26 junio 2019

#OrigiReto2019 Una pradera infinita

Este es el relato de junio de 2019 para el OrigiReto 2019. Las normas de este reto se pueden consultar en las bitácoras de las organizadoras:

http://plumakatty.blogspot.com/2018/12/origireto-creativo-edicion-2019.html

o en

http://nosoyadictaaloslibros.blogspot.com/2018/12/reto-de-escritura-2019-origireto.html

Este relato tiene 1887 palabras según https://www.contarcaracteres.com/ (dos son astericos para separar escenas: la cuenta que da la web son 1889 con esos astericos) y, para evitar destripes, diré al final qué objetivo cumple. Los objetos ocultos que incluye son plaga de babosas y ángel. Espero que os guste.


UNA PRADERA INFINITA

Ares se pasaba toda la semana esperando a que llegara el domingo. Y cuando ese domingo amanecía soleado y fresco, se empezaba a alegrar desde el momento en que se levantaba. El motivo era que si aquel día amanecía con buen tiempo, se pasaría toda la mañana con su familia, paseando por el campo.

Desayunaron todos juntos, en el salón. Aunque su familia estuviera compuesta solo de humanos, Ares los quería lo mismo que a aquella perrita tan guapa de la que anduvo enamorado hacía un año. Le tenía un cariño particular a Mateo, el niño de cuatro años del matrimonio, a pesar de que le daba muchos sobresaltos y quebraderos de cabeza. No se podía creer que un humano con esa edad fuera tan torpe e inconsciente. La semana pasada, cuando la plaga de babosas estaba en su peor momento, durante el paseo de aquel domingo, Ares tuvo que quitarle cinco veces de las manos alguna de aquellas babosas repulsivas. Sus padres tuvieron que hacer lo mismo en varias ocasiones. El niño no tenía conciencia del peligro: no se le ocurría que existen babosas que secretan veneno.

Ares se subió a una silla y se puso a contemplar la pequeña pradera por la que estaban a punto de pasear. Movió el rabo y ladró un par de veces, impaciente por iniciar el recorrido. A Ares le gustaba aquella pradera, aunque le parecía muy pequeña. Apenas a un kilómetro había una valla que la limitaba, debido a que pasaba por allí una carretera. Soñaba con pasear por praderas mucho más grandes, de esas a las que no se les veía el final y en las que no había vallas que le impidieran caminar por donde deseara.

Por fin, le pusieron la correa y salieron a dar su paseo. Ares disfrutó de los primeros momentos con despreocupación. Hizo sus necesidades y correteó un buen rato. Luego, saludo a un par de perros amigos que paseaban por la zona con sus familias humanas. Pronto, empezó a vigilar al niño de su familia. Ares no había visto ninguna babosa, pero cuando lo vio sentarse frente a un matorral e intentar coger algo que había dentro, corrió hacia él. Por suerte, se trataba de un caracol, que se puso en la palma de la mano. Aprovechó para lamerle un par de veces la cara, lo que le provocó varias risotadas.

El padre le quitó el caracol al niño, lo hizo que se levantara, y siguieron paseando. Ares se sentía más tranquilo cuando los humanos adultos estaban cerca del pequeño, porque eran más grandes y fuertes que él, pero no estaba dispuesto a consentir que nada le hiciera daño.

Tras otro cuarto de hora de paseo, Ares percibió un olor extraño. Era de un animal muy diferente a otro perro o un gato. Los dos adultos de la familia se habían sentado, pero Ares gozaba de mucha libertad de movimiento porque llevaba una correa extensible. El niño caminaba hacia unos matorrales y se sentó para ver algo. Ares hizo ademán de acercársele, pero seguía percibiendo aquel olor extraño, y se alejó hacia unos setos que tenía a su derecha, con el propósito de identificar qué animal despedía aquel aroma.

No pudo localizar la fuente de aquel olor, pero se hizo más fuerte cuando se aproximó al niño, que se había levantado y cruzaba el matorral. Como los adultos seguían distraídos, Ares ladró y rodeó los matorrales. Y se quedó horrorizado. Mateo se había quedado muy quieto, igual de asustado que él. Al fin, Ares identificó el olor extraño. Había seis jabalíes a apenas veinte metros de ellos. Eran seres monstruosos, el doble de grandes que Ares.

Las patas le empezaron a temblar, pero jamás abandonaría a aquel niño a quien tanto quería. Se le aproximó despacio, con la intención de morderle una manga y llevárselo de allí sin que los monstruos lo advirtieran. Apenas dio dos pasos: uno de los jabalíes gruñó y cargó contra el niño. Los otros se volvieron, dispuestos a seguirlo. Ares dudó un instante. Eran seis monstruos enormes y él un perro mediano tirando a pequeño. Si fuera un pastor alemán, o un mastín, quizá tuviera algo que hacer, pero él…

Le bastó oír gritar a Mateo y ver que intentaba huir. Cargó contra el jabalí y lo detuvo en plena carrera con un mordisco en el cuello. El monstruo se revolvió y consiguió liberarse, pero Ares le gruñó y amagó cuatro dentelladas. Consiguió obligar al jabalí a olvidarse de su primer objetivo y centrarse en él, y con eso, salvó al niño. Los adultos habían acudido al oír sus ladridos y los gritos y el hombre cogió a Mateo en brazos y se lo llevó de allí.

