30 mayo 2020

#OrigiReto2020 El caso de Antonio. Drama en siete actos

Este es mi relato de mayo de 2020 para el OrigiReto 2020. Las normas de este reto se pueden consultar en las bitácoras de las organizadoras:

http://plumakatty.blogspot.com/2019/12/origireto-creativo-2020-reto-juego-de.html

o en

https://nosoyadictaaloslibros.blogspot.com/2019/12/reto-de-escritura-2020-origireto.html

Este relato tiene 1967 palabras según https://www.contarpalabras.com

A diferencia de otros de mis relatos, en este hay plasmadas bastantes experiencias personales, algunas vividas directamente y otras que provienen de proyectos sobre seguridad informática en los que participé. Lo único que es inventado, porque es mi objetivo anual del OrigiReto (que un personaje masculino se presente de forma positiva o se preocupe por los demás), es la actitud del mafioso en el acto 5. El resto está basado en hechos reales. Por ejemplo, que la clave de un servidor sea "sésamo" se basa en los resultados de un estudio sobre ciberseguridad acerca de la elección (errónea) de claves. Si hay cosas que os parecen extrañas, podéis preguntar en comentarios. Aunque es cierto que las estafas de esta clase por internet no llegan a los extremos que cuento aquí, son cosas que han pasado alguna vez.



EL CASO DE ANTONIO. DRAMA EN SIETE ACTOS


ACTO 1. LO QUE PASÓ EN REALIDAD

—¿Me queda bien el bikini? No sé si este color me favorece —dijo Ana, acariciándose el cabello en la pantalla de su portátil.

—Estás guapísima —respondió Antonio y suspiró, incapaz de apartar los ojos.

—Gracias, mi amor. ¿Qué te gustaría que hiciera ahora?

—Me gustaría —dijo, bajando la vista con tristeza— que dejáramos de vernos a través de una pantalla. Quiero tenerte a mi lado.

—Mi amor, ya sabes que lo intento, sabes que estoy ahorrando para el pasaje, pero tengo que ayudar a mis padres y gano muy poco.

—Te lo podría pagar.

—¿Harías eso, amor mío?

—Lo he hecho antes —respondió Antonio, cada vez más triste. 

Le había enviado a Ana pequeñas cantidades, pero siempre seguía faltándole lo mismo para reunir el dinero necesario. Sentía que aquella relación no iba a ninguna parte, incluso, llegó a pensar que Ana era una estafadora, aunque lo descartaba rápido. De pronto, la mujer de su vida empezó a llorar.

—No llores, ¿qué te pasa?

—¡Ay, mi amor! —dijo entre sollozos—. Ayer iba al banco a ingresar lo último que ahorré y dos encapuchados me metieron en un portal y me dijeron que me cortarían la cara si no les daba el dinero. Era todo lo que tenía para el pasaje y para ayudar a mi mamá. ¿Qué voy a hacer?

A Antonio se le rompió el corazón. Todos sus sueños se hicieron trizas en un instante. Se sintió estúpido.

—¿Otra vez vas a pedirme dinero para darle de comer a tu mamá? No puedo creerlo.

—¡Ay, no! —dijo Ana, con las mejillas coloradas—. Yo no… Mi amor.

Le había contado la misma historia tres semanas atrás. Debía de estar estafando a tantos pardillos como él que le había contado la misma historia dos veces. Estaba destrozado.

—¿Cómo has podido engañarme así? —dijo Antonio y cortó la videoconferencia.


ACTO 2. EL MAFIOSO.

La historia de Igor era como la del cuento de Alibabá. Pasó años haciendo el trabajo más duro e ingrato de su vida como mafioso: amenazar y golpear a las prostitutas que explotaba el clan de los cuarenta. Un día, dos de sus jefes dejaron abierta la puerta de la sala de servidores e Igor vio la oportunidad de acabar con la red. Probó “sésamo” como contraseña y funcionó. Desarticuló la organización y reclutó a muchas de las prostitutas para crear su negocio de estafadoras por Internet. Todas las chicas agradecieron el cambio.

—Lo siento tanto, señor —dijo Tanya, o Ana para diez solterones gordos y feos repartidos por medio mundo—. Habría podido sacarle 400 euros más a Antonio, pero me descubrió.

—A veces pasa —respondió Igor—. Grabarías la conversación, supongo.

—Claro, señor.

—Pásamela. Vamos a hacer un montaje, se lo enviarás y dile que si no te ingresa 1000 euros, lo difundirás entre sus amistades.


ACTO 3. EL VÍDEO QUE SE DIFUNDIÓ

Anita era una niña de trece años. Muy rubia, con dos coletas. Adorable para ciertos hombres mayores, gordos y feos. Anita lloraba, por las insinuaciones de Antonio.

—Estás guapísima —dijo el hombre.

—Me siento muy mal. Esto no está bien. ¿Qué le gustaría que hiciera ahora?

—Me gustaría —dijo, bajando la vista con tristeza— que dejáramos de vernos a través de una pantalla. Quiero tenerte a mi lado.

—No puedo. Soy muy pequeña para salir con un hombre tan mayor. Por favor —suplicó entre sollozos.

—Te lo podría pagar.

—Por favor, no me diga esas cosas: solo soy una niña. Yo creí que quería comprar el dibujo de la ballena que tanto le gustó, no pagar para verme.

—Lo he hecho antes. 

Ana lloraba amargamente.

—No llores, ¿qué te pasa? —preguntó el hombre.

—Puedo venderte uno de mis dibujos firmados, pero nada más. Por favor, mi mamá no tiene qué comer.

—¿Otra vez vas a pedirme dinero para darle de comer a tu mamá? No puedo creerlo.

—Te lo dije desde el principio. Soy muy pequeña para salir con hombres. 

—¿Cómo has podido engañarme así? —dijo Antonio y cortó la videoconferencia.


