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30 abril 2012

Mundo de cenizas. Capítulo XXXIII (Primera parte)

Raquel se despertó sobresaltada, y descubrió que todo el pasaje compartía su estado. La galera se detuvo y se oyeron caballos trotar hacia alguno de los carruajes de delante. Un hombre, que estaba sentado junto a la salida, saltó y Pablo, tras decirles que iba a ver qué sucedía, se levantó y salió con agilidad. Raquel no quiso salir, aún adormilada, y Juan tampoco hizo ademán de hacerlo.


Tras un rato, el hombre que había salido primero, volvió a subir, y, a continuación, subió Pablo, que se sentó nuevamente junto a Raquel y dijo, con cierto hastío:

—A una galera, la que precede a la que tenemos delante, se le ha destrozado una rueda. Se roto de tal forma, que el carruaje casi se sale del camino y se cae ladera abajo. Por suerte, se ha estrellado contra un árbol, que ha impedido que vuelque y caiga al precio de romperle otra de las ruedas —. Resopló frustrado y añadió—: ¿Saben lo que significa?

Raquel negó con la cabeza y Pablo concluyó:

—Que vamos a perder un par de horas mientras la descargan, la reparan y la vuelven a cargar… Mi consejo es que salgamos de la galera con los víveres, para que nos dé el aire y almorcemos dentro de un rato, porque vamos a tener tiempo. ¡Qué mala suerte!

Tras frotarse los ojos, Raquel opinó:

—Podía haber sido peor. Entiendo que nadie está herido.

—Eso es cierto, amiga Raquel. No sólo están todos ilesos sino que algunos estaban bromeando y todo. Bajemos.

Raquel miró a Juan, buscando saber qué opinaba. Se limitó a encogerse de hombros y a decir, en tono muy bajo: “vamos”. De manera que recogieron lo imprescindible para el almuerzo, y bajaron de la galera buscando a Pablo, que les llamó para que se acercaran adonde él estaba. Su amigo se había alejado algo del camino, y había descendido por una ladera un tanto pronunciada, pero desde la que había una vista magnífica de Gaiphosume. Como se había quedado dormida, Raquel no tenía ni idea de donde estaban, así que, cuando bajó con mucho cuidado por la ladera, junto a Juan, que parecía más preocupado por cuidar de que no se cayera que de sí mismo, se sentó junto a Pablo, que disfrutaba de la vista, y le preguntó que por dónde habían pasado y dónde estaban en aquel instante. El muchacho repuso:

—Estamos muy cerca de Nokesfôp, que es el primer pueblo que vamos a visitar próximo a la línea de Torres. Dejamos la costa en Deswekem, y a partir de ahora la carretera discurre muy pegada a las Torres. Pero ya hemos subido bastante. ¿Ha visto, amiga Raquel, qué vistas hay por aquí?

Raquel asintió sonriente, y estuvo un buen rato admirando el paisaje. No dejaba de pensar en lo bonita que era Gaiphosume desde lejos. La ciudad era un recinto amurallado construido junto al mar y junto al río. Cerca del puerto, se veían varios barcos pesqueros ir y venir, y desde el Este, se aproximaba una galeota. En la otra ribera, sobre una colina, se alzaba el castillo. Algo más arriba, siguiendo el curso del río, estaba Metmehapet. Más cerca de ellos, podía ver el diminuto recinto amurallado de Mutquedut. La embargó una emoción muy placentera. Aquel viaje iba a ser una aventura en toda regla, y si aquella vista la había fascinado, se preguntaba qué maravillas le faltaban por contemplar. Se recostó contra un árbol y miró fugazmente a Juan, que se había sentado junto a ella, en el lado opuesto al que tenía a Pablo. Y cuando Juan la miró a ella, Raquel le comentó:

—Nunca había estado tan lejos de nuestra ciudad. Tú tampoco te habías alejado tanto, ¿verdad?

Con el extraño aire ausente que le había advertido desde hacía rato, repuso:

—No. También es mi primer viaje.

Riéndose, Pablo añadió:

—Yo ya he hecho este viaje decenas de veces. Esta parte es la más bonita, desde aquí hasta que lleguemos a Imquopossu y tengamos luego que desandar camino para regresar a Cipemnêfile. A partir de ahí, el camino discurre junto al mar y es más de lo mismo.

Raquel repuso con rapidez:

—Sí, ya lo sabía, pero tenga en cuenta que vuestra merced es estudiante, y los estudiantes acostumbran viajar mucho.

—Por eso somos tan sabios… Y por lo que aprendemos en la Universidad, también.

La referencia a la Universidad, la hizo suspirar y añadir:

—A veces le envidio, amigo Pablo. A mí también me gustaría estudiar en la Universidad.

Pablo, y también Juan, lo que la hizo ruborizarse levemente, la miraron extrañados. Fue Pablo el que dijo:

—¿Sí? Pues siento decirle, amiga Raquel, que en la Universidad es muy difícil ver mujeres. Y las poquísimas que hay son de familias muy pudientes. Tiene unos gustos muy raros y muy caros —. Y tras una pausa, preguntó—: ¿y qué le gustaría estudiar?

—Lenguas antiguas… y algo de Historia… de la época en que se construyeron las Torres.

Pablo repuso:

—Encuentro más útiles las matemáticas y la física, pero he de reconocer que le gustan unas disciplinas complicadas, amiga Raquel.

Después de aquello, conversaron de cosas banales. La charla consistió, casi todo el tiempo, en oír a Pablo contar anécdotas que le habían sucedido en sus muchos viajes de Itvicape a Nêmehe. Como las contaba con bastante gracia, el tiempo hasta la hora de almorzar se les pasó volando. Tomaron un almuerzo ligero: pan, queso, un poco de carne y unas manzanas. Raquel estuvo observando a Juan todo el rato, y se empeñó en hablarle, en un intento de que abandonara la apatía tan rara que mostraba. No creía que se debiera a la experiencia terrible en la expedición contra los cralates, ya que la tarde anterior se había mostrado bastante animado. Llegó, incluso, a preguntarle directamente si le sucedía algo malo, a lo que él repuso negando que se sintiera mal.

Un rato después, Raquel empezó a oír gritos, que pedían ayuda para levantar un carro, y se dio la vuelta para ver de donde provenían. Cuando volvió a mirar a sus amigos, notó que Pablo se alejaba ladera abajo y se acurrucaba tras un árbol. Con inocencia, Raquel dijo:

—Parece que ahí arriba necesitan ayuda para levantar la galera.

A lo que Pablo repuso, escondido tras el árbol.

—Acierta, amiga Raquel, por eso he bajado hasta aquí, no sea que me digan que ayude.

Raquel no pudo impedir echarse a reír y replicar, en broma:

—¿Es que no tiene vergüenza, amigo Pablo?

Pablo asomó la cabeza, y esbozando una sonrisa irónica, negó con la cabeza y volvió a su escondrijo. Juan, en cambio, se levantó y dijo serio y algo triste:

—Veré si puedo hacer algo.

A lo que Pablo repuso con un deje sarcástico, dirigiéndose a Raquel, cuando Juan estuvo lejos:

—Hemos ido a juntarnos con el miliciano más caballeroso del pueblo, amiga Raquel.

No le gustó la crítica a un rasgo del carácter de Juan que a ella le parecía muy positivo, de manera que le salió del alma replicar:

—Pues sepa, amigo Pablo, que eso es lo que más me gusta de él, lo noble y lo caballeroso que es. Cualquier miliciano desearía tenerle de compañero y cualquier chica se sentiría segura teniéndole a su lado.

La sonrisa que esbozó Pablo fue un tanto extraña, y la respuesta del muchacho la dejó sin palabras:

—¿En serio, amiga Raquel? Debe de ser la única que piensa así, porque en los días de permiso que tuvimos, me confesó que no había estado nunca con una mujer, y que no tiene la menor esperanza de que eso cambie. No soy el más indicado para ayudarle, porque estoy igual que él, pero, al menos, intento acercarme a alguna de vez en cuando. Él, ni eso —. Tras una pausa, concluyó—: mucho decir vuestra merced que le gusta lo caballero que es, pero el caso es que no le ama. Y como vuestra merced, todas las demás.

Raquel sólo acertó a balbucear un par de monosílabos, y optó por callarse. Se sentía estupefacta; no se imaginaba que Juan pudiera sentirse tan solo. Siempre había supuesto que le pasaría como a ella, que ya había estado amancebada con dos chicos y que tenía varios pretendientes, a los que no hacía caso porque no le llegaban a Marcos ni a la suela de las sandalias y sólo querían de ella pasar un buen rato. Le parecía impensable que Juan nunca hubiera tenido nada, ya que sus amigas le consideraban muy apuesto. Siempre había creído que era discreto, o que no le interesaba amancebarse, sino casarse. O, incluso, que no le atraían las mujeres. Pero que deseando una pareja no la tuviera, se le antojaba imposible.

Como quiera que Pablo volvió a su escondite, Raquel estuvo dándole vueltas un rato a lo que le había dicho. Terminó llegando a la conclusión de que quizá a Juan no le gustaran las chicas, pero no quería reconocerlo ni ante Pablo ni ante nadie, por miedo a que le tacharan de sodomita, y que, por ello, le hubiera contado a su nuevo amigo que las mujeres no le hacían caso. O incluso, que sintiera confusión acerca de sus preferencias. También pensó que pudiera ser muy tímido, y que le diera mucho miedo pedirle una cita a una chica. Pero le parecía sorprendente, teniendo en cuenta que estaba entrenado para combatir.

Finalmente, fue el propio Juan quien le sacó de su ensoñación. Le oyó llegar cuando estaba muy cerca y dijo, dirigiéndose a los dos:

—Ya está la galera reparada. Subamos.

Sin más, recogieron sus enseres y subieron la ladera con cierto esfuerzo, por lo empinada que era. Subieron a la galera y tras otro rato interminable, continuaron su camino.

Tras una media hora de lenta ascensión por un camino lleno de baches, llegaron a Nokesfôp, que era un pueblo pequeño pero que ocupaba una gran extensión, casi vacía de casas y con cultivos, protegido por una empalizada de madera. Había pequeñas aglomeraciones dentro de la empalizada, pero la mayoría del terreno eran casas aisladas rodeadas por huecos y unidas por senderos. Raquel le preguntó a Pablo acerca de esa disposición tan opuesta a las de otras ciudades, pero no supo decirle el motivo.

El resto del camino hasta llegar a Imquaikmu, una ciudad de buen tamaño y aspecto normal, protegida por muros de piedra de factura sólida, discurría al borde de un barranco, que Raquel vislumbraba con aprensión cuando las curvas del camino se lo permitían, y muy cerca de la línea de Torres. Nunca las había tenido tan cerca, y las veía brillar con una fuerza y una belleza que le eran desconocidas. A riesgo de caerse en cualquier bache, no pudo resistirse a acercarse a la salida del carruaje y mirar hacia una Torre.

Por fortuna, tuvo la oportunidad de disfrutar de la línea de Torres cuando la galera se detuvo en Imquaikmu para dejar viajeros y carga y recoger nuevos pasajeros y bultos. Aprovechó para bajar de la galera, buscar un sitio donde las viera bien, y contemplar, arrobada, decenas de Torres brillar con una bellísima luz blanca. No supo el tiempo que estuvo allí, admirando el espectáculo.

24 marzo 2012

Mundo de cenizas. Capítulo XXXII

Raquel llevaba nerviosa desde antes de haberse acostado. Aunque había preparado todo el equipaje para su viaje a Nêmehe la noche anterior, aquella mañana se despertó muy temprano y volvió a revisar que todo estuviera bien, que no se le olvidara nada. Su madre había terminado por levantarse también más temprano de la cuenta y se dedicó a darle toda clase de consejos acerca de cómo cuidarse de todos los peligros que le acecharían a una chica sola en una gran ciudad. A Raquel le conmovía la preocupación de su madre, e intentaba tranquilizarla diciéndole que haría el viaje acompañada de Juan y de Pablo y que regresaría con el primero. Sin embargo, cuando su madre le confesaba que se sentía intranquila porque era el primer viaje de verdad que hacía sola, tuvo que aceptar que ella también sentía algo de incertidumbre.

El nerviosismo de Raquel, una vez revisado el equipaje varias veces, se volcó en impacientarse por la llegada de Juan y de Pablo. Habían acordado la tarde anterior que sus dos amigos pasarían por su casa para ir los tres juntos a la explanada frente a la Puerta del camino de Nêmehe, donde les esperarían las galeras. Miró varias veces por la ventana de su habitación, y empezó a ponerse nerviosa porque no les veía aparecer. Empezó a quejarse a su madre por su tardanza, a lo que ella respondía que aún era pronto, lo que no la tranquilizaba. Para olvidarse de aquello, optó por llevar su equipaje junto a la puerta principal de la casa, lo que le llevó un rato.

