17 agosto 2011

Mundo de cenizas. Capítulo XXVI

Juan se levantó despejado. Por fortuna, hacía varios días que aquellos sueños tan inquietantes no perturbaban sus noches, y había bebido con moderación. Le vino a la mente el estado en que dejó a Pablo, y sospechó que su compañero de taberna de la noche anterior no se habría levantado tan fresco, si es que llegaba a hacerlo. En todo caso, si no era capaz de ocultar la previsible resaca que iba a padecer, iba a meterse en problemas.

Aquella idea se vio reforzada cuando Juan le vio aparecer por el comedor de la tropa. De lejos ya se le notaba un andar un tanto pesado, y cuando, tras haber recogido su desayuno, buscó con la mirada hasta encontrarle, le vio una mirada soñolienta que no le iba a ayudar mucho a disimular. Mientras Pablo se le acercaba y se sentaba en frente de él, a Juan le volvió a resultar curioso que hubiera hecho, aparentemente, tan buenas migas con él en tan sólo un día. Quizá tuviera que ver que en Gaiphosume no conociera a nadie más que a él y a Raquel, pero a Juan no dejaba de sorprenderle.

Su aspecto era lamentable y su rostro delataba que la noche anterior se había excedido con el vino. Después de intercambiar un breve saludo, Juan quiso advertirle:

—Tiene vuestra merced mala cara.

Pablo resopló y repuso:

—¿Tanto se me nota? —Y tras ver asentir a Juan, añadió—: dígame, amigo Juan, ¿de qué hacen el vino en Gaiphosume para que le siente a uno tan mal?

A Juan empezaba a hacerle gracia la actitud de Pablo, que en vez de reconocer sus excesos quería echarle la culpa al vino. Haciendo todo lo posible por reprimir una sonrisa, le dijo:

—Sin ánimo de ofenderle, no creo que el vino de Gaiphosume sea más dañino que el de Itvicape. El problema es la cantidad.Pablo repuso, algo indignado:

—¡Pues en mi tierra, a veces bebo más y me levanto de maravilla!

A Juan empezaba a caerle bien Pablo, aunque lo tuviera por alguien sin mucha vergüenza. Esta vez, sonrió abiertamente y zanjó la discusión.

—De acuerdo, de acuerdo, a cualquiera le puede sentar mal el vino, sobre todo si como hizo anoche vuestra merced se come poco.

—¡Ah! Es que el sitio ese al que me llevó, amigo Juan, no tenía ningún plato de mi agrado… Sin ánimo de menospreciar la cocina de vuestra ciudad, porque este rancho está bastante bueno.

Y, dicho aquello, se comió rápidamente su ración. Charlaron brevemente de cosas banales y Pablo se marchó para incorporarse a su puesto. Juan prefirió tomárselo con más calma, y estuvo reflexionando un rato acerca de la conversación que habían tenido los tres, camino de la casa de Raquel. Tenía ganas de saber algo más acerca de los cralates, y así se lo dijo a su amiga, quien prometió buscar más información entre sus libros.
Finalmente, se incorporó a su puesto.

Y contra lo que esperaban tanto él como sus mandos, tuvieron una mañana muy movida. Apenas una hora después del desayuno, Juan, que vigilaba la parte de las murallas que dan al mar, notó agitación en el puerto tras la llegada de un jinete. El puerto de Gaiphosume no era demasiado grande y, básicamente, lo conformaba un muelle protegido hacia levante por un dique que, antiguamente, era el camino por el que se llegaba hasta el Faro cuya mole maltratada por las inclemencias del tiempo era visible desde toda la ciudad. La mitad de aquel dique estaba derruida, aunque para el muelle, que apenas se adentraba mil pies en el mar era más que suficiente. La ciudad estaba completamente amurallada hacia la costa, lo más cerca del puerto que permitía la arena, y el muelle se volvía inaccesible si se cerraba la puerta de la pequeña torre que lo defendía. Como apenas había 150 pies entre la torre y la Puerta del Muelle, y no solía ser una zona concurrida más que cuando se descargaban mercancías desde el muelle, no había más protección. Por eso, cuando comenzaron a sonar de nuevo las campanas de Gaiphosume, dos días seguidos por primera vez en varios años, la actividad se convirtió en febril. Y, aunque por fortuna, al aparecer las ratas por ambos lados de la sección de la muralla que daba el mar, no había nadie sin refugiarse, parte de los bienes que se estaban desembarcando quedó a merced de aquellas bestias.

Juan disparó tres veces antes de que el oficial al mando ordenara dejar de hacerlo. Tuvo un poco de suerte con el primer tiro, al derribar a una rata que, sin embargo, volvió a levantarse. Sus otros dos intentos fueron desastrosos. Las ratas, fuera del alcance de los tiradores inexpertos, se estaban dando un festín con las provisiones destinadas a Gaiphosume, lo que no anunciaba nada bueno para la ciudad. Quizá por ello, los mandos dejaron sobre las almenas a menos de la décima parte de los mejores arqueros y se organizó una salida apresurada. Dividieron a los milicianos apresuradamente en dos grupos y salieron directamente hacia los sitios que les habían indicado los que estaban parapetados en el adarve.

La táctica que iban a seguir la había practicado varias veces durante la instrucción, pero era la primera ocasión en que se veía envuelto en un combate de esas características, lo que le provocó cierta inquietud. Las órdenes, esta vez, eran matar a todas las ratas que se pudiera y para ello, irían en primera línea un grupo de soldados y milicianos veteranos tras los que se protegerían un segundo grupo de lanceros, cuyo propósito sería acabar con las ratas que se echaran sobre ellos y dispersar a las restantes. Los milicianos más inexpertos, divididos en parejas, se colocarían alrededor y tendrían como objetivo abatir a las ratas que saliesen huyendo hostigadas por los lanceros.

El miliciano que le tocó a Juan por pareja era un hombre de mayor altura que él, con un par de años más, mejor entrenado y más diestro con la espada. Cuando se colocaron juntos, se le quedó mirando un rato. Mientras los mandos organizaban las columnas, Juan optó por presentarse:

—Me llamo Juan, ¿y vuestra merced?

—Alfonso… Así que vuestra merced es el famoso Juan, el bisoño que mató en solitario a dos ratas a la vez y salvó a una cocinera.

No era demasiado justo, pensó Juan, decir que él salvo solo a Raquel, ya que ella también intentó luchar, pero se limitó a responder:

—No sabía, amigo Alfonso, que fuera famoso.

—Un día, durante el almuerzo, dos compañeros le señalaron y me contaron su hazaña. Para ser tan inexperto, actuó vuestra merced bastante bien. Eso sí, a ver cómo se porta ahora. Confío en que no fuera cuestión de suerte.

A Juan no le dio tiempo a responder, ya que abrieron las puertas y tuvieron que salir. Había cinco grupos de ratas. Cada columna se ocuparía de dos de ellos y, una vez eliminados, convergerían para acabar con el quinto. La otra columna salió un poco antes e hizo un trabajo impecable. Cayeron sobre el enemigo con tal ferocidad que dieron cuenta de la veintena larga de bestias en menos de un suspiro. En cambio, a la columna de Juan no le fue tan bien. Las ratas se resistieron más, aunque acabaron siendo barridas. Juan y Alfonso interceptaron, en total a dos, una casi al principio y la otra poco antes de acabar con el primer grupo. La primera cargó contra Juan, pero dos tajos certeros, el primero de Alfonso en el costado y el segundo de Juan en el lomo, acabaron con ella antes de que pudiera lanzar una sola dentellada. La segunda resistió algo más. Las dos estocadas de ropera que le lanzaron no fueron tan precisas, pero Alfonso clavó la daga de vela en el lomo de aquella bestia y Juan la remató con un corte ligero pero suficiente.

Lo malo fue que Juan, al dar un paso forzado para acabar con su enemiga, sintió un dolor intenso en la pantorrilla, que aunque se le alivió pronto, le dejó la pierna dolorida. Su compañero no pareció advertirlo, y se limitó a decir:

—No ha estado mal… Espero que no flaquee.

El combate contra el segundo grupo fue bastante más angustioso. Tuvieron muchas dificultades y varios soldados cayeron heridos. Los milicianos que luchaban en retaguardia se pusieron nerviosos y más de uno recibió algún mordisco y tuvo que dejar que varias bestias huyeran. La primera rata que les atacó fue directamente a por Alfonso, y aunque éste logró herirla ligeramente, Juan falló su estocada. Pareció que el rasguño que le infligió su compañero no sirvió más que para enfurecerla, porque con un movimiento ágil mordió la pantorrilla de Alfonso y logró derribarle. Mientras su compañero, dando gritos, trataba de librarse inútilmente de la rata, Juan quiso apuñalarla con la daga de vela, con demasiadas prisas. Volvió a pisar mal, y la contractura que le había molestado antes, ahora le dejó paralizado.Juan, jadeando, observó impotente cómo Alfonso luchaba en el suelo con su enemiga, mientras le pedía ayuda a gritos. Lanzaba tajos que no lograban su objetivo, y aunque consiguió que el animal le soltara al fin el tobillo izquierdo, fue a costa de recibir un arañazo. Juan vio, angustiado e inmovilizado por el dolor, la mancha de sangre que su compañero había dejado en el suelo.

Por fortuna, Alfonso hizo retroceder a la rata un par de pies gracias a un pinchazo de la ropera y se puso en pie. Como Juan pudo sobreponerse a su dolor, la atacaron los dos, sin éxito, aunque lograron bloquear un nuevo ataque. Y, por fin, Alfonso lanzó un revés con todas sus fuerzas que destrozó una de las patas traseras de la bestia y dio con ella en el suelo, cosa que aprovechó Juan para hundirle la daga de vela en el lomo y rematarla.

En el instante que le llevó a Juan volverse a poner en pie, Alfonso se le acercó, le dio un empujón y le gritó, fuera de sí:

—¿En qué estabas pensando, imbécil? Aléjate y cuando atraiga a una a ver si puedes atacarla por el costado y servir para algo.

A Juan le cayó bastante mal la reprimenda, aunque pensó que si empezaban a pelearse acabarían devorados por las ratas o en el calabozo por indisciplina. De modo que se alejó y cuando una segunda rata se echó sobre Alfonso, le atravesó una pata y la obligó a detenerse y a quedarse acurrucada, y no pudo hacer otra cosa que amenazarles con los colmillos cuando los dos milicianos la atacaron sin ser capaces de acertarle. Juan, que aún estaba molesto por la bronca de su compañero se empleó a fondo y, tras avanzar dos pasos, clavó la ropera en un lado de la cabeza con tal fuerza que casi sale la punta por el otro. Y la segunda rata cayó muerta dejando un charco de sangre negruzca repugnante.

La tercera rata fue a por su compañero, y Juan quiso repetir la estocada en la cabeza, pero le salió desviada y sólo pudo hacerle una herida bastante fea encima de una pata delantera que la dejó muy maltrecha. Como Alfonso sólo acertó a hendir el aire con otro revés, Juan quiso rematarla con la daga. Y esta vez, el calambre de la pierna fue tan intenso que trastabilló y cayó al suelo. Y se quedó allí, reprimiendo con dificultad un grito, apretando las manos para soportar el dolor. Sentía como si le hubieran clavado una aguja en la pantorrilla, y tenía el músculo contraído, duro como un tablón de madera.

Por suerte para Juan, el grupo de ratas, después de tanta guerra como había dado, estaba vencido. Contempló como su compañero lanzó una estocada que alcanzaba a la rata en la base del cuello y la hacía retroceder un par de pies y caer muerta de costado. Inmediatamente después, el oficial al mando gritaba órdenes para reorganizar la columna y echarse sobre el último grupo. Mientras Juan se arrodillaba, aún rabiando de dolor, Alfonso le dijo, en tono hiriente:

—¿Y vuestra merced es el gran Juan, el que presumía de ser un valiente? Dígame, héroe, ¿hizo lo mismo cuando le atacaron mientras escoltaba a la cocinera? ¿Tuvo ella que matar a las ratas a sartenazos mientras se moría vuestra merced de miedo?

El dolor, los nervios del combate y las frases desabridas de su compañero lograron enfurecerle. Y, nuevamente, se contuvo por su bien. Se limitó a responder en tono hosco:

—Nunca he presumido de nada.

Juan deseaba con todas sus fuerzas que Alfonso le dejara en paz de una vez, pero como le vio cojear cuando seguía el ritmo de la columna, no tuvo otra cosa que decirle con un tono despectivo que le sacaba de quicio:

—¿No le ha tocado ningún bicho y ya anda cojeando? ¿De quién fue la idea de aceptarle en la milicia?

