31 marzo 2019

#OrigiReto2019 Una nueva estirpe

Este es el microrrelato de marzo de 2019 para el OrigiReto 2019. Las normas de este reto se pueden consultar en las bitácoras de las organizadoras:

http://plumakatty.blogspot.com/2018/12/origireto-creativo-edicion-2019.html

o en

http://nosoyadictaaloslibros.blogspot.com/2018/12/reto-de-escritura-2019-origireto.html

Este microrrelato tiene 958 caracteres según https://www.contarcaracteres.com/ y, para evitar destripes, diré al final qué objetivo cumple. El objeto oculto es una jeringuilla, y está enlazado con el relato de marzo de RJRandom. Está escrito en presente y en primera persona.

Aquí está la pegatina:




Y aquí está el relato.


UNA NUEVA ESTIRPE

Acierto al candado con la última bala y una puerta se abre. Aparece una mujer de andar torpe que se arrodilla junto al cadáver de su familiar y lame la sangre. El médico y los demás nos quedamos paralizados.

—Acercaos tres de vosotros —dice el médico—. Inmovilizadla y yo la sedaré. No le hagáis daño.

Tres policías se acercan, pero creo que es tarde. Aquella infectada, que murió con una lesión medular, se ha curado en pocos minutos, así que ya estamos perdidos. 

La mujer se revuelve contra mis compañeros. Los muerde, los derriba. Demasiada confusión. Los disparos yerran o matan a quien no deben. El médico intenta sedarla y pierde la mano de la jeringuilla.

Solo quedo yo. Apunto a la mujer con una pistola sin balas. Aquel cadáver resucitado murió siendo virgen. Pero ahora está embarazada de algo que veo moverse en su vientre abultado. Las zombies pueden, ahora, tener hijos por sí mismas, sin fecundación.

No hay esperanza para la humanidad. Ni para mí.


 * * * * *

El objetivo es 23. Relata la historia de un embarazo fuera de lo corriente (o conciencia sobre algo poco conocido del tema), en que la futura madre sea la absoluta protagonista y no el bebé.

Creo que una zombie que queda embarazada de manera espontánea es un embarazo fuera de lo corriente y que la protagonista es la madre capaz de tal cosa más que los niños zombies que pueda tener (je, je).


29 marzo 2019

#OrigiRetlo2019 El feo durmiente

Este es el microrrelato de marzo de 2019 para el OrigiReto 2019. Las normas de este reto se pueden consultar en las bitácoras de las organizadoras:

http://plumakatty.blogspot.com/2018/12/origireto-creativo-edicion-2019.html

o en

http://nosoyadictaaloslibros.blogspot.com/2018/12/reto-de-escritura-2019-origireto.html

Este relato tiene 1991 palabras según https://www.contarcaracteres.com/ (dos son astericos para separar escenas). Como el título ya desvela qué objetivo cumple, lo digo aquí: es el 12. Crea tu propia versión de un cuento conocido. Los objetos ocultos que incluye son 10. Un instrumento musical y 19. Una botella de ron.

Hay vivencias propias reflejadas en dos de los personajes: la princesa y el que da título al relato. Y he disfrutado mucho escribiendo una historia en que hay dos mujeres muy amigas. Me encantan las historias de amistad, aunque los que me conocéis un poco ya lo sabréis.


EL FEO DURMIENTE


Valeria hizo que Luz, su yegua, se detuviese y contempló con el mismo respeto de otras veces aquel castillo gris herido por gruesos troncos sin hojas del color de la ceniza. Gladys, cabalgando a mujeriegas a Antorcha, la ordenó pararse junto a Luz. Como Valeria vestía pantalones, desmontó con mucha más facilidad que su amiga, que se empeñaba en ir en falda a todas partes por mucho que Valeria insistía. Llevaron a las yeguas a un punto donde estaba el hueco de la poterna que solían usar. Gladys lanzó un hechizo para ocultar a las monturas y el contenido de las alforjas y, después, murmuró frases en una lengua que solo ella recordaba para abrir un hueco en la red de troncos de ceniza que atormentaban al castillo. Su amiga jadeaba cuando consiguió vencer a la maldición de la fortaleza una vez más.

—¿Queréis descansar?

—No os preocupéis, alteza —respondió Gladys con dificultad—. Id primero y atenta.

