23 febrero 2019

#OrigiReto2019 Las olas de su alma

Este es el relato de febrero de 2019 para el OrigiReto 2019. Las normas de este reto se pueden consultar en las bitácoras de las organizadoras:

http://plumakatty.blogspot.com/2018/12/origireto-creativo-edicion-2019.html

o en

http://nosoyadictaaloslibros.blogspot.com/2018/12/reto-de-escritura-2019-origireto.html

Este relato tiene 1989 palabras según https://www.contarcaracteres.com/ (dos son astericos para separar escenas). Los objetos ocultos que incluye son estatua de piedra y pluma.

Cumple el objetivo 17. Haz un fanfic. He elegido la novela Lo que el bosque esconde de Gema Bonnín. Podéis leerla sin miedo a los destripes o "spoilers" ya que lo que cuento de la novela se dice en la contraportada o en las primeras páginas del primer capítulo. Este fanfic sucede unos cuatro años antes de que arranque la novela.

También incluye una pequeña referencia a Platero y yo.

Si os gusta la fantasía, os recomiendo mucho Lo que el bosque esconde, así como las demás novelas de la autora.


LAS OLAS DE SU ALMA


Slenyar se detuvo; lo percibía de nuevo. Oía el sonido de las olas al romper en la playa, algo imposible en la plaza de Quaret en un día de mercado. Miró a su alrededor, tratando de distinguir quién podría ser. Se dirigió hacia la estatua de piedra que había en el centro de la plaza, dedicada a un héroe de Rodian que no le interesaba. Habría trepado para examinar mejor la plaza, pero le pareció imprudente e inútil.

Como tantas veces, el rumor de las olas se fue apagando. Quizá proviniera de uno de los tres pescadores que bajaban hacia el puerto. O del individuo bien vestido que entraba en la taberna. O de la adolescente que llevaba una cesta con frutas. No podía saberlo: para identificar al mago necesitaba estar más cerca, para que se activaran el olfato y la vista.

Slenyar decidió seguir a los pescadores. Quaret era un pueblo pesquero muy pequeño, de casas blancas con tejados grises. La Calle Esmeralda, que bajaba hacia el puerto, iba adquiriendo pendiente hasta terminar en unas escaleras que, los días de lluvia, se volvían resbaladizas. Las puertas de las viviendas eran todas iguales, pintadas del mismo tono de verde, al igual que la pareja de ventanas que todas tenían en la planta alta.

Aunque se lo esperaba, le frustró rebasar a los pescadores, que lo saludaron con alegría, y confirmar que ninguno era el mago. A riesgo de tropezar, se desahogó corriendo escaleras abajo, hasta llegar a la explanada en forma de triángulo que servía de puerto. La cruzó y anduvo hasta el extremo del muelle de madera donde fondeaban los pesqueros más grandes, respondiendo a los saludos de los marineros que descargaban sus capturas.

—Slenyar —le dijo Cravaud cuando pasó junto a él—, mi hija se dejó abierta la ventana hace dos noches, cuando el vendaval, y está medio rota. ¿Cuándo puedes pasarte?

—¿Mañana por la mañana?

Cravaud asintió y continuó recogiendo una red. Slenyar llegó al borde del muelle, se sentó con las piernas colgando y se dejó seducir por el paisaje. El mar estaba tranquilo y lo surcaban cinco pesqueros que regresaban al puerto. Las velas contrastaban con el azul del cielo y del mar. Miró a su espalda y vio las casas de Quaret, edificadas en las laderas de dos colinas que daban al mar. Algo más allá estaban los cultivos y varias granjas aisladas. 

Slenyar se sentía muy solo. Aunque su magia era difícil de detectar, ya que su único poder era percibir a otros magos, los métodos de los inquisidores eran lo bastante precisos como para desenmascararle. Era un fugitivo que había abandonado demasiadas ciudades y a demasiados seres queridos. Si había otro mago en Quaret, debía saber quién era: quizá desconociera su condición. Aunque deseaba que fuera consciente de ser hechicero y llegaran a hacerse amigos. 

*

Transcurrieron diez días sin que volviera a percibir al mago. El vendaval que rompió la ventana de Cravaud le procuró varias chapuzas gracias a las que podría comer durante un mes. El problema fue que resultó ser un aviso del temporal que había obligado a amarrar la flota durante dos días.

Slenyar se alegró de estar en casa con la chimenea encendida. Tras una mañana de tregua, volvió a llover con fuerza. Oyó el chaparrón un instante y mojó la pluma de oca en la tinta. Llevaba tiempo sin escribirle a su madre y había aprovechado los ingresos inesperados para hacerse con algo de papel. Empezó a redactar con más cuidado, ya que le faltaba un tercio de la hoja y aún tenía cosas que contarle.

De pronto, oyó el rumor de olas que rompían en la playa. La fuente del sonido permaneció inmóvil y provenía de cerca de la puerta principal. Tan rápido se dirigió hacia allí que no se acordó de calzarse. Y pegada a la pared de su casa, intentando darse calor a sí misma y protegida de la lluvia por el leve saliente de la primera planta, estaba Neriabeth. Aquella chica de apenas catorce años nunca había despertado su percepción, pero el olor que empezó a captar, el aroma de un prado lleno de flores, lo confirmaba. La única explicación era que sus poderes estuvieran comenzando a manifestarse en las últimas semanas. La joven lo miró con timidez.