Se limitó a desoír la crítica y a continuar avanzando. Finalmente, el ataque al último grupo de ratas fue algo más relajado, ya que eran las dos columnas contra las bestias. Sólo una rata fugitiva se puso a tiro de Alfonso, que la retó a atacarle, cosa que hizo repentinamente, tras parecer que quien iba a sufrir el ataque iba a ser Juan. Éste desahogó su rabia con su enemiga gracias a un golpe afortunado que le atravesó los pulmones y la dejó casi muerta. Alfonso falló un golpe que se antojaba sencillo y fue Juan, gritando con furia, quien remató a la bestia con la daga, que clavó en su cuello.

Se permitieron unos instantes para recuperar el aliento, pero muy pocos. Aunque el combate había finalizado, los mandos les reorganizaron inmediatamente, para que los heridos regresaran a la ciudad por su propio pie o ayudados, y al resto para que recogieran toda la comida posible y la llevaran tras la muralla.

Juan se alegraba bastante de haber salido ileso de aquella locura y de poder separarse de Alfonso. A pesar de todo, haciendo un esfuerzo y dado que se sentía ligeramente culpable de no haber podido actuar cuando su compañero más le necesitaba, se interesó por su herida. Éste, con sorna, repuso:

—El médico lo dirá, pero no será muy grave porque ya no sangro. Eso sí, menos mal que yo no era la cocinera, porque si llega a hacer falta que me salve…

Y antes de que Juan tuviera tiempo de alejarse, añadió:

—No entiendo cómo siendo tan incompetente, esa cocinera amiga suya vaya por ahí alabando su valentía… Como no sea que fornique vuestra merced de maravilla…

Aquello fue demasiado. La insinuación de que Raquel fuese una cualquiera acabó con su paciencia. Se volvió, hecho una fiera, y le gritó:

—¡No hables así de Raquel!

Alfonso, al principio, pareció enfurecerse, pero en vez de gritar adoptó una sonrisa maligna y repuso:

—Ah… ¿Entonces está amancebada con otro? ¿Vuestra merced no la satisface?

Posiblemente, pensaría luego Juan, Alfonso no se imaginaba que la amenaza de acabar en el calabozo no iba a ser suficiente. El caso es que Juan, sin más palabras, se le echó encima y le asestó un puñetazo en la cara que casi da con Alfonso en el suelo. Por suerte para Juan, había otros milicianos cerca que impidieron que la pelea fuera a más, al sujetarles a los dos y no dejarles hacerse otra cosa que insultarse a gritos.

Con rapidez se personó el oficial al mando y exigió saber el motivo de aquel revuelo. Juan fue consciente de que no tenía excusa, era él quien había iniciado la pelea, como corroboraron Alfonso y el resto de los presentes, y no intentó eludir su responsabilidad por no haberse sabido controlar. De manera que reconoció haber atacado a Alfonso y, como no podía ser de otra forma, le desarmaron y se lo llevaron al calabozo de la milicia.

Juan afrontó el trayecto con el ánimo muy sombrío. Apenas levantó la vista del suelo. Era la primera vez que iba al calabozo, y aunque fuera una medida disciplinaria de lo más usual entre soldados y milicianos, él se sentía muy avergonzado. La milicia, para él, era como su familia y aquel castigo le dolía el doble que a los demás, por mucho que se lo mereciera. Sólo reaccionó cuando, tras haberle hecho entrar en la celda y haber cerrado la puerta tras él, mientras miraba a los que iban a ser sus compañeros de cautiverio, se encontró con Pablo, que le miraba sorprendido, con una expresión somnolienta. Pablo estaba sentado, junto a un par de cautivos, en un poyo que ocupaba toda la pared en la que se abría un ventanal alto y enrejado que iluminaba la estancia. El resto de los nueve ocupantes estaba sentado en el suelo, contra las paredes. Todos estaban bastante alejados entre sí, ya que la celda tenía capacidad para albergar cómodamente a unos treinta milicianos.

Pablo, con algo de cansancio en el tono, le dijo:

—Amigo Juan, ¿qué hace aquí?

Juan, que no quería que todo el mundo se enterase de lo que hablaban, se le acercó, se sentó a su lado y, reticente a contestar, preguntó:

—¿Y vuestra merced? ¿Qué es lo que ha hecho?

La pregunta, casi, era retórica, porque en su rostro y su actitud aún quedaban rastros de la resaca por la borrachera de la noche anterior. Con lentitud y cansancio, le dijo:

—La culpa ha sido del maldito vino que se bebe en Gaiphosume. Me sentía bastante mal, y como la mañana estaba muy tranquila, me senté un rato tras una almena y lo siguiente que recuerdo es que un oficial me despertaba de una patada y me decía que ya hablaríamos de eso más tarde, que disparase a toda rata que pasara cerca de la muralla. Estaba tan dormido que ni siquiera me despertaron las campanas de alarma —. Se pasó una mano por el rostro, y prosiguió—. No pude disparar más que cuatro veces, pero no estaba inspirado y sólo una vez le hice un rasguño a una rata. El resto de la historia es evidente… me trajeron aquí por borracho y… Pero no me ha contado qué hace vuestra merced aquí. No le pega este sitio.

Suspirando con disimulo, Juan se sinceró con Pablo y le contó el combate desde el principio, y todas las impertinencias que le llevaron a cometer el absurdo error de atacar a Alfonso. Pablo no dijo mucho mientras le relataba la historia, pero cuando acabó, dijo en tono jovial:

—Insinuar eso de Raquel… ¡Tendría vuestra merced que haberle pegado más fuerte!

Juan no pudo reprimir la risa, si bien, logró que fuera inaudible. Durante un buen rato, su compañero de infortunio le estuvo hablando, contándole anécdotas de la milicia de Itvicape en las que se había visto envuelto y, tuvo que reconocer, le hizo bastante llevadero el encierro hasta que pasó algo inusual. No habrían transcurrido ni tres horas desde que le llevaran a la celda cuando la puerta se abrió y entró un oficial del ejército que se plantó en el centro del recinto, de forma que todo el mundo pudiera oírle bien.


03 agosto 2011

Rumbas curiosas: Waiting for a girl like you, de Foreigner

Nota: Debido a los comentarios hechos por una amiga música, edito el ligerísimo error que había en esta entrada. Total... cualquiera confundiría un vals con una rumba... (ja, ja, ja). Si la hubiera intentado bailar antes...

Esta es una canción que conocía de hace tiempo, de antes de que empezara a aprender a bailar. Es de principios de los años ochenta. Hará un par de noches, caí por casualidad en una página de una empresa canadiense dedicada a poner música en eventos como las bodas. Y listaba los 40 valses de apertura más solicitados por sus clientes. Todos ellos eran modernos; creo que el más antiguo era el Tennessee Waltz, de 1947 si no recuerdo mal, aunque en una versión de los años ochenta de Anne Murray (de la que ya hablaré más).

Eso sí... Cuando en una página web os den una lista de First Wedding Waltzes, o Bridal Waltzes, andad con ojo porque algunos tienen la curiosa costumbre de meter en el saco rumbas (al estilo de los bailes de salón internacionales, evoluciones directas del bolero o del bolero-son, escritos en compás 4/4 y muy lentos y románticos). Y eso le pasa a esta música

Una de las canciones que venían era esta:

Waiting for a girl like you

Que es una bonita rumba.

Por cierto, Julio Iglesias canta una versión de esta canción.

30 julio 2011

Mundo de cenizas. Capítulo XXV

Y pensó en qué habría hecho don Gabriel en esa situación. Y recordando lo autoritario que era cuando hacía falta, se dio cuenta de que, en realidad, no lo había intentado todo. Cortó un buen trozo de queso, otro de bizcocho y se fue directamente hacia donde estaba Adriana. Se sentó a su lado, la sacudió suavemente y le ordenó, en tono seco:

—Adriana. Despierta.

Abrió los ojos bastante rápido, y repuso:

—¿Qué pasa?

—Tienes que comer algo.

Adriana se acurrucó, tapándose la cara, y dijo:

—Tengo sueño.

Por primera vez en aquellos días terribles, Christine no aceptó aquella excusa. La invadió la misma ira gélida que cuando se había enfrentado a los cuatro milicianos y decidió que se le había acabado la paciencia. La agarró de las costuras de la camisa y la alzó con suavidad hasta obligarla a quedarse sentada, con la espalda contra las piedras tras las que se guarecía. Su amiga la miró todo el rato la miró sorprendida, con los ojos muy abiertos. Acertó a decirle:

—¿Qué haces?

Como respuesta, le puso el queso y el bizcocho en el regazo diciéndole:

—Come.

Ella repuso con rabia:

—Te he dicho que no tengo hambre.

—Si sigues sin comer acabarás muriéndote. Te vas a comer eso ahora mismo y si te niegas, te cogeré del cuello y te lo haré tragar a la fuerza, ¿está claro?

Adriana la miró estupefacta, con los ojos abiertos por completo. Y para sorpresa de Christine, la oyó decir, débilmente en tono de disculpa:

—Vale. No te pongas así.

Y empezó a comer, con desgana al principio aunque, al poco rato, estaba desayunando con avidez. Christine aún no podía creerse que hubiera sido tan fácil. Se esperaba una discusión larga y complicada y estaba convencida de que tendría que hacerla comer a la fuerza. Aún más atónita se quedó cuando, tras haber dado cuenta de todo, le preguntó que si quedaba más. Christine le dijo que se levantara, que lo tenía en otro sitio, y Adriana lo hizo de inmediato. La dejó rebuscar en el fardo. Se cortó más pan y queso, y comió hasta hartarse mientras Christine seguía sin comprender por qué aquella amenaza había tenido un efecto tan espectacular. De pronto, le preguntó que si aún quedaba algo de beber y le ofreció su propio odre, con agua manchada con vino, del que bebió bastante.

Al fin, se recostó contra otra piedra, como si hubiera comido más de la cuenta, lo que no dejaba de estar lejos de la realidad. Adriana la miró con una expresión mucho más viva que cuando no se quería ni levantar y le dijo:

—Ya he comido. ¿Puedo acostarme ya?

Christine estaba harta de verla todo el día acostada, rumiando su dolor, así que le salió del alma decirle:

—No. Da asco verte… apestas. Vas a venir conmigo al riachuelo, te vas a lavar y a cambiar de ropa.

Exageraba un poco con lo de apestar, pero su amiga no pareció ofenderse, y únicamente repuso, en un tono infantil:

—Es que hace mucho frío.

—Me da igual. Levántate.

—Vale… iré contigo, pero deja que repose un poco. Me siento pesada.

Christine accedió, con la excusa de que iba a recoger todo lo que iba a llevarse para que se lavara, y a esconder lo que se fueran a dejar allí. Le dedicó más tiempo del necesario a aquella tarea y, finalmente, fue a por Adriana, que seguía despierta y se levantó con una docilidad que seguía sorprendiendo a Christine. Siguió actuando de la misma forma durante el camino al riachuelo. Se quitó la ropa sin una queja, se lavó lo mejor que pudo en aquel cauce que, incluso a ella, no llegaba a cubrirle más arriba de la mitad de los muslos, e hizo lo propio con la ropa sucia.

Cuando hubo terminado, la propia Christine, muy aliviada por verla comportarse de una forma más razonable, la ayudó a cubrirse con una manta, para que se secara, y se sentó a su lado después de que Adriana, tras envolverse en la tela, hiciera lo mismo. Estuvieron un rato en silencio, hasta que su amiga le dijo, por primera vez en muchos días con un amago de sonrisa:

—¿Ya estás satisfecha?

Aunque el tono de Adriana tenía algo más de broma que de desafío, Christine no quiso mostrarse blanda todavía, de modo que tras echarle un vistazo, le dijo:

—No. Tienes el pelo limpio, pero muy enredado. Tienes que peinarte.

—No tengo ganas. Nadie va a venir a visitarnos. Y no puedes obligarme a peinarme.

Christine repuso, con tranquilidad:

—Sí que puedo, pero no me apetece. Lo que voy a hacer es peinarte yo.

Mientras buscaba entre las cosas de Adriana y se hacía con un peine de púas gruesas, la oyó protestar:

—¡Es una tontería! No pierdas el tiempo con eso. ¿Quién se va a dar cuenta de que tengo el pelo revuelto?— Y cuando Christine empezó a peinarla, insistió—: ¿Para qué me voy a peinar si estamos las dos solas?

—Porque siempre te has cuidado mucho, y no es propio de ti descuidarte. Y porque quiero peinarte.

Tras eso, Adriana dejó de protestar y se dejó hacer. Christine nunca había peinado a ninguna otra chica, y le llevó bastante rato. No se dejaba crecer el pelo demasiado, como mucho, hasta la mitad del cuello, y además, lo tenía liso y se le enredaba poco. El de Adriana era largo y ondulado y tendía a rizarse un poco más en las puntas. La peinó con mucha delicadeza y, aún así, le dio algún que otro tirón cuando trataba de desenredar algún mechón rebelde. Su amiga se mantuvo en silencio, y sólo cuando Christine paró, dijo que iba ya estaba seca y que se iba a vestir.

