31 enero 2019

#OrigiReto2019 Otra nueva vida

Este es el microrrelato de enero de 2019 para el OrigiReto 2019. Las normas de este reto se pueden consultar en las bitácoras de las organizadoras:

http://plumakatty.blogspot.com/2018/12/origireto-creativo-edicion-2019.html

o en

http://nosoyadictaaloslibros.blogspot.com/2018/12/reto-de-escritura-2019-origireto.html

Este microrrelato tiene 980 caracteres según https://www.contarcaracteres.com/ (dos son astericos para separar escenas) y, para evitar destripes, diré al final qué objetivo cumple. El objeto oculto es un cheque sin fondos, y está enlazado con el relato de enero de Katty.

Aquí está la pegatina.





OTRA NUEVA VIDA

Aquel Apocalipsis había sido horrible para Rosa, como para todos los supervivientes. Pero para ella, además, había supuesto aprender que era capaz de hacer cosas que jamás hubiera creído. Antes de aquello era una mujer de la limpieza. Durante su nueva vida de ir de un sitio a otro, siempre a escondidas, colaborando con otros supervivientes, había ayudado en seis partos, había abierto la cabeza a cuarenta y dos zombies, había hecho infinidad de guardias…

Y todo para acabar rodeada en la habitación de una casa, sola, por una turba de zombies. Había atrancado la puerta, apilado muebles, pero los zombies estaban a punto de entrar. Necesitaba un arma. Revolvió todos los cajones. Lo único que encontró fue un cheque, y como los bancos ya no funcionaban, era un puñetero cheque sin fondos.

Tres zombies irrumpieron en la habitación. Rosa arrugó el cheque y se lo tiró. Le dio en el ojo a un zombie gordo y calvo, el primero que la mordió y le abrió la puerta a otra nueva vida.

* * * * * 

El objetivo es: 2. Crea un relato en el que aparezcan zombis.

#OrigiReto2019 ¿Donde estás, señora mía?

Este es el relato de enero de 2019 para el OrigiReto 2019. Las normas de este reto se pueden consultar en las bitácoras de las organizadoras:

http://plumakatty.blogspot.com/2018/12/origireto-creativo-edicion-2019.html

o en

http://nosoyadictaaloslibros.blogspot.com/2018/12/reto-de-escritura-2019-origireto.html

Este relato tiene 2001 palabras según https://www.contarcaracteres.com/ (dos son astericos para separar escenas) y, para evitar destripes, diré al final qué objetivo cumple. Los objetos ocultos que incluye son llave y daga de cristal.

Está basado en este pasaje de El Quijote.


Nunca se me olvidará ese toque de guitarra ni las frases de don Quijote:

 —¿Donde estás, señora mía, que no te duele mi mal? O no lo sabes, señora, o eres falsa y desleal.

Aquí el relato:


¿DÓNDE ESTÁS, SEÑORA MÍA?

La habitación donde Ágata llevaba cuatro años recluida era muy bonita. Tenía tres ventanales que mostraban un prado bendecido por una primavera eterna. De vez en cuando, se acercaban a las ventanas mariposas, pajarillos o conejitos. No le faltaba de nada y si pedía algún capricho, como frutas del lejano sur o un montón de novelas, lo tenía poco tiempo después. Pero aquella no era vida para una semidiosa.

Estaba leyendo una aventura en el que dos guerreros y una princesa, que guardaba un oscuro secreto, recorrían un reino fantástico. Ágata visualizaba aquellos paisajes con nostalgia. Se imaginaba las praderas y las gargantas que describía el escritor parecidas a aquellas que recorrió hacía años, cuando aún no se había firmado el tratado de paz.

Notó que le habían dejado algo en el buzón, así que cerró el libro. El buzón solo podía abrirse si su parte exterior estaba cerrada, por seguridad. Ágata cumplía el tratado y no había intentado fugarse nunca, pero las autoridades vivían preocupadas por la idea de que ella, o cualquiera del resto de semidioses prisioneros, decidieran cambiar de opinión.

Una consecuencia negativa de su encierro era que se sentía algo torpe. Nunca había sido delgada, y jamás le había preocupado estar gorda, pero había ganado algo de peso por culpa de la inactividad.
Y toda su apatía despareció al ver lo que había recibido. Eran dos rosas rojas, una ofrenda. Las tomó con cuidado de no pincharse y las puso en un jarrón que mantenía siempre lleno de agua. Cuando Ágata era libre, recibía ofrendas todas las semanas, pero el culto a los semidioses, se había restringido como parte de los acuerdos de paz. Solo unos pocos humanos conservaban la costumbre de enviar regalos a los semidioses a quienes más querían. Y Ágata tenía la suerte de que alguien seguía acordándose de ella.

Contempló las rosas con adoración un buen rato. ¿Quién las habría enviado? Quizá se tratara de una joven de la nobleza. Habría sido muy bonito ser libre, pensaba Ágata, y poder visitarla. Le encantaría que la muchacha la invitara a recorrer su palacio y a pasear a caballo por sus tierras, que imaginaba llenas de vegetación y de vida. O quizá era un caballero que luchaba contra el mal. Un hombre apuesto al que temían los constructos y que vigilaba las fronteras con afán.

La prisión nublaba su percepción. Sabía si su adorador se sentía alegre o triste, pero muy poco más. Cuando dejó de contemplar las flores y volvió a su lectura, no pudo evitar que la tristeza la invadiese. ¿Cuánto tiempo tendría que seguir encerrada?

*

Una semana después, la despertó una pesadilla. Había soñado que su adorador iba a afrontar un destino terrible. Mientras jadeaba, sentada en la cama, pensó que había experimentado sensaciones demasiado intensas para un simple sueño. Se levantó y cogió el cofre donde guardaba los pocos objetos mágicos que le habían permitido conservar. Se colocó en el cabello la diadema que le permitía profundizar en los secretos del espacio y el tiempo y se sentó en el sillón donde acostumbraba a leer.

Y tras una larga meditación, le corrieron lágrimas por las mejillas. Seguía sin saber quién era su admirador, pero se convenció de que iba a morir dentro de un par de días, quizá un poco antes. Era su única compañía; el destino no podía ser tan cruel.