Los otros cinco jabalíes se habían acercado y Ares comprendió que tenía que cubrir la huida de los humanos, que tampoco podrían enfrentarse a seis de aquellos monstruos. Ares retrocedió amagando ataques contra los jabalíes más adelantados. Tuvo que retroceder hasta el otro lado de los matorrales, pero logró ralentizar el avance de aquellas fieras.

Apenas aguantó un minuto. Mordió a un jabalí en una oreja, pero otro le dio un golpe tan fuerte en un costado que lo alzó en el aire y cayó a un par de metros. Quiso levantarse, pero otro jabalí lo golpeó. Evitó unos instantes que lo atraparan a base de rodar y dar saltos.

Entonces vio a su amo intentando acercársele y gritando a los jabalíes para ahuyentarlos. Aquello le dio las últimas fuerzas: iba desarmado, tenía que protegerlo de aquellas seis bestias. Saltó a la grupa de uno de los jabalíes y le mordió en el cuello. La bestia se encabritó y Ares se mantuvo encima todo el tiempo que pudo. Cuando la bestia se libró de él, otro jabalí le clavó un colmillo en una pata mientras Ares caía. Con la pata inutilizada, no pudo zafarse y las bestias cayeron sobre él.

A Ares le dolía todo. Aquellas fieras no paraban de morderle y patearle. Estaba a punto de perder la consciencia cuando notó que varios humanos estaban atacando a los jabalíes y que un hombre joven lo cogió en brazos y se lo llevó de allí.

Ares luchaba por no perder la consciencia. Sentía que se estaba muriendo. Lo metieron a toda prisa en el asiento trasero de un automóvil, como cuando se sentía enfermo y lo llevaban a un lugar muy desagradable, donde una mujer vestida de blanco lo molestaba y, a veces, le hacía daño. No entendía por qué lo llevaban allí, si él no había hecho nada malo. Intentó quejarse, pero no fue capaz de emitir ni un ladrido débil.

Después de un rato, Ares perdió la consciencia.


*


Luisa estaba acostumbrada a perder pacientes, pero nunca se libraba de la tristeza cuando le sucedía. Y en aquel caso, le daba mucha más pena. Dos hombres le habían traído a aquel perro, Ares, a toda prisa. Estaba tan destrozado que supo desde el principio que no había nada que hacer, pero no dijo nada: no fue capaz.

Miró el cadáver de aquel perro, que no era especialmente grande, pero que había peleado él solo contra seis jabalíes para proteger a un niño de cuatro años. Ella había luchado por su vida durante media hora, intentando detener la sangre que le manaba por decenas de heridas. Hizo todo lo que pudo, quiso devolverle el favor a aquel perro tan valiente, pero Luisa no había podido salvarlo.

Se quitó los guantes ensangrentados y cubrió a Ares con una sábana. Solo le dejó la cabeza descubierta. Era mejor que sus dueños no vieran lo destrozado que estaba, en particular el niño, que se llamaba Mateo. Salió a la sala de espera con un nudo en la garganta. Comunicarles lo que había pasado, en aquella ocasión, se le hizo mucho más difícil que otras veces.

—No he podido hacer nada por él, lo siento —dijo Luisa. Esperó a que la familia, en particular el niño, se calmaran, y añadió—: ¿quieren despedirse de él?

Pasaron los cuatro a la consulta y se quedaron atónitos. Estaban los guantes ensangrentados, la sábana con que había cubierto al animal con manchas de sangre. Había sangre en la mesa de operaciones.
Pero Ares había desaparecido.


*


Un viento frío despertó a Ares. El aire era muy húmedo y todo a su alrededor era blanco. Se sentía muy confuso y no sabía muy bien donde estaba. Sabía que un humano lo sostenía en brazos y que tenía que haber un pájaro muy grande cerca. Lo más raro era que no sentía dolor alguno.

Comprendió que se movía muy rápido, casi tanto como cuando su familia humana lo llevaba en automóvil, cuando salieron de aquel manto blanco que los rodeaba y vio trozos de cielo azul entre nubes. Reparó, asombrado, que estaba volando. Podía ver el suelo muy abajo, muy lejos. Pero lo más extraño era que se hallaba en brazos de un humano muy alto, de brazos poderosos, que volaba batiendo unas alas blancas enormes. Aquello era muy extraño, porque Ares había visto a miles de humanos y ninguno de ellos tenía alas.

—No tengas miedo, Ares —dijo el extraño humano—. No dejaré que te caigas.