—Pasa —dijo Slenyar—. Tengo la chimenea encendida.

—No deseo molestaros.

—No es molestia. Será peor si enfermas.

Neriabeth aceptó. Su anfitrión cerró la puerta y la invitó a quitarse la capa y sentarse junto al fuego. La muchacha dejó la capa sobre el respaldo de una silla y se sentó en un taburete junto a la chimenea. Slenyar se hizo con una trébede, que colocó en la hoguera, y puso encima una olla. Luego ocupó una silla, al lado de su invitada.

—Te va a encantar el caldo —dijo Slenyar.

—No os molestéis. Cuando deje de llover me marcharé. Solo necesito un poco de calor.

—Mi caldo te quitará el frío mejor que diez hogueras.

Neriabeth sonrió y su anfitrión le devolvió el gesto. Cada mago estimulaba los sentidos de Slenyar de maneras únicas. Neriabeth sonaba a un océano que enviaba olas a una playa desierta, olía a un prado lleno de flores y resplandecía como el sol en un cielo sin nubes. Con la excusa de que el fuego lo adormilaba, cerró los ojos y se concentró.

Se vio en un prado, en lo alto de un acantilado. Lo rodeaban cientos de flores de todos los tamaños y colores, y había árboles aislados. Se oía el rumor de las olas al romper decenas de metros más abajo. Slenyar se sentía maravillado: Neriabeth debía de tener un potencial enorme si conseguía provocarle una visión tan realista. 

Miró a su alrededor y no tardó en ver aquello que esperaba. Una mariposa blanca se le acercaba revoloteando por encima de las flores. Describió una semicircunferencia irregular a su alrededor, sin ponerse nunca a su alcance. Slenyar se consideraba uno de los magos más desafortunados de Rodian. Como todos los hechiceros, era un proscrito que vivía con la amenaza constante de acabar en la hoguera, pero apenas tenía poderes. Su única habilidad era percibir la magia en los demás y conectar con el alma de los hechiceros. Aquella mariposa era el alma de Neriabeth.

—No te haré daño —dijo estirando un brazo—, ni entraré en tu mente sin tu permiso. Acércate.
Slenyar sabía que la muchacha ignoraba que estaban sondeándole la mente; solo su alma intuía algo extraño. La mariposa revoloteó y se le posó en los dedos.

—Si me dejaras, podría enseñarte tanto… Te enseñaría qué poderes tienes y como usarlos, de dónde vienen y cuáles son sus límites. ¿Con el tiempo me darás permiso?

El alma de la muchacha no podía responderle. Aún no. Alzó el vuelo, lo rodeó varias veces y se alejó hacia el mar. Slenyar abrió los ojos y volvió a hallarse en su casa, junto al fuego. Advirtió que Neriabeth lo miraba con el ceño un poco fruncido.

—No dormí bien anoche —mintió Slenyar—. ¿Estaba roncando?

—No. Solo sonreíais.

—¡El caldo! —respondió y evitó dar explicaciones sacando la olla con un par de pinzas.

Mientras se lo tomaban, Slenyar le dio algo de conversación a Neriabeth hasta que un rayo de sol entró por una ventana. Acompañó a la puerta a su invitada, envuelto por el aroma tan delicado de su magia, y oyó el rumor de las olas hasta que la distancia lo acalló.

*

Slenyar llevaba un mes sintiéndose muy feliz. Ahora había otra persona en Quaret que compartía su don. Con el tiempo, podría confesarle que él también era un mago y podría ser él mismo delante de otra persona sin sentir miedo ni rechazo. Siendo un hombre que se acercaba a los cuarenta años, le sería difícil ganarse la confianza de una adolescente, y temía que corrieran rumores maliciosos. Pero conseguía intercambiar unas frases con ella cuando se la encontraba en un día de mercado. Quizá necesitara esperar un año entero, pero acabaría revelándole que era una maga y cómo lo había sabido.

Había acudido a la plaza de Quaret aquella mañana con la esperanza de verla. Le sorprendió ver a mucha gente congregada en el centro, oír que alguien suplicaba y que había varios soldados. Le preocupó que uno le tirara del brazo y lo obligara a unirse al grupo. Sintió pánico al ver a un grupo de inquisidores y al pobre Meskanis arrodillado en el suelo, pidiendo clemencia, jurando que no era un mago. Había visto aquello otras veces: una rencilla, alguna deuda y a alguien se le ocurría acusar en falso a un infeliz.

—El péndulo no miente —dijo el inquisidor de ropajes más vistosos.

Miró a ambos lados, sintió el impulso de retroceder, pero supo que era inútil. Solo por la expresión de intranquilidad que mostraba, ya había recibido un par de miradas recelosas. Los inquisidores tenían herramientas para detectar la magia, muchas de ellas inútiles. Los péndulos no lo eran. Gracias al silencio que acababa de invadir la plaza, empezó a oír el rumor de las olas y supo que el péndulo reaccionaba a la magia de Neriabeth y a la suya.

Slenyar no era un héroe, ni nunca quiso serlo. Sin embargo, ya estaba muerto, y cuando alguien está muerto, no necesita valor para hacer lo que debe. Suplicó al destino que aquellos fanáticos se creyeran lo que iba a decirles y se acercó al inquisidor mientras lo apuntaba con un dedo.

—Has caído en mi trampa, inquisidor. Yo soy el mago, y vas a morir.

