30 abril 2012

Mundo de cenizas. Capítulo XXXIII (Primera parte)

Raquel se despertó sobresaltada, y descubrió que todo el pasaje compartía su estado. La galera se detuvo y se oyeron caballos trotar hacia alguno de los carruajes de delante. Un hombre, que estaba sentado junto a la salida, saltó y Pablo, tras decirles que iba a ver qué sucedía, se levantó y salió con agilidad. Raquel no quiso salir, aún adormilada, y Juan tampoco hizo ademán de hacerlo.


Tras un rato, el hombre que había salido primero, volvió a subir, y, a continuación, subió Pablo, que se sentó nuevamente junto a Raquel y dijo, con cierto hastío:

—A una galera, la que precede a la que tenemos delante, se le ha destrozado una rueda. Se roto de tal forma, que el carruaje casi se sale del camino y se cae ladera abajo. Por suerte, se ha estrellado contra un árbol, que ha impedido que vuelque y caiga al precio de romperle otra de las ruedas —. Resopló frustrado y añadió—: ¿Saben lo que significa?

Raquel negó con la cabeza y Pablo concluyó:

—Que vamos a perder un par de horas mientras la descargan, la reparan y la vuelven a cargar… Mi consejo es que salgamos de la galera con los víveres, para que nos dé el aire y almorcemos dentro de un rato, porque vamos a tener tiempo. ¡Qué mala suerte!

Tras frotarse los ojos, Raquel opinó:

—Podía haber sido peor. Entiendo que nadie está herido.

—Eso es cierto, amiga Raquel. No sólo están todos ilesos sino que algunos estaban bromeando y todo. Bajemos.

Raquel miró a Juan, buscando saber qué opinaba. Se limitó a encogerse de hombros y a decir, en tono muy bajo: “vamos”. De manera que recogieron lo imprescindible para el almuerzo, y bajaron de la galera buscando a Pablo, que les llamó para que se acercaran adonde él estaba. Su amigo se había alejado algo del camino, y había descendido por una ladera un tanto pronunciada, pero desde la que había una vista magnífica de Gaiphosume. Como se había quedado dormida, Raquel no tenía ni idea de donde estaban, así que, cuando bajó con mucho cuidado por la ladera, junto a Juan, que parecía más preocupado por cuidar de que no se cayera que de sí mismo, se sentó junto a Pablo, que disfrutaba de la vista, y le preguntó que por dónde habían pasado y dónde estaban en aquel instante. El muchacho repuso:

—Estamos muy cerca de Nokesfôp, que es el primer pueblo que vamos a visitar próximo a la línea de Torres. Dejamos la costa en Deswekem, y a partir de ahora la carretera discurre muy pegada a las Torres. Pero ya hemos subido bastante. ¿Ha visto, amiga Raquel, qué vistas hay por aquí?

Raquel asintió sonriente, y estuvo un buen rato admirando el paisaje. No dejaba de pensar en lo bonita que era Gaiphosume desde lejos. La ciudad era un recinto amurallado construido junto al mar y junto al río. Cerca del puerto, se veían varios barcos pesqueros ir y venir, y desde el Este, se aproximaba una galeota. En la otra ribera, sobre una colina, se alzaba el castillo. Algo más arriba, siguiendo el curso del río, estaba Metmehapet. Más cerca de ellos, podía ver el diminuto recinto amurallado de Mutquedut. La embargó una emoción muy placentera. Aquel viaje iba a ser una aventura en toda regla, y si aquella vista la había fascinado, se preguntaba qué maravillas le faltaban por contemplar. Se recostó contra un árbol y miró fugazmente a Juan, que se había sentado junto a ella, en el lado opuesto al que tenía a Pablo. Y cuando Juan la miró a ella, Raquel le comentó:

—Nunca había estado tan lejos de nuestra ciudad. Tú tampoco te habías alejado tanto, ¿verdad?

Con el extraño aire ausente que le había advertido desde hacía rato, repuso:

—No. También es mi primer viaje.

Riéndose, Pablo añadió:

—Yo ya he hecho este viaje decenas de veces. Esta parte es la más bonita, desde aquí hasta que lleguemos a Imquopossu y tengamos luego que desandar camino para regresar a Cipemnêfile. A partir de ahí, el camino discurre junto al mar y es más de lo mismo.

Raquel repuso con rapidez:

—Sí, ya lo sabía, pero tenga en cuenta que vuestra merced es estudiante, y los estudiantes acostumbran viajar mucho.

—Por eso somos tan sabios… Y por lo que aprendemos en la Universidad, también.

La referencia a la Universidad, la hizo suspirar y añadir:

—A veces le envidio, amigo Pablo. A mí también me gustaría estudiar en la Universidad.

Pablo, y también Juan, lo que la hizo ruborizarse levemente, la miraron extrañados. Fue Pablo el que dijo:

—¿Sí? Pues siento decirle, amiga Raquel, que en la Universidad es muy difícil ver mujeres. Y las poquísimas que hay son de familias muy pudientes. Tiene unos gustos muy raros y muy caros —. Y tras una pausa, preguntó—: ¿y qué le gustaría estudiar?

—Lenguas antiguas… y algo de Historia… de la época en que se construyeron las Torres.

Pablo repuso:

—Encuentro más útiles las matemáticas y la física, pero he de reconocer que le gustan unas disciplinas complicadas, amiga Raquel.

Después de aquello, conversaron de cosas banales. La charla consistió, casi todo el tiempo, en oír a Pablo contar anécdotas que le habían sucedido en sus muchos viajes de Itvicape a Nêmehe. Como las contaba con bastante gracia, el tiempo hasta la hora de almorzar se les pasó volando. Tomaron un almuerzo ligero: pan, queso, un poco de carne y unas manzanas. Raquel estuvo observando a Juan todo el rato, y se empeñó en hablarle, en un intento de que abandonara la apatía tan rara que mostraba. No creía que se debiera a la experiencia terrible en la expedición contra los cralates, ya que la tarde anterior se había mostrado bastante animado. Llegó, incluso, a preguntarle directamente si le sucedía algo malo, a lo que él repuso negando que se sintiera mal.

Un rato después, Raquel empezó a oír gritos, que pedían ayuda para levantar un carro, y se dio la vuelta para ver de donde provenían. Cuando volvió a mirar a sus amigos, notó que Pablo se alejaba ladera abajo y se acurrucaba tras un árbol. Con inocencia, Raquel dijo:

—Parece que ahí arriba necesitan ayuda para levantar la galera.

A lo que Pablo repuso, escondido tras el árbol.

—Acierta, amiga Raquel, por eso he bajado hasta aquí, no sea que me digan que ayude.

Raquel no pudo impedir echarse a reír y replicar, en broma:

—¿Es que no tiene vergüenza, amigo Pablo?

Pablo asomó la cabeza, y esbozando una sonrisa irónica, negó con la cabeza y volvió a su escondrijo. Juan, en cambio, se levantó y dijo serio y algo triste:

—Veré si puedo hacer algo.

A lo que Pablo repuso con un deje sarcástico, dirigiéndose a Raquel, cuando Juan estuvo lejos:

—Hemos ido a juntarnos con el miliciano más caballeroso del pueblo, amiga Raquel.

No le gustó la crítica a un rasgo del carácter de Juan que a ella le parecía muy positivo, de manera que le salió del alma replicar:

—Pues sepa, amigo Pablo, que eso es lo que más me gusta de él, lo noble y lo caballeroso que es. Cualquier miliciano desearía tenerle de compañero y cualquier chica se sentiría segura teniéndole a su lado.

La sonrisa que esbozó Pablo fue un tanto extraña, y la respuesta del muchacho la dejó sin palabras:

—¿En serio, amiga Raquel? Debe de ser la única que piensa así, porque en los días de permiso que tuvimos, me confesó que no había estado nunca con una mujer, y que no tiene la menor esperanza de que eso cambie. No soy el más indicado para ayudarle, porque estoy igual que él, pero, al menos, intento acercarme a alguna de vez en cuando. Él, ni eso —. Tras una pausa, concluyó—: mucho decir vuestra merced que le gusta lo caballero que es, pero el caso es que no le ama. Y como vuestra merced, todas las demás.

Raquel sólo acertó a balbucear un par de monosílabos, y optó por callarse. Se sentía estupefacta; no se imaginaba que Juan pudiera sentirse tan solo. Siempre había supuesto que le pasaría como a ella, que ya había estado amancebada con dos chicos y que tenía varios pretendientes, a los que no hacía caso porque no le llegaban a Marcos ni a la suela de las sandalias y sólo querían de ella pasar un buen rato. Le parecía impensable que Juan nunca hubiera tenido nada, ya que sus amigas le consideraban muy apuesto. Siempre había creído que era discreto, o que no le interesaba amancebarse, sino casarse. O, incluso, que no le atraían las mujeres. Pero que deseando una pareja no la tuviera, se le antojaba imposible.

Como quiera que Pablo volvió a su escondite, Raquel estuvo dándole vueltas un rato a lo que le había dicho. Terminó llegando a la conclusión de que quizá a Juan no le gustaran las chicas, pero no quería reconocerlo ni ante Pablo ni ante nadie, por miedo a que le tacharan de sodomita, y que, por ello, le hubiera contado a su nuevo amigo que las mujeres no le hacían caso. O incluso, que sintiera confusión acerca de sus preferencias. También pensó que pudiera ser muy tímido, y que le diera mucho miedo pedirle una cita a una chica. Pero le parecía sorprendente, teniendo en cuenta que estaba entrenado para combatir.

Finalmente, fue el propio Juan quien le sacó de su ensoñación. Le oyó llegar cuando estaba muy cerca y dijo, dirigiéndose a los dos:

—Ya está la galera reparada. Subamos.

Sin más, recogieron sus enseres y subieron la ladera con cierto esfuerzo, por lo empinada que era. Subieron a la galera y tras otro rato interminable, continuaron su camino.

Tras una media hora de lenta ascensión por un camino lleno de baches, llegaron a Nokesfôp, que era un pueblo pequeño pero que ocupaba una gran extensión, casi vacía de casas y con cultivos, protegido por una empalizada de madera. Había pequeñas aglomeraciones dentro de la empalizada, pero la mayoría del terreno eran casas aisladas rodeadas por huecos y unidas por senderos. Raquel le preguntó a Pablo acerca de esa disposición tan opuesta a las de otras ciudades, pero no supo decirle el motivo.

El resto del camino hasta llegar a Imquaikmu, una ciudad de buen tamaño y aspecto normal, protegida por muros de piedra de factura sólida, discurría al borde de un barranco, que Raquel vislumbraba con aprensión cuando las curvas del camino se lo permitían, y muy cerca de la línea de Torres. Nunca las había tenido tan cerca, y las veía brillar con una fuerza y una belleza que le eran desconocidas. A riesgo de caerse en cualquier bache, no pudo resistirse a acercarse a la salida del carruaje y mirar hacia una Torre.

Por fortuna, tuvo la oportunidad de disfrutar de la línea de Torres cuando la galera se detuvo en Imquaikmu para dejar viajeros y carga y recoger nuevos pasajeros y bultos. Aprovechó para bajar de la galera, buscar un sitio donde las viera bien, y contemplar, arrobada, decenas de Torres brillar con una bellísima luz blanca. No supo el tiempo que estuvo allí, admirando el espectáculo.

20 abril 2012

Relato publicado en la editorial Luarna

Tenía la bitácora muy abandonada. No ha sido por nada en particular. El trabajo que tengo es, más o menos, el mismo de siempre, pero ando muy despistado, desaprovecho el tiempo... A lo mejor es la primavera.


Para ir saliendo del letargo, anuncio que ya está en la calle otro libro que lleva un relato de mi autoría, y del que había hablado anteriormente. Esta vez, lo publica la editorial digital Luarna (http://www.luarna.com/). El vínculo directo al libro es: http://www.luarna.com/ebook/i-concurso-de-ciencia-ficcion-de-zonaereader/ Para bajaros el archivo en formato ePub, basta con daros de alta en la web (esquina superior derecha de la página, donde dice "Registrarse"; sólo piden un correo electrónico y una clave). El libro es de descarga gratuita, ya que la editorial lo ha publicado como "Creative Commons".


Se puede leer el ePub en un lector de libros digitales, o en ordenador usando un programa gratis llamado Calibre. Mi relato se llama: "¿Te hace ilusión verme?" Si lo leeis, espero que os guste. Lo presenté al primer concurso de ciencia-ficción organizado por Zonaereader y quedó en décimo lugar entre 108 (creo), lo que me supuso un alegrón, ya que los relatos de ciencia-ficción me cuesta mucho trabajo escribirlos y no suelo quedar contento. Pero parece que, en esta ocasión, estuve inspirado.

