huevos salieran fértiles. Casi por accidente, los nuevos cuerpos de los demonios se veían arrastrados por las mismas pasiones incomprensibles de los seres humanos. Con menor intensidad, pero sin poder evitarlo.

A Mähra le repugnaba sentir el mismo deseo que los seres humanos, pero Skanblös la atraía con fuerza. Y era un sentimiento mutuo. Lo único que le impedía al enorme demonio acercar una mano para tocarla y a ella dejarle hacer sin más que soltar algún suspiro era la presencia del conde Gröndha. Cuando este habló, pudo liberarse de la mirada de Skanblös y su pulso se ralentizó.

—Necesito que te infiltres en Luzjda, en el norte de la Confederación. Tienes que encontrar a un humano y sonsacarle toda la información que puedas sobre el artefacto que ha encontrado. Skanblös te lo contará mejor.

Gröndha le sonrió con complicidad y Mähra, un tanto molesta, sintió rubor en las mejillas, pero pronto dedicó toda su atención a Skanblös. Llevaba años buscando un artefacto humano, de la época en que su civilización tenía un nivel tecnológico tan avanzado que los demonios no tenían otra opción que esconderse. El orgullo con el que hablaba lo hizo parecer más atractivo a ojos de Mähra.

—Como ya había descartado las fortalezas, exploré los bosques que hay entre Luzjda y la frontera. Y cerca de una aldea cawkení abandonada, algo muy poderoso respondió a mi llamada. Me llevó demasiado tiempo averiguar que estaba enterrado en el cementerio y se presentó una pandilla de humanos.

—¿Y no los aplastaste? —le interrumpió Mähra, que se había dejado llevar.

—Los habría despedazado, pero invocaron el tratado y no iba a poner en peligro a Vörla Skrohr ni al señor conde.

—Eso te honra, Skanblös —dijo el conde. Luego, miró a Mähra—. Es vital que seas igual de prudente. Si llamamos la atención de los dioses austanos, perderemos el artefacto para siempre. Además, hay formas de luchar que no son propias de nuestro pueblo y no consentiré que nos pongamos al nivel de los humanos. Si te dejas llevar por tu odio mientras trabajas para mí, te recomiendo que no vuelvas a Vörla Skrohr.

Mähra bajó la vista y asintió. No era la primera vez que la advertía de no aprovechar sus infiltraciones para matar a humanos indefensos, pero le impresionó la amenaza de desterrarla, la convenció de que aquel artefacto debía de ser vital para la resistencia que lideraba el conde. Por eso, y porque Skanblös estaba delante, se contuvo, no respondió afirmando que los seres humanos eran monstruos y a los monstruos se los extermina aunque sean aún niños.

Agradeció la discreción del conde. Skanblös no sabía que Mähra había tenido que huir de los dioses austanos porque maldijo a una muchacha y, cuando tuvo el suficiente control sobre ella, la lanzó contra un grupo de niños que disfrutaban de una fiesta. Mató a muchos antes de que acabaran con ella, destrozó a muchas familias, pero los dioses austanos se enfurecieron tanto que las autoridades de su reino natal pusieron precio a su cabeza.  Gröndha era uno de esos ilusos que creían en el honor, incluso en la guerra contra los humanos. Si Skanblös era como él, le repugnarían aquel tipo de tácticas. Cuando Mähra alzó la vista, el demonio guerrero la miraba con curiosidad. El conde le pidió que continuara.

—El artefacto se me resistía con tanta ferocidad que apenas pude hacer mucho más que sondear sus puntos débiles. No habría sido capaz de llevármelo ni aunque lo hubiera desenterrado. Me amenazó con volver a los muertos en mi contra. Cuando llegaron los humanos, desesperado, lo desafié a que lo hiciera.

Skanblös se interrumpió un instante para esbozar una sonrisa leve. Quizá, una respuesta al interés que había despertado en Mähra, quien lo miraba atónita.