ACTO 4. LA ABOGADA DEFENSORA

Marta había aceptado aquella defensa porque necesitaba algo de dinero. Odió a Antonio, el pederasta, hasta que lo trató por primera vez, en la cárcel. Aquellos pervertidos reaccionaban de diferentes maneras: pedían perdón, mostraban ira, acusaban a las niñas de haberlos provocado… Aquel hombre se veía derrotado. Aunque tenía sus declaraciones por escrito, le pidió que le contara lo sucedido. Las palabras eran las típicas: él hablaba con una mujer mayor de edad, y nunca había visto a Ana. No era típico su tono resignado. Marta intentó provocarlo para comprobar su sinceridad.

—Es ridículo. ¿Cómo pueden ser tan ilusos los hombres? Si una mujer espectacular se interesara por usted en una discoteca, ¿no sospecharía? Entonces, ¿cómo se creyó las mentiras de una mujer que solo conocía por Internet?

Marta no pudo evitar una risita, de la que se arrepintió, pero Antonio no se enfadó. Solo alzó la vista.

—Usted no puede entenderlo. Está acostumbrada a ir a una discoteca, recibir miradas de interés y que se la quieran ligar. —Bajó la vista de nuevo—. Cuando me bajo del escenario, soy un tipo gordo y bajito, de esos que dan risa e inspiran asco cuando se acercan a una mujer. De pronto, aparece una mujer preciosa, que asegura que te ama. Claro que sospechas, pero es un sueño tan bonito que ansías creer que, por una vez en la vida, le interesas a alguien. Normal que se ría: no puede entenderlo.

—No quería ofenderle.

—No lo ha hecho.

Lo más inesperado fue que tras media hora de hablar sobre su caso, pasaron a una charla banal y descubrió que Antonio tenía una cultura y un sentido del humor difíciles de encontrar. Fue el inicio de una amistad muy profunda. Salió de aquella entrevista sin un ápice de la seguridad de estar defendiendo a un culpable con la que había entrado. El grupo de manifestantes que protestaban contra Antonio seguía a las puertas de la penitenciaría. La insultaron de nuevo. 

—¿Es que no piensas en sus víctimas, puta? —le soltó un individuo que sostenía una pancarta donde exigía que Antonio no volviera a trabajar en el cine y en la que había una foto del actor atravesada por un clavo.

Marta se limitó a alejarse muy rápido.


ACTO 5. LA CONFESIÓN

El nuevo vídeo se había hecho famoso, pero no tanto como el que condenó a Antonio a veinte años de cárcel. La defensa de Antonio casi la arruinó, pero jamás pensó en dejar tirado a su mejor amigo. Ni siquiera tras la condena se había rendido, aunque no logró nada. Hasta entonces.

El juez, el fiscal, una intérprete de ruso y Marta veían el vídeo gracias a un proyector. El primero en hablar era un enmascarado. La intérprete traducía y todo concordaba con los subtítulos en inglés del vídeo.

—No negaré que dirijo una red de estafadores que le saca dinero a tipos solitarios, pero tengo mis principios. Nadie de mi organización difundió el vídeo que incriminó a Antonio: fue un “hacker”. Nunca quise que se difundiera, pero lo que no entiendo es que las autoridades españolas hicieran caso de un montaje tan burdo. Permítanme mostrarles el “making of” del vídeo.

Apareció Anita. Muy rubia, con dos coletas. Vestía una camiseta negra que tenía dibujada la cabeza de un monstruo, de rostro cadavérico y enormes cuernos de alce. En alfabeto latino, encima de la ilustración, se leía la palabra “Wendigo”. Lloraba por unas insinuaciones de Antonio. Después, sonreía, se secaba las lágrimas y una mujer le daba un helado que Anita se comió entre risas. Luego, más lágrimas y más frases angustiadas. Entre cada una, risas y bromas. Finalmente, salió Anita. Dos años mayor, igual de rubia, con dos coletas, pero con el rostro vencido y sin un wendigo en la camiseta.

—Lo siento mucho —decía Anita en ruso, entre sollozos auténticos—. Me dijeron que grabara un vídeo para sacarle dinero a un señor de España, que solo lo vería él y que no pasaría nada. No sabía ni como se llamaba ese señor. Me invitaron a helados y me regalaron videojuegos. No quería hacerle daño a nadie.

Anita se deshizo en lágrimas y el video terminó. Cuando la intérprete calló, todos guardaron silencio.

—Era tan convincente —dijo el juez—. Ojalá hubiera recibido este informe antes.

Cuando el vídeo que exculpaba a Antonio acabó en Youtube, la empresa encargada de verificar si era un montaje, tardó tres días escasos en enviar al juzgado el informe en que calificaban el vídeo incriminatorio como “un montaje hecho por un incompetente”. Mientras duró el juicio, siempre decían tener mucho trabajo y como, de todas formas, Antonio tenía que ser culpable, no se consideró relevante comprobar la veracidad del vídeo.

Marta salió de la sala exultante, ansiosa por decirse a su amigo que lo habían logrado, que sería libre. Probablemente pasaría un año más en la cárcel, por la saturación de la justicia, pero por fin podrían disfrutar de su amistad sin barrotes de por medio.

Al salir del juzgado se topó con cuatro personas. Uno era el tipo que la insultó dos años atrás. Ahora llevaba otra pancarta que decía: “#AntonioVuelveAlCine. Antonio, te queremos”. Marta tragó saliva cuando el tipo se le acercó.

—Ojalá hubiera más abogadas como usted —dijo el hombre—. Gracias por haber creído siempre en Antonio.

—Pero ¿yo no era una puta por defenderlo?

—Eso era antes. Creíamos que era culpable, pero ahora se ha demostrado su inocencia y que usted es maravillosa.