Tras guardar la diadema, pasó casi una hora decidiendo qué hacer. Ágata se había comprometido, como el resto de semidioses, a vivir confinada a cambio de que la Alianza de Repúblicas de los constructos renunciara a su expansionismo. Si escapaba, les daría la excusa para iniciar una nueva guerra que podría durar décadas y causar cientos de miles de muertos, y tendrían que volver a semanas de negociaciones aburridísimas para evitarla. Si no escapaba, esa persona que aún seguía contando con ella moriría creyendo que a Ágata no le importaba su suerte.

Al fin, se decidió: iba a escapar, pero solo estaría fuera el tiempo suficiente para salvar a su admirador. Tras cumplir su cometido, regresaría a su prisión y aceptaría el castigo que decidieran imponerle. El problema era cómo salir de allí.

Se pasó una hora entera examinando la habitación. A pesar de lo confortable y bonita que era, no dejaba de ser una prisión destinada a recluir a seres poderosos. Ni aquellas paredes, ni las puertas ni las ventanas cederían a un ataque mágico. Ágata recordaba que para liberar sus poderes en su plenitud necesitaba algo, un objeto que había olvidado. Ese objeto estaba allí, porque si la hubieran separado de él, su subconsciente la habría empujado a reunirse con él.

Y al abrir el penúltimo cajón de su tocador, uno de los más pequeños, se encontró varios peines y una llave de metal. La cogió y la observó, sorprendida de que con lo bien ordenado que estaba su tocador, aquello estuviera allí. Reflexionando, se dio cuenta de que solo podía ser un recordatorio para sí misma. Intuyó que parte de las medidas de seguridad que la retenían allí consistían en haberle nublado recuerdos.

Buscó algo que esa llave pudiera abrir muchas horas, tantas que, agotada, decidió irse a dormir. Al día siguiente, escondido en un arcón lleno de túnicas, encontró un cofre. Lo puso sobre una mesa y se alegró al comprobar que aquella llave lo abría.

En su interior, bien protegida por telas, había una daga de cristal preciosa. Cuando la sujetó para verla mejor, fueron apareciendo imágenes en su interior y un tiempo después, como si hubiera activado un resorte oculto de su mente, recordó buena parte de sus habilidades.

La siguiente fase de la fuga fue más compleja y agotadora. La daga de cristal era su catalizador. Todos los semidioses tenían uno que, en la práctica, era una extensión de su alma. Ágata se pasó el día entero, salvo en los breves descansos que se concedió para comer y asearse, analizando las paredes de su prisión. Casi había perdido la esperanza cuando descubrió que las protecciones de su celda tenían una grieta un metro a la derecha de la puerta. Ampliarla para poder salir fue un trabajo lento, que le robó media noche de sueño, ya que si imprimía demasiada fuerza, podrían descubrirla.

Suspiró y abandonó su prisión, confiando en haber regresado antes de que la echaran de menos.

*

Don Rodrigo dejó la flor en la capilla diminuta, que se alzaba en una pradera.

—Señora mía, hoy solo puedo ofrecerte un clavel. Tendré algo mejor la próxima vez.

La buena educación exigía que se arrodillara, pero las grebas modificadas de su pierna derecha, su pierna deforme, no se lo permitían, así que con cierto esfuerzo, ayudándose de su lanza, se sentó. Si Ágata estuviera allí, le habría dado permiso para seguir en pie con aquella sonrisa que seguía recordando a pesar de los años. Se entristeció al pensar en tantas veces como le había pedido que regresara, sin que la semidiosa hubiera enviado señal alguna. Las cosas estaban muy mal, necesitaban su ayuda.

Se levantó, se subió al caballo y avanzó despacio hacia Carabast, el pueblo en el que pensaba almorzar. El primer cuarto de hora de camino fue agradable. El sol empezaba a calentar el aire de la noche, que se había convertido en una simple brisa, y apenas había nubes. Pero aquello duró poco. Ya se veían las casas de Carabast cuando se cruzó con dos jinetes con las insignias de la milicia republicana. Galopaban despavoridos y le gritaron que huyera. Don Rodrigo se ajustó la sobreveste ajada, que aún lucía la insignia de la caballería de la República Humana, embrazó el escudo, agarró la lanza y se encaminó al pueblo.

Lo que se encontró allí  fue peor de lo que esperaba. Halló varios cadáveres en la calle principal y, en la plaza, se encontró a dos constructos de talla humana reuniendo a los ciudadanos. Posiblemente hubiera más, pero solo podía ver la mitad de la plaza. Bajó la visera del yelmo y se preparó. En inferioridad numérica, tenía que arriesgarse y librarse de, al menos, un enemigo antes de que lo vieran. Quizá hubiera sido más prudente huir, pero se sentía incapaz de desamparar a aquellos desdichados.

—Ágata, dame fuerzas —murmuró antes de cargar.

El constructo se volvió al percibir el sonido del galope del caballo. Alzó la lanza para defenderse, pero don Rodrigo lo alanceó. Se le quebró el arma, aunque el enemigo se desplomó. Desenvainó y se lanzó contra el segundo oponente.

Y el dolor que le provocaron los rayos que lo envolvieron a él y al caballo le arrancaron un grito. Su armadura le protegía de aquella arma de los hechiceros enemigos, pero su caballo estaba indefenso. Cayeron ambos y se le saltaron las lágrimas al ver a su fiel montura muerta, humeando. La parte modificada de la armadura, la que le permitía cojear a pesar de su pierna deforme, se había roto. Aun así, usó la espada como bastón, avanzó unos pasos hacia el enemigo y se vino abajo. Había tres constructos más de tamaño normal y uno que mediría tres metros.

Desafió a los enemigos, pero los pequeños se hicieron a un lado. El grande le asestó un golpe terrible con una maza, que lo lanzó contra una pared, herido de muerte. Contempló impotente como los constructos dividían en grupos a los ciudadanos. Acabarían como esclavos o sirvientes, en las minas, como galeotes... Don Rodrigo sintió un nudo en la garganta.

—¿Dónde estás, señora mía? —murmuró—. ¿No oyes las súplicas de tu pueblo? ¿Las oyes, pero no te importan? Ojalá pudiera verte una última vez.

Don Rodrigo sufría con cada respiración. El alma se le rompía al ver como trataban a aquellos desdichados sin que él pudiera defenderlos. Y, de pronto, abrió mucho los ojos, incapaz de creérselo. Ágata había aparecido y caminaba hacia los constructos.

—¿Qué estáis haciendo? —dijo la semidiosa—. ¡Estáis violando los tratados!