A un par de metros de distancia, el aludido palideció y el péndulo pareció volverse loco. Se oyeron varios gritos y Altisidora se desmayó, aunque la sujetaron a tiempo. Slenyar empezó a estrangular al inquisidor, mientras se reía en falso. Pronto sucedió lo que esperaba: lo agarraron de los brazos, lo golpearon con fuerza y acabó arrodillado, con una espada al cuello y paralizado por el dolor. El inquisidor recogió el péndulo y lo sostuvo frente a él. El instrumento se movía en todas direcciones.

—Señores, por favor —dijo Neriabeth—, conozco a este hombre y no es un mago. Está muy solo y se ha trastornado. El regidor de Quaret se ocupará.

Slenyar se angustió al oírla interceder por él. No podía consentirlo: aquellos fanáticos serían capaces de encarcelarla solo por eso y descubrirían que era una maga.

—¿Qué sabrás tú, aldeana estúpida? —gritó sintiendo que cada sílaba le dolía—. Solo quería aprovecharme de ti, por eso era tan amable.

La manera en que se le partió el corazón al percibir el desconcierto de Neriabeth le dolió mucho más que el puñetazo que le dieron y que le hizo escupir sangre.

—¡Ah!, criatura maligna —dijo el inquisidor—, querías corromper a esa pobre joven. Arrepiéntete.

—Si me sueltan, te corromperé a ti también. O puede que no, que a lo mejor te gusta.

El siguiente golpe dio con él en el suelo. Miró un instante a la gente que los rodeaba. Muchos habían sido sus amigos, había bebido con ellos, lo habían invitado a fiestas y bodas. Y, tras solo un instante, se había convertido en un monstruo para todos. Cuando llevas toda la vida ocultándote, pensó Slenyar, cuando todo el mundo te considera un monstruo por una habilidad que nunca pediste, terminan convirtiéndote en el mismo monstruo que jamás quisiste ser. Quizá por eso había resultado tan convincente en su papel de mago diabólico.

—Te lo ruego, muchacha —dijo el inquisidor—, vuelve a tu casa para que este monstruo no siga envenenando tu inocencia.

Fue su único momento de felicidad. Deseó que aquello sirviera de algo y que Neriabeth tuviese una vida larga y feliz. Le duró muy poco: en su casa estaba, sin leer, la última carta de su madre. Ojalá hubiera tenido la oportunidad de despedirse. 

Le abrieron paso a Neriabeth y el rumor de las olas se fue apagando hasta desaparecer.

31 enero 2019

#OrigiReto2019 Otra nueva vida

Este es el microrrelato de enero de 2019 para el OrigiReto 2019. Las normas de este reto se pueden consultar en las bitácoras de las organizadoras:

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http://nosoyadictaaloslibros.blogspot.com/2018/12/reto-de-escritura-2019-origireto.html

Este microrrelato tiene 980 caracteres según https://www.contarcaracteres.com/ (dos son astericos para separar escenas) y, para evitar destripes, diré al final qué objetivo cumple. El objeto oculto es un cheque sin fondos, y está enlazado con el relato de enero de Katty.

Aquí está la pegatina.





OTRA NUEVA VIDA

Aquel Apocalipsis había sido horrible para Rosa, como para todos los supervivientes. Pero para ella, además, había supuesto aprender que era capaz de hacer cosas que jamás hubiera creído. Antes de aquello era una mujer de la limpieza. Durante su nueva vida de ir de un sitio a otro, siempre a escondidas, colaborando con otros supervivientes, había ayudado en seis partos, había abierto la cabeza a cuarenta y dos zombies, había hecho infinidad de guardias…

Y todo para acabar rodeada en la habitación de una casa, sola, por una turba de zombies. Había atrancado la puerta, apilado muebles, pero los zombies estaban a punto de entrar. Necesitaba un arma. Revolvió todos los cajones. Lo único que encontró fue un cheque, y como los bancos ya no funcionaban, era un puñetero cheque sin fondos.

Tres zombies irrumpieron en la habitación. Rosa arrugó el cheque y se lo tiró. Le dio en el ojo a un zombie gordo y calvo, el primero que la mordió y le abrió la puerta a otra nueva vida.

* * * * * 

El objetivo es: 2. Crea un relato en el que aparezcan zombis.

#OrigiReto2019 ¿Donde estás, señora mía?

Este es el relato de enero de 2019 para el OrigiReto 2019. Las normas de este reto se pueden consultar en las bitácoras de las organizadoras:

http://plumakatty.blogspot.com/2018/12/origireto-creativo-edicion-2019.html

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http://nosoyadictaaloslibros.blogspot.com/2018/12/reto-de-escritura-2019-origireto.html

Este relato tiene 2001 palabras según https://www.contarcaracteres.com/ (dos son astericos para separar escenas) y, para evitar destripes, diré al final qué objetivo cumple. Los objetos ocultos que incluye son llave y daga de cristal.

Está basado en este pasaje de El Quijote.


Nunca se me olvidará ese toque de guitarra ni las frases de don Quijote:

 —¿Donde estás, señora mía, que no te duele mi mal? O no lo sabes, señora, o eres falsa y desleal.

Aquí el relato:


¿DÓNDE ESTÁS, SEÑORA MÍA?

La habitación donde Ágata llevaba cuatro años recluida era muy bonita. Tenía tres ventanales que mostraban un prado bendecido por una primavera eterna. De vez en cuando, se acercaban a las ventanas mariposas, pajarillos o conejitos. No le faltaba de nada y si pedía algún capricho, como frutas del lejano sur o un montón de novelas, lo tenía poco tiempo después. Pero aquella no era vida para una semidiosa.

