03 abril 2020

#OrigiReto2020 El egoísmo de los ancianos

Este es mi relato de abril de 2020 para el OrigiReto 2020. Las normas de este reto se pueden consultar en las bitácoras de las organizadoras:

http://plumakatty.blogspot.com/2019/12/origireto-creativo-2020-reto-juego-de.html

o en

https://nosoyadictaaloslibros.blogspot.com/2019/12/reto-de-escritura-2020-origireto.html

Este relato tiene 1949 palabras según https://www.contarpalabras.com (he quitado dos astericos para separar escenas).

Este es un relato un tanto especial. Lo escribí pensando en aquellos imbéciles que han dicho, o han sugerido, que debido a la pandemia del Covid-19, los ancianos deberían dejar de ser egoístas y morirse para no dañar la economía. Porque todo lo que hicieron por la humanidad cuando eran jóvenes, al parecer, carece de importancia. Creo que su memoria y su experiencia siempre tendrán un valor incalculable. A ellos va dedicado este relato.


EL EGOÍSMO DE LOS ANCIANOS

Isabel llevaba dos meses muy preocupada, desde el día en que llegó al pueblo un emisario del marqués. Las noticias que leyó eran espantosas: el horror que había asolado el continente medio siglo atrás regresaba con la misma fuerza. Tras aniquilar a las tropas de Bámbernal, un ejército enorme de demonios iniciaba el avance hacia las fronteras del reino. Las tres cuartas partes de los varones sanos del pueblo habían partido al castillo del marqués para unirse al mayor ejército reclutado jamás en el reino de Carsival. El resto de los hombres y las mujeres tenían asignadas las tareas de cuidar del campo, de los niños y ancianos y de defender el pueblo de partidas de forrajeo de los demonios.

Lo que peor llevaba Isabel era la escasez de comida. Aún no se pasaba hambre, pero solo disponían de los víveres justos e ir al mercado era una tarea ingrata, sobre todo para ella. Cuando Raúl, el tendero, al que siempre había considerado un amigo, la miró con mala cara, se le hizo un nudo en la garganta. Aunque la muerte prematura de sus padres y su abuela había sido difícil de superar, se alegraba de que no estuvieran viviendo aquella desgracia. De su abuelo, Fernando, no podía decir lo mismo.

—Con todo lo que estamos viviendo —dijo Raúl— y tu abuelo no renuncia a las fresas.

—Él no me las pide, pero le encantan y no puedo…

—Tu abuelo es tan egoísta como los demás viejos. Debería irse al bosque a dejarse morir, como hicieron algunos en Jasbipur. La comida y los cuidados que reciben deberían darse a los soldados que son los únicos que pueden vencer a los demonios.

Isabel estaba muy cansada de oír aquello, expresado de distintas maneras, a diario. Tan agotada se sentía que no pudo más y se echó a llorar. Raúl se disculpó, le guardó la compra en la cesta y le hizo un descuento; aun así, el daño estaba hecho e Isabel, que se había logrado contener, una vez lejos de la tienda tuvo que sentarse junto a la fuente para sollozar de nuevo hasta poder calmarse. No se creía que nadie recordara que su abuelo perdió su juventud luchando contra la primera invasión de demonios y le partía el corazón que algunos fueran lo bastante crueles para asegurarle que, a pesar de eso, debería mostrarse generoso y dejar de ser una carga. De pronto, alzó la vista y el corazón se le quiso salir del pecho. Pedro llegó corriendo y gritando y se arrodilló en el centro del pueblo.

—¡Los demonios, vienen los demonios!

Se armó un gran revuelo en la plaza, llena de tenderetes. Todo el mundo empezó a recoger, los compradores huyeron y tres soldados de la milicia corrieron hacia él. Pedro se puso en pie y empezó a reírse:

—¡Seréis idiotas! ¡Es una broma!

