28 abril 2019

#OrigiReto2019 La camarera

Este es el relato de abril de 2019 para el OrigiReto 2019. Las normas de este reto se pueden consultar en las bitácoras de las organizadoras:

http://plumakatty.blogspot.com/2018/12/origireto-creativo-edicion-2019.html

o en

http://nosoyadictaaloslibros.blogspot.com/2018/12/reto-de-escritura-2019-origireto.html

Este relato tiene 1987 palabras según https://www.contarpalabras.com/ (una es un asterisco para indicar un cambio de punto de vista de la narración). Para evitar destripes, diré al final qué objetivo cumple, aunque creo que es muy obvio. Los objetos ocultos que incluye son un informe médico y una lata de conservas caducada.

Aquí está la pegatina del mes. Este es otro de los meses en que pensé que no iba a llegar, pero lo logré.



Y aquí el relato. Espero que os guste.


LA CAMARERA



Una de las cosas que Deirdre añoraba más era el clima de su país. Pegada a una ventana de la cafetería, vio el cielo cubierto de nubes negras. Llovería con furia, se inundarían locales y se cortarían calles. En Hebroria la lluvia era siempre suave y bastaba con resguardarse bajo un árbol.

La preocupaba mucho Yolau, el último cliente de aquella tarde. Si le sorprendía la tormenta… Lo peor de vivir en Estikos era tener que ocultar sus sentimientos. Una mujer de tres metros de altura en Hebroria no llamaba la atención. En Estikos, era excepcional alcanzar los dos metros. Los estikanos sentían miedo o repulsión hacia ella y ni siquiera tenía amigos. Con Yolau todo era peor, porque provenía de una región donde nadie superaba el metro de altura, y él era incluso más pequeño. Ser tan bajo lo hacía sentirse tan solo como ella, y para Deirdre era una conexión muy profunda. Aparte, era muy inteligente, tenía muy buen humor y unos ojos negros preciosos.

Deirdre regresó a la barra mirando a Yolau. Llevaba mucho tiempo soñando con salir con él, pero había aprendido que los hombres solo aman a mujeres más pequeñas y débiles que ellos. Deirdre era cinco veces más alta que él y no se atrevía ni a insinuarse por miedo a asustarlo. Comprendía que alguien tan pequeño como él temiera enfurecerla a base de insinuaciones, pero soñaba con que supiera que Deirdre no le haría daño ni siquiera a un hombre que le diese asco.

—¿Quieres otro café? —le preguntó cuando Yolau levantó la vista de unos papeles que leía.

Deirdre entró en la barra y se lo preparó. Al calentar la leche estuvo a punto de mancharse y recordó que, muchas noches, fantaseaba con la idea de quedarse a solas con Yolau, como en aquel instante, mancharse la blusa a conciencia y quitarse la ropa delante de él. Adoraba desnudarse delante de alguien que la atrajera, pero no sería lógico hacerlo en mitad del salón. Solo se atrevía, pensó mientras le llevaba el café, a desabrocharse un par de botones de más de la blusa cuando estaban solos. Era natural que Deirdre tuviera que agacharse frente a él, ya que la mesa de Yolau era apropiada a su tamaño. Mientras le servía la leche en el café o mientras ella le sonreía, la miraba a los ojos. Una vez que Deirdre había desviado la vista, lo sorprendió mirándole el escote. Yolau había bajado los ojos avergonzado, pero, al menos, le demostró que no le daba asco. Por eso, Deirdre ladeó la cabeza.

—Va a caer una buena —le dijo.

—Sí.

Deirdre miró hacia un lado un poco más de tiempo del que sería normal. Se moría por proponerle algún plan, visitar un museo o dar un paseo juntos, pero si lo hacía, estaba segura de que no volvería a verlo. Soñaba con que se diera cuenta de que no le importaba que la mirase, que no le enseñaba el escote a nadie más. Quería que tomara la iniciativa, aunque solo fuera porque le gustaran sus pechos, porque ella no podía hacerlo.

Suspiró y regresó a la barra. De espaldas a él, apoyó el vientre en la barra con fingida inocencia y examinó una lata de conservas que llevaba dos meses caducada.