Estaba leyendo una aventura en el que dos guerreros y una princesa, que guardaba un oscuro secreto, recorrían un reino fantástico. Ágata visualizaba aquellos paisajes con nostalgia. Se imaginaba las praderas y las gargantas que describía el escritor parecidas a aquellas que recorrió hacía años, cuando aún no se había firmado el tratado de paz.

Notó que le habían dejado algo en el buzón, así que cerró el libro. El buzón solo podía abrirse si su parte exterior estaba cerrada, por seguridad. Ágata cumplía el tratado y no había intentado fugarse nunca, pero las autoridades vivían preocupadas por la idea de que ella, o cualquiera del resto de semidioses prisioneros, decidieran cambiar de opinión.

Una consecuencia negativa de su encierro era que se sentía algo torpe. Nunca había sido delgada, y jamás le había preocupado estar gorda, pero había ganado algo de peso por culpa de la inactividad.
Y toda su apatía despareció al ver lo que había recibido. Eran dos rosas rojas, una ofrenda. Las tomó con cuidado de no pincharse y las puso en un jarrón que mantenía siempre lleno de agua. Cuando Ágata era libre, recibía ofrendas todas las semanas, pero el culto a los semidioses se había restringido como parte de los acuerdos de paz. Solo unos pocos humanos conservaban la costumbre de enviar regalos a los semidioses a quienes más querían. Y Ágata tenía la suerte de que alguien seguía acordándose de ella.

Contempló las rosas con adoración un buen rato. ¿Quién las habría enviado? Quizá se tratara de una joven de la nobleza. Habría sido muy bonito ser libre, pensaba Ágata, y poder visitarla. Le encantaría que la muchacha la invitara a recorrer su palacio y a pasear a caballo por sus tierras, que imaginaba llenas de vegetación y de vida. O quizá era un caballero que luchaba contra el mal. Un hombre apuesto al que temían los constructos y que vigilaba las fronteras con afán.

La prisión nublaba su percepción. Sabía si su adorador se sentía alegre o triste, pero muy poco más. Cuando dejó de contemplar las flores y volvió a su lectura, no pudo evitar que la tristeza la invadiese. ¿Cuánto tiempo tendría que seguir encerrada?

*

Una semana después, la despertó una pesadilla. Había soñado que su adorador iba a afrontar un destino terrible. Mientras jadeaba, sentada en la cama, pensó que había experimentado sensaciones demasiado intensas para un simple sueño. Se levantó y cogió el cofre donde guardaba los pocos objetos mágicos que le habían permitido conservar. Se colocó en el cabello la diadema que le permitía profundizar en los secretos del espacio y el tiempo y se sentó en el sillón donde acostumbraba a leer.

Y tras una larga meditación, le corrieron lágrimas por las mejillas. Seguía sin saber quién era su admirador, pero se convenció de que iba a morir dentro de un par de días, quizá un poco antes. Era su única compañía; el destino no podía ser tan cruel.

Tras guardar la diadema, pasó casi una hora decidiendo qué hacer. Ágata se había comprometido, como el resto de semidioses, a vivir confinada a cambio de que la Alianza de Repúblicas de los constructos renunciara a su expansionismo. Si escapaba, les daría la excusa para iniciar una nueva guerra que podría durar décadas y causar cientos de miles de muertos, y tendrían que volver a semanas de negociaciones aburridísimas para evitarla. Si no escapaba, esa persona que aún seguía contando con ella moriría creyendo que a Ágata no le importaba su suerte.

Al fin, se decidió: iba a escapar, pero solo estaría fuera el tiempo suficiente para salvar a su admirador. Tras cumplir su cometido, regresaría a su prisión y aceptaría el castigo que decidieran imponerle. El problema era cómo salir de allí.

Se pasó una hora entera examinando la habitación. A pesar de lo confortable y bonita que era, no dejaba de ser una prisión destinada a recluir a seres poderosos. Ni aquellas paredes, ni las puertas ni las ventanas cederían a un ataque mágico. Ágata recordaba que para liberar sus poderes en su plenitud necesitaba algo, un objeto que había olvidado. Ese objeto estaba allí, porque si la hubieran separado de él, su subconsciente la habría empujado a reunirse con él.

Y al abrir el penúltimo cajón de su tocador, uno de los más pequeños, se encontró varios peines y una llave de metal. La cogió y la observó, sorprendida de que con lo bien ordenado que estaba su tocador, aquello estuviera allí. Reflexionando, se dio cuenta de que solo podía ser un recordatorio para sí misma. Intuyó que parte de las medidas de seguridad que la retenían allí consistían en haberle nublado recuerdos.

Buscó algo que esa llave pudiera abrir muchas horas, tantas que, agotada, decidió irse a dormir. Al día siguiente, escondido en un arcón lleno de túnicas, encontró un cofre. Lo puso sobre una mesa y se alegró al comprobar que aquella llave lo abría.

En su interior, bien protegida por telas, había una daga de cristal preciosa. Cuando la sujetó para verla mejor, fueron apareciendo imágenes en su interior y un tiempo después, como si hubiera activado un resorte oculto de su mente, recordó buena parte de sus habilidades.

