29 junio 2019

#OrigiReto2019 No quería romperme

Este es el microrrelato de junio de 2019 para el OrigiReto 2019. Las normas de este reto se pueden consultar en las bitácoras de las organizadoras:

http://plumakatty.blogspot.com/2018/12/origireto-creativo-edicion-2019.html

o en

http://nosoyadictaaloslibros.blogspot.com/2018/12/reto-de-escritura-2019-origireto.html

Este relato tiene 957 caracteres según https://www.contarcaracteres.com/ . Está relacionado con el siguiente relato de Fabiola:

https://lunacrestblog.wordpress.com/2019/06/13/una-nacion-a-oscuras-origireto2019-junio/

Cumple con el objetivo  6. Escribe un relato en que no aparezcan seres vivos, y el objeto oculto es 8. Extintor.

Aquí está la pegatina del mes:



Espero que os guste.



NO QUERÍA ROMPERME

Me siento triste. Habían puesto tantas esperanzas en mí y, cuando llegó la hora de aguantar, me vine abajo. Era la torre eléctrica más grande del sistema eléctrico del país. Estaba hecha de acero puro y, en mi inocencia, creí que no me podía romper.

Bastó una semana de lluvias. La crecida del río que había a varios kilómetros arrastró la tierra que había bajo el cemento con que me sujetaba al suelo. Soy tan orgullosa que no le di importancia.

Hasta que un día, una de mis patas se quebró debido a que la falta de tierra volcaba todo mi peso en ella. Y debido, también, a la falta de mantenimiento que había provocado la corrosión de varias de las barras que me componían. Caí sin remedio, los cables que sujetaba se rompieron y las chispas provocaron un incendio.

En la central eléctrica no había ni un simple extintor. Dicen que el incendio dejó al país largos días sin electricidad, que hubo disturbios y saqueos.

Lo siento mucho. No quería romperme.




26 junio 2019

#OrigiReto2019 Una pradera infinita

Este es el relato de junio de 2019 para el OrigiReto 2019. Las normas de este reto se pueden consultar en las bitácoras de las organizadoras:

http://plumakatty.blogspot.com/2018/12/origireto-creativo-edicion-2019.html

o en

http://nosoyadictaaloslibros.blogspot.com/2018/12/reto-de-escritura-2019-origireto.html

Este relato tiene 1887 palabras según https://www.contarcaracteres.com/ (dos son astericos para separar escenas: la cuenta que da la web son 1889 con esos astericos) y, para evitar destripes, diré al final qué objetivo cumple. Los objetos ocultos que incluye son plaga de babosas y ángel. Espero que os guste.


UNA PRADERA INFINITA

Ares se pasaba toda la semana esperando a que llegara el domingo. Y cuando ese domingo amanecía soleado y fresco, se empezaba a alegrar desde el momento en que se levantaba. El motivo era que si aquel día amanecía con buen tiempo, se pasaría toda la mañana con su familia, paseando por el campo.

Desayunaron todos juntos, en el salón. Aunque su familia estuviera compuesta solo de humanos, Ares los quería lo mismo que a aquella perrita tan guapa de la que anduvo enamorado hacía un año. Le tenía un cariño particular a Mateo, el niño de cuatro años del matrimonio, a pesar de que le daba muchos sobresaltos y quebraderos de cabeza. No se podía creer que un humano con esa edad fuera tan torpe e inconsciente. La semana pasada, cuando la plaga de babosas estaba en su peor momento, durante el paseo de aquel domingo, Ares tuvo que quitarle cinco veces de las manos alguna de aquellas babosas repulsivas. Sus padres tuvieron que hacer lo mismo en varias ocasiones. El niño no tenía conciencia del peligro: no se le ocurría que existen babosas que secretan veneno.

Ares se subió a una silla y se puso a contemplar la pequeña pradera por la que estaban a punto de pasear. Movió el rabo y ladró un par de veces, impaciente por iniciar el recorrido. A Ares le gustaba aquella pradera, aunque le parecía muy pequeña. Apenas a un kilómetro había una valla que la limitaba, debido a que pasaba por allí una carretera. Soñaba con pasear por praderas mucho más grandes, de esas a las que no se les veía el final y en las que no había vallas que le impidieran caminar por donde deseara.

Por fin, le pusieron la correa y salieron a dar su paseo. Ares disfrutó de los primeros momentos con despreocupación. Hizo sus necesidades y correteó un buen rato. Luego, saludo a un par de perros amigos que paseaban por la zona con sus familias humanas. Pronto, empezó a vigilar al niño de su familia. Ares no había visto ninguna babosa, pero cuando lo vio sentarse frente a un matorral e intentar coger algo que había dentro, corrió hacia él. Por suerte, se trataba de un caracol, que se puso en la palma de la mano. Aprovechó para lamerle un par de veces la cara, lo que le provocó varias risotadas.

El padre le quitó el caracol al niño, lo hizo que se levantara, y siguieron paseando. Ares se sentía más tranquilo cuando los humanos adultos estaban cerca del pequeño, porque eran más grandes y fuertes que él, pero no estaba dispuesto a consentir que nada le hiciera daño.

Tras otro cuarto de hora de paseo, Ares percibió un olor extraño. Era de un animal muy diferente a otro perro o un gato. Los dos adultos de la familia se habían sentado, pero Ares gozaba de mucha libertad de movimiento porque llevaba una correa extensible. El niño caminaba hacia unos matorrales y se sentó para ver algo. Ares hizo ademán de acercársele, pero seguía percibiendo aquel olor extraño, y se alejó hacia unos setos que tenía a su derecha, con el propósito de identificar qué animal despedía aquel aroma.