*


Yolau se sentía muy mal, pero no podía remediarlo. No podía apartar la vista de Deirdre, de la curva de sus caderas y de sus muslos. La camarera, por suerte, estaba distraída con una lata. No quería ni pensar en su mueca de desprecio si llegara a saber que estaba enamorado de ella. Le había gustado desde la primera vez que lo atendió en aquella cafetería, que estaba cerca de su antiguo trabajo. Aquel local le quedaba ahora muy lejos, pero iba casi todas las tardes para verla.

Cuando Deirdre entró en la barra, continuó con el informe médico, que plasmaba unos resultados excelentes. Las nuevas cepas de virus antibacterianos que habían diseñado funcionaban bien. Al rato, volvía a mirar a la camarera con disimulo. Estaba fuera de su alcance. A las mujeres les gustan los hombres más grandes y fuertes que ellas, y él medía apenas sesenta y un centímetros. Al menos, había conseguido aceptarlo y le hacía feliz verla a diario tras salir del trabajo. La única ventaja de ser tan pequeño era que Deirdre no le tenía miedo y cuando le servía no se molestaba en taparse el escote, como hacía con otros clientes. Había fantaseado con que la camarera se lo enseñaba a propósito, pero no tenía sentido si él era diminuto y feo. Era triste, quizá repugnante, pero la miraba porque no podía hacer otra cosa. Una vez pensó en proponerle algún plan, como visitar un museo o dar un paseo juntos, pero si lo hubiera hecho, ella le habría pedido que no volviera a la cafetería nunca más.

Sonó un trueno muy fuerte y se oyó llover con intensidad. Sonaron otros dos truenos y la lluvia pareció enfurecerse. Deirdre cerró la puerta y le dijo que no se preocupara, que se quedarían allí hasta que escampase aunque pasara la hora de cerrar. Quince minutos después, Deirdre empezó a cerrar a toda prisa las ventanas, por las que se empezaba a colar la lluvia. Yolau no podía ayudar y se preocupó porque la camarera chapoteaba en un par de centímetros de agua. Cuando el agua empezó a colarse a chorros por la puerta, Deirdre gritó, fue hacia él y le levantó con ambas manos. Lo apretó contra el pecho y retrocedió hacia la barra.

—¡Nos vamos a ahogar! —gritó antes de dejarlo sobre la barra—. No te muevas de aquí.

Yolau no pensaba hacerlo. Además, aún estaba asimilando que la mujer a la que amaba lo había apretado contra su pecho para protegerlo. La vio apresurarse apilando mesas y manteles para frenar los chorros que se colaban por la puerta. Se preocupó al verla caer y quedar empapada, pero lo alivió que se levantara sin siquiera quejarse.

Cuando acabó, el agua seguía colándose, pero muy despacio. Deirdre cerró la puerta de la barra y lo miró. Tenía el pelo tan mojado que se le pegaba a las mejillas, pero Yolau seguía pensando que era preciosa.

—Siento haberte levantado de la silla, pero me asusté. Temí que te arrastrara el… ¡Oh! Perdona, no quería insinuar… —Se ruborizó y bajó la vista.

—No pasa nada. Soy muy pequeño y es más fácil que me arrastre el agua. Gracias por protegerme.

Deirdre sonrió y dijo que lo mejor era bajar los diferenciales de la barra y el salón. Luego, entrarían en el almacén, donde estarían secos y con las luces encendidas, a esperar a que pudieran salir de allí con seguridad. Yolau estuvo de acuerdo.

—Pero bájame, por favor —le dijo a Deirdre con una sonrisa.

La camarera lo alzó sin esfuerzo y lo dejó con suavidad en el suelo. Lo maravillaba la fuerza que tenía. Entraron en el almacén y Yolau advirtió lo gélida que era aquella habitación. Deirdre no podía encender la calefacción porque allí no había. La camarera no quería sentarse y estaba tan mojada que se iba formando un charco de agua a sus pies. Yolau se puso nervioso, temió que Deirdre lo interpretara como una insinuación, pero sintió que debía decírselo.

—Tendrías que quitarte la ropa. Me daré la vuelta.

La camarera se ruborizó. A Yolau le hacía gracia, porque tenía la piel muy blanca y se le notaba mucho. Y la favorecía.

—Sí, pero no te vuelvas. No me traje una muda, y no vas a pasarte varias horas mirando a la pared. No me quitaré la ropa interior, será como si me vieras en la playa.