La siguiente fase de la fuga fue más compleja y agotadora. La daga de cristal era su catalizador. Todos los semidioses tenían uno que, en la práctica, era una extensión de su alma. Ágata se pasó el día entero, salvo en los breves descansos que se concedió para comer y asearse, analizando las paredes de su prisión. Casi había perdido la esperanza cuando descubrió que las protecciones de su celda tenían una grieta un metro a la derecha de la puerta. Ampliarla para poder salir fue un trabajo lento, que le robó media noche de sueño, ya que si imprimía demasiada fuerza, podrían descubrirla.

Suspiró y abandonó su prisión, confiando en haber regresado antes de que la echaran de menos.

*

Don Rodrigo dejó la flor en la capilla diminuta, que se alzaba en una pradera.

—Señora mía, hoy solo puedo ofrecerte un clavel. Tendré algo mejor la próxima vez.

La buena educación exigía que se arrodillara, pero las grebas modificadas de su pierna derecha, su pierna deforme, no se lo permitían, así que con cierto esfuerzo, ayudándose de su lanza, se sentó. Si Ágata estuviera allí, le habría dado permiso para seguir en pie con aquella sonrisa que seguía recordando a pesar de los años. Se entristeció al pensar en tantas veces como le había pedido que regresara, sin que la semidiosa hubiera enviado señal alguna. Las cosas estaban muy mal, necesitaban su ayuda.

Se levantó, se subió al caballo y avanzó despacio hacia Carabast, el pueblo en el que pensaba almorzar. El primer cuarto de hora de camino fue agradable. El sol empezaba a calentar el aire de la noche, que se había convertido en una simple brisa, y apenas había nubes. Pero aquello duró poco. Ya se veían las casas de Carabast cuando se cruzó con dos jinetes con las insignias de la milicia republicana. Galopaban despavoridos y le gritaron que huyera. Don Rodrigo se ajustó la sobreveste ajada, que aún lucía la insignia de la caballería de la República Humana, embrazó el escudo, agarró la lanza y se encaminó al pueblo.

Lo que se encontró allí  fue peor de lo que esperaba. Halló varios cadáveres en la calle principal y, en la plaza, se encontró a dos constructos de talla humana reuniendo a los ciudadanos. Posiblemente hubiera más, pero solo podía ver la mitad de la plaza. Bajó la visera del yelmo y se preparó. En inferioridad numérica, tenía que arriesgarse y librarse de, al menos, un enemigo antes de que lo vieran. Quizá hubiera sido más prudente huir, pero se sentía incapaz de desamparar a aquellos desdichados.

—Ágata, dame fuerzas —murmuró antes de cargar.

El constructo se volvió al percibir el sonido del galope del caballo. Alzó la lanza para defenderse, pero don Rodrigo lo alanceó. Se le quebró el arma, aunque el enemigo se desplomó. Desenvainó y se lanzó contra el segundo oponente.

Y el dolor que le provocaron los rayos que lo envolvieron a él y al caballo le arrancaron un grito. Su armadura le protegía de aquella arma de los hechiceros enemigos, pero su caballo estaba indefenso. Cayeron ambos y se le saltaron las lágrimas al ver a su fiel montura muerta, humeando. La parte modificada de la armadura, la que le permitía cojear a pesar de su pierna deforme, se había roto. Aun así, usó la espada como bastón, avanzó unos pasos hacia el enemigo y se vino abajo. Había tres constructos más de tamaño normal y uno que mediría tres metros.

Desafió a los enemigos, pero los pequeños se hicieron a un lado. El grande le asestó un golpe terrible con una maza, que lo lanzó contra una pared, herido de muerte. Contempló impotente como los constructos dividían en grupos a los ciudadanos. Acabarían como esclavos o sirvientes, en las minas, como galeotes... Don Rodrigo sintió un nudo en la garganta.

—¿Dónde estás, señora mía? —murmuró—. ¿No oyes las súplicas de tu pueblo? ¿Las oyes, pero no te importan? Ojalá pudiera verte una última vez.

Don Rodrigo sufría con cada respiración. El alma se le rompía al ver como trataban a aquellos desdichados sin que él pudiera defenderlos. Y, de pronto, abrió mucho los ojos, incapaz de creérselo. Ágata había aparecido y caminaba hacia los constructos.

—¿Qué estáis haciendo? —dijo la semidiosa—. ¡Estáis violando los tratados!

El constructo más grande avanzó unos pasos hacia ella y ambos se detuvieron.

—¿Qué broma es esta? —dijo el constructo—. Primero nos ataca un caballero tullido y luego aparece una gorda a hablar de Derecho. Por favor, no me hagas enfadar y ve con ese grupo de mujeres de allí.

Ágata no se movió. Sostuvo una daga de cristal frente al rostro y cerró los ojos. Cuando los abrió, su silueta era una sombra oscura, en la que brillaban un par de ojos verdes. La sombra empezó a crecer y cobró la forma de un águila negra gigantesca con las alas extendidas y la mirada brillante. Los constructos pequeños huyeron. El grande le lanzó un rayo que envolvió la cabeza del ave sin causar ningún daño. El águila abrió el pico y don Rodrigo sintió un golpe suave que provenía del suelo. Ágata recobró su forma original. Los constructos no eran sino montones de chatarra recorridos por rayos débiles que se iban apagando.

La semidiosa se le acercó, se acuclilló junto a él y le levantó con cuidado la visera del yelmo.