—No era una bravata —prosiguió Skanblös—. Cayó en la trampa y dio vida a uno de los cadáveres que yacían allí. Por muy poderoso que sea, sigue siendo un objeto. No se le ocurrió que, aunque yo no supiera nigromancia, lo que sí podía hacer era amplificar su hechizo. Cuando hui, todos los cadáveres luchaban por brotar del suelo y el artefacto ardía de cólera.  Logré entretener a los humanos el tiempo suficiente para enviar a varios cuervos que los siguieran.

A Mähra la maravilló el ingenio de su compañero. No había incumplido el tratado con los dioses austanos, ya que él no había invocado a los muertos vivientes. Todo sería culpa del artefacto. Sin embargo, lo mejor era que habían localizado la pista de un artefacto capaz de utilizar nigromancia, una tecnología con la que los demonios solo podían soñar. Mähra anheló dominar aquel artefacto y llevar el dolor y el sufrimiento a todos los humanos de la Confederación. Ni dioses ni humanos podrían detener una invasión de cadáveres animados, un ejército que crecería con los muertos de cada batalla.

—Los humanos se dividieron en dos grupos. El que siguió a los humanos que volvían a Luzjda, me reveló que un muchacho portaba el artefacto, como si llevara un canto rodado sin valor. Por lo que oí a través de los cuervos, el muchacho se llama Sylwester y es el único que puede tocar el artefacto. Por favor, Mähra, abréme tu mente.

Mähra lo hizo mientras los ojos de Skanblös refulgían en un tono rojo repleto de fuerza y poder. Le implantó varias imágenes de un joven rubio de ojos azules y piel muy clara: un cawkení corriente, cuyo aspecto no tenía nada de especial.

—Hice volver a los cuervos cuando estaban tan cerca de Luzjda que los habrían descubierto. No puedo decir más.

—Entonces, ¿quiere que mate a ese Sylwester y le quite el artefacto, señor? —preguntó Mähra, tras mirar un instante a Gröndha.

—No —respondió el conde—. Te infiltrarás en Luzjda y le obligarás a que te cuente qué ha hecho con él. Los humanos no son tan idiotas como te crees; aunque no entiendan su tecnología, seguro que han reconocido su importancia y son sus magos quienes lo custodian ahora. Lo que tienes que averiguar es dónde lo tienen y qué posibilidades tendrías de robarlo.

—Si es así, no voy a poder robarlo yo sola.

—Tendrás que poder. Confío en ti. Eres la única en todo el reino capaz de pasearte por una ciudad humana sin que nadie se dé cuenta de que eres un demonio. Se cuidadosa y traza un buen plan. Estarás sola, pero puedo proporcionarte objetos mágicos, constructos o espectros. Nunca he necesitado tanto de ti como hoy.

En teoría, Mähra podría haberse negado, pero la última frase de Gröndha, en realidad, era una orden, una que de no cumplirse la pondría en problemas. Sin embargo, no quería negarse, a pesar del peligro. No era cierto que sus disfraces fueran infalibles: cualquier brujo humano podría reconocerla. La brujería era una habilidad inusual, y los humanos marginaban a quienes la poseían, pero era un riesgo real cruzarse con un brujo que ocultara su naturaleza. A pesar de ello, la decisión era clara.

—Entiendo que debo actuar cuanto antes —dijo Mähra—. Si hemos terminado, le ruego que me dé permiso para partir, señor. Debo prepararme para infiltrarme con garantías.

—Por supuesto. Parte ya.

Mähra se puso en pie, lo que animó a Skanblös a mirarla con la misma intensidad de antes. Sin que ninguno de los dos se diera cuenta, inspiró hondo, arrobada por la forma en que la contemplaba. A Gröndha le brillaron los ojos y el techo de la sala se abrió para dejar a la vista un trozo de cielo azul. Mähra voló para salir y regresó a su casa aún más rápido que en el camino de ida.