Tuvo tiempo de tomarse un desayuno ligero, ya que no se sentía con ganas de comer mucho por la excitación del viaje, y de echar varios vistazos por la ventana, antes de que, finalmente, les viera aparecer tras cruzar una esquina. Se puso tan contenta que salió de su casa y les saludó desde lejos. Mientras les veía responder al saludo y avanzar hasta llegar adonde estaba ella, no dejó de pensar en que eran una pareja de amigos un tanto extraña. No comprendía muy bien cómo Juan, tan educado, formal y caballeroso podía llevarse bien con Pablo, que era, en esencia, todo lo contrario. La cuestión era que, durante los cuatro días que habían transcurrido desde que regresaron tan quebrantados de la expedición contra los cralates, estuvieron juntos casi todo el tiempo. Los mandos decidieron darles varios días de permiso, para que se recuperaran de lo que habían vivido. Les ordenaron estar preparados para incorporarse de inmediato si la situación lo requería, pero desde entonces, Gaiphosume había vivido una calma completa, de forma que tuvieron ocasión de descansar y, por lo visto, de estrechar lazos. Raquel sabía que entre soldados que habían librado combates juntos nacía una camaradería muy particular, pero no era habitual hacer buenas migas tan rápido con alguien tan diferente a uno, o, al menos, eso pensaba ella.

Llegaron a su altura y dejaron los sacos donde llevaban su equipaje. Los dos iban vestidos casi de la misma forma: capas de viaje, bajo las cuales llevaban el coselete y las armas, y sombreros de ala ancha. El sombrero de Pablo era de mayor calidad que el de Juan, que para ese tipo de cosas, era más sobrio. Raquel les saludó a ambos con un par de besos en la mejilla y sacó sus fardos. Cuando dejó el saco en el que llevaba la ropa apoyado contra el muro de su casa, Pablo, en tono alegre, le dijo:

—Amiga Raquel, ¿se va a llevar todo eso?

Asintió, entró de nuevo en la casa, y sacó el otro fardo, en el que llevaba la olla y la comida, el arco y la aljaba llena de flechas. Y le respondió a Pablo.

—Y además, me llevo todo esto.

El aludido examinó con interés los nuevos bártulos y, sin pedir permiso, cogió el arco, que estaba sin encordar, lo miró con atención, lo dobló ligeramente y acabó por decir:

—Parece un arco de miliciano o de soldado… es más fácil de tensar, pero con la misma potencia. Apostaría un escudo a que está diseñado para ser muy eficiente. Es muy buen arco; no es el arco corto típico con que se les enseña a tirar a las civiles.

—Gracias. Pero es lógico siendo la mía una familia de militares. Fue mi padre quien me lo dio y el resto de mi familia quien me enseño a usarlo.

Pablo soltó el arco y mirando el saco donde llevaba los víveres, añadió, bromeando:

—Y viendo la olla tan grande que lleva ahí, debe creerse que este viaje es una expedición militar y que vuestra merced es la encargada de cocinar para su camarada.

Raquel le miró seria un momento, y Pablo continuó, haciendo unos gestos con las manos que parecían indicar una disculpa:

—Le agradezco el detalle, amiga Raquel, pero tampoco eran necesarias tantas molestias. Siempre que he viajado de Itvicape a Nêmehe, o al contrario, y le aseguro que ya han sido muchas veces, sólo he llevado conmigo pan, queso, nueces y almendras, y a veces, aceitunas o un poco de carne en salazón. Pero nunca me he llevado nada para cocinar, porque luego hay que cargar con más peso.

Raquel se aproximó a Juan, se le agarró a un brazo y dijo sonriente:

—Sea así. Cómase vuestra merced su queso y su pan, que Juan y yo nos comeremos una buena olla podrida. Porque me ayudarás a prepararla, ¿verdad?

Antes de que Juan pudiera decir nada, Pablo repuso:

—Amigo Juan, no la escuchéis. Dejadla que cocine para media caravana, que nosotros compartiremos vino y nueces—. Y tras reírse, concluyó—: de acuerdo, amiga Raquel, la ayudaremos con el fuego, el agua y cosas así, pero no nos haga cocinar, que somos milicianos, no soldados. Aunque no sé si le dará tiempo a hacer el cocido durante la parada a medio día.

Raquel, soltó a Juan y le dijo a Pablo, bromeando:

—No pensaba dejar que me estropearan el cocido, en especial vuestra merced. Y tenía pensado cocinar la olla podrida de noche, para dar tiempo a las alubias a ablandarse.

Pablo hizo un gesto de conformidad muy gracioso y a Raquel la volvieron a invadir las prisas. Se echó al hombro el saco con la ropa, se colgó el arco a la espalda y cuando intentaba alzar el tercer saco, el de los víveres, Juan y Pablo, sobre todo el primero, se empeñaron en llevarlo ellos. Al final, fue Juan quien se encargó de transportarlo.

Y tras darle un abrazo muy fuerte a su madre, que había asistido divertida a la conversación entre los tres amigos, partieron hacia la Puerta del Camino de Nêmehe.

Tardaron poco en llegar a la Puerta del Camino de Nêmehe, y se encontraron que aún faltaban bastantes pasajeros, porque la explanada estaba casi vacía. Sólo entonces, Raquel se tranquilizó completamente, ya que era imposible que las galeras se fueran sin ellos. Aquella caravana era la primera que partía de Gaiphosume desde el ataque en el que se perdió aquella en la que viajaba Pablo. La mayoría de los viajeros de esa caravana que tan mal final tuvo habían seguido su viaje a bordo un galeón de la ruta circular, dos días atrás, según le estaba contando el propio Pablo. El viaje corría por cuenta de la municipalidad, como compensación hacia el horror padecido, pero él había preferido esperar a la caravana para acompañarles. De pronto, su tono se volvió más melancólico y añadió:

—Lo vi partir desde el lienzo sur de la muralla. El viento le era favorable y salió escoltado por una galeota. Seguro que llegaron a Nêmehe sin problemas.

Raquel se dio cuenta de que no se había subido a la muralla sólo para ver zarpar el barco. Pensó que alguien, lo bastante querido para él, se alejaba en aquel navío; quizá se tratara de una mujer, pero no quiso preguntarle. Ella había hecho lo mismo la última vez que Marcos regresó a Nêmehe en otro galeón. Le vio partir desde el lienzo sur de la muralla porque si le despedía en el muelle, temía que todo el mundo se diera cuenta de lo que sentía por él.

Pasó un rato largo ensimismada, acordándose de Marcos, fantaseando con el momento de reencontrarse con él. Acabó por volver a la realidad y reparó en que ya había amanecido del todo y seguía habiendo muy poca gente allí. Tuvo más de una hora para impacientarse y para quejarse del retraso con que acabó saliendo la caravana. Cuando, al fin, subieron los tres a una de las galeras, que iba bastante llena, Raquel ya estaba arrepentida de haber madrugado tanto en vano. Había espacio suficiente para los tres y Juan y Pablo, tras haberla ayudado nuevamente con parte de su equipaje y colocar el propio, la hicieron sentarse en medio de los dos. Le hizo gracia el afán que tenían de protegerla. Al sentarse, estuvo un buen rato arreglándose la falda para procurar que el hombre maduro que tenía en frente, que le lanzaba miradas con disimulo, no pudiera verle las piernas. De cualquier forma, no se sentía especialmente preocupada, puesto que se había puesto calzones de hombre que impedirían que si se le levantaba la falda le pudieran ver nada. De lo que sí se sorprendió fue de lo incómodo que resultaba tener una prenda pegada a sus partes íntimas y se preguntó cómo hacían los hombres para soportar el ir siempre con calzones.

Después de otra media hora, que a Raquel le pareció interminable, la galera emprendió lentamente la marcha. Les esperaba un viaje de dos días en los que iban a visitar un montón de ciudades y aldeas de la ladera de las montañas, junto a la línea de Torres, y de la costa. Durante toda la mañana, el entusiasmo de Raquel por ver mundo había mantenido una pugna contra el cansancio por haber dormido muy poco. El retraso desesperante y el hecho de que la galera iba cubierta y seguida a poca distancia por otra, le dieron la victoria al sueño. Cabeceó varias veces, pero los baches del camino la despertaban, y llegó a temer darse un golpe en la cabeza con el carruaje. Adormilada, se acurrucó contra Juan, le apoyó la cabeza en el hombro, y le susurró:

—¿No te molesta? Me muero de sueño.

Su amigo se apresuró a responder que no, y Raquel cerró los ojos. Oyó decir a Pablo:

—Amigo Juan, por favor, pasadle un brazo por encima y sujetadla, que no se le vaya a caer la moza en el próximo bache.

Raquel notó que Juan, muy despacio, le fue pasando un brazo por la espalda y terminó sujetándola por la cintura. Pensó en lo buen amigo que era, en lo segura que se sentía cuando estaba a su lado, y en que le alegraba mucho que le acompañase en aquel viaje. En unos instantes, se quedó dormida.

Y tras lo que a ella le pareció un instante, un golpe fuerte, como de madera que se rompe, y una serie de gritos lejanos la hicieron abrir los ojos.

25 febrero 2012

Mundo de cenizas. Capítulo XXXI

Durante unos momentos terribles, todo fue confusión entre soldados y milicianos, entre heridos e ilesos. Aquellos seres parecían ser lo bastante astutos como para haberles distraído con las ratas mientras identificaban al oficial al mando, y le habían atacado para desorganizar al grupo. Sin embargo, se hizo valer el buen juicio con que don Felipe elegía a sus oficiales, ya que, con la voz entrecortada por el dolor, el soldado al mando gritó:

—¡Atáquenles! ¡Disparen, carguen!

Asimismo, la disciplina y el coraje de los miembros de aquella expedición quedaron fuera de duda cuando todos los soldados y milicianos ilesos, a excepción de Pablo, que se había agazapado un par de pies más allá, dispararon sin dudarlo. Los dos monstruos habían retrocedido y estaban parcialmente ocultos. El tiro de Juan erró por mucho, y uno de los cralates pudo guarecerse sin recibir más que un rasguño. Sin embargo, al otro le clavaron dos saetas en el tronco, que le dejaron bastante maltrecho. Y, por fin, la suerte premió el valor que acababan de demostrar. La flecha que había lanzado un miliciano le entró al monstruo por el ojo izquierdo y le atravesó el cráneo. El cralate cayó muerto sin haber tenido tiempo ni de gritar de dolor.

Aquel disparo afortunado elevó la moral de una tropa muy necesitada de ella. De inmediato, salieron del parapeto milicianos y soldados dispuestos a no permitir que el otro monstruo huyera. Salvo un miliciano, que se puso a hablar con el clérigo y el soldado al mando, y un soldado que tenían Pablo y Juan al lado, salieron todos a perseguir al enemigo. Juan y el soldado, iban a hacer lo propio, pero aquél se detuvo para ver donde estaba Pablo. Y se preocupó cuando le vio encogido tras una roca de buen tamaño, con expresión de pánico en el rostro y pidiéndoles a él y al soldado que estuvieran quietos. Juan avanzó con cuidado hacia él y, entonces, Pablo le susurró, con tanto miedo que casi no le salía la voz de la garganta:

—Hay otro… allí… viene escondiéndose.

Cuando miró donde Pablo le señalaba, comprobó que estaba en lo cierto. Uno de aquellos seres que avanzaba cauteloso entre la maleza. No les había visto a ninguno de los tres, pero sí a los compañeros que combatían con el cralate superviviente. Lo peor del caso era que, por su posición, era casi imposible que el resto de los combatientes le hubieran visto. Juan recordó los consejos de Raquel y, aunque no se veía haciéndolo, fue consciente de que si aquel ser empezaba a utilizar sus poderes, o lo que era peor, si intentaba convocar a una manada de ratas, sólo les quedarían dos opciones: cargar contra él con la esperanza de distraerle el tiempo suficiente para que los demás compañeros se ocuparan de él, o morir a manos del cralate o de las ratas. Como el soldado se les había acercado, Juan les susurró a sus dos compañeros:

—Dudo que le hayan visto, habría que atacarle.

El soldado asintió sin dudarlo, de hecho, las órdenes eran atacar, y si no habían obedecido era por haber descubierto a un tercer enemigo. Pablo, con los ojos muy abiertos y expresión asustada, quiso replicar, pero desistió de hacerlo y fue a por su ballesta. Sin embargo, Juan le detuvo:

—No, amigo Pablo, tendrá que ser cuerpo a cuerpo. Si fallamos al disparar, nos descubrirá y estaremos perdidos.

