28 marzo 2018

#OrigiReto2018 El destino de Umitami

Relato para el Reto de escritura de #OrigiReto2018 - Ejercicio: 22 - Relata una situación en la que alguien se vea obligado a cortarse el pelo por un motivo fuera de lo corriente.

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Son 1004 palabras, tras quitar 15 asteriscos de separación de escenas. La etiqueta del mes de marzo es:




Y aquí está el relato, que para Umitami empieza justo cuando terminó el otro relato de marzo.


EL DESTINO DE UMITAMI

Cuando me desperté, el sol bañaba de claridad mi habitación. Había tenido un sueño muy bonito, pero extraño. Un hombre me enseñaba una ciudad inmensa, llena de gente y de prodigios. Luego me hizo diez preguntas y me desperté.

Me enjuagué el rostro en la jofaina y me recogí despacio el cabello en uno de los tres tocados tradicionales que me sabía de memoria. Me acordé de una de las preguntas del sueño. No tenía los rasgos delicados ni los preciosos ojos rasgados de mis antepasados, cuya sangre se había diluido entre los nemehíes. Solo conservaba el cabello negro y liso, que me llegaba hasta la cintura y que tanto le gustaba a mi padre.

Las esperanzas que me dio el hombre del sueño se desvanecieron cuando desayuné con mi padre. Comió solo un poco de pan y tomó algo de té. Apenas le salía la voz del cuerpo y su mirada era huidiza. Procuré quitarme la tristeza de encima concentrándome en la lectura de un manual de lucha con espada. Aún era muy inexperta y solo podía ejecutar los ejercicios básicos. Cuando dominara la espada podría entrenar con armadura. Sería interesante, aunque lo me que más me gustaba era el combate sin armas.

Mi maestra se llamaba Eva para los nemehíes, pero para mi padre y para mí era Kano, que significaba diestra, habilidosa. Había sido la alumna más capacitada de las que entrenó mi madre y, cuando ella murió, le bastó un año de instrucción con mi padre para convertirse en mi maestra. Era lo más parecido a una madre que tenía, algo difícil de creer para quien presenciara la dureza de nuestros combates de entrenamiento.

Aquella mañana, apenas podía hacer más que bloquear sus golpes y contraatacar en muy pocas ocasiones. Y me había vencido tres veces. De pronto, corrió hasta el límite del campo de entrenamiento, se volvió y cargó hacia mí. Cuando saltó y me dirigió la pierna hacia la cabeza, pensé que estaba loca: si me alcanzaba, era capaz de matarme. La esquivé por muy poco, la sentí rozarme el pelo y aterrizar junto a mí. Tardé un segundo en girarme y lanzarle una patada con la pierna derecha al costado. Me protegí la cabeza con el brazo del mismo lado y acerté: Kano se había girado con esa agilidad que siempre me sorprendía. Durante un instante nos quedamos quietas. Le tocaba el costado con el tobillo. Mi maestra me tocaba la mejilla con el puño. Pero fui yo quien la había tocado muy poco antes. La mirada de Kano expresaba orgullo.

—Felicidades, alteza —dijo, mientras ambas bajábamos piernas y brazos, y me hizo muy feliz.

* * * * *

Cuando visité a mi padre por la tarde, la felicidad que sentí tras el entrenamiento se esfumó. Le llevé la infusión que el médico le administraba desde que enfermó y se la tomó sentado en la cama, algo que llevaba haciendo tres tardes seguidas. Solo había una forma de sacarlo del lecho.

—Le ruego que me peine —le dije tras ofrecerle un peine blanco haciéndolo reposar sobre las palmas de las manos.

Nunca se negaba a hacerlo. Me senté en un taburete y él lo hizo en una silla. Y con mucha suavidad me peinó la melena.

—Recuerdo —dijo mi padre— cuando tenías cinco años y tu madre te peinaba.

Según la tradición, eran las madres quienes peinaban a sus hijas. Cuando la mía murió, mi padre se hizo cargo que aquel ritual. Me emocioné al recordarla, pero fui fuerte.

—Entonces no dejaba de moverme.

—Cierto. Ahora no mueves ni un dedo.

Soñé con que mi padre podría seguir peinándome durante largos años.

—Ahora —dijo cuando terminó— necesito reflexionar. Ven a verme dentro de media hora.

Intuí que me diría algo importante y salí de allí inquieta. Cuando regresé, mi padre estaba acostado de nuevo. Me senté en la cama y le rodeé la mano con los dedos.

—Me muero, Umitami. Ya he dejado todo dispuesto, salvo una cosa. No te he iniciado en el camino del acero, y nadie en Nemehe puede hacerlo por mí. —Suspiró y bajó la mirada—. Cuando muera, nombrarás a un regente y partirás hacia Cesdimupe. Allí reside el último maestro del acero que mantiene nuestra tradición. Tráetelo o consigue que te instruya. Y perdóname.

—No hay nada que perdonar —dije mientras una lágrima me corría por la mejilla.