Con buen criterio, Pedro salió corriendo perseguido por los tres soldados. Un par de zapatos volaron hacia él, aunque no lo alcanzaron. Aquel pastor era el auténtico idiota, porque no escarmentaba. Tres años atrás, había gastado la misma broma con los lobos. De cuando en cuando, venía corriendo al pueblo, asegurando haber visto un lobo enorme, y suplicaba ayuda para encerrar a sus ovejas. La gente acudía en su auxilio y al llegar junto al rebaño, no había lobo. Hasta que un día lo atacó una manada entera y se quedó sin rebaño.

Isabel regresó a casa pensando en su abuelo. Para una mujer sola era una carga difícil: únicamente podía trabajar de jornalera la mitad del tiempo y, con eso, no les llegaba. Un par de vecinas la seguían ayudando, pero cada vez menos porque a medida que escaseaban los víveres, la idea de que Fernando era un egoísta cobraba fuerza.

La sonrisa inocente de su abuelo al verla llegar fue el regalo que, como de costumbre, disipó sus dudas acerca de seguir cuidándolo.

—¿Has traído fresas? —le preguntó con su voz cascada por los años.

Isabel asintió. Dejó el cesto en el suelo y bebió agua del botijo, hasta recuperar lo que había perdido en su ataque de llanto. Fue a la cocina, se hizo con un cuenco y le dio las fresas a su abuelo, quien las devoró y le agradeció que se las hubiera comprado.

Aquello la hizo feliz el resto del día.

*


Isabel se había tragado las lágrimas para no desmoralizar a su abuelo, pero Fernando conservaba la lucidez y supo que estaba sucediendo algo. Le dijo que se quedara en casa, a donde los demonios solo llegarían si aniquilaban a los defensores, que ella debía ayudar.

—No deberías ir a luchar —le dijo su abuelo sin levantarse del sillón donde pasaba los días.

Las campanas de la iglesia tañían sin pausa. Los milicianos habían ido puerta por puerta convocando a toda persona capaz de combatir. Un batallón de demonios se acercaba al pueblo  e Isabel sabía tirar con arco. Solo le quedaban diez flechas en la aljaba, pero estaba dispuesta a combatir mientras tuviera fuerzas. Dejó el arco apoyado en la pared y se volvió para ver, quizá por última vez, a su abuelo. Fernando se había puesto en pie y se mantenía erguido sujeto a su cayado.

—Siéntate, por favor.

—No tienes experiencia militar —respondió Fernando—, pero yo sí. Si tú peleas, yo también.

—Por favor, abuelito. Quédate aquí, no hagas que sufra pensando en ti.

Fernando suspiró y volvió a sentarse. Isabel no pudo contenerse: abrazó a su abuelo, lo besó varias veces y, antes de salir, suspiró, se despidió de él y abandonó su hogar.

*


Los demonios eran monstruos un poco más altos y de mayor corpulencia que los guerreros humanos. Iban a la batalla con armaduras negras, escudos de ese color decorados con símbolos rojos y armas también negras. Los ojos de aquellos monstruos fulguraban en el mismo tono que la sangre. Eran adversarios temibles y, además, traían consigo a un hechicero que había causado muchas bajas.

Los defensores habían levantado barricadas en muchas de las calles, pero solo lograron contenerlos poco tiempo en cada una. Isabel conservaba dos flechas: las otras ocho se habían clavado inútilmente en los escudos enemigos o habían fallado. En aquel instante, los últimos defensores habían rechazado al enemigo, que formaba al otro extremo de la plaza de la iglesia, creando un muro con los escudos. En el sótano del templo se escondían los fugitivos que no podían pelear. Ya no era posible seguir retrocediendo.

Isabel intentaba contener la hemorragia del brazo de Julio. El muchacho, de pronto, dejó de gritar y, un par de minutos después, de respirar. Isabel agachó la cabeza, se pasó una mano por la frente y sintió que se le llenaba de sangre del joven muerto.

Oyó pronunciar el nombre de su abuelo y lo vio bajando por la calle hacia la barricada ayudándose del báculo, con mucha dificultad. Isabel se desesperó.

—¡Vuelve a casa! ¡Te dije que no salieras!

—Prefiero que no me atrapen dentro —respondió.

Isabel no pudo regañarle más. Le apoyó la frente en el hombro y se abrazó a él. Ahogó en el jubón de Fernando los suspiros que iban a hacerla llorar.