Era consciente de que no era buen arquero, y al estar protegido por los troncos, las probabilidades de fallar eran elevadas, incluso para un arquero más experimentado. Pablo, para su sorpresa, replicó agitado:

—Yo no voy. Os cubriré desde aquí, pero yo no me enfrento a eso.

Juan se quedó helado. El soldado se había hecho con un montante y, escondido, dividía su atención entre vigilar al nuevo enemigo y averiguar qué iban a decidir Juan y Pablo. Lo más calmado que pudo, dijo:

—No hay otro remedio. Necesitaríamos vuestra espada para enfrentarnos a ese monstruo. Si se pone a convocar a las ratas, estaremos perdidos. Yo solo no puedo apoyar al soldado, os necesitamos.

Casi sintió lástima por la expresión aterrorizada de Pablo. Pero, al menos, la decepción que acababa de sentir se esfumó, porque, aunque fuera de mala gana, su amigo soltó la ballesta y se ajustó bien el cinto, mientras susurraba, en un lamento:

—¡Me he tenido que juntar con el héroe del pueblo!

Acababan de agazaparse junto al soldado cuando vieron al cralate alzar la cabeza y comenzar a aullar. Justo como Raquel había dicho que hacían. Y recordó qué le había aconsejado para aquella situación. Susurró:

—¡Ahora!

Y cargaron contra él, corriendo con todas sus fuerzas. El monstruo no parecía percatarse de su presencia, y tal y como su amiga le había dicho, parecía el mejor momento para atacarle. Pero, aún así, aquella bestia debía medir un pie o un pie y medio más que él, y el miedo atenazó su corazón cuando estuvo a su lado. Pablo, que se las había arreglado para acercársele por la espalda, le lanzó una estocada muy bien dirigida que le entró por los cuartos traseros y casi lo atraviesa. El cralate se tambaleó e interpuso un brazo para protegerse de Juan, quien por los nervios había lanzado un golpe con la espada medio suelta que dio en el blanco por suerte. Al mover torpemente el brazo, el monstruo recibió un ataque que no le habría alcanzado, y se hizo un corte bastante feo, él solo, con el filo de la ropera, que llenó de sangre el rostro de Juan.

Le habían herido por dos veces, pero hubiera sido insuficiente para derrotarle. Sin embargo, el soldado lanzó un golpe brutal desde una guardia alta, que le dio al monstruo en el otro brazo con tal ímpetu que se lo pegó al pecho, que fue el que recibió el mayor impacto. Y el cralate se desplomó derribado de costado y si Juan no se hubiera apartado a tiempo, le habría caído encima. Lo que sí le cayó a Juan fue más sangre, que le tiñó los cabellos y buena parte del coselete de rojo.

Pablo iba a lanzar una segunda estocada, pero se detuvo jadeando al ver que el cralate no se movía. El soldado le dio varias patadas muy fuertes y la bestia caída no reaccionó, por lo que la dio por muerta y les apremió a regresar de inmediato a la protección del parapeto natural, cosa que hicieron a toda velocidad. Una vez allí comprobaron que el resto de compañeros regresaban a sus puestos tras haber dado cuenta del tercer cralate. Pablo le dijo que estaba perdido de sangre y le ayudó a buscar algo con que limpiarse un poco. Después de aquello, volvió a sumirse en su silencio tenso.

Tras aquello, transcurrió una hora interminable que llegó a su fin cuando vieron aparecer al grupo de soldados, acompañados del oficial al mando, que habían partido hacía un tiempo que se les antojaba muy largo. Volvían desanimados, pero ilesos. Por lo que Juan y Pablo pudieron enterarse, habían sorprendido a un par de cralates aislados, que habían matado sin sufrir ni un rasguño, pero nada más. En una misión cuyo objetivo era diezmar a los cralates, aquello era un fracaso en toda regla, ya que habían tenido más bajas que enemigos habían abatido.

Con ánimo sombrío, la columna emprendió el camino de regreso hacia el punto de reunión con la otra mitad de la expedición, una zona próxima al claro donde habían acampado, pero más próxima a la salida del bosque. Aunque fue una marcha relativamente breve, resultó muy tensa porque la columna cargaba con muchos heridos y la defensa iba a ser difícil en caso de un ataque. Esto no llegó a producirse, pero tuvieron que soportar otra espera de casi dos horas en medio de un bosque denso y oscuro capaz de inquietar incluso a los soldados más animosos. Aunque no sufrieron ningún ataque digno de aquel nombre, varias veces sonaron gritos, órdenes y el ruido que se oye cuando se usan arcos o ballestas. Como ni a Juan ni a Pablo les ordenaron intervenir, permanecieron sentados entre unos matorrales, sin cruzar ni una sola palabra.

Finalmente, llegó el resto de la expedición. Y aunque Juan se cuidó mucho de manifestarlo, ver el estado en que regresaba le cerró la garganta en un nudo. No supo exactamente cuántos soldados habían caído, pero le parecían cerca de diez. Sí le fue evidente, como a todos, que sólo tres de los milicianos habían regresado. El aspecto de los que regresaban era desolador: con las armaduras sucias y con piezas menores rotas, con los rostros repletos de cansancio y horror. Aunque lo que más les desmoralizó fue que don Felipe venía inconsciente y malherido, con lo que la expedición había quedado descabezada.

El siguiente oficial en el escalafón tomó el mando, únicamente, para ordenar una formación defensiva y hacer salir a la expedición del bosque por el camino más rápido. Fueron otras dos horas de marcha angustiosa, en un bosque oscuro bajo cuyos matorrales podía haber cualquier cosa. Sin embargo, durante todo el trayecto no vieron ni a una simple rata. Para Juan, llegar al límite del bosque y verse de nuevo en campo abierto le supuso un alivio momentáneo que, no obstante, agradeció mucho. Al poco rato, se ensimismó y empezó a pensar obsesivamente en la viuda de Pedro y en el huérfano que dejaba. Se le humedecían los ojos de vez en cuando imaginándose la cara de su mujer al recibir la noticia.

Su ensimismamiento tuvo la virtud de hacerle muy llevadero el viaje de vuelta a Gaiphosume. La ruta de regreso fue diferente. En vez de regresar bordeando Metmehapet, dieron un rodeo para no acercarse a la pequeña población y marcharon por las colinas que había al oeste de Gaiphosume. Juan comprendió que iban a llegar directamente al castillo que defendía Gaiphosume, con el objeto de impedir que la gente supiera que casi la tercera parte de los soldados que habían partido se quedarían para siempre en aquel bosque maldito. Sería en vano, porque se acabaría sabiendo, pero, al menos, tardaría algún tiempo en extenderse el rumor.
A los milicianos no les hicieron entrar en el castillo. Con cierta solemnidad, el oficial al mando de la expedición les agradeció su valor, se lamentó por los muertos y ratificó que sus condenas de reclusión quedaban perdonadas. Así, el oficial de la milicia hizo formar a los seis milicianos ilesos y a los tres heridos, dos de los cuales tenían que apoyarse en sus compañeros, y les hizo bajar por la ladera de la elevación que dominaba el castillo hasta alcanzar la carretera que discurría próxima a la costa. No les llevó mucho tiempo alcanzar el puente sobre el río Gaiphosume y entrar en la localidad por la Puerta del Puente.

El espacio despejado que había tras la Puerta del Puente estaba lleno de curiosos, entre los cuales había varios familiares de los milicianos que habían partido. Probablemente, desde lo alto de las murallas, se habría corrido la noticia del regreso de los milicianos, y sus allegados acudían a recibirles. Juan, aún ensimismado, se quedó casi en el mismo sitio en el que había recibido la orden de romper filas. Tras un rato indeterminado, oyó a Pablo decirle, con rabia:

—¿Qué vais a hacer?

Pablo tenía el rostro contraído en una expresión enojada. Respondió muy despacio:

—No lo sé.

—Pues no sé vos, pero yo necesito un trago.

Comenzó a plantearse si acompañar a Pablo o no cuando oyó a una mujer que repetía su nombre. No tenía familia, no se esperaba que nadie fuera a recibirle allí; por eso, no se dio cuenta de que se trataba de Raquel hasta que la miró. Si hubiera tenido un estado de ánimo normal, se habría sorprendido y conmovido de ver cómo le cambió la cara a su amiga cuando vio el aspecto que traía. Raquel se quedó parada un instante, a cuatro o cinco pies de él, mirándole con preocupación el coselete. Embotado como estaba, reparó lentamente en que estaba perdido de sangre de cralate, así que acertó a decir:

—La sangre no es mía.

Pero Raquel le estaba mirando a los ojos, con una expresión entre angustiada y triste. Murmuró, sobrecogida:

—Ha tenido que ser horrible.

Por toda respuesta, Juan agachó un poco la cabeza, ya que no le era fácil mantener la mirada consternada de su amiga. En esto, Pablo le sorprendió diciendo en tono antipático.

—Me voy a la taberna.

Caminando con rapidez, entró en una taberna que estaba muy cerca. Raquel se las arregló para volver a mirarle a los ojos y le preguntó:

—¿Te han herido?

—No.

Y, tras una pausa, con una calidez que consiguió reconfortarle una pizca, añadió:

—Ya ha pasado todo, Juan. Ahora necesitas descansar, comer algo… ¿quieres que…?

Una discusión a gritos la hizo callar. La vio apartarse de él y entrar corriendo en la taberna. Le costó unos instantes reparar en que Raquel había reaccionado así porque uno de los que gritaban era Pablo. Juan se encaminó con paso cansino hacia la taberna, entre un grupo de curiosos que, sin embargo, no entraron como sí lo hizo él. Lo que vio le habría alterado en otras circunstancias. Raquel forcejeaba con Pablo, que fuera de sí le gritaba insultos terribles al tabernero, que le respondía con otros no menos graves. Su amiga le retenía a duras penas, pero le ordenaba que se tranquilizara con una determinación y un coraje que a Juan le parecían impropios de ella. El tabernero le exigió el pago de una cantidad, acompañándolo de unos cuantos insultos, y Pablo le replicó que por aquel vino malo no pagaba ni la mitad. Cuando el otro le mostró un cuchillo de gran tamaño, Pablo redobló sus intentos de apartar a Raquel, mientras gritaba:

—¿A mí me vas a sacar eso, hideputa! ¡Yo te mato!

Y habría desenvainado de no haberlo impedido Raquel agarrándole la muñeca y empujándole. Gritó tan fuerte como los dos hombres cuando le dijo:

—¿Está loco? ¿Va a arruinar su vida por unos cuantos maravedís? ¡Cálmese ya!

En un tono que a Juan le pareció más peligroso que los gritos por lo bajo y grave que sonó, Pablo repuso.

—Raquel, por favor, apártese.

En realidad, pensó Juan, Pablo había ido a enfrentarse a un rival que le superaba con mucho. Aquel tabernero era bien conocido en Gaiphosume por no tenerle miedo a nadie. Había servido en el ejército, de donde le echaron por ser indisciplinado y algo pendenciero, y estaba habituado a tratar con gente de muy mala catadura. Aunque Pablo llevara ropera, Juan estaba convencido de que el tabernero sería muy capaz de descuartizarle. Así que pensó que debía hacer algo. Con la frialdad que le daba el estado de ánimo inusual que le había dejado la expedición que había padecido, se encaminó tranquilamente hacia el hombre, que le miró receloso, e interrumpió la discusión diciendo, con serenidad:

—¿Cuánto dinero le debe mi amigo?

—Diez maravedís.

Sin más, le pagó lo que pedía y, con aquello, terminó la pelea. Pablo, que había dejado de forcejar, salió refunfuñando de la taberna dando grandes zancadas y empujando a varios de los curiosos que habían acudido a ver la pelea. Raquel le siguió a toda prisa y Juan salió del recinto mucho más despacio. Pablo y su amiga iban discutiendo. Se pararon frente a un muro y Pablo, que no hacía más que decir que aquel canalla había empezado, que era un ladrón, que a él nadie le amenazaba, empezó a beberse grandes tragos del pellejo de vino que había comprado, mientras Raquel no paraba de repetirle que se tenía que controlar, que o se calmaba o acabaría en la cárcel o de galeote.

Y, de pronto, Pablo se dejó caer, arrastrando la espalda por la pared, hasta quedar sentado. Y se cubrió la cabeza con ambas manos y empezó a temblar. Raquel se agachó y le escondió con su cuerpo. Y cuando estuvo junto a los dos, la oyó decir:

—Amigo Pablo, no se avergüence. Ha soportado una prueba terrible. Nadie tendría derecho a reírse de vuestra merced si le ve así. Además, yo le cubro, nadie se dará cuenta.