El constructo más grande avanzó unos pasos hacia ella y ambos se detuvieron.

—¿Qué broma es esta? —dijo el constructo—. Primero nos ataca un caballero tullido y luego aparece una gorda a hablar de Derecho. Por favor, no me hagas enfadar y ve con ese grupo de mujeres de allí.

Ágata no se movió. Sostuvo una daga de cristal frente al rostro y cerró los ojos. Cuando los abrió, su silueta era una sombra oscura, en la que brillaban un par de ojos verdes. La sombra empezó a crecer y cobró la forma de un águila negra gigantesca con las alas extendidas y la mirada brillante. Los constructos pequeños huyeron. El grande le lanzó un rayo que envolvió la cabeza del ave sin causar ningún daño. El águila abrió el pico y don Rodrigo sintió un golpe suave que provenía del suelo. Ágata recobró su forma original. Los constructos no eran sino montones de chatarra recorridos por rayos débiles que se iban apagando.

La semidiosa se le acercó, se acuclilló junto a él y le levantó con cuidado la visera del yelmo.

—Don Rodrigo —dijo Ágata—, eras tú el que me enviaba flores.

—Señora mía, me haces muy feliz. No creí que me recordaras.

—Claro que te recuerdo —respondió la  semidiosa, con los ojos arrasados—. No soy como Amalia; soy una guerrera, no puedo salvarte.

—Lo sé, pero has acudido. Tantas veces te supliqué que regresaras… ¿por qué no viniste?

—Porque no sabía que me necesitabas. Mi prisión no me permitía ni siquiera saber quién eras. Solo me llegaban las flores. Así se estableció en el tratado de paz.

—Pues os engañaron, señora. La Alianza retiró a los constructos gigantes, pero no ha parado de atacar. El ejército de la República ya no existe. Tenéis que volver.

—Lo haremos, te lo prometo.

Don Rodrigo sonrió y se quedó mirando a Ágata. No había mujer en el mundo que pudiera comparársele. Admiró la belleza de su rostro redondo, la forma de las mejillas y la profundidad de sus ojos hasta que la vida se le apagó, sin una sola queja.

 

* * * * *

El objetivo era:  5. Escribe sobre una fuga

24 enero 2019

Arrancando 2019 en la bitácora

Con casi tres semanas de retraso, aprovecho para estrenar el año en esta vieja bitácora (en junio de 2019 cumplirá 13 años). Va a ser una entrada muy breve, porque no tengo tiempo de escribir.

En este 2019, vuelvo a participar en el OrigiReto, en su edición de 2019. Nuevas reglas, nuevos desafíos y una nueva forma de contabilizar todos los puntos. Tengo aún que aprenderme las nuevas normas, pero aún me quedan 7 dias de enero para hacerlo.

Para ver las normas del OrigiReto en la presente edición, podéis visitar estas dos entradas:

https://nosoyadictaaloslibros.blogspot.com/2019/01/relato-origireto2019-el-primer.html

http://plumakatty.blogspot.com/2018/12/origireto-creativo-edicion-2019.html

Nada más. Nos leemos.

30 diciembre 2018

#OrigiReto2018 El final del viaje

Relato para el Reto de escritura de #OrigiReto2018 - Ejercicio: 6- Inventa un relato descriptivo que haga que los personajes o la escena en sí, sean algo completamente diferente a lo que parece.

Bases en:
http://nosoyadictaaloslibros.blogspot.com.es/2017/12/reto-de-escritura-2018-origireto.html
o en
http://plumakatty.blogspot.com.es/2017/12/origireto-creativo-2018-juguemos.html

Con 1034 palabras, publico el último relato del OrigiReto2018. Es continuación directa del primer relato de diciembre. Me he divertido mucho con este reto y me da pena que acabe, aunque me alegre haber conseguido terminarlo, aunque sea a un día del final del plazo.

Aquí está la pegatina de diciembre



A continuación, la pegatina con los puntos extra.



Y aquí la plantilla en la que he anotado los géneros de los relatos.



Por último, aquí tenéis el último relato de mi participación en el OrigiReto 2018:


EL FINAL DEL VIAJE


Tenía el privilegio de recorrer el Sistema Solar a bordo de la nave más avanzada jamás concebida. Y esa nave, La Nubera, no solo era la más veloz de todas, además, era encantadora y muy sabia. La primera etapa del viaje, la Luna, duró cinco días, uno de viaje y cuatro de sobrevuelo. La Nubera me enseñó los lugares más señalados: los cráteres más espectaculares, algunas montañas y los restos que había dejado la humanidad: el punto del primer alunizaje y las ruinas de la primera base lunar, abandonada en 2055, hacía ya 52 años.

Luego, me llevó a Marte en el tiempo, asombrosamente corto, de cuatro meses. De allí, La Nubera me enseñó los restos de los distintos rovers que habían explorado el planeta hasta el fin de las misiones espaciales científicas, hacia 2050. Me impresionó el Olimpus Mons, la gigantesca montaña de más de 20 kilómetros de altura y también observé embelesado las gargantas rocosas de aquel mundo.

La Nubera me explicó que había usado Marte para llegar a Júpiter muy rápido. Si no se hubiera tratado de ella, no la habría creído cuando me dijo que en un año estaríamos allí. Con la amabilidad que la caracterizaba, me explicó cómo lo había logrado a base de cambiar de órbita en torno a Marte. Tenía muy oxidadas las ecuaciones sobre órbitas de naves espaciales, pero La Nubera tuvo la cortesía de explicarme sus cálculos. Me impresionó la complejidad de sus métodos y me apenó ser consciente de que todas aquellas capacidades se perderían. Mi viaje era uno sin retorno. De todos modos, ninguna operadora terrestre tenía el menor interés en construir nuevas naves. Si habían construido La Nubera fue porque yo la pagué y yo me empeñé. La tecnología espacial humana seguía por debajo de las capacidades de finales del siglo XX.

—No te desanimes —me dijo La Nubera cuando le expresé aquellas ideas—. Mis planos se han quedado en la Tierra. Si otro soñador como tú quiere realizar el mismo viaje, tendrá parte del camino hecho.

—El problema es que la gente se ha olvidado de soñar con la ciencia y con el espacio.

—Son los ciclos de la historia. Tarde o temprano, volverán a surgir soñadores.