—No resistiréis otro ataque —le dijo su abuelo al único soldado profesional de la barricada, el que los comandaba—. La iglesia es, ahora mismo, una trampa.

—¿Y qué otra cosa podía hacer? —respondió con amargura el soldado.

—Si hubierais sido el doble y todos fuerais soldados regulares, podríais haber resistido. Demasiado habéis aguantado.

El soldado se volvió murmurando algo. Isabel se separó para pedirle que no siguiera hablando y se llevó la sorpresa de que los ojos de su abuelo estaban llenos de lágrimas.

—Mi nietecita… ¿Sabes cuántas veces te tuve en brazos cuando eras un bebé? Recuerdo que, cuando me descuidaba, intentabas morderme la cara. Aunque yo me dejaba, lo reconozco.

Isabel se rio, aunque se le llenaron los ojos de lágrimas. Su abuelo avanzó dos pasos y se sacó un colgante de debajo del jubón, uno que siempre llevaba consigo y tenía engarzada una joya transparente como el vidrio.

—Mi memoria ya no es lo que fue, amigos —dijo Fernando—, pero la vejez solo borra los recuerdos nuevos. Los viejos y todo lo que fui y aprendí sigue en mi interior. Os he mentido a todos, incluso a ti, Isabel, pero era necesario para protegeros. No serví en la infantería; fui un hécoba. Sigo siéndolo.
Isabel abrió mucho los ojos. ¿Su abuelito fue un mago de batalla en su juventud? Fernando la miró con una sonrisa triste.

—Ya no importa que lo sepáis: todo está perdido.

Su abuelo apretó el colgante y una luz blanca se escurrió entre los dedos cerrados. Y, de pronto, se alzó en el aire y rebasó la barricada volando.

—¡Eh, vosotros! —gritó Fernando a los demonios—. ¿Os lo estáis pasando bien?

El jefe de los demonios, que tenía dos cuernos enormes en el casco, gruñó una orden y sus ballesteros atacaron a Fernando. Todas las saetas fallaron. Mientras el enemigo recargaba, Isabel tomó el arco y se subió a la barricada. Varios de sus vecinos siguieron su ejemplo y lograron evitar una segunda andanada de saetas. El hechicero de los demonios alzó los brazos y Fernando se vio envuelto en llamas. Isabel gritó y se encogió hasta que oyó que alguien aplaudía. Era su abuelo.

—¡Muy bien! —dijo su abuelo mientras las llamas se disipaban—. Tu técnica es muy buena, pero se podría hacer mejor.

Isabel nunca había visto a su abuelo demostrar tanto sarcasmo y arrogancia. Lo vio alzar una mano y el hechicero de los demonios levitó, quedó envuelto en llamas y estalló convertido en brasas humeantes que llovieron sobre los demás demonios.

De pronto, Fernando desapareció y volvió a aparecer detrás del jefe enemigo. La cabeza del monstruo salió despedida y rebotó varias veces ante las miradas aterradas de los demonios. Su abuelo se había vuelto a desvanecer y se materializó sobre un techo, sentado.

—¡Vaya! Parece que vuestro jefe ha perdido la cabeza.

Isabel contempló, admirada, cómo la tropa de demonios salió huyendo, y no era para menos. Los hécobas eran los hechiceros de batalla más poderosos del reino; por desgracia, una vez derrotados los demonios, quedaron olvidados. Fernando apareció junto a ella y le sonrió.

—Echaba de menos la magia —dijo, y se desplomó.

Isabel se arrodilló a su lado. No necesitó preguntarle qué le sucedía: leyó la muerte en su mirada. Su abuelo le acarició la mejilla con debilidad.

—Recordadlo —le dijo Fernando con esfuerzo—. Los demonios son buenos soldados, pero las unidades pequeñas se desbandan si pierden a su jefe. —Sostuvo la mirada de Isabel—. La magia te consume y el cuerpo solo lo aguanta si eres joven, por eso no invoqué mis poderes hasta que todo estuvo perdido. En fin, ya he hecho caso a tantos como querían que me dejara morir para no seguir alimentando a un viejo inútil. Solo he tardado unos meses más.