Con un atisbo de sorpresa, Juan comprendió que Pablo estaba llorando. Raquel terminó arrodillándose frente a él y cubriéndole la cabeza con los brazos, el pecho y la cabeza. Su amigo murmuraba entre lágrimas que pensó todo el tiempo que iba a morir, que en aquel bosque no sabía por dónde le iban a venir los enemigos, que estaba oscuro, no se veía y se sentía torpe e incapaz. Raquel, entretanto, le reconfortaba con ternura. Se la quedó mirando un rato, pensando en que no sabía que su amiga supiera lidiar con situaciones como aquella. Acabó sintiendo que estaba de más, así que le dijo, en tono apagado.

—Estaré en la taberna.

Raquel respondió con un gesto nervioso de la mano y asintiendo ligeramente. De manera que Juan les dejó solos y entró con parsimonia en la misma taberna donde Pablo casi se mete en un problema del que no iba a poder salir bien parado. Pidió una jarra de vino al mismo tabernero y, sentado en una de las mesas, apoyando el cuerpo en una pared, se la fue bebiendo muy despacio, sin tener apenas noción del tiempo, pensando obsesivamente en Pedro, su viuda y su retoño.

No supo cuánto tiempo pasó allí. Sólo que aquel intervalo terminó cuando Raquel le puso una mano en el hombro y se sentó frente a él, sonriente. Él sólo acertó a esbozar un principio de sonrisa en respuesta, pero a su amiga no pareció importarle. Juan estaba planteándose preguntarle acerca de Pablo, pero fue ella quien se adelantó:

—He tardado un poco porque preferí acompañar a Pablo a su alojamiento, por si se metía en más líos. Pero no. Cuando dejó de llorar se quedó muy relajado y se recuperó muy rápido por el camino. Me pidió perdón por lo de la taberna y… de verdad, no sé cómo te has hecho amigo de él. ¿Sabes lo que me dijo al despedirse?

Juan, con un movimiento muy ligero de la cabeza, repuso que no, y Raquel continuó, en un tono más divertido que indignado:

—Que como se iba a acostar, que si no podía darle un beso de buenas noches. Me molestó un poco, pero después de lo mal que lo había pasado, no fui capaz de negarme, y le besé en la mejilla. ¿Y sabes lo que me dijo? —En esta ocasión, no esperó a tener respuesta—. Que hubiera preferido un beso menos decente, pero que estaba bien para empezar. ¡No tiene vergüenza!

Raquel le miró sonriente unos momentos, a lo que Juan repuso con otra sonrisa débil, y prosiguió:

—Pero lo bueno es que ya ha recuperado las ganas de bromear. Le bastará dormir bien, tomarse un buen desayuno y hacerse a la idea de que ya está en un sitio seguro, y lo habrá superado, si es que no lo ha hecho ya. En cambio, tú me preocupas mucho más.

Juan se enderezó, mirando a su amiga extrañado, pidiéndole sin palabras que se explicara, cosa que hizo de inmediato.

—Cuando te saludé en la plaza tenías los mismos ojos que mi hermano la primera vez que participó en un combate de verdad. Me diste tanta pena…—y, añadió, clavándole la mirada en sus ojos—: lo habéis pasado muy mal… seguro.

A Juan se le hizo un nudo en la garganta, pero se limitó a asentir ligeramente. Preferiría que Raquel no siguiera recordándole lo que había padecido en aquella expedición que tan mal había terminado, aunque no tenía fuerzas para protestar. Pensó que no se merecía estar allí, que hubiera sido mejor para todos si en vez de morir Pedro, hubiese caído él víctima de su estupidez cuando casi sale del perímetro del campamento la noche que acamparon. Mientras le pasaba todo aquello por la cabeza, apenas hizo más que mantener la vista perdida en su vaso de vino, y rodearlo con la mano. Su amiga lo sacó de su estado, diciéndole:

—Mi hermano se pasó dos días sin hablar apenas. No quiero ni acordarme… Preferiría que reaccionaras como Pablo. Mira, no hay motivo para avergonzarse. Mi padre me ha dicho más de una vez que, en casos como el vuestro, acaban llorando más bisoños de lo que te creerías, y no son más débiles o cobardes que los demás, es sólo su forma de sobreponerse a lo que han vivido. Tú haces mal en tragártelo, sólo conseguirás sentirte desgraciado y culpable durante más tiempo.

La única reacción de Juan fue bajar la cabeza y apurar su vaso de vino. Tras un intervalo de silencio, Raquel comprobó cuanto vino quedaba en la jarra, le sirvió más, con lo que acabó con el contenido de la jarra, y le dijo:

—¿Harán buen hipocrás aquí? Espera un momento.

Su amiga se levantó y se dirigió hacia un sitio que Juan, que no se había movido, no vio. Tras un rato, volvió con las mejillas encendidas y una expresión algo rara. Sin alzar mucho la voz, le dijo:

—Me ha dicho el tabernero que no tengo que pagar. Que una chica tan valiente como yo se merece una invitación. No he sabido qué decir.

Juan tampoco supo qué contestar, así que acabaron con el vino y el hipocrás sin apenas hablarse. Raquel, finalmente, dijo:

—Vámonos. No deberías presentarte mañana con la armadura tan sucia. Aún hay luz suficiente.

Y le condujo, de nuevo, al exterior de las murallas. Juan se dejó llevar dócilmente, de modo que Raquel recorrió un trecho de la ribera del río Gaiphosume hasta encontrar una zona que le satisfizo. Bajo la luz menguante del atardecer, le ayudó a quitarse el coselete y se afanó un buen rato en limpiarlo de sangre, mojando un trapo que traía en el agua y que terminó teñido de rojo. Por primera vez, mientras la veía concentrarse en su coselete, Juan disfrutó contemplando cómo le caía el cabello sobre los hombros, la figura tan espléndida que tenía y lo guapa que era. Le ayudó mucho a levantarle el ánimo tenerla a su lado, y cuando, usando otro trapo, se dedicó a quitarle del rostro y del cuello la sangre reseca, sintió que, además de la suciedad, le estaba librando de parte del pesar que se había traído de la horrenda expedición.

A pesar de que Juan insistió en que no hacía falta, Raquel se empeñó en acompañarle hasta el edificio donde vivía. Apenas había ya luz cuando su amiga le abrazó y se despidió de él con dos besos, que aclararon otro poco más su ánimo sombrío. Subió agotado las escaleras, que se le hicieron muy largas, y no hizo más que desvestirse y acostarse. Se quedó dormido casi de inmediato.

Y no tuvo ningún sueño.

27 noviembre 2011

Mundo de Cenizas. Capítulo XXX

Juan se mantuvo en silencio unos instantes, intentando asimilar lo que le había sucedido. Había sido todo tan real que aún tenía que decirse a sí mismo que se había tratado de un sueño para refrenar las ganas de salir a explorar fuera del campamento. Y, en esto, Pablo se le acercó y le dijo:

—Amigo Juan, ¿ya está mejor? Me dio un buen susto; creí que se me iba a escapar e iba a salir corriendo ahí fuera.

Le miró unos instantes, sin saber qué decirle y, al final encontró palabras:

—Le agradezco mucho su ayuda. De no ser por vuestra merced, estaría muerto.

Le tendió una mano, que Pablo le estrechó sonriente, y añadió:

—No sé cómo compensarle por lo que ha hecho. Estoy en deuda con vuestra merced.

Pablo, en tono jovial, repuso:

—Ya pensaré algo… Pero tratadme de vos, amigo Juan, que ya hemos hecho muchas cosas juntos como para seguir con tanta vuestra merced. En todo caso, estoy seguro de que habríais hecho lo mismo por mí.

Juan no estaba acostumbrado a tantas familiaridades con sus compañeros de la milicia, pero qué menos que complacerle después de lo sucedido. Así que habló sinceramente:

—Eso ni lo dudéis, amigo Pablo.

Tras aquello, volvieron a sentarse y Juan, que había perdido las ganas de dormir por aquella noche, le propuso a Pablo que se acostara. Su amigo lo hizo sin perder un momento y, como en el sueño maligno que había padecido, se quedó dormido de inmediato.

Por desgracia, en un momento dado, Juan notó que algo raro sucedía. Oyó dar voces, alguna carrera, pero fue incapaz de advertir que causaba tal revuelo. Despertó a Pablo, que se espabiló de inmediato al notar la confusión. Se pasaron ambos un rato tratando de enterarse de lo que acontecía, sin el menor éxito. Juan estaba especialmente confundido, y sólo veía a gente moverse de un lado a otro, y oía algún golpe de vez en cuando. De pronto, oyó a Pablo gritar:

—¡Cuidado, Juan! ¡A vuestra izquierda!

Juan desenvainó instintivamente y miró hacia donde le indicaba su compañero. Pero no vio nada. Se volvió despistado hacia Pablo, que le gritó desesperado:

—¡No! ¡No!

Corrió hacia él, se cambió la ropera de mano y, con mucha rapidez, extrajo un cuchillo de entre sus ropas y lo lanzó contra algo mientras insistía:

—¡Ahí, ahí!

Se sorprendió un poco de ver usar a su compañero una treta propia de delincuentes, pero la acción de Pablo consiguió su fruto. El puñal cayó al suelo cerca de un bulto que se movía lentamente y que Juan, con horror, identificó con una rata. Se puso en guardia de inmediato y, en un instante, sintió que Pablo apuntaba sus armas hacia la bestia, a su lado. No tardó en darse cuenta de que había algo raro, pero fue su amigo quien lo expresó con palabras:

—¿No creéis que se mueve demasiado despacio, amigo Juan?

Se acercaron con cautela, mientras el ser se desplazaba despacio y cuando estuvieron lo bastante cerca, les invadió el horror. La visión era repulsiva. Aquella cosa estaba cubierta de sangre, con dos grandes heridas en el costado, y le faltaba una pata trasera. Con semejantes cortes tenía que estar muerta, pero, en vez de eso, se movía con torpeza y les amenazó abriendo la boca. Pablo retrocedió horrorizado, lo que hizo que la rata avanzara hacia él. Entonces, Juan recordó aquella tarde inolvidable que pasó en casa de Raquel.

Había visto un grabado muy extraño en el que un guerrero atacaba con espada a un ser esquelético con andrajos. Su amiga, al captar el interés con que Juan la miraba, le había explicado que era un caballero luchando contra un muerto viviente, un cadáver reanimado por algo que ella llamó con un vocablo extraño y era una especie de magia. Recordó haberle preguntado que cómo se podía luchar contra un enemigo que ya estaba muerto, y su memoria le dijo qué hacer. Le gritó a Pablo:

—Atacadla, por mucho asco que os dé.

Y, con mucha rapidez, Juan le asestó una estocada terrible que la dejó tan maltrecha que se quedó inmóvil. Pablo, que había iniciado otro golpe antes de darse cuenta de que su rival había caído, la ensartó y le abrió una herida muy repugnante. Ya se iba a retirar cuando Juan le dijo:

—Hay que seguir, tenemos que despedazarla.

Y, a despecho de que la rata era un bulto inmóvil, Juan le destrozó el cuello. Pablo, con cara de asco dejó el trabajo casi listo de una estocada seguida de un tirón que decapitó al animal, si bien fue Juan quien con varios tajos, dejó a la bestia convertida en cuatro o cinco pedazos sanguinolentos que, por muy grotesco que pareciera, continuaban debatiéndose débilmente. Sintió nauseas ante aquella visión, pero mantuvo la compostura. Sin embargo, Pablo no tuvo tanta suerte. Envainó la ropera y se volvió con la mano en la boca, al parecer, buscando un sitio apartado, que no encontró a tiempo. Se arrodilló en cualquier parte, y se puso a vomitar.

Cuando Pablo pareció recuperarse un poco, Juan quiso confortarle:

—¿Estáis mejor?— Y ante su asentimiento mudo, prosiguió—: es repulsivo, pero es la única manera que impedir que puedan hacer daño.

—Lo peor, amigo Juan, es que, aún descuartizada, se sigue moviendo. ¿Es que no hay forma de matar a esas cosas?

Si la había era desconocida para Juan, pero no quiso decírselo a su amigo. Pablo fue a recuperar su daga, y cuando regresaba, el sargento de la milicia que les mandaba, se encaró muy irritado con Juan:

—¡Qué creeis que estáis haciendo? ¡No habéis oído mis órdenes?

En realidad, ni él ni Pablo habían oído nada, y por la actitud del sargento y la sensación de desorganización que se respiraba en el campamento, Juan supuso que no eran los únicos. Quiso decir algo, pero Pablo se le adelantó:

—Discúlpenos, señor. Primero nos distrajo el bicho este— y señaló sin mirar a la rata descuartizada— y luego se me revolvió el estómago y distraje a mi amigo. Por eso no le hemos oído.