—Esto no debería funcionar así —respondió Marta, mirándolo con rabia—. Nos ha costado siglos crear un sistema judicial donde exista la presunción de inocencia. Nadie tiene que demostrar que es inocente, es el sistema quien tiene que demostrar la culpa.

—¡Bah! Es lo mismo.

—No es ni parecido —concluyó Marta—. Las redes sociales hundieron la carrera de Antonio. ¿Crees que la recuperará gracias a un “hashtag” de Twitter?


ACTO 6. AMISTAD INFINITA

Marta compartía muchas cosas con Antonio, como que ambos adoraban el whisky escocés. Por eso había insistido durante semanas para llevarle al Scottish Sky, donde solo servían el mejor. Disfrutaron de una cena agradable y lo único que la empañó fue la tristeza que Antonio intentaba esconder.

—Nunca podré pagarte todo lo que has hecho por mí —dijo Antonio tras terminarse el último whisky.

—Es vocación. Desde niña quise luchar contra la injusticia.

—Aguantaste insultos, perdiste clientes, te amenazaron de muerte… Casi te arruinas. Y yo no he podido pagarte ni la décima parte de lo que mereces.

—Cuando cobres la indemnización que te voy a conseguir, hablaremos —respondió Marta, sonriente—. Mientras tanto, invito yo.


ACTO 7. BAJAR EL TELÓN

Antonio había recibido esa mañana la indemnización por el error judicial, y por la tarde dispuso el papeleo para que Marta la recibiera íntegramente. En algunos momentos, había pensado en disfrutar parte del dinero en un viaje, pero ya había perdido la ilusión por todo. Solo tenía ganas de hacer una cosa.

Entró en el cuchitril que era su nuevo hogar. Recordó que, cuando llegó a Madrid hacía veinte años, vivió en sitios parecidos mientras luchaba por labrarse una carrera. Ahora estaba en el punto de partida, con la diferencia de carecer de ilusión. Solo recibía rechazos: nadie contrataba a un actor que se vio envuelto en un juicio tan turbio. Muchos afirmaban que el video exculpatorio era falso, que estaba en la calle no porque fuera inocente, sino porque no se había podido demostrar su culpabilidad.

Se tomó media botella de whisky, tan rápido que sentía la garganta arderle, y sacó el frasco de pastillas. Se las tragó todas y se tumbó en la cama, a esperar a la oscuridad eterna.

La interpretación había sido su vida; solo tenía ganas de hacer una cosa: bajar el telón.


* * * * *

Objetivo principal:  4  Cuenta una historia de amistad infinita.

Cuentos y leyendas. Objetivo secundario 1: G    Alibabá y los 40 ladrones.

Criaturas del camino. Objetivo secundario 2:  III  Wendigos.

Objeto oculto 1: 4   Una ballena

Objeto oculto 2: 11   Un clavo.

Cumple con mi objetivo personal: El mafioso, en el fondo, tiene principios y se arriesga a ser descubierto contactando con las autoridades españolas para exculpar a Antonio. También se arriesgó a que el clan de los cuarenta lo liquidara por haber destruido su red de prostitución. Desgraciadamente, este personaje es el menos realista del relato.

Tambien cumple con el objetivo anual Inconformista. Las estafas amorosas por internet son una de las formas de ciberdelincuencia por "ingeniería social" más frecuentes, pero es un problema que los medios de comunicación ocultan. De vez en cuando salta alguna noticia, pero solo cuando el caso ha terminado en pérdidas millonarias y solo cuando las víctimas son mujeres. La realidad es que el 90% de los casos los padecen hombres y que, habitualmente, las cantidades estafadas son pequeñas porque el estafador (a veces son hombres) comete algún error o desaparece cuando ha estafado cierta cantidad, entre otras cosas porque si la cantidad estafada no es muy grande, es mucho menos probable que la víctima los persiga en otro país.

20 abril 2020

Dulce venganza

Este relato es para el evento de abril organizado por la autora del blog https://plumakatty.blogspot.com/ para el OrigiReto2020. Me tocó elegir dos o tres de las siguientes condiciones de umagah:

1. Transcurre cuarenta años a lo largo del relato.
2. El protagonista es un elefante.
3. Aparece un homosexual (puede ser el propio elefante, pero no es obligatorio).

Y usar una o dos de las mías:

1 - Que suceda en una estación espacial o en una nave espacial durante un viaje de varios años.
2 - Que exista un contacto con seres alienígenas.
3 - Que un ordenador o un robot con Inteligencia Artificial tenga un fallo puntual (que diga que dos más dos son cinco, o algo así)

Al final, elegí dos y dos:

1. Transcurre cuarenta años a lo largo del relato.
2. El protagonista es un elefante.
3 - Que exista un contacto con seres alienígenas.
4 - Que un ordenador o un robot con Inteligencia Artificial tenga un fallo puntual (que diga que dos más dos son cinco, o algo así).

Y este es el relato que me ha quedado, de 472 palabras sin contar el título. Espero que os guste:



DULCE VENGANZA

Odio a los humanos. Me caían mal cuando era un elefante normal, que se limitaba a recorrer la sabana comiendo plantas. Ahora que me han insertado un cerebro electrónico que complementa al mío, en el que reside una inteligencia artificial, conozco bien todo de lo que es capaz el ser humano. Y, claro, aprendí a odiarlos todavía más.

El problema se agravó hasta convertirse en personal cuando descubrí que lo de implantarme una Inteligencia Artificial se debió a que iban a mandarme en una misión a un sistema solar lejano, tanto que mi viaje iba a durar cuarenta años a pesar de que la nave iba a alcanzar unas velocidades fabulosas. Le pregunté a mi Inteligencia Artificial, llamada Rosalía, el motivo de que me eligieran a mí.

—Porque consumo mucha energía —respondió Rosalía—. Solo un organismo tan enorme como tú puede nutrirme.

—¡Ah! Tenía que haberle hecho caso a mi madre y haberme puesto a dieta.