Yolau asintió y se ruborizó también.

—He pasado un mal rato —dijo Deirdre—. ¿Te importaría si me desnudo con arte y nos reímos un poco? Luego podrías decirme si sirvo para bailarina exótica, por si me despiden aquí.

—Me daría mucha pena verte trabajar en sitios así, pero hazlo con arte si quieres.

—¿En serio te daría pena? —preguntó sonriendo—. Era broma.

Yolau asintió y la camarera se hizo con una silla y se sentó de costado hacia él para quitarse los zapatos. Sonrió con la cabeza ladeada y estiró las piernas de una forma muy seductora. Por desgracia, golpeó una estantería.

—¡Ay! El meñique —dijo mientras se lo frotaba—. Eso me pasa por tener las piernas tan largas.

Se rieron un poco. Luego, Deirdre se levantó y se detuvo cerca de él. Se contoneó con suavidad y mucha elegancia y empezó a desabrocharse la blusa muy despacio. No dejaba de mirarlo y de sonreírle con picardía y Yolau se sentía hipnotizado. Se abrió la blusa, se la quitó muy lentamente y se agachó para dejarla delante de él. Le deslizó un dedo por la papada y la barbilla y consiguió que Yolau se derritiera.

Deirdre caminó contoneándose con delicadeza hacia la silla, volvió la cabeza hacia él al final y le dedicó una caída de pestañas y otra sonrisa. Se desabrochó el pantalón y se lo bajó sin prisas hasta debajo de las nalgas. Disfrutó de aquella exhibición hasta que Deirdre se sentó de lado y fue enseñándole los muslos poco a poco, algo que disfrutó aún más por la forma tan seductora en que lo hizo. Cuando la camarera terminó y recogió la ropa, Yolau no podía creerse que una diosa quisiera trabajar en una cafetería.

La camarera se sentó en un sillón muy grande y le dijo que, si le apetecía alguna bebida, se la pidiera, que invitaba ella. Se sentó cerca de Deirdre y charlaron un rato. Verla con tan poca ropa era un regalo y una maldición a la vez, porque le recordaba que nunca aceptaría salir con él. Al rato, Yolau no pudo ocultar que tiritaba. La camarera era tan grande que el frío le afectaba mucho menos.

—No tengo nada seco con qué cubrirte —le dijo Deirdre—. Quítate los zapatos y deja que te pegue a mí.

Yolau no tuvo fuerzas para negarse. Deirdre lo sentó en el muslo izquierdo y cerró sin fuerza las piernas para dejar las de él en medio. Lo recostó contra el vientre y lo cubrió con una mano. Yolau frotó las manos heladas en la piel de la camarera hasta que entró en calor. Y aquello fue demasiado. Era una locura, le empezó a latir el corazón con furia, pero no podía más.

—Me gustas mucho —dijo Yolau—. Llevo meses soñando contigo.

—¿Meses? ¿Y has esperado a verme en ropa interior para decírmelo? Claro, claro.

—No me atrevía a decírtelo —respondió dolido por el sarcasmo de Deirdre—. Me gustas tanto que ya no trabajo ahí al lado, pero vengo desde lejos solo para verte.

—¿Me perseguías? Das miedo. ¿No habría sido más fácil invitarme a ir a un museo o algo así en vez de declararte de pronto? A lo mejor te habría dicho que sí, pero después de esto…

—A las mujeres solo os gustan los hombres más grandes y fuertes que vosotras.

—¡Vaya excusa! Sois los hombres quienes despreciáis a las mujeres más grandes que vosotros. A mí solo se me acercan tipos a los que les dan morbo las mujeres muy altas. ¿Quieres que me crea que no es eso, que me prefieres a una chica más pequeñita que tú a la que puedas dominar bien?

—Sí. Me gustas mucho y no me importa que seas muy grande. No tengo interés en dominarte ni en pelearme contigo.

—Haces bien.

Deirdre se quedó callada y Yolau empezó a sentir cómo se le rompía el corazón. Necesitó un rato para hablar.

—Perdóname. No quería ofenderte.

La camarera se limitó a suspirar y a guardar silencio un buen rato. Yolau se sentía muy triste; habría preferido quedarse solo, pero si se separaba de Deirdre se moriría de frío. Intentó quedarse dormido, aunque no pudo.