* * * * *

Mi padre murió sin molestar a nadie. Se durmió una noche y no despertó. Lidia me ayudaba a ponerme el complejo traje que debía vestir en el entierro. No podía contenerme y, cada diez minutos, me ponía a llorar. Mi imagen en el espejo tenía los ojos enrojecidos.

—Hazme una trenza, Lidia. Lo más larga que puedas.

La nemehí tardó diez minutos en trenzarme el cabello. Con rapidez, porque de otra forma jamás lo haría, me hice con una daga que había dejado en el tocador y corté la trenza lo más alto que pude. Tan destrozada estaba por la muerte de mi padre que no me dolió perder la melena de la que tan orgullosa me había sentido siempre.

—Majestad…

Aunque era nemehí, Lidia sabía que cuando un guerrero de mi pueblo se cortaba el cabello, significaba que iba a abandonar su tierra, quizá para siempre.

—Algún día volveré. Te lo prometo.

* * * * *

Esperé cinco días tras el entierro. La sexta mañana, antes del amanecer, hice la cama por última vez, me puse una capa de viaje, me guardé dos dagas y me colgué el arco y el bastón a la espalda. Luego, me puse la mochila. Ya me había despedido de todos. Había nombrado regente a Kano. En el entierro, dejé la trenza sobre el cuerpo de mi padre, para que pudiera recordarme en el más allá todas las veces que quisiera.

Salí del palacio sola, sin molestar a nadie, sin dejar que me vieran. Me detuve un instante para ver, por última vez, el amanecer desde el camino que bajaba a la llanura. No quería irme, pero ese era mi destino.

Y comencé a caminar.

27 marzo 2018

#OrigiReto2018 La princesa del futuro

Relato para el Reto de escritura de #OrigiReto2018 - Ejercicio: 18- Hazle un interrogatorio de 10 preguntas al personaje que quieras.

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Son 1042 palabras. Incluiré la pegatina en el siguiente ejercicio.


LA PRINCESA DEL FUTURO


Desde aquel banco podía ver buena parte del parque. Me dio pena pensar que todos los árboles y las flores, que una brisa suave mecía, no existirían dentro de unos años. La civilización humana tal como la conocía no iba a sobrevivir más allá de 2050. Eso es lo que mis poderes, que no sé de dónde vinieron, me decían en sueños. Necesitaba saber más y conseguí invocar a alguien del futuro.

La tenía junto a mí. El hechizo con que la traje solo podía retenerla un día y para que respondiera a mis preguntas tuve que hacerla creer que todo aquello era un sueño, que soñaba conmigo y con el mundo tal y como era en su pasado, y que le haría una revelación. Su mente lo asimiló, así que la llevé a un parque, a falta de minutos para que el día se cumpliera: era el momento para plantearle las diez preguntas que podía hacerle.

—¿Cómo te llamas y qué significa tu nombre? —comencé sin preámbulos.

—Para los nemehíes soy Marina, pero mis padres me llamaban Umitami cuando era niña. Mi padre aún me llama así. Es un invento, es la fusión de dos nombres de nuestro idioma ancestral: océano y mujer bendecida.

—¿Es cierto que eres una princesa?

—Sí. —Suspiró—. ¿Cuánto tiempo le queda a mi padre?

Aunque su pregunta estaba llena de amargura, me tranquilizó. Al conectar con la mente de Umitami solo pude leer su nombre y que era una princesa huérfana de madre y cuyo padre se estaba muriendo: era importante confirmarlo. Solo tenía ocho preguntas más para averiguar cómo se desmoronó la Humanidad.

—Antes de decírtelo, tengo que hacerte más preguntas. ¿Cómo es tu reino?

—En realidad, vivo en Nemehe, que conquistó hace siglos el país que regía mi familia: Nuri. El rey de Nemehe nos cedió unas tierras en las montañas, donde hay un par de aldeas y mi palacio, que gobierna mi padre como vasallo del rey de Nemehe. Ese sería mi reino; en realidad, soy una princesa sin tierras.

—¿Nemehe se parece a esta ciudad? —pregunté, aunque temía que la tecnología hubiera retrocedido mucho.

—¡En nada! Esta ciudad está llena de prodigios. En Nemehe no hay carros sin caballos, ni máquinas, ni luces que cambian de color, ni vehículos que corren bajo tierra. Ojalá tuviéramos todo eso.

—¿Por qué perdió tu reino su independencia?

—Cometimos el error de no dar importancia a los clérigos. Creímos que las murallas, los fosos, las artes marciales y el acero y la magia del agua nos bastaban mantener a raya a los demonios. Aprendimos que, contra los muertos vivientes, no era suficiente. Necesitábamos magia clerical, especializada en destruirlos. Nuri se debilitó tanto que casi no quedaba nada cuando pedimos auxilio a Nemehe y a su Iglesia.

—Aquí no hay demonios ni muertos vivientes. ¿Cuándo aparecieron?

—A los muertos vivientes los crearon los demonios, que no podían atacarnos si el agua nos protegía. Nadie sabe de dónde vinieron los demonios del fuego ni los del agua.
Solo me quedaban cuatro preguntas. Estuve un rato reflexionando: no podía derrocharlas con más preguntas que Umitami no supiera responder.