—Don Rodrigo —dijo Ágata—, eras tú el que me enviaba flores.

—Señora mía, me haces muy feliz. No creí que me recordaras.

—Claro que te recuerdo —respondió la  semidiosa, con los ojos arrasados—. No soy como Amalia; soy una guerrera, no puedo salvarte.

—Lo sé, pero has acudido. Tantas veces te supliqué que regresaras… ¿por qué no viniste?

—Porque no sabía que me necesitabas. Mi prisión no me permitía ni siquiera saber quién eras. Solo me llegaban las flores. Así se estableció en el tratado de paz.

—Pues os engañaron, señora. La Alianza retiró a los constructos gigantes, pero no ha parado de atacar. El ejército de la República ya no existe. Tenéis que volver.

—Lo haremos, te lo prometo.

Don Rodrigo sonrió y se quedó mirando a Ágata. No había mujer en el mundo que pudiera comparársele. Admiró la belleza de su rostro redondo, la forma de las mejillas y la profundidad de sus ojos hasta que la vida se le apagó, sin una sola queja.

 

* * * * *

El objetivo era:  5. Escribe sobre una fuga

24 enero 2019

Arrancando 2019 en la bitácora

Con casi tres semanas de retraso, aprovecho para estrenar el año en esta vieja bitácora (en junio de 2019 cumplirá 13 años). Va a ser una entrada muy breve, porque no tengo tiempo de escribir.

En este 2019, vuelvo a participar en el OrigiReto, en su edición de 2019. Nuevas reglas, nuevos desafíos y una nueva forma de contabilizar todos los puntos. Tengo aún que aprenderme las nuevas normas, pero aún me quedan 7 dias de enero para hacerlo.

Para ver las normas del OrigiReto en la presente edición, podéis visitar estas dos entradas:

https://nosoyadictaaloslibros.blogspot.com/2019/01/relato-origireto2019-el-primer.html

http://plumakatty.blogspot.com/2018/12/origireto-creativo-edicion-2019.html

Nada más. Nos leemos.

30 diciembre 2018

#OrigiReto2018 El final del viaje

Relato para el Reto de escritura de #OrigiReto2018 - Ejercicio: 6- Inventa un relato descriptivo que haga que los personajes o la escena en sí, sean algo completamente diferente a lo que parece.

Bases en:
http://nosoyadictaaloslibros.blogspot.com.es/2017/12/reto-de-escritura-2018-origireto.html
o en
http://plumakatty.blogspot.com.es/2017/12/origireto-creativo-2018-juguemos.html

Con 1034 palabras, publico el último relato del OrigiReto2018. Es continuación directa del primer relato de diciembre. Me he divertido mucho con este reto y me da pena que acabe, aunque me alegre haber conseguido terminarlo, aunque sea a un día del final del plazo.

Aquí está la pegatina de diciembre



A continuación, la pegatina con los puntos extra.



Y aquí la plantilla en la que he anotado los géneros de los relatos.



Por último, aquí tenéis el último relato de mi participación en el OrigiReto 2018:


EL FINAL DEL VIAJE


Tenía el privilegio de recorrer el Sistema Solar a bordo de la nave más avanzada jamás concebida. Y esa nave, La Nubera, no solo era la más veloz de todas, además, era encantadora y muy sabia. La primera etapa del viaje, la Luna, duró cinco días, uno de viaje y cuatro de sobrevuelo. La Nubera me enseñó los lugares más señalados: los cráteres más espectaculares, algunas montañas y los restos que había dejado la humanidad: el punto del primer alunizaje y las ruinas de la primera base lunar, abandonada en 2055, hacía ya 52 años.

Luego, me llevó a Marte en el tiempo, asombrosamente corto, de cuatro meses. De allí, La Nubera me enseñó los restos de los distintos rovers que habían explorado el planeta hasta el fin de las misiones espaciales científicas, hacia 2050. Me impresionó el Olimpus Mons, la gigantesca montaña de más de 20 kilómetros de altura y también observé embelesado las gargantas rocosas de aquel mundo.

La Nubera me explicó que había usado Marte para llegar a Júpiter muy rápido. Si no se hubiera tratado de ella, no la habría creído cuando me dijo que en un año estaríamos allí. Con la amabilidad que la caracterizaba, me explicó cómo lo había logrado a base de cambiar de órbita en torno a Marte. Tenía muy oxidadas las ecuaciones sobre órbitas de naves espaciales, pero La Nubera tuvo la cortesía de explicarme sus cálculos. Me impresionó la complejidad de sus métodos y me apenó ser consciente de que todas aquellas capacidades se perderían. Mi viaje era uno sin retorno. De todos modos, ninguna operadora terrestre tenía el menor interés en construir nuevas naves. Si habían construido La Nubera fue porque yo la pagué y yo me empeñé. La tecnología espacial humana seguía por debajo de las capacidades de finales del siglo XX.

—No te desanimes —me dijo La Nubera cuando le expresé aquellas ideas—. Mis planos se han quedado en la Tierra. Si otro soñador como tú quiere realizar el mismo viaje, tendrá parte del camino hecho.

—El problema es que la gente se ha olvidado de soñar con la ciencia y con el espacio.

—Son los ciclos de la historia. Tarde o temprano, volverán a surgir soñadores.