Pasamos un par de años magníficos explorando Júpiter y Saturno. Ansiaba llegar a Urano y a Neptuno, pero mi salud empezó a deteriorarse. Cuando La Nubera salió disparada hacia Urano, sentí que estaba en las últimas, supe que no iba a llegar con vida al tercer planeta gaseoso. La Nubera trataba de consolarme, pero la notaba muy triste.

Y dos meses después de haber abandonado Saturno, La Nubera hizo sonar la alarma.

—Algo muy grande se acerca, Julián.

—¿Un asteroide?

—No. Sigue una órbita optimizada. Además, capto transmisiones. Es una nave espacial, mucho más avanzada que yo.

—Eso es imposible —dije.

La Nubera tenía razón. Una nave espacial enorme viajaba hacia nosotros. La inteligencia artificial hizo cientos de cálculos, pero ninguno de ellos nos daba oportunidades de escapar de aquel ingenio que solo podía ser extraterrestre.

La nave alienígena necesitó solo una semana para alcanzarnos. Fue un espectáculo tan aterrador como emocionante ver aquella nave descoumunal abría un agujero en el casco y nos engullía. La Nubera y yo lo habíamos debatido mucho. Concluimos que la nave no tenía intenciones hostiles, puesto que le habría sido muy fácil lanzarnos algún tipo de proyectil que nos habría despedazado. Nos querían vivos y, quizá, se iba a cumplir un anhelo en el que no había pensado por lo improbable que era: contactar con una civilización alienígena.

Cuando el agujero se cerró, La Nubera quedó envuelta en una oscuridad absoluta. Y me invadió el pánico: mi nave se quedó muerta, sin electricidad, sin responder a los controles y, lo peor, sin que la inteligencia artificial pronunciara una sola palabra. Lo pasé muy mal durante largos minutos, hasta que algo abrió la cápsula, una cosa que se suponía imposible sin romper la nave, y me sacaron.

Me vi frente a dos alienígenas, aunque estos estuvieran escondidos tras un par de máquinas que iluminaban el área con una luz amarillenta tenue. Se trataba de dos cilindros metálicos de los que brotaban tentáculos de una superficie lisa. Varios tentáculos me sujetaron y los que eran innecesarios se encogieron hasta desaparecer. Sabía que eran máquinas tripuladas porque la superficie tenía una única abertura transparente por la que se asomaba un ojo de color amarillo.

Trabajaron un rato y me rodearon con una especie de carcasa. Luego, me hicieron atravesar una membrana que separaba el aire de un líquido. Y descubrí, maravillado, que podía caminar y que había allí tres alienígenas. Tenían la piel amarilla, medían el doble que yo, tenían cuerpos cilíndricos y flexibles y poseían doce tentáculos cada uno. Los cuatro superiores terminaban en ojos amarillos.

A base de toques suaves, me condujeron por varios pasillos llenos de un fluido que les permitía a los extraterrestres bucear además de caminar. Me maravillaron las pinceladas de su arquitectura y tecnología y deseé poder comunicarme con ellos.

Me hicieron entrar en un recinto. Me quedé atónito al ver que en la estancia había una mujer de unos cuarenta años, que me sonreía.

—Julián, soy yo, soy La Nubera. Mi parte física se ha roto y estos alienígenas me han sacado del ordenador y me han hecho humana. ¿Te gusta mi aspecto?

—Eres muy guapa —respondí, algo sorprendido porque La Nubera no solía hablarme de esa forma.

—Ven, voy a presentarte al capitán. Seré tu intérprete. Estoy cumpliendo tu último sueño, Julián. Los Xhwfenne tienen una civilización fascinante.

La conversación con el capitán fue maravillosa, pero algo no terminaba de funcionar bien. Una lágrima corrió por la mejilla de La Nubera y lo supe.

—Este es el final del viaje —dije.

Y me vi de nuevo en mi nave. La unidad médica luchaba desesperada por hacer que mi corazón volviera a latir. Pero sería inútil: mi viejo cuerpo ya no aguantaba más. La Nubera también lo sabía y quiso darme un último regalo. Ya no podía hablar, pero la inteligencia artificial lo leyó gracias a la interfaz sináptica.

—Explora los planetas que restan, aunque yo ya no pueda verlo. Sé muy feliz.

29 diciembre 2018

#OrigiReto2018 Mi último sueño

Relato para el Reto de escritura de #OrigiReto2018 - Ejercicio: 01 - Escribe de manera realista como actuaría tu personaje principal para conseguir lo que más desea si fuera millonario.

Bases en:
http://nosoyadictaaloslibros.blogspot.com.es/2017/12/reto-de-escritura-2018-origireto.html
o en
http://plumakatty.blogspot.com.es/2017/12/origireto-creativo-2018-juguemos.html

Este penúltimo relato del OrigiReto tiene 1034 palabras. El siguiente será una continuación de este. Ya me queda muy poco. Solo un relato y habré terminado el reto.


MI ÚLTIMO SUEÑO

No me podía creer que estaba a punto de cumplir mi mayor sueño, el que nació cuando tenía nueve años, mientras leía un libro sobre el Universo en una cama de hospital. Recuerdo aquel libro antiguo, que aún guardo en una vitrina. Era uno de esos libros hechos de papel, con imágenes llenas de colores. Aquellos en los que había que pasar páginas y tenían un tacto suave.

El libro empezaba hablando de la Tierra, continuaba explicando cómo se veían desde nuestro planeta otros mundos, las órbitas aparentes del Sol, la Luna y los planetas. Luego recorría todo el Sistema Solar. El viaje concluía con un paseo por el espacio profundo: la Vía Láctea, los cúmulos globulares y, al fin, fotos espectaculares de otras galaxias. Y, entonces, llegué a la parte en que se hablaba de la historia de la astronáutica. De como, en 1957, la URSS lanzó el primer satélite artificial, de como esta y los EE.UU. compitieron hasta que los segundos llegaron a la Luna en 1969 en un cohete enorme.

La lectura de aquel libro determinó mi futuro: me doctoré en astrofísica. Lo que en realidad quería era ser astronauta, pero siempre fue un sueño imposible. El descrédito de la ciencia entre los años 2030 y 2060 selló mi destino. Por el auge de los movimientos antivacunas volvieron muchas enfermedades. Contraje la poliomelitis a los nueve años y, desde entonces, he vivido en una silla de ruedas. A pesar de todo, siempre me he considerado afortunado: muchos de mis amigos murieron a causa del sarampión, la difteria o la tuberculosis. Yo solo perdí el uso de las piernas.