—¿Cómo lucháis contra los demonios?

—En realidad, nunca nos enfrentamos directamente a ellos desde que los clérigos crearon las líneas de torres. Luchamos contra los seres que envían contra nosotros. Antes, casi todos eran muertos vivientes, pero cada vez quedan menos. Ahora nos envían plagas: ratas, directores… La magia de los clérigos no sirve contra las plagas, pero las armas y las artes marciales sí.

—¿Qué armas utilizáis?

—Depende del entrenamiento y la edad. Los plebeyos que seleccionamos para la guardia aprenden a tirar con arco y a pelear con lanzas, mazas, hachas y armadura ligera. Los miembros de la familia real practicamos las artes marciales desde niños. Empecé con el arco y el combate sin armas. Cuando tuve la edad suficiente, aprendí a combatir con vara y con bastón largo. A los dieciséis me permitieron pelear con cuchillo y luego, con espada. Con eso se acaba el camino de las artes marciales. Aún no he empezado el camino del acero. No sé luchar con corazas, escudo o espadones, como sí sabía hacerlo mi padre. —Pareció entristecerse—. No sé si le quedará tiempo para enseñarme.

Aquella pregunta respondió a muchas de mis dudas. El nivel tecnológico del mundo donde vivía Umitami había retrocedido hasta la Edad Media, como mínimo. Supuse que ni siquiera conocerían la pólvora. Por eso, dudé de algunas de mis visiones. Había soñado con bóvedas subterráneas inmensas llenas de tanques, aeronaves y robots. Deduje que eran anteriores, de la época en que la Humanidad aún no había sucumbido, o de una época en que se combatió a aquellos demonios. Lo que no llegaría a saber de labios de Umitami fue de qué forma se produjo la derrota de la Humanidad.

La princesa me miró. Era muy joven, de apenas veinte años. Como comprobé cuando la había acompañado por mi ciudad, su forma de caminar, de moverse y los gestos de su rostro estaban llenos de elegancia. Me parecía muy atractiva y con rasgos occidentales, los mismos que tenían los nemehíes según mis visiones. Eso no cuadraba con su segundo nombre, que me sonaba a japonés.

—Parece como si no te sintieras nemehí, aunque tienes el mismo aspecto que ellos. ¿Tus antepasados eran de otra raza?

—La antigua nobleza de Nuri lo era. Tenían los ojos rasgados y la nariz más delicada. Mis antepasadas eran mucho más guapas y elegantes que yo. Cuando Nemehe nos conquistó, casi no quedaban nobles. Nos fuimos casando con nemehíes, pero en palacio mantenemos las costumbres ancestrales de mi pueblo.

La última pregunta tuve que dedicarla a cumplir mi palabra.

—¿Cuánto tiempo lleva enfermo tu padre?

—Tres meses —respondió y se mostró abatida.

—Si lleva tanto tiempo resistiendo —mentí—, puede que supere su mal. En el peor de los casos, podría aguantar otros tres meses.

—Muchas gracias —respondió Umitami con una sonrisa triste.

Permanecimos cinco minutos en silencio, ambos con la vista perdida en los árboles. Noté como si el cuerpo de Umitami perdiera brillo. Nos miramos una última vez y advertí que podía ver a través de ella.

Y la princesa del futuro se desvaneció, como si fuera un sueño.

23 febrero 2018

#OrigiReto2018 El monstruo del bosque de Borogrisa

Relato para el Reto de escritura de #OrigiReto2018 - Ejercicio 19 - Narra un día cualquiera en la vida de un monstruo.

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Son 1036 palabras (he quitado los 5 asteriscos de división de escenas).

Esta es la pegatina para febrero.


Y aquí está el segundo relato


EL MONSTRUO DEL BOSQUE DE BOROGRISA

La forma de cuervo era una de mis favoritas. Eran aves los bastante pequeñas como para volar entre las ramas y posarse en la mayoría, pero lo bastante grandes como para pelear si hacía falta. Aunque no solía ser necesario.

Aquella pareja a la que perseguía era de esas que despreciaba con más fuerza. Jóvenes, sin maldad, muy enamorados, siempre haciéndose carantoñas, diciéndose frases dulces, soñando con su boda, su futuro, sus hijos. Volé por encima de las copas de los árboles y me posé en otra rama, a unos cincuenta metros por delante de ellos. Continuaban paseando de la mano. Iba a disfrutar mucho destruyendo todos sus sueños. Aunque ese era mi trabajo, hacer sufrir, al menos, a una persona por día, no por haberse vuelto una actividad rutinaria lo disfrutaba menos.

Como ya suponía, torcieron a su izquierda, cerca del punto donde estaba, y se dirigieron al lago. Se sentaron en unas piedras, donde la visión del paisaje era espléndida, y se dijeron más frases románticas. Y, por fortuna, las que más me interesaban. La joven, Greta, vivía en una cabaña próxima al bosque y su prometido, Wilfred, iba a acompañarla y volvería a su casa, por un sendero que sabía solitario. Todo era perfecto.