Después de haberlo hecho, volvió a su lado. Christine, que estaba un tanto cansada, había dejado de prestarle atención, y al fin cuando la miró, se dio cuenta de que Adriana contemplaba el estado de su melena negra ayudándose de un espejo pequeño, con un marco bellamente trabajado. Y tuvo que alegrarse por primera vez en varios días. Su amiga le sonrió al espejo y le dijo en tono animado:

—Tú no sueles peinar a tus amigas, ¿verdad?

Christine sonrió a su vez y repuso:

—Pues… no.

—No está tan mal, pero te voy a tener que enseñar unas cuantas cosas.

Adriana, siguió mirándose un rato más hasta que se entristeció ligeramente y dijo:

—Seguí tu consejo. Escondí este espejito entre mi ropa, por si aparecía otra vez el dop… el espíritu ese. Cuando me encerraron no me registraron apenas y se les pasó. Pero cuando volví a ver al espíritu, no tenía humor para ver si se reflejaba en él.

Christine se había olvidado de aquello, a causa de todo lo que habían soportado últimamente. Con una curiosidad renovada, dijo:

—¿Se te ha vuelto a aparecer? ¿Cuándo?

—Cuando estaba en la celda. Desde entonces, no he vuelto a saber de él, o de ella, o de lo que quiera que sea.

—¿Y qué hizo? ¿Qué te dijo?

—Me hizo una oferta… Prefiero no contártelo. Lo único que sé es que ojalá no lo vuelva a ver.

A Christine le bastó. No quiso insistir, pero no dejó de resultarle curioso el cambio de actitud de Adriana, a la que nunca había visto hablar de una forma tan negativa de aquel espectro que la rondaba.

Tras descansar un poco más, volvieron a su escondrijo. Y aunque los días siguientes no fueron tan amargos para Christine como los tres últimos, tampoco fueron buenos. Adriana estaba más tratable, pero seguía mostrándose muy triste y tenía que estar casi todo el tiempo encima de ella para impedir que se sumiera otra vez en su dolor. Protestaba a menudo, y de vez en cuando, tenía hablar un rato con ella hasta convencerla, pero le hacía gracia que, al final, acabara obedeciéndola y haciendo lo que le decía con mucho afán. Una mañana le dijo que no se quedara todo el día sentada y que, sin alejarse mucho del escondite, buscara bayas o raíces que se pudieran comer. Protestó al principio, pero después se pasó todo el día buscando arbusto por arbusto. No encontró casi nada, pero, de todos modos, Christine sólo pretendía tenerla distraída con algo.

Sin embargo, a lo que se negaba todo el tiempo era a abandonar el escondite y a emprender el camino a Nêmehe, lo que terminó por desesperar a Christine, que sabía que era la única alternativa. Pero Adriana no parecía entenderlo y llegó a decirle que debían esperar allí, que algún amigo de su padre podría venir a buscarlas. Christine sabía que eso no iba a suceder, pero no pudo hacérselo entender a Adriana. Y, poco a poco, fue perdiendo la energía para convencerla.

22 julio 2011

Mundo de cenizas. Capítulo XXIV

Algo más calmada, regresó al escondite sin ninguna prisa. Sólo de pensar en que tenía que contárselo todo a su amiga se le aceleraba el pulso. Pero se lo tendría que relatar antes o después, así que mientras menos tiempo tardara, mejor para las dos. Aquella resolución perdió buena parte de su fuerza cuando trepó hacia la planicie donde se escondían y vio a Adriana sentada. Se miraron un instante y su amiga se limitó a decirle:

—¿Ya has vuelto?

Christine asintió y fue a sentarse cerca de ella. No la había vuelto a mirar, temerosa de que su amiga sospechara algo si veía la expresión que traía, pero, al parecer, ya era tarde. Adriana se sentó frente a ella, la miró muy seria y le dijo:

—Tú has hablado con alguien. ¿Qué te ha dicho?

Suspiró y, dado que ya no tenía sentido retrasarlo más, dijo:

—Sí. He hablado con mi madre… Tengo que contarte lo que ha pasado.

Y le relató con serenidad todo lo que le había transmitido su madre: cómo lo había sabido, el desarrollo del combate, el triste destino de don Gabriel y su propuesta de ir a Nêmehe. Adriana la escuchó en completo silencio y pasó de mirarla directamente a los ojos con interés a ir bajando lentamente el rostro, con una expresión ausente que apenaba mucho a Christine.

Cuando terminó su narración Adriana parecía no estar allí; no reaccionaba, miraba sin ver y tan silenciosa estaba que se diría que no respiraba. Hasta que, de pronto, negó varias veces con amargura y arrancó a llorar, contra el pecho de Christine cuando ésta quiso consolarla.

Estuvieron así largo rato. Su amiga, entre lágrimas, no dejaba de protestar, de echarse la culpa de todo o de llamar a su padre, y Christine no sabía qué decirle, cómo hacer que dejara de llorar, porque ella misma se sentía igual de sola y perdida. La amargura de Adriana terminó por contagiársele. Habían sido muchos golpes en muy poco tiempo; no se podía quitar de la cabeza el momento en que se despidió de su madre, y no pudo más. Bajó la cabeza hasta hacerla descansar sobre el hombro de su amiga y lloró. Fue un llanto muy breve, porque luchó por reprimirlo y acabó consiguiéndolo. Pero fue suficiente para aliviarla un poco, a pesar de que llorar para Christine era algo tan angustioso como vomitar y que le pasaba menos.

Y entre lágrimas, Adriana le dijo:

—No… tú no… No llores.

Se le abrazó, trató de consolarla aunque aún tenía el corazón encogido, y le repitió que ella era la culpable de todo, que lo sentía mucho. Esta vez, Christine no tuvo ánimos para decirle nada. Finalmente, Adriana la soltó y se limpió el rostro lo mejor que pudo. Luego, la miró con tristeza, lo que la hizo reaccionar y secarse las pocas lágrimas que había derramado. Y mientras se secaba las mejillas, su amiga le dijo:

—¿Qué va a ser de nosotras?

Con la mayor entereza que pudo reunir, que en aquel instante era muy poca, Christine repuso:

—Saldremos adelante.

Tras un intervalo en que se mantuvieron calladas, mirando ambas al suelo, Adriana dijo, con la voz ronca por la ira:

—Maldito don Guzmán. No tenía por qué haberos destrozado la vida a todos…

Y continuó dando gritos, de una manera que le aceleró el pulso a Christine:

—¡Maldito sea! ¡Que no quede sitio en su vida para otra cosa que no sea el dolor y el sufrimiento! ¡Que vengan los demonios y se lo lleven al infierno! ¡Maldito sea, mil veces maldito!

A Christine le daba miedo oírla hablar así, aunque no pudiera culparla. Ella no le deseaba ningún bien a don Guzmán e, incluso, reconoció que no se apenaría demasiado si le viera perderlo todo, pero se lo guardaba para sí. Sin embargo, su amiga le maldecía con unas ganas que le daban escalofríos. Lo que Christine no tardó en descubrir fue que las cosas podían ser peores. Vio cerrar los puños a Adriana y la oyó decir, en un tono repleto de odio:

—Te lo prometo. Le mataré… con mis propias manos. Le cogeré del cuello y apretaré…

Oírle pronunciar aquellas palabras ya era muy inquietante, y le volvía a inspirar la sensación de que quien tenía delante no era la misma persona a la que consideraba su mejor amiga. Pero, mientras pronunciaba la última frase, su amiga había alzado la cabeza, y miró a Christine a los ojos. Y un miedo irracional, que la tomó desprevenida, le atenazó el alma. Los ojos de Adriana desprendían un fulgor rojo tan intenso que tuvo que entrecerrar la mirada. Presa del pánico, tan asustada que le costaba respirar, retrocedió hasta aplastarse contra la pared.

Christine no había sentido nunca una sensación parecida. Era similar a lo que notó la primera vez que la vio lanzar un hechizo, pero mucho más intensa, porque aquellos ojos monstruosos estaban ahora clavados en ella. Miró un instante al suelo que había a los bordes de su escondite, y evaluó la posibilidad de bajar a toda prisa y correr. En aquellas circunstancias, si Adriana le destrozaba una pierna podía acabar muerta; no podría valerse y su compañera poco iba a ser capaz de hacer.

Pero si salía huyendo, si actuaba como los demás y la rehuía o despreciaba por su naturaleza, por algo que, realmente, no podía controlar, erigiría un muro entre las dos que quizá nunca podrían echar abajo. Y la apreciaba demasiado como para eso. Así que sacó coraje no supo de donde, continuó aguantando su mirada y el aura de odio y miedo que desprendía. Con una voz trémula que casi no le salía del cuerpo, le suplicó:

—Adriana… por favor, cálmate.

No le hizo caso, y continuó mirándola con aquellos destellos rojos intensos, que oscurecían su rostro por el contraste. Y, de pronto, cuando Christine empezaba a creer que acabaría asfixiada, aquella manifestación de brujería desapareció, y Adriana se mostró confusa un instante. Luego, la miró con un estupor que se tornó tristeza de inmediato. Christine seguía sentada contra la pared rocosa, tan apretada que parecía estar intentando atravesarla. En un tono débil, lleno de pena, le dijo:

—Christine…

Clavó en ella sus ojos negros, y Christine se lamentaría luego de no haber reaccionado antes e intentar acercarse, por mucho que la impresión por lo que había presenciado no le permitiese otra cosa que separarse ligeramente de la pared. Adriana torció el rostro en una mueca de desesperación, se cubrió los ojos con los puños y le chilló:

—¡Vete! ¡Aléjate de mí!

Se dio la vuelta con rapidez y se ocultó de su vista detrás de dos piedras grandes que había en el centro de la construcción en ruinas. Christine sabía que lo mejor, en aquel caso, era complacerla, y se puso en pie con cierto trabajo, aún conmocionada por lo que acababa de soportar. Reparó en que estaba ilesa, lo que no alcanzaba a comprender. A pesar de que le entristecía dejarla sola en vez de intentar ayudarla, era consciente de que no podía hacer nada por ella. De modo que bajó con cuidado, tratando de no hacer ruido y se encaminó al riachuelo que discurría próximo a su escondite. Sería un sitio seguro si la sorprendía alguna rata, ya que esos monstruos no soportan el agua.

Y bien escondida entre los matorrales que crecían junto al río, Christine se pasó allí todo el tiempo que pudo. Estuvo pensando, con amargura, en lo que iba a hacer. Lo primero que tuvo que aceptar era que tendría que decidirlo ella sola, ya que no podría contar con Adriana. El miedo que había pasado un rato antes le hizo albergar la idea de dejarla sola, pero se sabía incapaz de hacer algo así, porque dudaba que pudiera sobrevivir por sí misma en el estado en que se encontraba. Si habían hecho tanto por salvarla, desampararla era del todo absurdo.

No tardó en llegar a la conclusión de que deberían dirigirse a Nêmehe, y buscar la protección de la colonia dowertsch. El problema principal era cómo iban a llegar hasta allí. No se le antojaba muy prudente hacer un camino tan largo las dos solas, sobre todo si incluía el trayecto casi despoblado desde Vussinumoput hasta la capital. Aun peor sería la idea de intentar viajar en una caravana en Imquopossu, ya que era probable que don Guzmán las anduviera buscando, y ese sería uno de los primeros sitios donde miraría. Cipemnêfile y Vussinumoput estaban algo más lejos, pero quizá no lo bastante si don Guzmán tenía agentes a su disposición y ganas. Recordó, asimismo, que Adriana era una fugitiva, y que a don Guzmán le bastaba con escribir a las autoridades de las ciudades que quisiera para que las buscasen.

Estuvo un buen rato dándole vueltas a aquel problema, pero no logró hallarle una solución, entre otras cosas, porque sus pensamientos volvían una y otra vez a asimilar la idea de que no sabía cómo iba a tratar a Adriana a partir de aquel momento. Le sería imposible volver a tener con ella la confianza de antaño y lo malo era que, por mucho que intentara ocultárselo, se daría cuenta de inmediato. Le dolería advertirlo, se sentiría dolida y molesta, y ya había visto de qué manera tan monstruosa expresaba su amiga el dolor y el rencor. Y sin embargo, era consciente de que Adriana no era un monstruo, que a pesar de todo, continuaba teniendo buen corazón. Aunque Christine creyó, al principio, que le había hecho marcharse porque se había enfadado con ella, luego cayó en la cuenta de que, más bien, la había echado para no hacerle daño.