—¿Te gustan los museos? —preguntó Deirdre.


* * * * * * * *

Como ya habréis comprobado, el objetivo era el 13. Escribe un relato erótico.

26 abril 2019

#OrigiReto2019 Juntos

Este es el microrrelato de abril de 2019 para el OrigiReto 2019. Las normas de este reto se pueden consultar en las bitácoras de las organizadoras:

http://plumakatty.blogspot.com/2018/12/origireto-creativo-edicion-2019.html

o en

http://nosoyadictaaloslibros.blogspot.com/2018/12/reto-de-escritura-2019-origireto.html

Este microrrelato tiene 989 caracteres según https://www.contarcaracteres.com/ y, para evitar destripes, diré al final qué objetivo cumple. El objeto oculto es un pez de colores, y está enlazado con el relato de abril de Bryan M Blanco.


JUNTOS



Los años transcurrieron con calma en aquella isla desierta. La felicidad que me daba el amor de Alphonse logró que dejara de contar los años. Aquella vida, tan sencilla y feliz, parecía un sueño. Ni siquiera la vejez la empañó.

Por eso, no estaba preparado para el día en que Alphonse arrastró al agua una balsa y se despidió con un brazo, desde lejos, cuando corrí hasta la orilla. Lloré por el abandono mientras alimentaba a nuestro pez de colores.

Pero soy hombre de acción. Construí una balsa y navegué para buscarlo. Dos días después, una tormenta quebró la balsa y me hundí en el mar oscuro hasta que el alma se me escapó.

*

—¿Te acuerdas de Alphonse? —dijo Laura mientras dejaban el cadáver de Edgar en una camilla.

—¿El hombretón que venía a visitar a Edgar? —preguntó Julia y su amiga asintió.

—Murió hace dos días. Qué casualidad.


Era imposible, pensó Julia, pero ¿y si no era casualidad y se habían ido juntos a seguir viviendo su amor allá donde van las almas de los muertos?

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El objetivo de este microrrelato era: 15. Cuenta una historia que suceda en una isla deshabitada.

12 abril 2019

Literatura oficial y literatura en las sombras

Referencias y agradecimientos. El artículo que me inspiró este es de Alister Mairon (su bitácora: http://escribeconingenio.blogspot.com/ ) y se trata de este: http://windumanoth.com/volver-a-las-raices-fantasia/

La idea para el título de "literatura en las sombras" es una idea original de Katty (su bitácora: http://plumakatty.blogspot.com/ )

*  *  *  *  *


Leyendo un artículo de Alister Mairon en Windumanoth, acerca de la nueva tendencia en fantasía de volver a las raíces, me ha venido a la mente una idea que me gustaría compartir. Por motivos obvios, la idea surgió a partir de mi experiencia como aficionado a escribir. Al leer las tendencias nuevas de las que hablaba el artículo, recordé cosas que he escrito y que seguirán eternamente acumulando polvo en un cajón. Y pensé en que todas esas obras que languidecen en los cajones, conforman una literatura en las sombras cuyas tendencias van por caminos muy diferentes a la literatura publicada, la literatura oficial.

Decía Alister Mairon que la nueva tendencia de la fantasía es huir del maniqueismo, de la dualidad entre el bien y el mal y de ambientar las novelas en otros mundos y otras culturas. Y que eso es una novedad. Para la literatura oficial, que es la única a la que podemos tener acceso salvo que cometamos miles de allanamientos de morada, quizá sí, pero para esa literatura en las sombras... Como es obvio, voy a hablar de mí (los allanamientos de morada no son lo mío).

Allá en 1997 comencé una novela de fantasía épica pura donde sucedían las siguientes cosas:

1) Estaba ambientada en España, solo que no en nuestro tiempo.

2) A todos los niveles, la cultura estaba basada en la española del Siglo de Oro: sociedad, viajes, legislación, manera de hablar... Los personajes luchaban con espada ropera y daga de vela, y la escuela predominante era la destreza verdadera de don Jerónimo Sánchez de Carranza.