El sargento miró con asco los trozos de roedor que continuaban temblando, y para sorpresa de Juan, acercándose unos a otros, y les dijo, algo más calmado:

—De acuerdo. Nos ordenan los reverendos señores que acompañan a don Felipe que hagamos una hoguera y quememos, pedazo a pedazo, a estas abominaciones. Encended una hoguera junto a aquella piedra y no os mováis de allí. Enviaré a los demás para que ayuden. ¡Y por el amor de Jutar, no salgais corriendo del círculo del campamento, que ya he perdido a dos hombres esta noche!

Juan se quedó muy consternado al oír aquello. Quizá conociera a alguno de los milicianos caídos, por lo que comprendía el estado de nervios del sargento. Y aunque obedeció de inmediato las órdenes y ayudó a Pablo a encender la hoguera, se sentía muy desmoralizado, y comenzó a temer que hasta los soldados se desbandaran y no saliera vivo de allí nadie. Recordando lo malo que se había puesto su amigo, cuando llegó el momento de ir a por los trozos de rata, fue Juan quien se empeñó en hacerlo en solitario.

La desbandada que Juan se temía, finalmente, no sucedió. Los milicianos y los soldados terminaron reorganizándose y, por lo que se decía, no hubo que lamentar más bajas; sólo alguna que otra indisposición por lo repugnante del último ataque. Juan le encontró poco sentido a que los cralates lanzaran contra ellos a cadáveres animados de ratas que, en realidad, no eran rival ni para un miliciano bisoño. Comprendió las intenciones cuando advirtió la expresión soñolienta y desanimada de Pablo y de varios otros. La idea de aquellos seres, al ser incapaces de atacarles directamente, era no dejarles descansar, desmoralizarles y no darles tregua. Y parecían estar consiguiéndolo.

Una vez terminada la quema de las ratas muertas, Juan logró convencer a Pablo de que durmiera. Como no hubo más ataques dignos de mención, terminó por quedarse dormido él también.

Cuando Juan se despertó había amanecido; el bosque estaba iluminado, aunque con una luz tenue, y ya no había antorchas protegiendo su perímetro. Se sentía agotado, pero los mandos no les dieron ni un respiro y todos los milicianos, con expresión soñolienta, tuvieron que afanarse en recoger el campamento y en auxiliar a los soldados. Por los rumores que corrían, y los fragmentos de órdenes que Juan iba oyendo, los exploradores habían identificado dos rutas principales por las que los cralates se habían marchado con el alba, así que dividirían la expedición en dos grupos. La buena noticia era que, al parecer, el cralate que había atormentado a Juan había sido abatido por una de las saetas que le habían disparado, ya que junto al árbol por el que casi se escabulle, comenzaba un rastro de sangre y, según se decía, al seguirlo, se había avistado un bulto inmóvil en un escondrijo natural.

Cuando les hicieron formar, Juan comprobó con pesar que, de los milicianos muertos, uno le era conocido. Se llamaba Pedro y le caía bastante bien. Lo más triste es que dejaba una viuda con un hijo que no tendría ni diez meses. Se alegró un poco al saber que Pablo iría en el mismo grupo que él, pero se preocupó algo cuando supo que don Felipe marcharía en la otra columna, junto a dos de los reverendos que acompañaban a la expedición.

El trayecto fue bastante incómodo. La tropa estaba cansada, y los mandos tampoco se hallaban en mejor situación. No ayudaba nada el hecho de ser conscientes de estar siguiéndoles la pista a unos seres monstruosos en un bosque tan cerrado que apenas se veía la luz del sol. Pero la situación empeoró. Como durante la marcha de la víspera, se les echaron encima multitud de ratas. Y aunque los soldados las mataban con facilidad, eran tantas que la situación se volvió difícil. Juan y Pablo, de nuevo protegidos por la línea que formaban los soldados, hicieron lo posible por ayudar. Apenas lograron hacer tres o cuatro disparos cada uno, a pesar de que el combate fue bastante largo. Pablo consiguió herir levemente a una rata, pero se le trabó el mecanismo de su ballesta poco después y no tuvo más remedio que dejarla. Juan se cansó de hacer disparos inútiles, desmoralizado porque en la única ocasión en que tuvo una oportunidad perfecta, erró el disparo por un par de pulgadas.

A diferencia del día anterior, el ataque no cesaba y aunque caían ratas por decenas, la línea defensiva empezó a flaquear. Juan tuvo que hacer acopio de entereza para no caer en la desesperación y en el pánico. Dos soldados, quizá más, habían caído; por mucho que la armadura evitara heridas, las ratas mordían tan fuerte que acababan por lastimar las piernas de algunos soldados, y cuando alguno caía al suelo, se veía cubierto de bestias que mordían por todas partes hasta hallar los puntos débiles que tienen, incluso, los mejores arneses blancos. Aquellas imágenes angustiaban a Juan, que con un simple coselete estaba del todo indefenso.

Para desesperación de Juan, el ataque continuó y ratas solitarias empezaron a atravesar la línea defensiva. En cuatro ocasiones, Juan y Pablo tuvieron que usar la espada para rechazarlas. Aunque aquellas bestias atravesaban heridas la línea de defensa, y normalmente estaban más pendientes de los soldados que de ellos dos, un par de veces estuvieron cerca de herirles. Y a pesar de que dieron cuenta de todas las ratas que cruzaban la línea de soldados con armadura sin problemas ni recibir ni un rasguño, la tensión estuvo a punto de hacerles flaquear. Tenían que estar muy pendientes porque era fácil que alguna pasara inadvertida entre los matorrales, y aquella angustia continua era peor que la propia lucha.

Finalmente, el ataque cesó, y el oficial al que don Felipe había dejado al cargo de todo dio orden de descansar. A Juan le bastó una mirada para cerciorarse de que la sensación reinante entre los combatientes era de derrota. Habían caído tantas ratas, que sus cadáveres se amontonaban trazando con precisión la línea ovalada que los soldados habían defendido. Pero el precio pagado había sido desproporcionado. Habían muerto ocho soldados y un miliciano, y otros cuatro soldados estaban heridos. Era fácil identificar los muertos porque sus compañeros les despojaban de todas las piezas de armadura que podían. Uno de los heridos no paraba de gritar mientras le atendían varios compañeros y el reverendo, lo que crispaba los nervios de Juan. Pablo no parecía estar mejor. Se había sentado nada más recibir la orden, y gruñendo imprecaciones, se afanaba en desatascar el mecanismo de su ballesta. En un momento dado, mientras Juan estaba sentado junto a él, agachó la cabeza y murmuró con rabia, a despecho de que el soldado herido no pudiera oírle:

—Cállate de una vez, imbécil.

El hecho de que aquella mitad de la expedición estaba derrotada quedó patente cuando el oficial al mando les lanzó una arenga. Les animó diciéndoles que había que seguir, porque si no, todo el esfuerzo, todos los caídos… todo habría sido en vano, que les quedaba muy poco para sorprender a los cralates solos, sin sus batallones de ratas. Aquella unidad la formaban, en su mayoría, soldados de Nêmehe y, como era de esperar, formaron dispuestos a continuar. Pero bastó un escaso cuarto de hora para comprender que era imposible continuar con seguridad teniendo que cargar con varios heridos. No había milicianos suficientes para ayudar a caminar a los soldados incapacitados para el combate, ya que eran necesarios dos para auxiliar a un solo combatiente con armadura.

Por ello, el oficial optó, finalmente, por dirigir a la tropa a una elevación rocosa, bien defendible y donde los soldados podrían permanecer ocultos. Una vez allí, dividió de nuevo al grupo. Se llevó consigo a once de los soldados que continuaban ilesos y dejó a un soldado al mando del resto. Eso significaba que quedaban parapetados, en condiciones de luchar, seis soldados y seis milicianos, lo que no era muy tranquilizador.
El tiempo pasó con una lentitud desesperante. Reinaba el silencio entre el grupo de soldados. Casi por inercia, Juan y Pablo seguían apostados juntos, aunque este último mostraba constantemente una expresión enfurruñada y respondía a los intentos desganados de Juan de entablar una conversación con monosílabos. La incertidumbre y el riesgo de ver aparecer en cualquier momento una manada de ratas convertían aquella espera en un tormento.

Y, a pesar de todo, cuando Juan notó que Pablo se fijaba, primero, en un par de soldados que hacían gestos y llamaban la atención de quien estaba al mando del grupo, y luego miraba hacia la pequeña cuesta que les defendía y murmuraba un “hijas de puta”, deseó que aquella espera incómoda no se hubiera terminado aún. Instintivamente, se acurrucó detrás de una piedra y se aseguró de que tenía sus armas a mano. Era obvio que les ordenarían disparar, pero Juan mantuvo la disciplina y no empuñó el arco hasta que oyó la orden de elegir a una rata y disparar a la señal. Pablo no había hecho lo propio y ya estaba apostado y apuntando hacia donde venía el enemigo, que por su tamaño y velocidad debía consistir en aquellos cadáveres de ratas animados que les habían atormentado la noche anterior. Incluso, oyó murmurar malhumorado a Pablo:

—Da la orden ya, majadero.

Juan se sentía igual de nervioso, ya que aquellas bestias seguían avanzando y la orden no llegaba, pero hasta Pablo aguantó las ganas de comenzar el ataque y, sólo cuando el oficial gritó, dispararon. Hubo tiempo de hacerlo dos veces. Pablo tenía la ventaja de estar usando un arma que le permitía apuntar con precisión sin tener que ponerse en pie, y al segundo saetazo abatió a la bestia que había elegido. Juan tuvo más problemas; se quedó a una pulgada en el primer disparo, y sólo hirió levemente a su objetivo. Por fortuna, otro compañero de armas se ocupó de abatirla por él y, como pudieron comprobar, habían caído todas las enemigas.

Lo siguiente les pilló por sorpresa. Juan se había vuelto para coger una nueva flecha, y Pablo, por el sonido del mecanismo de su arma, recargaba su ballesta, cuando oyeron gritar al oficial. Juan vio, horrorizado, que se le retorcía el brazo derecho, como si una fuerza invisible se lo estuviera partiendo, y que lo mismo le pasaba a su pierna izquierda. Cayó derribado profiriendo alaridos y fue por la exclamación ahogada de Pablo, que se le escapó antes de agazaparse tras un matorral muy denso, que Juan miró hacia la ladera.

Y se tiró al suelo sin dudarlo. Había dos cralates en mitad de la cuesta, con los ojos brillándoles con un color rojo intenso, que habían aparecido de repente.

16 octubre 2011

Mundo de cenizas. Capítulo XXIX

Juan respondió a la frase de su amiga asintiendo en silencio y devolviéndole una de las sonrisas de ella. Achacó su despreocupación a su escasa formación militar, que no la hacía consciente de los peligros que tenía cualquier combate. En verdad, aquella tropa no era fácil de batir por parte de manadas de fieras, pero ello no les libraba de una derrota motivada por la mala suerte.

Raquel se inclinó sobre él, hasta casi tocarle, y dijo:

—Ese de ahí es Pablo, ¿no?

—Sí.

Su amiga dijo, riéndose:

—Cuando se despierte le voy a gastar la misma broma que a ti… o una más pesada.

Juan se limitó a sonreír y Raquel quedó sentada junto a él. Pasaron un rato hablando de cómo había sido la marcha hasta allí, de cómo habían vivido la batalla. Raquel confesaba estar un tanto cansada de tanto caminar y haber pasado bastante calor por culpa del casco. Hablaba muy bien de don Felipe, que se había encargado personalmente de ella y la había tratado todo el rato con gran delicadeza. Juan no hizo mucho más aparte de asentir o reforzar alguna cosa que ella dijera y con la que estaba de acuerdo.

Callaron unos instantes, hasta que Raquel se puso en pie y le dijo:

—Levántate y ven conmigo; voy a enseñarte algo.

Juan lo hizo dócilmente y dejó que le cogiera de la mano y tirase de él. Se preocupó cuando vio que su amiga se dirigía directamente hacia un árbol a cuyo lado se iniciaba un lienzo de la muralla de fogatas que defendían el campamento. Sintió que algo, quizá instintivo, tiraba de él en sentido opuesto, así que la detuvo con dulzura y objetó:

—Raquel… no debemos acercarnos al borde. Es peligroso.

—Lo que no debemos hacer es cruzarlo. Pero acercarnos no es peligroso. Además, lo que quiero enseñarte es lo que hacemos para proteger el campamento. ¡Es algo fabuloso! Vamos, ven.

Quiso obedecerla, pero al tercer paso notó que algo invisible ofrecía una resistencia enorme a su avance. Sentía brazos y piernas muy pesados, tanto que dar un paso representaba un esfuerzo titánico. Luchó con todas sus fuerzas, pero Raquel, que seguía dándole tirones de las manos, acabó por darse cuenta de que tenía un problema:

—Vamos, Juan, ¿qué te pasa?... ¿por qué no avanzas?