Valeria entró con la mano en la empuñadura del sable. Ya se habían aventurado seis veces en el castillo y solo habían encontrado recuerdos maravillosos de otras épocas y de una persona en particular. La poterna daba a un patio maltratado por los años, en cuyo centro había una fuente de agua ponzoñosa. Cruzaron el patio desierto y Valeria recordó tantas veces como Gladys le había dicho que la barrera de troncos la creó un hechizo para proteger al castillo de la maldición que salió mal y acabó destruyéndolo.

Entraron en un antiguo salón del palacio que protegían las murallas, lleno de polvo y cascotes, iluminado por el sol que entraba a través de ventanales privados de cristal. Valeria soñó con que visitaba aquel lugar cuando su rey legítimo aún lo gobernaba. Imaginó ricos tapices, cuadros, lámparas y adornos. Vio caballeros y damas. Y se imaginó al noble que había escrito aquellos poemas y cuentos tendiéndole una mano, muy alto, tan rubio como ella y con sus mismos ojos azules. Tan guapo que costaba trabajo dejar de mirarlo. Sin saberlo, Gladys, con su melena negra y su vestido marrón claro, interrumpió sus sueños.

—Supongo, alteza, que querréis subir.

—Quiero hacerlo —dijo con una sonrisa pícara que su amiga interpretó bien.

—Valeria, vamos…

—¡La última en llegar hará la cena!

Valeria corrió escaleras arriba, mientras oía a su amiga intentar no rezagarse. No era solo que Gladys no se ejercitara tanto como ella: los pantalones eran más prácticos para montar o correr. La princesa subió hasta la tercera planta, la última que les quedaba por explorar, y esperó a Gladys. Cuando su amiga llegó, jadeando de nuevo, Valeria la esperaba con fingida impaciencia.

Exploraron todas las habitaciones. La primera era una enorme biblioteca. Valeria, ilusionada, registró el bello escritorio de madera oscura y encontró otro tesoro. Se sentó en la única silla, abrió un libro y pasó un rato leyendo cuentos y poemas manuscritos firmados por G. Hefesto. La emocionaron tanto que no pudo reprimir el impulso de cerrar el libro y apretarlo contra el pecho. Estaba enamorada de aquel hombre, cuyos escritos la conmovían. De hecho, si habían visitado tantas veces aquel castillo encantado era para saber más de él. Le dolía pensar que G. Hefesto llevaría años muerto.

—Ya veo que habéis encontrado algo, alteza. Yo hallé esto. ¿Queréis un poco? —dijo Gladys, tendiéndole una botella de ron—. ¿No? Pues está bueno.

Valeria se levantó, con el libro en la mano, y sonrió al ver a Gladys darle un sorbo largo a la botella y oírle un jadeo de satisfacción. Siguieron explorando y la princesa se encontró un nuevo tesoro. Había una caja con una inscripción, un regalo para G. Hefesto. Contenía una flauta travesera preciosa. Pensar en los dedos de aquel hombre acariciar la flauta e imaginarse la música que sería capaz de interpretar, la hicieron desear aún más poder conocerle. Cuando entraron en la última habitación, Valeria abrió mucho los ojos. Había una especie de sarcófago cubierto por una tela. Iba a avanzar, pero Gladys la sujetó de un brazo.

—Esperad, alteza. Hay un poder maligno muy fuerte concentrado aquí.

Su amiga avanzó unos pasos y examinó el aposento sin mover más que la cabeza.

—Qué pena tener que desperdiciar un ron así —dijo Gladys e indicó a Valeria que se colocara frente a ella, a un par de metros.

Cuando lo hizo, usó el ron para describir un círculo a su alrededor, dejó la botella fuera e hizo que brotara una chispa de entre los dedos, con la que incendió el círculo de ron. Valeria conocía el ritual, pero no dejó de inquietarle la forma en que Gladys adoptó la personalidad de quien había lanzado el hechizo maligno, después de haber recitado el suyo.

—Nadie invitó a este bautizo a la bruja más poderosa del reino —dijo con una voz ronca y una expresión maligna impropias de Gladys—. Y por eso maldigo a tu primogénito. Cuando cumpla veinte años, caerá en un sueño infinito del que solo podrá sacarlo un beso de amor verdadero.

Valeria no entendió la risa enloquecida de Gladys. Luego, su amiga cerró los ojos y pareció meditar un rato. Y se alegró de ver que salía del círculo, casi apagado, y volvía a ser la de siempre.