El viaje fue mejor de lo que esperaba, porque me sedaron y no me enteré de nada. Además, debido a algo que Rosalía llamaba dilatación del tiempo relativista, solo envejecí dos años.

Así que, cuarenta años después para los repugnantes humanos, Rosalía me instruía para manejar los controles con la trompa y terminar orbitando un planeta lleno de agua, con tierra y nubes blancas, que quizá tuviera vida.

—Vamos a frenar para estabilizar la órbita —dijo Rosalía—. Tira de esa palanca hacia arriba.
Así lo hice y la nave dio un acelerón tan grande que, a pesar de mi tonelaje, me quedé pegado a la especie de sillón que me habían construido los humanos.

—¡Lo siento! —gritó Rosalía—. Te lo he dicho al revés, había que tirar hacia abajo.

Accioné la palanca hacia abajo y logré una leve desaceleración, pero el combustible se había terminado por culpa del error de Rosalía. Caímos al planeta que, por suerte, estaba habitado por una especie de alienígenas con cuerpo de pulpo y cabeza de gamba. No, no estoy loco, es la mejor descripción que puedo hacer de unos seres tan extraños. Rosalía intentó comunicarse con ellos, pero no la entendían. Sin embargo, supieron hablarle a mi cerebro de elefante, porque, como me dijeron, era mucho más simple. Me enfadé mucho, pero aquellos alienígenas se disculparon tantas veces que los perdoné. Creo que les caí en gracia. Me preguntaron que por qué estaba siempre de mal humor.

—Es por culpa de los humanos —le dije a Gambix IV, el alienígena que más hablaba conmigo—. Me han tratado fatal a mí y a mí especie. No sé si quedarán elefantes en la Tierra cuando regrese.

—Eso es terrible. Dímelo y reuniré un ejército. Iremos contigo a la Tierra y liberaremos a tu especie.

Con un solo pensamiento, comencé mi dulce venganza.

—Reúne a tus tropas, amigo —dije.


03 abril 2020

#OrigiReto2020 El egoísmo de los ancianos

Este es mi relato de abril de 2020 para el OrigiReto 2020. Las normas de este reto se pueden consultar en las bitácoras de las organizadoras:

http://plumakatty.blogspot.com/2019/12/origireto-creativo-2020-reto-juego-de.html

o en

https://nosoyadictaaloslibros.blogspot.com/2019/12/reto-de-escritura-2020-origireto.html

Este relato tiene 1949 palabras según https://www.contarpalabras.com (he quitado dos astericos para separar escenas).

Este es un relato un tanto especial. Lo escribí pensando en aquellos imbéciles que han dicho, o han sugerido, que debido a la pandemia del Covid-19, los ancianos deberían dejar de ser egoístas y morirse para no dañar la economía. Porque todo lo que hicieron por la humanidad cuando eran jóvenes, al parecer, carece de importancia. Creo que su memoria y su experiencia siempre tendrán un valor incalculable. A ellos va dedicado este relato.


EL EGOÍSMO DE LOS ANCIANOS

Isabel llevaba dos meses muy preocupada, desde el día en que llegó al pueblo un emisario del marqués. Las noticias que leyó eran espantosas: el horror que había asolado el continente medio siglo atrás regresaba con la misma fuerza. Tras aniquilar a las tropas de Bámbernal, un ejército enorme de demonios iniciaba el avance hacia las fronteras del reino. Las tres cuartas partes de los varones sanos del pueblo habían partido al castillo del marqués para unirse al mayor ejército reclutado jamás en el reino de Carsival. El resto de los hombres y las mujeres tenían asignadas las tareas de cuidar del campo, de los niños y ancianos y de defender el pueblo de partidas de forrajeo de los demonios.

Lo que peor llevaba Isabel era la escasez de comida. Aún no se pasaba hambre, pero solo disponían de los víveres justos e ir al mercado era una tarea ingrata, sobre todo para ella. Cuando Raúl, el tendero, al que siempre había considerado un amigo, la miró con mala cara, se le hizo un nudo en la garganta. Aunque la muerte prematura de sus padres y su abuela había sido difícil de superar, se alegraba de que no estuvieran viviendo aquella desgracia. De su abuelo, Fernando, no podía decir lo mismo.

—Con todo lo que estamos viviendo —dijo Raúl— y tu abuelo no renuncia a las fresas.

—Él no me las pide, pero le encantan y no puedo…

—Tu abuelo es tan egoísta como los demás viejos. Debería irse al bosque a dejarse morir, como hicieron algunos en Jasbipur. La comida y los cuidados que reciben deberían darse a los soldados que son los únicos que pueden vencer a los demonios.

Isabel estaba muy cansada de oír aquello, expresado de distintas maneras, a diario. Tan agotada se sentía que no pudo más y se echó a llorar. Raúl se disculpó, le guardó la compra en la cesta y le hizo un descuento; aun así, el daño estaba hecho e Isabel, que se había logrado contener, una vez lejos de la tienda tuvo que sentarse junto a la fuente para sollozar de nuevo hasta poder calmarse. No se creía que nadie recordara que su abuelo perdió su juventud luchando contra la primera invasión de demonios y le partía el corazón que algunos fueran lo bastante crueles para asegurarle que, a pesar de eso, debería mostrarse generoso y dejar de ser una carga. De pronto, alzó la vista y el corazón se le quiso salir del pecho. Pedro llegó corriendo y gritando y se arrodilló en el centro del pueblo.

—¡Los demonios, vienen los demonios!

Se armó un gran revuelo en la plaza, llena de tenderetes. Todo el mundo empezó a recoger, los compradores huyeron y tres soldados de la milicia corrieron hacia él. Pedro se puso en pie y empezó a reírse:

—¡Seréis idiotas! ¡Es una broma!