24 marzo 2012

Mundo de cenizas. Capítulo XXXII

Raquel llevaba nerviosa desde antes de haberse acostado. Aunque había preparado todo el equipaje para su viaje a Nêmehe la noche anterior, aquella mañana se despertó muy temprano y volvió a revisar que todo estuviera bien, que no se le olvidara nada. Su madre había terminado por levantarse también más temprano de la cuenta y se dedicó a darle toda clase de consejos acerca de cómo cuidarse de todos los peligros que le acecharían a una chica sola en una gran ciudad. A Raquel le conmovía la preocupación de su madre, e intentaba tranquilizarla diciéndole que haría el viaje acompañada de Juan y de Pablo y que regresaría con el primero. Sin embargo, cuando su madre le confesaba que se sentía intranquila porque era el primer viaje de verdad que hacía sola, tuvo que aceptar que ella también sentía algo de incertidumbre.

El nerviosismo de Raquel, una vez revisado el equipaje varias veces, se volcó en impacientarse por la llegada de Juan y de Pablo. Habían acordado la tarde anterior que sus dos amigos pasarían por su casa para ir los tres juntos a la explanada frente a la Puerta del camino de Nêmehe, donde les esperarían las galeras. Miró varias veces por la ventana de su habitación, y empezó a ponerse nerviosa porque no les veía aparecer. Empezó a quejarse a su madre por su tardanza, a lo que ella respondía que aún era pronto, lo que no la tranquilizaba. Para olvidarse de aquello, optó por llevar su equipaje junto a la puerta principal de la casa, lo que le llevó un rato.

Tuvo tiempo de tomarse un desayuno ligero, ya que no se sentía con ganas de comer mucho por la excitación del viaje, y de echar varios vistazos por la ventana, antes de que, finalmente, les viera aparecer tras cruzar una esquina. Se puso tan contenta que salió de su casa y les saludó desde lejos. Mientras les veía responder al saludo y avanzar hasta llegar adonde estaba ella, no dejó de pensar en que eran una pareja de amigos un tanto extraña. No comprendía muy bien cómo Juan, tan educado, formal y caballeroso podía llevarse bien con Pablo, que era, en esencia, todo lo contrario. La cuestión era que, durante los cuatro días que habían transcurrido desde que regresaron tan quebrantados de la expedición contra los cralates, estuvieron juntos casi todo el tiempo. Los mandos decidieron darles varios días de permiso, para que se recuperaran de lo que habían vivido. Les ordenaron estar preparados para incorporarse de inmediato si la situación lo requería, pero desde entonces, Gaiphosume había vivido una calma completa, de forma que tuvieron ocasión de descansar y, por lo visto, de estrechar lazos. Raquel sabía que entre soldados que habían librado combates juntos nacía una camaradería muy particular, pero no era habitual hacer buenas migas tan rápido con alguien tan diferente a uno, o, al menos, eso pensaba ella.

Llegaron a su altura y dejaron los sacos donde llevaban su equipaje. Los dos iban vestidos casi de la misma forma: capas de viaje, bajo las cuales llevaban el coselete y las armas, y sombreros de ala ancha. El sombrero de Pablo era de mayor calidad que el de Juan, que para ese tipo de cosas, era más sobrio. Raquel les saludó a ambos con un par de besos en la mejilla y sacó sus fardos. Cuando dejó el saco en el que llevaba la ropa apoyado contra el muro de su casa, Pablo, en tono alegre, le dijo:

—Amiga Raquel, ¿se va a llevar todo eso?

Asintió, entró de nuevo en la casa, y sacó el otro fardo, en el que llevaba la olla y la comida, el arco y la aljaba llena de flechas. Y le respondió a Pablo.

—Y además, me llevo todo esto.

El aludido examinó con interés los nuevos bártulos y, sin pedir permiso, cogió el arco, que estaba sin encordar, lo miró con atención, lo dobló ligeramente y acabó por decir:

—Parece un arco de miliciano o de soldado… es más fácil de tensar, pero con la misma potencia. Apostaría un escudo a que está diseñado para ser muy eficiente. Es muy buen arco; no es el arco corto típico con que se les enseña a tirar a las civiles.

—Gracias. Pero es lógico siendo la mía una familia de militares. Fue mi padre quien me lo dio y el resto de mi familia quien me enseño a usarlo.

Pablo soltó el arco y mirando el saco donde llevaba los víveres, añadió, bromeando:

—Y viendo la olla tan grande que lleva ahí, debe creerse que este viaje es una expedición militar y que vuestra merced es la encargada de cocinar para su camarada.

Raquel le miró seria un momento, y Pablo continuó, haciendo unos gestos con las manos que parecían indicar una disculpa:

—Le agradezco el detalle, amiga Raquel, pero tampoco eran necesarias tantas molestias. Siempre que he viajado de Itvicape a Nêmehe, o al contrario, y le aseguro que ya han sido muchas veces, sólo he llevado conmigo pan, queso, nueces y almendras, y a veces, aceitunas o un poco de carne en salazón. Pero nunca me he llevado nada para cocinar, porque luego hay que cargar con más peso.

Raquel se aproximó a Juan, se le agarró a un brazo y dijo sonriente:

—Sea así. Cómase vuestra merced su queso y su pan, que Juan y yo nos comeremos una buena olla podrida. Porque me ayudarás a prepararla, ¿verdad?

Antes de que Juan pudiera decir nada, Pablo repuso:

—Amigo Juan, no la escuchéis. Dejadla que cocine para media caravana, que nosotros compartiremos vino y nueces—. Y tras reírse, concluyó—: de acuerdo, amiga Raquel, la ayudaremos con el fuego, el agua y cosas así, pero no nos haga cocinar, que somos milicianos, no soldados. Aunque no sé si le dará tiempo a hacer el cocido durante la parada a medio día.

Raquel, soltó a Juan y le dijo a Pablo, bromeando:

—No pensaba dejar que me estropearan el cocido, en especial vuestra merced. Y tenía pensado cocinar la olla podrida de noche, para dar tiempo a las alubias a ablandarse.

Pablo hizo un gesto de conformidad muy gracioso y a Raquel la volvieron a invadir las prisas. Se echó al hombro el saco con la ropa, se colgó el arco a la espalda y cuando intentaba alzar el tercer saco, el de los víveres, Juan y Pablo, sobre todo el primero, se empeñaron en llevarlo ellos. Al final, fue Juan quien se encargó de transportarlo.

Y tras darle un abrazo muy fuerte a su madre, que había asistido divertida a la conversación entre los tres amigos, partieron hacia la Puerta del Camino de Nêmehe.

Tardaron poco en llegar a la Puerta del Camino de Nêmehe, y se encontraron que aún faltaban bastantes pasajeros, porque la explanada estaba casi vacía. Sólo entonces, Raquel se tranquilizó completamente, ya que era imposible que las galeras se fueran sin ellos. Aquella caravana era la primera que partía de Gaiphosume desde el ataque en el que se perdió aquella en la que viajaba Pablo. La mayoría de los viajeros de esa caravana que tan mal final tuvo habían seguido su viaje a bordo un galeón de la ruta circular, dos días atrás, según le estaba contando el propio Pablo. El viaje corría por cuenta de la municipalidad, como compensación hacia el horror padecido, pero él había preferido esperar a la caravana para acompañarles. De pronto, su tono se volvió más melancólico y añadió:

—Lo vi partir desde el lienzo sur de la muralla. El viento le era favorable y salió escoltado por una galeota. Seguro que llegaron a Nêmehe sin problemas.

Raquel se dio cuenta de que no se había subido a la muralla sólo para ver zarpar el barco. Pensó que alguien, lo bastante querido para él, se alejaba en aquel navío; quizá se tratara de una mujer, pero no quiso preguntarle. Ella había hecho lo mismo la última vez que Marcos regresó a Nêmehe en otro galeón. Le vio partir desde el lienzo sur de la muralla porque si le despedía en el muelle, temía que todo el mundo se diera cuenta de lo que sentía por él.

Pasó un rato largo ensimismada, acordándose de Marcos, fantaseando con el momento de reencontrarse con él. Acabó por volver a la realidad y reparó en que ya había amanecido del todo y seguía habiendo muy poca gente allí. Tuvo más de una hora para impacientarse y para quejarse del retraso con que acabó saliendo la caravana. Cuando, al fin, subieron los tres a una de las galeras, que iba bastante llena, Raquel ya estaba arrepentida de haber madrugado tanto en vano. Había espacio suficiente para los tres y Juan y Pablo, tras haberla ayudado nuevamente con parte de su equipaje y colocar el propio, la hicieron sentarse en medio de los dos. Le hizo gracia el afán que tenían de protegerla. Al sentarse, estuvo un buen rato arreglándose la falda para procurar que el hombre maduro que tenía en frente, que le lanzaba miradas con disimulo, no pudiera verle las piernas. De cualquier forma, no se sentía especialmente preocupada, puesto que se había puesto calzones de hombre que impedirían que si se le levantaba la falda le pudieran ver nada. De lo que sí se sorprendió fue de lo incómodo que resultaba tener una prenda pegada a sus partes íntimas y se preguntó cómo hacían los hombres para soportar el ir siempre con calzones.

Después de otra media hora, que a Raquel le pareció interminable, la galera emprendió lentamente la marcha. Les esperaba un viaje de dos días en los que iban a visitar un montón de ciudades y aldeas de la ladera de las montañas, junto a la línea de Torres, y de la costa. Durante toda la mañana, el entusiasmo de Raquel por ver mundo había mantenido una pugna contra el cansancio por haber dormido muy poco. El retraso desesperante y el hecho de que la galera iba cubierta y seguida a poca distancia por otra, le dieron la victoria al sueño. Cabeceó varias veces, pero los baches del camino la despertaban, y llegó a temer darse un golpe en la cabeza con el carruaje. Adormilada, se acurrucó contra Juan, le apoyó la cabeza en el hombro, y le susurró:

—¿No te molesta? Me muero de sueño.

Su amigo se apresuró a responder que no, y Raquel cerró los ojos. Oyó decir a Pablo:

—Amigo Juan, por favor, pasadle un brazo por encima y sujetadla, que no se le vaya a caer la moza en el próximo bache.

Raquel notó que Juan, muy despacio, le fue pasando un brazo por la espalda y terminó sujetándola por la cintura. Pensó en lo buen amigo que era, en lo segura que se sentía cuando estaba a su lado, y en que le alegraba mucho que le acompañase en aquel viaje. En unos instantes, se quedó dormida.

Y tras lo que a ella le pareció un instante, un golpe fuerte, como de madera que se rompe, y una serie de gritos lejanos la hicieron abrir los ojos.

22 marzo 2012

Lacrimosa

Llevaba tiempo sin poner aquí ninguna bachata...

Estaba este domingo en un bar de "salseros" al que voy cuando puedo, y justo cuando me iba, sonaba esta bachata. Y me quedé a escucharla en mitad de las escaleras. La bachata es de Juan Luis Guerra y se llama Lacrimosa. Podéis oírla, por ejemplo en:

Lacrimosa (Juan Luis Guerra)

Muy bonita. Y, por cierto, está basada en un réquiem de Mozart muy conocido, que es, como no, una Lacrimosa. Es este otro:

Lacrimosa (Mozart).

El autor de la bachata reconoce haberse inspirado en la pieza de Mozart para componerla. Comparando ambas se ve perfectamente la influencia. Asimismo, le viene bien usar una canción fúnebre, ya que la bachata habla de un amor que ha muerto.

A ver si un día la bailo.

13 marzo 2012

Otro proyecto más: Balcón al cosmos

Se me acumulan los temas de que hablar en mi bitácora. Pero ando una temporada muy desorganizado. Ahora no es tanto que tenga una carga de trabajo abrumadora, sino que me despisto, o me despistan mucho. Y, claro, mi pobre bitácora se resiente.

Hoy voy a presentaros un proyecto en el que me he metido, que, como es normal, no sé dónde acabará. Me he decidido a organizar una revista "online" sobre ciencia, en particular, sobre matemáticas, física, química, y similares. La web de la revista (que he programado yo, que se note que trabajo en informática) es:

http://www.balconalcosmos.es

Se trata de una revista que cubre un "hueco" que siempre he visto yo en las publicaciones sobre ciencia. Existen revistas excelentes, como podrían ser Astronomía y Universo, o Investigación y Ciencia. Pero son revistas donde las ecuaciones no son bienvenidas, porque son divulgativas de corte generalista, aunque la calidad científica de sus artículos sea notable. Existen otras revistas donde sí se pueden leer artículos sin esa restricción, pero, normalmente, están en inglés. En español, sólo hay revistas donde puedan usarse ecuaciones editadas por diferentes instituciones para sus socios, o bien, que no salen del ámbito de una sola facultad.

