31 marzo 2020

#OrigiReto2020 El Baile del Emperador

Este es mi relato de marzo de 2020 para el OrigiReto 2020. Las normas de este reto se pueden consultar en las bitácoras de las organizadoras:

http://plumakatty.blogspot.com/2019/12/origireto-creativo-2020-reto-juego-de.html

o en

https://nosoyadictaaloslibros.blogspot.com/2019/12/reto-de-escritura-2020-origireto.html

Este relato tiene 1942 palabras según https://www.contarcaracteres.com/palabras.html (he quitado cuatro astericos para separar escenas).

Diré al final qué objetivos cumple. Espero que os guste.



EL BAILE DEL EMPERADOR

Aún faltaban dos meses para la celebración del Baile del Emperador y Eloísa ya estaba nerviosa a todas horas. Comenzó a aprender vals a los doce años, pero daba igual: practicaba casi a diario para que todo saliera perfecto el día del evento. Y no era la única. Eran veinte las parejas que perfeccionaban su técnica en la sala de fiestas del casino, gracias a las canciones que el profesor ponía en el gramófono. Para una ciudad como Avilés, de casi quince mil habitantes y a cierta distancia de Santander, donde iba a celebrarse la gala, era un buen número.

Eloísa disfrutó cuando sonó “el vals de las flores”. Además, tuvo la suerte de que su pareja de baile llevaba muy bien el ritmo. Se dejó llevar, bien sujeta por su compañero, y sintió la felicidad de girar y girar como si volase. Recordaba cuánto la asustaban las vueltas del vals vienés al empezar a practicarlas. Le costó dos años entender que su problema era el miedo. Su profesor le dijo que tenía que estirar el brazo, echarse un poco hacia atrás y dejarse llevar. Mientras más largo el brazo y más relajados los hombros, más fácil era girar: mientras menos miedo se sentía, más fáciles eran las vueltas.

Mientras volvía a casa, Eloísa se planteó que esa lección era válida para otros muchos aspectos de la vida, aunque no se veía capaz de aplicarla. El miedo le impedía perseguir sus sueños.  Había comprado decenas de libros, había intentado ponerse a estudiar, pero siempre lo dejaba porque las pruebas de acceso a la universidad la obligarían a pasar una semana sola en una pensión de un barrio desconocido de Salamanca. Era absurdo, porque si la admitían tendría que irse a vivir allí, si bien lo haría a una residencia de estudiantes donde viviría rodeada de amigas. También a causa del miedo, había dejado ir al amor de su vida, por temer coquetear con él. Su madre le había dicho que era muy joven, que ya encontraría a alguien, pero ella no estaba de acuerdo.

Resopló al encontrarse en el buzón una rosa, que vendría acompañada de un sobre con algún halago cursi dentro. Era muy triste que Alfredo no quisiera darse cuenta. A Eloísa le molestaba un poco recibir una rosa roja acompañada de un sobre todos los días, pero como se la enviaba por correo y jamás se acercaba a su casa, no podía acudir a la policía. Solo se veían por casualidad, y Alfredo siempre se mostraba tímido. Una vez, estuvo a punto de pedirle que dejara de enviarle rosas y no se sintió con fuerzas para partirle el corazón. Si se le declaraba, tendría que hacerlo, pero rechazarlo de antemano se le hacía difícil, aparte de que era muy probable que él se defendiera diciendo que había malinterpretado sus intenciones. Sería un ridículo espantoso.

Como siempre, se resignó a coger la rosa y el sobre. El sobre lo tiró a la papelera sin abrirlo. La rosa la puso en un jarrón de su escritorio, junto a las diez de días anteriores que aún no se habían marchitado. Tuvo que retirar la rosa más antigua, que ya estaba seca. Antes de sentarse a seguir leyendo una novela, recordó cambiarle el agua al jarrón. 

*

A pesar de la lluvia que entristeció Avilés durante una semana, el cartero siguió trayéndole una rosa cada día y, en esas tardes oscuras, las rosas de Alfredo eran un consuelo. A veces, deseaba que el pobre muchacho encontrara a otra mujer que sí adorase aquellos regalos, pero luego pensaba que, acostumbrada a las flores, un jarrón vacío inspiraría tristeza.

Aquella tarde, un rayo de luz la hizo levantar la vista de sus libros. Salió a la terraza y se encontró un espectáculo maravilloso. Apenas llovía y, entre unas nubes blancas preciosas, se vislumbraban trozos de cielo azul. Embellecía la escena un arcoíris que Eloísa contempló embelesada todo el tiempo, hasta que perdió casi todo su brillo.