El tiempo se le pasó muy rápido, debido a que no hacía más que darle vueltas a las mismas ideas, sin sacar nada en claro. Cuando decidió regresar, empezaba a oscurecer, y no quería verse sorprendida por alguna alimaña en la negrura. Tras subir al escondite, se dirigió con cautela hacia el sitio donde se había ocultado Adriana. Se la encontró dormida, tapada con una de sus mantas, aunque con el cabello y el rostro descansando en el suelo. Optó por dejarla dormir y ella montó guardia todo el tiempo que le fue posible, hasta que, tras lo que creyó un instante, abrió los ojos y vio que había amanecido.

En los días siguientes, llegó a echar de menos el nerviosismo y el malhumor de Adriana. Con una rapidez sorprendente, después de su manifestación de brujería su amiga se había encerrado en sí misma por completo. Apenas hablaba, no quería comer y se pasaba el día entero acostada cubierta por la misma manta de la primera noche. Sólo se levantaba cuando no tenía más remedio, y bajaba y subía al escondite con una pesadez impropia de ella. Lo único que se llevaba a la boca era un odre que, antes de caer en aquel estado, se había preparado llenándolo de agua y de una quinta parte de vino, por precaución.

Christine lo intentó todo, pero no consiguió sacarla de aquel estado. Intentaba darle conversación, pero le respondía únicamente “sí” o “no”, y no siempre. Sólo una vez, dos días después del encuentro con su madre, tuvieron una conversación breve. Le había repetido que la única salida era viajar hasta Nêmehe y, una de las veces, le repuso que no se sentía con ánimos para hacerlo. Y, a continuación, le dijo:

—Vete tú sola.

Christine no fue capaz de responder, de puro asombro; fue su amiga quien prosiguió:

—La gente a quien quiero acaba muerta o en la cárcel. Márchate antes de que te pase algo malo a ti también.

Sin saber muy bien qué decirle, repuso:

—Si te quedas sola te… quiero decir, si nos separamos estamos perdidas.

—Tú eres fuerte y sabes luchar. Estaría perdida yo—. Suspiró y añadió—. Y sería lo mejor para todos.

Al decir aquello, recordó lo que le había pasado a la madre de Adriana, que, en sus últimos meses, hablaba de
la misma forma. Y se angustió. Quiso quitarle esa idea de la cabeza y le dijo, con la mejor intención:

—Por favor, no hables así. Después de todo lo que hemos hecho por ti… tienes que vivir, recuperarte…

Sorpresivamente, repuso furiosa:

—¿Y cuánto tiempo me lo vas a echar en cara? ¡Yo no os pedí que me rescataseis!

Aquella contestación desabrida la dejó helada. No pretendía reprocharle nada, sólo animarla un poco. ¿Cómo podía ser tan ingrata, después de todo lo que había pasado? Le habían dolido mucho sus palabras, pero se cuidó de no manifestarlo. Adriana, con un giro rápido se dio la vuelta, sin levantarse, para darle la espalda y se cubrió la cabeza con la manta. Lo único que acertó Christine a decirle fue, en un tono neutro fingido:

—¿Quieres decir que tendríamos que haber dejado que te quemaran?

—¡Sí!

Christine no entendía nada. Unos días atrás se lo había agradecido de corazón, y ahora le parecía mal. Se levantó para marcharse, sin nada qué decir ni ganas de hacerlo. Y entre lágrimas, la oyó decir:

—¿Por qué no entendéis que no merezco nada?

La dejó sola y se sentó donde no pudiera verla. Pasó otra tarde interminable, sin otra cosa que hacer que mirar los árboles del bosque que las guarecía y darle vueltas a todo lo que le había pasado y a lo que iba a hacer. Y, como de costumbre, no llegaba a ninguna decisión. Aunque ya empezaba a invadirla la apatía, y comenzaba a darle igual todo.

Echaba de menos Imessuzu, a su madre, a don Gabriel y, también, a Adriana o, al menos, a la manera en que se comportaba antes de todo aquello. Todo lo que había intentado para acercarse a ella, para que abandonara su ensimismamiento habían fracasado. Con tristeza, pensó que, ante un problema similar, habría ido a pedirle consejo a la propia Adriana, que era mucho más perspicaz para juzgar las emociones ajenas. Pero ya no podía contar con ella, sólo con su propia capacidad, que era muy limitada. Le costó largas horas llegar a la conclusión de que no era ingratitud sino culpa, que no había querido que la rescatasen pagando un precio tan alto.

Un bello atardecer dio paso a una noche de guardia tan aburrida como las demás. Y como siempre, Christine aguantó todo lo posible, hasta despertar agotada tras una cabezada tan breve como un suspiro. Y por primera vez desde que lo había perdido todo, sintió en toda su crudeza el desánimo. No iban a aguantar mucho más. Si Adriana mostrara más disposición, habrían tenido alguna posibilidad, pero si ella misma se sentía perdida, no podía cargar, además, con su amiga.

Fue a por las provisiones para desayunar. Tenían aún bastante queso y bizcocho, lo que era lógico ya que Adriana, que en su etapa de nerviosismo apenas comía, había pasado a un ayuno completo. Fue a ver si estaba despierta para hacer un nuevo intento de que comiera algo. Había empezado dejándole algo a su alcance, pero como no lo tocaba, optó por guardarlo para que no le cayera nada encima. Cada vez que ella comía iba a ofrecerle, pero siempre se negaba. Como, en aquel momento, estaba dormida o lo parecía, la examinó de cerca. Su aspecto era horrible. Desde siempre había sido muy coqueta y cuidaba mucho su aspecto. Así que verla con el pelo revuelto y sucio, y con la cara manchada de polvo le resultaba impropio de ella. Lo peor era que se le empezaban a marcar en el rostro muestras de su cansancio y de su ayuno.

Si Adriana seguía así era cuestión de tiempo que enfermara y que no fuera capaz de superar su mal. Pero Christine ya lo había intentado todo. Desayunó pensando en que era absurdo haber hecho tanto por salvarla, simplemente, para que su propia pena la matara. Don Guzmán, sin saberlo, quizá consiguiera su objetivo mucho antes de lo esperado. Y don Gabriel pasaría toda la vida en la cárcel, sin saber que todo había sido inútil. Aquello la enfureció. Christine deseó poder preguntarle qué hacer con Adriana. Si él estuviera allí, estaba convencida de que sería capaz de hacerla comer.

13 julio 2011

Leído El Baile de los Secretos, de Jesús Cañadas

Casi pisando la primera reseña, va ahora la segunda que tenía pendiente.

Este lunes terminé de leer El Baile de los Secretos, que es la primera novela publicada de Jesús Cañadas, y que he recibido por haberme suscrito a Excalibur Fantástica de la editorial Grupo AJEC, que sigue, por fortuna, publicando buenos libros fantásticos de autores españoles. De noveles que apuntan alto, como es el caso que nos ocupa ahora mismo.

El Baile de los Secretos podría encuadrarse en el género de la fantasía épica. Y digo podría porque el planteamiento de la historia es muy original y se aleja bastante de lo habitual en el género. No quiero hablar demasiado acerca de la trama, porque prefiero que sea el lector el que se haga con este libro y saque sus propias conclusiones.

Sólo daré varias pinceladas. La primera, que a los que aficionados al rol les gustarán ciertos detalles de la trama. La segunda es que es una fantasía épica muy poco convencional. Tiene una carga de literatura de terror muy elevada, algún ligero elemento "steampunk" (por ejemplo, la máquina de El Relojero). El ambiente de la obra es oscuro y tétrico. Ah, se me olvidaba. Lo más importante es que el libro, en realidad, es una historia de amor, sólo que tardas bastante en darte cuenta, aunque se apunte en las primeras páginas. La visión del amor que presenta es de lo más original que he leído nunca en fantasía épica, y sigue la curiosa línea en que nos encuadramos la mayoría de los hombres cuando escribimos sobre este tema en fantasía épica, de presentarlo como algo malo, como un problema.

A nivel técnico, la obra está muy bien llevada. Hay algunos puntos que resultan confusos, aunque yo no lo veo como un problema, sino como un elemento más integrante del ambiente del libro, donde van pasando cosas extrañas, y te vas llevando una sorpresa detrás de otra y sólo al final te queda más o menos claro de que ha ido el libro. Para mí, refleja lo que sienten los personajes, que se ven inmersos en algo perturbador cuyo origen se desconoce. Como única cosa que no me ha gustado es que algunos pasajes y algunos personajes son demasiado repugnantes, pero es cuestión de gustos y forma parte del ambiente tétrico y terrorífico que el autor nos pinta. No lo entendáis como una crítica; no le encuentro a esta obra ningún fallo que destacar. Solamente que prefiero los monstruos al estilo de Lovecraft que ese tipo de seres repulsivos.

El estilo del autor es muy bueno, con una prosa muy emotiva, que roza la prosa poética en ocasiones. El uso de las metáforas es constante en todo el libro. Las descripciones de ambientes y personajes son muy nítidas.

En definitiva es un libro muy recomendable, como todos los que AJEC está publicando dentro del género fantástico. Anteriormente había comentado el primer libro de Susana Eevee, publicado en el mismo sello, y este, que es el segundo que leo del mismo, resulta ser de la misma calidad. Próximamente iré reseñando más libros de este sello, que he recibido unos cuantos.

Así que ya estáis tardando en leerlo.

11 julio 2011

Leído Juego de Tronos de George R. R. Martin

Tengo dos reseñas atrasadas, así que voy a comenzar con la más atrasada.

Tenía varios volúmenes de esta saga esperando su turno en el montón de libros pendientes de lectura. Cuando anunciaron que iban a emitir la serie, me decidí a leerlos para luego ver la serie y compararla con el libro. Dicen que la serie es muy buena, y que adapta fielmente el libro, cosa que comprobé con el primer capítulo, que es el único que vi, ya que mi ritmo de lectura era más lento.

Juego de Tronos es un libro con una fama merecida. A nivel técnico, usa magistralmente la tercera persona subjetiva, combinada con gran cantidad de personajes. Ello significa que la caracterización de los personajes principales, los que hacen de narradores en cada capítulo, es soberbia. La sensación que me inspiró este libro a nivel técnico es ver la manera en que tú escribes ejecutada con una maestría excepcional. A mí me gusta usar la tercera persona subjetiva, y dar voces a diferentes personajes. Sólo que si hay más de dos personajes-narradores, ya empiezo a sentirme incómodo. Para explicar lo que me ha parecido, en cuanto a técnica narrativa, pondré un ejemplo. Suponed que soy violinista aficionado, que hago mis pequeñas interpretaciones, pero que me superan las grandes. Y que voy a un concierto de violín interpretado por un gran maestro. Pues eso es lo que me ha inspirado el libro, ver las técnicas narrativas que más me gustan ejecutadas a un nivel impresionante.

Otra cosa que llama la atención es el balance entre complejidad de la trama y facilidad para seguirla. A pesar de la gran complejidad de intereses, tejemanejes, misterios y luchas de poder, no te pierdes entre tanto nombre de casa, de personajes secundarios, de rivalidades y demás. A pesar del número tan elevado de personajes, la caracterización es formidable, tanto de los narradores como de algunos secundarios de relevancia.

La documentación y ambientación también son buenas, y me ha llamado poderosamente la atención el interés puesto en la descripción de la comida, de los diferentes platos que los personajes gustan comer. Otra cosa realmente interesante son los giros argumentales, un tanto sorprendentes. Cuando uno empieza con el libro, y llega hasta el final, se encuentra que han pasado cosas que uno ni se imaginaba al principio. Y siguen quedando misterios sin resolver que hacen que te apetezca embarcarte en el segundo volumen de la saga. Cosa que haré más pronto que tarde.

La última curiosidad del libro es que, salvo una minoría, todos los personajes son bastante crueles, y más de uno roza la maldad. Ello crea una atmósfera oscura, que, realmente, está muy extendida en la literatura fantástica, y creo que por influencias de esta saga. No es el punto que más me gusta del libro. Aunque reconozco que tampoco es que me disguste, me faltan más personajes con algo de honor o menos crueles, si bien, a George R. R. Martin le quedan muy bien este tipo de personajes. Y son formidables algunos personajes que, aún siendo despiadados, muestran una parte noble muy sorprendente.

En definitiva, un gran libro, tanto por su enorme calidad como por sus 800 páginas, pero que merece la pena leer si te gusta la fantasía épica bien hilada y equilibrada, con buenos personajes y buena trama.

05 julio 2011

Mundo de cenizas. Capítulo XXIII

Como respuesta, su madre se sentó y le pidió a ella que lo hiciera. Y le dijo:

—El día que escapasteis, vino a casa un soldado. Llevaba en brazos a un muchacho bajito... el hijo del tendero...