Este es el hueco que quiere cubrir Balcón al Cosmos: una revista donde tengan cabida artículos que hablen sobre cuestiones científicas en los que tengan cierta importancia las deducciones matemáticas o hablar de fórmulas si es necesario. Por poner un caso, el que estoy preparando yo para el número cero (ya que organizo este tinglado, qué menos que escribir para la revista) va sobre la deducción de las fórmulas de resolución de ecuaciones algebraicas de segundo, tercer y cuarto grado. No es un tema muy complejo, pero no tendría cabida en casi ningún sitio.

Es, también, un recuerdo muy sentimental de una mesa redonda (La Mesa Redonda sobre Relatividad y Mecánica Cuántica) en la que participé hace ya demasiados años, y de la que salió una revista (en papel). Como distribuir en papel es prohibitivo, la idea es hacerla digital, cómo única forma de que un proyecto así salga adelante.

Hay muchas cosas que no tengo definidas del todo, pero ya se puede ir visitando la página. Y quien quiera colaborar, ya sabe, que me escriba. El requisito es que debe saber algo de LaTeX.

06 marzo 2012

(Cuentacuentos) Era el arcoíris más bonito que había visto nunca

Esta semana en el cuentacuentos, la frase de comienzo de los relatos es mía. Esto es lo que se me ha ocurrido a partir de ella.

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ERA EL ARCOIRIS MÁS BONITO QUE HABÍA VISTO NUNCA.

Era el arcoíris más bonito que había visto nunca. Worch pensó que era una pena estar muriéndose bajo un cielo adornado de tal manera. Y, para colmo, sucumbir cuando tan cerca estaba de resolver el mal que aquejaba a su pueblo. La muchacha que había rescatado de manos de los macuques, era la que traía el fin de las lluvias, como demostraba aquel arcoiris maravilloso, que aparecía cuando la joven estaba ya cerca del poblado de Worch, a poco más de dos días de camino. Sin su guía, la muchacha se perdería en el bosque, moriría presa de cualquier alimaña. Su influencia benéfica desaparecería, volverían las lluvias y el pueblo de Worch perecercía.

Había tenido muy mala suerte. Había entrado en el poblado macuque como invitado, haciéndose pasar por ciudadano imperial, por un antropólogo que venía a estudiar sus costumbres. Con ello, explicaba su extraño acento que recordaba ligeramente al de los mewiersch, su propio pueblo: había aprendido las lenguas de las tribus de la Cordillera Anthrul entre los mewiersch. Le acogieron bien y, para no levantar sospechas, la mayoría de las preguntas se referían a costumbres, leyendas y otras cosas sin importancia. Le costó algo de esfuerzo entender lo que le decían, ya que los macuques hablaban su lengua con un acento muy fuerte, pero aunque no entiendiera la mitad de lo que le contaban, le daba igual. A Worch le extrañó lo poco que los macuques salían de su poblado; nunca vio entrar ni salir a nadie el día que pasó con ellos.

Le fue sencillo recorrer la aldea y llegar, de forma casual, a una zona del centro del poblado donde se alzaba una jaula en cuyo interior tenían prisionera a una muchacha menuda, de piel muy blanca, pelo rubio y ojos azules. Sospechó que era a quien debía rescatar desde el principio, lo que confirmó cuando la miró a los ojos y sintió la magia que había en ella. Pasó el resto del tiempo, entre conversaciones insulsas, ideando un plan para liberarla. Y el plan fue, necesariamente, sencillo pero peligroso. Esperó a que fuera de madrugada, cuando los macuques durmieran salvo los que quedaran de guardia, corrió a escondidas hacia la jaula, liberó a la joven cortando con su puñal las sogas que daban solidez a los barrotes, y salieron corriendo de la aldea. El plan funcionó porque, a pesar de que un guardia le avistó y dio la voz de alarma, no le persiguieron. Desgraciadamente, sí que tuvieron tiempo de lanzarles una andanada de flechas. Por proteger a la joven, Worch no pudo evitar que uno de los proyectiles se le clavara en el costado izquierdo.

Desde ese momento, supo que estaba condenado. Cuando pudieron parar, cortó el mástil, pero no pudo sacar la punta. Habría necesitado que le ayudaran personas con herramientas adecuadas. Y, aún así, le sería muy complicado sobrevivir. Decidió no rendirse, e intentar llevar a la chica a su aldea. Con suerte, aguantaría las cinco jornadas que les separaban de su hogar, pero la buena fortuna no quiso acudir, y en la mañana del cuarto día, Worch ya no podía continuar. La herida se le había infectado, y apestaba.

La joven, que hablaba la lengua de los macuques con un acento aún más marcado que el de los aldeanos, le dijo varias frases cuando vio que no continuaban. Sólo entendió palabras sueltas: "bien", "caminar", "comer"... La muchacha era muy dulce e inocente, y le demostraba gratitud y amistad. Mientras estuvieron caminando, le sonreía a menudo, deseaba hacerle pequeños favores, como acercarle la comida, recoger leña o agua, y cosas de ese estilo. Probablemente, no comprendería lo que estaba pasando, pero tenía que seguir intentando salvar a su pueblo.

Respiró con dificultad y le dijo a la muchacha, que le miraba con sus ojos azules e inocentes:

-¿Has visto el arcoiris?

Señaló distraído con la mano izquierda, lo que hizo que la joven viera el arcoiris y lo admirara, pero se le escapó un grito de dolor y se llevó las manos a la herida. Se repuso y le dijo:

-Si caminas hacia allí durante dos días, llegarás a mi aldea. Diles que te envía Worch.

La miró para ver si había comprendido. No tenía esperanzas de que fuera así. Ni tampoco que, en el caso de que le entendiera y obedeciese, fuera capaz de llegar. Mientras corrían huyendo del poblado macuque, la muchacha se cayó sobre un matorral, y se le clavó en la mano una espina de buen tamaño. Tanto le dolía que no paraba de llorar. Cuando fue seguro, Worch, con la mayor delicadeza posible, se la quitó y le vendó la mano con un trozo de tela que, en aquel instante, aún llevaba. Si no había sido capaz de arrancarse una espina, aunque grande y difícil de sacar, mucho menos llegaría viva a su aldea. Si es que no se perdía.

De todos modos, la muchacha no parecía comprender. Le dijo algunas frases en lengua macuque y acabó fijando su atención en la herida de Worch. Con suavidad, le retiró la mano con que se la tapaba e hizo lo propio con su jubón, que llevaba abierto a causa del dolor. Quiso impedírselo, pero ella insistió y dejó al aire la herida, que tenía un aspecto horripilante. Y, entonces, la muchacha pronunció una frase en tono solemne, una frase que decía algo de tratar, o de cuidar a alguien de alguna manera. Y Worch sintió que le ponía las dos manos sobre la herida y que algo parecido a dedos se introducían en el corte. Notó la magia y, muy confundido, vio que la joven sostenía en la mano la punta de la flecha, teñida de sangre. La tiró como si fuese algo repugnante y se limitó a soplar sobre la herida, que sangraba y liberaba pus. Worch se mareó y perdió el conocimiento.



* * * * *

Cuando Worch se despertó, atardecía. Nada más espabilarse recordó la herida. Y cuando fue a tocarse la tenía cerrada. En su lugar, había una cicatriz enorme. Buscó con la vista a la muchacha y se la encontró dormida, envuelta en las mantas que él le había prestado. No quiso despertarla, y permaneció despierto toda la noche, haciendo guardia. Pensó, muy feliz, en que no se había equivocado; aquella joven era un ser mágico que, con su influencia benigna, disiparía las tormentas que habían llevado a su pueblo al borde de la inanición. Tras semanas de aguaceros, desde que estaba con ella, no había caído ni una sola gota.

El resto del camino fue mucho más fácil y llegaron a la aldea sin novedad. Les aclamaron a ambos como a héroes, y les colmaron de atenciones. A la joven la llamaron Crhalle y le habilitaron una cabaña preciosa, y dos mujeres la atendían y le llevaban de comer. Worch se convirtió en miembro de la guardia del jefe de la aldea, un gran honor. Dos días después de su llegada, celebraron una gran fiesta bajo otro arcoiris aún más bonito que el que Worch le señaló a Crhalle cuando creía morir.

Cuatro días después, volvieron los aguaceros. Llovió un día, luego otro, después otro más... La paciencia de la gente se acabó. Y aprovechando una mañana en que el agua les concedió una tregua, sacaron a Crhalle de su cabaña por la fuerza. La maltrataron y le exigieron que parara las lluvias. Worch, al llegar, quiso interceder por aquella joven que le había salvado la vida, pero fue inútil. Le golpearon y entre seis guerreros, le inmovilizaron. Algo sorprendente de Crhalle era la velocidad a la que aprendía el idioma de los mewiersch. La oyó decir, con un acento muy fuerte e imposible de identificar:

-¡No tengo poder con la lluvia! ¡Yo no tengo la culpa!

Pero la turba enfurecida no atendió a razones. Mucho menos cuando el propio jefe de la aldea arengó y apoyó a la gente que apiló leña seca en medio del poblado, ató a la pobre Crhalle a un poste, y a Worch a otro, alejado de la pira, desde donde le iban a obligar a mirar en qué quedaban sus fracasos. Por más que se debatió, no pudo soltarse, y se resignó a ver, impotente, como quemaban a la pobre muchacha.

No hubo ceremonias. Aplicaron las antorchas y toda la aldea pudo ver cómo se alzaban llamas impresionantes en torno a Crhalle. Se oyeron vítores.

Y, de pronto, todo cambió. Crhalle, de alguna forma, salió de entre las llamas, y la turba no tuvo tiempo de reaccionar. La muchacha empezó a vomitar fuego, a lanzar llamaradas por las manos. Abrasó a la mitad de la aldea en unos instantes, pero no le pareció suficiente, y persiguió al resto, envolviéndoles en llamas mientras trataban de huir. Lo único que podía oír Worch eran los alaridos de sus vecinos mientras se retorcían devorados por el suelo. Luego, sobrevino el silencio, lo que a Worch le pareció aún peor.

Le invadió el pánico cuando se le acercó Crhalle, sorteando restos carbonizados que aún ardían, con una expresión en el rostro en la que no quedaba nada de inocencia. Fue hacia él directamente. Desesperado, angustiado, roto, acertó a preguntarle:

-¿Por qué, Crhalle?

Empezaron a caer gotas, pero la muchacha no se inmutó. Cuando habló, Worch sintió que le decía lo mismo que le había querido contar en lengua macuque y que él no había comprendido en su momento:

-De la misma forma en que me tratéis, yo os trataré a vosotros.

Tenía que haberse dado cuenta. Nadie era capaz de salir de la aldea macuque porque la tenían enjaulada. Como él le había arrancado aquella espina y le había curado la mano, ella le extrajo la punta de flecha y cerró su herida. Como su aldea había intentado quemarla, ella había quemado a todo el mundo. Worch se preguntó que clase de ente tenía delante. ¿Un genio? ¿un demonio? ¿un espíritu de la naturaleza? Quizá si hubiera tenido la oportunidad de consultar en alguna biblioteca del Imperio...

Llovía con fuerza. Crhalle le miraba curiosa. A Worch le importaba bien poco lo que le pasara, y no esperaba ninguna misericordia. Pero el destino le reservaba, al parecer, otras cosas. La muchacha, le dijo:

-Tú me liberaste.

Chasqueó los dedos y el poste al que Worch estaba atado se quebró. Incapaz de mover los brazos, el guerrero cayó al suelo. Y Chralle concluyó:

-Merecerías que te desatara, pero no quiero que me sigas. Levántate, apoya el poste contra una pared y empuja hasta que caiga. Ya sabrás cómo desatarte las manos. Adiós.

Llovía tan fuerte que no era posible ver nada a pocos pasos de uno. Chralle se marchó con rapidez, y sólo le llevó un instante perderse en la lluvia.

Con gran esfuerzo, Worch consiguió ponerse en pie.

03 marzo 2012

Retirada temporal de varias entradas

Por primera vez desde que empecé a escribir en esta bitácora, por un proyecto del que hablaré cuando tenga ya subido y listo para presentarlo, me veo obligado a retirar una serie de entradas de esta bitácora. Como no quiero perder los comentarios, que son muy valiosos, lo que haré será editar los textos afectados para sustituirlos por un vínculo hacia aquí. Editaré en su momento estas líneas para indicar por qué retiré las otras entradas. Tengo la intención de que sea algo temporal, y las restauraré cuando me sea posible.

