29 septiembre 2018

#OrigiReto2018 Mi gran odisea

Relato para el Reto de escritura de #OrigiReto2018 - Ejercicio: 14- Narra algo cotidiano como una hazaña épica o un acto criminal.

Bases en:
http://nosoyadictaaloslibros.blogspot.com.es/2017/12/reto-de-escritura-2018-origireto.html
o en
http://plumakatty.blogspot.com.es/2017/12/origireto-creativo-2018-juguemos.html

Son, según mis cuentas, 1037 palabras. Creo que el acto cotidiano que se convierte en una odisea está muy claro.


MI GRAN ODISEA


Había pasado una tarde inolvidable en aquella taberna, rodeado de amigos y bien atendido por las chicas que servían las mesas. Inundaron la mesa de cervezas, licores y algo de comer. Todo estaba delicioso y disfruté de las risas de mis compañeros de fiesta.

Pero algo empezó a ir mal. Comencé a sentirme cansado y aquel agotamiento que me adormilaba, no me permitió darme cuenta de cómo iba cambiando lo que tenía alrededor. Los sonidos se amortiguaron, las luces fueron volviéndose un poco más débiles. Y mis amigos me traicionaron. Se fueron marchando uno a uno y me quedé solo en aquella taberna, cada vez menos concurrida.

Ya no venía nadie a la mesa y lo único que rompía la quietud del recinto eran individuos que, de vez en cuando, pasaban cerca de mí. La sensación de que las cosas no iban bien se intensificó cuando intenté incorporarme y me sentí mareado. Di un par de pasos y todo me dio vueltas. Me sentí estúpido. Se estaban dando muchos casos de asaltos a turistas en la zona, y no había tenido cuidado. Llevaba un par de años viviendo en Chesterfield, una pequeña ciudad del estado norteamericano de Misuri donde casi todo el mundo era blanco, de manera que yo, a causa de mis rasgos árabes, parecía un turista o un inmigrante. Era la víctima perfecta para los desalmados que se dedicaban a echar drogas en las bebidas de los turistas.

Me costaba mucho caminar, pero me esforcé en avanzar lo más derecho posible, para fingir que no estaba afectado por lo que me hubieran echado en las copas. Creo que lo logré, aunque dar cada paso me suponía un esfuerzo enorme. Tenía que encontrar los lavabos del local, no solo por las ganas de orinar que tenía, sino para intentar forzar el vómito. En el penoso camino estuve pensando en quién podría haber sido. Las camareras, no. Recordé una chica rubia, muy guapa, que quiso invitarme a un acto religioso que tendría lugar en un día y un lugar que no recordaba. Entonces no me di cuenta; en aquel instante recordé que interpuso los folletos entre mi vaso y yo, y que me había abordado cuando ya estaba solo. Seguro que me estaría esperando en la puerta, con dos compinches, para asaltarme. Pero no se lo iba a poner fácil.

Me tropecé con una superficie de madera, que mi cerebro confundido tardó en reconocer como la barra del local. Alguien se me acercó.

—¿Dónde están… los… servicios? —dije con dificultad.

Avancé con muchos problemas hacia donde me había indicado y sentí cómo las drogas iban nublándome poco a poco la vista y la coordinación. Me costó mucho trabajo llegar al lavabo y me temo que, al principio, apunté mal y mojé el suelo, pero logré salir de allí haberme manchado. No conseguí vomitar aunque, al menos, me enjuagué la cara y me sentí un poco mejor. Gracias a aquello, recuperé parte de la lucidez y encontré la solución a mi problema.

Procurando mantener un paso lo más firme posible, regresé a la barra y trepé a lo alto de uno de los taburetes. Estuve a punto de caerme un par de veces, pero logré quedar sentado y apoyar los brazos en la barra. Cuando el camarero se me acercó, le pedí agua. Miré a ambos lados y, con cuidado y discreción, me saqué el móvil del bolsillo delantero de la camisa. Para impedir que los asaltantes que me estarían vigilando pudieran oírlo, en vez de llamar a Paula, lo que hice fue mandarle un mensaje por el móvil.

Fue una proeza conseguir escribirle un texto comprensible debido a la torpeza que me dominaba las manos y los dedos. Le pedí que viniera a recogerme, que dejara el coche muy cerca de la puerta, que inspeccionara los alrededores y que, cuando no hubiera nadie sospechoso en las inmediaciones, me diera una llamada perdida. Entonces, saldría de la taberna lo más rápido que pudiera, nos subiríamos en el coche y correríamos al hospital para que me quitaran toda la droga que me estaba envenenando.

Pasaron cinco largo minutos hasta que Paula respondió con un escueto “Ok”. El camarero me dijo si quería alguna otra cosa, que estaban a punto de cerrar. Pero su expresión me puso en guardia. Lo más probable era que el joven estuviera compinchado con los delincuentes y que intentara forzarme a salir y dejarme a merced de los asaltantes. Me habría bebido una cerveza, pero me daba miedo que el alcohol pudiera potenciar los efectos de la droga.

—Quiero… un… refresco —dije con la lengua trabada a causa de la sustancia que me tenía así.

El camarero puso mala cara, pero me sirvió el refresco. Me lo bebí lo más despacio que pude.

—¿Quiere que llame a alguien? —propuso de pronto el camarero.

—Ya… ya me he… ocupado —respondí intentando sonreír para hacerle creer que no estaba bajo los efectos de la droga.

Fueron diez minutos muy tensos. Había agarrado bien la botella vacía del refresco: si el camarero intentaba echarme de allí, le abriría la cabeza. Por suerte, no intentó nada y, al fin, noté la vibración del móvil. Ya le había pagado el refresco, así que empecé a bajarme del taburete. Fue difícil. Me falló una pierna, pero logré agarrarme a la barra y no caer. Si hubiera acabado en el suelo, no estaba seguro de haber podido levantarme.

Inicié el camino hacia la puerta atravesando un local que no paraba de dar vueltas. El suelo se movía bajo los pies y me obligaba a dar tumbos. Fue una proeza salir del local sin caerme un par de veces. Abrir la puerta de la taberna me dejó casi sin fuerzas y quedé apoyado en la pared, muy mareado. Por suerte, Paula vino hacia mí.

—Llévame al… hospital —le dije al límite de mis fuerzas—. Una ladrona me… me ha drogado.

—¿Esta vez te han drogado? Hoy no han sido los alienígenas, ¿no? —respondió Paula y me olió el aliento—. Lo que estás es borracho como una cuba. ¡Otra vez! Me tienes harta, ¿me oyes? ¡Harta!

Paula me condujo hacia el coche, me puso el cinturón del asiento del copiloto y arrancó.

2 comentarios:

Esther Evans dijo...

Pobre señor, tiene algunos problemas xD. Menos mal que tenía una persona de confianza para ayudarle a finalizar su Odisea particular.

Un relato muy ameno, Juan. Hasta otra.

Stiby dijo...

Juan xD La verdad que sabiendo el objetivo me estaba imaginando que el hombre "solo" estaba borracho. Aún así, me ha gustado el relato, como dice Esther va fluido y se lee muy bien. Si acaso te diría que tiene algunas repeticiones como taberna/recinto/local. No se hace tan necesario referirse a ello, se sobreentiende.

Voy a por el siguiente.