3) La dualidad entre el bien y el mal, porque así lo quise, estaba casi difuminada. El héroe hace cosas indignas persiguiendo un objetivo noble. La villana tenía motivaciones tan loables como sacar al pueblo de la ignorancia y del olvido al que lo sometían las instituciones del país. Quería sacarlo de la miseria que era común en la época histórica de referencia, solamente que para alcanzar esos fines, la villana no tenía reparos en torturar, matar y negociar con demonios.

Hace más de veinte años, hacía cosas que hoy son nuevas tendencias. Lo son de la literatura oficial, cierto. No es que yo fuera un adelantado a mi tiempo, por supuesto, y seguro que no fui el único que las hacía. Es solo que nadie  las publicaba. Estoy convencido, después de leer este artículo, de que la literatura en las sombras, la que muere en los cajones de quienes no publican por las causas que sean, es mucho más diversa que aquella que pasa los filtros editoriales. Porque hay cosas que hoy son tendencia o son deseables que yo también escribía hacía muchos años.

Quizá, en este mismo momento, haya cientos de autores desconocidos que estén desarrollando las tendencias que serán imprescindibles dentro de veinte años. Y que nadie llegue a saberlo nunca porque esas obras no dejen jamás de pertenecer a esa literatura en las sombras.

31 marzo 2019

#OrigiReto2019 Una nueva estirpe

Este es el microrrelato de marzo de 2019 para el OrigiReto 2019. Las normas de este reto se pueden consultar en las bitácoras de las organizadoras:

http://plumakatty.blogspot.com/2018/12/origireto-creativo-edicion-2019.html

o en

http://nosoyadictaaloslibros.blogspot.com/2018/12/reto-de-escritura-2019-origireto.html

Este microrrelato tiene 958 caracteres según https://www.contarcaracteres.com/ y, para evitar destripes, diré al final qué objetivo cumple. El objeto oculto es una jeringuilla, y está enlazado con el relato de marzo de RJRandom. Está escrito en presente y en primera persona.

Aquí está la pegatina:




Y aquí está el relato.


UNA NUEVA ESTIRPE

Acierto al candado con la última bala y una puerta se abre. Aparece una mujer de andar torpe que se arrodilla junto al cadáver de su familiar y lame la sangre. El médico y los demás nos quedamos paralizados.

—Acercaos tres de vosotros —dice el médico—. Inmovilizadla y yo la sedaré. No le hagáis daño.

Tres policías se acercan, pero creo que es tarde. Aquella infectada, que murió con una lesión medular, se ha curado en pocos minutos, así que ya estamos perdidos. 

La mujer se revuelve contra mis compañeros. Los muerde, los derriba. Demasiada confusión. Los disparos yerran o matan a quien no deben. El médico intenta sedarla y pierde la mano de la jeringuilla.

Solo quedo yo. Apunto a la mujer con una pistola sin balas. Aquel cadáver resucitado murió siendo virgen. Pero ahora está embarazada de algo que veo moverse en su vientre abultado. Las zombies pueden, ahora, tener hijos por sí mismas, sin fecundación.

No hay esperanza para la humanidad. Ni para mí.


 * * * * *

El objetivo es 23. Relata la historia de un embarazo fuera de lo corriente (o conciencia sobre algo poco conocido del tema), en que la futura madre sea la absoluta protagonista y no el bebé.

Creo que una zombie que queda embarazada de manera espontánea es un embarazo fuera de lo corriente y que la protagonista es la madre capaz de tal cosa más que los niños zombies que pueda tener (je, je).


29 marzo 2019

#OrigiRetlo2019 El feo durmiente

Este es el microrrelato de marzo de 2019 para el OrigiReto 2019. Las normas de este reto se pueden consultar en las bitácoras de las organizadoras:

http://plumakatty.blogspot.com/2018/12/origireto-creativo-edicion-2019.html

o en

http://nosoyadictaaloslibros.blogspot.com/2018/12/reto-de-escritura-2019-origireto.html

Este relato tiene 1991 palabras según https://www.contarcaracteres.com/ (dos son astericos para separar escenas). Como el título ya desvela qué objetivo cumple, lo digo aquí: es el 12. Crea tu propia versión de un cuento conocido. Los objetos ocultos que incluye son 10. Un instrumento musical y 19. Una botella de ron.