No pudo localizar la fuente de aquel olor, pero se hizo más fuerte cuando se aproximó al niño, que se había levantado y cruzaba el matorral. Como los adultos seguían distraídos, Ares ladró y rodeó los matorrales. Y se quedó horrorizado. Mateo se había quedado muy quieto, igual de asustado que él. Al fin, Ares identificó el olor extraño. Había seis jabalíes a apenas veinte metros de ellos. Eran seres monstruosos, el doble de grandes que Ares.

Las patas le empezaron a temblar, pero jamás abandonaría a aquel niño a quien tanto quería. Se le aproximó despacio, con la intención de morderle una manga y llevárselo de allí sin que los monstruos lo advirtieran. Apenas dio dos pasos: uno de los jabalíes gruñó y cargó contra el niño. Los otros se volvieron, dispuestos a seguirlo. Ares dudó un instante. Eran seis monstruos enormes y él un perro mediano tirando a pequeño. Si fuera un pastor alemán, o un mastín, quizá tuviera algo que hacer, pero él…

Le bastó oír gritar a Mateo y ver que intentaba huir. Cargó contra el jabalí y lo detuvo en plena carrera con un mordisco en el cuello. El monstruo se revolvió y consiguió liberarse, pero Ares le gruñó y amagó cuatro dentelladas. Consiguió obligar al jabalí a olvidarse de su primer objetivo y centrarse en él, y con eso, salvó al niño. Los adultos habían acudido al oír sus ladridos y los gritos y el hombre cogió a Mateo en brazos y se lo llevó de allí.

Los otros cinco jabalíes se habían acercado y Ares comprendió que tenía que cubrir la huida de los humanos, que tampoco podrían enfrentarse a seis de aquellos monstruos. Ares retrocedió amagando ataques contra los jabalíes más adelantados. Tuvo que retroceder hasta el otro lado de los matorrales, pero logró ralentizar el avance de aquellas fieras.

Apenas aguantó un minuto. Mordió a un jabalí en una oreja, pero otro le dio un golpe tan fuerte en un costado que lo alzó en el aire y cayó a un par de metros. Quiso levantarse, pero otro jabalí lo golpeó. Evitó unos instantes que lo atraparan a base de rodar y dar saltos.

Entonces vio a su amo intentando acercársele y gritando a los jabalíes para ahuyentarlos. Aquello le dio las últimas fuerzas: iba desarmado, tenía que protegerlo de aquellas seis bestias. Saltó a la grupa de uno de los jabalíes y le mordió en el cuello. La bestia se encabritó y Ares se mantuvo encima todo el tiempo que pudo. Cuando la bestia se libró de él, otro jabalí le clavó un colmillo en una pata mientras Ares caía. Con la pata inutilizada, no pudo zafarse y las bestias cayeron sobre él.

A Ares le dolía todo. Aquellas fieras no paraban de morderle y patearle. Estaba a punto de perder la consciencia cuando notó que varios humanos estaban atacando a los jabalíes y que un hombre joven lo cogió en brazos y se lo llevó de allí.

Ares luchaba por no perder la consciencia. Sentía que se estaba muriendo. Lo metieron a toda prisa en el asiento trasero de un automóvil, como cuando se sentía enfermo y lo llevaban a un lugar muy desagradable, donde una mujer vestida de blanco lo molestaba y, a veces, le hacía daño. No entendía por qué lo llevaban allí, si él no había hecho nada malo. Intentó quejarse, pero no fue capaz de emitir ni un ladrido débil.

Después de un rato, Ares perdió la consciencia.


*


Luisa estaba acostumbrada a perder pacientes, pero nunca se libraba de la tristeza cuando le sucedía. Y en aquel caso, le daba mucha más pena. Dos hombres le habían traído a aquel perro, Ares, a toda prisa. Estaba tan destrozado que supo desde el principio que no había nada que hacer, pero no dijo nada: no fue capaz.

Miró el cadáver de aquel perro, que no era especialmente grande, pero que había peleado él solo contra seis jabalíes para proteger a un niño de cuatro años. Ella había luchado por su vida durante media hora, intentando detener la sangre que le manaba por decenas de heridas. Hizo todo lo que pudo, quiso devolverle el favor a aquel perro tan valiente, pero Luisa no había podido salvarlo.

Se quitó los guantes ensangrentados y cubrió a Ares con una sábana. Solo le dejó la cabeza descubierta. Era mejor que sus dueños no vieran lo destrozado que estaba, en particular el niño, que se llamaba Mateo. Salió a la sala de espera con un nudo en la garganta. Comunicarles lo que había pasado, en aquella ocasión, se le hizo mucho más difícil que otras veces.

—No he podido hacer nada por él, lo siento —dijo Luisa. Esperó a que la familia, en particular el niño, se calmaran, y añadió—: ¿quieren despedirse de él?

Pasaron los cuatro a la consulta y se quedaron atónitos. Estaban los guantes ensangrentados, la sábana con que había cubierto al animal con manchas de sangre. Había sangre en la mesa de operaciones.
Pero Ares había desaparecido.


*


Un viento frío despertó a Ares. El aire era muy húmedo y todo a su alrededor era blanco. Se sentía muy confuso y no sabía muy bien donde estaba. Sabía que un humano lo sostenía en brazos y que tenía que haber un pájaro muy grande cerca. Lo más raro era que no sentía dolor alguno.