Tengo que reconocer que me da algo de pena, y que no me gusta tener que hacerlo, pero creo que es lo más seguro para que no me vayan a poner pegas.

25 febrero 2012

Mundo de cenizas. Capítulo XXXI

Durante unos momentos terribles, todo fue confusión entre soldados y milicianos, entre heridos e ilesos. Aquellos seres parecían ser lo bastante astutos como para haberles distraído con las ratas mientras identificaban al oficial al mando, y le habían atacado para desorganizar al grupo. Sin embargo, se hizo valer el buen juicio con que don Felipe elegía a sus oficiales, ya que, con la voz entrecortada por el dolor, el soldado al mando gritó:

—¡Atáquenles! ¡Disparen, carguen!

Asimismo, la disciplina y el coraje de los miembros de aquella expedición quedaron fuera de duda cuando todos los soldados y milicianos ilesos, a excepción de Pablo, que se había agazapado un par de pies más allá, dispararon sin dudarlo. Los dos monstruos habían retrocedido y estaban parcialmente ocultos. El tiro de Juan erró por mucho, y uno de los cralates pudo guarecerse sin recibir más que un rasguño. Sin embargo, al otro le clavaron dos saetas en el tronco, que le dejaron bastante maltrecho. Y, por fin, la suerte premió el valor que acababan de demostrar. La flecha que había lanzado un miliciano le entró al monstruo por el ojo izquierdo y le atravesó el cráneo. El cralate cayó muerto sin haber tenido tiempo ni de gritar de dolor.

Aquel disparo afortunado elevó la moral de una tropa muy necesitada de ella. De inmediato, salieron del parapeto milicianos y soldados dispuestos a no permitir que el otro monstruo huyera. Salvo un miliciano, que se puso a hablar con el clérigo y el soldado al mando, y un soldado que tenían Pablo y Juan al lado, salieron todos a perseguir al enemigo. Juan y el soldado, iban a hacer lo propio, pero aquél se detuvo para ver donde estaba Pablo. Y se preocupó cuando le vio encogido tras una roca de buen tamaño, con expresión de pánico en el rostro y pidiéndoles a él y al soldado que estuvieran quietos. Juan avanzó con cuidado hacia él y, entonces, Pablo le susurró, con tanto miedo que casi no le salía la voz de la garganta:

—Hay otro… allí… viene escondiéndose.

Cuando miró donde Pablo le señalaba, comprobó que estaba en lo cierto. Uno de aquellos seres que avanzaba cauteloso entre la maleza. No les había visto a ninguno de los tres, pero sí a los compañeros que combatían con el cralate superviviente. Lo peor del caso era que, por su posición, era casi imposible que el resto de los combatientes le hubieran visto. Juan recordó los consejos de Raquel y, aunque no se veía haciéndolo, fue consciente de que si aquel ser empezaba a utilizar sus poderes, o lo que era peor, si intentaba convocar a una manada de ratas, sólo les quedarían dos opciones: cargar contra él con la esperanza de distraerle el tiempo suficiente para que los demás compañeros se ocuparan de él, o morir a manos del cralate o de las ratas. Como el soldado se les había acercado, Juan les susurró a sus dos compañeros:

—Dudo que le hayan visto, habría que atacarle.

El soldado asintió sin dudarlo, de hecho, las órdenes eran atacar, y si no habían obedecido era por haber descubierto a un tercer enemigo. Pablo, con los ojos muy abiertos y expresión asustada, quiso replicar, pero desistió de hacerlo y fue a por su ballesta. Sin embargo, Juan le detuvo:

—No, amigo Pablo, tendrá que ser cuerpo a cuerpo. Si fallamos al disparar, nos descubrirá y estaremos perdidos.

Era consciente de que no era buen arquero, y al estar protegido por los troncos, las probabilidades de fallar eran elevadas, incluso para un arquero más experimentado. Pablo, para su sorpresa, replicó agitado:

—Yo no voy. Os cubriré desde aquí, pero yo no me enfrento a eso.

Juan se quedó helado. El soldado se había hecho con un montante y, escondido, dividía su atención entre vigilar al nuevo enemigo y averiguar qué iban a decidir Juan y Pablo. Lo más calmado que pudo, dijo:

—No hay otro remedio. Necesitaríamos vuestra espada para enfrentarnos a ese monstruo. Si se pone a convocar a las ratas, estaremos perdidos. Yo solo no puedo apoyar al soldado, os necesitamos.

Casi sintió lástima por la expresión aterrorizada de Pablo. Pero, al menos, la decepción que acababa de sentir se esfumó, porque, aunque fuera de mala gana, su amigo soltó la ballesta y se ajustó bien el cinto, mientras susurraba, en un lamento:

—¡Me he tenido que juntar con el héroe del pueblo!

Acababan de agazaparse junto al soldado cuando vieron al cralate alzar la cabeza y comenzar a aullar. Justo como Raquel había dicho que hacían. Y recordó qué le había aconsejado para aquella situación. Susurró:

—¡Ahora!

Y cargaron contra él, corriendo con todas sus fuerzas. El monstruo no parecía percatarse de su presencia, y tal y como su amiga le había dicho, parecía el mejor momento para atacarle. Pero, aún así, aquella bestia debía medir un pie o un pie y medio más que él, y el miedo atenazó su corazón cuando estuvo a su lado. Pablo, que se las había arreglado para acercársele por la espalda, le lanzó una estocada muy bien dirigida que le entró por los cuartos traseros y casi lo atraviesa. El cralate se tambaleó e interpuso un brazo para protegerse de Juan, quien por los nervios había lanzado un golpe con la espada medio suelta que dio en el blanco por suerte. Al mover torpemente el brazo, el monstruo recibió un ataque que no le habría alcanzado, y se hizo un corte bastante feo, él solo, con el filo de la ropera, que llenó de sangre el rostro de Juan.

Le habían herido por dos veces, pero hubiera sido insuficiente para derrotarle. Sin embargo, el soldado lanzó un golpe brutal desde una guardia alta, que le dio al monstruo en el otro brazo con tal ímpetu que se lo pegó al pecho, que fue el que recibió el mayor impacto. Y el cralate se desplomó derribado de costado y si Juan no se hubiera apartado a tiempo, le habría caído encima. Lo que sí le cayó a Juan fue más sangre, que le tiñó los cabellos y buena parte del coselete de rojo.

Pablo iba a lanzar una segunda estocada, pero se detuvo jadeando al ver que el cralate no se movía. El soldado le dio varias patadas muy fuertes y la bestia caída no reaccionó, por lo que la dio por muerta y les apremió a regresar de inmediato a la protección del parapeto natural, cosa que hicieron a toda velocidad. Una vez allí comprobaron que el resto de compañeros regresaban a sus puestos tras haber dado cuenta del tercer cralate. Pablo le dijo que estaba perdido de sangre y le ayudó a buscar algo con que limpiarse un poco. Después de aquello, volvió a sumirse en su silencio tenso.

Tras aquello, transcurrió una hora interminable que llegó a su fin cuando vieron aparecer al grupo de soldados, acompañados del oficial al mando, que habían partido hacía un tiempo que se les antojaba muy largo. Volvían desanimados, pero ilesos. Por lo que Juan y Pablo pudieron enterarse, habían sorprendido a un par de cralates aislados, que habían matado sin sufrir ni un rasguño, pero nada más. En una misión cuyo objetivo era diezmar a los cralates, aquello era un fracaso en toda regla, ya que habían tenido más bajas que enemigos habían abatido.

Con ánimo sombrío, la columna emprendió el camino de regreso hacia el punto de reunión con la otra mitad de la expedición, una zona próxima al claro donde habían acampado, pero más próxima a la salida del bosque. Aunque fue una marcha relativamente breve, resultó muy tensa porque la columna cargaba con muchos heridos y la defensa iba a ser difícil en caso de un ataque. Esto no llegó a producirse, pero tuvieron que soportar otra espera de casi dos horas en medio de un bosque denso y oscuro capaz de inquietar incluso a los soldados más animosos. Aunque no sufrieron ningún ataque digno de aquel nombre, varias veces sonaron gritos, órdenes y el ruido que se oye cuando se usan arcos o ballestas. Como ni a Juan ni a Pablo les ordenaron intervenir, permanecieron sentados entre unos matorrales, sin cruzar ni una sola palabra.

Finalmente, llegó el resto de la expedición. Y aunque Juan se cuidó mucho de manifestarlo, ver el estado en que regresaba le cerró la garganta en un nudo. No supo exactamente cuántos soldados habían caído, pero le parecían cerca de diez. Sí le fue evidente, como a todos, que sólo tres de los milicianos habían regresado. El aspecto de los que regresaban era desolador: con las armaduras sucias y con piezas menores rotas, con los rostros repletos de cansancio y horror. Aunque lo que más les desmoralizó fue que don Felipe venía inconsciente y malherido, con lo que la expedición había quedado descabezada.

El siguiente oficial en el escalafón tomó el mando, únicamente, para ordenar una formación defensiva y hacer salir a la expedición del bosque por el camino más rápido. Fueron otras dos horas de marcha angustiosa, en un bosque oscuro bajo cuyos matorrales podía haber cualquier cosa. Sin embargo, durante todo el trayecto no vieron ni a una simple rata. Para Juan, llegar al límite del bosque y verse de nuevo en campo abierto le supuso un alivio momentáneo que, no obstante, agradeció mucho. Al poco rato, se ensimismó y empezó a pensar obsesivamente en la viuda de Pedro y en el huérfano que dejaba. Se le humedecían los ojos de vez en cuando imaginándose la cara de su mujer al recibir la noticia.

Su ensimismamiento tuvo la virtud de hacerle muy llevadero el viaje de vuelta a Gaiphosume. La ruta de regreso fue diferente. En vez de regresar bordeando Metmehapet, dieron un rodeo para no acercarse a la pequeña población y marcharon por las colinas que había al oeste de Gaiphosume. Juan comprendió que iban a llegar directamente al castillo que defendía Gaiphosume, con el objeto de impedir que la gente supiera que casi la tercera parte de los soldados que habían partido se quedarían para siempre en aquel bosque maldito. Sería en vano, porque se acabaría sabiendo, pero, al menos, tardaría algún tiempo en extenderse el rumor.
A los milicianos no les hicieron entrar en el castillo. Con cierta solemnidad, el oficial al mando de la expedición les agradeció su valor, se lamentó por los muertos y ratificó que sus condenas de reclusión quedaban perdonadas. Así, el oficial de la milicia hizo formar a los seis milicianos ilesos y a los tres heridos, dos de los cuales tenían que apoyarse en sus compañeros, y les hizo bajar por la ladera de la elevación que dominaba el castillo hasta alcanzar la carretera que discurría próxima a la costa. No les llevó mucho tiempo alcanzar el puente sobre el río Gaiphosume y entrar en la localidad por la Puerta del Puente.

El espacio despejado que había tras la Puerta del Puente estaba lleno de curiosos, entre los cuales había varios familiares de los milicianos que habían partido. Probablemente, desde lo alto de las murallas, se habría corrido la noticia del regreso de los milicianos, y sus allegados acudían a recibirles. Juan, aún ensimismado, se quedó casi en el mismo sitio en el que había recibido la orden de romper filas. Tras un rato indeterminado, oyó a Pablo decirle, con rabia:

—¿Qué vais a hacer?

Pablo tenía el rostro contraído en una expresión enojada. Respondió muy despacio:

—No lo sé.

—Pues no sé vos, pero yo necesito un trago.

Comenzó a plantearse si acompañar a Pablo o no cuando oyó a una mujer que repetía su nombre. No tenía familia, no se esperaba que nadie fuera a recibirle allí; por eso, no se dio cuenta de que se trataba de Raquel hasta que la miró. Si hubiera tenido un estado de ánimo normal, se habría sorprendido y conmovido de ver cómo le cambió la cara a su amiga cuando vio el aspecto que traía. Raquel se quedó parada un instante, a cuatro o cinco pies de él, mirándole con preocupación el coselete. Embotado como estaba, reparó lentamente en que estaba perdido de sangre de cralate, así que acertó a decir:

—La sangre no es mía.

Pero Raquel le estaba mirando a los ojos, con una expresión entre angustiada y triste. Murmuró, sobrecogida:

—Ha tenido que ser horrible.

Por toda respuesta, Juan agachó un poco la cabeza, ya que no le era fácil mantener la mirada consternada de su amiga. En esto, Pablo le sorprendió diciendo en tono antipático.

—Me voy a la taberna.