Hay vivencias propias reflejadas en dos de los personajes: la princesa y el que da título al relato. Y he disfrutado mucho escribiendo una historia en que hay dos mujeres muy amigas. Me encantan las historias de amistad, aunque los que me conocéis un poco ya lo sabréis.


EL FEO DURMIENTE


Valeria hizo que Luz, su yegua, se detuviese y contempló con el mismo respeto de otras veces aquel castillo gris herido por gruesos troncos sin hojas del color de la ceniza. Gladys, cabalgando a mujeriegas a Antorcha, la ordenó pararse junto a Luz. Como Valeria vestía pantalones, desmontó con mucha más facilidad que su amiga, que se empeñaba en ir en falda a todas partes por mucho que Valeria insistía. Llevaron a las yeguas a un punto donde estaba el hueco de la poterna que solían usar. Gladys lanzó un hechizo para ocultar a las monturas y el contenido de las alforjas y, después, murmuró frases en una lengua que solo ella recordaba para abrir un hueco en la red de troncos de ceniza que atormentaban al castillo. Su amiga jadeaba cuando consiguió vencer a la maldición de la fortaleza una vez más.

—¿Queréis descansar?

—No os preocupéis, alteza —respondió Gladys con dificultad—. Id primero y atenta.

Valeria entró con la mano en la empuñadura del sable. Ya se habían aventurado seis veces en el castillo y solo habían encontrado recuerdos maravillosos de otras épocas y de una persona en particular. La poterna daba a un patio maltratado por los años, en cuyo centro había una fuente de agua ponzoñosa. Cruzaron el patio desierto y Valeria recordó tantas veces como Gladys le había dicho que la barrera de troncos la creó un hechizo para proteger al castillo de la maldición que salió mal y acabó destruyéndolo.

Entraron en un antiguo salón del palacio que protegían las murallas, lleno de polvo y cascotes, iluminado por el sol que entraba a través de ventanales privados de cristal. Valeria soñó con que visitaba aquel lugar cuando su rey legítimo aún lo gobernaba. Imaginó ricos tapices, cuadros, lámparas y adornos. Vio caballeros y damas. Y se imaginó al noble que había escrito aquellos poemas y cuentos tendiéndole una mano, muy alto, tan rubio como ella y con sus mismos ojos azules. Tan guapo que costaba trabajo dejar de mirarlo. Sin saberlo, Gladys, con su melena negra y su vestido marrón claro, interrumpió sus sueños.

—Supongo, alteza, que querréis subir.

—Quiero hacerlo —dijo con una sonrisa pícara que su amiga interpretó bien.

—Valeria, vamos…

—¡La última en llegar hará la cena!

Valeria corrió escaleras arriba, mientras oía a su amiga intentar no rezagarse. No era solo que Gladys no se ejercitara tanto como ella: los pantalones eran más prácticos para montar o correr. La princesa subió hasta la tercera planta, la última que les quedaba por explorar, y esperó a Gladys. Cuando su amiga llegó, jadeando de nuevo, Valeria la esperaba con fingida impaciencia.

Exploraron todas las habitaciones. La primera era una enorme biblioteca. Valeria, ilusionada, registró el bello escritorio de madera oscura y encontró otro tesoro. Se sentó en la única silla, abrió un libro y pasó un rato leyendo cuentos y poemas manuscritos firmados por G. Hefesto. La emocionaron tanto que no pudo reprimir el impulso de cerrar el libro y apretarlo contra el pecho. Estaba enamorada de aquel hombre, cuyos escritos la conmovían. De hecho, si habían visitado tantas veces aquel castillo encantado era para saber más de él. Le dolía pensar que G. Hefesto llevaría años muerto.

—Ya veo que habéis encontrado algo, alteza. Yo hallé esto. ¿Queréis un poco? —dijo Gladys, tendiéndole una botella de ron—. ¿No? Pues está bueno.

Valeria se levantó, con el libro en la mano, y sonrió al ver a Gladys darle un sorbo largo a la botella y oírle un jadeo de satisfacción. Siguieron explorando y la princesa se encontró un nuevo tesoro. Había una caja con una inscripción, un regalo para G. Hefesto. Contenía una flauta travesera preciosa. Pensar en los dedos de aquel hombre acariciar la flauta e imaginarse la música que sería capaz de interpretar, la hicieron desear aún más poder conocerle. Cuando entraron en la última habitación, Valeria abrió mucho los ojos. Había una especie de sarcófago cubierto por una tela. Iba a avanzar, pero Gladys la sujetó de un brazo.