Comprendió que se movía muy rápido, casi tanto como cuando su familia humana lo llevaba en automóvil, cuando salieron de aquel manto blanco que los rodeaba y vio trozos de cielo azul entre nubes. Reparó, asombrado, que estaba volando. Podía ver el suelo muy abajo, muy lejos. Pero lo más extraño era que se hallaba en brazos de un humano muy alto, de brazos poderosos, que volaba batiendo unas alas blancas enormes. Aquello era muy extraño, porque Ares había visto a miles de humanos y ninguno de ellos tenía alas.

—No tengas miedo, Ares —dijo el extraño humano—. No dejaré que te caigas.

Aquello era otra novedad. Ares nunca había entendido el lenguaje humano. Reconocía algunas palabras porque podía asociarlas a distintas acciones, como salir de paseo, o como su nombre, pero era incapaz de entender lo que le decían. Lo único de lo que era capaz era de saber si el humano estaba contento, triste o enfadado. Pensó en que, si podía entenderlo, ¿podría el humano entenderle a él?

—No estoy asustado —dijo Ares—. Solo querría saber dónde estoy.

—Es lógico, con lo valiente que eres. Estás de camino a un sitio que te va a gustar mucho.

—¿Me llevas con mi familia?

—¿Con tu familia humana? Me temo que no. Es difícil de explicar. —El humano alado calló unos instantes—. Seré claro. Aquellos jabalíes te mataron. Vi todo lo que pasó y te habría ayudado, pero los ángeles no tenemos permiso para intervenir en asuntos terrenales. Sin embargo, me conmovió tanto lo que hiciste que recé pidiendo permiso. Las almas de los animales se disuelven en el vacío cuando mueren, pero me han permitido salvar la tuya, como premio a lo que hiciste.

—Cualquier perro habría hecho lo mismo.

—Casi todos habrían luchado en tu caso, sí, pero no todos habrían peleado hasta el fin por salvar a un niño. A muchos les habría podido el miedo.

Callaron un rato. El ángel seguía atravesando nubes y subiendo cada vez más.

—¿No podría despedirme de mi familia, para decirles que estoy bien?

—No. Pero te aseguro que no te van a olvidar nunca. Y cuando Mateo crezca, le hablarán de ti, de que está vivo porque atacaste a seis jabalíes para salvarlo. Se sentirán orgullosos de haber tenido a un perro como tú.

Los perros no pueden llorar. Sufren y se les rompe el corazón, pero llorar es un privilegio de los seres humanos. Sin embargo, Ares habría empezado a sollozar en aquel momento.

—¿Adónde me llevas? —preguntó Ares cuando logró controlar sus sentimientos.

—Al lugar donde dejamos a los animales que nos permiten salvar. Vivirás todo el tiempo rodeado de otros perros y es un sitio que te va a encantar. Te llevo a una pradera infinita.

*  *  *  *  *

Espero que no haya resultado muy pasteloso, pero me pareció una forma adecuada de meter a un ángel, objeto que me resultaba complicado.

El objetivo que cumple es el 19. Básate en una noticia o hecho real para escribir un relato. La noticia a la que hace referencia, que me conmovió mucho, fue esta:


Aún queda el microrrelato. Lo subiré pronto.

30 mayo 2019

#OrigiReto2019 La maldición de la ondina

Este es el microrrelato de mayo de 2019 para el OrigiReto 2019. Las normas de este reto se pueden consultar en las bitácoras de las organizadoras:

http://plumakatty.blogspot.com/2018/12/origireto-creativo-edicion-2019.html

o en

http://nosoyadictaaloslibros.blogspot.com/2018/12/reto-de-escritura-2019-origireto.html

Este relato tiene 981 caracteres según https://www.contarcaracteres.com/ . Está relacionado con el siguiente relato:

https://atalantastales.blogspot.com/2019/05/pequenos-malentendidos.html

La pegatina del mes está aquí:



No hay destripes si digo objetivo y objeto oculto: El objetivo es el 16. Escribe un relato que transcurra al completo bajo el agua y el objeto es el 4. Una criatura mitológica. (Una cecaelia, aunque podría ser también una bruja del mar). Espero que os guste.


LA MALDICIÓN DE LA ONDINA 

Niyati sonrió a Mihu y no advirtió que una criatura, con forma de mujer y ocho tentáculos de pulpo en vez de piernas se le había acercado por la espalda.

—Déjanos a solas un momento, Mihu —dijo y lanzó un hechizo que hizo desvanecerse al espíritu.

Niyati intentó liberarse. Sentía la maldad que guardaba el alma de aquella criatura.

—Haré que mi amiga te suelte el tobillo, pero antes…

La cecaelia la rodeó por completo con sus tentáculos. Miró a Niyati a los ojos, y los de la criatura brillaron con un fulgor rojo.

—Por fin —dijo la cecaelia mientras despegaba sus tentáculos de ella—. Tu magia es muy poderosa. Qué pena que no hayas sabido controlarla antes. ¿Recuerdas las heridas que has provocado hace unas horas? Gracias a mí, causarás mucho más daño y, lo mejor, no podrás evitarlo. Disfruta de mi maldición.

La criatura se rio y el alga liberó a Niyati. Y la cecaelia huyó a toda prisa. El tiburón volvió a materializarse.

Por primera vez, Niyati vio llorar a un tiburón.

07 mayo 2019

#OrigiReto2019 Soy un caballero delincuente

Este es el relato de mayo de 2019 para el OrigiReto 2019. Las normas de este reto se pueden consultar en las bitácoras de las organizadoras:

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http://nosoyadictaaloslibros.blogspot.com/2018/12/reto-de-escritura-2019-origireto.html

Este relato tiene 1845 palabras según https://www.contarcaracteres.com/ y, para evitar destripes, diré al final qué objetivo cumple. Los objetos ocultos que incluye son 35. una bicicleta y 31. un candado.