Lo bueno de aquello fue que dejó de llover y que Eloísa pudo citarse con sus amigas en una cafetería de la ciudad que había abierto el mes pasado. Charlaron de muchas cosas: de sus familias, de sus sueños y, como sucedía siempre, de sus amores. Eloísa calló cuando tocaron aquel tema, hasta que Paula se rio.

—¿Y cómo llevas lo de Alfredo? —le preguntó Paula—. ¿Tienes sitio en casa para tanta rosa?

—Las rosas las voy tirando cuando se marchitan —respondió—, pero los sobres, esos los tiro sin abrir. Si las guardara, ya no me cabrían. —Y se rio.

—¡Pobrecito! —dijo Paula mientras todas se reían—. Me lo imagino todas las noches perdiendo horas de sueño para escribirte poemas cursis. ¿Tú le has dado ilusiones, Eloísa?

—Ninguna.

—¡Es que los hombres no se enteran! —concluyó Paula y se rieron todas.

Sin embargo, a pesar de que se reía, Eloísa sintió lástima por Alfredo. Era un buen chico y no se merecía tanto desprecio, aunque se lo hubiera ganado por su actitud tan poco despierta.

*

Cuatro días después, una tarde, Eloísa volvió de sus clases de baile y se llevó la sorpresa de que no había ninguna rosa en su buzón. Pensó que se la habrían quitado, pero tampoco estaba el sobre, que siempre le dejaban dentro. Le dio igual, de todos modos.

Sin embargo, fueron pasando los días y no llegó ninguna otra flor. Por curiosidad, le preguntó al cartero y este le dijo que no habían vuelto a llegar rosas ni sobres a su nombre a la oficina. Habló con sus amigas y conocidas, pero todas le aseguraron que Alfredo estaba bien y que no lo habían visto con ninguna chica.

Cuando Eloísa vio el jarrón vacío después de haber retirado la última rosa, sintió una extraña tristeza. Estaba tan acostumbrada a recibir una flor a diario que no había advertido cuanto le gustaba recibirlas hasta que Alfredo dejó de mandárselas. Lo que más le intrigaba era por qué se había cansado de hacerlo. Tantas vueltas le dio que, aquella noche, tuvo un sueño. Leía un libro de historia en su escritorio cuando oyó algo golpear dulcemente el cristal. Comprobó atónita que era un hada con unas alas negras y amarillas preciosas, que llevaba en las manos una rosa el doble de grande que ella. Eloísa abrió la ventana y el hada voló hasta el jarrón y dejó caer la rosa dentro. Luego la miró mientras se mantenía suspendida batiendo las alas.

—¿Te la ha dado Alfredo para mí? —le preguntó Eloísa. El hada negó en silencio—. Entonces, ¿quién me la ha regalado?

—Te la regalo yo —respondió el hada con una voz cantarina—. ¿Creías que fue Alfredo?

—Sí. Todos los días me enviaba una, pero, de repente, dejó de hacerlo. Y no sé por qué.

—Pregúntaselo —propuso el hada.

Eloísa se despertó en aquel instante y decidió seguir el consejo del hada de sus sueños. Se fue a la cafetería donde solían desayunar los empleados de la oficina de don Vicente, el notario. Tuvo suerte: Alfredo entró y se sentó en una mesa al otro lado del local. Pagó el café y se le acercó. La miró sorprendido.

—Hola —dijo Eloísa.

—Hola, ¿cómo estás?

—Bien.

Se lo quedó mirando un rato, esperando algún reproche, alguna explicación acerca del motivo de haberle dejado de enviar rosas, pero Alfredo, que se mostraba algo incómodo, se limitó a intentar mantener una conversación banal. Al final, Eloísa se despidió y se resignó a no saber qué había sucedido.

*

Llegó la víspera del Baile del Emperador. No volvió a recibir rosa alguna, pero la emoción del viaje le evitó entristecerse. Eloísa viajaría a Santander junto con Paula y María José, así que esperaba un viaje muy divertido. Y lo fue. Viajaron en diligencia hasta Oviedo, donde tomaron el tren que, pasando por Noreña y Llanes, les llevaría hasta Santander. A partir de Llanes, el tren circulaba muy cerca de la costa. El paisaje era precioso, aunque las risas y las bromas de sus amigas no le dejaron apreciarlo lo suficiente.

Le habían dicho que, para quien amase el vals, el Baile del Emperador era una experiencia única. Para Eloísa fue algo inolvidable. Las mujeres entraron por la parte derecha del salón, formando una fila perfecta. Iban todas vestidas de blanco. Los hombres, luciendo trajes negros, las esperaban formando en varias filas, como también se dispusieron las mujeres, en frente de ellos.