Con buen criterio, Pedro salió corriendo perseguido por los tres soldados. Un par de zapatos volaron hacia él, aunque no lo alcanzaron. Aquel pastor era el auténtico idiota, porque no escarmentaba. Tres años atrás, había gastado la misma broma con los lobos. De cuando en cuando, venía corriendo al pueblo, asegurando haber visto un lobo enorme, y suplicaba ayuda para encerrar a sus ovejas. La gente acudía en su auxilio y al llegar junto al rebaño, no había lobo. Hasta que un día lo atacó una manada entera y se quedó sin rebaño.

Isabel regresó a casa pensando en su abuelo. Para una mujer sola era una carga difícil: únicamente podía trabajar de jornalera la mitad del tiempo y, con eso, no les llegaba. Un par de vecinas la seguían ayudando, pero cada vez menos porque a medida que escaseaban los víveres, la idea de que Fernando era un egoísta cobraba fuerza.

La sonrisa inocente de su abuelo al verla llegar fue el regalo que, como de costumbre, disipó sus dudas acerca de seguir cuidándolo.

—¿Has traído fresas? —le preguntó con su voz cascada por los años.

Isabel asintió. Dejó el cesto en el suelo y bebió agua del botijo, hasta recuperar lo que había perdido en su ataque de llanto. Fue a la cocina, se hizo con un cuenco y le dio las fresas a su abuelo, quien las devoró y le agradeció que se las hubiera comprado.

Aquello la hizo feliz el resto del día.

*


Isabel se había tragado las lágrimas para no desmoralizar a su abuelo, pero Fernando conservaba la lucidez y supo que estaba sucediendo algo. Le dijo que se quedara en casa, a donde los demonios solo llegarían si aniquilaban a los defensores, que ella debía ayudar.

—No deberías ir a luchar —le dijo su abuelo sin levantarse del sillón donde pasaba los días.

Las campanas de la iglesia tañían sin pausa. Los milicianos habían ido puerta por puerta convocando a toda persona capaz de combatir. Un batallón de demonios se acercaba al pueblo  e Isabel sabía tirar con arco. Solo le quedaban diez flechas en la aljaba, pero estaba dispuesta a combatir mientras tuviera fuerzas. Dejó el arco apoyado en la pared y se volvió para ver, quizá por última vez, a su abuelo. Fernando se había puesto en pie y se mantenía erguido sujeto a su cayado.

—Siéntate, por favor.

—No tienes experiencia militar —respondió Fernando—, pero yo sí. Si tú peleas, yo también.

—Por favor, abuelito. Quédate aquí, no hagas que sufra pensando en ti.

Fernando suspiró y volvió a sentarse. Isabel no pudo contenerse: abrazó a su abuelo, lo besó varias veces y, antes de salir, suspiró, se despidió de él y abandonó su hogar.

*


Los demonios eran monstruos un poco más altos y de mayor corpulencia que los guerreros humanos. Iban a la batalla con armaduras negras, escudos de ese color decorados con símbolos rojos y armas también negras. Los ojos de aquellos monstruos fulguraban en el mismo tono que la sangre. Eran adversarios temibles y, además, traían consigo a un hechicero que había causado muchas bajas.

Los defensores habían levantado barricadas en muchas de las calles, pero solo lograron contenerlos poco tiempo en cada una. Isabel conservaba dos flechas: las otras ocho se habían clavado inútilmente en los escudos enemigos o habían fallado. En aquel instante, los últimos defensores habían rechazado al enemigo, que formaba al otro extremo de la plaza de la iglesia, creando un muro con los escudos. En el sótano del templo se escondían los fugitivos que no podían pelear. Ya no era posible seguir retrocediendo.

Isabel intentaba contener la hemorragia del brazo de Julio. El muchacho, de pronto, dejó de gritar y, un par de minutos después, de respirar. Isabel agachó la cabeza, se pasó una mano por la frente y sintió que se le llenaba de sangre del joven muerto.

Oyó pronunciar el nombre de su abuelo y lo vio bajando por la calle hacia la barricada ayudándose del báculo, con mucha dificultad. Isabel se desesperó.

—¡Vuelve a casa! ¡Te dije que no salieras!

—Prefiero que no me atrapen dentro —respondió.

Isabel no pudo regañarle más. Le apoyó la frente en el hombro y se abrazó a él. Ahogó en el jubón de Fernando los suspiros que iban a hacerla llorar.

—No resistiréis otro ataque —le dijo su abuelo al único soldado profesional de la barricada, el que los comandaba—. La iglesia es, ahora mismo, una trampa.

—¿Y qué otra cosa podía hacer? —respondió con amargura el soldado.

—Si hubierais sido el doble y todos fuerais soldados regulares, podríais haber resistido. Demasiado habéis aguantado.

El soldado se volvió murmurando algo. Isabel se separó para pedirle que no siguiera hablando y se llevó la sorpresa de que los ojos de su abuelo estaban llenos de lágrimas.

—Mi nietecita… ¿Sabes cuántas veces te tuve en brazos cuando eras un bebé? Recuerdo que, cuando me descuidaba, intentabas morderme la cara. Aunque yo me dejaba, lo reconozco.

Isabel se rio, aunque se le llenaron los ojos de lágrimas. Su abuelo avanzó dos pasos y se sacó un colgante de debajo del jubón, uno que siempre llevaba consigo y tenía engarzada una joya transparente como el vidrio.

—Mi memoria ya no es lo que fue, amigos —dijo Fernando—, pero la vejez solo borra los recuerdos nuevos. Los viejos y todo lo que fui y aprendí sigue en mi interior. Os he mentido a todos, incluso a ti, Isabel, pero era necesario para protegeros. No serví en la infantería; fui un hécoba. Sigo siéndolo.
Isabel abrió mucho los ojos. ¿Su abuelito fue un mago de batalla en su juventud? Fernando la miró con una sonrisa triste.

—Ya no importa que lo sepáis: todo está perdido.