—No hay peligro, pero esto no os va a gustar, alteza. G. Hefesto está ahí dentro, esperando un beso de amor.

—Pero eso es maravilloso.

Gladys negó en silencio y Valeria, entusiasmada porque ella podía liberarlo, no le prestó atención y quitó la tela. Y comprendió al instante la actitud de su amiga. La decepción fue tan intensa que le dolió. Aquel hombre era joven, y rubio, pero estaba muy gordo y, sobre todo, era horripilante. No se podía creer que la persona que la emocionaba con cada uno de sus versos tuviera aquel aspecto. Era tan guapo en sus sueños… 

—La bruja que lo hechizó, alteza, se reía diciendo que nadie podría amar a un hombre tan feo.

—Pero yo… 

—Entonces, besadlo y salid de dudas.

Con cuidado, retiraron la cubierta de cristal del sarcófago y, con cierto esfuerzo, Valeria aproximó los labios a los del hombre y lo besó. Separó la cabeza medio metro y, cuando ya creía que no iba a pasar nada, el hombre abrió los ojos, parpadeó y la miró estupefacto.

—¿Quién sois? —le dijo.

Valeria le consentía el vos a Gladys porque era su mejor amiga, pero de un desconocido era una falta de respeto grave.

—Soy Valeria, y soy una princesa.

—¿En qué año estamos? —respondió el hombre.

—En 1623, señor —intervino Gladys.

—Entonces mis padres han muerto —dijo tras un suspiro—. Eso me convertiría en rey de Cheru, pero no celebramos mi entronización, así que supongo que sigo siendo príncipe. Por tanto, tengo derecho a tratar a vuestra alteza de vos.

El hombre la miraba con intensidad, de una forma a la que Valeria, a quien consideraban una de las mujeres más bellas de su reino, estaba demasiado acostumbrada. No podía creérselo, pero la magia nunca se equivocaba: Gladys se lo había repetido cientos de veces. El único problema habría sido que él no hubiera pertenecido a la realeza. Aquel hombre tan feo era el amor de su vida.

—Os ruego que os levantéis —dijo Valeria—. Os llevaremos a mi reino y os alojaréis en mi palacio mientras preparamos los detalles de nuestra boda.

*

Valeria esperaba a Ginés, su horrendo prometido, en un banco de los jardines de palacio, cerca de una hermosa fuente adornada con estatuas de dragones. Llevaba uno de sus vestidos más corrientes porque no deseaba que su prometido se ilusionara. Se sentía muy desgraciada. Seguía disfrutando de la sensibilidad de la pluma de Ginés, y oírle tocar la flauta que habían rescatado de su antiguo castillo la hacía emocionarse. Pero la idea de pasar el resto de su vida con un hombre así la aterraba. La magia decía que tenía que ser feliz, pero no lo era. Ginés llegó y se sentó junto a ella. Hablaron un rato de banalidades y Valeria luchó por mostrarse alegre, sin demasiado éxito.

—Tengo que haceros una pregunta, mi amada princesa. —Valeria lo miró y él se perdió un instante en sus ojos—. ¿De verdad queréis casaros conmigo?

—Mi amor por vos rompió una maldición poderosa.

—No os he preguntado eso. ¿Queréis casaros conmigo?

Valeria, confusa, solo pudo quedarse callada.

—Lo sospechaba. Y lo entiendo. —Ginés suspiró—. Sé poco sobre el amor, pero mucho sobre el desamor. Rompisteis la maldición porque amabais la imagen que habíais creado de mí gracias a mis poemas y mis cuentos. Cuando me visteis en persona, esa imagen se desmoronó. El amor no muere de golpe, por eso, el día en que me liberasteis aún me amabais. Ahora queda muy poco de ese afecto.

—Pero… yo… no es justo. Di mi palabra.

—Si nos casamos porque os sentís obligada, nos condenaremos a vivir en una prisión. Ya veis como soy. Gladys me ha contado vuestras aventuras. El día que os conocí ibais con pantalones porque os gusta correr y galopar. En cambio, si doy un paseo de media hora, acabo agotado. Nunca podré seguiros. Por supuesto, no tendría que acompañaros siempre, pero si no lo hiciera nunca, acabaríais sintiéndoos culpable, viajaríais cada vez menos por no dejarme solo. Os haría muy desgraciada. Somos demasiado diferentes, vuestra alteza.

