24 noviembre 2018

#OrigiReto2018 Al final del cuento

Relato para el Reto de escritura de #OrigiReto2018 - Ejercicio: 9- Describe un despertar original.

Bases en:
http://nosoyadictaaloslibros.blogspot.com.es/2017/12/reto-de-escritura-2018-origireto.html
o en
http://plumakatty.blogspot.com.es/2017/12/origireto-creativo-2018-juguemos.html

Este relato está basado en un cuento muy bien conocido. No lo diré aquí sino en el siguiente relato de noviembre, continuación de este, para no desvelar nada. Son 1042 palabras.


AL FINAL DEL CUENTO


Cuando una sacudida brusca me despertó, un movimiento que pareció como si la prisión que me envolvía hubiera caído sobre algo, no sabía si estaba despierto o continuaba soñando. Desde hacía un tiempo que no sé cuantificar, no distingo entre sueño y realidad. Creo que lo último real que experimenté fue hundirme despacio en el mar, después de haber recorrido en barco unas alcantarillas que me parecieron interminables. Mi barco había aguantado un tiempo las aguas, pero al final, se deshizo y yo empecé a hundirme.

No sé si la sombra que me cubrió cuando estaba bajo el agua fue realidad o un sueño. Tampoco sé si verme arrastrado por un conducto blando por el que apenas cabía fue realidad o el inicio de mi eterna pesadilla. Noté que mi bayoneta se clavó profundamente en algo. Tan dificultados tenía los movimientos, atrapado por aquella materia blanda y viscosa, que no pude liberar el rifle.
Fue entonces cuando empezó la pesadilla. Aquella prisión blanda que me aprisionaba no dejaba de moverse, de intentar retorcerme y doblarme. Algo me quemaba y por más que intentaba liberar la bayoneta o salir de allí, lo único que lograba era que me doliera todo. La oscuridad era completa, pero notaba como si ascendiera y descendiera.

No sé cuánto tiempo seguí así. Solo sé que me sumí en un estado de duermevela y que gracias a que pasaba desmayado buena parte del tiempo, no perdí la razón. La última pesadilla consistió en que mi prisión se volvió loca. Las paredes blandas me apretaron y me liberaron continuamente, contorsionándose con una ferocidad que nunca habían mostrado. Ni por esas logré liberar mi bayoneta. Y, de pronto, nada. Oscuridad, inmovilidad. Oí algunos sonidos extraños.

En aquel instante, sabía que estaba despierto del todo por primera vez en muchos días. Las paredes de mi prisión se mantuvieron inmóviles después del brusco movimiento inicial hasta que sentí como si alguien le hubiera dado un golpe muy fuerte, desde fuera, a mi cárcel. Era la primera vez que sentía aquello desde que se había iniciado mi encierro. Y eso me dio esperanza. ¿Habría venido alguien a rescatarme?

Pero si habían venido a rescatarme, pensé tras un intervalo largo en que no percibí ninguna actividad desde el exterior, estarían intentando hacer algo, y la inmovilidad que no cesaba daba a entender que seguía solo.

Ya estaba a punto de perder toda esperanza cuando noté un movimiento suave y oscilante. La presión sobre mi costado izquierdo aumentaba y disminuía de manera regular. Noté que algo avanzaba hacia mí, como atravesando algún tipo de material y me llevé la sorpresa de que un filo metálico tropezó conmigo. Por suerte, solo consiguió mellarme un poco y pasó rozando por encima de mí.

La luz me cegó durante casi un minuto: llevaba demasiado tiempo a oscuras. Por eso, no vi bien a quién me levantó y me sujetó entre el dedo índice y el pulgar. Solo pude percibir una silueta redondeada con el pelo largo.

—¿De dónde has salido tú? —dijo aquella mujer.

Me llevó hacia un lugar extraño, una especie de recipiente enorme y me echó agua por encima. El líquido caía en el gran recipiente. Más acostumbrado a la luz, pude comprobar que estaba en una habitación de una casa que no conocía. Sobre una mesa había un cuchillo y, al lado, un pez abierto por la mitad. Fue entonces cuando conseguí comprenderlo todo. El barco de papel se deshizo al mojarlo las olas, me hundí y aquel pez, pensando que yo era una presa, me engulló. El animal no pudo digerirme, aunque había perdido parte de mi pintura.