Tengo que confesar que este relato es muy exagerado, pero se basta en algunas noticias reales que van sonando por ahí. Las diré al final, por eso de los destripes.


SOY UN CABALLERO DELINCUENTE


La vida de delincuente es un asco. Uno se pasa todo el día contribuyendo al bienestar del país y obtiene muy poco reconocimiento, muy poco. Aquella mañana estuve casi una hora buscando algo que robar, pero los malditos ciudadanos protegían cada vez mejor sus pertenencias. Aporreé varias ventanas con mi vara de acero, pero no cedieron, salvo una. Por desgracia, los moradores de aquella casa no eran sus propietarios, sino “ocupas”, y amenazaron a gritos con llamar a la policía. Me disculpé de inmediato y salí corriendo.

Aquel error me puso de mal humor y tuve un “bajón”. Me costó un rato, pero me consolé pensando en que los delincuentes de los tiempos anteriores a la reforma constitucional de 2037 tenían mucha menos suerte. Era difícil de creer, pero en aquella época, cuando entrabas en una casa para robar, te encontrabas a dos viejos y los molías a palos, si la policía te atrapaba pasabas mucho tiempo entre rejas. No se tenía en cuenta el servicio social que prestaba el sufrido delincuente, que movilizaba los recursos atesorados por los vejestorios y, si había suerte y alguno moría, libraban al estado de seguir pagándoles la pensión. Toda la sociedad se beneficiaba y nadie se lo reconocía al ladrón que se arriesgaba en aquellos robos.

Estaba muy frustrado cuando, al fin, vi una bicicleta vieja atada a una farola por medio de una cadena bastante gruesa. Había un candado de buena calidad, pero no pensé que resistiera los golpes de mi barra de hierro. Empecé a golpear con saña el candado hasta que conseguí destrozarlo, pero tardé demasiado tiempo. Una pareja apareció y el hombre, a bastante distancia, gritó:

—¡He llamado a la policía! Por favor, necesito esa bicicleta.

—Y yo también —respondí—. No he conseguido robar nada en toda la mañana.

Fui retirando la cadena y sujeté la bicicleta del manillar. Estaba un poco vieja, pero me darían algo por ella en algún mercadillo ilegal. Un coche de policía se detuvo cerca de la acera y se bajaron dos policías. Yo me dediqué a examinar con tranquilidad las ruedas. Estaban en buen estado.

—Por favor —le dijo el hombre a los policías—. Es mi único medio de transporte. Si me la roban perderé el trabajo, y mi mujer está en el paro. Por favor.

Los policías se detuvieron a unos metros de mí. Los dos eran hombres musculosos, pero mientras que uno era muy blanco, el otro tenía la piel aceitunada.

—Caballero delincuente —me dijo el policía blanco—, de esa bicicleta dependen todos los ingresos de una familia. ¿Habría alguna posibilidad de que desistiera de realizar este robo?

—No la hay —respondí sin mirarlo—. Estoy ahorrando para mis vacaciones y ya sé que esos ciudadanos no tienen otro medio de transporte, no estoy sordo.

—Lo lamentamos —dijo el mismo policía a la pareja—. No podemos hacer más.

—Por favor —suplicó el hombre, tras acercarse y agarrar de las solapas al agente—. Tenemos tres hijos. Sin mi sueldo, las ayudas sociales no serán suficientes. Tenga piedad.

—¡Suélteme o le encierro por ataque a la autoridad! El caballero delincuente no quiere desistir.

Me llevé la bicicleta del manillar y para demostrarle a aquella pareja de ciudadanos quién mandaba, me fui muy cerca de ellos y le lancé a la mujer un besito irónico. Fue mi segundo error de aquella mañana: no pensar en que la clase ciudadana está llena de indeseables. Aquel tipo se me echó encima y empezó a forcejear para quitarme mi bicicleta. Incluso me dio un guantazo. Saqué de inmediato la navaja y empecé a apuñalarlo.

—¡Ayúdenle! —gritó la mujer, que arrancó a llorar.

—El caballero delincuente se limita a repeler la agresión —replicó el policía de piel aceitunada. 

Aquellos eran buenos policías y no hicieron caso a la mujer mientras seguía apuñalando a su marido. Incluso, cuando la mujer intentó defenderlo, la tiraron al suelo y le pusieron las esposas. Después de cuarenta puñaladas, me cansé de aquello y seguí mi camino.

—Que tenga un buen día, caballero delincuente —se despidió uno de los policías.

Aquel día estaba mejorando, pero aún no había llegado lo mejor. Una reportera y su cámara cruzaron la calle haciéndome gestos.

—Caballero delincuente —me dijo cuando estuvo delante de mí—, ¿me concede una entrevista?

—Pues claro, señorita.

—He visto que acaba de matar a un ciudadano, ¿por qué lo ha hecho? ¿Qué ha sentido?

—Estaba robándole y el gilipollas se lo tomó mal, así que tuve que defenderme. Me siento muy bien, casi tanto como si me dieras un morreo, princesa.

—Ja, ja, ja, qué gracioso es, caballero delincuente.

—Y eso que no me has visto desnudo, guapa.

La reportera se rio un buen rato y me estuvo haciendo preguntas acerca de mis robos de las últimas semanas. Yo seguí tirándole los tejos: las ciudadanas se volvían locas de contentas cuando un caballero se les insinuaba, pero aquella vez, la chica no me dio el teléfono. Daba igual: ya me ligaría a otra o, si no, me iría de putas cuando robara un poco más.