—Si hubieras hecho caso a esos imbéciles —respondió Isabel—, ahora estaríamos muertos.

Fernando suspiró.

—Quítame el colgante y póntelo.

Isabel así lo hizo y, cuando cerró la cadena de la joya, la piedra refulgió.

—Ya te ha aceptado —dijo Fernando en un susurro—. Desde hoy eres una hécoba, pero tienes que formarte. Ve a casa y coge el libro negro: ahí aprenderás lo básico. Llévate a todos de aquí: los demonios volverán. Y cuando los hayas dejado en un lugar seguro, viaja hasta Canteila: allí te entrenarán. Cuídate mucho.

Fernando murió con un último suspiro. Isabel le cerró los ojos al último familiar que había tenido. Se encogió y se secó las lágrimas, pero se levantó apenas un minuto después. Tenía mucho trabajo que hacer.

*  *  *  *  *


Son 1949 palabras según www.contarpalabras.com (he quitado 2 asteriscos de separación de escenas).

Objetivo principal:  9. Cuenta un relato en el que la magia tenga un papel importante.

Cuentos y leyendas. Objetivo secundario 1: C   Pedro y el lobo.

Criaturas del camino. Objetivo secundario 2: VI   Ángeles/demonios.

Objeto oculto 1: 20   Un botijo.

Objeto oculto 2: 24   Un arco.

Cumple con mi objetivo personal: Fernando da la vida para salvar a su nieta y al resto de sus vecinos.
Además, cumple con: Giratiempo (publiqué el día 3 de abril. Inconcebible). Rosa Insolente (Isabel es la protagonista y quien hereda la magia: es su relato de presentación) y Doble dragón (este es el relato de fantasía del doble dragón).

31 marzo 2020

#OrigiReto2020 El Baile del Emperador

Este es mi relato de marzo de 2020 para el OrigiReto 2020. Las normas de este reto se pueden consultar en las bitácoras de las organizadoras:

http://plumakatty.blogspot.com/2019/12/origireto-creativo-2020-reto-juego-de.html

o en

https://nosoyadictaaloslibros.blogspot.com/2019/12/reto-de-escritura-2020-origireto.html

Este relato tiene 1942 palabras según https://www.contarcaracteres.com/palabras.html (he quitado cuatro astericos para separar escenas).

Diré al final qué objetivos cumple. Espero que os guste.



EL BAILE DEL EMPERADOR

Aún faltaban dos meses para la celebración del Baile del Emperador y Eloísa ya estaba nerviosa a todas horas. Comenzó a aprender vals a los doce años, pero daba igual: practicaba casi a diario para que todo saliera perfecto el día del evento. Y no era la única. Eran veinte las parejas que perfeccionaban su técnica en la sala de fiestas del casino, gracias a las canciones que el profesor ponía en el gramófono. Para una ciudad como Avilés, de casi quince mil habitantes y a cierta distancia de Santander, donde iba a celebrarse la gala, era un buen número.

Eloísa disfrutó cuando sonó “el vals de las flores”. Además, tuvo la suerte de que su pareja de baile llevaba muy bien el ritmo. Se dejó llevar, bien sujeta por su compañero, y sintió la felicidad de girar y girar como si volase. Recordaba cuánto la asustaban las vueltas del vals vienés al empezar a practicarlas. Le costó dos años entender que su problema era el miedo. Su profesor le dijo que tenía que estirar el brazo, echarse un poco hacia atrás y dejarse llevar. Mientras más largo el brazo y más relajados los hombros, más fácil era girar: mientras menos miedo se sentía, más fáciles eran las vueltas.

Mientras volvía a casa, Eloísa se planteó que esa lección era válida para otros muchos aspectos de la vida, aunque no se veía capaz de aplicarla. El miedo le impedía perseguir sus sueños.  Había comprado decenas de libros, había intentado ponerse a estudiar, pero siempre lo dejaba porque las pruebas de acceso a la universidad la obligarían a pasar una semana sola en una pensión de un barrio desconocido de Salamanca. Era absurdo, porque si la admitían tendría que irse a vivir allí, si bien lo haría a una residencia de estudiantes donde viviría rodeada de amigas. También a causa del miedo, había dejado ir al amor de su vida, por temer coquetear con él. Su madre le había dicho que era muy joven, que ya encontraría a alguien, pero ella no estaba de acuerdo.