Mientras les seguía, recordé cuánto odiaba aquella tierra, gélida y boscosa, en el límite septentrional del Imperio. Provenía de una región del sur, con mucha más luz y calor, pero mi querida madre tuvo a bien abandonarme y hacer que me llevaran a la otra punta del Imperio. Esa era su idea de querer a una hija. Siempre me he lamentado de no recordarla: me haría muy feliz visitarla y demostrarle mi agradecimiento matándola muy despacio. Y luego, matar a unos cuantos de sus vecinos. Pero ni siquiera sabía en qué pueblo vivía.

Después de unos besitos y unas frases románticas, Wilfred regresó a su casa. Me adelanté, me posé en el suelo y cobré forma humana, pero no aquella con la que había nacido. Me convertí en una mujer muy hermosa, de piel muy blanca, pelo muy negro y ojos azules. Cuando salí de detrás de un árbol, el humano me miró estupefacto. Avancé hacia él desnuda, cubriéndome los pechos y el sexo, y advertí que Wilfred me miraba con interés el resto de la piel.

—Perdóneme, señor. Me caí a un arroyo y tuve que quitarme la ropa. Tengo mucho frío. Ayúdeme.

Como correspondía a un idiota bondadoso, se quitó la capa apestosa que llevaba y me la dio. Aproveché su oferta para cubrirme muy despacio, de manera que Wilfred pudo disfrutar del cuerpo perfecto que lucía en ese instante. Le di las gracias y él me preguntó mi nombre. Como siempre, usé el que mi querida madre me había puesto.

—Soy Alys. Eres muy amable, y muy guapo.

Le abracé los hombros, enseñándole el cuerpo de nuevo, e intenté besarle. Fue muy placentero que rechazara el beso.

—Lo siento, Alys, pero mi corazón pertenece a otra.

¡Cómo estaba disfrutando! Aquella respuesta parecía copiada de cualquiera de las historias románticas que cantaban los juglares o que los ricos leían en sus mansiones.

—¿Te atreves a rechazarme, insecto? —le grité mientras le agarraba de la garganta y le obligaba a retroceder hasta el tronco de un árbol.

La capa de Wilfred cayó al suelo cuando empecé a empujarle. A pesar del viento gélido, no la necesitaba. El joven solo intentó respirar y liberarse la garganta; de todas formas, no le habría servido de nada golpearme. Nunca necesité años de lecciones aburridas impartidas por profesores ignorantes: dominaba la magia de manera innata. Además de cambiar de forma a voluntad, me podía proteger del frío y los golpes sin más que desearlo.

Antes de que perdiera el sentido, lo tiré al suelo y le arranqué la ropa a pedazos. Desoí sus súplicas y le golpeé el rostro hasta le que sangraron los labios. Luego, le violé dos veces. Me excitaba mancillar a gente bondadosa y casta como él. Cuando terminé, se quedó encogido en el suelo, llorando, y no me resistí a patearlo con saña. Me detuve antes de matarlo. Mi plan era que acabaran con él sus propios vecinos: sería más divertido. Fue la única razón por la cual recogí la capa y le cubrí con ella.

Me convertí en una paloma y volé hacia la casa de su amada Greta. Adopté la forma de Wilfred y llamé a la puerta de su prometida. El siguiente paso era violarla a ella también. Fue Greta quien abrió la puerta, sorprendida.

                                                                                        * * * * *

La provincia de Farunq era una de las más aisladas del Imperio. Los regidores de las ciudades tenían libertad para juzgar a los criminales: no era prudente trasladar a un reo a alguna ciudad con tribunales ordinarios en pleno invierno. Y había tantos forajidos en la región que los regidores eran implacables. Les llevó un solo día condenar a Wilfred a muerte.

Había tomado la forma de un jovenzuelo rubio y pecoso. Wilfred estaba en el cadalso y el regidor leía la sentencia. Me tuve que tapar la boca para silenciar mis risas: iban a colgar al muchacho por violar a su querida Greta. Lo más divertido de todo era que no podían creerse que una mujer desnuda le hubiera golpeado y forzado dos veces. La estupidez humana no tenía límites: no le creían, a pesar de la paliza que le había dado, porque a los hombres no se los puede violar. Iban a colgarle por haber mancillado a Greta y, no solo era inocente, sino que de quien habían abusado era de él.

Cuando lo colgaron y dejó de retorcerse, empecé a reírme. Y me descuidé. Percibí la invocación mágica en el último instante. Me desvanecí y aparecí a diez metros, con mi forma humana normal. Perdí unos segundos en transformarme en una loba blanca y le di al mago de combate del pueblo una oportunidad. Su proyectil me hizo un rasguño en una pata y alertó a los soldados. Tres de ellos acudieron en su ayuda y no quise quedarme a luchar.

Me volví y esquivé flechas y hechizos hasta que salí del pueblo y me adentré en el bosque de Borogrisa, mi hogar, donde nadie podía derrotarme.