Aquella podía ser su oportunidad de convertirse en una pesadilla para los humanos. Si dominara un artefacto de alta tecnología llevaría la destrucción a todas sus ciudades. Aunque sentía un leve remordimiento por traicionar a Gröndha y, sobre todo, a Skanblös, sabía que era necesario. El honor y la prudencia de ambos demonios les haría desaprovechar las posibilidades de un artefacto capaz de levantar a legiones de cadáveres que masacrarían a los humanos.

A partir de aquel momento, su vida solo tenía un propósito: robar el artefacto.

31 mayo 2022

[El viaje de Sylwester] Mähra I

MÄRHA I


(Actualidad: año 252 de la Confederación)



La última infiltración en Ribedera había sido agotadora. Märha no habría podido alejar más a Katarzyna de Gudeña sin hacerla sospechar, así que el vuelo de regreso hasta el Camino en el Cielo más cercano había sido largo y peligroso. Se había tratado del segundo en pocos días, porque hubo de infiltrarse antes para dejar a los homúnculos en el cobertizo y engañar a los propietarios del edificio haciéndose pasar por humana.

Por ello, Märha quiso quedarse en la cama un poco más, pero fue inútil. Recordó a Katarzyna, aquella maldita alimaña que había osado plantarle cara. Estuvo a punto de matarla y fue una suerte que se contuviera en el último momento. No solo la habrían atacado los dioses austanos, sino que los años que había dedicado a vigilar y proteger a aquella desgraciada se habrían desperdiciado por un arranque de furia. Tanta rabia sintió que se puso en pie e hirvió agua para prepararse una infusión de wösla.

Con el tazón humeante, se sentó frente al mueble donde protegía la imagen de Lahbäly. Miraba la estatua de su hija muerta a diario. La había empezado a esculpir tres meses después de que la mataran, para no olvidarla jamás y para no olvidar cómo se la quitaron. Había sido una diablilla alegre, que adoraba jugar con sus muñecas de trapo, que Märha aún conservaba en un baúl.

Al principio, su dulzura y su inocencia la habían decepcionado. Märha soñaba con que fuese tan poderosa como su abuela, que participó en batallas contra los humanos, pero Lahbäly nunca habría sido una guerrera: no iba a ser grande ni fuerte y le repugnaba pelear. A pesar de ello, su pequeña se hizo querer tanto que Lahbäly había sido su vida, y ver la sonrisa, las alitas desplegadas y la imitación de la luz de sus ojos que había conseguido imbuirle a la estatua avivaba su odio. A pesar de los 117 años transcurridos, recordar la risa de su pequeña mantenía abierta la herida de su alma. Y el dolor que le causaba se transformaba en odio hacia los seres humanos, los monstruos sin corazón que la habían matado por capricho.

Cerró un puño tembloroso mientras volvía a evocar el día en que la perdió. Vivían en una aldea del reino de Rhor, cerca de la frontera de un territorio disputado por tribus cawkeníes y ekroskies, dos pueblos humanos. El soberano de Rhor era de los pocos que combatían de forma activa a los humanos y había destruido casi todos los bosques de las tierras en disputa para anexionárselas. Cuando aquellos monstruos habían invadido el planeta, hacía milenios, lo habían envenenado con árboles traídos de la Tierra, que emponzoñaron el aire. Su entonces soberano se había limitado a limpiar el área.

Un mal día, los dioses austanos decidieron intervenir. Reunieron un ejército de cawkeníes, ekroskies, usekkas y algún voluntario austano e invadieron Rhor. La forma en que los humanos combaten es brutal y despiadada. Avanzaron hacia la capital de Rhor con dos ejércitos que avanzaban desde puntos diferentes e infestaron la frontera con multitud de unidades pequeñas cuyo objetivo era arrasar aldea por aldea.