Entre el hueco que dejaron ambas formaciones, entraron los emperadores rodeados por la guardia imperial. La orquesta tocó el primer vals y sus majestades bailaron. Y, al fin, declararon abierta la velada. Eloísa se mezcló rápido con la gente y bailó cuatro canciones seguidas, con un hombre diferente cada vez. Y habría bailado más, pero se sentía agotada, así que se encaminó hacia donde estaban sus amigas. En aquella parte del salón, se habían reunido muchos asistentes de Avilés. Se quedó estupefacta al ver a Alfredo.

—¿Sabes bailar vals? —le preguntó, atónita. 

Como respuesta, Alfredo la invitó a bailar y así lo hicieron. Bailaba muy bien, sin perder el ritmo ni un segundo. Nunca se había imaginado que pudiera compartir algo así con él, pero reconoció que jamás se interesó en conocerlo mejor. Tras el baile se sentaron juntos y hablaron un buen rato. Para sorpresa de Eloísa, era encantador. Cuando tuvo una oportunidad, siguió el consejo del hada de sus sueños.

—¿Por qué dejaste de enviarme rosas? Me gustaban mucho.

—No me hacía bien —respondió, apenado de pronto.

—No te entiendo.

—Te lo expliqué en una de las notas. Las tiraste todas, ¿verdad?

Eloísa enrojeció, pero Alfredo le quitó importancia. Siguieron hablando y le partió el corazón. Al día siguiente, embarcaba en un navío que lo llevaría a Puerto Rico. Iba a pasarse dos años ayudando a los más pobres, en una misión, y aquella generosidad y aquel valor la hicieron apreciarlo bastante. Eloísa descubrió que iba a echarlo mucho de menos y estuvo a punto de pedirle que se quedara en Avilés, que podrían empezar a salir juntos, pero no se atrevió.

*

El primer mes sin Alfredo fue terrible. Lo echaba de menos todos los días y tuvo que esconder el jarrón vacío. Un día, su madre le preparó un té y unas pastas y le preguntó a qué se debía su tristeza.

—Echo de menos a Alfredo. No sé cómo ha pasado, pero creo que me he enamorado de él.

—Él siempre te quiso y jamás le hiciste caso —respondió su madre con una sonrisa.

—Porque fui muy tonta. Ha sido como en el cuento de la cigarra y la hormiga. Él me quería, y trabajó durante meses para llamar mi atención, al igual que la hormiga durante el verano. Como no me faltaban las flores, desprecié su esfuerzo, me reí de él. Solo cuando llegó el invierno y dejó de haber rosas, intenté llamarle la atención, pero Alfredo ya estaba cansado de insistir y no quiso darme más afecto. Y es ahora cuando más lo necesito.

Su madre se levantó y le pidió ir a su habitación. Abrió el armario donde Eloísa guardaba sus vestidos y apartó los dos más viejos.

—¿Te parece si llevamos estos dos vestidos a las monjas? Nunca te los pones.

—Bueno… la verdad es que el azul, como está viejo, lo podría usar para…

—Eso es lo que te pasa con Alfredo. Mientras te quiso, no le prestaste atención, pero era “tu Alfredo”. Cuando te has visto sin él, has reaccionado como con el vestido. No te preocupes: no amas a ese hombre y no tienes motivos para estar triste. —Su madre cerró el armario—. Volvamos abajo, que se enfría el té.

* * * * *

Cumple con:
 

Objetivo principal:  8. Escribe un relato sobre un baile.
Cuentos y leyendas. Objetivo secundario 1: K  La cigarra y la hormiga.
Criaturas del camino. Objetivo secundario 2: V Hadas
Objeto oculto 1: 19. Una canción
Objeto oculto 2: 3. Un arcoiris
Cumple con mi objetivo personal: Sí. Alfredo deja un trabajo en una notaría para irse dos años a cuidar de gente pobre en una misión.
Además, cumple con: Rosa Insolente (Eloísa es la única protagonista).


Haré una confesión: el ejemplo que le pone la madre de Eloísa con el vestido para decirle lo que realmente le sucedía con Alfredo no me lo inventé yo. Lo leí por ahí, hace mucho tiempo.

04 marzo 2020

¿Para qué podría servir la ciencia-ficción?