22 febrero 2018

#OrigiReto2018 Alys

Relato para el Reto de escritura de #OrigiReto2018 - Ejercicio: 23. Escribe los pensamientos de una embarazada que tenga miedo a que su hijo salga violador o psicópata.

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Incluiré la pegatina en el siguiente ejercicio, que publicaré mañana como muy tarde. Como comenté en Twitter, le he dado una vuelta al ejercicio.Me salen 1029 palabras descontando títulos y los cinco asteriscos.


ALYS

Me desperté muy contenta. Aún me duraba la alegría por lo que me había dicho Svala tres días atrás. Ningún embarazo es bueno durante los seis primeros meses, por culpa de la incertidumbre. Svala es una buena hechicera, pero no hay magia capaz de adivinar el sexo de un feto antes de los seis meses. Y no quería dar a luz a otro varón.

Mientras aseaba a Ferdinand, que ya tenía dos años, pensaba en la suerte que había tenido. Cuidar de él era duro, pero era un niño bueno. Los hombres son dados a la maldad y mientras estuve embarazada de Ferdinand, sufría pensando en si acabaría convertido en un monstruo asesino y enloquecido. Quizá estuviera llevando en el vientre a un ser desalmado, que inundaría el mundo de más dolor y tristeza. Por fortuna, las pruebas de Svala indicaron que Ferdinand tenía un alma pura.
 
Esperaba impaciente visitar a la hechicera para conocer el resultado de las pruebas. Saber que iba a dar a luz a una niña era maravilloso. Recordé el miedo con que acudí a recoger los resultados de Ferdinand. Al ser una niña no había nada que temer: el mal no anida en el corazón de las mujeres.

                                                                         * * * * *
 
Le llevé una cesta llena de verduras de nuestra huerta a Svala. Llamé a la puerta, encima de la cual había un escudo del cuerpo de hechicería imperial, y la hechicera del pueblo abrió y me sonrió:
 
—¡Ellianne! ¿Cómo estás? —dijo y me besó las mejillas.
 
—Con ganas de tener a Alys en los brazos.
 
—¿Ya le has puesto nombre?
 
Me invitó a pasar y charlamos un rato, mientras preparaba té de Sinibulast para las dos. Aún faltaba una hora para que la poción de alineamiento se estabilizara, pero la de afinidad ya estaba lista, y Svala la trajo mientras tomábamos la segunda taza de té.
 
—Tiene una afinidad muy buena con la magia —dijo Svala.
 
La composición del líquido que había en la botella redonda y de cuello largo era un secreto de estado. El único ingrediente que conocía era un mechón de mis cabellos. El recipiente de cristal contenía un líquido blanco, lo que simbolizaba la claridad con la que Alys percibiría la magia.
 
—¿Podría convertirse en hechicera?
 
—Si le gusta la magia y tiene la paciencia para estudiar… El blanco es casi puro. Mi poción de afinidad fue gris clara y fui una de las mejores de mi clase, así que imagínate.
 
Me alegré mucho por mi hija. Si Alys conseguía un puesto de hechicera, el Imperio quizá la mandara a la otra punta de sus dominios, pero tendría uno de los trabajos mejor pagados. Charlamos durante hora y media más, al cabo de la cual, Svala me invitó a acompañarla al laboratorio, la habitación de al lado.
 
—Así sabrás los resultados antes —me dijo la hechicera con una sonrisa.
 
El laboratorio, en cuyo centro había una mesa con pociones, tarros y utensilios desordenados, estaba lleno de estanterías con libros, otras con vasijas llenas de ingredientes, o vacías, y armarios con llave. En el centro de la mesa había una especie de baúl que Svala abrió con una llave de su llavero.
 
—Es mágico —me dijo mientras sacaba del baúl algo envuelto en un paño grueso y lo dejaba en la mesa—. Acelera la estabilización de la muestra.
 
Y cuando lo desenvolvió, inspiró fuerte, estupefacta. Retrocedió dos pasos, se tapó la boca con las manos temblorosas y me miró con los ojos muy abiertos. Sentí como si el corazón quisiera salírseme del pecho. Los colores de la poción de alineamiento asociaban bondad con el azul del día y maldad con la negrura de la noche. Aquella poción era tan oscura como una caverna de madrugada.
 
—Alys… Alys es un monstruo —dijo Svala y me partió el corazón—. ¡Es igual de maligna que un demonio! Y su poder mágico es enorme. ¡Es una pesadilla!
 
No pude soportarlo: empecé a llorar. Svala me abrazó y me dejó sollozar contra su hombro.
 
—Tiene que ser un error… Es una niña, no puede… —dije entre lágrimas.
 
—No hay error, y sí que puede. Es una superstición pensar que solo los hombres pueden ser muy malos. Solo lo exteriorizan más y por eso la gente se lo cree, pero el mal anida igual de fuerte en hombres que en mujeres.
 
Slava me separó con suavidad, me secó las lágrimas y me miró muy seria.
 
—No podemos permitir que crezca un monstruo entre nosotros. Tendrás que encargarte tú.
 
Callamos un instante en el que solo pude mirar a la hechicera.
 