Valeria se quedó callada. Quería decirle que estaba en lo cierto, pero se sentía incapaz de partirle el corazón.

—Iremos a ver a vuestros padres —dijo Ginés—. Les comunicaréis que habéis decidido cancelar el compromiso y yo lo aceptaré. Prefiero que sea así: si dijéramos la verdad, os humillaría y todo el mundo pensaría que soy el hombre más estúpido del mundo. Aunque eso quizá sea verdad.

—No lo es, alteza.

—Gracias. —Ginés suspiró—. Veréis qué contentos se pondrán vuestros padres.

Su prometido se puso en pie y le ofreció un brazo.

—Un último favor, vuestra alteza. Demos un último paseo.

*

Valeria miraba a través del ventanal de su alcoba. Contemplaba las mejores vistas de todo el castillo. La decepción por el amor que había sentido por G. Hefesto, o Ginés, se le iba borrando cada vez más rápido.

Habían pasado dos semanas desde que Ginés se fue. Resultó tener razón en todo. Cuando anunció delante de sus padres que Valeria lo había rechazado, toda la experiencia en protocolo de los reyes fue capaz de impedir que se notara el alivio que sentían. Al menos, a cambio de cederles el gobierno de Cheru, obtuvo una renta vitalicia. Era muy injusto que todo el mundo lo rechazara por ser tan feo, pero no podía casarse con él solo por compasión. El mismo Ginés se lo había dicho. Y también era cierto que no quería un esposo que la siguiera a todos lados, pero sí uno que pudiera acompañarla a ella y a Gladys alguna vez.

Su amiga llamó a la puerta y entró tras recibir permiso. Se apoyó a su lado, en el ventanal, y disfrutó del paisaje. Como casi siempre desde la marcha de Ginés le preguntó que cómo se sentía e intercambiaron banalidades.

—He estado hablando con la condesa de Honboseri —dijo Gladys.

—¡Ah! ¿Sí? —respondió Valeria, con voz afectada y alzando la barbilla, lo que hizo reír a Gladys.

—Me ha dicho que en la capital de la provincia hay una taberna donde sirven un vino especiado único en el reino.

—Y habéis pensado en…

—Son cinco días a caballo, alteza, pero si atravesamos el bosque de Ynnse y cruzamos el puerto de montaña del Sante, serían solo tres. Dicen que en el bosque de Ynnse viven nyxes y que hay muchos diablillos, pero tengo amuletos de protección para eso, y no tenemos por qué acercarnos al río.

—¿Queréis cruzar un bosque encantado y atravesar un desfiladero traicionero solo para tomar una copa de vino?

—Yo había pensado en tres o cuatro jarras, alteza. Son tres días de viaje. 

Valeria sonrió.

—¿Podríamos salir mañana? —preguntó la princesa.

28 febrero 2019

#OrigiReto2019 Pillados en el acto

Este es el microrrelato de febrero de 2019 para el OrigiReto 2019. Las normas de este reto se pueden consultar en las bitácoras de las organizadoras:

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Este microrrelato tiene 972 caracteres según https://www.contarcaracteres.com/ y, para evitar destripes, diré al final qué objetivo cumple. El objeto oculto es un videojuego, y está enlazado con el relato de enero de Neswina.

Aquí está la pegatina.





PILLADOS EN EL ACTO

Julián odiaba su trabajo. Supervisar las cámaras de vigilancia del museo era una definición de trabajo aburrido. Por suerte, su videojuego favorito tenía una versión para el móvil.

La película porno, protagonizada por tres asistentes a la conferencia, que acababa de contemplar había sido excitante, pero luego lo amargó aún más: llevaba diez años sin sexo.

Tras el cierre, fue a ver si hacía falta limpiar la estatua de Megara  y Heracles tras la orgía. Y se llevó la sorpresa de su vida cuando vio que no estaba. Alguien encendió la luz y se le cayó la linterna al ver a una mujer desnuda, que se acercó y lo besó con lengua.

—Esos tres nos han puesto a cien. Mi Heracles folla bien, pero no le hicieron pene y tengo curiosidad.

Megara  le introdujo una mano en el pantalón y se rio al notar la erección de Julián.

—Rápido, antes de que vuelva —dijo Megara mientras lo desnudaba.

Lo hicieron a toda prisa. Megara era espectacular y Julián gozó hasta que oyó un grito.

—¡Megara!