Pasamos un par de años magníficos explorando Júpiter y Saturno. Ansiaba llegar a Urano y a Neptuno, pero mi salud empezó a deteriorarse. Cuando La Nubera salió disparada hacia Urano, sentí que estaba en las últimas, supe que no iba a llegar con vida al tercer planeta gaseoso. La Nubera trataba de consolarme, pero la notaba muy triste.

Y dos meses después de haber abandonado Saturno, La Nubera hizo sonar la alarma.

—Algo muy grande se acerca, Julián.

—¿Un asteroide?

—No. Sigue una órbita optimizada. Además, capto transmisiones. Es una nave espacial, mucho más avanzada que yo.

—Eso es imposible —dije.

La Nubera tenía razón. Una nave espacial enorme viajaba hacia nosotros. La inteligencia artificial hizo cientos de cálculos, pero ninguno de ellos nos daba oportunidades de escapar de aquel ingenio que solo podía ser extraterrestre.

La nave alienígena necesitó solo una semana para alcanzarnos. Fue un espectáculo tan aterrador como emocionante ver aquella nave descoumunal abría un agujero en el casco y nos engullía. La Nubera y yo lo habíamos debatido mucho. Concluimos que la nave no tenía intenciones hostiles, puesto que le habría sido muy fácil lanzarnos algún tipo de proyectil que nos habría despedazado. Nos querían vivos y, quizá, se iba a cumplir un anhelo en el que no había pensado por lo improbable que era: contactar con una civilización alienígena.

Cuando el agujero se cerró, La Nubera quedó envuelta en una oscuridad absoluta. Y me invadió el pánico: mi nave se quedó muerta, sin electricidad, sin responder a los controles y, lo peor, sin que la inteligencia artificial pronunciara una sola palabra. Lo pasé muy mal durante largos minutos, hasta que algo abrió la cápsula, una cosa que se suponía imposible sin romper la nave, y me sacaron.

Me vi frente a dos alienígenas, aunque estos estuvieran escondidos tras un par de máquinas que iluminaban el área con una luz amarillenta tenue. Se trataba de dos cilindros metálicos de los que brotaban tentáculos de una superficie lisa. Varios tentáculos me sujetaron y los que eran innecesarios se encogieron hasta desaparecer. Sabía que eran máquinas tripuladas porque la superficie tenía una única abertura transparente por la que se asomaba un ojo de color amarillo.

Trabajaron un rato y me rodearon con una especie de carcasa. Luego, me hicieron atravesar una membrana que separaba el aire de un líquido. Y descubrí, maravillado, que podía caminar y que había allí tres alienígenas. Tenían la piel amarilla, medían el doble que yo, tenían cuerpos cilíndricos y flexibles y poseían doce tentáculos cada uno. Los cuatro superiores terminaban en ojos amarillos.

A base de toques suaves, me condujeron por varios pasillos llenos de un fluido que les permitía a los extraterrestres bucear además de caminar. Me maravillaron las pinceladas de su arquitectura y tecnología y deseé poder comunicarme con ellos.

Me hicieron entrar en un recinto. Me quedé atónito al ver que en la estancia había una mujer de unos cuarenta años, que me sonreía.

—Julián, soy yo, soy La Nubera. Mi parte física se ha roto y estos alienígenas me han sacado del ordenador y me han hecho humana. ¿Te gusta mi aspecto?

—Eres muy guapa —respondí, algo sorprendido porque La Nubera no solía hablarme de esa forma.

—Ven, voy a presentarte al capitán. Seré tu intérprete. Estoy cumpliendo tu último sueño, Julián. Los Xhwfenne tienen una civilización fascinante.

La conversación con el capitán fue maravillosa, pero algo no terminaba de funcionar bien. Una lágrima corrió por la mejilla de La Nubera y lo supe.

—Este es el final del viaje —dije.

Y me vi de nuevo en mi nave. La unidad médica luchaba desesperada por hacer que mi corazón volviera a latir. Pero sería inútil: mi viejo cuerpo ya no aguantaba más. La Nubera también lo sabía y quiso darme un último regalo. Ya no podía hablar, pero la inteligencia artificial lo leyó gracias a la interfaz sináptica.

—Explora los planetas que restan, aunque yo ya no pueda verlo. Sé muy feliz.

29 diciembre 2018

#OrigiReto2018 Mi último sueño

Relato para el Reto de escritura de #OrigiReto2018 - Ejercicio: 01 - Escribe de manera realista como actuaría tu personaje principal para conseguir lo que más desea si fuera millonario.

Bases en:
http://nosoyadictaaloslibros.blogspot.com.es/2017/12/reto-de-escritura-2018-origireto.html
o en
http://plumakatty.blogspot.com.es/2017/12/origireto-creativo-2018-juguemos.html

Este penúltimo relato del OrigiReto tiene 1034 palabras. El siguiente será una continuación de este. Ya me queda muy poco. Solo un relato y habré terminado el reto.


MI ÚLTIMO SUEÑO

No me podía creer que estaba a punto de cumplir mi mayor sueño, el que nació cuando tenía nueve años, mientras leía un libro sobre el Universo en una cama de hospital. Recuerdo aquel libro antiguo, que aún guardo en una vitrina. Era uno de esos libros hechos de papel, con imágenes llenas de colores. Aquellos en los que había que pasar páginas y tenían un tacto suave.