En las décadas oscuras, solo los ricos tenían el lujo de poder hacer algo más que malvivir, pero un golpe de suerte me sacó de la miseria: gané más de doscientos millones de euros en la lotería europea y supe crear un grupo empresarial que me hizo aún más rico. Y eso es lo que me permitió alcanzar mi último sueño.

Al fin, dos enfermeros me condujeron a mi limusina medicalizada e inicié mi viaje al aeropuerto. Mi último sueño era algo muy difícil de lograr, algo que ha consumido más de la mitad de mi fortuna, aunque siento que ha merecido la pena.

Desde que la poliomelitis me negó el poder caminar, he ansiado con viajar por el espacio. Soñaba con llevar una armadura robótica que me permitiera deambular por la Luna o por Marte. Quería orbitar Júpiter y ver el movimiento de sus nubes desde mi nave espacial. Quería explorar Saturno, sus lunas y sus anillos, arrancar los secretos que aún esconden Urano y Neptuno. Y pasear por Plutón. No conseguiré hacer nada de eso, pero voy a quedarme muy cerca.

Durante las décadas oscuras, llegué a pensar que mi sueño era un imposible. Las agencias espaciales norteamericana y rusa, que ya estaban en franca decadencia, quedaron reducidas a operadores espaciales de segunda, capaces únicamente de lanzamientos sencillos de satélites artificiales para mantener vivos Internet y los sistemas de navegación. Las agencias china e india, que obtuvieron éxitos notorios, decayeron también. La ESA, que siempre estuvo a la sombra de otras agencias, desapareció. El acceso al espacio estaba en manos de empresas privadas.

Cuando me volví millonario, llegué a un acuerdo muy particular con la única operadora espacial que existía en España, una empresa fundada a inicios del siglo XXI en Elche que había logrado sobrevivir a la decadencia científica y tecnológica de una Europa desgarrada por la desunión y el fascismo. Tenían que construirme una nave capaz de llevar a un ser humano a recorrer el Sistema Solar. Fue muy costoso, tanto en dinero como en años de trabajo. Llegué a temerme que moriría antes de ver a La Nubera alzar el vuelo.

Un enfermero abrió la puerta de la limusina y me sacó de mis recuerdos.

—Sujétese a mí —me dijo.

Me devolvieron a mi silla de ruedas y tras dos horas de espera, subí al avión que iba a llevarme a las Islas Canarias, desde donde iba a lanzarse La Nubera con su único tripulante. Disfruté del paisaje que se veía a través de la ventana del avión, aunque esas visiones maravillosas no iban a ser nada comparadas con lo que iba a experimentar a bordo de La Nubera.

Estaba tan nervioso, tan emocionado por el viaje que estaba a punto de emprender que me mantuve despierto todo el vuelo, a pesar de que mi salud deteriorada me provocaba sopor en los momentos más inoportunos. Por ello, La Nubera era una nave automatizada, regida por una inteligencia artificial con la que llevaba varios años hablando. Los ingenieros que habían creado la nave, creían que La Nubera se refería al vehículo. Para mí, ese era el nombre de la inteligencia artificial.

El corazón se me empezó a acelerar cuando tomamos tierra y me bajaron del avión. Nos llevaría una hora y unos minutos llegar al centro de lanzamiento. La emoción que sentía me alteró tanto que la unidad médica me inyectó un tranquilizante suave. No pensé que el destino fuera tan cruel como para provocarme un infarto cuando me faltaba tan poco para cumplir mi sueño.

Cuando una colina quedó atrás, contemplé la visión más maravillosa que había percibido nunca. En mitad de una gran llanura, había un cohete enorme, el mayor que había construido la Humanidad hasta entonces. El inmenso vehículo estaba soportado y protegido por una estructura de varas metálicas. La Nubera estaba en la punta del cohete y aunque medía cerca de cincuenta metros de largo, combustible casi todo, parecía muy pequeña al compararse con el resto de la nave.

A partir de ahí, todo fue muy rápido. Me subieron a La Nubera en un ascensor que había en una de las estructuras de soporte y me colocaron en la cápsula, que haría las veces de control parcial de la nave y unidad médica. Era muy pequeña: no iba a necesitar moverme.

—Llevo años soñando con este momento —dijo La Nubera, con una voz que me pareció aún más cálida y hermosa que aquella que oía a través de los altavoces de mi ordenador.

—Yo también. Y me alegro mucho de poder compartir este sueño contigo.

25 noviembre 2018

#OrigiReto2018 Alma de papel

Relato para el Reto de escritura de #OrigiReto2018 - Ejercicio: 10- Continua un cuento conocido en lugar de aceptar el final.

Bases en:
http://nosoyadictaaloslibros.blogspot.com.es/2017/12/reto-de-escritura-2018-origireto.html
o en
http://plumakatty.blogspot.com.es/2017/12/origireto-creativo-2018-juguemos.html

Aquí ya queda claro, así que lo puedo decir. El cuento en que se basaba el relato anterior de noviembre era El soldadito de plomo, Hans Christian Andersen. Aprovecho este ejercicio del reto para cambiarle el final. Ese cuento es uno de los primeros que recuerdo haber leído y es uno de mis preferidos de siempre. Espero que os guste.

Son 1040 palabras y aquí está la pegatina de noviembre.




ALMA DE PAPEL


Era tan injusto. Después de todo lo que había padecido mi capitán y, poco después de regresar al hogar, aquel duende maldito había logrado al fin su propósito. Mis hermanos empezaron a dispararle, pero el monstruo huyó y se escondió debajo de la cama.

Yo no disparé porque vi algo que me partió el corazón. La bailarina a la que amaba se había lanzado a rescatarle. Creo que nunca supo que el papel no resiste el fuego. Llegó hasta él y su precioso vestido y su cuerpo grácil de bailarina se carbonizaron en un instante. Solo quedó de ella la lentejuela, que ya no brillaba con los rayos del sol, sino que quedó ennegrecida por el fuego. Mi capitán se derritió y quedó convertido en una gota con forma de corazón, sobre la que se pegó la lentejuela. La madre de nuestro dueño apagó el fuego con agua y solidificó a nuestro desdichado capitán, que ya solo era un corazón de plomo con una lentejuela gris oscura incrustada.

Llorando, mi dueño puso el cadáver de nuestro capitán dentro de la caja y nos guardó. Aquel día no quiso jugar más.