Consiguió dar un paso, pero tenía las piernas tan entumecidas que no tuvo más remedio que decirle:

—No… no puedo. Es como si las piernas y los brazos me pesaran mucho.

Con el rostro contraído por la preocupación, su amiga le dijo:

—¡Ay, no!, ¡no! Están intentando controlar tu mente—. Tiró con fuerza de él y consiguió que arrancase de nuevo, y añadió —: vente, vamos a un sitio apartado, conseguiré liberarte.

Librando ambos una auténtica lucha contra lo que fuere que quería impedirle avanzar, consiguieron llegar hasta el árbol al que su amiga quiso llevarle desde el principio. Y cuando Raquel siguió tirando de él para hacerle atravesar la línea de fogatas, Juan sintió que no podía permitirlo. Agarró a su amiga del antebrazo e impidió que siguieran avanzando. Y le dijo con esfuerzo:

—Raquel… tú dijiste que nunca atravesara el círculo de protección… no puedo seguir.

Ella insistió con nerviosismo, pero Juan, bloqueado, no se movió ni una pulgada. Entonces, Raquel se soltó, con gesto amargo y empezó a sollozar. Desbordado, incapaz de comprender qué estaba sucediendo, le suplicó:

—No llores…

Y su amiga repuso:

—¡Ay, Juan! Es que soy una mujer muy mala… Te he traicionado.

No tuvo tiempo de preguntarse qué había querido decir Raquel con aquello. Algo grande, algo con brazos largos y garras, la agarró del cuerpo y tiró bruscamente de ella hacia atrás, haciendo que desapareciera en la oscuridad. Sólo quedaron de ella sus gritos desesperados:

—¡Juan! ¡por favor! ¡Ayúdame!

Aquello le enloqueció. Gritó su nombre con todas sus fuerzas y quiso correr tras ella, pero una sombra un pie más alto que él se coló por el hueco entre una antorcha y el árbol. Y apareció una cabeza de rata enorme que enseñó los colmillos a un par de pulgadas de su rostro. Unas garras se clavaron en su brazo izquierdo y otro brazo muy fuerte le hizo retroceder. Lanzó un puñetazo al monstruo con muy poca fuerza, tan poca que no hizo más que rozar levemente la mejilla del cralate.

Finalmente, el monstruo le derribó y se situó sobre él, aplastándole con su peso. Sin dejar de gritar, trataba inútilmente de sujetar las mandíbulas de la bestia para evitar que le mordiera. Vio cómo los ojos del ser empezaban a brillar en tono rojo…

Y, de pronto, le invadió una sensación de paz y de felicidad. Una luz blanca muy intensa empezó a iluminarlo todo desde su derecha. Tan cegadora era que tuvo que cerrar los ojos. Fue entonces cuando se dejó dominar por aquella sensación benéfica y se relajó completamente. Era tan feliz que todos sus problemas, todos sus males, todo lo que le hacía sufrir quedó olvidado, y sólo albergaba una paz dulce.

Abrió los ojos y la luz a su alrededor había cambiado. La iluminación era diferente, volvía a ser la luz normal que despedían las antorchas, la que había iluminado el campamento cuando se había acostado. Ahora se daba cuenta de que el ambiente que había experimentado mientras Raquel se lo llevaba era ligeramente distinto, que la luz de las antorchas había tenido, antes, un tono más luminoso.

A su derecha, uno de los individuos, ataviado con casco y almófar, le sujetaba un brazo, arrodillado junto a él. Tenía a un miliciano sentado sobre sus piernas y a otra persona con las manos sobre los hombros. A su izquierda estaba Pablo, que le miraba preocupado y le decía:

—Reaccione, Juan, cálmese, estese quieto…

Juan miró a su alrededor, del todo confundido. No había rastros del cralate por ningún sitio. ¿Había estado soñando? Entonces, se acordó de Raquel. Quiso debatirse, aunque lo tuvo complicado y dijo con angustia, dirigiéndose a Pablo:

—¡Raquel! ¡Se la han llevado esos monstruos! ¡Tenemos que rescatarla!

—Amigo Juan, Raquel no está aquí. A estas horas estará durmiendo en Gaiphosume.

Miró fijamente a Pablo a los ojos, buscando algún atisbo de mentira. Dentro de su confusión, reconoció que no era lógico que Raquel formara parte de la expedición, pero no podía olvidar que, hasta hacía unos instantes, había hablado con ella. Cerró los ojos un momento, y cuando los abrió de nuevo, los colores eran más vivos e intensos. Y oyó claramente gritar a Raquel, a lo lejos:

—¡Juan! ¡Ayúdame!

Y su amiga desgarró el aire con un grito de dolor terrible. Luchó con todas sus fuerzas contra sus cuatro captores. La voz de Pablo, que se empeñaba en tranquilizarle, y le repetía con preocupación que Raquel no estaba allí, parecía llegarle desde muy lejos. Mientras se debatía, observó que le rodeaba un grupo creciente de soldados a los que les veía expresiones malignas, siniestras. Entonces, una voz repleta de autoridad dijo:

—Reverendo, avise a sus compañeros.

Y tras una pausa gritó:

—Necesito arqueros o ballesteros. Acercaos los que seáis diestros.

Pablo acudió a la llamada, y le sustituyó un soldado de muy mala catadura, que le miraba con odio. Juan apeló al hecho de que Pablo conociera a Raquel y le suplicó:

—¡Pablo, ayúdela!… ¿No la oye gritar? ¡Es nuestra amiga!

Pero el aludido no le hizo el menor caso. Entre sus captores, observó cómo los tres individuos de aspecto extraño, Pablo, y algún otro, formaban una fila. Y le horrorizó oír a la voz autoritaria ordenar:

—Procuren que las saetas pasen entre el tronco del árbol y la primera fogata. A mi orden.

Juan gritó con desesperación que no lo hicieran, que iban a herir a Raquel, pero volvieron a desoír sus palabras. Mientras se debatía con furia oyó, como en un sueño, la voz de don Felipe dar la orden, sobreponiéndose a los gritos de dolor de Raquel. Se le saltaron las lágrimas cuando percibió el sonido de las ballestas al liberar las cuerdas.

Entonces, se escuchó claramente el grito de dolor de alguna clase de animal, que se alejó chillando y haciendo sonar los matorrales mientras huía. Y Juan se quedó quieto de pronto. Su visión volvía a ser normal y, por primera vez desde que había empezado a hablar con Raquel, se dio cuenta de que algo no encajaba en todo aquello. Aún le quedaban restos de la idea de que su amiga estaba en manos de los cralates, pero en su consciencia cobraba fuerza la idea de que había estado viendo visiones. Se quedó inmóvil y dijo a los que le sujetaban:

—Suéltenme, por favor, creo que estoy mejor.

Con lentitud, el soldado que le sujetaba en sustitución de Pablo, y que ya no parecía tener mal aspecto, le soltó, y al ver que ya no intentaba escaparse, hicieron lo propio el resto. Una vez que el hombre que tenía sentado sobre sus muslos se levantó, Juan se incorporó para quedarse sentado. En esto, los tres individuos de aspecto extraño, Pablo, y para su sorpresa, don Felipe, le rodearon. Fue el oficial quién le preguntó:

—¿Cómo os llamáis?

—Juan, señor.

—Explicadme, Juan, qué ha sucedido. ¿Por qué habéis intentado abandonar el campamento a pesar de las órdenes?

No sabía por donde empezar. Se sentía aún algo confuso. Tras unos momentos de silencio, espoleado por la necesidad de responderle a un oficial, repuso:

—No estoy del todo seguro, señor. Creí… pensé que a una amiga mía la habían atrapado y… y quise ir a salvarla.

—Muy noble de vuestra parte, pero no hay ninguna mujer en esta expedición. ¿No os pareció absurdo que estuviera aquí?

En realidad, empezaba a parecerle un tanto absurdo, pero había sido todo tan real… En parte para justificarse, dijo:

—Señor… yo… pensé que uno de estos tres ballesteros, los que visten almófar, era ella disfrazada.

Los tres aludidos se rieron inaudiblemente un momento. Uno de ellos, que no llevaba casco en aquel momento, dijo en tono jovial:

—¿Creíais que uno de nosotros era una mujer?

Don Felipe intervino en tono serio:

—Reverendos señores, no le culpen. Ya sabemos qué ha sucedido. ¿Tendrían la bondad de descubrirse?

Sin una palabra, los aludidos se quitaron casco y almófar y Juan compró que todos eran varones. Con aquella demostración tan simple, se convenció de que había sufrido una especie de pesadilla, o una alucinación. Se quedó en el suelo, confuso, consternado, y oyó a don Felipe despedir a los soldados y a dos de los tres hombres a los que daba el tratamiento de clérigos. Sólo quedaron don Felipe, uno de los ballesteros y Pablo. Y el oficial dijo:

—No temáis, no voy a castigaros porque no habéis tenido la culpa. Habéis sufrido una alucinación causada por un cralate. Tenéis que agradecerle a este, vuestro amigo…

Y dirigiéndose a él, le preguntó:

—¿Cuál es vuestro nombre?

—Pablo, señor.

—Sí. Tenéis que agradecerle a Pablo que estuviera atento. Le debéis la vida. Trató de deteneros con todas sus fuerzas, y cuando le fue evidente que no os podía controlar y que os pasaba algo, despertó a gritos a medio campamento. Siguió sujetándoos aunque casi le acertasteis con un buen puñetazo—. Calló un instante y dijo, extrañado—: Lo que no comprendo es cómo ha podido afectaros tanto la influencia de uno de esos bichos… Reverendo, ¿sería tan amable…

No llegó a terminar la frase, sino que miró directamente al aludido, que asintió y, dirigiéndose a Juan, le pidió:
—Os ruego, amigo, que os pongáis en pie.

Juan obedeció de inmediato y se quedó firme y quieto mientras aquel hombre, un poco más bajo que él, le miraba atentamente a los ojos un rato. Sorpresivamente, le preguntó:

—Cuando miráis una Torre o un Faro, Juan, ¿cómo lo veis? Describídmelo.

Recordó lo que le había contado Raquel, hacía ya unos cuantos días, cuando la escoltó aquel día funesto. Por ello supo que aquel religioso parecía estar intentando averiguar si era un brujo. No pudo impedir que le acelerara el pulso, porque los más probable era que quisiera comprobar si había caído bajo el influjo del cralate porque fuera un mago maligno. Tragó saliva y repuso la verdad:

—Son edificios grises y apagados.

Asintió y dijo:

—¿Sois capaz de percibir cosas que los demás no pueden? ¿Tenéis sensaciones extrañas, de felicidad, de tristeza o de otra clase, sin motivo, cuando visitáis ciertos lugares?

—La verdad, su reverencia, es que no.

—¿Tenéis premoniciones? ¿Corazonadas demasiado certeras? ¿Tenéis sueños extraños, algunos de los cuales se cumplen?

Al oír aquella pregunta, tuvo que hacer acopio de toda su autodisciplina para mentir:

—No… su reverencia.

Su interrogador sonrió con cierto aire de satisfacción y repuso, escueto:

—Ya.

Y dirigiéndose a don Felipe, le dijo:

—Pienso, señor, que lo que le sucede a Juan es que posee una mente muy influenciable y muy receptiva a los poderes mentales, pero nada más—. Y poniéndole a Juan una mano amigable en el hombro, concluyó—: no tenéis que avergonzaros de ello, amigo Juan. No es algo de lo que seáis responsable. Os sugiero que descanséis.

Y tras aquello, se marcharon ambos, dejando a solas a Juan y a Pablo.

02 octubre 2011

Mundo de cenizas. Capítulo XXVIII

Cuando partieron hacía una tarde espléndida, soleada pero fresca. Según le aseguró Pablo, eran exactamente sesenta soldados, vestidos con armaduras de placas completas, la mayoría, y unos quince milicianos, contándose él mismo. Aparte estaban don Felipe y tres individuos con armas defensivas más ligeras, capas de color marrón oscuro, en vez de las sobrevestes con el escudo real de Nêmehe, y cascos con almófares de malla, en vez de los yelmos de los soldados. No tenían pinta de soldados ni de milicianos. Su compañero estuvo un rato discurriendo quienes podrían ser aquellos tres, y concluyó afirmando que serían médicos o enfermeros armados apresuradamente con material sobrante.