* * * * * 

El objetivo es: 13. Escribe un relato erótico.
 

23 febrero 2019

#OrigiReto2019 Las olas de su alma

Este es el relato de febrero de 2019 para el OrigiReto 2019. Las normas de este reto se pueden consultar en las bitácoras de las organizadoras:

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Este relato tiene 1989 palabras según https://www.contarcaracteres.com/ (dos son astericos para separar escenas). Los objetos ocultos que incluye son estatua de piedra y pluma.

Cumple el objetivo 17. Haz un fanfic. He elegido la novela Lo que el bosque esconde de Gema Bonnín. Podéis leerla sin miedo a los destripes o "spoilers" ya que lo que cuento de la novela se dice en la contraportada o en las primeras páginas del primer capítulo. Este fanfic sucede unos cuatro años antes de que arranque la novela.

También incluye una pequeña referencia a Platero y yo.

Si os gusta la fantasía, os recomiendo mucho Lo que el bosque esconde, así como las demás novelas de la autora.


LAS OLAS DE SU ALMA


Slenyar se detuvo; lo percibía de nuevo. Oía el sonido de las olas al romper en la playa, algo imposible en la plaza de Quaret en un día de mercado. Miró a su alrededor, tratando de distinguir quién podría ser. Se dirigió hacia la estatua de piedra que había en el centro de la plaza, dedicada a un héroe de Rodian que no le interesaba. Habría trepado para examinar mejor la plaza, pero le pareció imprudente e inútil.

Como tantas veces, el rumor de las olas se fue apagando. Quizá proviniera de uno de los tres pescadores que bajaban hacia el puerto. O del individuo bien vestido que entraba en la taberna. O de la adolescente que llevaba una cesta con frutas. No podía saberlo: para identificar al mago necesitaba estar más cerca, para que se activaran el olfato y la vista.

Slenyar decidió seguir a los pescadores. Quaret era un pueblo pesquero muy pequeño, de casas blancas con tejados grises. La Calle Esmeralda, que bajaba hacia el puerto, iba adquiriendo pendiente hasta terminar en unas escaleras que, los días de lluvia, se volvían resbaladizas. Las puertas de las viviendas eran todas iguales, pintadas del mismo tono de verde, al igual que la pareja de ventanas que todas tenían en la planta alta.

Aunque se lo esperaba, le frustró rebasar a los pescadores, que lo saludaron con alegría, y confirmar que ninguno era el mago. A riesgo de tropezar, se desahogó corriendo escaleras abajo, hasta llegar a la explanada en forma de triángulo que servía de puerto. La cruzó y anduvo hasta el extremo del muelle de madera donde fondeaban los pesqueros más grandes, respondiendo a los saludos de los marineros que descargaban sus capturas.

—Slenyar —le dijo Cravaud cuando pasó junto a él—, mi hija se dejó abierta la ventana hace dos noches, cuando el vendaval, y está medio rota. ¿Cuándo puedes pasarte?

—¿Mañana por la mañana?

Cravaud asintió y continuó recogiendo una red. Slenyar llegó al borde del muelle, se sentó con las piernas colgando y se dejó seducir por el paisaje. El mar estaba tranquilo y lo surcaban cinco pesqueros que regresaban al puerto. Las velas contrastaban con el azul del cielo y del mar. Miró a su espalda y vio las casas de Quaret, edificadas en las laderas de dos colinas que daban al mar. Algo más allá estaban los cultivos y varias granjas aisladas. 

Slenyar se sentía muy solo. Aunque su magia era difícil de detectar, ya que su único poder era percibir a otros magos, los métodos de los inquisidores eran lo bastante precisos como para desenmascararle. Era un fugitivo que había abandonado demasiadas ciudades y a demasiados seres queridos. Si había otro mago en Quaret, debía saber quién era: quizá desconociera su condición. Aunque deseaba que fuera consciente de ser hechicero y llegaran a hacerse amigos. 

*

Transcurrieron diez días sin que volviera a percibir al mago. El vendaval que rompió la ventana de Cravaud le procuró varias chapuzas gracias a las que podría comer durante un mes. El problema fue que resultó ser un aviso del temporal que había obligado a amarrar la flota durante dos días.