Dentro de nuestra caja, los veinticuatro soldados restantes lamentamos la muerte de nuestro capitán. Sin embargo, éramos luchadores valientes y decididos, y pronto nos planteamos si había alguna forma de cambiar el final de aquella historia. No quisimos aceptar un destino tan cruel y debatimos durante horas.

—El ratón de la alacena —dijo Holger—. Es viejo y muy sabio. Él sabrá qué hacer.

No fue una operación fácil. La mesa era muy alta y nuestro capitán y lo que quedaba de la bailarina pesaban mucho. Creamos una cadena que dos de los nuestros sujetaron hincando sus bayonetas en la mesa. De esa forma, tres de nosotros nos dejamos caer tan cerca del suelo que no nos rompimos nada. Corrimos hacia la planta baja mientras los veintiún compañeros amenazaban al duende cruel con acribillarlo si se le ocurría seguirnos.

Fue duro bajar las escaleras, aunque lo hicimos sin sufrir daños ya que nuestro pobre capitán, en su forma actual, no podía romperse. Nos limitábamos a tirarlo primero y a formar una cadena para caer unos encima de otros. Cuando cruzamos el agujero de la alacena donde vivía el ratón, este nos recibió con alegría y algunas caricias con el hocico.

—Nuestro capitán —le dije— ha caído en el fuego y ha quedado convertido en esto. La lentejuela es lo único que ha quedado de la bailarina a la que amaba. ¿Podemos hacer algo por ellos?

El viejo ratón olfateó largo rato el corazón de plomo. Permaneció pensativo y, al fin, dijo:

—El alma de vuestro capitán sigue encerrada en el plomo, porque esa es su esencia. Para recuperarlo, solo tenemos que volver a fundirlo y devolverle su antigua forma. No importa que la pintura se haya esfumado, podemos volver a pintarlo.

—¿Y la bailarina? —pregunté esperanzado.

—Tenía el alma de papel. El fuego la destruyó y todo lo que fue ha desaparecido para siempre.

—¡No puede ser! —dije—. Esta historia no puede terminar así. No quiero que mi capitán viva con el corazón roto, no lo acepto. El alma de la bailarina tiene que estar en la lentejuela.

El ratón golpeó con la uña la lentejuela varias veces.

—La lentejuela está ennegrecida. Si su alma pudo refugiarse ahí dentro, algo que no creo, no volvería a ser la misma.

—¡Claro que sí! —insistí—. Le traeré papel. Recuerdo muy bien como era. La haremos exactamente igual que antes, pintaremos de blanco la lentejuela y se la pondremos sobre la banda azul. Volverá con nosotros, el destino no puede ser tan cruel.

—No tengo papel —dijo el ratón con tristeza.

Salí sin decir más. Había visto una papelera al bajar las escaleras. El destino estaba de mi parte, porque había un par de papeles arrugados alrededor. Cargué con ellos y regresé con mis compañeros. Uno de los soldados se había prestado a crear el molde. Bastó encerrarlo entre una lámina de arcilla y un trozo de losa y que el viejo ratón se echara encima de la losa a dormitar. Cuando el molde estuvo seco, el ratón buscó a una duendecilla, a una de carne y hueso, corazón bondadoso y alma de hechicera. Con su magia, derritió el plomo que era nuestro capitán y sacó la lentejuela, de la que cuidó el ratón. Cuando el plomo llenó el molde, se dio cuenta.

—No hay plomo suficiente.

—Le faltaba la pierna derecha —dije—. ¿Es un problema?

—Ahora que ya lo sé, no.

Cuando el cuerpo de nuestro capitán recobró su antigua forma, la duendecilla lo congeló con el aliento y empezó a pintarlo con unos pinceles que había traído. Mientras tanto, el viejo ratón, con gesto triste y siguiendo mis indicaciones, recreó el cuerpo de la bailarina. La duendecilla, le pintó la banda azul y le pegó la lentejuela. Era igual que antes, salvo que la lentejuela era muy gris, casi negra, porque la pintura no se le pegaba.

—De joven era un gran mago —dijo el ratón—. El hálito de vida es cosa mía.

Les echó el aliento al capitán y a su amada. El primero en despertar fue él. Exultantes, lo rodeamos y lo abrazamos.

—Hermanos —dijo el capitán—. ¿Cómo es posible? Me derritió el fuego.

—Pero la magia de ratones y duendes lo puede todo —dije.

Supe que algo iba mal cuando vi que la bailarina no se movía y que la duendecilla estaba abrazada al ratón, que intentaba consolarla. Mi capitán, embelesado, abrazó a la mujer que amaba.

—Estás bien, amor mío —dijo—, pero tienes sucia la lentejuela.

Nuestro capitán frotó y frotó, pero la negrura no estaba solo en la superficie de la lentejuela. Toda ella se había carbonizado por dentro.

La bailarina abrió los ojos. Y su mirada estaba vacía. El capitán la acarició, pronunció cientos de palabras de amor, pero ya no era la bailarina. Era un trozo de papel pintado con una lentejuela gris pegada encima. Mi capitán se rindió y se sentó a llorar.

Y la bailarina, incapaz de reconocer o comprender, giró la cabeza para oír una música que solo ella podía escuchar. Y se marchó bailando.


24 noviembre 2018

#OrigiReto2018 Al final del cuento

Relato para el Reto de escritura de #OrigiReto2018 - Ejercicio: 9- Describe un despertar original.

Bases en:
http://nosoyadictaaloslibros.blogspot.com.es/2017/12/reto-de-escritura-2018-origireto.html
o en
http://plumakatty.blogspot.com.es/2017/12/origireto-creativo-2018-juguemos.html

Este relato está basado en un cuento muy bien conocido. No lo diré aquí sino en el siguiente relato de noviembre, continuación de este, para no desvelar nada. Son 1042 palabras.


AL FINAL DEL CUENTO


Cuando una sacudida brusca me despertó, un movimiento que pareció como si la prisión que me envolvía hubiera caído sobre algo, no sabía si estaba despierto o continuaba soñando. Desde hacía un tiempo que no sé cuantificar, no distingo entre sueño y realidad. Creo que lo último real que experimenté fue hundirme despacio en el mar, después de haber recorrido en barco unas alcantarillas que me parecieron interminables. Mi barco había aguantado un tiempo las aguas, pero al final, se deshizo y yo empecé a hundirme.