—Esperad, alteza. Hay un poder maligno muy fuerte concentrado aquí.

Su amiga avanzó unos pasos y examinó el aposento sin mover más que la cabeza.

—Qué pena tener que desperdiciar un ron así —dijo Gladys e indicó a Valeria que se colocara frente a ella, a un par de metros.

Cuando lo hizo, usó el ron para describir un círculo a su alrededor, dejó la botella fuera e hizo que brotara una chispa de entre los dedos, con la que incendió el círculo de ron. Valeria conocía el ritual, pero no dejó de inquietarle la forma en que Gladys adoptó la personalidad de quien había lanzado el hechizo maligno, después de haber recitado el suyo.

—Nadie invitó a este bautizo a la bruja más poderosa del reino —dijo con una voz ronca y una expresión maligna impropias de Gladys—. Y por eso maldigo a tu primogénito. Cuando cumpla veinte años, caerá en un sueño infinito del que solo podrá sacarlo un beso de amor verdadero.

Valeria no entendió la risa enloquecida de Gladys. Luego, su amiga cerró los ojos y pareció meditar un rato. Y se alegró de ver que salía del círculo, casi apagado, y volvía a ser la de siempre.

—No hay peligro, pero esto no os va a gustar, alteza. G. Hefesto está ahí dentro, esperando un beso de amor.

—Pero eso es maravilloso.

Gladys negó en silencio y Valeria, entusiasmada porque ella podía liberarlo, no le prestó atención y quitó la tela. Y comprendió al instante la actitud de su amiga. La decepción fue tan intensa que le dolió. Aquel hombre era joven, y rubio, pero estaba muy gordo y, sobre todo, era horripilante. No se podía creer que la persona que la emocionaba con cada uno de sus versos tuviera aquel aspecto. Era tan guapo en sus sueños… 

—La bruja que lo hechizó, alteza, se reía diciendo que nadie podría amar a un hombre tan feo.

—Pero yo… 

—Entonces, besadlo y salid de dudas.

Con cuidado, retiraron la cubierta de cristal del sarcófago y, con cierto esfuerzo, Valeria aproximó los labios a los del hombre y lo besó. Separó la cabeza medio metro y, cuando ya creía que no iba a pasar nada, el hombre abrió los ojos, parpadeó y la miró estupefacto.

—¿Quién sois? —le dijo.

Valeria le consentía el vos a Gladys porque era su mejor amiga, pero de un desconocido era una falta de respeto grave.

—Soy Valeria, y soy una princesa.

—¿En qué año estamos? —respondió el hombre.

—En 1623, señor —intervino Gladys.

—Entonces mis padres han muerto —dijo tras un suspiro—. Eso me convertiría en rey de Cheru, pero no celebramos mi entronización, así que supongo que sigo siendo príncipe. Por tanto, tengo derecho a tratar a vuestra alteza de vos.

El hombre la miraba con intensidad, de una forma a la que Valeria, a quien consideraban una de las mujeres más bellas de su reino, estaba demasiado acostumbrada. No podía creérselo, pero la magia nunca se equivocaba: Gladys se lo había repetido cientos de veces. El único problema habría sido que él no hubiera pertenecido a la realeza. Aquel hombre tan feo era el amor de su vida.

—Os ruego que os levantéis —dijo Valeria—. Os llevaremos a mi reino y os alojaréis en mi palacio mientras preparamos los detalles de nuestra boda.

*

Valeria esperaba a Ginés, su horrendo prometido, en un banco de los jardines de palacio, cerca de una hermosa fuente adornada con estatuas de dragones. Llevaba uno de sus vestidos más corrientes porque no deseaba que su prometido se ilusionara. Se sentía muy desgraciada. Seguía disfrutando de la sensibilidad de la pluma de Ginés, y oírle tocar la flauta que habían rescatado de su antiguo castillo la hacía emocionarse. Pero la idea de pasar el resto de su vida con un hombre así la aterraba. La magia decía que tenía que ser feliz, pero no lo era. Ginés llegó y se sentó junto a ella. Hablaron un rato de banalidades y Valeria luchó por mostrarse alegre, sin demasiado éxito.