No me gusta redactar entradas donde hable de historias que yo escribo. Me parece presuntuoso por muchas razones en las que no entraré. Sin embargo, leí una entrada en la bitácora de Gisela Baños (sitio que os recomiendo mucho si os gusta la ciencia-ficción), concretamente esta:

https://gisbanos.com/sin-categoria/nos-averguenza-la-ciencia-ficcion/

Me gustó mucho y he querido responder. La única forma que tengo de dar una respuesta de cierta longitud es mi propia bitácora, así que allá voy.

Tradicionalmente, la ciencia-ficción y la fantasía han sido géneros de los que la gente se avergüenza, como bien dice Gisela. Aún recuerdo la crítica, creo que publicada en los años ochenta, en la que se decía que El Señor de los Anillos era un libro para físicos o matemáticos varones que no tienen novia. Aunque en otros países la ciencia-ficción tuvo un poco más de reconocimiento entre 1960 y 1980 (quizá por aquello de la carrera espacial), en España, la ciencia-ficción no se consideraba literatura. Y había muy buenos autores, pero muy poca gente los leía.

Hoy en día, la ciencia-ficción "pura" sigue sin "vender". Para que el público la admita hay que reducir la parte científica, aumentar la crítica social e introducirla en el seno de historias donde el énfasis se pone en otro género (romántica, "thriller"...). Hay ejemplos innumerables, sobre todo en el cine. Películas como: In Time, Passengers, Oblivion o Elysium tratan temas de ciencia-ficción, pero el énfasis está en todos sitios menos en la especulación acerca de la influencia de los desarrollos tecnológicos en la vida humana o de la especulación científica. Hay excepciones, pero lo normal es lo anterior.

Creo que una explicación podría ser que, siendo muy generalistas, las historias se pueden clasificar en tres grandes tipos según a qué le dan más importancia, en los que algunas historias podrían tener elementos de varias. Estos tipos son:

  • Historias de trama. El énfasis está en la trama. Ejemplos: historias policiacas, de suspense, de intrigas políticas... Lo importante es descubrir al asesino, ver si el héroe sobrevive a la intriga política. Normalmente se ambientan en la época actual y en países bien conocidos por el público, porque el desarrollo de mundos no suele tener cabida (en las historias suele haber problemas de espacio). Los personajes pueden estar bien caracterizados o no. Aquí pueden entrar muchas historias de fantasía que usen mundos ajenos, como las influenciadas por Tolkien, por ejemplo.
     
  • Historias de "mundo" (o de worldbuilding). El énfasis se pone en describir un mundo nuevo casi desde cero. Suele ser el enfoque de la ciencia-ficción "pura". Como dice Gisela, lo humano al servicio de la idea, que suele traducirse en un mundo nuevo, con unas reglas diferentes porque la tecnología y la ciencia son distintas. La cuestión, sobre todo en ciencia-ficción, es que esto suele implicar poca caracterización de los personajes y ausencia de vida cotidiana (coincido en esto con Gisela). Este punto es el origen de que haya lectores de ciencia-ficción que digan que "esto no es literatura", en referencia a que lo que importa es el mundo y no el estilo ni los personajes.
     
  • Historias de personajes. El énfasis se pone en los personajes: en lo que sienten, en cómo evolucionan, en los problemas que afrontan. Una novela de ciencia-ficción "de personajes" pondría énfasis en lo que sienten los personajes ante un suceso fuera de lo cotidiano, en cómo les cambia la vida. Por ejemplo, en cómo padecen una invasión alienígena, o en lo que supone en sus vidas la aparición de una IA tan humana que establecen con ella lazos más fuertes que con el resto de la humanidad. Es un enfoque muy extraño en la ciencia-ficción, pero que suele funcionar bien entre un sector del público de fantasía.

Y aterrizando, por fin, en lo personal, mi desgracia es que mi enfoque en general, y en particular cuando escribo ciencia-ficción es el de historias de personajes. El "worldbuilding" y la especulación científica tienen bastante peso cuando me decido a escribir de ciencia-ficción, pero el enfoque es narrar como afecta eso al protagonista o protagonistas.

Tengo una motivación para eso. Escribir ficción es una manera de expresar ideas y conceptos. Si quiero hablar de la idea de un éxodo a un planeta de otro sistema solar, por poner un tema, yo tendría dos alternativas: redactar un ensayo, una exposición fría y detallada de las especulaciones, o escribir un relato. En este último caso, no es solo exponer ideas, es hablar de sentimientos, de emotividad, de qué supondría para una persona tan normal como pueda ser yo verme obligado a vivir en otro planeta para preparar la llegada del resto de la humanidad a su nuevo planeta. ¿Añoraría la Tierra? ¿Sería feliz? Por eso, suele sucederme que la parte especulativa y científica es la punta del iceberg. La trama puede llegar a ser romántica (¡error!), lo que sucede es que lo que realmente deseo expresar es cómo se podría organizar un éxodo planetario y por qué. Una hipotética historia de amor sería un recurso para que el protagonista descubra, a la vez que el lector, como es en realidad el mundo en que vive. No es un enfoque original. La especulación científica es el método de terraformación, la forma de vida y maquinaria que se usa... en definitiva, el ambiente en el que se desarrolla la historia. Hay mucho trabajo especulativo detrás, pero narrando desde el punto de vista de un personaje que vive y siente, no cabe describir su asombro ante lo que vive porque lleva años experimentándolo.