Parecía intentar recordar el nombre, así que Christine, que ya se temía quien era, la ayudó:

—Sebastián.

—Sí. Venía prácticamente muerto. El soldado me contó que le había cortado la hemorragia del antebrazo, pero que temía por su vida. Aún vivía, pero estaba casi desangrado. Le cerré la herida, aceleré un poco su recuperación, pero no conseguí que volviera en sí. Como había leído tu carta, le pregunté que qué había pasado, que aquello era una herida de espada. Y me lo contó todo.

Tomo aire y prosiguió:

—Era uno de los cuatro soldados que llevaron a Adriana a la pira. Todo fue más o menos normal hasta que tu amiga empezó a soltar maldiciones. Dice que los ojos le brillaron con un color rojo, que sintió mucho miedo y que uno de sus compañeros cayó sujetándose una pierna. Don Guzmán se puso nervioso, ordenó que la quemasen ya y, no supo de donde, don Gabriel sacó una espada y se la puso en el cuello al soldado que iba a quemar a tu amiga. A él le pusieron un cuchillo en la garganta y salieron de la nada dos ballesteros—. Suspiró y añadió—: Supongo que todo eso ya lo sabías, ¿verdad?

Christine se limitó a asentir en silencio. No había que ser muy listo para adivinar que había participado en un rescate organizado, y su madre era inteligente. Sin apenas mirarla, porque no le había hecho una pregunta, siguió hablando.

—Don Guzmán y don Gabriel discutieron. Don Gabriel quería batirse en duelo y don Guzmán decía que no. Después de porfiar un rato, vio acercarse a don Guzmán, que miraba con odio al muchacho que le retenía, a Sebastián, que le dijo que no se acercara más, o le mataba. Don Guzmán le dijo que lo hiciera, y preparó una estocada. Sebastián dijo algo horrorizado, liberó al soldado e intentó defenderse. Le salvó la vida que interpuso el brazo del cuchillo y don Guzmán no pudo atravesarle el corazón.

Su madre se interrumpió un instante, y siguió:

—Don Gabriel gritó a los ballesteros que disparasen y él hirió en un brazo al soldado al que tenía amenazado—. Suspiró con más tristeza que antes y dijo—: tendría que haberle malherido, porque se le enfrentó—. Hizo otra pausa y añadió—: Lo peor fue que uno de los ballesteros salió huyendo. El otro disparó a don Guzmán, aunque a quien rozó fue al soldado que el muy cobarde había interpuesto. Pero ya eran cuatro contra dos.

Christine ya era consciente de que aquello había acabado bastante mal y empezó a sentirse muy desanimada. Su madre continuó en un tono tranquilo y frío:

—El soldado que me lo contó todo cargó contra el único ballestero y lucharon. El miliciano recibió una herida muy fea en el rostro, pero siguió combatiendo. Cuando su compañero se acercó a ayudarle, el miliciano continuó peleando. No querían matarlo, pero, al final lo hirieron de gravedad en un costado. Entretanto, don Gabriel seguía discutiendo con don Guzmán. El compañero del soldado fue a enfrentarse con don Gabriel y él intentó detenerle la hemorragia, pero fue incapaz. Después de mucho esfuerzo, consiguió salvar a Sebastián. Todo ese tiempo estuvo oyendo cómo discutían, hasta que don Guzmán le dijo a don Gabriel que si no se entregaba, tendría que luchar el sólo contra los cuatro. Finalmente, se entregó con mucha lentitud. Le cogieron preso y se lo llevaron.

A Christine, aquel resultado le parecía espantoso. Sebastián a punto de morir, otro compañero muerto. Seguro que el cobarde que les traicionó fue el amigo de Carlos. Lo que más le angustiaba era preguntarse cómo se lo iba a contar a Adriana. Su madre se había callado como si hubiera terminado su relato, pero, al cabo de un rato, le dijo:

—Hay más.

Christine miró a su madre y se temió lo peor.

—Don Guzmán ha condenado a muerte a don Gabriel. Supongo que eso es conforme a los fueros. Pero… don Gabriel era el único con la fuerza y los contactos suficientes como para oponerse a don Guzmán. Ahora, ha nombrado a un capitán de la milicia que le es fiel e Imessuzu está en sus manos—. Respiró profundamente y añadió—: Adriana nos ha traído una gran desgracia… El pueblo ha quedado en manos de un tirano de los peores. Yo uso mis poderes con mucha cautela, ¿cómo se le ha ocurrido a tu amiga utilizar la magia negra delante de todo el mundo? ¿Qué esperaba?

Intentando que la pena que sentía por don Gabriel, y la angustia de verse diciéndole aquello a Adriana, no se manifestaran en su voz, quiso defender a su amiga:

—No quiero ofenderos, pero Adriana usa la magia negra sin proponérselo. Es una bruja.

—¿Y tú te lo crees?

—Don Gabriel estaba convencido y...

—El amor de un padre, a menudo, es ciego. Te enseñado hechicería, Christine, ¿crees que alguien puede lanzar un hechizo sin darse cuenta? Es una excusa muy pobre.

Christine no solía discutir con su madre, y menos en aquel momento, en el que se sentía tan abatida, así que se calló. Su madre, con la vista perdida en los matorrales que las ocultaban, continuó hablando tras haber transcurrido unos instantes.

—Me gustaría marcharme de Imessuzu e instalarme en Nêmehe, junto a nuestra gente. Pero soy la única curandera que queda en el pueblo. Me siento obligada a no abandonar a mis pacientes. Pero… No te he contado lo último que me dijo el soldado. Se suponía que no iba a salir de allí, sin embargo... Te he dicho que ahora don Guzmán puede hacer lo que le plazca. Tras condenar a muerte a don Gabriel, le dijo que la muerte no le iba a librar de ver a su hija ardiendo en una pira. Le va a tener encarcelado hasta que la capture, y le hará mirar como queman a Adriana antes de ejecutarle. No entiendo cómo se puede ser tan desalmado y tan canalla.

A don Guzmán siempre le había tenido por un hombre demasiado autoritario y severo, pero no se imaginaba que fuese tan sumamente cruel. No supo qué decir y fue su madre quien continuó hablando.

—Ojalá don Gabriel hubiese luchado más. Tendría que haber malherido al soldado y lanzarse contra el canalla de don Guzmán. Le creía más valeroso.

En un tono inseguro, porque no le gustaba contradecir a su madre, Christine repuso:

—En realidad, sin ánimo de ofenderos, creo que don Gabriel actuó de la forma más sensata. Si hubiera luchado, lo más probable es que le hubieran dejado incapacitado o muerto en un suspiro. Don Guzmán es tan buen espadachín como lo es don Gabriel, y, además, el alcalde tenía a varios soldados en su bando. En tal caso, tras haberle vencido, don Guzmán habría enviado a un par de soldados detrás de nosotras. Si se limitaba a discutir y luego a entregarse, nos daba más tiempo y obligaba a que los soldados le tuvieran que llevar preso.

Su madre la miró pensativa y dijo:

—Y don Guzmán nunca se ensucia las manos. No se habría rebajado a perseguiros. Comprendo.

Tras aquello, permanecieron en silencio un rato. Christine no sabía qué hacer. Había esperado que don Gabriel, tan astuto y tan metódico, tuviera algo previsto para las circunstancias actuales. Saber que Adriana y ella estaban completamente solas se sumaba a la lista de sucesos aciagos que acababa de conocer. Intentando mostrar tranquilidad y entereza, Christine preguntó:

—¿Y qué hacemos Adriana y yo ahora?

—Por lo pronto, alejaos de Imessuzu todo lo que podáis, y ni se os ocurra dejaros ver por allí a ninguna de las dos. Don Guzmán vino a interrogarme. Sospecha que tú también participaste en el rescate y lo más probable es que te encarcele y te torture si te echa la mano encima. Yo, en vuestro caso, iría a Nêmehe y hablaría con la colonia dowertsch de la ciudad, que seguro que os ayudarían.

A la soledad que sentía, se le unió la angustia de saber que no iba a regresar a su casa en mucho tiempo. Había salido con lo puesto… Se dejaba todo lo que tenía allí, cosas de mucho valor sentimental para ella. Y, sobre todo, le había causado problemas y dolor a su madre, que no se merecía nada de aquello. Sin poder contener la pena, repuso con tristeza:

—Siento tanto haberos causado tantos problemas... No era mi intención, pero... me daba tanta pena Adriana, era todo tan injusto...

—No, Christine, has hecho lo correcto. Te advertí cientos de veces de que no te interesaba una amiga como Adriana, te dije más de una vez que esa chica era una fuente de problemas, que no era de fiar... Pero yo tampoco escuchaba a tu abuela. No apruebo la amistad que le tienes a esa chica, pero me siento muy orgullosa de tu lealtad y de tu sentido de la justicia. Y seguro que tu padre habría dicho lo mismo. Además, no te preocupes por mí. Estaba dormida cuando el soldado llamó desesperado a mi puerta, y no he tenido nada que ver con los que han sacado del pueblo a escondidas a Sebastián. Y don Guzmán no dejará Imessuzu sin su única curandera; necesita un pueblo sano al que explotar.

Christine se quedó en silencio porque ya no se le ocurría qué otra cosa decir. Intentaba encajar cómo, de repente, se veía obligada a despedirse de la vida que había llevado hasta entonces. No tenía valor para mirarla a la cara, y permanecieron así un buen rato. Un intervalo de tiempo al que dio fin su madre. Christine había notado el rumor que hacen las monedas cuando alguien las echa en alguna parte. Vio que su madre tenía varias en la mano, que le dio diciéndole:

—Toma. Es todo lo que llevo encima salvo un real.

Eran muchas monedas, pero maravedís en su mayor parte. Habría cuatro o cinco reales en total. Con la vista clavada en el dinero, oyó que su madre le decía:

—Ve a Nêmehe. Habla con nuestros compatriotas. Si me escribes, haz que un caballero dowertsch me la haga llegar como si fuera cosa suya, y hazlo en nuestra lengua, haciéndote llamar Hans y evitando dar el nombre del sitio donde vivas. No quiero que don Guzmán se entere de que me escribes.

Cuando su madre se levantó, sintió como si el corazón se le partiera. Se guardó las monedas en una faltriquera y se puso también en pie. Al mirarse, Christine, por primera vez desde hacía mucho tiempo, vio dolor en los ojos de su madre que, sin embargo, contuvo sus emociones y le dijo:

—No debo quedarme más. Podrían sospechar si tardo más de la cuenta. Cuídate.

A Christine le costó mucho esfuerzo contenerse ella también. No se sentía capaz de hablar, porque si abría la boca temía echarse a llorar. Tras resistirse unos instantes, no aguantó más y le dio un abrazo a su madre, en completo silencio, un gesto que imitó. Estuvieron así un rato, hasta que Christine consideró que podía controlar la tristeza que sentía, la soltó y se despidió de ella, prometiéndole escribir cuando pudiera.

Y sin más, su madre, sin volver la vista atrás, recogió sus cosas y se marchó. Christine la vio partir hasta que los árboles la ocultaron de su vista. Sólo entonces se sentó muy abatida y se quedó escondida, tratando de que se le pasara el nudo en la garganta que sentía, y la opresión en el pecho que le dificultaba respirar. Desde que dejó de ser una niña, no recordaba haber sentido tantas ganas de llorar como en aquel instante, pero se portó con entereza y no derramó ni una lágrima.

02 julio 2011

Mundo de cenizas. Capítulo XXII

Christine se sentía muy cansada, aunque no tanto física como emocionalmente. Era cierto que, desde que huyeron, apenas había dormido, y aquel era el cuarto amanecer desde que salió de Imessuzu. Pero lo que más le afectaba eran dos cosas: la incertidumbre acerca de lo que había sucedido en el pueblo, y la actitud de Adriana. Su amiga estaba insoportable. Pasaba de permanecer largo rato en silencio, a volverla loca a base de preguntarle qué iban a hacer, de decir que sería mejor que regresaran, que no iba a venir nadie a por ellas, que tenían que saber qué había pasado… Y cuando Christine le repetía que debían permanecer allí por lo menos tres días, para esperar a que las avisaran, que era lo que su padre les había ordenado, Adriana refunfuñaba, decía que ya tendría que haber enviado a alguien y acababa por enfadarse y esconderse a solas un rato. Comía lo mínimo y no podía confiar en ella para las guardias, lo que la obligaba a quedarse en vela toda la noche y dormitar a ratos. O bien era incapaz de dormir cuando hacía guardia Christine, y se pasaba todo el rato junto a ella en vez de acostarse, o bien se quedaba dormida en plena guardia.

Pero, en realidad, no podía culparla. La madre de Christine no corría peligro, pero don Gabriel a aquellas horas podría estar muerto o condenado a muerte. Aquella incertidumbre tenía que estar matándola y Christine conocía lo bastante bien a su amiga como para saber que siempre le era muy difícil controlar sus emociones y la forma en que las expresaba.