Tras la entrevista, caminé diez minutos hasta llegar a donde tenía aparcado el coche. Abrí el maletero y guardé allí la bicicleta, con cuidado de no dañar la cara tapicería. Hice rugir el motor y salí camino a mi chalé de las afueras. Mi intención era comer en casa y volver al centro a vender la bicicleta por la tarde. Había sido una buena mañana.

La suerte es caprichosa. Estaba a punto de entrar en la Avenida Héroes de la Verdad cuando dos coches de policía me cerraron el paso y tuve que frenar para no chocar con ellos. Otros dos me cerraron el paso por detrás. Los ocho agentes salieron de los coches y me apuntaron.

—¡Salga inmediatamente del coche con las manos en alto! —gritó uno de ellos.

Apagué el vehículo y salí del coche atónito, con las manos en alto. Los ocho policías se me aproximaron sin dejar de encañonarme. Dos de ellos eran la pareja que había detenido a la mujer a cuyo marido había matado a puñaladas. Un grupo de ciudadanos curiosos contemplaban la escena desde la acera. 

—Soy un caballero delincuente. ¿Cómo os atrevéis a tratarme así?

—¿No sabe lo que ha hecho? —respondió un policía—. ¿No lo sabe?

—No, así que dígamelo, que no tengo todo el día.

Los policías sonrieron con malicia y los dos agentes que se había encontrado antes se le acercaron.

—Conducía a 27 km/h cuando el límite en esta calle son 25 —dijo el de piel más clara.

—Pero eso es una estupidez. No me molesten por eso.

Me volví para volver a entrar, pero los agentes se me aproximaron dando gritos y empecé a sentirme intranquilo.

—No sé si es una estupidez —dijo el policía—, pero tendrá que pagar una multa.

—No me parece bien.

—¿Quiere decir que no piensa pagar? —respondió el agente, con una sonrisa cada vez más amplia.

—No, no, pagaré: soy un caballero delincuente.

—De acuerdo. —El agente sacó una anticuada libretilla y garabateó con un bolígrafo. Luego, me tendió el papel—. Son quince millones de euros, caballero delincuente. Tiene que pagar ahora mismo.

—¡Esto es un abuso! ¿Una multa de tráfico de quince millones? No llevo ese dinero encima, y no solo no voy a pagar sino que les voy a poner una demanda. Soy un caballero delincuente y tengo mis derechos.

—Me temo que no, ciudadano —dijo el policía de antes, que parecía a punto de estallar de felicidad—. Debe usted quince millones de euros al Estado. Ya no es un caballero delincuente, sino un deudor público; ahora es un ciudadano normal.

Los policías guardaron las pistolas y sacaron las porras. Uno de ellos quiso entrar en mi coche y cometí el error de intentar sujetarle la manga. Recibí tres golpes, el último de los cuales me obligó a caer de rodillas. El policía cerró la puerta y se llevó mi automóvil.

—El Estado se queda su coche a cuenta de la deuda pendiente —explicó el policía—. Esta tarde se le embargarán las cuentas y su vivienda pasará al Estado. Pero aún seguirá debiendo dinero, ciudadano.

No me podía creer lo que estaba pasando. Aquello era una pesadilla. Había nacido formando parte del colectivo de delincuentes y siempre había pensado que mis privilegios eran parte de mí. Desde niño me habían enseñado que podía hacer lo que quisiera. Cuando un gordinflón, un mariquita o una niña con coletas me disgustaban en el colegio, les pegaba y humillaba y los profesores me pedían perdón a mí. El orden natural de las cosas es que la gravedad de un delito no depende del delito, sino de quien lo comete. Había gente que no entendía que si un ciudadano mataba a un ladrón que entrara en su casa cometía un crimen mucho más despreciable que si el caballero delincuente mataba al dueño de la casa. No era agradable matar a alguien para robarle, pero era un riesgo al que se enfrentaba el sufrido caballero delincuente.

—Levántese —me dijo un policía.

Me quedé unos instantes arrodillado. Decidí que aquello no podía acabar así, que no podían quitarme mis derechos y tratarme igual que a un simple ciudadano después de todo lo que había hecho por el Estado. Somos los caballeros delincuentes los que damos significado al Estado y a la policía. Sin nosotros, ¿qué necesidad había de leyes, policías e impuestos? El régimen democrático se desmoronó porque creía en algo antinatural: que todos somos iguales ante la ley. ¿Me iban a aplicar a mí una monstruosidad semejante? ¿Me iban a juzgar como si fuera igual que los ciudadanos? Me levanté y me encaré al policía.

—Iré a comisaría, pero si me volveis a tocar haré que os despidan a todos. Soy un caballero delincuente.

—¿Está desafiando a la autoridad, ciudadano?

No me dio tiempo a responder. Los policías empezaron a pegarme. Intenté cubrirme y huir, pero me choqué con un coche de policía. En el asiento de atrás estaba la mujer del hombre al que había matado, que me miró un instante.

—¡Ayúdeme! —le dije—. Me están pegando.

Sentí una punzada en el pecho cuando la mujer volvió la vista e intenté alejarme mientras me seguían pegando. No podía creerme que me culpara de haber tenido que matar a su marido por resistirse a un robo. No entendía que aquella mujer viviera en un Estado de derecho y no entendiera lo básico de que los derechos se graduaban según el colectivo al que pertenecías.

—¡Soy un caballero delincuente! —grité desesperado mientras me golpeaban.