Caminando con rapidez, entró en una taberna que estaba muy cerca. Raquel se las arregló para volver a mirarle a los ojos y le preguntó:

—¿Te han herido?

—No.

Y, tras una pausa, con una calidez que consiguió reconfortarle una pizca, añadió:

—Ya ha pasado todo, Juan. Ahora necesitas descansar, comer algo… ¿quieres que…?

Una discusión a gritos la hizo callar. La vio apartarse de él y entrar corriendo en la taberna. Le costó unos instantes reparar en que Raquel había reaccionado así porque uno de los que gritaban era Pablo. Juan se encaminó con paso cansino hacia la taberna, entre un grupo de curiosos que, sin embargo, no entraron como sí lo hizo él. Lo que vio le habría alterado en otras circunstancias. Raquel forcejeaba con Pablo, que fuera de sí le gritaba insultos terribles al tabernero, que le respondía con otros no menos graves. Su amiga le retenía a duras penas, pero le ordenaba que se tranquilizara con una determinación y un coraje que a Juan le parecían impropios de ella. El tabernero le exigió el pago de una cantidad, acompañándolo de unos cuantos insultos, y Pablo le replicó que por aquel vino malo no pagaba ni la mitad. Cuando el otro le mostró un cuchillo de gran tamaño, Pablo redobló sus intentos de apartar a Raquel, mientras gritaba:

—¿A mí me vas a sacar eso, hideputa! ¡Yo te mato!

Y habría desenvainado de no haberlo impedido Raquel agarrándole la muñeca y empujándole. Gritó tan fuerte como los dos hombres cuando le dijo:

—¿Está loco? ¿Va a arruinar su vida por unos cuantos maravedís? ¡Cálmese ya!

En un tono que a Juan le pareció más peligroso que los gritos por lo bajo y grave que sonó, Pablo repuso.

—Raquel, por favor, apártese.

En realidad, pensó Juan, Pablo había ido a enfrentarse a un rival que le superaba con mucho. Aquel tabernero era bien conocido en Gaiphosume por no tenerle miedo a nadie. Había servido en el ejército, de donde le echaron por ser indisciplinado y algo pendenciero, y estaba habituado a tratar con gente de muy mala catadura. Aunque Pablo llevara ropera, Juan estaba convencido de que el tabernero sería muy capaz de descuartizarle. Así que pensó que debía hacer algo. Con la frialdad que le daba el estado de ánimo inusual que le había dejado la expedición que había padecido, se encaminó tranquilamente hacia el hombre, que le miró receloso, e interrumpió la discusión diciendo, con serenidad:

—¿Cuánto dinero le debe mi amigo?

—Diez maravedís.

Sin más, le pagó lo que pedía y, con aquello, terminó la pelea. Pablo, que había dejado de forcejar, salió refunfuñando de la taberna dando grandes zancadas y empujando a varios de los curiosos que habían acudido a ver la pelea. Raquel le siguió a toda prisa y Juan salió del recinto mucho más despacio. Pablo y su amiga iban discutiendo. Se pararon frente a un muro y Pablo, que no hacía más que decir que aquel canalla había empezado, que era un ladrón, que a él nadie le amenazaba, empezó a beberse grandes tragos del pellejo de vino que había comprado, mientras Raquel no paraba de repetirle que se tenía que controlar, que o se calmaba o acabaría en la cárcel o de galeote.

Y, de pronto, Pablo se dejó caer, arrastrando la espalda por la pared, hasta quedar sentado. Y se cubrió la cabeza con ambas manos y empezó a temblar. Raquel se agachó y le escondió con su cuerpo. Y cuando estuvo junto a los dos, la oyó decir:

—Amigo Pablo, no se avergüence. Ha soportado una prueba terrible. Nadie tendría derecho a reírse de vuestra merced si le ve así. Además, yo le cubro, nadie se dará cuenta.

Con un atisbo de sorpresa, Juan comprendió que Pablo estaba llorando. Raquel terminó arrodillándose frente a él y cubriéndole la cabeza con los brazos, el pecho y la cabeza. Su amigo murmuraba entre lágrimas que pensó todo el tiempo que iba a morir, que en aquel bosque no sabía por dónde le iban a venir los enemigos, que estaba oscuro, no se veía y se sentía torpe e incapaz. Raquel, entretanto, le reconfortaba con ternura. Se la quedó mirando un rato, pensando en que no sabía que su amiga supiera lidiar con situaciones como aquella. Acabó sintiendo que estaba de más, así que le dijo, en tono apagado.

—Estaré en la taberna.

Raquel respondió con un gesto nervioso de la mano y asintiendo ligeramente. De manera que Juan les dejó solos y entró con parsimonia en la misma taberna donde Pablo casi se mete en un problema del que no iba a poder salir bien parado. Pidió una jarra de vino al mismo tabernero y, sentado en una de las mesas, apoyando el cuerpo en una pared, se la fue bebiendo muy despacio, sin tener apenas noción del tiempo, pensando obsesivamente en Pedro, su viuda y su retoño.

No supo cuánto tiempo pasó allí. Sólo que aquel intervalo terminó cuando Raquel le puso una mano en el hombro y se sentó frente a él, sonriente. Él sólo acertó a esbozar un principio de sonrisa en respuesta, pero a su amiga no pareció importarle. Juan estaba planteándose preguntarle acerca de Pablo, pero fue ella quien se adelantó:

—He tardado un poco porque preferí acompañar a Pablo a su alojamiento, por si se metía en más líos. Pero no. Cuando dejó de llorar se quedó muy relajado y se recuperó muy rápido por el camino. Me pidió perdón por lo de la taberna y… de verdad, no sé cómo te has hecho amigo de él. ¿Sabes lo que me dijo al despedirse?

Juan, con un movimiento muy ligero de la cabeza, repuso que no, y Raquel continuó, en un tono más divertido que indignado:

—Que como se iba a acostar, que si no podía darle un beso de buenas noches. Me molestó un poco, pero después de lo mal que lo había pasado, no fui capaz de negarme, y le besé en la mejilla. ¿Y sabes lo que me dijo? —En esta ocasión, no esperó a tener respuesta—. Que hubiera preferido un beso menos decente, pero que estaba bien para empezar. ¡No tiene vergüenza!

Raquel le miró sonriente unos momentos, a lo que Juan repuso con otra sonrisa débil, y prosiguió:

—Pero lo bueno es que ya ha recuperado las ganas de bromear. Le bastará dormir bien, tomarse un buen desayuno y hacerse a la idea de que ya está en un sitio seguro, y lo habrá superado, si es que no lo ha hecho ya. En cambio, tú me preocupas mucho más.

Juan se enderezó, mirando a su amiga extrañado, pidiéndole sin palabras que se explicara, cosa que hizo de inmediato.

—Cuando te saludé en la plaza tenías los mismos ojos que mi hermano la primera vez que participó en un combate de verdad. Me diste tanta pena…—y, añadió, clavándole la mirada en sus ojos—: lo habéis pasado muy mal… seguro.

A Juan se le hizo un nudo en la garganta, pero se limitó a asentir ligeramente. Preferiría que Raquel no siguiera recordándole lo que había padecido en aquella expedición que tan mal había terminado, aunque no tenía fuerzas para protestar. Pensó que no se merecía estar allí, que hubiera sido mejor para todos si en vez de morir Pedro, hubiese caído él víctima de su estupidez cuando casi sale del perímetro del campamento la noche que acamparon. Mientras le pasaba todo aquello por la cabeza, apenas hizo más que mantener la vista perdida en su vaso de vino, y rodearlo con la mano. Su amiga lo sacó de su estado, diciéndole:

—Mi hermano se pasó dos días sin hablar apenas. No quiero ni acordarme… Preferiría que reaccionaras como Pablo. Mira, no hay motivo para avergonzarse. Mi padre me ha dicho más de una vez que, en casos como el vuestro, acaban llorando más bisoños de lo que te creerías, y no son más débiles o cobardes que los demás, es sólo su forma de sobreponerse a lo que han vivido. Tú haces mal en tragártelo, sólo conseguirás sentirte desgraciado y culpable durante más tiempo.

La única reacción de Juan fue bajar la cabeza y apurar su vaso de vino. Tras un intervalo de silencio, Raquel comprobó cuanto vino quedaba en la jarra, le sirvió más, con lo que acabó con el contenido de la jarra, y le dijo:

—¿Harán buen hipocrás aquí? Espera un momento.

Su amiga se levantó y se dirigió hacia un sitio que Juan, que no se había movido, no vio. Tras un rato, volvió con las mejillas encendidas y una expresión algo rara. Sin alzar mucho la voz, le dijo:

—Me ha dicho el tabernero que no tengo que pagar. Que una chica tan valiente como yo se merece una invitación. No he sabido qué decir.

Juan tampoco supo qué contestar, así que acabaron con el vino y el hipocrás sin apenas hablarse. Raquel, finalmente, dijo:

—Vámonos. No deberías presentarte mañana con la armadura tan sucia. Aún hay luz suficiente.

Y le condujo, de nuevo, al exterior de las murallas. Juan se dejó llevar dócilmente, de modo que Raquel recorrió un trecho de la ribera del río Gaiphosume hasta encontrar una zona que le satisfizo. Bajo la luz menguante del atardecer, le ayudó a quitarse el coselete y se afanó un buen rato en limpiarlo de sangre, mojando un trapo que traía en el agua y que terminó teñido de rojo. Por primera vez, mientras la veía concentrarse en su coselete, Juan disfrutó contemplando cómo le caía el cabello sobre los hombros, la figura tan espléndida que tenía y lo guapa que era. Le ayudó mucho a levantarle el ánimo tenerla a su lado, y cuando, usando otro trapo, se dedicó a quitarle del rostro y del cuello la sangre reseca, sintió que, además de la suciedad, le estaba librando de parte del pesar que se había traído de la horrenda expedición.

A pesar de que Juan insistió en que no hacía falta, Raquel se empeñó en acompañarle hasta el edificio donde vivía. Apenas había ya luz cuando su amiga le abrazó y se despidió de él con dos besos, que aclararon otro poco más su ánimo sombrío. Subió agotado las escaleras, que se le hicieron muy largas, y no hizo más que desvestirse y acostarse. Se quedó dormido casi de inmediato.

Y no tuvo ningún sueño.

06 febrero 2012

(Cuentacuentos) El globo rojo trataba de esquivar aquella multitud sobre la acera

Termino al fin la historia que empecé hace dos frases. Las otras dos partes son:

http://sinciforma.blogspot.com/2012/01/cuentacuentos-hay-verguenzas-que-un.html

y

http://sinciforma.blogspot.com/2012/01/cuentacuentos-no-pienses-que-te-voy.html

Dudaba que pudiera usar la frase de esta semana para rematar la historia, pero sí he podido, porque me he informado un poco y he descubierto dos cosas:

1) Los globos son un invento medieval. Algunos juglares inflaban vejigas de animales para distraer a los niños. Pablo lo explica un poco.

2) Las aceras son un invento renacentista. La Villa de Madrid, en 1612, decretó que todas las calles deberían tener aceras. Lo que sucedió es que nadie hizo caso de la ordenanza hasta más de dos siglos después. Sucedía que las autoridades exigían a los propietarios de las casas de Madrid que construyeran, cada uno, su trozo de acera, pagándolos de su bolsillo. Y nadie lo hizo. La España de entonces no era tan distinta a la de hoy en día.

Aquí está la última (y larga) parte del relato:

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EL GLOBO ROJO TRATABA DE ESQUIVAR AQUELLA MULTITUD SOBRE LA ACERA

El globo rojo trataba de esquivar aquella multitud sobre la acera, mientras un grupo de niños lo perseguía. El alboroto que causaban éstos hizo que el señor de Pablo interrumpiera brevemente su relato y dedicara una mirada triste a los chavales. A Pablo le pareció ridículo que aquellos mocosos se empeñaran en perseguir lo que sería, probablemente, la vejiga de algún animal pintada de rojo y llena de aire, creada por algún juglar con ganas de hacerse notar.

Al menos, el globo no abandonó nunca las aceras, que eran una innovación muy curiosa de la ciudad de Burna. Eran una solución a los problemas que causaba que los peatones caminaran por las calles libremente, cruzándose por delante de carros o diligencias. Las aceras estaban reservadas a los que marcharan a pie, mientras que el resto de la calle quedaba para los carros y caballos. A Pablo de parecía un invento poco útil y costoso, propio de una cuidad como Burna, llena de ricachones y siempre empeñada en ostentar.

Con un suspiro, su señor retomó el relato.