Como el resto de días, Christine esperaba pacientemente a ver a alguna de las personas que don Gabriel le habría dicho que enviaría si todo salía bien. Lo hacía escondida cerca del camino que unía Imessuzu con Imquopossu, a poco más que un quinto de legua de esta última población. Era una tarea aburrida, pero que le requería bastante atención, porque debía estar prevenida para no dejarse ver si pasaba por el camino alguien sospechoso.

Sin otra cosa que hacer, se puso a recordar cómo habían llegado hasta allí. Corrieron lo más rápido que fueron capaces durante mucho tiempo. Al principio, mientras el bosque fue poco denso, Christine conseguía correr muy rápido; dejaba atrás casi todo el tiempo a Adriana y se tenía que parar de cuando en cuando a esperarla, hasta que volvió a cogerla de la mano para obligarla a correr con mayor rapidez. Le dio algo de pena oírla quejarse de que no podía más, pero a pesar de sus quejas, su amiga se negaba a detenerse.

La situación cambió cuando llegaron a la parte más densa del bosque y, a la vez, más escarpada. Adriana trepaba y saltaba con mucha seguridad, eligiendo siempre el camino más practicable, mientras que ella se tropezaba, se enganchaba con las ramas, y una vez pisó mal por apresurarse y estuvo a punto de torcerse un tobillo, lo que en aquellas circunstancias habría podido ser el fin. Escarmentada, empezó a ir mirando todo el rato donde pisaba, de forma que fue Adriana la que tenía que esperarla, la que le decía por donde era mejor subir y la que le daba la mano para ayudarla.

Christine se angustiaba por lo despacio que avanzaba por aquel terreno, y si no hubiera dado su palabra de estar a su lado, le habría dicho que huyese ella sola. De todos modos, el sol había salido hacía bastante rato cuando repararon en que nadie las seguía. Aunque no se detuvieron, sí que aflojaron bastante el ritmo, hasta que, finalmente, iban caminando más que corriendo. A mediodía se pararon a descansar, con la ropa empapada de sudor y bastante molidas.

Cuando su amiga recuperó un poco el aliento, consiguió emocionarla. Sin dejar que se levantara, fue hacia ella y le dio un abrazo muy fuerte. Con la voz quebrada, le dio las gracias muchas veces, y le repitió otras tantas que qué sería de ella sin una amiga como Christine. Contra el hombro de Christine, sollozó ligeramente, aunque fue capaz de contenerse. Después de aquello, continuaron avanzando y procuraron acercarse a la carretera siempre que el bosque les permitiera hacerlo sin ser vistas. Y desde entonces, Adriana no había vuelto a demostrarle afecto o amistad, ni a ayudarla un poco a sobrellevar aquella situación, con una sola excepción; fue Adriana la que encontró un lugar muy seguro para esconderse.

El mismo día de la huida, cuando estaban cerca del camino, Adriana recordó que alguna vez que había hecho con su padre el trayecto hacia Imquopossu, había visto a lo lejos un grupo de rocas entre los árboles, y condujo a Christine hacia allí. Y ambas convinieron en que era un escondrijo perfecto. Hacía falta trepar un poco para llegar a una pequeña explanada circular protegida por piedras muy grandes, entre las que se podían esconder, lo que las libraba del peligro de que las ratas intentaran atacarlas y, además, impedía que se las viese desde el camino y la propia Imquopossu. Aunque estaba cubierta por la vegetación y las piedras eran irregulares y desgastadas, Christine pensó que eran las ruinas de una especie de torre circular. Se lo preguntó a Adriana, pero repuso escuetamente: “No sé”.

Desde entonces, su amiga se había dejado dominar por el nerviosismo y la angustia de no saber qué había sido de su padre. Estaba malhumorada casi todo el tiempo y pasaba de desahogarse repitiéndole que tenían que hacer algo y no permanecer allí escondidas, a buscarse un rincón, cubrirse con una manta y pasarse horas en silencio, con la mirada perdida y un brillo furioso en la mirada que le daba un aspecto maligno. Muy a su pesar Christine reconoció que, cuando la veía así, sentía un poco de miedo. Aún tenía muy reciente lo que le había hecho a Carlos, y temía que la parte diabólica de Adriana acabara dominándola y terminara convertida en un monstruo. O que le pasara como a su madre y volviera su maldad contra ella misma.Pero a Christine no se le pasó nunca por la cabeza abandonarla, a pesar de todo. Porque tenía momentos en que se angustiaba por la actitud que tenía, y otros en que parecía volver a ser la misma Adriana que siempre había sido su mejor amiga. El peor de aquellos momentos fue cuando, al atardecer del segundo día tras su fuga, una rata solitaria las olió y quiso subir al sitio donde se refugiaban. No le era posible hacerlo, porque no tenía donde agarrarse, pero, aún así, Christine empuñó sus armas. Cuando Adriana la vio, montó en cólera y gritándole unos insultos terribles, y amenazándola de que la iba a matar, como si la rata pudiera entenderla, fue a por su arco, le puso la cuerda y sin dejar de proferir un insulto tras otro, se acercó al máximo, apuntó y disparó. Adriana, para carecer de instrucción militar, era buena arquera, pero, en aquella ocasión, tuvo bastante suerte. Disparó justo cuando la rata daba un salto que la llevó a echarse, por accidente, contra la flecha. El proyectil le entró a la altura del hígado y le salió por los cuartos traseros, y aquella bestia cayó al suelo y se quedó inmóvil, ensartada en la flecha.

Para su amiga no fue suficiente. Tiró el arco, bajó con rapidez, y desoyó a Christine cuando le advirtió de que aquello era una imprudencia, que a lo mejor la rata no había muerto. Adriana empezó a gritarle a la bestia que le devolviera la flecha y la pateó de una forma que le revolvió el estómago a Christine. Al menos, el animal no se movía y aunque no había peligro, por tanto, decidió bajar y calmar a Adriana. Cuando llegó a su lado, su amiga, dándole la espalda, se empeñaba en arrancar la flecha a tirones y, al no conseguirlo, continuar con los insultos y las patadas, fuera de sí.

Como era de esperar, la flecha terminó partiéndose, y Christine aprovechó que se puso de pie de nuevo para asirla con suavidad de los brazos y pedirle que se calmara. Adriana no intentó soltarse, pero siguió dándole patadas a la rata muerta. Hasta que al fin se detuvo, y, en respuesta a una de las peticiones para que se tranquilizara, repuso, con la tristeza de una niña a la que le hubieran quitado un juguete:

—Quería mi flecha.

Se quedó un rato mirando a la rata y se puso a sollozar, con el rostro escondido tras las manos y la cabeza agachada. Christine le dio la vuelta y, con suavidad, le dijo que subiera, que se iba a encargar de llevarse lejos el cadáver y volvía muy rápido. Su amiga le hizo caso, y ella se llevó la rata arrastrándola de la cola, hasta llegar a un terraplén cercano, por el que la tiró. Al regresar, iba preocupada por Adriana. Era muy temperamental, y le había conocido arranques de ira como aquel, aunque nunca la había visto tan enloquecida. Quería creer que jamás habría pateado de esa forma a otra persona. La última vez que la había visto así, tras haber discutido con una chica de Imessuzu con la que llegó a las manos, se había limitado darle un par de guantazos y algún tirón de pelo antes de que Christine pudiera separarlas. Otras chicas más pacíficas, en esa situación, solían dejarle a su rival la cara llena de arañazos, pero pocas se habrían debatido con la fiereza de Adriana, ni habrían gritado tan fuerte. Sin embargo, pensó con aprensión, eso había sido antes de que despertara en ella la parte diabólica que parecía tener.

En cambio, aquel mismo día por la mañana, cuando Christine regresaba de una visita sigilosa a Imquopossu, se la encontró contando dinero. Y lo que vio la dejó estupefacta. Adriana apilaba con cuidado monedas de oro, por el tamaño, nada menos que escudos de a ocho. Le preguntó que de dónde los había sacado y ella repuso que estaban en el fondo del fardo que su padre le había preparado. Pero más se asombró cuando le preguntó:

—¿Y cuánto vale cada una?

—Son escudos de a ocho. Mira, aquí está el ocho, al lado del relieve con el escudo del reino.

Adriana cogió la moneda, la miró de cerca en el sitio donde Christine le había señalado la cifra y dijo, con una sonrisa.

—¡Ah, sí! ¡Podían hacerlos más grandes! No veía el número... Entonces, como en cada montón hay dieciséis monedas...

Hizo alguna cuenta mental, pero se rindió en seguida. Adriana siempre había sido muy torpe para el dinero y para la aritmética. Christine le propuso colocarlas en montones de cinco ya que sería más fácil de contar. Aceptó y se pasaron un buen rato apilando monedas de oro, con la misma actitud por parte de su amiga de quien apila piedrecitas o juguetes. El resultado final fue que Adriana era rica, y llevaba encima una fortuna, algo más de quinientos escudos. Pero lo mejor de todo era que, durante el tiempo en que estuvieron contando monedas, su amiga había vuelto a ser la misma que antes de que su maldición se manifestara.

Y entonces, dejó de recordar los últimos días porque el corazón le dio un vuelco. Había visto pasar por el camino a una mujer rubia y alta y algo le dijo que era su madre. Se acercó con sigilo y, efectivamente, era ella. Christine corrió con todo el sigilo posible para adelantarla, y protegida por unos matorrales, le dijo, alzando la voz lo imprescindible:

—¡Madre!

La aludida se volvió, le dedicó una mirada fugaz y siguió su camino sin inmutarse, de tal forma que Christine llegó a pensar que se había confundido de persona. Por suerte, se equivocaba, ya que la mujer, tras haber avanzado cerca de cien pies, dejó la bolsa que llevaba al hombro al borde del camino, se arregló la ropa, miró con disimulo delante y detrás, y se internó en el bosque.

Cuando la alcanzó, se miraron un rato. Christine, algo indecisa, no sabía si abrazarla o besarla, o dejar que ella lo hiciera. Su madre, simplemente, dijo:

—Leí tu carta.

Había hablado en dowertsch, la lengua del pueblo de sus padres, que su madre usaba con ella en muchas ocasiones, en particular cuando no quería desmoralizar a algún enfermo al que estuvieran tratando. Tras otra pausa, se sentó, gesto que imitó Christine, y añadió, en la misma lengua:

—¿Te encuentras bien?

Christine supo que aquella conversación tendría lugar en dowertsch, así que repuso, usando ya su segunda lengua:

—Sí, madre.

Y con una mezcla de aprensión y esperanza, le preguntó:

—¿Os ha enviado don Gabriel? Dijo que enviaría a alguien a por nosotras.

La leve tristeza que se coló en la mirada de su madre, le indicó a Christine que le había pasado algo al padre de su amiga antes de que le respondiera:

—No. Don Gabriel no está en condiciones de enviar a nadie. No sabía que os escondíais aquí.

Christine, haciendo memoria, se dio cuenta de que no era tan raro ver a su madre allí. Casi todas las semanas iba a Imquopossu para comprar cosas que en Imessuzu no había o no tenían la calidad suficiente. Temiendo oír malas noticias, pero sabedora de que tarde o temprano tendría que conocerlas, le dijo:

—¿Qué ha pasado? Por favor, contádmelo.

18 junio 2011

Mundo de cenizas. Capítulo XXI

El miliciano la atrajo hacia sí y le rodeó los hombros en un gesto protector, del todo casto, mientras le pedía que no se preocupara. La chica repuso acurrucándose ligeramente contra él. A Pablo le bastó un instante para reparar en que entre aquellos dos había una relación, de alguna clase, muy estrecha. No se parecían demasiado, así que no pensaba que fueran hermanos. ¿Quizá primos lejanos? ¿Serían pareja? Pablo se propuso averiguarlo; sobre todo le interesaba descartar que Juan fuera su novio o su prometido. Así que dijo:

—Perdóneme, amiga Raquel. ¿Le podría hacer una pregunta?

La chica, desde el abrazo protector de Juan, le miró con atención, lo que interpretó como un sí.

—Todo eso que sabe de los demonios, los cralates y lo demás, ¿es cierto que lo lee en libros antiguos? ¿Comprende las cosas que dicen esos libros?

—Sí.

—Entonces vuestra merced, además de guapísima, es muy inteligente.

Pablo acompañó el requiebro de una sonrisa y analizó la reacción de sus dos interlocutores, que seguían pegados el uno al otro. Ella se ruborizó ligeramente y repuso:

—¡Oh! Gracias.