Los golpes me robaron las fuerzas y caí de rodillas. Miré a los curiosos y grité una súplica.

—¡Ayúdenme! ¡Soy un caballero delincuente!

Y aquellos desagradecidos empezaron a aplaudir. No pude soportarlo más y me desplomé. Solo entonces dejaron de pegarme.

—Debe millones al Estado y, encima, provoca a la policía —dijo un agente—. No va a salir de la cárcel en su puta vida, ciudadano.

Con la mejilla contra el asfalto, sentí los ojos llenos de lágrimas.

—Soy un caballero delincuente —supliqué en un murmullo.

* * * * * *

El objetivo 8. Crea un relato (post)apocalíptico/distópico. Narro un futuro posterior a 2037 en el que exagerar cosas que pasan hoy en día parece que nos conducen. Las noticias en que me he basado son dos, principalmente. Sobre todo en la primera: un de los de "La Manada" ha recibido una multa de 150.000 euros por difundir el vídeo de la víctima mientras la violaban. No por lo que ha hecho, por difundirlo en whatsupp o en youtube (eso ya no sé). Creo que la multa económica ha sido muy superior a la indemnización que le han asignado a la víctima, como si lo grave fuera difundir el vídeo, no filmarlo ni hacer lo que hicieron. Estas son las prioridades del Estado.

La segunda noticia fue el caso del hombre al que entraron en su casa varios encapuchados pegando tiros y él repelió la agresión a tiros. Para el dueño de la casa, se piden 20 años, para los atacantes, entre 4 y 5.

Elijo estas noticias para el objetivo de relato distópico porque para el de basarme en una noticia real, tengo algo mucho más bonito. El mes que viene lo leeréis.

06 mayo 2019

Razones para apoyar el cómic de Woodland Creatures

Hace muy poco se inició la campaña de Kickstarter para financiar el cómic basado en la novela de Cristina Roswell titulada Woodland Creatures:





https://www.amazon.es/Woodland-Creatures-Almas-Salvajes-mujer-lobo-ebook/dp/B01IFH6NG4/

El vínculo a la campaña de Kickstarter es el siguiente:

https://www.kickstarter.com/projects/498801272/woodland-creatures-not-your-run-of-the-mill-urban

Y bien, ¿por qué escribo este artículo para pediros que apoyeis esta campaña? Porque es una novela que empecé a leer hace muchísimos años, cuando me iniciaba en esto de las bitácoras. Como el blog donde empezó a publicarse la novela, con el título entonces de Lykaon, memorias de una mujer lobo, ya no existe, no puedo decir cuándo la publicó Cristina, pero creo que fue en 2004. Yo empecé a leer los capítulos en 2007 o 2008.

La autora estuvo publicando capítulos hasta quedarse parada en un punto, aproximadamente al 25% o al 33% de la extensión final. No recuerdo a qué se debió el parón, pero creo que fue porque comenzó a publicar con la editorial Kiwi sus novelas sobre Draculesti. Años después del parón, eliminó el último capítulo de Memorias de una mujer lobo y terminó la historia, que se convirtió en Woodland Creatures, que autopublicó en Amazon en 2016. Recibió nada menos que 60 comentarios. Por supuesto, leí la novela en su día y me encantó.

Y ahora está pidiendo apoyo para hacer una novela gráfica basada en la novela, con la colaboración del guionista Rafael Ruiz-Davila y del dibujante Tomás Aira.

¿Por qué quiero que la apoyeis? Porque Cristina y su novela Woodland Creatures se lo merecen y porque está haciendo algo que llevo muchos años soñando y nunca he tenido el valor de hacer: combinar cosas que escribo con ilustraciones o cómics. Me hace ilusión tener el cómic en las manos y ver como hay personas que van cumpliendo sus sueños.

28 abril 2019

#OrigiReto2019 La camarera

Este es el relato de abril de 2019 para el OrigiReto 2019. Las normas de este reto se pueden consultar en las bitácoras de las organizadoras:

http://plumakatty.blogspot.com/2018/12/origireto-creativo-edicion-2019.html

o en

http://nosoyadictaaloslibros.blogspot.com/2018/12/reto-de-escritura-2019-origireto.html

Este relato tiene 1987 palabras según https://www.contarpalabras.com/ (una es un asterisco para indicar un cambio de punto de vista de la narración). Para evitar destripes, diré al final qué objetivo cumple, aunque creo que es muy obvio. Los objetos ocultos que incluye son un informe médico y una lata de conservas caducada.

Aquí está la pegatina del mes. Este es otro de los meses en que pensé que no iba a llegar, pero lo logré.



Y aquí el relato. Espero que os guste.


LA CAMARERA



Una de las cosas que Deirdre añoraba más era el clima de su país. Pegada a una ventana de la cafetería, vio el cielo cubierto de nubes negras. Llovería con furia, se inundarían locales y se cortarían calles. En Hebroria la lluvia era siempre suave y bastaba con resguardarse bajo un árbol.

La preocupaba mucho Yolau, el último cliente de aquella tarde. Si le sorprendía la tormenta… Lo peor de vivir en Estikos era tener que ocultar sus sentimientos. Una mujer de tres metros de altura en Hebroria no llamaba la atención. En Estikos, era excepcional alcanzar los dos metros. Los estikanos sentían miedo o repulsión hacia ella y ni siquiera tenía amigos. Con Yolau todo era peor, porque provenía de una región donde nadie superaba el metro de altura, y él era incluso más pequeño. Ser tan bajo lo hacía sentirse tan solo como ella, y para Deirdre era una conexión muy profunda. Aparte, era muy inteligente, tenía muy buen humor y unos ojos negros preciosos.