Slenyar se alegró de estar en casa con la chimenea encendida. Tras una mañana de tregua, volvió a llover con fuerza. Oyó el chaparrón un instante y mojó la pluma de oca en la tinta. Llevaba tiempo sin escribirle a su madre y había aprovechado los ingresos inesperados para hacerse con algo de papel. Empezó a redactar con más cuidado, ya que le faltaba un tercio de la hoja y aún tenía cosas que contarle.

De pronto, oyó el rumor de olas que rompían en la playa. La fuente del sonido permaneció inmóvil y provenía de cerca de la puerta principal. Tan rápido se dirigió hacia allí que no se acordó de calzarse. Y pegada a la pared de su casa, intentando darse calor a sí misma y protegida de la lluvia por el leve saliente de la primera planta, estaba Neriabeth. Aquella chica de apenas catorce años nunca había despertado su percepción, pero el olor que empezó a captar, el aroma de un prado lleno de flores, lo confirmaba. La única explicación era que sus poderes estuvieran comenzando a manifestarse en las últimas semanas. La joven lo miró con timidez.

—Pasa —dijo Slenyar—. Tengo la chimenea encendida.

—No deseo molestaros.

—No es molestia. Será peor si enfermas.

Neriabeth aceptó. Su anfitrión cerró la puerta y la invitó a quitarse la capa y sentarse junto al fuego. La muchacha dejó la capa sobre el respaldo de una silla y se sentó en un taburete junto a la chimenea. Slenyar se hizo con una trébede, que colocó en la hoguera, y puso encima una olla. Luego ocupó una silla, al lado de su invitada.

—Te va a encantar el caldo —dijo Slenyar.

—No os molestéis. Cuando deje de llover me marcharé. Solo necesito un poco de calor.

—Mi caldo te quitará el frío mejor que diez hogueras.

Neriabeth sonrió y su anfitrión le devolvió el gesto. Cada mago estimulaba los sentidos de Slenyar de maneras únicas. Neriabeth sonaba a un océano que enviaba olas a una playa desierta, olía a un prado lleno de flores y resplandecía como el sol en un cielo sin nubes. Con la excusa de que el fuego lo adormilaba, cerró los ojos y se concentró.

Se vio en un prado, en lo alto de un acantilado. Lo rodeaban cientos de flores de todos los tamaños y colores, y había árboles aislados. Se oía el rumor de las olas al romper decenas de metros más abajo. Slenyar se sentía maravillado: Neriabeth debía de tener un potencial enorme si conseguía provocarle una visión tan realista. 

Miró a su alrededor y no tardó en ver aquello que esperaba. Una mariposa blanca se le acercaba revoloteando por encima de las flores. Describió una semicircunferencia irregular a su alrededor, sin ponerse nunca a su alcance. Slenyar se consideraba uno de los magos más desafortunados de Rodian. Como todos los hechiceros, era un proscrito que vivía con la amenaza constante de acabar en la hoguera, pero apenas tenía poderes. Su única habilidad era percibir la magia en los demás y conectar con el alma de los hechiceros. Aquella mariposa era el alma de Neriabeth.

—No te haré daño —dijo estirando un brazo—, ni entraré en tu mente sin tu permiso. Acércate.
Slenyar sabía que la muchacha ignoraba que estaban sondeándole la mente; solo su alma intuía algo extraño. La mariposa revoloteó y se le posó en los dedos.

—Si me dejaras, podría enseñarte tanto… Te enseñaría qué poderes tienes y como usarlos, de dónde vienen y cuáles son sus límites. ¿Con el tiempo me darás permiso?

El alma de la muchacha no podía responderle. Aún no. Alzó el vuelo, lo rodeó varias veces y se alejó hacia el mar. Slenyar abrió los ojos y volvió a hallarse en su casa, junto al fuego. Advirtió que Neriabeth lo miraba con el ceño un poco fruncido.

—No dormí bien anoche —mintió Slenyar—. ¿Estaba roncando?

—No. Solo sonreíais.

—¡El caldo! —respondió y evitó dar explicaciones sacando la olla con un par de pinzas.

Mientras se lo tomaban, Slenyar le dio algo de conversación a Neriabeth hasta que un rayo de sol entró por una ventana. Acompañó a la puerta a su invitada, envuelto por el aroma tan delicado de su magia, y oyó el rumor de las olas hasta que la distancia lo acalló.