Una mujer hecha y derecha que se ponía colorada por un halago sencillo, ¡qué encanto! En cambio, Juan le miró con una expresión entre seria y furiosa que le permitió intuir que al miliciano le gustaba Raquel. Sospechaba que no era correspondido, pero de eso no podía estar seguro. Su intuición y sus sospechas se acrecentaron cuando, en un tono bastante seco, el miliciano le comentó:

—Ha sido un placer, pero debo acompañar a Raquel a su casa, antes de que me ordenen algo y ya no pueda. Adiós.

E hizo ademán de llevársela. Así que el miliciano amaba a Raquel y se había puesto celoso, pensó Pablo. Decidió que no iba a ponérselo tan fácil, porque por mucho que respetara las relaciones consolidadas, estaba convencido de que esta no lo era. Así que dijo:

—Amigo Juan, con todo respeto, ¿es que la disciplina de la milicia de Gaiphosume es así de relajada? Porque si en Itvicape yo abandonara mi puesto para irme a casa con una amiga me caerían unos días de calabozo. ¿Aquí no pasaría lo mismo?

El miliciano no le hizo caso, pero la chica se detuvo y le dijo:

—No Juan, no quiero que tengas problemas por mi culpa. Iré sola, no te preocupes.

A ella le notó algo de miedo en la expresión y Juan mostraba una cólera contenida que le obligó a Pablo a reprimir unas cuantas risotadas. Por supuesto, no iba a consentir que la chica se fuera sola, de hecho, su objetivo era hablar con ella todo lo posible para conocerla mejor, de forma que intervino.

—Espérenme un momento vuestras mercedes.

Y sin el menor titubeo, se fue directamente hacia el oficial que le había inscrito en la milicia de la ciudad y, aprovechando que estaba muy ocupado recibiendo información y dando instrucciones, le dijo, señalando hacia donde estaba Juan:

—Discúlpeme, señor, pero mi amigo Juan y yo llevamos un rato sin saber qué hacer, y creemos que podríamos ayudar en otra parte. Estamos deseosos de colaborar. ¿Nos da su permiso para incorporarnos a la defensa de otro tramo de murallas?

Como Pablo ya sospechaba, el oficial, asediado por la necesidad de organizar a tanta gente, le dio permiso y les ordenó que fueran al lienzo de muralla este, donde hacía poco tiempo se combatía, según sus palabras. Lo hizo sin comprobar nada, sin apenas mirar a Juan y a Raquel, aliviado probablemente por poder librarse de un par de personas más. Volvió con sus nuevos amigos, o lo que se consideraran ellos, y les comunicó la noticia. Fueron con Raquel a que devolviera el arco y la acompañaron ambos a su casa. Recorrieron el camino juntos, y sólo hicieron un alto cuando Pablo tuvo que dejar su equipaje en el barracón que le había asignado la milicia de la ciudad. Llegó a pensar que, al regresar, se encontraría que Juan y Raquel se habrían ido, pero tuvieron la cortesía de esperarle.

Fue un trayecto que a Pablo le resultó agradable. Estuvo dándole conversación a Raquel casi todo el rato, y aunque lo intentó, no logró que Juan abandonara su silencio salvo para responderle con frases breves y secas. La chica le pareció muy simpática y algo inocente, pero lista. Al parecer, leía tratados antiguos de magia porque el tema le gustaba mucho y sabía bastante de eso. Cuando estuvo en su casa se despidió con dos besos, primero de Juan y luego de él.

Afortunadamente, al estar solos, a Juan pareció que se le pasaba el enfado y poco a poco, fue hablándole con mayor normalidad. El resto del tiempo que estuvieron ambos de servicio no fue demasiado emocionante. Iban a incorporarse a su puesto cuando dejaron de sonar las campanas de alarma. Aún así, les ordenaron apostarse en un lienzo de las murallas y disparar a toda rata que vieran. Oscurecía rápidamente y, de todos modos, no vieron demasiadas. Sólo dispararon un par de veces. O sería mejor decir que lo intentaron; Juan debía de andar muy distraído porque la primera vez que pasó una manada de ratas por su sección de muralla, su compañero asió mal el arco y no pudo disparar, mientras que él casi ensarta a una de aquellas bestias repulsivas. El segundo tiro de su compañero también fue malo, pero el suyo fue excelente, y consiguió acabar con una rata que parecía estar buscando un hueco para entrar en la ciudad.

Pero la inactividad le hizo daño. No podía evitar pensar en Mercedes. Era consciente de que se engañaba a sí mismo si pensaba que olvidarse de ella no le iba a doler. Aquel miliciano serio, que iba siendo más cordial lentamente no era, en realidad, la compañía que habría deseado, pero en aquella ciudad no conocía a nadie. Así que cuando terminó su turno, Pablo se las arregló para irse con él y, no con poco esfuerzo, consiguió convencer a Juan para irse a una taberna, a base de rogarle diciéndole que tras haber estado a punto de morir en la caravana necesitaba tomarse un trago.

Juan acabó por rendirse y fueron a un local que él mismo sugirió. Se sentaron en una mesa pequeña y pidieron una primera jarra de vino, que sólo costaba cuatro maravedís y una blanca y estaba delicioso. Aunque Juan pagó la primera, fue Pablo quien se bebió casi todo el vino. La segunda corrió de su cuenta. Con el alcohol empezando a subírsele a la cabeza, logró que Juan pagara una tercera, luego pagó él otra más. Cuando, trabándosele la lengua, pidió la quinta y se sirvió a sí mismo otra copa, Pablo ya estaba bastante borracho, mientras que Juan, que se había reprimido más y había comido algo, seguía sobrio.

De pronto, vio unas mesas más allá, a tres milicianos que iban acompañados de una chica morena. No se parecía en nada a Mercedes, pero tuvo la desgracia de recordársela, y entre la alegría que le proporcionaba el alcohol, se coló el recuerdo de la chica con la que nunca iba a tener nada. Y se entristeció mucho, tanto que se le humedecieron los ojos. Y tratando de espantar aquella amargura, dijo, en un tono más alto del que habría deseado y con bastantes dificultades para articular las palabras, porque tenía la lengua como dormida:

—Amigo Juan… ¿quiere que le dé un consejo?

Repentinamente mareado apoyó los codos en la mesa, cogió su copa con cierta dificultad, bebió un trago largo, y sin fijarse en si Juan había respondido, dijo:

—Aléjese de todas las mujeres. Las mujeres son una mierda.

Juan le sorprendió replicando con vehemencia:

—Eso es mentira. Las mujeres son lo más maravilloso de la Creación.

Pablo no pudo contenerse. Riéndose, se echó hacia atrás, con la fortuna de que la pared le detuviera, tomó otro sorbo, del que derramó parte porque no podía dejar de reír, y señalando a Juan le dijo:

—¡Ay! ¡Qué chiste más bueno! ¿No se sabe más como ese?

Y tras hipar, añadió

—Amigo Juan, ¿no conoce la famosa seguidilla?— Y esbozando una sonrisa estúpida de borracho, se dejó caer nuevamente sobre los codos, se sirvió una copa más, y declamó, con la lengua pastosa—: Las mujeres y las flores son parecidas. Mucha gala a los ojos, y al tacto… ¡espina!

Y, sin ningún motivo, empezó a reírse a carcajadas, agachando tanto la cabeza que la dejó reposando sobre el antebrazo que apoyaba en la mesa. La respuesta de Juan no se hizo esperar:

—Amigo Pablo, es gente como vuestra merced, tan poco considerada y delicada con las mujeres quien las vuelve antipáticas. ¿Qué piensa que le van a devolver si lo único que busca de ellas es llevarlas a su lecho? Trátelas con respeto, como si fueran mujeres y no trozos de carne, y verá cómo todo cambia.

La risa de Pablo, en esta ocasión, sonó más amarga. Echado sobre la mesa, acercó su rostro al de Juan, y le replicó:

—Ay, amigo mío, tiene tanto que aprender… A ellas les gusta tanto yacer con hombres como a nosotros con ellas. Lo que pasa es que tienen que hacerse las puras y las santas y la madre que las parió… A mí me dan ya asco… Todas tienen algo, o están enamoradas de otro, o se van a casar con un puto viejo de los cojones, o esta noche no sólo para dejarte con las ganas… Pero…— y la emprendió a puñetazos con la mesa, que entrecortaron sus palabras— to… das se mue…ren por fornicar… con un hom… bre con un par de…

Juan detuvo los puñetazos agarrándole la mano cerrada y repuso:

—Estese quieto. Y no es cierto, no son todas así. Lo que pasa es que hay chicas decentes y otras que no lo son tanto.

Pablo no pudo contener la risa de nuevo, pero esta vez su risa sonó más a bufidos que a otra cosa, por el intento que hizo por acallarla. Apuró el último trago de su copa y se la llenó de nuevo, lo que le resultaba cada vez más difícil, mientras Juan le miraba con un semblante serio que le daba más ganas de reír. Con la lengua muy pastosa, repuso:

—Ay, amigo Juan, no es cosa de decencia… Es que… para todo existe su momento. A veces hay que ser delicado… y a veces bruto… Y no digo que haya que pegarles… ¡no, no!..., eso es despreciable… Digo que…

Se interrumpió porque aún le cabía algo más de vino. Dio un sorbo largo y dificultoso ya que la copa bailaba de un lado a otro y prosiguió:

—Por ejemplo, su… amiga Raquel. Seguro que… suspira por encontrar un hombre que le dé un buen… eh… un buen beso… si es que no tiene ya a… a uno así, que siempre pasa l…

Juan le interrumpió un poco irritado:

—Vuestra merced no conoce a Raquel de nada. No tiene derecho a hablar de ella de esa forma.

Algo le decía que se estaba metiendo en un terreno peligroso, pero el alcohol nublaba su juicio y, tras beberse otro sorbo, se llevó el índice a los labios, como ordenando silencio o, al menos, intentó hacer el gesto y añadió:

—No se enfade… amigo Juan. Es que… todas son iguales… Créame… Verá… a vuestra merced… le gusta Raquel, ¿verdad?

La expresión de furia que vio en Juan le dio ganas de reír, pero consiguió contenerla hinchando los carrillos e hipando. Aceptando su silencio como un sí, sonrió estúpidamente y dijo:

—En su lugar, yo… me citaba con ella… y, entonces… le plantaba un buen beso en la boca… A lo mejor os da… un bofetón, pero… ¿y si le gusta?

Su interlocutor mantuvo su silencio tenso un rato, durante el que Pablo apuró su copa. Iba a llenarla de nuevo cuando Juan le detuvo agarrándole la muñeca:

—No tiene ni idea de nada, ni idea… Deje de decir idioteces. ¡Y por el amor de Jutar! ¡No siga bebiendo que se va a morir!

Pablo forcejeó inútilmente y protestó:

—¡Pues yo tengo sed!

—De acuerdo, pues quédese aquí bebiendo. Yo me marcho.

Juan se levantó, a lo que Pablo respondió irguiéndose en su asiento y diciendo con rapidez:

—No… Los que beben solos son… los borrachos. ¡Me he juntado con… el aguafiestas del pueblo! Yo me voy… también.

E hizo ademán de levantarse. Sin embargo, cuando estuvo de pie todo le dio vueltas. Se apoyó en la mesa pero el cuerpo se le fue hacia un lado, y optó por volver a sentarse. Se recostó de cualquier forma en la pared y repuso:

—Eh… Amigo Juan, creo que me… quedo. El suelo está un poco… irregular y puedo caerme… y…

Juan miró sorprendido el suelo un momento y de pronto, empezó a reírse, y entre carcajadas, dijo:

—¿Irregular? Es la primera vez que oigo esa excusa—. Y cuando dejó de reírse, propuso—: ¿dónde se aloja esta noche? Le acompaño si lo desea.

—Duermo en… en el barracón que hay… en… la plaza de Nêmehe.

Su interlocutor repuso con un escueto “lo sospechaba”, dejó unas monedas en la mesa y, tras ponerse a su lado le dijo:

—Vamos. Levántese y apóyese en mí. No dejaré que se caiga.

Pablo mintió por puro orgullo:

—Vale. Pero que conste que… no lo necesito… pero no rechazo una… oferta tan amable.

Y salieron de la taberna bien agarrados. En realidad, al poco rato los pasos de Pablo ya eran más firmes, pero como no se fiaba de su equilibrio continuó apoyado en Juan. Y se llevó la grata sorpresa de que no era tan estirado y antipático como parecía. Pablo tuvo la ocurrencia de amenizar el recorrido empezando a cantar algunas canciones cómicas que conocía. Algunas eran ligeramente obscenas. El caso fue que Juan, o bien terminaba por reírse, o, en ocasiones se ponía a cantar a coro algunas estrofas.

No supo bien como, acabaron llegando a los barracones, momento en el que Juan pudo convencerle de que guardara silencio. No sabía exactamente con quien había hablado su compañero de juerga para que les dejaran pasar, el caso es que, dentro del edificio, Pablo se estuvo callado.