Su abuelo apretó el colgante y una luz blanca se escurrió entre los dedos cerrados. Y, de pronto, se alzó en el aire y rebasó la barricada volando.

—¡Eh, vosotros! —gritó Fernando a los demonios—. ¿Os lo estáis pasando bien?

El jefe de los demonios, que tenía dos cuernos enormes en el casco, gruñó una orden y sus ballesteros atacaron a Fernando. Todas las saetas fallaron. Mientras el enemigo recargaba, Isabel tomó el arco y se subió a la barricada. Varios de sus vecinos siguieron su ejemplo y lograron evitar una segunda andanada de saetas. El hechicero de los demonios alzó los brazos y Fernando se vio envuelto en llamas. Isabel gritó y se encogió hasta que oyó que alguien aplaudía. Era su abuelo.

—¡Muy bien! —dijo su abuelo mientras las llamas se disipaban—. Tu técnica es muy buena, pero se podría hacer mejor.

Isabel nunca había visto a su abuelo demostrar tanto sarcasmo y arrogancia. Lo vio alzar una mano y el hechicero de los demonios levitó, quedó envuelto en llamas y estalló convertido en brasas humeantes que llovieron sobre los demás demonios.

De pronto, Fernando desapareció y volvió a aparecer detrás del jefe enemigo. La cabeza del monstruo salió despedida y rebotó varias veces ante las miradas aterradas de los demonios. Su abuelo se había vuelto a desvanecer y se materializó sobre un techo, sentado.

—¡Vaya! Parece que vuestro jefe ha perdido la cabeza.

Isabel contempló, admirada, cómo la tropa de demonios salió huyendo, y no era para menos. Los hécobas eran los hechiceros de batalla más poderosos del reino; por desgracia, una vez derrotados los demonios, quedaron olvidados. Fernando apareció junto a ella y le sonrió.

—Echaba de menos la magia —dijo, y se desplomó.

Isabel se arrodilló a su lado. No necesitó preguntarle qué le sucedía: leyó la muerte en su mirada. Su abuelo le acarició la mejilla con debilidad.

—Recordadlo —le dijo Fernando con esfuerzo—. Los demonios son buenos soldados, pero las unidades pequeñas se desbandan si pierden a su jefe. —Sostuvo la mirada de Isabel—. La magia te consume y el cuerpo solo lo aguanta si eres joven, por eso no invoqué mis poderes hasta que todo estuvo perdido. En fin, ya he hecho caso a tantos como querían que me dejara morir para no seguir alimentando a un viejo inútil. Solo he tardado unos meses más.

—Si hubieras hecho caso a esos imbéciles —respondió Isabel—, ahora estaríamos muertos.

Fernando suspiró.

—Quítame el colgante y póntelo.

Isabel así lo hizo y, cuando cerró la cadena de la joya, la piedra refulgió.

—Ya te ha aceptado —dijo Fernando en un susurro—. Desde hoy eres una hécoba, pero tienes que formarte. Ve a casa y coge el libro negro: ahí aprenderás lo básico. Llévate a todos de aquí: los demonios volverán. Y cuando los hayas dejado en un lugar seguro, viaja hasta Canteila: allí te entrenarán. Cuídate mucho.

Fernando murió con un último suspiro. Isabel le cerró los ojos al último familiar que había tenido. Se encogió y se secó las lágrimas, pero se levantó apenas un minuto después. Tenía mucho trabajo que hacer.

*  *  *  *  *


Son 1949 palabras según www.contarpalabras.com (he quitado 2 asteriscos de separación de escenas).

Objetivo principal:  9. Cuenta un relato en el que la magia tenga un papel importante.

Cuentos y leyendas. Objetivo secundario 1: C   Pedro y el lobo.

Criaturas del camino. Objetivo secundario 2: VI   Ángeles/demonios.

Objeto oculto 1: 20   Un botijo.

Objeto oculto 2: 24   Un arco.

Cumple con mi objetivo personal: Fernando da la vida para salvar a su nieta y al resto de sus vecinos.
Además, cumple con: Giratiempo (publiqué el día 3 de abril. Inconcebible). Rosa Insolente (Isabel es la protagonista y quien hereda la magia: es su relato de presentación) y Doble dragón (este es el relato de fantasía del doble dragón).

31 marzo 2020

#OrigiReto2020 El Baile del Emperador

Este es mi relato de marzo de 2020 para el OrigiReto 2020. Las normas de este reto se pueden consultar en las bitácoras de las organizadoras:

http://plumakatty.blogspot.com/2019/12/origireto-creativo-2020-reto-juego-de.html

o en

https://nosoyadictaaloslibros.blogspot.com/2019/12/reto-de-escritura-2020-origireto.html

Este relato tiene 1942 palabras según https://www.contarcaracteres.com/palabras.html (he quitado cuatro astericos para separar escenas).

Diré al final qué objetivos cumple. Espero que os guste.



EL BAILE DEL EMPERADOR

Aún faltaban dos meses para la celebración del Baile del Emperador y Eloísa ya estaba nerviosa a todas horas. Comenzó a aprender vals a los doce años, pero daba igual: practicaba casi a diario para que todo saliera perfecto el día del evento. Y no era la única. Eran veinte las parejas que perfeccionaban su técnica en la sala de fiestas del casino, gracias a las canciones que el profesor ponía en el gramófono. Para una ciudad como Avilés, de casi quince mil habitantes y a cierta distancia de Santander, donde iba a celebrarse la gala, era un buen número.

Eloísa disfrutó cuando sonó “el vals de las flores”. Además, tuvo la suerte de que su pareja de baile llevaba muy bien el ritmo. Se dejó llevar, bien sujeta por su compañero, y sintió la felicidad de girar y girar como si volase. Recordaba cuánto la asustaban las vueltas del vals vienés al empezar a practicarlas. Le costó dos años entender que su problema era el miedo. Su profesor le dijo que tenía que estirar el brazo, echarse un poco hacia atrás y dejarse llevar. Mientras más largo el brazo y más relajados los hombros, más fácil era girar: mientras menos miedo se sentía, más fáciles eran las vueltas.