Recorrieron en poco tiempo la distancia que separaba Gaiphosume de Metmehapet, en columna de a dos. Cuando se cruzaban con algún caminante o algún grupo de ellos, se les quedaban mirando, y a Juan no le extrañaba. Era poco frecuente ver por caminos secundarios a una columna de infantería pesada, marchando en perfecta formación. Al atravesar el puente de Metmehapet y circundar las murallas de la pequeña ciudad, el número de curiosos se volvió más nutrido, y ganó gran cantidad de mujeres, que miraban divertidas la marcha de la columna. En realidad, a Juan le parecía un despliegue ofensivo impresionante, teniendo en cuenta que entre la guarnición del castillo de Gaiphosume y las tropas que servían en la ciudad, no sumarían más de doscientos soldados.

Aquella parte tan sencilla de la marcha terminó cuando se vieron rodeados del inicio del bosque denso que era su objetivo. Hicieron un alto al verse la columna rodeada de árboles dispersos. Después de un descanso breve, don Felipe reorganizó la formación, de forma que los milicianos y los tres individuos que seguían llamando la atención de Pablo quedaron protegidos por los soldados acorazados en el interior de una nueva disposición en columna de a seis.

El aspecto siniestro que adquirió el bosque a medida que se estrechaba el espacio entre árboles y se hacía más escarpado el terreno, sobrecogió a Juan. La tarde luminosa quedó atrás para dejar paso a un ambiente sombrío. Lo más inquietante eran los arbustos, que le llegaban más o menos hasta la cintura y que dificultaban tanto la visibilidad, como el mantenimiento del orden de la marcha. Una compañía de milicianos no habría podido mantener la formación, pero aquello se trataba de una columna de soldados, al parecer, escogidos, y la cohesión de la unidad no se perdió en ningún momento.

Fue aquel ambiente sombrío, y la sensación de sentirse fuera de lugar entre tropas con un armamento y una instrucción muy superiores a las suyas, lo que le provocó auténtica angustia cuando les atacaron. Supo que algo se les venía encima cuando oyó gritar órdenes y observó que los matorrales se movían en varios puntos. Sus órdenes eran disparar a los atacantes que pudieran, aprovechando el relieve para no poner en peligro a sus compañeros, antes de que llegaran al cuerpo a cuerpo con los soldados. Juan reaccionó tarde y con torpeza, y se pasó más tiempo tratando de sobreponerse a la confusión reinante entre los milicianos que oteando y apuntando.

Sufrieron el ataque de dos oleadas de ratas y Juan sólo disparó tres veces, casi a ciegas. Pablo parecía moverse mejor en aquellas circunstancias, y aunque apenas usó la ballesta, porque era muy complicado tener una oportunidad de disparar con seguridad, estuvo a punto de atravesar a una rata y casi alcanza a otra que había quedado derribada tras las líneas de los soldados, y que acabó rematando uno de éstos.

Sin embargo, su nerviosismo inicial despareció cuando le fue evidente que las ratas no eran rivales para la infantería pesada. Los soldados llevaron a cabo una matanza, gracias a que sus enemigas no podían morder con la fuerza suficiente como para atravesar las placas metálicas, y, en cambio, las espadas de sus oponentes las destrozaban sin dificultades. Una de las imágenes que más impresionó a Juan fue la de una rata que, aprovechando unas rocas, le saltó al cuello a un soldado y se quedó enganchada mordiendo inofensivamente el gorjal. Éste se limitó a agarrarla, tirarla al suelo con fuerza, atravesarla e ir a ocuparse de otra.

De pronto, oyó que Pablo, que estaba en lo alto de una pequeña elevación del terreno, le llamaba con insistencia. Juan tardó un instante en llegar a su lado, y su compañero de armas le dijo en voz baja:

—Mire… Hay uno allí, y van a por él.

Juan no supo exactamente a qué se refería hasta que vio a los individuos con cascos y almófares asaetear con ballestas a un ser monstruoso, medio oculto entre la maleza. Aquella cosa debía tener unos siete pies de altura y una cabeza que recordaba a la de una rata, sólo que acorde a su gran tamaño. Parecía ser una rata descomunal que anduviera sobre las patas traseras, con un cuerpo delgado, piernas robustas y unos brazos largos armados con grandes garras, todo ello cubierto de un pelaje marrón corto. Aquellas garras serían capaces de destrozar a un miliciano con coselete; sin embargo, lo más aterrador era el brillo rojizo de sus ojos.

El cralate tenía dos saetas clavadas y quiso huir, pero ante el ataque de cuatro soldados, los ojos le habían empezado a brillar, tal como le había asegurado Raquel que sucedería. Uno de los soldados se desvió hasta apoyarse en un árbol, como si, de pronto, sintiera mucho dolor. Otro más adelantado se la jugó. Alcanzó al monstruo y le lanzó un tajo horizontal con el montante, aprovechando que, al estar solo, tenía espacio suficiente. La hoja se estrelló contra el costado de la bestia, y un golpe de las garras del cralate en el yelmo le derribó. Pero la herida infligida a costa de quedar indefenso había sido brutal, y el monstruo quedó tambaleándose, sangrando de un corte enorme. Un alabardero de los que estaban dispuestos en segunda fila clavó la punta del arma en el pecho del monstruo y un tercer soldado, usando un agarre de media espada, atravesó el corazón del cralate y lo derribó. Los tres soldados estuvieron golpeando al caído hasta que dejó de debatirse.

Después de aquello, los soldados mataron o ahuyentaron al resto de atacantes y todo quedó en calma, como si el hecho de acabar con el cralate hubiera sido un golpe decisivo para el enemigo. La columna aprovechó para reorganizarse y Juan deseó saber si había habido muchas bajas. No veía a ningún muerto, pero creyó ver a cuatro heridos, entre los que se contaba el soldado que había asestado el primer golpe al cralate. Preguntó a Pablo, pero éste no supo darle más información.

Tras un descanso, prosiguieron su avance mientras las sombras se iban acentuando a causa del atardecer. Cuando comenzaba a ser difícil ver por dónde iban, don Felipe eligió una zona razonablemente lisa y despejada de terreno y montaron un campamento. En realidad, no era un nombre muy adecuado para aquello; lo que hicieron esencialmente fue encender varias fogatas y crear un círculo de antorchas dentro del que se acomodaron los soldados. Lo único inusual que observaron Juan y Pablo, al sentarse a descansar tras haber ayudado a repartir los víveres, fue que el propio don Felipe, junto a los tres soldados de armadura ligera que tanta curiosidad les despertaban, sobre todo a Pablo, fueron los encargados de crear el círculo de fogatas y de revisarlo entero. Los tres individuos se paraban un rato en cada sección de la muralla de fuego antes de seguir avanzando. Juan no dejó de observar dos cosas; la primera que todo se desarrollaba como le había dicho Raquel, lo que resultaba curioso, ya que era difícil esperarse que una chica sin apenas instrucción militar supiera qué pasos iba a seguir un oficial experimentado del ejército. Lo segundo que observó fue que uno de aquellos individuos, en un momento determinado, se les quedó mirando un rato, sobre todo a Juan, antes de seguir con sus cosas.

No había mucho que hacer. Don Felipe había reunido a los milicianos y les había ordenado que tras ocuparse del avituallamiento, buscaran un lugar donde acomodarse para pasar la noche y descansaran hasta nuevo aviso. Todo ese tiempo lo pasaron ambos casi en silencio y cuando hablaban, sólo de cosas intrascendentes. Tras cenar, Pablo, después de unos instantes en que se mostró pensativo, le dijo:

—Amigo Juan. Me preocupa mucho comprobar que Raquel ha tenido razón en lo que le contó, porque ahora nos tiene que tocar el peor ataque de todos. Ya vio lo que pasó con el cralate, que hirió a un soldado sólo con mirarlo.

—Recuerde vuestra merced lo que ella me dijo. Dentro del círculo de fogatas que han dispuesto estaremos a salvo.

—Ya, de eso me acuerdo, pero, ¿quién nos asegura que no nos puedan obligar a salir de alguna forma? ¿Y si provocan el pánico entre los soldados y se rompe el círculo? No sé nada de magia, no sé qué clase de poderes tienen esas cosas… ¡Si siempre creí que eso de la magia eran supersticiones!

—Tranquilícese. Estamos en buenas manos.

Pablo no parecía muy convencido, pero se calló unos instantes para acabar diciendo:

—Le quiero pedir un favor, amigo Juan. Independientemente de los turnos de guardia que establezcan, quisiera pedirle que nos veláramos el uno al otro. Me aterroriza que algo me arrastre fuera del círculo mientras duermo; despiérteme de inmediato si ve que me pasa algo extraño, que yo haré lo mismo por vuestra merced… Se lo ruego. Yo haría la primera guardia, que me siento demasiado nervioso como para dormir.

El primer impulso de Juan fue negarse, pero, en verdad, parecía una medida prudente, aunque algo exagerada. A pesar de todo, Raquel le había pedido que tuviera cuidado, y consideró que podía hacerle ese favor a su compañero de armas. De modo que accedió, si bien le comentó que él se iba a echar a dormir ya.

Tardó muy poco en quedarse dormido. Tuvo un sueño confuso, en el que se enfrentaba a un cralate auxiliado de lejos por Pablo, que disparaba flechas muy grandes con precisión, y por Raquel, que lanzaba hechizos que hacían aullar al monstruo. Juan lanzaba estocadas una y otra vez, pero eran todas muy débiles porque se sentía sin fuerzas, casi paralizado. Cuando Pablo le despertó, estaba muy angustiado porque el monstruo le atacaba y él apenas podía levantar el brazo de la espada. Guardó silencio, pero agradeció sinceramente que lo hubieran sacado de aquel sueño.

Según le dijo Pablo antes de echarse a dormir, buena parte de los soldados estaban sufriendo pesadillas, lo que parecía ser parte de la influencia maligna de aquellos seres. Lo último que hizo fue, en tono burlón, desearle suerte en la guardia. No tardó en dormirse tan profundamente, que, incluso, se puso a roncar.

El campamento, si es que se podía dar tal nombre a aquello, estaba muy tranquilo. La luz de las fogatas, que los soldados apostados a intervalos regulares avivaban si era necesario, no dejaba ver qué había fuera del círculo. La negrura les rodeaba por el exterior y sobre su cabeza. Uno de los individuos de aspecto extraño daba paseos amplios por el círculo de fogatas. Juan pasó un rato tratando de entretenerse con cualquier cosa, para espantar su sopor. Estaba un tanto adormilado cuando se plantó frente a él uno de los tres hombres misteriosos. Como estaba de espaldas a las fogatas, y vestía casco y almófar, casi no le veía el rostro. Con una voz muy suave, como la de un eunuco o un chico muy joven, le dijo:

—¿Qué cree que está haciendo, soldado?

Hubiera querido decirle que no era soldado, sino miliciano, y que si no sabía diferenciar a uno de otro, no entendía que hacía allí. Se limitó a mirarle con mala cara, y a responder, con la máxima corrección posible:

—Con el debido respeto, señor, no sé a qué se refiere.

Con aquella voz impropia de un combatiente, le dijo:

—No está de guardia pero no duerme. ¡Duérmase ahora mismo! ¡Es una orden!

Casi le suelta que aquella era una orden estúpida, pero fue diplomático:

—No puedo conciliar el sueño, señor. Dormiría si pudiera, pero no puedo.

—¿Cómo? ¡Cómo se atreve a hablarme en ese tono, soldado!

Juan no pudo reprimirse. Fulminó con la mirada a aquel individuo y estuvieron un rato con la vista clavada el uno en el otro hasta que su interlocutor empezó a reírse. Era una risa clara, una risa de mujer. Y con una voz que conocía muy bien le dijo:

—Juan, que soy yo… soy Raquel.

Atónito, sólo acertó a decirle:

—¿Raquel?

En respuesta, Raquel se quitó el casco y el almófar, lo que dejó al descubierto su melena, larga y oscura, y se sentó junto a él. Era realmente ella, que le sonreía y, mientras se arreglaba el pelo, decía, frívola:

—El dichoso casco me deja fatal el pelo.

Sobrepuesto ligeramente de su sorpresa, Juan fue capaz de preguntarle:

—¿Qué haces aquí? Eres la última persona a la que esperaba ver.

—No es tan raro. Don Felipe sabe por mi padre que entiendo de magia, así que habló con él para que me diera permiso para acompañarle en la expedición. Le venía muy bien alguien con mis conocimientos y prometió cuidar de mí y… ¡aquí estoy!

—Pero… yo pensé que no querías que nadie supiera que eres maga.

—Y no quiero, pero a mi padre tenía que contarle algo tan importante, ¿no crees? Él no lo va pregonando por ahí, sólo se lo dice a compañeros de armas de mucha confianza. Además, ¿no ves que voy vestida de hombre y con casco y almófar? Aparte de para estar más protegida es para que no se sepa que soy una mujer y una hechicera.