No sé si la sombra que me cubrió cuando estaba bajo el agua fue realidad o un sueño. Tampoco sé si verme arrastrado por un conducto blando por el que apenas cabía fue realidad o el inicio de mi eterna pesadilla. Noté que mi bayoneta se clavó profundamente en algo. Tan dificultados tenía los movimientos, atrapado por aquella materia blanda y viscosa, que no pude liberar el rifle.
Fue entonces cuando empezó la pesadilla. Aquella prisión blanda que me aprisionaba no dejaba de moverse, de intentar retorcerme y doblarme. Algo me quemaba y por más que intentaba liberar la bayoneta o salir de allí, lo único que lograba era que me doliera todo. La oscuridad era completa, pero notaba como si ascendiera y descendiera.

No sé cuánto tiempo seguí así. Solo sé que me sumí en un estado de duermevela y que gracias a que pasaba desmayado buena parte del tiempo, no perdí la razón. La última pesadilla consistió en que mi prisión se volvió loca. Las paredes blandas me apretaron y me liberaron continuamente, contorsionándose con una ferocidad que nunca habían mostrado. Ni por esas logré liberar mi bayoneta. Y, de pronto, nada. Oscuridad, inmovilidad. Oí algunos sonidos extraños.

En aquel instante, sabía que estaba despierto del todo por primera vez en muchos días. Las paredes de mi prisión se mantuvieron inmóviles después del brusco movimiento inicial hasta que sentí como si alguien le hubiera dado un golpe muy fuerte, desde fuera, a mi cárcel. Era la primera vez que sentía aquello desde que se había iniciado mi encierro. Y eso me dio esperanza. ¿Habría venido alguien a rescatarme?

Pero si habían venido a rescatarme, pensé tras un intervalo largo en que no percibí ninguna actividad desde el exterior, estarían intentando hacer algo, y la inmovilidad que no cesaba daba a entender que seguía solo.

Ya estaba a punto de perder toda esperanza cuando noté un movimiento suave y oscilante. La presión sobre mi costado izquierdo aumentaba y disminuía de manera regular. Noté que algo avanzaba hacia mí, como atravesando algún tipo de material y me llevé la sorpresa de que un filo metálico tropezó conmigo. Por suerte, solo consiguió mellarme un poco y pasó rozando por encima de mí.

La luz me cegó durante casi un minuto: llevaba demasiado tiempo a oscuras. Por eso, no vi bien a quién me levantó y me sujetó entre el dedo índice y el pulgar. Solo pude percibir una silueta redondeada con el pelo largo.

—¿De dónde has salido tú? —dijo aquella mujer.

Me llevó hacia un lugar extraño, una especie de recipiente enorme y me echó agua por encima. El líquido caía en el gran recipiente. Más acostumbrado a la luz, pude comprobar que estaba en una habitación de una casa que no conocía. Sobre una mesa había un cuchillo y, al lado, un pez abierto por la mitad. Fue entonces cuando conseguí comprenderlo todo. El barco de papel se deshizo al mojarlo las olas, me hundí y aquel pez, pensando que yo era una presa, me engulló. El animal no pudo digerirme, aunque había perdido parte de mi pintura.

La mujer subió por unas escaleras, abrió una puerta y no me pude creer la buena suerte que había tenido. Era mi habitación, la habitación del niño que era mi dueño. Desde las alturas, podía ver la caja donde estaban mis veinticuatro compañeros, podía ver el castillo y podía ver a la bailarina a la que amaba y ya no esperaba volver a ver nunca más. Mi dueño no estaba, así que la mujer me dejó en una mesa y se fue.

Pasé dos horas maravillosas. Desde donde estaba, podía ver perfectamente a la bailarina. Estaba hecha de papel y llevaba un vestido de muselina, con una banda azul sobre el hombro en la que había una preciosa lentejuela blanca. Era la mujer de mis sueños, y por como me miraba, apoyada sobre una pierna como yo, el sentimiento era mutuo. Lo único malo era que el malvado duende, que también la amaba, me miraba desde un rincón del suelo, con odio y celos.

Cuando mi dueño subió a su habitación, se llevó una gran alegría

—¡Cojito! ¿Cómo han conseguido encontrarte? ¡Qué alegría!

Mi dueño, sin soltarme, fue a la caja donde estaban mis compañeros, los desplegó y me puso a mí al frente.

—Como eres el único que ha salido de mi cuarto —dijo mi dueño—, a partir de hoy serás el capitán.

Qué orgulloso me sentí. Qué alegría leí en los ojos de la bailarina. Había pasado momentos muy malos dentro de aquel pez, había padecido una travesía muy peligrosa a bordo de un barco de papel que no podía aguantar mucho. Y, a pesar de todo, había conseguido volver a mi hogar, volver con mi amor.

Pero la fortuna es caprichosa y los corazones crueles nunca cejan en sus empeños. Mi dueño estuvo jugando con mis hermanos y conmigo largo rato, hasta que se le ocurrió que los soldaditos de plomo podíamos pelear contra el terrible duende. Fue a por él, lo puso en la mesa, frente a todos nosotros y me cogió entre los dedos.

—Va a ser una gran batalla, cojito.

El duende fingió que fue cosa de una ráfaga de viento. Saltó y golpeó la mano de mi dueño que, sorprendido, me soltó. Caí en la chimenea, que estaba encendida. Mi dueño se puso a llorar, pero era demasiado pequeño para sacarme de allí. Bajó corriendo las escaleras.

Me derretía. Había faltado tan poco, había tenido tan cerca poder amar a mi bailarina. Y cuando vi que había saltado, gritando mi nombre, hacia la chimenea, no pude suplicarle que no lo hiciera porque el fuego me había sellado los labios.

31 octubre 2018

#OrigiReto2018 La última travesía

Relato para el Reto de escritura de #OrigiReto2018 - Ejercicio: 12- Usa un personaje conocido y mételo en un lugar, contexto o situación inverosímil.