Mientras volvía a casa, Eloísa se planteó que esa lección era válida para otros muchos aspectos de la vida, aunque no se veía capaz de aplicarla. El miedo le impedía perseguir sus sueños.  Había comprado decenas de libros, había intentado ponerse a estudiar, pero siempre lo dejaba porque las pruebas de acceso a la universidad la obligarían a pasar una semana sola en una pensión de un barrio desconocido de Salamanca. Era absurdo, porque si la admitían tendría que irse a vivir allí, si bien lo haría a una residencia de estudiantes donde viviría rodeada de amigas. También a causa del miedo, había dejado ir al amor de su vida, por temer coquetear con él. Su madre le había dicho que era muy joven, que ya encontraría a alguien, pero ella no estaba de acuerdo.

Resopló al encontrarse en el buzón una rosa, que vendría acompañada de un sobre con algún halago cursi dentro. Era muy triste que Alfredo no quisiera darse cuenta. A Eloísa le molestaba un poco recibir una rosa roja acompañada de un sobre todos los días, pero como se la enviaba por correo y jamás se acercaba a su casa, no podía acudir a la policía. Solo se veían por casualidad, y Alfredo siempre se mostraba tímido. Una vez, estuvo a punto de pedirle que dejara de enviarle rosas y no se sintió con fuerzas para partirle el corazón. Si se le declaraba, tendría que hacerlo, pero rechazarlo de antemano se le hacía difícil, aparte de que era muy probable que él se defendiera diciendo que había malinterpretado sus intenciones. Sería un ridículo espantoso.

Como siempre, se resignó a coger la rosa y el sobre. El sobre lo tiró a la papelera sin abrirlo. La rosa la puso en un jarrón de su escritorio, junto a las diez de días anteriores que aún no se habían marchitado. Tuvo que retirar la rosa más antigua, que ya estaba seca. Antes de sentarse a seguir leyendo una novela, recordó cambiarle el agua al jarrón. 

*

A pesar de la lluvia que entristeció Avilés durante una semana, el cartero siguió trayéndole una rosa cada día y, en esas tardes oscuras, las rosas de Alfredo eran un consuelo. A veces, deseaba que el pobre muchacho encontrara a otra mujer que sí adorase aquellos regalos, pero luego pensaba que, acostumbrada a las flores, un jarrón vacío inspiraría tristeza.

Aquella tarde, un rayo de luz la hizo levantar la vista de sus libros. Salió a la terraza y se encontró un espectáculo maravilloso. Apenas llovía y, entre unas nubes blancas preciosas, se vislumbraban trozos de cielo azul. Embellecía la escena un arcoíris que Eloísa contempló embelesada todo el tiempo, hasta que perdió casi todo su brillo.

Lo bueno de aquello fue que dejó de llover y que Eloísa pudo citarse con sus amigas en una cafetería de la ciudad que había abierto el mes pasado. Charlaron de muchas cosas: de sus familias, de sus sueños y, como sucedía siempre, de sus amores. Eloísa calló cuando tocaron aquel tema, hasta que Paula se rio.

—¿Y cómo llevas lo de Alfredo? —le preguntó Paula—. ¿Tienes sitio en casa para tanta rosa?

—Las rosas las voy tirando cuando se marchitan —respondió—, pero los sobres, esos los tiro sin abrir. Si las guardara, ya no me cabrían. —Y se rio.

—¡Pobrecito! —dijo Paula mientras todas se reían—. Me lo imagino todas las noches perdiendo horas de sueño para escribirte poemas cursis. ¿Tú le has dado ilusiones, Eloísa?

—Ninguna.

—¡Es que los hombres no se enteran! —concluyó Paula y se rieron todas.

Sin embargo, a pesar de que se reía, Eloísa sintió lástima por Alfredo. Era un buen chico y no se merecía tanto desprecio, aunque se lo hubiera ganado por su actitud tan poco despierta.

*

Cuatro días después, una tarde, Eloísa volvió de sus clases de baile y se llevó la sorpresa de que no había ninguna rosa en su buzón. Pensó que se la habrían quitado, pero tampoco estaba el sobre, que siempre le dejaban dentro. Le dio igual, de todos modos.

Sin embargo, fueron pasando los días y no llegó ninguna otra flor. Por curiosidad, le preguntó al cartero y este le dijo que no habían vuelto a llegar rosas ni sobres a su nombre a la oficina. Habló con sus amigas y conocidas, pero todas le aseguraron que Alfredo estaba bien y que no lo habían visto con ninguna chica.

Cuando Eloísa vio el jarrón vacío después de haber retirado la última rosa, sintió una extraña tristeza. Estaba tan acostumbrada a recibir una flor a diario que no había advertido cuanto le gustaba recibirlas hasta que Alfredo dejó de mandárselas. Lo que más le intrigaba era por qué se había cansado de hacerlo. Tantas vueltas le dio que, aquella noche, tuvo un sueño. Leía un libro de historia en su escritorio cuando oyó algo golpear dulcemente el cristal. Comprobó atónita que era un hada con unas alas negras y amarillas preciosas, que llevaba en las manos una rosa el doble de grande que ella. Eloísa abrió la ventana y el hada voló hasta el jarrón y dejó caer la rosa dentro. Luego la miró mientras se mantenía suspendida batiendo las alas.

—¿Te la ha dado Alfredo para mí? —le preguntó Eloísa. El hada negó en silencio—. Entonces, ¿quién me la ha regalado?

—Te la regalo yo —respondió el hada con una voz cantarina—. ¿Creías que fue Alfredo?

—Sí. Todos los días me enviaba una, pero, de repente, dejó de hacerlo. Y no sé por qué.