Resopló al encontrarse en el buzón una rosa, que vendría acompañada de un sobre con algún halago cursi dentro. Era muy triste que Alfredo no quisiera darse cuenta. A Eloísa le molestaba un poco recibir una rosa roja acompañada de un sobre todos los días, pero como se la enviaba por correo y jamás se acercaba a su casa, no podía acudir a la policía. Solo se veían por casualidad, y Alfredo siempre se mostraba tímido. Una vez, estuvo a punto de pedirle que dejara de enviarle rosas y no se sintió con fuerzas para partirle el corazón. Si se le declaraba, tendría que hacerlo, pero rechazarlo de antemano se le hacía difícil, aparte de que era muy probable que él se defendiera diciendo que había malinterpretado sus intenciones. Sería un ridículo espantoso.

Como siempre, se resignó a coger la rosa y el sobre. El sobre lo tiró a la papelera sin abrirlo. La rosa la puso en un jarrón de su escritorio, junto a las diez de días anteriores que aún no se habían marchitado. Tuvo que retirar la rosa más antigua, que ya estaba seca. Antes de sentarse a seguir leyendo una novela, recordó cambiarle el agua al jarrón. 

*

A pesar de la lluvia que entristeció Avilés durante una semana, el cartero siguió trayéndole una rosa cada día y, en esas tardes oscuras, las rosas de Alfredo eran la consolaban. A veces, deseaba que el pobre muchacho encontrara a otra mujer que sí adorase aquellos regalos, pero luego pensaba que, acostumbrada a las flores, un jarrón vacío inspiraría tristeza.

Aquella tarde, un rayo de luz la hizo levantar la vista de sus libros. Salió a la terraza y se encontró un espectáculo maravilloso. Apenas llovía y, entre unas nubes blancas preciosas, se vislumbraban trozos de cielo azul. Embellecía la escena un arcoíris que Eloísa contempló embelesada todo el tiempo, hasta que perdió casi todo su brillo.

Lo bueno de aquello fue que dejó de llover y que Eloísa pudo citarse con sus amigas en una cafetería de la ciudad que había abierto el mes pasado. Charlaron de muchas cosas: de sus familias, de sus sueños y, como sucedía siempre, de sus amores. Eloísa calló cuando tocaron aquel tema, hasta que Paula se rio.

—¿Y cómo llevas lo de Adolfo? —le preguntó Paula—. ¿Tienes sitio en casa para tanta rosa?

—Las rosas las voy tirando cuando se marchitan —respondió—, pero los sobres, esos los tiro sin abrir. Si las guardara, ya no me cabrían. —Y se rio.

—¡Pobrecito! —dijo Paula mientras todas se reían—. Me lo imagino todas las noches perdiendo horas de sueño para escribirte poemas cursis. ¿Tú le has dado ilusiones, Eloísa?

—Ninguna.

—¡Es que los hombres no se enteran! —concluyó Paula y se rieron todas.

Sin embargo, a pesar de que se reía, Eloísa sintió lástima por Adolfo. Era un buen chico y no se merecía tanto desprecio, aunque se lo hubiera ganado por su actitud tan poco despierta.

*

Cuatro días después, una tarde, Eloísa volvió de sus clases de baile y se llevó la sorpresa de que no había ninguna rosa en su buzón. Pensó que se la habrían quitado, pero tampoco estaba el sobre, que siempre le dejaban dentro. Le dio igual, de todos modos.

Sin embargo, fueron pasando los días y no llegó ninguna otra flor. Por curiosidad, le preguntó al cartero y este le dijo que no habían vuelto a llegar rosas ni sobres a su nombre a la oficina. Habló con sus amigas y conocidas, pero todas le aseguraron que Adolfo estaba bien y que no lo habían visto con ninguna chica.