Bases en:
http://nosoyadictaaloslibros.blogspot.com.es/2017/12/reto-de-escritura-2018-origireto.html
o en
http://plumakatty.blogspot.com.es/2017/12/origireto-creativo-2018-juguemos.html

Son 1043 palabras, descontando diez asteriscos de separación de escenas y empieza justo donde dejé el primer relato de octubre. Espero que os guste. Aquí está la pegatina de octubre:




Y aquí el relato:


LA ÚLTIMA TRAVESÍA

La nave que me había dado Calipso era prodigiosa. Navegaba por el aire a tal velocidad que la isla donde vivía mi salvadora desapareció en un breve instante. Podía ver el cielo y el mar a través de la pequeña cúpula transparente que me protegía. A veces, veía masas de tierra a lo lejos, pero no pude identificar ninguna. Empecé a sentir sueño y traté de combatirlo, ansiando seguir disfrutando de aquel viaje maravilloso, pero el sopor terminó por vencerme.

Desperté en la cubierta de un velero. No comprendía cómo habían podido bajarme del ingenio de Calipso y dejarme allí sin que lo advirtiera. El caso es volvía a estar en un barco de madera, de aquellos que solía comandar. Cuando me incorporé, un muchacho se me acercó.

—Tome, señor, beba un poco —me dijo en un griego perfecto con acento de Ítaca y me tendió un cuenco con agua—. Queda muy poco.

Bebí con avidez, me levanté y recorrí el barco. Era un navío mercante itacense y todos los tripulantes eran súbditos míos. Le pregunté al capitán que como había llegado hasta allí.

—El divino Hermes le trajo en los brazos, señor y le dejó dormido sobre la cubierta.

El mismo destino cruel que me había partido el corazón, que me había llevado a un mar lleno de prodigios donde habían intentado retenerme con mentiras, me había devuelto a mi hogar.

Cuando desembarqué en mi amada Ítaca, no me demoré. Caminé lo más rápido que pude a palacio y ni siquiera tuve que entrar. Penélope estaba esperándome delante de la puerta. Nos abrazamos y lloramos de felicidad. Había pasado largos años en la guerra, primero, y perdido en el mar después. Aquella gigante maligna, Calipso, me había asegurado que mi esposa había muerto. Ojalá pudiera ver ahora cuán viva estaba.

¡Qué sorpresa me llevé cuando vi a Telémaco! Era tan alto como yo y todo lo que me contaron de él era bueno: se trataba de un príncipe querido por el pueblo, culto, noble y justo. Fue el remate a toda la felicidad que me invadió.

* * * * *


Fueron dos meses maravillosos. Pasaba los días reordenando la administración de mi reino, que a pesar del buen hacer de Penélope y de Telémaco, necesitaba de mi firmeza y mi astucia. Las noches eran para mi esposa y yo, y las llenábamos de besos y caricias.

Sin embargo, los dioses no soportan ver felices a los seres humanos. Al principio, fueron casos aislados. Llegaban campesinos a mi palacio muy asustados. Entre lágrimas me contaban como un grupo de cinco arpías los atormentaban, les destruían las cosechas o dañaban al ganado. Envié a grupos de arqueros varias veces y solo en la cuarta batida mataron a dos de aquellos monstruos.

Cuando el problema parecía conjurado, doce campesinos, hombres, mujeres y un niño, llegaron a palacio diciendo que un grupo de guerreros de tez muy pálida habían destruido la aldea y matado a la mitad de la población. Me puse al frente de mis guerreros e interceptamos a los invasores cuando marchaban hacia la capital. La batalla fue dura, perdí a muchos de mis hombres, pero aniquilamos a aquellos piratas.

Hubo unas semanas de paz. Llegué a creer que los dioses me dejarían tranquilo al fin, pero no fue así. Cientos de centauros invadieron Ítaca. Era tan absurdo que tales bestias pudieran llegar en tal número a una isla que solo podía tratarse de un castigo divino. Mi pueblo fue valiente. Reuní el mayor ejército que jamás se vio en mi reino y combatimos con fiereza. Pero poco pudimos hacer contra seres tan poderosos. Me hirieron y tuvieron que llevarme a palacio entre varios hombres.

Fortificamos el palacio lo mejor que pudimos, para intentar una última e inútil defensa. Me dolía no poder combatir a causa de mi herida. Telémaco, que iba a dirigir las tropas, se despidió con lágrimas en los ojos. Penélope se tumbó a mi lado a esperar el fin. Nunca supe cómo terminó la lucha. Cerré los ojos.


* * * * *


Cuando los abrí, algo me tapaba la boca. Estaba encerrado en una vasija transparente llena de un líquido de un tono azul muy leve. La vasija era tan estrecha que apenas podía separar los brazos. Me asusté al ver de pie, frente a mí, a un hombre sin rostro. Me recordaba a un muñeco de madera, de aquellos con que los niños itacenses jugaban, solo que parecía hecho de un material muy distinto.

—Quisimos evitar esto, Ulises —dijo el hombre en un griego perfecto—, pero consiguieron acceder a tu mente. Te devolvimos a Ítaca en sueños, pero los androides terrestres destrozaron la ilusión que habíamos creado para ti y te tuvimos que despertar.

Golpeé la vasija. Quise gritar. ¿De qué hablaba aquella cosa? ¿Dónde estaban Penélope y Telémaco?

—Las ilusiones no funcionarán más. No podrás volver a Ítaca en sueños, así que tienes que saber cuál es tu nuevo mundo. Han pasado casi cuarenta y dos siglos desde que acabó la guerra de Troya. Eres el último humano terrestre con vida.

Aquella afirmación me paralizó porque algo en mi interior me hacía creerlo.

—La Humanidad conquistó Marte y luego se empeñó en modificar Venus. Pero hace tres siglos, la Tierra se sumió en una guerra brutal. Se construyeron miles de millones de androides y otras máquinas, y cada bando consiguió que las máquinas del enemigo se rebelaran. Los androides acabaron luchando por su cuenta y los terrestres no pudieron detenerlas. Nosotros, los humanos de Marte, que ya no podemos vivir en la Tierra, conquistamos media Europa con nuestros robots, pero no logramos salvaros.

El hombre calló un instante.

—Gracias a una distorsión del espacio-tiempo, apareciste en medio del mar. Uno de nuestros barcos te rescató, pero los androides terrestres lo hundieron. Fue una suerte que sospecháramos que te retenía Calipso. —Hubo otra pausa—. Solo te diré una cosa más. Estás en una nave espacial, en un navío que puede viajar de un planeta a otro. Te llevamos a Marte, donde el enemigo no podrá acceder a tu mente. Intentaremos resucitar a la humanidad terrestre con tu material genético.

Lloré por Penélope y por Telémaco. El hombre me dijo que no tuviera miedo y supe que cuando me durmiera, ya no volvería a soñar.