—Darás a luz a Alys y tendrás siete semanas para matarla. Es terrible, pero salvarás muchas vidas. No tiene por qué sufrir; ahógala con una almohada. Júrame que lo harás.
 
Retrocedí horrorizada, hasta que el contacto con la mesa me detuvo. Tenía la mano sobre el vientre abultado. Recordé a Ferdinand recién nacido. Era una cosita tan pequeña, tan bonita… De pronto, me volvieron a correr lágrimas por las mejillas.
 
—¡No puedo! No me pidas eso… tiene que haber… otra solución.
 
Tuve miedo de que Slava, por hacerle un bien a la Humanidad, me arrancara a Alys de las entrañas. Quise salir del laboratorio sin darle la espalda a la hechicera.
 
—¡No te me acerques! —le grité.
 
—Espera… perdóname —dijo Svala —. Era una prueba. Nadie va a hacerle daño a tu hija. Nadie debe hacerlo.
 
Svala se acercó despacio y volvió a secarme las lágrimas acariciándome las mejillas.
 
—No se puede combatir el mal con el mal. Si matáramos a Alys mientras sea una niña, caería sobre el pueblo la peor de las maldiciones. Moriría aún más gente.
 
La hechicera me llevó de la mano hasta el salón. Nos sentamos frente a la tetera y las tazas vacías.
 
—Lo único que podemos hacer con un mal tan poderoso es transferirlo. Darás a luz a Alys y la cuidarás un par de años como mucho. Luego la enviaremos al norte del Imperio, a Iorusuca, a Boruharis o, incluso, a Farunq. Ya veremos.
 
Al principio me resistí, pero las razones de Svala eran buenas. Y al final, juré que daría en adopción a Alys cuando cumpliera dos años.

31 enero 2018

#OrigiReto2018 La noche del amor

Relato para el Reto de escritura de #OrigiReto2018 - Ejercicio: 01 - Crea una historia que esté centrada en un ritual.

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Aquí la pegatina:



Y a partir de aquí, el relato.

LA NOCHE DEL AMOR



No soportaba aquel ritual ni el nombre que le habían dado: la noche del amor. El amor no era aquello. No llegué a conocerlo, pero leí sobre él, lo vi en los ojos de mis familiares y de mis amigos… Y aquella aberración no merecía tal nombre.

Aunque ya estaba acostumbrado, lo peor de todo era ser el encargado de preparar la ceremonia y tener que responsabilizarme de presidir su celebración. La guerra nuclear no solo se había llevado miles de millones de vidas, también había terminado con costumbres y sentimientos que, antes del fin del viejo mundo, se creían inseparables de nuestra especie.

Cuando salí de mi habitación rumbo a la sala donde me esperaban las cuatro chicas, vestía el traje ceremonial: la túnica roja con cinturón negro. Vestían prendas del mismo color las cuatro niñas: María, Paula, Rosa y Julia. Ellas llevaban el cabello recogido. Sus futuras parejas también vestirían túnicas, azules en su caso. Aquella vestimenta arcaica trataba de representar una vuelta a la Naturaleza perdida, a pesar de que emparejar a seres humanos de tal forma era del todo artificial.
Aquel ritual no fue como los demás. A mitad de camino del salón donde esperaban todos, Marcos salió de algún sitio y se abrazó a Julia.

—No vayas —le dijo a la chica.

—¡Suéltame! ¿Aún no entiendes que no me importas, que solo jugué contigo?

Pero a Julia se le habían arrasado los ojos y a pesar de que Marcos solo le llegaba a la cintura, no se libró de él.

—Marcos —le dije mientras le obligaba a soltarla—, es su obligación.

Julia y Marcos eran una pareja extraña. Decían los rumores que se amaban, aunque se educaba a todo el mundo para que rechazara tal sentimiento. En otros tiempos, su amor habría tenido futuro. En el nuevo mundo, un hombre estéril no podía exigirle a una mujer fértil que renunciara a la noche del amor, ni siquiera aunque su esterilidad se debiera a mutaciones causadas por la radiación.

Aquella noche del amor apenas pudo empezar. Pronuncié la primera frase del ritual y una explosión, que llenó de humo parte del salón, nos hizo agacharnos o intentar huir. Ya no soy joven: me quedé sentado en el suelo, atónito. Y cuando vi a Marcos correr hacia Julia, tomarla de la mano y huir con ella, supe que la explosión fue parte de su plan.

* * * * *

Al principio no entendí el plan de Marcos. Atraparon a los dos chicos tras una persecución a través de un par de kilómetros de galerías. Encarcelaron a Marcos y la noche del amor que había interrumpido se celebró dos días después. Reunido con los otros dos miembros del Consejo, intercedí por Marcos, pero José Enrique y Paloma fueron inflexibles. Con mi voto en contra, decidimos ejecutar al muchacho. Pedí a mis compañeros ser quien le comunicara la sentencia.

Marcos escuchó mis palabras sin manifestar emociones. Se esperaría tal decisión. Le pregunté por qué había intentado aquello.

—Porque amo a Julia, y ella no quería acostarse con otro.

—Es su obligación.