*******

Llegamos al mostrador y vi a Clarissa dejar el barril junto a otros mientras continuaba alumbrándola. Terminó rápido se hizo con la lámpara y volvió a lo suyo con un "adiós" muy escueto. Interpreté aquello como un rechazo, sensación que se reforzó cuando la vi afanarse con tazas y cubiertos sin hacerme el menor caso. Se me aceleró el pulso cuando pensé que tenía que decirle algo, demostrarle algo de interés, que no creyera que la rechazaba por no ser lo bastante atractiva. Permanecí un rato allí, buscando una frase, que acabé por encontrar. Pero no tuve oportunidad de decirla a la primera, porque Clarissa me dijo, en un tono seco:

-¿Qué sucede? ¿Por qué no te vas a tu habitación?

Me llevó algo de tiempo comenzar a responderle:

-M... Es que... Yo... Como te alumbré al ir al sótano, me pregunto... si querrías llevarme a mi habitación.

Clarissa me miró mordiéndose ligeramente el labio, con una expresión divertida en los ojos. En tono zalamero añadió:

-¿No sabes ir solo?

Respondí que no y le tendí un brazo, a lo que Clarissa respuso con una risita. Sin embargo, tomó el antebrazo que le ofrecía y subimos la escalera que daba a las habitaciones bien pegados. Me llevé una sorpresa cuando, al llegar al final de un pasillo, tomó la dirección opuesta a la que debía llevarme al cuarto que debía compartir con los otros cinco escuderos. Se lo hice saber con timidez y su respuesta me descolocó mientras subíamos otras escaleras:

-Hoy no vas a dormir ahí. Te llevo a una habitación mucho mejor.

Me puse muy nervioso porque no sabía adonde me llevaba, porque el segundo piso era muy lóbrego y porque quizá empezara a insinuárseme de nuevo. Llegamos a un rincón muy oscuro donde había una puerta. Clarissa se sacó una llave de la faltriquera, abrió la puerta y entramos. Cuando la mujer cerró la puerta detrás de mí, me empezó a latir el corazón con furia. Me quedé inmóvil en medio de la habitación mientras ella encendía velas de varios candelabros, hasta que la habitación quedó bien iluminada. Se trataba de una habitación de mujer.

Comprendí adónde me había llevado, y me costó mucho esfuerzo reprimir mis nervios. Fui capaz de volverme hacia ella, y me encontré con que me miraba con intensidad, sonriendo ligeramente. De lo que no era capaz era de portarme como, se suponía, tendría que portarse un hombre en aquella situación. No me veía capaz de tomar la iniciativa. Pero no hizo falta. Mientras parecía desatarse la ropa por la espalda, me dijo, coqueta:

-¿Te gusta mi habitación?

Respondí que sí, que era muy bonita, con una voz que casi no me salía de la garganta, ya que mientras contestaba, vi como el vestido que llevaba Clarissa, que era de una pieza, caía al suelo y se quedaba delante de mí en camisa y calzas. Continué inmóvil mientras se quitaba con sensualidad las calzas y dejaba a la vista unas piernas impresionantes. Cuando se quitó la camisa de la misma forma y pude verla desnuda pensé que era la mujer más hermosa del mundo, y mi cuerpo empezó a reaccionar por sí mismo.

Clarissa se me acercó, mirándome a los ojos, me puso las manos en los hombros, acercó su boca a la mía hasta casi tocarla y, al fin, fui capaz de hacer algo; la abracé y la besé. Ella se liberó dulcemente, y en el mismo tono me dijo:

-Tú no has yacido con muchas mujeres, ¿verdad? Yo diría que con ninguna, ¿me equivoco?

La mirada de Clarissa, la calidez que parecía desprender su cuerpo, el lugar donde estaba; todo aquello me impulsó a ser sincero, a mi pesar:

-No te equivocas.

Y, para mi sorpresa, se rió y me dijo:

-¡Cómo me gustan los chicos guapos e inexpertos! ¡Me encanta enseñarles! Déjalo en mis manos.

Y, con una sonrisa preciosa, me quitó el jubón, y después la camisa. Lo hizo de una forma que me puso, de placer, los vellos de punta. Y fue aún mejor cuando empezó a besarme el pecho y a ir bajando hasta llegar a los pantalones, que me empezó a quitar.

Nunca olvidaré la noche que pasé con Clarissa. Aparte de preciosa era muy ardiente y me trató con una paciencia extraordinaria, sin que le importase que no tuviera ni la menor idea de lo que hacer en esas situaciones. Aprendí donde besar, cómo tocar y cómo satisfacer a una mujer. Nos amamos largo rato hasta que terminamos acostados frente a frente. Le así una mano y Clarissa respondió al gesto con una sonrisa, antes de quedarse dormida. Yo estuve contemplando su rostro un rato, hasta caer dormido también.

* * * * * *

Me despertaron unos alaridos horrendos, y un rumor de lucha que parecía venir del piso de abajo. Clarissa y yo nos despertamos a la par. Me dio tiempo sólo a incoporarme, porque mi compañera me hizo volver a tumbarme con delicadeza y me dijo con tristeza:

-No te levantes, cielo. Quédate conmigo.

Le retiré la mano con la misma delicadeza, me volví a incorporar y respondí, mientras entre los alaridos se colaban súplicas desesperadas:

-Tengo que irme, he de proteger a mi señor, a mis compañeros, tengo que luchar... Tú quédate aquí, cierra bien la puerta y escóndete.

Comprendí que algo marchaba muy mal cuando la reacción de Clarissa fue montar en cólera. Me agarró de la garganta con mucha fuerza, clavándome los dedos y me obligó a tumbarme nuevamente. Y me quedé inmóvil por el terror cuando me gritó:

-¡Te he dicho que te estés quieto!

Aparte del tono furioso, lo que me aterrorizó fue que la dentadura blanca y perfecta de Clarissa se había convertido en dos hileras de colmillos. Fui consciente de que estaba perdido, que habíamos dado realmente con la Posada Maldita del Lanyur. No osé moverme; sólo cuando empezó a faltarme el aire, di muestras de estar ahogándome. Y, entonces, el monstruo que había confundido con una mujer preciosa, aflojó su presa y me dijo con dulzura:

-No, no, cariño, no tengas miedo. Lo que pasa es que os habéis alojado en la Posada Maldita del Lanyur. Tus señores y los escuderos ya están perdidos. Si bajas para luchar sólo conseguirás que te maten-. Empezó a acariciarme una mejilla con ternura mientras proseguía-. Eres tan guapo y tan amable que me daría mucha pena comer tu carne, o tomarme una sopa hecha con tus huesos. Quédate conmigo, ya que ninguno de los míos entrará aquí sin mi permiso. Cuando sea seguro, te sacaré de la posada.

Sentí que aquel monstruo me estaba mintiendo, pero allí, desnudo, desarmado y solo, no tenía más remedio que, por el momento, mostrarme dócil. De pronto, pensé que aquello bien podía ser una pesadilla, pero parecía demasiado real para serlo. Y con ciertas esperanzas, recordé lo que había dicho nuestro clérigo y aventuré a decir, para fingir algo de rebeldía:

-No puede ser, esto no puede ser la posada maldita.

Clarisa, que había vuelto a acostarse, pero asía férreamente uno de mis brazos y no me quitaba ojo de encima, sonrió y dijo:

-Claro que sí puede ser. El clérigo que venía con vosotros lo ha explicado. Dijo, exactamente: "Ningún edificio que hunda sus cimientos en la tierra puede ocultar la maldad del hechizo que he empleado". Y tiene razón. Toda la razón.

Hizo una pausa teatral que mató todas mis esperanzas. Clarissa prosiguió y me hundió en la desesperación:

-Lo que sucede es que la Posada Maldita del Lanyur no tiene cimientos. Cambia su situación cada semana y se limita a posarse en la tierra, no a hundir sus pilares en ella para absorber la maldad, como hacen otros lugares encantados. Por eso, a pesar de vuestros esfuerzos, nunca podéis encontrarla. Y nunca lo conseguiréis. Porque la maldad que convierte este edificio en maldito está concentrada en un sitio que ni te imaginas.

Pareció disfrutar cuando fui incapaz de ocultar mi abatimiento, pero, durante la hora interminable que pasamos despiertos en su cama, no me hizo el menor daño. De pronto, sin que yo hubiese advertido el menor cambio que lo justificara, Clarissa se levantó, luciendo lo que seguía siendo un cuerpo de mujer de belleza extraordinaria, y me ordenó en tono seco:

-Levántate y vístete.

Lo hice tiritando, no tanto de frío sino de miedo, por lo que cuando terminé, ella ya estaba vestida y me miraba con impaciencia. Me tomó del antebrazo derecho, abrió la puerta y me dijo en un susurro:

-Procura no hacer ningún ruído. Toda mi gente ya estará dormida, pero si nos cruzamos con alguien, no tendré más remedio que entregarte para que te descuarticen y te salen para tu carne aguante más. ¿Entendido?

Asentí aterrorizado y, con mucha cautela, deshicimos el camino que habíamos recorrido unas horas antes. Por fortuna, nadie nos salió al encuentro, y, tras haber cruzado el salón en aquella cena que tan feliz había creído, Clarissa abrió la puerta de la posada y la volvió a cerrar cuando estuvimos fuera. Noté que ya había cierta claridad. En vez de dejarme libre, me empezó a conducir hacia un lugar indeterminado entre los árboles. Fue entonces cuando me planté y dije que me soltase ya, que ya estábamos fuera de la posada, que adonde me llevaba. Con cara de pocos amigos, me repuso:

-La posada esta rodeada por una barrera que la incomunica del resto del mundo. ¿Cómo si no conseguimos pasar desapercibidos? Cuando se nos acaba la carne, la abrimos y cuando capturamos a unos cuantos idiotas, la volvemos a cerrar. Pero hay un punto donde se puede abrir una puerta para escapar en casos de emergencia. Ahí te llevo, pedazo de estúpido.

Y con una fuerza que era incapaz de resistir, tiró de mí hasta que terminé accediendo a acompañarla. La zona que rodaba la posada era muy siniestra, con un bosque de aspecto lóbrego y casi enfermizo. No me fiaba de Clarissa, pero como no tenía mucho que hacer contra ella, decidí fingir docilidad a la espera de un momento en que defenderme.

Llegados a un punto nos detuvimos y supe que habíamos llegado adonde mi acompañante quisiera llevarme. De pronto, Clarissa se puso tensa y yo también percibí un rumor de pasos. Una voz burlona de mujer me sorprendió al sonar a mi espalda:

-Clarissa, querida, ¿me puedes decir qué estás haciendo?

La ferocidad con que le respondió, me hizo pensar que no se llevaban demasiado bien:

-¡No es asunto tuyo! Quiero liberar a este muchacho. Con los otros que hemos capturado hoy tenemos carne para dos semanas, así que no necesitamos a este.

-¡Oh! ¿Te has enamorado? ¿Fornicas una sola vez y ya pierdes la cabeza? Tienes que quitarte esa manía.

Clarissa pareció calmarse, y pasó a responder con sarcasmo:

-Cassandra, cielo, ¿lo tuyo es glotonería o es que los demonios no te han querido ni tirar los despojos?

-No, querida, es que es injusto que quieras disfrutar tú sola de un muchacho tan guapo. Con lo joven que es y la buena forma que tiene, debe tener una carne tierna y jugosa. Y es tan apuesto que a lo mejor yazgo con él unas cuantas veces antes de comérmelo... Pero déjalo ya, Clarissa, entrégame al muchacho y vete.

-¡Jamás! ¡Ven aquí a quitármelo!

Cassandra parecía una mujer de la talla de Clarissa, pero de piel muy blanca y fina y con una melena rubia. Era tan atractiva como el monstruo con el que había compartido lecho hacía unas horas, o quizá aún más. Pero aquella conversación que mantenían había conseguido aterrorizarme hasta el punto de que las piernas me temblaban. Y que fueran a pelearse me inquietaba mucho más. De pronto, Clarissa me miró haciendo unos gestos raros con las manos, y mis piernas se quedaron paralizadas. La bruja se limitó a decirme lo siguiente:

-Es por tu seguridad. Si pierdo estás muerto, corras lo que corras. Si gano y has salido huyendo, no estoy segura de poder localizarte a tiempo. Quédate ahí y disfruta.