Aquello era otra novedad. Ares nunca había entendido el lenguaje humano. Reconocía algunas palabras porque podía asociarlas a distintas acciones, como salir de paseo, o como su nombre, pero era incapaz de entender lo que le decían. Lo único de lo que era capaz era de saber si el humano estaba contento, triste o enfadado. Pensó en que, si podía entenderlo, ¿podría el humano entenderle a él?

—No estoy asustado —dijo Ares—. Solo querría saber dónde estoy.

—Es lógico, con lo valiente que eres. Estás de camino a un sitio que te va a gustar mucho.

—¿Me llevas con mi familia?

—¿Con tu familia humana? Me temo que no. Es difícil de explicar. —El humano alado calló unos instantes—. Seré claro. Aquellos jabalíes te mataron. Vi todo lo que pasó y te habría ayudado, pero los ángeles no tenemos permiso para intervenir en asuntos terrenales. Sin embargo, me conmovió tanto lo que hiciste que recé pidiendo permiso. Las almas de los animales se disuelven en el vacío cuando mueren, pero me han permitido salvar la tuya, como premio a lo que hiciste.

—Cualquier perro habría hecho lo mismo.

—Casi todos habrían luchado en tu caso, sí, pero no todos habrían peleado hasta el fin por salvar a un niño. A muchos les habría podido el miedo.

Callaron un rato. El ángel seguía atravesando nubes y subiendo cada vez más.

—¿No podría despedirme de mi familia, para decirles que estoy bien?

—No. Pero te aseguro que no te van a olvidar nunca. Y cuando Mateo crezca, le hablarán de ti, de que está vivo porque atacaste a seis jabalíes para salvarlo. Se sentirán orgullosos de haber tenido a un perro como tú.

Los perros no pueden llorar. Sufren y se les rompe el corazón, pero llorar es un privilegio de los seres humanos. Sin embargo, Ares habría empezado a sollozar en aquel momento.

—¿Adónde me llevas? —preguntó Ares cuando logró controlar sus sentimientos.

—Al lugar donde dejamos a los animales que nos permiten salvar. Vivirás todo el tiempo rodeado de otros perros y es un sitio que te va a encantar. Te llevo a una pradera infinita.

*  *  *  *  *

Espero que no haya resultado muy pasteloso, pero me pareció una forma adecuada de meter a un ángel, objeto que me resultaba complicado.

El objetivo que cumple es el 19. Básate en una noticia o hecho real para escribir un relato. La noticia a la que hace referencia, que me conmovió mucho, fue esta:


Aún queda el microrrelato. Lo subiré pronto.

5 comentarios:

R. J. RANDOM dijo...

Maldita cultura judeocristiana. Mira que me lo temía al ver la imagen del perrete (se parece a la mayor mía, por cierto), y no ha fallado. A llorar y sobre todo, al ver que te has basado en un hecho real. Claro que los jabalíes tampoco tienen culpa de nada, es en parte por el crecimiento y expansión de las urbes. Pero bueno...

Pasteloso... Bueno, hay un angel, almas un cielo... Tu sabes, un poco jajaja. Pero te ha quedado bastante bonito y como homenaje a ese en concreto y en general, a todes les perretes que protegen a su clan humano en diversas circunstancias, fenomenal.

R. J. RANDOM dijo...

Maldita cultura judeocristiana. Mira que me lo temía al ver la imagen del perrete (se parece a la mayor mía, por cierto), y no ha fallado. A llorar y sobre todo, al ver que te has basado en un hecho real. Claro que los jabalíes tampoco tienen culpa de nada, es en parte por el crecimiento y expansión de las urbes. Pero bueno...

Pasteloso... Bueno, hay un angel, almas un cielo... Tu sabes, un poco jajaja. Pero te ha quedado bastante bonito y como homenaje a ese en concreto y en general, a todes les perretes que protegen a su clan humano en diversas circunstancias, fenomenal.

ContraCrriente dijo...

He llorado como María Magdalena, me imagine a mi bichito en esas condiciones, creo que cualquier persona que tenga una mascota, de cualquier índole le va a conmover. En ningún momento he creído que sea pastelosa, todo lo contrario, me ha encantado y lo has relatado con mucho sentimiento, es lo que me ha dado a entender.

Esther Evans dijo...

Ay, no, ¿por qué tan triste? :(
Estaba todo el tiempo esperando que el objeto que ibas a meter fuera una resurrección.

Pero mucho peor es saber cuál era el objetivo. Aunque, al menos, en tu relato, Ares acabó siendo feliz en la pradera infinita.

Gran relato, ¡hasta otra!

Kalen dijo...

Te voy a ser sincero Juan... no lo he podido leer entero... y me has saltado alguna lagrimita. No me parece justo valorarlo sin ser capaz de leerlo entero, pero quédate con que has sabido tocar la fibra...

PD: Creo que quedaría más fino si no mencionaras tanto el nombre del animal, cambiándolo por elipsis o pronombres, en algunos casos se me hace redundante.