Deirdre regresó a la barra mirando a Yolau. Llevaba mucho tiempo soñando con salir con él, pero había aprendido que los hombres solo aman a mujeres más pequeñas y débiles que ellos. Deirdre era cinco veces más alta que él y no se atrevía ni a insinuarse por miedo a asustarlo. Comprendía que alguien tan pequeño como él temiera enfurecerla a base de insinuaciones, pero soñaba con que supiera que Deirdre no le haría daño ni siquiera a un hombre que le diese asco.

—¿Quieres otro café? —le preguntó cuando Yolau levantó la vista de unos papeles que leía.

Deirdre entró en la barra y se lo preparó. Al calentar la leche estuvo a punto de mancharse y recordó que, muchas noches, fantaseaba con la idea de quedarse a solas con Yolau, como en aquel instante, mancharse la blusa a conciencia y quitarse la ropa delante de él. Adoraba desnudarse delante de alguien que la atrajera, pero no sería lógico hacerlo en mitad del salón. Solo se atrevía, pensó mientras le llevaba el café, a desabrocharse un par de botones de más de la blusa cuando estaban solos. Era natural que Deirdre tuviera que agacharse frente a él, ya que la mesa de Yolau era apropiada a su tamaño. Mientras le servía la leche en el café o mientras ella le sonreía, la miraba a los ojos. Una vez que Deirdre había desviado la vista, lo sorprendió mirándole el escote. Yolau había bajado los ojos avergonzado, pero, al menos, le demostró que no le daba asco. Por eso, Deirdre ladeó la cabeza.

—Va a caer una buena —le dijo.

—Sí.

Deirdre miró hacia un lado un poco más de tiempo del que sería normal. Se moría por proponerle algún plan, visitar un museo o dar un paseo juntos, pero si lo hacía, estaba segura de que no volvería a verlo. Soñaba con que se diera cuenta de que no le importaba que la mirase, que no le enseñaba el escote a nadie más. Quería que tomara la iniciativa, aunque solo fuera porque le gustaran sus pechos, porque ella no podía hacerlo.

Suspiró y regresó a la barra. De espaldas a él, apoyó el vientre en la barra con fingida inocencia y examinó una lata de conservas que llevaba dos meses caducada.

*


Yolau se sentía muy mal, pero no podía remediarlo. No podía apartar la vista de Deirdre, de la curva de sus caderas y de sus muslos. La camarera, por suerte, estaba distraída con una lata. No quería ni pensar en su mueca de desprecio si llegara a saber que estaba enamorado de ella. Le había gustado desde la primera vez que lo atendió en aquella cafetería, que estaba cerca de su antiguo trabajo. Aquel local le quedaba ahora muy lejos, pero iba casi todas las tardes para verla.

Cuando Deirdre entró en la barra, continuó con el informe médico, que plasmaba unos resultados excelentes. Las nuevas cepas de virus antibacterianos que habían diseñado funcionaban bien. Al rato, volvía a mirar a la camarera con disimulo. Estaba fuera de su alcance. A las mujeres les gustan los hombres más grandes y fuertes que ellas, y él medía apenas sesenta y un centímetros. Al menos, había conseguido aceptarlo y le hacía feliz verla a diario tras salir del trabajo. La única ventaja de ser tan pequeño era que Deirdre no le tenía miedo y cuando le servía no se molestaba en taparse el escote, como hacía con otros clientes. Había fantaseado con que la camarera se lo enseñaba a propósito, pero no tenía sentido si él era diminuto y feo. Era triste, quizá repugnante, pero la miraba porque no podía hacer otra cosa. Una vez pensó en proponerle algún plan, como visitar un museo o dar un paseo juntos, pero si lo hubiera hecho, ella le habría pedido que no volviera a la cafetería nunca más.

Sonó un trueno muy fuerte y se oyó llover con intensidad. Sonaron otros dos truenos y la lluvia pareció enfurecerse. Deirdre cerró la puerta y le dijo que no se preocupara, que se quedarían allí hasta que escampase aunque pasara la hora de cerrar. Quince minutos después, Deirdre empezó a cerrar a toda prisa las ventanas, por las que se empezaba a colar la lluvia. Yolau no podía ayudar y se preocupó porque la camarera chapoteaba en un par de centímetros de agua. Cuando el agua empezó a colarse a chorros por la puerta, Deirdre gritó, fue hacia él y le levantó con ambas manos. Lo apretó contra el pecho y retrocedió hacia la barra.

—¡Nos vamos a ahogar! —gritó antes de dejarlo sobre la barra—. No te muevas de aquí.

Yolau no pensaba hacerlo. Además, aún estaba asimilando que la mujer a la que amaba lo había apretado contra su pecho para protegerlo. La vio apresurarse apilando mesas y manteles para frenar los chorros que se colaban por la puerta. Se preocupó al verla caer y quedar empapada, pero lo alivió que se levantara sin siquiera quejarse.

Cuando acabó, el agua seguía colándose, pero muy despacio. Deirdre cerró la puerta de la barra y lo miró. Tenía el pelo tan mojado que se le pegaba a las mejillas, pero Yolau seguía pensando que era preciosa.

—Siento haberte levantado de la silla, pero me asusté. Temí que te arrastrara el… ¡Oh! Perdona, no quería insinuar… —Se ruborizó y bajó la vista.

—No pasa nada. Soy muy pequeño y es más fácil que me arrastre el agua. Gracias por protegerme.