A Juan se le antojaba asombroso ver a su amiga como ayudante de un oficial del ejército, pero tenía cierto sentido si era verdad que los cralates usaban la magia. De todos modos, lo único que sentía en aquel momento era una mezcla de alegría por tenerla al lado y de preocupación porque la suerte de Raquel estuviera ligada a la de aquella expedición. Su amiga, por lo visto, no compartía tal preocupación porque le dijo, en tono jovial:

—Tiene gracia. Esta es la primera vez que corremos aventuras juntos.

11 septiembre 2011

Mundo de cenizas. Capítulo XXVII

Los dos miraron al oficial unos instantes con interés, como hizo el resto de prisioneros. Juan no tardó en reconocerle; le llamaban don Felipe, y era un hombre apenas un dedo más alto que él, de pelo castaño con algunas canas, de complexión fuerte y con un par de cicatrices en el rostro. Era bien conocido en Gaiphosume por su arrojo y por la dureza con que trataba a los soldados o milicianos a su mando, lo que se reflejaba en su expresión.

Cuando hubo recabado la atención de los presentes, que le miraban con curiosidad, el oficial habló con voz firme:

—No sé por qué están aquí vuestras mercedes, ni me importa. Y estoy convencido de que se lo merecían. Desgraciadamente, como a lo mejor han oído o saben, nuestra ciudad ha sido atacada dos veces seguidas y eso es algo que no podemos permitirnos por mucho tiempo. Así que, bajo mi mando, haremos una expedición al bosque de Metmehapet, para dar caza a unos seres que, según dicen, controlan a las ratas.

Juan empezaba a temerse lo peor y, a la vista de su expresión, a Pablo le rondaba por la cabeza esa misma idea. El oficial prosiguió:

—Por supuesto, he escogido para tal misión a un buen grupo de soldados veteranos, pero me hace falta gente que cargue con las vituallas, las municiones y ese tipo de cosas. Así que las autoridades, dada la falta temporal de defensores para las murallas, han accedido a conmutar sus penas de cárcel por un paseo por el bosque y una acampada nocturna bajo mi mando. Deberán presentarse en la puerta del norte una hora después de comer, y en caso de no acudir, se les premiará con un puesto en la Armada Real; un puesto de galeote.

Y tras una última pausa, concluyó:

—¿Alguien tiene alguna pregunta?

Como era previsible, nadie respondió. Pablo había palidecido y Juan, consciente de que él había visto a aquellos monstruos, lo comprendió. Tras un breve intervalo, don Felipe dijo:

—Excelente.

Y se fue sin más. Quien les abrió la puerta y les liberó, un buen rato después, casi a la hora de comer, fue el carcelero. Pablo había estado callado todo el rato, y salió maquinalmente de la celda, aunque procuró no alejarse nunca de Juan. Sólo cuando, camino del comedor, se vio libre de la presencia de terceros, se aventuró a decirle:

—Amigo Juan… Vive en una ciudad de locos. ¿De dónde sacan a oficiales de esa ralea?— Tras una pausa, añadió —: será el último de su clase, porque los demás debieron morir tras cruzar la línea de Torres para irse a matar demonios.

—Don Felipe es uno de los oficiales más eficientes de la ciudad. Y tiene sentido lo que intenta hacer. Ya hemos perdido bastantes provisiones como para que Gaiphosume sufra una subida de precios. Los más pobres pasarán hambre. Si es cierto que hay algo que está organizando estos ataques, debemos ir a por él.

Pablo se paró en seco y le detuvo poniéndose frente a él, bien cerca. Y repuso:

—¿Ir a por esas cosas? No creo en la magia y los hechizos, pero ¿no oyó vuestra merced a su amiga? Dijo que esas cosas utilizan magia negra, y algo debe haber porque daba miedo mirarlas, y, para colmo, controlan batallones de ratas; ¡y vamos a ir a atacarlas en su terreno! ¡Estamos locos, por el amor de Jutar! ¡Locos!

Y se adelantó protestando para sí mismo. No hubo espacio para mucho más; llegaron al comedor, se sentaron a comer uno en frente del otro, y apenas hablaron durante el almuerzo. Estaban terminando cuando Pablo, tras mirar a su derecha, dijo sonriente:

—En Gaiphosume las noticias corren tan rápido como en Itvicape.

Juan no supo a qué se refería hasta que vio aparecer a Raquel, que venía hacia ellos con el delantal puesto y con varias manchas. Casi sin mirar a Pablo, se le acercó con aspecto preocupado y le dijo:

—Buenos días… ¿Es cierto lo que dicen? Una compañera me dijo, muy sorprendida, que te había visto en el comedor, a pesar de que sabía que te habías peleado y te habían metido en el calabozo. ¿Es cierto eso? ¿Has ido al calabozo?

Juan asintió, e iba a justificarse, pero Pablo se le adelantó:

—Cierto del todo, a fe mía. Y yo he estado con él, aunque el energúmeno ese se mereció la paliza que le dio Juan, créame… Por cierto, tenga muy buenos días vuestra merced.

Raquel repuso al saludo rápidamente, y posándole un brazo en el hombro, mirándole muy preocupada, le preguntó:

—¿Cómo es posible? Si nunca te metes en líos… ¿Tú estás bien? ¿Te hirieron?

Juan, arrobado por la preocupación de su amiga, sintiendo que la sangre le hervía al notar la mano de aquella mujer maravillosa en su hombro, repuso:

—No te preocupes, no fue nada. Discutimos, le di un puñetazo y nos separaron los compañeros. Me puse nervioso y… sólo eso. Pero los milicianos no nos podemos pelear y… No te preocupes por nada.

La miró esbozando una sonrisa, y Raquel dijo:

—¿De verdad que no vas a tener problemas?

Tras lo que le devolvió una sonrisa que, en su opinión, daba más luz que el mismo sol. Pablo acabó con aquel instante de magia:

—Amiga Raquel, ¡pues aún no sabe lo mejor!

Pablo se interrumpió para darle un nuevo bocado a su almuerzo y no vio, o no quiso ver, los gestos que le hizo Juan para que se callara. De todos modos, fue Raquel la que dijo:

—¿Qué es lo mejor, Juan? ¿Y por qué le estás diciendo a Pablo que se calle?

Juan resopló frustrado y Pablo, que parecía estar ansioso por contarlo, dijo:

—¡Vamos a ir a cazar cralates! La milicia de Gaiphosume está para que la encierren, ¿no lo cree así, amiga Raquel?

Raquel abrió los ojos y replicó incrédula:

—¿La milicia?

Aunque Pablo le caía bien, en ocasiones, a Juan le daban ganas de darle un puñetazo. No había necesidad de preocupar a Raquel de aquella forma, así que, tocándole con suavidad la mano que no le apoyaba en el hombro, le dijo:

—No es eso. No te preocupes. Vamos a ocuparnos del avituallamiento y las municiones. Quienes van a combatir son soldados del rey. No nos pasará nada.

Raquel le miró y le dijo, seria:

—Me extrañaba. Muy mal tendría que irnos si tuviera la milicia que hacerse cargo de eso. ¿Quién os manda?

—Don Felipe.

—¡Ah! Entonces estáis en buenas manos… Aún así, ten… tened los dos mucho cuidado. Os podría dar…

Juan se había quedado un tanto confundido por la serenidad de su amiga. Pensaba que iba a llevarse un mal rato, pero parecía bastante tranquila. Se había interrumpido tras haber mirado hacia donde estaban las cocinas, y concluyó:

—Bueno… ahora mismo no voy a poder, será mejor que vuelva a mi trabajo. Luego os veo.

Antes de que pudiera marcharse, Pablo le dijo:

—Amiga Raquel, la verdad es que estoy algo asustado. Esos bichos dan mucho miedo. ¿Podría darme un beso de despedida? Mire vuestra merced que a lo mejor no regreso… Y otro a Juan, claro.

Raquel le respondió, un poco indignada, antes de irse:

—No tiene remedio.

Cuando Juan miró a Pablo, éste se estaba riendo, y repuso a su gesto guiñándole un ojo. Él permaneció serio, lo que a su compañero de almuerzo no le pareció la mejor respuesta, ya que le dijo:

—Amigo Juan, debería reírse más a menudo. Y, si me permite un consejo, no olvide nunca que las mujeres no son de cristal. No tiene por qué estar protegiéndolas todo el tiempo; a muchas les disgusta. Ayer nos dijo su amiga que su familia está casi toda en el ejército o la milicia, ¿cree vuestra merced que su padre le oculta sus misiones para evitarle malos ratos? Raquel tiene que estar más que acostumbrada a lo que implica el ejército y… bueno, es sólo una cocinera, pero — y sonrió antes de concluir —: tiene carácter.

Juan no añadió más, y terminaron con la comida cruzando, apenas, unas cuantas frases. Sin remolonear, fueron a que les devolvieran las armas, se colocaron los coseletes y se dirigieron a la puerta del norte, donde se congregaba gran número de soldados y unos cuantos milicianos. A medida que fueron llegando más combatientes, el espacio abierto que había frente a la puerta se convirtió en una zona donde no se podía estar parado. Como no tenían más órdenes, Juan le propuso a Pablo sentarse al pie de la muralla, cerca de la puerta.

Pasaron un buen rato aburridos, sin más diversión que ver circular a soldados y civiles, en lo que era el trasiego habitual de caminantes que iban y venían de Gaiphosume. En esto, vieron salir a Raquel de la ciudad y buscar algo con la mirada entre el grupo de soldados. Se levantaron y Juan quiso avanzar hacia ella, consciente de que no la iban a dejar pasar, ya que algunos soldados se encargaban de espantar a los curiosos. Y en efecto, cuando Raquel le llamó y quiso aproximarse, un soldado la detuvo. Juan titubeó un instante, pero Pablo se encaminó directamente hacia Raquel y, por sorpresa, la abrazó mientras decía:

—Raquel, cariño, ¡qué alegría veros!

Le dio un abrazo largo que dejó un tanto sorprendidos al guardia y a Juan. Raquel, al principio, miró a Juan con una expresión inquisitiva en los ojos, como si quisiera preguntarle: “¿qué hace este?” Al instante, la cambió, como si prestara atención a algo que le estuvieran diciendo. Y cuando el soldado dijo que Raquel no podía estar allí, Pablo la hizo avanzar hacia Juan, diciéndole:

—Allí está Juan, id a saludarle también.

Con mucha astucia, se había interpuesto entre el soldado y su amiga, de forma que le fue fácil encararse con él y empezar a discutir. Raquel se le acercó con rapidez, le dio un abrazo y le susurró al oído:

—Escúchame. Lo más seguro es que acampéis de noche para atraer a los cralates. Como defenderéis con fuego el campamento y no podrán echar a las ratas contra vosotros, os intentarán aterrorizar usando la magia. Veas lo que veas, oigas lo que oigas, no abandones nunca la línea de fogatas. Si te encuentras a un cralate solitario y le empiezan a brillar los ojos, aléjate rápido, pero si ves que se pone a aullar, atácalo porque es cuando son más vulnerables y porque estará usando su poder para convocar a las ratas. Si te enfrentas…

No pudo seguir porque, a pesar de los esfuerzos de Pablo, el soldado agarró con brusquedad a Raquel de un brazo, y se la llevó a rastras. Juan quiso protestar, pero su compañero de armas le indicó con un gesto que era inútil. Su amiga le dijo:

—¡Ten cuidado!

Y de un tirón, se soltó de la presa del soldado y le espetó:

—¡Vale! Ya me voy.

Mientras Juan la miraba irse, su compañero se le acercó y le preguntó acerca de la conversación que habían mantenido. Le explicó las recomendaciones que le había dado y, una vez memorizadas, repuso:

—Ya sabía yo que hacía bien librándola de ese tipo. Tiene vuestra merced una amiga muy lista… y muy buena amiga. Aunque discúlpeme si le digo que espero que se equivoque.

Juan se calló que los avisos que le había dado Raquel no podían ser sino la pura realidad. Lo leía en libros que la habían convertido en maga, y él había sido testigo de sus poderes. Así que habría que tener muy en cuenta lo que le había aconsejado.

Al fin, más tarde de lo esperado, estuvo reunido todo el contingente que partiría hacia el bosque denso que se alzaba al noroeste de Metmehapet, cerca de la línea de Torres. Era uno de los lugares menos recomendables de la región, y, a lo largo de los años, se habían recibido informes relativos a personas atacadas por ratas o cosas peores. Era cierto que el grupo que marcharía hacia aquel sitio era muy numeroso, y casi todos los soldados llevaban armadura y grebas. Serían capaces de hacer frente a un grupo de ratas varias veces mayor. Sin embargo, cuando les organizaron y les dieron la orden de partir, a Juan se le había instalado una opresión en el pecho bastante molesta.