Clarissa se refería, consideré, a que disfrutara de la pelea, cosa que veía muy complicada. Las dos brujas se acercaron, giraron lentamente la una alrededor de la otra, como si se tratara de fieras, y se amenazaron varias veces con las bocas llenas de colmillos. Una vez, de adolescente, había visto pelearse a dos mozas y a mí resultó una visión bastante desagradable, a pesar de que, para la ferocidad con que se golpearon, las consecuencias no fueron más que algún moretón, el pelo revuelto y la ropa desordenada. Cuando Cassandra se echó sobre Clarissa aquello fue igual que ver a dos perros rabiosos pelearse. Forcejearon, se pegaron y se mordieron varias veces, tan enzarzadas que costaba trabajo seguir la pelea. Se paró momentáneamente el forcejeo cuando Clarissa mordió el antebrazo de su rival y la hizo aullar de dolor. Mantuvo la presa hasta
que Cassandra la obligó a soltarse a base de puñetazos. Cuando Clarissa retrocedió mareada y con una ceja rota, su oponente la mordió cerca del cuello, y no la soltó hasta que Clarissa la obligó a base de golpes.

Cassandra parecía ser más fuerte, o más feroz, que su rival, y aunque tenía la mitad del rostro surcado por unos arañazos terribles, que la obligaban a cerrar un ojo por la hemorragia, Clarissa había recibido un mordisco en la mejilla y varios en brazos y antebrazos, y gritaba más que su oponente. Me encontré deseando que de aquel combate de monstruos fuera Clarissa la que saliese victoriosa, pero mis esperanzas se esfumaron casi del todo cuando Cassandra logró derribar a Clarissa y caer sobre ella. Tras un forcejeo breve, mi supuesta salvadora estaba boca abajo, y su rival encima. Clarissa pataleó e intentó volverse, y cuando estaba tumbada de costado, Cassandra le mordió el brazo y comenzó a agitar la cabeza, igual que hacen los perros feroces. Se me revolvió el estómago y llegué a taparme los oídos para no oír más los alaridos de Clarissa, que no
podía liberarse.

De alguna forma, Clarissa pudo alzarse un poco, y con rapidez se volvió y echó el cuerpo encima de la cabeza de su enemiga, que ni aún así había abierto las mandíbulas y seguía golpeándola donde podía. Eso lo logró como las demás veces, sólo que en esta ocasión, no entendí cómo no le había abierto la cabeza a Cassandra. Una vez libre, Clarissa quiso seguir con los golpes, pero Cassandra tiró de ella hacia delante, se revolvió y la mordió en el muslo, con la misma ferocidad de antes. Y, a punto de vomitar, tuve que taparme los oídos de nuevo. Y fui consciente de que iba a morir. Clarissa se liberó de nuevo, pero esta vez ayudada por una piedra que Cassandra le arrancó de las manos antes de separarse, con el cabello rubio teñido de sangre.

Las dos luchadoras se levantaron jadeando, llenas de heridas y de sangre. Pero Clarissa se mostraba más quebrantada; cojeaba y no podía mover uno de los brazos. Cassandra la atacó, la derribó sin problemas y lucharon desesperadamente en el suelo. Y sucedió lo impensable. Clarissa, tras haber rodado ambas por el suelo consiguió inmovilizarla boca abajo un breve instante, el suficiente para morderle el cuello y agitar con ferocidad la cabeza. Oí un crujido espeluznante, que me hizo doblarme sobre mis piernas paralizadas y vomitar. Cuando pude alzar la vista, Clarissa sacudía el cuerpo inmóvil de Cassandra, con incredulidad. Al fin, se levantó exultante y me dijo entre jadeos:

-La he vencido... Es la primera vez... que lo consigo.

Tras un gesto suyo, mis piernas recuperaron la vida, lo que me facilitó acabar de vomitar. Clarissa se me acercó cojeando y con cierta debilidad, me ayudó a incorporarme mientras me decía:

-Vamos, cielo, que ya no queda casi nada-. Y añadió muy alegre-. He podido con ella... por fin.

Acerté a decir, con mis nervios a punto de explotar:

-¿Pero a qué precio lo has hecho? Estás destrozada... desfigurada.

Clarissa se limitó a sonreír y a decirme:

-Otras veces he acabado peor. Yo ya estoy muerta, por eso mi cuerpo es muy distinto al tuyo. Dentro de cinco o seis días estaré repuesta y no me quedarán ni cicatrices. A Cassandra le va a llevar más tiempo porque, cuando te libere, voy a seguir pegándole hasta que me harte. Pero no creo que tarde más de dos semanas en volver a darme la lata.

Tras una pausa, añadió:

-Llévame del brazo; casi no puedo andar.

A pesar de considerarla como un ser diabólico, que gravemente herida, sólo pensaba en ensañarse con su enemiga vencida, no me sentí capaz de negarme. Recorrimos un trecho pequeño con mucha lentitud, ya que Clarissa, en verdad, apenas podía tenerse en pie. En un momento determinado, hizo una serie de gestos con las manos y, al terminar, anunció:

- Ya está. Pasa entre esos dos troncos y serás libre.

Di varios pasos rápidos hacia allí, pero pensé que debería, por lo menos, despedirme de Clarissa, y darle las gracias. Así lo hice, y su respuesta fue reírse y decir:

-¡Qué encanto! Anda, ven y dame un beso, aquí, en la mejilla.

Le hice caso y, en respuesta, suspiró y añadió:

-Qué pena que no esté en condiciones de hacerlo contigo una última vez... Te aconsejo que no se te ocurra alojarte en ninguna posada de la región entre Mencea y Yarte, porque si te alojas de nuevo en la Posada Maldita, no tendrás tanta suerte como hoy. Y ahora vete. Y cuídate.

Y sin más, crucé entre los troncos y me vi en la carretera hacia Mencea, en lo que era una mañana clara y algo fría. Avancé con precaución, a escondidas, hasta una posición en la que divisar la posada. Pero la zona estaba vacía, completamente. Así que estuve caminando casi todo el día hasta que un labriego compasivo me llevó en su carro y me ofreció alojamiento en su granja.

Y esto era lo que quería contarte, Pablo.

* * * * * *

Pablo se quedó pensativo un rato. Su señor tenía la vista perdida en el fondo de su jarra de cerveza, ya prácticamente vacía. Ató cabos y le preguntó:

-Entonces, si a vuestra merced no le importa contestar, ¿Clarissa era una de las tres brujas que han muerto hace un rato?

Con un suspiro, repuso:

-Sí. Era la del cabello negro. Estaba igual que como la recordaba.

Pablo seguía pensando, planteándose muchas cosas, asimilando la historia que le había narrado su señor. Entrecerrando los ojos, con una sonrisa leve, le preguntó:

-Sin intención de ser indiscreto, ¿su tristeza proviene de que sentía amor, o al menos, simpatía por Clarissa?

Aquella pregunta le hizo reaccionar y respondió airado:

-¡No! ¡Nunca! No puedo amar a un monstruo así, pero...-y bajó la vista de nuevo, volviendo a un tono mucho más calmado-, el caso es que le debo la vida. Pero no es eso lo que me atormenta. Ya que me he sincerado ante ti, amigo Pablo, seguiré haciéndolo. Me atormenta la idea de que ella me salvó, luchó por mi vida, y cuando fue ella la que estuvo en problemas... no hice nada.

Pablo miró con nuevos ojos a su señor. Dudaba mucho que estuviera hablando de sacar la espada en plena ejecución, atacar a los verdugos y llevarse a Clarissa a caballo. Con suspicacia, le dijo:

-Pudo vuestra merced interceder por ella. A fin de cuentas, por muy bruja que fuera, siempre será un atenuante haber salvado una vida, y posiblemente, más. Pero si hubiera, mi señor, hablado en su favor, tendría que haber reconocido ante el tribunal que fornicó con una criatura diabólica, y eso hubiera sido fatal para su carrera. Habría llegado a perder su condición de caballero.

Creyó Pablo que estaba terminando de atar todos los cabos, y que comprendía que para un hombre de tan grandes ideales como su señor, haberse visto obligado a elegir entre su propia carrera, labrada durante más de veinte años de servicio, y sus ideales caballerescos de devolver las gracias concedidas le habría supuesto un sufrimiento intolerable. Era una idea interesante.

Sonrió sin darse cuenta y, al alzar la vista, reparó en su que señor le miraba con una mezcla de irritación y suspicacia. La situación le pareció graciosa, y empezó a reírse a carcajadas, ante el asombro de su señor. Ya no tenía sentido seguir fingiendo. Con cierto descaro, Pablo dijo:

-Le tengo por alguien astuto, así que dejaré que lo deduzca. A ver, ¿cuánto hace que fue destruida la Posada Maldita del Lanyur?

Su señor repuso con recelo:

-Un año y cinco meses.

-¿Y cuánto tiempo llevo yo a su servicio?

Su señor abrió mucho los ojos, de pura estupefacción, e hizo ademán de levantarse. Pero Pablo le apretó con fuerza una muñeca y le dijo:

-Si yo fuera vuestra merced, me quedaría quieto.

Y dejó a la vista, en una sonrisa espantosa, dos hileras de colmillos que recorrió con la lengua antes de volver a cerrar la boca. La cara de terror del que se había creído todo este tiempo su señor casi le hace volver a reír. En vez de eso, en el tono en que un padre le explicaría un concepto complejo a un hijo inexperto, Pablo empezó a decir:

-Ay, mi señor. ¿De verdad está tan apenado por culpa de Clarissa? No hace falta ser muy listo para darse cuenta de que vuestra merced no fue el único. De hecho, era raro que no se encaprichara del muchacho más joven y dulce de cada grupo que atrapábamos. A lo mejor se piensa que esa buena obra la hizo sólo para vuestra merced, o que fue el único con el que Clarissa compartió lecho. Lamento decirle que si le perdonábamos aquellas excentricidades era porque andábamos sobrados de carne y porque bastaba protestarle un poco para que se metiera en tu lecho a cambio de que no la castigaran. Y, por cierto, ella y
Cassandra estaban siempre peleándose a la menor oportunidad. No luchó por salvarle, sino por el odio que le tenía a la rubita-. Pablo suspiró burlón, y añadió-. Ah, Clarissa, era una bruja malísima, pero debe saber que todos los malvados hemos sido niños alguna vez. Clarissa acabó en la Posada porque la quemaron injustamente por bruja, lo que convierte en brujos a los inocentes. Una vez, hace muchos años, fue una muchacha dulce y enamoradiza, que estaba loca por un joven de su pueblo. Lo normal es que cuando a tu novia la acusan de bruja le des de lado. Pero aquel chaval era bastante estúpido, o era lo bastante bondadoso pensará vuestra merced, tanto que, espada en mano, quiso librarla de la hoguera. Los soldados le descuartizaron, claro, pero creo que aquel recuerdo le daba su absurda compasión.

Su antiguo señor le miraba fijamente, inmóvil por el dolor de su muñeca. Pablo no se resistió a hurgar un poco más en su herida:

-Tengo que confesarle que sus remordimientos están justificados. Independientemente de los motivos, Clarissa le salvó la vida y, en pago, se ha limitado a verla arder sin mover un dedo. Bonita forma de defender la Justicia.

Pablo disfrutó al ver la expresión dolida de su antiguo señor. Y concluyó:

-¿Sabe una cosa? Mis nuevos amos me ordenaron matar a su antiguo escudero y sustituirle, para infiltrarme en el ejército real y vengar la pérdida de la posada matándole cuando hubiera recabado la información suficiente. Pero... no pienso hacerlo. Le dejaré vivir con sus remordimientos, con la certeza de que una bruja malvada supo ser más compasiva que vuestra merced, que le falló a alguien a quien debía su vida. Mis amos verán que es peor castigo dejarle vivir.

Al fin, Pablo, que había devuelto a sus dientes su aspecto humano, se despidió de su antiguo señor con una reverencia burlona y le dejó frente a su jarra de cerveza, sumido en la más oscura de las prisiones.

04 febrero 2012

Investido como nuevo doctor por la Universidad de Málaga

Aunque ya hace diez meses que leí la tesis, el día 2 de febrero tuvo lugar el acto académico de investidura como nuevos doctores de la Universidad. Esto es así porque el acto se hace el año posterior a haber leído la tesis.

La verdad es que fue un acto muy bonito, me lo pasé bastante bien, asistió mi director de tesis, estuve con un compañero de fatigas doctorales. El coro cantaba muy bien en latín... Por cierto, que el juramento que hacemos los nuevos doctores (aunque lo hizo un compañero, en representación del resto) es:

"POLLICEOR ME MAXIMA DILIGENTIA, FIDE ATQUE HONESTATE MUNERE FUNCTURUM, UT UNIVERSITATIS HONOREM POSSIM AUGERE."

O sea, que prometo desempeñar mi doctorado con la máxima diligencia, fidelidad y honestidad, para aumentar el honor de nuestra Universidad. La anécdota es que creí que tenía que pronunciar esas palabras y estuve un buen rato aprendiéndome la frase en latín. Si hubiera leído con más calma la carta que me enviaron desde Protocolo...