*

Slenyar llevaba un mes sintiéndose muy feliz. Ahora había otra persona en Quaret que compartía su don. Con el tiempo, podría confesarle que él también era un mago y podría ser él mismo delante de otra persona sin sentir miedo ni rechazo. Siendo un hombre que se acercaba a los cuarenta años, le sería difícil ganarse la confianza de una adolescente, y temía que corrieran rumores maliciosos. Pero conseguía intercambiar unas frases con ella cuando se la encontraba en un día de mercado. Quizá necesitara esperar un año entero, pero acabaría revelándole que era una maga y cómo lo había sabido.

Había acudido a la plaza de Quaret aquella mañana con la esperanza de verla. Le sorprendió ver a mucha gente congregada en el centro, oír que alguien suplicaba y que había varios soldados. Le preocupó que uno le tirara del brazo y lo obligara a unirse al grupo. Sintió pánico al ver a un grupo de inquisidores y al pobre Meskanis arrodillado en el suelo, pidiendo clemencia, jurando que no era un mago. Había visto aquello otras veces: una rencilla, alguna deuda y a alguien se le ocurría acusar en falso a un infeliz.

—El péndulo no miente —dijo el inquisidor de ropajes más vistosos.

Miró a ambos lados, sintió el impulso de retroceder, pero supo que era inútil. Solo por la expresión de intranquilidad que mostraba, ya había recibido un par de miradas recelosas. Los inquisidores tenían herramientas para detectar la magia, muchas de ellas inútiles. Los péndulos no lo eran. Gracias al silencio que acababa de invadir la plaza, empezó a oír el rumor de las olas y supo que el péndulo reaccionaba a la magia de Neriabeth y a la suya.

Slenyar no era un héroe, ni nunca quiso serlo. Sin embargo, ya estaba muerto, y cuando alguien está muerto, no necesita valor para hacer lo que debe. Suplicó al destino que aquellos fanáticos se creyeran lo que iba a decirles y se acercó al inquisidor mientras lo apuntaba con un dedo.

—Has caído en mi trampa, inquisidor. Yo soy el mago, y vas a morir.

A un par de metros de distancia, el aludido palideció y el péndulo pareció volverse loco. Se oyeron varios gritos y Altisidora se desmayó, aunque la sujetaron a tiempo. Slenyar empezó a estrangular al inquisidor, mientras se reía en falso. Pronto sucedió lo que esperaba: lo agarraron de los brazos, lo golpearon con fuerza y acabó arrodillado, con una espada al cuello y paralizado por el dolor. El inquisidor recogió el péndulo y lo sostuvo frente a él. El instrumento se movía en todas direcciones.

—Señores, por favor —dijo Neriabeth—, conozco a este hombre y no es un mago. Está muy solo y se ha trastornado. El regidor de Quaret se ocupará.

Slenyar se angustió al oírla interceder por él. No podía consentirlo: aquellos fanáticos serían capaces de encarcelarla solo por eso y descubrirían que era una maga.

—¿Qué sabrás tú, aldeana estúpida? —gritó sintiendo que cada sílaba le dolía—. Solo quería aprovecharme de ti, por eso era tan amable.

La manera en que se le partió el corazón al percibir el desconcierto de Neriabeth le dolió mucho más que el puñetazo que le dieron y que le hizo escupir sangre.

—¡Ah!, criatura maligna —dijo el inquisidor—, querías corromper a esa pobre joven. Arrepiéntete.

—Si me sueltan, te corromperé a ti también. O puede que no, que a lo mejor te gusta.

El siguiente golpe dio con él en el suelo. Miró un instante a la gente que los rodeaba. Muchos habían sido sus amigos, había bebido con ellos, lo habían invitado a fiestas y bodas. Y, tras solo un instante, se había convertido en un monstruo para todos. Cuando llevas toda la vida ocultándote, pensó Slenyar, cuando todo el mundo te considera un monstruo por una habilidad que nunca pediste, terminan convirtiéndote en el mismo monstruo que jamás quisiste ser. Quizá por eso había resultado tan convincente en su papel de mago diabólico.

—Te lo ruego, muchacha —dijo el inquisidor—, vuelve a tu casa para que este monstruo no siga envenenando tu inocencia.

Fue su único momento de felicidad. Deseó que aquello sirviera de algo y que Neriabeth tuviese una vida larga y feliz. Le duró muy poco: en su casa estaba, sin leer, la última carta de su madre. Ojalá hubiera tenido la oportunidad de despedirse. 

Le abrieron paso a Neriabeth y el rumor de las olas se fue apagando hasta desaparecer.