Cuando le tocó a la aldea donde vivía con su hija, Mähra logró esconderse en el dormitorio de su casa, con Lahbäly temblando en sus brazos. Los humanos construyen sus viviendas con madera muerta de sus árboles repulsivos o con piedra inanimada. Poco más se puede esperar de una especie que solo sabe dar vida a monstruos de metal y forrarse de acero para espantar el miedo en los campos de batalla. Las casas de los demonios están vivas, crecen y se desarrollan para proteger la vida de sus moradores, a los que aman. Mähra, en su inocencia de entonces, creyó que por eso respetarían las viviendas y se contentarían con destruir las defensas y las armas. Fue su última esperanza vana.

Un ángel, a espadazos, reventó uno de los muros. Mähra tembló junto a su hija cuando sintió como su casa le transmitía a la mente gritos de dolor y socorro. El monstruo de metal no tuvo suficiente: alargó el brazo desarmado y brotaron llamas. Su casa ardió y se vino abajo en un par de minutos. Desesperada, poco antes del colapso, empujó a su hija por un hueco que su vivienda moribunda quiso crear para que pudiesen salir.

Mähra le grito a su hija que escapara, pero Lahbäly se empeñó en tirarle del brazo para hacerla salir por un agujero demasiado pequeño. La casa se vino abajo y liberó a Mähra, pero le robó el aliento el tiempo suficiente como para no poder calmar a su pequeña. Entonces, cometió el fallo que no había dejado de atormentarla. Lahbäly se dio la vuelta y corrió, pidiendo auxilio para su madre. Mähra fue demasiado lenta. Sacó un brazo de debajo de los restos de su vivienda para agarrar a su hija de la cola. Falló por menos de un palmo y vio a Lahbäly adentrarse en la misma calle donde tantas veces había jugado. Habría necesitado, tan solo, un segundo más y su pequeña seguiría viva.

Se liberó con rapidez y corrió tras ella, para nada. Lahbäly se detuvo frente a cuatro alimañas ekroskies, el doble de altas que ella. No tuvieron piedad. Uno la derribó de un tajo y los demás la rodearon y la hicieron pedazos con las espadas. Mähra intentó atacarlos, dispuesta a llevárselos a la muerte consigo. Otro guerrero, que nunca supo de dónde salió, la derribó de un hachazo en la espalda.

Notó que un humano se le echó encima y la inmovilizó. Mähra no medía los cuatro metros que había tenido su madre, pero sí superaba los dos metros y era más grande que casi todos los humanos. Si no la hubieran herido, habría podido liberarse del monstruo que se empeñaba en detenerla. Al no poder soltarse contempló, sin poder hacer otra cosa que gritar, como despedazaban a su hija. Tenía las alitas desgarradas y había dejado de moverse, pero a aquellas bestias les daba igual: seguían golpeando su cadáver una y otra vez. Dos guerreros se acercaron para rematar a Mähra y sucedió lo que terminó de destrozarla.

—¡Basta, son civiles! ¡Parad! —gritó en cawkení el humano que la había apresado.

Apareció otro humano que forcejeó con los otros dos, un guerrero y una guerrera usekkas, que seguían empeñados en matarla. Al final, los cuatro salvajes y los dos usekkas se marcharon a la carrera, mientras más humanos corrían de casa en casa. Mähra siguió debatiéndose, a pesar del dolor de su herida y de la debilidad que le causaba la hemorragia. Quería morir, pero aquel monstruo se empeñaba en salvarla. Cuando perdió las fuerzas, notó que, ayudado por otro humano, le estaban deteniendo la hemorragia.

Mähra se terminó su infusión de wösla mientras los recuerdos reavivaban su odio. Deberle la vida a un humano era algo solo un poco menos cruel que haber perdido a su hija. En su infinita maldad, la habían dejado vivir para que sufriera la pérdida de su pequeña el resto de su vida. Sus últimos recuerdos fueron contemplar los restos de Lahbäly mientras el sopor que le había inducido el humano por medio de su magia maligna la adormecía. Suplicó en susurros que la mataran hasta que perdió el conocimiento.