—Y Julia la acepta, pero le parte el corazón. Lo sé, y no quiero ese futuro para ella.

No respondí. No tenía sentido reiterar que las mujeres debían tener todos los hijos posibles, para que las poblaciones menguaran más despacio. Cuando la atmósfera estuviera limpia y las comunidades dispersas pudieran reunirse, ya no sería tan necesario.

—Antes de morir —dijo Marcos—, quiero enseñarle algo. Por favor.

Llamé a dos hombres, que abrieron la celda y le ataron los brazos. Marcos nos condujo por una ruta muy larga y sinuosa. Y me quedé atónito cuando abrió una puerta muy bien disimulada. En un salón de la caverna, Marcos había construido campos de cultivo y muebles. Tenía que haberle llevado meses crear aquello, tiempo robado al sueño. Era un trabajo hecho tras las jornadas agotadoras en los cultivos de la comunidad. Me sorprendió la ingenuidad del joven, que creía que podría vivir allí con Julia sin que, tarde o temprano, alguien les descubriera.

—Que la comunidad aproveche todo esto. A Julia y a mí ya no nos hará falta —dijo Marcos con tristeza.

Avancé hacia el dormitorio que el chico había creado en una esquina. Había pinturas rupestres y, hecho a lápiz, un retrato de Julia, que me sonreía. No sabía que Marcos supiera dibujar, ni que alguien pudiese amar con tanta pasión en un mundo donde los sentimientos eran algo lejano y olvidado. 

* * * * *

Pensé que no volvería a sentir tanta tristeza como la que me atormentó los primeros años tras la guerra nuclear. El día de la ejecución de Marcos descubrí que me equivocaba. En nuestra comunidad no se toleraba la violencia, así que nadie heriría a Marcos. Le haríamos salir al exterior sin traje: moriría en pocas horas.

Estábamos a punto de matar al mejor de nosotros, al más valiente, al que aún podía amar y soñar con una vida cuyo único propósito no fuera mantener la especie. En el viejo mundo habría sido un ejemplo, un héroe de los que siempre se andaba escaso. En el nuevo mundo, no había sitio para él.

—¡Marcos! Todo lo que te dije era mentira. ¡Te quiero!

El muchacho se volvió, pero era tan pequeño que no pudo ver a Julia. Marcos le declaró su amor por última vez, la joven empezó a llorar y recordé aquellas novelas románticas de antes de la guerra. La diferencia era que el galán era demasiado pequeño y feo, y que el amor había perdido. Empujaron al chico hasta la exclusa y Paloma, que abrió la puerta, le sonrió.

—Haznos un favor. Aléjate todo lo que puedas y ahórranos ver tu cadáver la próxima vez que salgamos.

Aquella muestra de crueldad estuvo a punto de conseguir que me rebelara. Habría impedido que le metieran en la exclusa, habría gritado que aquello era monstruoso, que no teníamos derecho a matar a nadie por escuchar a su corazón, que él no había intentado hacerle daño a nadie. Pero yo no era como Marcos. Cerraron la exclusa y la única protesta fueron los sollozos de Julia.

La puerta exterior se abrió y Marcos se alejó, sin volver la vista atrás ni una sola vez.

24 enero 2018

#OrigiReto2018 Llueve ceniza

Relato para el Reto de escritura de #OrigiReto2018 - Ejercicio: 01 - Elige un momento histórico importante y describe como sería la vida hoy si hubiera sucedido de otra forma.

Bases en:
http://nosoyadictaaloslibros.blogspot.com.es/2017/12/reto-de-escritura-2018-origireto.html
o en
http://plumakatty.blogspot.com.es/2017/12/origireto-creativo-2018-juguemos.html

Aquí la pegatina:




Y a partir de aquí, el relato.

LLUEVE CENIZA 



Cuando la lluvia me obligaba a quedarme en la entrada de la cueva, viendo las gotas de ceniza húmeda envenenar un poco más la tierra, al otro lado del muro de cristal, me acordaba del arte del pasado. Antes, la lluvia inspiraba melancolía, romanticismo; la pintaban, salía en las películas. Verla caer desde el otro lado de una ventana era hermoso, decían. Ojalá hubiera crecido en esa época. En aquel instante, la impotencia me causaba una opresión en el pecho. No estaba segura de si había cubierto bien el brote que era mi última esperanza de ver un mundo diferente algún día. Si la lluvia lo abrasaba…

El ruido de unos pasos me hizo volverme. Era Francisco quien, desde hacía dos semanas, era la persona de mayor edad de la cueva. El hombre se acercó al cristal y se quedó mirando al exterior.

—¿Cuánto tiempo ha estado lloviendo?

—Llevo aquí un par de horas y ya llovía. No ha parado —dije.

Francisco observó un rato los caminos que las gotas de ceniza describían en el cristal que nos protegía del exterior.

—Paula y yo creímos tener mala suerte en nuestra luna de miel porque llovió durante tres días y no pudimos recorrer todas las calles de Nueva York que nos habíamos propuesto. —Suspiró—. ¿Cómo íbamos a saber que la lluvia se convertiría en eso?