—Tengo que haceros una pregunta, mi amada princesa. —Valeria lo miró y él se perdió un instante en sus ojos—. ¿De verdad queréis casaros conmigo?

—Mi amor por vos rompió una maldición poderosa.

—No os he preguntado eso. ¿Queréis casaros conmigo?

Valeria, confusa, solo pudo quedarse callada.

—Lo sospechaba. Y lo entiendo. —Ginés suspiró—. Sé poco sobre el amor, pero mucho sobre el desamor. Rompisteis la maldición porque amabais la imagen que habíais creado de mí gracias a mis poemas y mis cuentos. Cuando me visteis en persona, esa imagen se desmoronó. El amor no muere de golpe, por eso, el día en que me liberasteis aún me amabais. Ahora queda muy poco de ese afecto.

—Pero… yo… no es justo. Di mi palabra.

—Si nos casamos porque os sentís obligada, nos condenaremos a vivir en una prisión. Ya veis como soy. Gladys me ha contado vuestras aventuras. El día que os conocí ibais con pantalones porque os gusta correr y galopar. En cambio, si doy un paseo de media hora, acabo agotado. Nunca podré seguiros. Por supuesto, no tendría que acompañaros siempre, pero si no lo hiciera nunca, acabaríais sintiéndoos culpable, viajaríais cada vez menos por no dejarme solo. Os haría muy desgraciada. Somos demasiado diferentes, vuestra alteza.

Valeria se quedó callada. Quería decirle que estaba en lo cierto, pero se sentía incapaz de partirle el corazón.

—Iremos a ver a vuestros padres —dijo Ginés—. Les comunicaréis que habéis decidido cancelar el compromiso y yo lo aceptaré. Prefiero que sea así: si dijéramos la verdad, os humillaría y todo el mundo pensaría que soy el hombre más estúpido del mundo. Aunque eso quizá sea verdad.

—No lo es, alteza.

—Gracias. —Ginés suspiró—. Veréis qué contentos se pondrán vuestros padres.

Su prometido se puso en pie y le ofreció un brazo.

—Un último favor, vuestra alteza. Demos un último paseo.

*

Valeria miraba a través del ventanal de su alcoba. Contemplaba las mejores vistas de todo el castillo. La decepción por el amor que había sentido por G. Hefesto, o Ginés, se le iba borrando cada vez más rápido.

Habían pasado dos semanas desde que Ginés se fue. Resultó tener razón en todo. Cuando anunció delante de sus padres que Valeria lo había rechazado, toda la experiencia en protocolo de los reyes fue capaz de impedir que se notara el alivio que sentían. Al menos, a cambio de cederles el gobierno de Cheru, obtuvo una renta vitalicia. Era muy injusto que todo el mundo lo rechazara por ser tan feo, pero no podía casarse con él solo por compasión. El mismo Ginés se lo había dicho. Y también era cierto que no quería un esposo que la siguiera a todos lados, pero sí uno que pudiera acompañarla a ella y a Gladys alguna vez.

Su amiga llamó a la puerta y entró tras recibir permiso. Se apoyó a su lado, en el ventanal, y disfrutó del paisaje. Como casi siempre desde la marcha de Ginés le preguntó que cómo se sentía e intercambiaron banalidades.

—He estado hablando con la condesa de Honboseri —dijo Gladys.

—¡Ah! ¿Sí? —respondió Valeria, con voz afectada y alzando la barbilla, lo que hizo reír a Gladys.

—Me ha dicho que en la capital de la provincia hay una taberna donde sirven un vino especiado único en el reino.

—Y habéis pensado en…

—Son cinco días a caballo, alteza, pero si atravesamos el bosque de Ynnse y cruzamos el puerto de montaña del Sante, serían solo tres. Dicen que en el bosque de Ynnse viven nyxes y que hay muchos diablillos, pero tengo amuletos de protección para eso, y no tenemos por qué acercarnos al río.

—¿Queréis cruzar un bosque encantado y atravesar un desfiladero traicionero solo para tomar una copa de vino?

—Yo había pensado en tres o cuatro jarras, alteza. Son tres días de viaje. 

Valeria sonrió.

—¿Podríamos salir mañana? —preguntó la princesa.