Mähra se levantó y bajó al sótano. Su nuevo hogar sentía el mismo odio hacia los humanos que ella misma, así que la mujer que sus planes la obligaban a tener allí estaba en el rincón más lóbrego y apartado que pudo construir. Para ver, tuvo que invocar sus poderes e iluminar la estancia. Sintió un leve placer al contemplar el cuerpo de aquella muchacha que yacía envuelta en un cristal que la preservaba. Lamentaba que estuviera muerta y no pudiera sufrir, pero la alegraba la idea de que no podía disfrutar de la sombra de los repulsivos árboles terrestres. Era una muchacha pequeña para tratarse de una humana, con una deformidad en una pierna. Se trataba de una humana insignificante a la que amaba un humano grande que le era fiel. Aquel monstruo era un austano llamado Guzmán, quien esperaba de Mähra que le devolviera a aquella chica con vida y, aunque aún no sabía cómo, estaba dispuesta a intentarlo siempre que el humano le sirviera bien.

De pronto, su vivienda le avisó de que tenía una visita. Mähra volvió a la planta superior y abrió la puerta principal. Había un diablillo adorable en la puerta. Era del tamaño de Lahbäly: apenas le llegaba a la parte superior de los muslos. Mähra le sonrió con afecto.

—Esto es para usted —dijo el diablillo mientras alzaba una semilla que tenía en la palma de la mano.

—Gracias. ¿Quieres pasar? —respondió Mähra tras recoger la semilla. El diablillo se negó y Mähra dijo—: espera un momento.

Se encaminó a la despensa y cogió uno de los löwa más frescos y grandes que tenía. Regresó a la puerta y se lo dio al diablillo.

—Toma, está muy dulce.

El mensajero se lo agradeció con alegría y empezó a morderlo antes de volverse y alzar el vuelo. Mähra suspiró. Su pequeña habría acabado realizando las mismas tareas que aquel diablillo. A los más pequeños de su pueblo se les asignaban ese tipo de trabajos: llevar comunicaciones o transportar objetos pequeños. Solían ser rápidos y ágiles.

Cerró la puerta y se comió la semilla. Los dioses austanos tenían sirvientes mecánicos por todas partes y para comunicaciones secretas, la mejor solución eran semillas como aquella. Un par de minutos después, visualizó en la mente el contenido del mensaje. Le faltó tiempo para arreglarse y dar instrucciones a la casa.

Se puso ropa de abrigo; así evitaría volar más despacio por tener que usar la magia para calentarse. Otra maldición de los humanos era que pueblo había tenido que modificar sus cuerpos hasta parecerse a ellos. El rango de tamaños de los demonios era diferente al de los humanos, ya que había diablillos de tan solo medio metro de altura mientras que los grandes guerreros rozaban los cinco metros. Otras diferencias eran que tenían colas largas, alas, colmillos y, algunos, también cuernos. El tono de la piel era rojizo y el cabello siempre negro, pero eran demasiado parecidos a aquellos monstruos. Cuando la flota de naves espaciales humanas atacó su planeta y derrotó a su pueblo en apenas diez días, tuvieron que cambiar sus cuerpos para no morir asfixiados en la atmósfera ponzoñosa, llena de oxígeno, que los humanos crearon gracias a sus malditos árboles. En el pasado, los demonios habían sido seres gráciles, de gran belleza: un cuerpo cilíndrico de serpiente con doce tentáculos. Por eso, en su honor, Mähra tenía ojos de serpiente, animal terrestre que los humanos temían.

Salió de casa y emprendió el vuelo. Las alas de los demonios apenas ayudaban a sustentarse y si podían volar era porque usaban la magia, el último resto vivo de la antigua tecnología de los demonios que, por desgracia, algunos humanos también podían utilizar. Voló lo más rápido posible. El mensaje era de Gröndha, uno de los pocos nobles del país que se oponía a los humanos de forma activa, que le solicitaba una reunión con él y con Skanblös, un demonio de cuatro metros de altura, gran guerrero y mejor hechicero. Había memorizado la última frase de Gröndha.

—Necesitaremos tu ayuda. Skanblös ha encontrado un artefacto humano y tenemos que conseguirlo como sea.