—Pregúntaselo —propuso el hada.

Eloísa se despertó en aquel instante y decidió seguir el consejo del hada de sus sueños. Se fue a la cafetería donde solían desayunar los empleados de la oficina de don Vicente, el notario. Tuvo suerte: Alfredo entró y se sentó en una mesa al otro lado del local. Pagó el café y se le acercó. La miró sorprendido.

—Hola —dijo Eloísa.

—Hola, ¿cómo estás?

—Bien.

Se lo quedó mirando un rato, esperando algún reproche, alguna explicación acerca del motivo de haberle dejado de enviar rosas, pero Alfredo, que se mostraba algo incómodo, se limitó a intentar mantener una conversación banal. Al final, Eloísa se despidió y se resignó a no saber qué había sucedido.

*

Llegó la víspera del Baile del Emperador. No volvió a recibir rosa alguna, pero la emoción del viaje le evitó entristecerse. Eloísa viajaría a Santander junto con Paula y María José, así que esperaba un viaje muy divertido. Y lo fue. Viajaron en diligencia hasta Oviedo, donde tomaron el tren que, pasando por Noreña y Llanes, les llevaría hasta Santander. A partir de Llanes, el tren circulaba muy cerca de la costa. El paisaje era precioso, aunque las risas y las bromas de sus amigas no le dejaron apreciarlo lo suficiente.

Le habían dicho que, para quien amase el vals, el Baile del Emperador era una experiencia única. Para Eloísa fue algo inolvidable. Las mujeres entraron por la parte derecha del salón, formando una fila perfecta. Iban todas vestidas de blanco. Los hombres, luciendo trajes negros, las esperaban formando en varias filas, como también se dispusieron las mujeres, en frente de ellos.

Entre el hueco que dejaron ambas formaciones, entraron los emperadores rodeados por la guardia imperial. La orquesta tocó el primer vals y sus majestades bailaron. Y, al fin, declararon abierta la velada. Eloísa se mezcló rápido con la gente y bailó cuatro canciones seguidas, con un hombre diferente cada vez. Y habría bailado más, pero se sentía agotada, así que se encaminó hacia donde estaban sus amigas. En aquella parte del salón, se habían reunido muchos asistentes de Avilés. Se quedó estupefacta al ver a Alfredo.

—¿Sabes bailar vals? —le preguntó, atónita. 

Como respuesta, Alfredo la invitó a bailar y así lo hicieron. Bailaba muy bien, sin perder el ritmo ni un segundo. Nunca se había imaginado que pudiera compartir algo así con él, pero reconoció que jamás se interesó en conocerlo mejor. Tras el baile se sentaron juntos y hablaron un buen rato. Para sorpresa de Eloísa, era encantador. Cuando tuvo una oportunidad, siguió el consejo del hada de sus sueños.

—¿Por qué dejaste de enviarme rosas? Me gustaban mucho.

—No me hacía bien —respondió, apenado de pronto.

—No te entiendo.

—Te lo expliqué en una de las notas. Las tiraste todas, ¿verdad?

Eloísa enrojeció, pero Alfredo le quitó importancia. Siguieron hablando y le partió el corazón. Al día siguiente, embarcaba en un navío que lo llevaría a Puerto Rico. Iba a pasarse dos años ayudando a los más pobres, en una misión, y aquella generosidad y aquel valor la hicieron apreciarlo bastante. Eloísa descubrió que iba a echarlo mucho de menos y estuvo a punto de pedirle que se quedara en Avilés, que podrían empezar a salir juntos, pero no se atrevió.

*

El primer mes sin Alfredo fue terrible. Lo echaba de menos todos los días y tuvo que esconder el jarrón vacío. Un día, su madre le preparó un té y unas pastas y le preguntó a qué se debía su tristeza.

—Echo de menos a Alfredo. No sé cómo ha pasado, pero creo que me he enamorado de él.

—Él siempre te quiso y jamás le hiciste caso —respondió su madre con una sonrisa.

—Porque fui muy tonta. Ha sido como en el cuento de la cigarra y la hormiga. Él me quería, y trabajó durante meses para llamar mi atención, al igual que la hormiga durante el verano. Como no me faltaban las flores, desprecié su esfuerzo, me reí de él. Solo cuando llegó el invierno y dejó de haber rosas, intenté llamarle la atención, pero Alfredo ya estaba cansado de insistir y no quiso darme más afecto. Y es ahora cuando más lo necesito.

Su madre se levantó y le pidió ir a su habitación. Abrió el armario donde Eloísa guardaba sus vestidos y apartó los dos más viejos.

—¿Te parece si llevamos estos dos vestidos a las monjas? Nunca te los pones.

—Bueno… la verdad es que el azul, como está viejo, lo podría usar para…

—Eso es lo que te pasa con Alfredo. Mientras te quiso, no le prestaste atención, pero era “tu Alfredo”. Cuando te has visto sin él, has reaccionado como con el vestido. No te preocupes: no amas a ese hombre y no tienes motivos para estar triste. —Su madre cerró el armario—. Volvamos abajo, que se enfría el té.

* * * * *

Cumple con:
 

Objetivo principal:  8. Escribe un relato sobre un baile.
Cuentos y leyendas. Objetivo secundario 1: K  La cigarra y la hormiga.
Criaturas del camino. Objetivo secundario 2: V Hadas
Objeto oculto 1: 19. Una canción
Objeto oculto 2: 3. Un arcoiris
Cumple con mi objetivo personal: Sí. Alfredo deja un trabajo en una notaría para irse dos años a cuidar de gente pobre en una misión.
Además, cumple con: Rosa Insolente (Eloísa es la única protagonista).


Haré una confesión: el ejemplo que le pone la madre de Eloísa con el vestido para decirle lo que realmente le sucedía con Alfredo no me lo inventé yo. Lo leí por ahí, hace mucho tiempo.