El libro empezaba hablando de la Tierra, continuaba explicando cómo se veían desde nuestro planeta otros mundos, las órbitas aparentes del Sol, la Luna y los planetas. Luego recorría todo el Sistema Solar. El viaje concluía con un paseo por el espacio profundo: la Vía Láctea, los cúmulos globulares y, al fin, fotos espectaculares de otras galaxias. Y, entonces, llegué a la parte en que se hablaba de la historia de la astronáutica. De como, en 1957, la URSS lanzó el primer satélite artificial, de como esta y los EE.UU. compitieron hasta que los segundos llegaron a la Luna en 1969 en un cohete enorme.

La lectura de aquel libro determinó mi futuro: me doctoré en astrofísica. Lo que en realidad quería era ser astronauta, pero siempre fue un sueño imposible. El descrédito de la ciencia entre los años 2030 y 2060 selló mi destino. Por el auge de los movimientos antivacunas volvieron muchas enfermedades. Contraje la poliomelitis a los nueve años y, desde entonces, he vivido en una silla de ruedas. A pesar de todo, siempre me he considerado afortunado: muchos de mis amigos murieron a causa del sarampión, la difteria o la tuberculosis. Yo solo perdí el uso de las piernas.

En las décadas oscuras, solo los ricos tenían el lujo de poder hacer algo más que malvivir, pero un golpe de suerte me sacó de la miseria: gané más de doscientos millones de euros en la lotería europea y supe crear un grupo empresarial que me hizo aún más rico. Y eso es lo que me permitió alcanzar mi último sueño.

Al fin, dos enfermeros me condujeron a mi limusina medicalizada e inicié mi viaje al aeropuerto. Mi último sueño era algo muy difícil de lograr, algo que ha consumido más de la mitad de mi fortuna, aunque siento que ha merecido la pena.

Desde que la poliomelitis me negó el poder caminar, he ansiado con viajar por el espacio. Soñaba con llevar una armadura robótica que me permitiera deambular por la Luna o por Marte. Quería orbitar Júpiter y ver el movimiento de sus nubes desde mi nave espacial. Quería explorar Saturno, sus lunas y sus anillos, arrancar los secretos que aún esconden Urano y Neptuno. Y pasear por Plutón. No conseguiré hacer nada de eso, pero voy a quedarme muy cerca.

Durante las décadas oscuras, llegué a pensar que mi sueño era un imposible. Las agencias espaciales norteamericana y rusa, que ya estaban en franca decadencia, quedaron reducidas a operadores espaciales de segunda, capaces únicamente de lanzamientos sencillos de satélites artificiales para mantener vivos Internet y los sistemas de navegación. Las agencias china e india, que obtuvieron éxitos notorios, decayeron también. La ESA, que siempre estuvo a la sombra de otras agencias, desapareció. El acceso al espacio estaba en manos de empresas privadas.

Cuando me volví millonario, llegué a un acuerdo muy particular con la única operadora espacial que existía en España, una empresa fundada a inicios del siglo XXI en Elche que había logrado sobrevivir a la decadencia científica y tecnológica de una Europa desgarrada por la desunión y el fascismo. Tenían que construirme una nave capaz de llevar a un ser humano a recorrer el Sistema Solar. Fue muy costoso, tanto en dinero como en años de trabajo. Llegué a temerme que moriría antes de ver a La Nubera alzar el vuelo.

Un enfermero abrió la puerta de la limusina y me sacó de mis recuerdos.

—Sujétese a mí —me dijo.

Me devolvieron a mi silla de ruedas y tras dos horas de espera, subí al avión que iba a llevarme a las Islas Canarias, desde donde iba a lanzarse La Nubera con su único tripulante. Disfruté del paisaje que se veía a través de la ventana del avión, aunque esas visiones maravillosas no iban a ser nada comparadas con lo que iba a experimentar a bordo de La Nubera.

Estaba tan nervioso, tan emocionado por el viaje que estaba a punto de emprender que me mantuve despierto todo el vuelo, a pesar de que mi salud deteriorada me provocaba sopor en los momentos más inoportunos. Por ello, La Nubera era una nave automatizada, regida por una inteligencia artificial con la que llevaba varios años hablando. Los ingenieros que habían creado la nave, creían que La Nubera se refería al vehículo. Para mí, ese era el nombre de la inteligencia artificial.

El corazón se me empezó a acelerar cuando tomamos tierra y me bajaron del avión. Nos llevaría una hora y unos minutos llegar al centro de lanzamiento. La emoción que sentía me alteró tanto que la unidad médica me inyectó un tranquilizante suave. No pensé que el destino fuera tan cruel como para provocarme un infarto cuando me faltaba tan poco para cumplir mi sueño.

Cuando una colina quedó atrás, contemplé la visión más maravillosa que había percibido nunca. En mitad de una gran llanura, había un cohete enorme, el mayor que había construido la Humanidad hasta entonces. El inmenso vehículo estaba soportado y protegido por una estructura de varas metálicas. La Nubera estaba en la punta del cohete y aunque medía cerca de cincuenta metros de largo, combustible casi todo, parecía muy pequeña al compararse con el resto de la nave.

A partir de ahí, todo fue muy rápido. Me subieron a La Nubera en un ascensor que había en una de las estructuras de soporte y me colocaron en la cápsula, que haría las veces de control parcial de la nave y unidad médica. Era muy pequeña: no iba a necesitar moverme.

—Llevo años soñando con este momento —dijo La Nubera, con una voz que me pareció aún más cálida y hermosa que aquella que oía a través de los altavoces de mi ordenador.

—Yo también. Y me alegro mucho de poder compartir este sueño contigo.