La mujer subió por unas escaleras, abrió una puerta y no me pude creer la buena suerte que había tenido. Era mi habitación, la habitación del niño que era mi dueño. Desde las alturas, podía ver la caja donde estaban mis veinticuatro compañeros, podía ver el castillo y podía ver a la bailarina a la que amaba y ya no esperaba volver a ver nunca más. Mi dueño no estaba, así que la mujer me dejó en una mesa y se fue.

Pasé dos horas maravillosas. Desde donde estaba, podía ver perfectamente a la bailarina. Estaba hecha de papel y llevaba un vestido de muselina, con una banda azul sobre el hombro en la que había una preciosa lentejuela blanca. Era la mujer de mis sueños, y por como me miraba, apoyada sobre una pierna como yo, el sentimiento era mutuo. Lo único malo era que el malvado duende, que también la amaba, me miraba desde un rincón del suelo, con odio y celos.

Cuando mi dueño subió a su habitación, se llevó una gran alegría

—¡Cojito! ¿Cómo han conseguido encontrarte? ¡Qué alegría!

Mi dueño, sin soltarme, fue a la caja donde estaban mis compañeros, los desplegó y me puso a mí al frente.

—Como eres el único que ha salido de mi cuarto —dijo mi dueño—, a partir de hoy serás el capitán.

Qué orgulloso me sentí. Qué alegría leí en los ojos de la bailarina. Había pasado momentos muy malos dentro de aquel pez, había padecido una travesía muy peligrosa a bordo de un barco de papel que no podía aguantar mucho. Y, a pesar de todo, había conseguido volver a mi hogar, volver con mi amor.

Pero la fortuna es caprichosa y los corazones crueles nunca cejan en sus empeños. Mi dueño estuvo jugando con mis hermanos y conmigo largo rato, hasta que se le ocurrió que los soldaditos de plomo podíamos pelear contra el terrible duende. Fue a por él, lo puso en la mesa, frente a todos nosotros y me cogió entre los dedos.

—Va a ser una gran batalla, cojito.

El duende fingió que fue cosa de una ráfaga de viento. Saltó y golpeó la mano de mi dueño que, sorprendido, me soltó. Caí en la chimenea, que estaba encendida. Mi dueño se puso a llorar, pero era demasiado pequeño para sacarme de allí. Bajó corriendo las escaleras.

Me derretía. Había faltado tan poco, había tenido tan cerca poder amar a mi bailarina. Y cuando vi que había saltado, gritando mi nombre, hacia la chimenea, no pude suplicarle que no lo hiciera porque el fuego me había sellado los labios.

3 comentarios:

Esther Evans dijo...

¡Hola, Juan!

Buen relato, me ha sorprendido para bien encontrarme con este clásico de la infancia. Pensaba que el objetivo sería el de continuarlo, pero me equivoqué. He de suponer que lo guardas para el segundo relato del mes, ¿se salvará el soldadito al final? Ahora me he quedado intrigada.

Me pasaré a leer el siguiente, ¡un saludo!

Juan dijo...

Hola Esther

Gracias por haberlo leído y por comentarlo. En efecto, como explico en la continuación, es uno de los primeros cuentos que recuerdo haber leído y siempre me maravilló. Y, sí, me guardo continuar el cuento como segundo objetivo del mes.

Espero que el siguiente te guste también.

Un saludo.

Juan

Stiby dijo...

Hola!
Ha sido cuando dices "Mellarme un poco" que he pensado que no sería humano. Y he pensado en Pinocho. Luego con lo de la bailarina he pensado en el cuento del soldadito de plomo.
También es uno de mis cuentos favoritos de la infancia y me ha hecho ilusión encontrarlo. De hecho acabo de recordar que es otro de los cuentos que tenía en cinta junto con el de barba-azul, que empleé para mi OrigiReto xD

El relato en sí me ha parecido un poco demasiado descriptivo, y de hecho el despertar original está descrito más al inicio jeje pensé que sería al final.
También con el título estaba esperando que fuese el de cambiar el cuento pero claro no era ese xD no cambiaba mucha cosa jeje. Es que no leo qué objetivo es hasta el final para no spoilearme.
Voy a por el siguiente!