Deirdre sonrió y dijo que lo mejor era bajar los diferenciales de la barra y el salón. Luego, entrarían en el almacén, donde estarían secos y con las luces encendidas, a esperar a que pudieran salir de allí con seguridad. Yolau estuvo de acuerdo.

—Pero bájame, por favor —le dijo a Deirdre con una sonrisa.

La camarera lo alzó sin esfuerzo y lo dejó con suavidad en el suelo. Lo maravillaba la fuerza que tenía. Entraron en el almacén y Yolau advirtió lo gélida que era aquella habitación. Deirdre no podía encender la calefacción porque allí no había. La camarera no quería sentarse y estaba tan mojada que se iba formando un charco de agua a sus pies. Yolau se puso nervioso, temió que Deirdre lo interpretara como una insinuación, pero sintió que debía decírselo.

—Tendrías que quitarte la ropa. Me daré la vuelta.

La camarera se ruborizó. A Yolau le hacía gracia, porque tenía la piel muy blanca y se le notaba mucho. Y la favorecía.

—Sí, pero no te vuelvas. No me traje una muda, y no vas a pasarte varias horas mirando a la pared. No me quitaré la ropa interior, será como si me vieras en la playa.

Yolau asintió y se ruborizó también.

—He pasado un mal rato —dijo Deirdre—. ¿Te importaría si me desnudo con arte y nos reímos un poco? Luego podrías decirme si sirvo para bailarina exótica, por si me despiden aquí.

—Me daría mucha pena verte trabajar en sitios así, pero hazlo con arte si quieres.

—¿En serio te daría pena? —preguntó sonriendo—. Era broma.

Yolau asintió y la camarera se hizo con una silla y se sentó de costado hacia él para quitarse los zapatos. Sonrió con la cabeza ladeada y estiró las piernas de una forma muy seductora. Por desgracia, golpeó una estantería.

—¡Ay! El meñique —dijo mientras se lo frotaba—. Eso me pasa por tener las piernas tan largas.

Se rieron un poco. Luego, Deirdre se levantó y se detuvo cerca de él. Se contoneó con suavidad y mucha elegancia y empezó a desabrocharse la blusa muy despacio. No dejaba de mirarlo y de sonreírle con picardía y Yolau se sentía hipnotizado. Se abrió la blusa, se la quitó muy lentamente y se agachó para dejarla delante de él. Le deslizó un dedo por la papada y la barbilla y consiguió que Yolau se derritiera.

Deirdre caminó contoneándose con delicadeza hacia la silla, volvió la cabeza hacia él al final y le dedicó una caída de pestañas y otra sonrisa. Se desabrochó el pantalón y se lo bajó sin prisas hasta debajo de las nalgas. Disfrutó de aquella exhibición hasta que Deirdre se sentó de lado y fue enseñándole los muslos poco a poco, algo que disfrutó aún más por la forma tan seductora en que lo hizo. Cuando la camarera terminó y recogió la ropa, Yolau no podía creerse que una diosa quisiera trabajar en una cafetería.

La camarera se sentó en un sillón muy grande y le dijo que, si le apetecía alguna bebida, se la pidiera, que invitaba ella. Se sentó cerca de Deirdre y charlaron un rato. Verla con tan poca ropa era un regalo y una maldición a la vez, porque le recordaba que nunca aceptaría salir con él. Al rato, Yolau no pudo ocultar que tiritaba. La camarera era tan grande que el frío le afectaba mucho menos.

—No tengo nada seco con qué cubrirte —le dijo Deirdre—. Quítate los zapatos y deja que te pegue a mí.

Yolau no tuvo fuerzas para negarse. Deirdre lo sentó en el muslo izquierdo y cerró sin fuerza las piernas para dejar las de él en medio. Lo recostó contra el vientre y lo cubrió con una mano. Yolau frotó las manos heladas en la piel de la camarera hasta que entró en calor. Y aquello fue demasiado. Era una locura, le empezó a latir el corazón con furia, pero no podía más.

—Me gustas mucho —dijo Yolau—. Llevo meses soñando contigo.

—¿Meses? ¿Y has esperado a verme en ropa interior para decírmelo? Claro, claro.

—No me atrevía a decírtelo —respondió dolido por el sarcasmo de Deirdre—. Me gustas tanto que ya no trabajo ahí al lado, pero vengo desde lejos solo para verte.

—¿Me perseguías? Das miedo. ¿No habría sido más fácil invitarme a ir a un museo o algo así en vez de declararte de pronto? A lo mejor te habría dicho que sí, pero después de esto…

—A las mujeres solo os gustan los hombres más grandes y fuertes que vosotras.

—¡Vaya excusa! Sois los hombres quienes despreciáis a las mujeres más grandes que vosotros. A mí solo se me acercan tipos a los que les dan morbo las mujeres muy altas. ¿Quieres que me crea que no es eso, que me prefieres a una chica más pequeñita que tú a la que puedas dominar bien?

—Sí. Me gustas mucho y no me importa que seas muy grande. No tengo interés en dominarte ni en pelearme contigo.

—Haces bien.

Deirdre se quedó callada y Yolau empezó a sentir cómo se le rompía el corazón. Necesitó un rato para hablar.

—Perdóname. No quería ofenderte.

La camarera se limitó a suspirar y a guardar silencio un buen rato. Yolau se sentía muy triste; habría preferido quedarse solo, pero si se separaba de Deirdre se moriría de frío. Intentó quedarse dormido, aunque no pudo.

—¿Te gustan los museos? —preguntó Deirdre.


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Como ya habréis comprobado, el objetivo era el 13. Escribe un relato erótico.