Supongo que, entonces, yo creía estar escribiendo ciencia-ficción, pero tras haber leído el artículo de Gisela, lo mío es la "ciencia ficción encubierta". Sin embargo, no lo hago porque me avergüence, sino porque mi enfoque necesita lo sentimental. Podría escribir un ensayo, sustituir valores en la ecuación relativista del cohete y argumentar que, tecnológica y energéticamente, lo mejor para trasladar a la humanidad a otro planeta (algo que no tiene sentido a priori, pero especulé con eso en un relato y podría haber motivos) sería una colonización en fases y usar la biotecnología (tengamos en cuenta que la reproducción por esporas, por ejemplo, es una "tecnología" que la naturaleza lleva miles de millones de años perfeccionando, y en misiones espaciales críticas, se usa tecnología antigua debido a lo bien probada que está). O podría, con todo ese bagaje científico y tecnológico, contar lo que siente una operaria de maquinaria seleccionada para la segunda oleada de colonización y narrar a través de ella cómo se está terraformando el planeta y qué decisiones crueles tendrían, a lo mejor, que tomarse para asegurar el éxito de una misión de la que depende la supervivencia de la humanidad.

Para terminar, hay algo que descubrí hace unos meses y en lo qué pensé tras una pregunta de Gisela en Twitter. En concreto, sobre la ciencia-ficción, citando: "¿O te abre puertas a mundos y situaciones que no imaginarías sin su ayuda?"

Respondiendo, tengo un "monstruo" (no suelo escribir cosas tan largas) inacabado de mas de 60.000 palabras que narra, en el enfoque de "ciencia ficción encubierta", el proceso de nacimiento y crianza de una transhumana, descrito desde el punto de vista de su "padre". Descubrí que escribir una narración literaria ayuda a plantearse cuestiones a las que se les daría importancia en un ensayo.

La idea tecnológica está ahí, y en un ensayo sin una historia de ciencia-ficción por debajo, hablaría de transportar a las trabajadoras transhumanas en forma de óvulos fecundados: tienen una masa ridícula y una sonda de unos pocos miles de kilogramos (supuesta una tecnología con la que hoy solo podemos soñar, pero plausible desde el punto de vista de la ciencia), podría transportar algún útero artificial y millones de embriones, que se alimentarán con recursos hallados en el planeta de destino. Es posible alcanzar otro sistema planetario en un plazo "razonable" (un siglo o así) con propulsión nuclear de fusión con cantidades de combustible también razonables si la nave tiene dos o tres toneladas de masa útil.

A la hora de escribir el relato, tuve que pensar en cómo sería el útero artificial. Busqué documentación sobre inseminación artificial y, primera sorpresa: sería mejor transportar blastocistos y no óvulos recién fecundados, ya que hay una probabilidad no despreciable de que los mismos se bloqueen y no se implanten en el útero. Por ello, en las técnicas de reproducción asistida se suele dejar que los embriones crezcan durante tres o cuatro días antes de implantarlos. Y el tamaño de un óvulo recién fecundado y un blastocisto es similar. A medida que iba contando como era el proceso, y lo que sentía el "padre" al ir viendo crecer a su "hija", tuve que describir con detalle (y resolver) un montón de problemas en los que jamás habría pensado si me hubiera puesto a escribir un ensayo.

Después de haber escrito una historia de ciencia-ficción, estoy mucho más capacitado, tanto en lo que respecta a las ideas a plasmar como a la documentación útil y las referencias, para redactar un ensayo sobre un hipotético método de colonización de un planeta extrasolar.

Podría aplicar el método a otros tipos de especulaciones científicas y aprender sobre ciencia escribiendo ciencia-ficción. Posiblemente no sea el único que ha hecho estas cosas, pero no se me había ocurrido que la literatura especulativa podía usarse para eso. Esta reflexión del final es la que da título a la entrada.

Espero que os haya gustado esta entrada y disculpas por las erratas que pueda haber.