Juan le dejó tumbarse sobre una de las camas, y Pablo se quedó tendido y casi inmóvil, dominado por un sopor irresistible. Oyó decirle a Juan, en un susurro:

—Le quitaré las botas, pero no me pida que le desnude.

A lo que repuso, en un tono de voz más alto que el susurro de su compañero, y con la lengua trabada completamente:

—No, a mí sólo me desnudan las mujeres.

Al fin, Juan se despidió y le dejó en aquel gran recinto, donde se oía únicamente el roncar de algún que otro miliciano. Le estaba venciendo su sopor cuando recordó sin querer la noche que había bailado con Mercedes, y el momento en el que la besó. Después de lo mal que lo habían pasado aquella tarde, esos instantes felices le parecieron como un sueño. Y se desesperó. ¿Dónde iba a encontrar a una chica como Mercedes, bella, simpática y que le hacía caso? Ya tenía 22 años y se sentía tan lejos de encontrar a alguien con quien compartir su vida como cuando era niño. Y lo peor era que la decisión de no seguir, por muy razonable que fuese, la había tenido que tomar él, aunque deseara lo contrario. Por un momento, albergó la idea de no rendirse, de continuar conquistándola, de perseguirla. Pero sólo iba a conseguir crearle un problema serio a Mercedes y otro más serio a él.

Se le llegaron a humedecer los ojos y, con torpeza, se los secó con una manga. Sin embargo, no eran más que lágrimas de borracho. Por fortuna, el sueño le venció un minuto después.

12 junio 2011

Mundo de cenizas. Capítulo XX

Cuando Pablo oyó la última puntualización de aquel oficial que gritaba tanto, se maldijo a sí mismo por no haber ocultado su condición de miliciano. De lo que él tenía ganas era de irse con Mercedes, a descansar un poco, pero parecía que no se lo iban a permitir. Así que concluyó la charla que había mantenido con su compañera de viaje diciéndole:

—Bueno, entonces, nuestros caminos se separan aquí.

La chica le miró extrañada y apenada y dijo:

—¿No vais a continuar el viaje?

—Por supuesto que sí, pero no sé que quieren de mí. Igual han muerto muchos milicianos y necesitan que me quede aquí unos días.

En realidad, Pablo estaba considerando la posibilidad de quedarse unos días sirviendo en la ciudad. No era de esperar un nuevo ataque después de aquella barbaridad que habían vivido, así que se podría ganar unos cuantos maravedís sin mucho esfuerzo. Mercedes le miró unos instantes, con expresión triste, y se abrazó a él. A Pablo también le daba algo de pena despedirse, pero quizá fuera mejor así, ya que no iba a intentar nada con una mujer prometida con alguien importante. De todas formas, le dijo:

—Tampoco tiene por qué ser esta la última vez que nos veamos. Podríamos coincidir todavía por aquí, o salir en la misma caravana...

Ella no dijo nada hasta que se soltaron. Y, simplemente, comentó:

—Debería irme ya.

Y fue a por sus cosas. Estuvo arreglando sus fardos, con cierta lentitud, como si remoloneara. Y cuando Pablo estaba haciendo lo propio, Mercedes volvió a acercársele, le puso una mano en su antebrazo y le dijo:

—Mi prometido es don Carlos Javier de la Ensenada—. Y algo azorada añadió—: en Nêmehe os será fácil averiguar su dirección. No os pido que me visitéis pero, ¿me escribiréis al menos?

Pablo se quedó un tanto asombrado. El prometido de Mercedes era un maestre de campo muy conocido en el reino, que había demostrado su gran valía en diferentes combates. Pero por lo que él sabía, ya era muy mayor. No era, para nada, adecuado para Mercedes, aunque eso se lo calló. Fingió al decir:

—Sí, os escribiré en cuanto pueda.

Mercedes sonrió con tristeza, y Pablo no pudo averiguar si se había creído que iba a escribirle, o si su expresión le estaba indicando que sabía que nunca iba a recibir misiva alguna. Tras un escueto adiós, se marchó en dirección a la zona donde reunían a los civiles. Él la estuvo mirando un rato y, aunque no quisiera reconocerlo, le dolió mucho la idea de que no iba a volver a verla. Que fuera lo mejor para los dos no lo hacía más fácil. Finalmente, se volvió y se acercó a donde estaba el oficial.

Lo que le oyó decir se lo esperaba y deseaba. Les ofrecieron a los milicianos que habían visto interrumpido su viaje servir en Gaiphosume durante tres o cuatro días, los que tardarían en organizar otra caravana hacia Nêmehe. Les ofrecieron veintisiete maravedís y una blanca por cada día, aparte de comida y alojamiento. Parecía una buena oferta. Esa cantidad era un real menos seis maravedís y medio por día. Si multiplicaba por treinta ambos números, le salían 30 reales menos 195 maravedís, que eran casi seis reales, con lo que la suma total rondaría los 24 reales. Eso suponía casi el doble de lo que él cobraba en Itvicape, poco más de 13 reales cada mes. Aún así, desconfiado por naturaleza, miró hacia atrás y vio al miliciano de antes, distraído mirando a una torre, y avanzando dos pasos, le dijo sin alzar mucho la voz:

—¡Eh! Vuestra merced, permítame una pregunta.

Su interlocutor le miró con cierta extrañeza, pero cortésmente, repuso:

—Pregunte vuestra merced lo que desee.

—¿Qué sueldo tienen por aquí los milicianos sin rango?

—Seis ducados al mes.

—¿Y cuánto cobra realmente al mes?— Como el joven pareció dudar, Pablo insistió—: Se lo ruego, es importante que lo sepa.

—Trece reales y ocho maravedís.

Pablo, sonriente, le dio las gracias y de inmediato, volvió con el oficial. Paga doble; con el dinero que ganase allí se pagaba la mitad del resto del viaje. Y habiendo muerto tantas ratas, se limitaría a cubrir los puestos de los heridos. Un trabajo fácil y cómodo, de los que a él le gustaban.

Los trámites fueron breves. Alguien hizo sacar un documento en el que Pablo y los otros dos milicianos que habían aceptado las condiciones, estamparon su firma. Tras haber firmado, les pidieron que se quedaran allí unos instantes, que les dirían en breve adonde tendrían que ir. Pablo se dispuso a dar paseos por la pequeña plaza que dejaba un espacio libre cerca de la puerta de las murallas cuando observó que el miliciano con el que había hablado antes se había alejado y conversaba con una chica alta, vestida de cocinera, que portaba un arco. Se acercó un poco y la examinó a conciencia. Tenía una melena oscura muy cuidada y muy bonita, pero de cara no era muy guapa. Le fallaba algo la nariz y no le gustaban sus sonrisas, que le parecían exageradas. Pero el corpiño se le ajustaba al talle destacando una figura muy elegante y atractiva, y la falda que le caía pegada a una de sus caderas y le revelaba la línea de un muslo, prometía unas piernas largas y de piel suave. Así que dado que ya había hecho amistad, o algo así, con el miliciano aquel, no dudó en aproximarse a los dos e inmiscuirse en su conversación.

Se puso al lado de ambos, mirando sonriente a la chica. Ella dejó de hablar y le devolvió una mirada que mezclaba extrañeza y curiosidad. Al haberse aproximado, comprobó que era igual de alta que él y le pareció más atractiva, aunque sólo de cuello para abajo. Le gustaban las mujeres altas, quizá porque él, para ser hombre, era ligeramente bajito. Sin embargo, se dirigió al muchacho:

—Vuestra merced ha sido muy amable respondiendo a mis preguntas, pero no he tenido la cortesía de decirle mi nombre. Me llamo Pablo.

Y le tendió la mano. El miliciano se la estrechó y repuso:

—Yo soy Juan. Encantado.

Sin esperar a que Juan le presentase a la chica, le dio dos besos y le preguntó su nombre. Se llamaba Raquel. Tras ello, dijo, dirigiéndose a Juan:

—Bien. No conozco a nadie en esta ciudad, y como me ha parecido vuestra merced muy amable, querría tener el honor de servir a su lado, si no tiene inconveniente.

—Inconveniente no tengo, pero eso es cosa de los mandos.

—Descuide vuestra merced. Eso corre de mi cuenta—. Y tras haber esbozado una sonrisa pícara, prosiguió diciendo—: ¿son frecuentes ataques tan violentos por aquí? Porque la caravana ha quedado en poder de esos bichos.

La chica no dijo nada; se limitó a mirar a Juan, que respondió:

—En realidad no. Ha habido ataques peores, pero es la primera vez en un par de años que vemos algo así. Incluso hay gente que asegura que esto es un ataque preparado.

Pablo, que seguía teniendo fresco el recuerdo de aquellas cosas de ojos rojos pero que no deseaba que se rieran de él, dijo en un tono que pretendía ser divertido:

—¿Preparado? ¿Por quién? ¿Es que hay gente capaz de domesticar ratas asesinas de más de veinte libras?

El miliciano repuso con tranquilidad:

—No lo sé. Sólo le cuento a vuestra merced lo que he oído por ahí.

Entonces, la chica dijo, con cierta timidez:

—No, personas no, pero... Hay leyendas que dicen que cuando los demonios crearon a las ratas gigantes no se pararon ahí, y crearon a otros muchos monstruos.

Raquel se calló unos instantes y Pablo, que no estaba en aquel momento para oír relatos fantásticos, dijo:

—Perdóneme vuestra merced, pero no creo en las leyendas. No tiene sentido que los demonios cruzaran la línea de Torres para crear monstruos, cuando les sería más sencillo cruzarla para atacarnos directamente. Además, eso es algo que no pueden hacer, ¿no está de acuerdo?

La chica parecía algo molesta cuando repuso:

—Los demonios no pueden cruzar la línea de Torres, pero nosotros y los animales salvajes sí podemos hacerlo. Hace varios siglos, los demonios se dedicaron a capturar animales que se aventuraban en su territorio y usaron su magia maligna para transformarlos. Al principio, les bastaba con hacerlos más grandes y agresivos, pero fueron mejorando su técnica y crearon monstruos mucho más peligrosos—. Resopló enojada, lo que le hizo gracia a Pablo, y añadió—: hay unos seres, que se denominaron en una lengua antigua cralates, o reyes de las ratas, que pueden controlar manadas enteras gracias a poderes mágicos innatos que poseen.

Aquel nombre le sonaba de algo, así que dijo:

—No se enoje vuestra merced. Dígame, ¿qué aspecto tienen esos cralates?

La chica repuso con gesto serio, pero en un tono de voz mucho más neutro:

—Mi libro no los describe bien. Sólo habla de que son capaces de controlar manadas enteras de ratas mediante magia demoníaca, y que son muy inteligentes y bastante peligrosos. Caminan erguidos, como las personas, tienen brazos largos terminados en garras y llegan a medir cinco codos, pero no hay ningún grabado de ellos.

A Pablo se le aceleró el pulso. Coincidía con las cosas que había entrevisto, y aunque no estuvo, por fortuna, lo bastante cerca como juzgar correctamente su altura, más de siete pies le parecía razonable en función de lo observado. De pronto, el miliciano le sorprendió completamente al decir:

—¿Coincide esa descripción con lo que vio durante el ataque a la caravana?

Pablo le miró fijamente unos instantes y se encontró con una expresión fría. Juan parecía ser más listo de lo que aparentaba, y no supo exactamente qué le traicionó, si su forma de hablar o que dejó traslucir en su expresión, mientras miraba a la muchacha tras haberle descrito a aquellos seres, el temor momentáneo que sintió. Fue consciente de que ya le habían cazado, así que no tenía motivos para seguir aparentando y, además, necesitaba compartir aquello con alguien. En el tono más conciliador que pudo, sin mirar directamente a ninguno de los dos, dijo:

—Está bien... Tienen razón vuestras mercedes. Lamento mucho haber desconfiado tanto, pero es que no me creo aún lo que vi, y temía que me tomaran por un loco o un histérico. Respondiendo a su pregunta, amigo Juan, sí, son muy parecidos. Aunque hay dos detalles más: tenían por ojos dos luceros rojos muy brillantes, y cuando me miraron sentí miedo aunque estaban muy lejos de mí.

Alzó la vista para mirar a Juan, que le miraba inexpresivo, pero fue la muchacha quien le dijo, preocupada:

—¡Oh, cielos! Entonces ha visto cralates de verdad… El brillo rojo en los ojos y el inspirar miedo son consecuencias de usar la magia maligna.

Pablo la notó asustada, y vio que se acercaba al miliciano, como si buscara su apoyo, y le dijo con aprensión:

—Juan... ¿qué va a pasar? ¿Podríamos resistir un ataque así?