—Así son las cosas.

—Sí, son así, pero… las cosas no tenían que ser así. Nos decían que el viaje de novios de nuestros hijos sería a la Luna. Y le decía a mi mujer que iríamos al puerto espacial a despedirles, dos veces.

No habría sabido qué decirle. Por suerte, no volvió a hablar. Francisco era el único habitante de la Cueva de la Pileta que aún recordaba el viejo mundo. Y a pesar de los años transcurridos, aún añoraba a su mujer y a sus dos hijos, de tres y dos años cuando sucedió todo. Fantaseaba con lo que podrían haber sido: médicos, abogados, ingenieros… Soñaba con ellos para olvidar que estaban en Madrid, la capital de lo que había sido España, cuando estalló la guerra. La ciudad debía de ser un montón de cascotes y cenizas, formado por los restos de sus edificios y de los cadáveres.

Nadie había sobrevivido al bombardeo. Francisco se salvó porque realizaba excavaciones en aquella misma cueva. Y en nuestra comunidad, sabíamos que Francisco habría preferido morir con ellos.

* * * * * 

Mi brote había sobrevivido a la lluvia, aunque se le habían quemado varias hojas. Agoté mis dos horas de uso de uno de los trajes de la comunidad en regar, echar un poco de abono y reforzar la protección que una pared de roca natural proporcionaba al brote de algarrobo del que cuidaba. Francisco decía que la tierra daría muestras de empezar a curarse cuando los árboles volvieran a crecer. Mi esperanza era acelerar el proceso, que el algarrobo creciera. Quizá, cuando pasaran muchos años, podría salir al exterior sin protección, con ropa corriente.

* * * * * 

Mis esperanzas se fueron marchitando a medida que mi brote perdía las hojas una tras otra. Solo le quedaban dos, y una empezaba a ponerse marrón. Si el brote moría, esperaría un año y volvería a intentarlo, pero ignoraba cuántas veces sería capaz de insistir.

Un rumor constante de pasos y voces me hizo levantarme de la cama. Y cuando supe qué sucedía, se me olvidó la preocupación por mi brote. Me dirigí lo más rápido que pude a la entrada de la cueva, ocupada ya por la mitad de los habitantes de la cueva. Y les vi. Los viajeros fueron saliendo uno a uno de la sala de esterilización.

Seis meses atrás, cinco personas habían abandonado la cueva. Su misión era medir los niveles de radiación lo más cerca posible de la cima del Mulhacén. Ese valor permitiría ajustar los modelos que había desarrollado Francisco y aclarar cuánto tiempo tendría que pasar para que el aire libre dejara de ser peligroso. Además, queríamos averiguar si había otras cuevas habitadas en la región.

Las había. De los cinco que habían regresado, tres eran desconocidos. Habíamos intercambiado gente con una de las cuevas que habían encontrado. La noticia maravillosa era que en la zona del Mulhacén vivían casi doscientas personas. Entre nuestra cueva y la del gato, sumábamos ochenta y dos habitantes. Éramos tan pocos que, en pocas generaciones, todos seríamos parientes y el futuro de la comunidad estaría en peligro. Si manteníamos el contacto con esas otras cuevas, tendríamos una oportunidad.

Los nuevos eran dos chicos y una chica. Quizá me fertilizara uno de ellos, cuando me hiciera mayor de edad. Una de las cosas que más entristecían a Francisco era que la familia formada en torno a una pareja fuera un concepto obsoleto. Mi obligación era tener hijos con todos los hombres que pudiera. Nuestra población tenía que dejar de menguar.

* * * * * 

—¿Cómo va tu brote? —me preguntó Francisco en su lecho de muerte.

—Mal.

Francisco me dijo que lo sentía y un ataque de tos le hizo callar. Cuando se recobró me pidió que le diera la mano.

—Anoche tuve un sueño. Soñé que EE.UU. y la U.R.S.S. iniciaban conversaciones secretas. Que los americanos retiraban sus misiles de Turquía y se comprometían a no invadir Cuba, y que los soviéticos se llevaban sus misiles de la isla. Y la guerra no estallaba. Y Paula te invitaba a cenar a casa, porque eras amiga de mis hijos.

Era un sueño precioso. Así tuvo que suceder todo. En la realidad, un grupo de militares cubanos fanáticos se hizo con el control de varias cabezas nucleares rusas. Fidel Castro no pudo detenerlos y arrasaron Florida y el sur de Louisiana. Estados Unidos destruyó Cuba, la Unión Soviética bombardeó EE.UU., estos lanzaron todos sus misiles contra la U.R.S.S…. La Tierra entera quedó destruida por aquella estúpida rivalidad.

* * * * *

Hice la última visita a mi brote, que ya era una ramita seca. No pude evitarlo; me senté junto al brote seco y lloré como si fuera una niña pequeña. Cuando me calmé, examiné el brote: quizá pudiera devolverle a la comunidad parte del abono.

Y cuando recogía con cuidado la tierra fértil, se me escaparon unas risas. En la base de la ramita seca, estaba naciendo una nueva hoja.