Y bueno. Como no llevé mi cámara, tengo muy pocas fotos, pero el Diario Sur hizo unas cuantas. Podéis ver una galería aquí:

http://www.diariosur.es/multimedia/fotos/ultimos/92330-nombra-nuevos-doctores-0.html

Yo aparezco en la foto 27. Soy, de los tres de azul, el que está en el centro.

De vez en cuando, son buenas estas celebraciones y pequeñas alegrías.

31 enero 2012

(Cuentacuentos) No pienses que te voy a pedir perdón, porque no lo haré.

Este relato es continuación de el cuentacuentos de la semana pasada. Y como me está quedando muy largo, tampoco conseguiré acabarlo en esta ocasión. Veré si la nueva frase encaja con la continuación (que tengo enterita, pero en mi mente) y si no encaja, publicaré cuando pueda la última parte.

*****************************

NO PIENSES QUE TE VOY A PEDIR PERDÓN, PORQUE NO LO HARÉ.

-No pienses que te voy a pedir perdón, porque no lo haré.

Me dejó helado oír aquella impertinencia por parte de aquel campesino. Ni siquiera el terror de tener junto a su garganta el filo de la espada de don Carlos, que comandaba aquella expedición para hallar la Posada Maldita del Lanyur, me pareció que justificase una respuesta así. Don Carlos repuso:

-¡Cómo osas hablarme en ese tono! ¡Y no es a mí a quién debes pedir perdón sino a Dios! Nuestro clérigo ha determinado, sin la menor duda, tus tratos con seres demoníacos, ¿y aún te niegas a ayudarnos?

-Me matarás de todas formas. Tu clérigo ya me ha condenado a muerte.

Vi al jefe de la expedición dudar unos instantes. Finalmente, declaró:

-Juro que si me dices cómo encontrar la Posada Maldita del Lanyur, te perdonaré la vida y volverás a tu hogar libre de toda culpa.

El campesino alzó la cabeza, mostrando un asombro que yo compartía, y tras un rato de silencio, dijo:

-Mi señor... perdóneme. Yo... yo he actuado así a causa del pánico. Le conduciré al lugar que me pide.

Tras ello, don Carlos le retiró la espada de la garganta y le hizo levantarse. A mí me pareció un poco raro que el campesino cambiase de actitud con un simple juramento, pero confiaba en el buen criterio de nuestro cabecilla.

El campesino nos guió por un camino tortuoso, que atravesaba, en su mayor parte, bosques sombríos de aspecto siniestro. Los claros no me resultaban menos intranquilizadores, por lo vacíos. Atardecía cuando llegamos a un edificio muy grande que, efectivamente, era una posada. Según el letrero de la entrada, se trataba de la Posada del Bosque Viejo de Mencea. Eso no significaba nada; los monstruos que la gobernasen no iban a rotularla como Posada Maldita del Lanyur. Don Carlos dio una serie de instrucciones a los caballeros e, incluso, a mis compañeros y a mí, a pesar de ser escuderos, nos dieron mazas y nos ordenaron luchar si era necesario.

Los caballeros irrumpieron en la posada y se desplegaron con rapidez ocupando los puestos supuestamente vitales de lo que parecía la taberna típica de las posadas que acogen a viajeros. Desde el principio tuve la sensación de que algo marchaba mal. Había muchas personas, de aspecto humilde, que habían dejado de prestar atención a sus cenas y miraban aterrados a los caballeros y a los escuderos que, de puro asombro, nos habíamos quedado apiñados en las puertas. El que parecía el tabernero dijo:

-Mis señores... ¿Qué sucede?

Don Carlos no respondió. Hizo llamar al clérigo y, por lo que le vi hacer, me alegré de tener a un jefe inteligente. El clérigo utilizó sus poderes para buscar rastros de maldad. Transcurrió un intervalo largo y tenso, en el que, realmente, no sabía qué hacer. Temía verme atacado por seres de pesadilla que surgieran de cualquier rendija, o que el campesino con cara de miedo que me miraba, saltara hacia mí y acabara conmigo. Al fin, el clérigo terminó su trabajo y, aunque no oí lo que le dijo a don Carlos, sí percibí claramente lo que dijo el caballero, dirigiéndose a nuestro guía:

-Esto es una posada normal. Nos has mentido.

La voz del campesino sonó como un chillido histérico:

-Mi señor, no le miento. Aquí hice tratos con seres del averno... Tiene que ser aquí.

El clérigo fue quien replicó:

-Es cierto que la maldad puede engañar a un clérigo, pero hasta cierto punto. Ningún edificio que hunda sus cimientos en la tierra puede ocultar la maldad del hechizo que he empleado. Puede que esto esté lleno de demonios, y todos ellos han podido engañarme, pero no las piedras ni la madera de esta posada. Este edificio no está maldito.

El campesino lloró y suplicó, sin que don Carlos dijera nada. Y de pronto, uno de los caballeros, tras proferir un par de insultos terribles, se adelantó y atravesó con su acero el pecho del campesino, que cayó muerto. Don Carlos hizo caso omiso de lo que acababa de suceder, y se limitó a decirle al tabernero:

-Como habéis podido comprobar, amigo tabernero, hemos sido víctimas de un engaño infame. Como compensación, os ruego que, si tenéis habitaciones libres para seis caballeros y sus escuderos, y lugar en los establos para nuestros caballos, nos permitáis alojarnos aquí esta noche.

Me alegró oír aquello. Y me alegré aún más cuando el tabernero, con exquisita cortesía, repuso que no habría el menor problema. Dormir en una posada implicaba que no tendría que deslomarme montando las tiendas ni ayudando a mis compañeros a preparar la cena. Mientras nos dedicábamos a retirar el cuerpo del campesino muerto, a limpiar lo mejor que pudimos el suelo de sangre, y a conducir los caballos al establo, guiados por un sirviente de rostro sombrío, el tabernero sentó a los caballeros a la mejor mesa que tenía.

A nosotros nos sentaron en una mesa mucho más discreta, próxima a la de nuestros señores, pero lo bastante alejada de ellos como para que no pudiéramos distinguir sus voces entre el gentío del local. Y lo bastante separada como para que quedasen claras las diferencias entre caballeros y escuderos. Otra diferencia, bastante extraña, que encontré entre la mesa de los caballeros y la nuestra fue que mientras que a ellos les servían hombres de modales elegantes, a nosotros nos traían la comida dos muchachas muy atractivas, una de pelo castaño y otra con el pelo negro, que a mí me parecía particularmente hermosa.

Había una diferencia entre ambas mesas que a mí me apenó. Mientras los caballeros se conducían con gran educación, mis compañeros no dejaban de molestar a las dos muchachas. Pedían todo a gritos, se impacientaban en seguida, y cuando las sufridas jóvenes se acercaban a servir, les tocaban los muslos, o más arriba si podían. Sentí mucha vergüenza, aunque fui lo bastante listo como para no protestar, porque habría sido peor.

Lo malo de ser algo más tranquilo que el resto era que te hacían menos caso. Me cansé pronto del vino y quise una jarra de cerveza, esa bebida traída hacía poco del norte a la que me había aficionado. Se la pedí a muchacha de pelo negro, que me dijo que sí, que la traía. Y no lo hizo. Reconozco que no me enfadé, porque aparte de atendernos a nosotros, tenía que lidiar con otras mesas, y la nuestra era, con mucho, la más revoltosa. Finalmente, la tomé suavemente de la manga y le dije:

-Disculpe vuestra merced. Creo que se ha olvidado de traerme cerveza.

Al haberla tomado de la manga, se había vuelto hacia mí, y yo me había girado, así que quedamos frente a frente. La chica me miró algo sorprendida hasta que el compañero que se sentaba a mi derecha, envalentonado por el vino, le dio una palmada en el trasero a la que respondió con un tortazo en el hombro que le hizo encogerse muerto de risa. Me miró con intensidad y repuso, seria:

-¿Y me lo pides con tanta educación?

Era bellísima, y vestía una falda clara y un corpiño con un escote pronunciado. De pronto, se rió tapándose la boca con una mano, en un gesto lleno de coquetería y me dijo que volvía en seguida. Así lo hizo, con una jarra de cerveza de buen tamaño que dejó delante de mí mientras apoyaba el brazo izquierdo en mis hombros. Volvió el rostro hacia mí, de manera que me miró desde cerca, y me dijo sonriente:

-Se me había olvidado, cielo, ¿me perdonas?

Acerté a decirle que sí con una sonrisa un tanto tímida, y ella se rió, dijo que era muy simpático y, para mi sorpresa, me agachó ligeramente la cabeza con ambas manos para darme un beso en la frente. De manera que, sin quererlo, quedó ante mis ojos su escote, y me ruboricé ligeramente porque en la postura que tenía pude verle muy bien sus encantos, al límite de lo que resultaría indecoroso. Se alzó y sin retirar un brazo de mi hombro, les reprochó a mis compañeros:

-¡A ver si aprendéis un poco de él!

Y se marchó haciéndome una caricia ligera en la mejilla. A partir de aquel momento, mi atención estuvo fija casi todo el tiempo en ella, y me pareció que a ella también le llamaba yo la atención. Se me acercaba a menudo, me decía que si quería algo, y me sonreía mucho.

Nuestra cena se alargó bastante, aunque solamente media hora más que la de los caballeros. Cuando llegó la hora de retirarnos, sólo había otra mesa, alejada, con comensales. Mis compañeros estaban muy bebidos, y se dirigieron al cuarto que íbamos a compartir entre bromas, canciones absurdas y andares torpes. Yo me quedé algo atrasado por si tenía la suerte de ver a la muchacha morena. No sabía que aquella iba a ser la noche más afortunada de mi vida. Vi a aquella belleza acercarse a mí con una lámpara de aceite y decirme con timidez:

-¿Podrías acompañarme a la bodega? Tengo que subirme un barril y necesito ayuda.

No vi maldad en aquello, así que la acompañé por unas escaleras oscuras que me impresionaron. La bodega resultaba un lugar aún más inquietante y tétrico. Clarissa, que así se llamaba la muchacha, avanzó hasta el rincón más oscuro de la bodega, donde hacía un frío incomprensible. Luego, me dio la lámpara y me pidió que alumbrara. Y arrodilló a cuatro patas frente a mí y estuvo un rato moviendo cosas. No pude evitar que se me fueran los ojos a sus caderas, que su falda, algo tirante, marcaba mucho. Clarissa encontró lo que buscaba y tiró de un barril pequeño, de no más de diez litros de capacidad. Entonces, volvió la cabeza para mirarme, sonriendo, y me dijo algo que me descolocó:

-Estamos tan dentro del sótano, que si quisieras poseerme nadie se enteraría.

Apenas había tenido tratos con mujeres, más allá de unos besos y unas caricias con una adolescente de mi aldea natal. Pero incluso para mi inexperiencia, me di cuenta de que aquello era una proposición en toda regla. Y, a pesar de la belleza de la muchacha, me entró miedo. ¿Y si se enteraba alguno de los escuderos, o de los caballeros? Me podía caer un castigo muy severo . Y sobre todo, tenía miedo de no dar la talla, de decepcionar con mi impericia a Clarissa. Así que guardé silencio. Tras arrastrar el barril hasta interponerlo entre ambos, se quedó arrodillada, sonriendo con picardía, con los brazos apoyados en el barril, y me dijo:


-¿Te gustaría besarme y tocarme, o preferirías que fuese un muchacho?


Sentí que algo tenía que decirle. Ardía de ganas de yacer con ella, pero mis miedos eran demasiado fuertes. Por eso se me hacía imposible tanto rechazar su oferta como aceptarla. Dije lo primero que se me pasó por la cabeza:


-No, no, vus.. tú eres perfecta... es que... no haré nada sin tu permiso. No estaría bien.


Clarissa empezó a reír de buena gana y repuso, entre carcajadas:


-¡Nada sin mi permiso! ¡Eres todo un caballero! ¡Qué gracioso!


Cuando dejó de reír, alzó el barril, se mordió suavamente el labio, y en un arranque, me besó en la mejilla y añadió:


-¿De dónde habrás salido? Sígueme bien cerca y alúmbrame el camino.


No volvimos a cruzar palabra durante el trayecto que nos llevó de regreso al comedor, ahora vacío y en penumbra. Comprendí durante el ascenso que, por miedo y, también, por cuestiones de seriedad, había perdido mi oportunidad. Y sentí una desazón muy profunda, que me llevó a estar todo el rato fantaseando con tener a Clarissa entre mis brazos.

(Continuará)


Juan Cuquejo Mira