Cuando Eloísa vio el jarrón vacío después de haber retirado la última rosa, sintió una extraña tristeza. Estaba tan acostumbrada a recibir una flor a diario que no había advertido cuanto le gustaba recibirlas hasta que Adolfo dejó de mandárselas. Lo que más le intrigaba era por qué se había cansado de hacerlo. Tantas vueltas le dio que, aquella noche, tuvo un sueño. Leía un libro de historia en su escritorio cuando oyó algo golpear dulcemente el cristal. Comprobó atónita que era un hada con unas alas negras y amarillas preciosas, que llevaba en las manos una rosa el doble de grande que ella. Eloísa abrió la ventana y el hada voló hasta el jarrón y dejó caer la rosa dentro. Luego la miró mientras se mantenía suspendida batiendo las alas.

—¿Te la ha dado Alfredo para mí? —le preguntó Eloísa. El hada negó en silencio—. Entonces, ¿quién me la ha regalado?

—Te la regalo yo —respondió el hada con una voz cantarina—. ¿Creías que fue Alfredo?

—Sí. Todos los días me enviaba una, pero, de repente, dejó de hacerlo. Y no sé por qué.

—Pregúntaselo —propuso el hada.

Eloísa se despertó en aquel instante y decidió seguir el consejo del hada de sus sueños. Se fue a la cafetería donde solían desayunar los empleados de la oficina de don Vicente, el notario. Tuvo suerte: Alfredo entró y se sentó en una mesa al otro lado del local. Pagó el café y se le acercó. La miró sorprendido.

—Hola —dijo Eloísa.

—Hola, ¿cómo estás?

—Bien.

Se lo quedó mirando un rato, esperando algún reproche, alguna explicación acerca del motivo de haberle dejado de enviar rosas, pero Alfredo, que se mostraba algo incómodo, se limitó a intentar mantener una conversación banal. Al final, Eloísa se despidió y se resignó a no saber qué había sucedido.

*

Llegó la víspera del Baile del Emperador. No volvió a recibir rosa alguna, pero la emoción del viaje le evitó entristecerse. Eloísa viajaría a Santander junto con Paula y María José, así que esperaba un viaje muy divertido. Y lo fue. Viajaron en diligencia hasta Oviedo, donde tomaron el tren que, pasando por Noreña y Llanes, les llevaría hasta Santander. A partir de Llanes, el tren circulaba muy cerca de la costa. El paisaje era precioso, aunque las risas y las bromas de sus amigas no le dejaron apreciarlo lo suficiente.

Le habían dicho que, para quien amase el vals, el Baile del Emperador era una experiencia única. Para Eloísa fue algo inolvidable. Las mujeres entraron por la parte derecha del salón, formando una fila perfecta. Iban todas vestidas de blanco. Los hombres, luciendo trajes negros, las esperaban formando en varias filas, como también se dispusieron las mujeres, en frente de ellos.

Entre el hueco que dejaron ambas formaciones, entraron los emperadores rodeados por la guardia imperial. La orquesta tocó el primer vals y sus majestades bailaron. Y, al fin, declararon abierta la velada. Eloísa se mezcló rápido con la gente y bailó cuatro canciones seguidas, con un hombre diferente cada vez. Y habría bailado más, pero se sentía agotada, así que se encaminó hacia donde estaban sus amigas. En aquella parte del salón, se habían reunido muchos asistentes de Avilés. Se quedó estupefacta al ver a Adolfo.

—¿Sabes bailar vals? —le preguntó, atónita. 

Como respuesta, Adolfo la invitó a bailar y así lo hicieron. Bailaba muy bien, sin perder el ritmo ni un segundo. Nunca se había imaginado que pudiera compartir algo así con él, pero reconoció que jamás se interesó en conocerlo mejor. Tras el baile se sentaron juntos y hablaron un buen rato. Para sorpresa de Eloísa, era encantador. Cuando tuvo una oportunidad, siguió el consejo del hada de sus sueños.

—¿Por qué dejaste de enviarme rosas? Me gustaban mucho.

—No me hacía bien —respondió, apenado de pronto.

—No te entiendo.

—Te lo expliqué en una de las notas. Las tiraste todas, ¿verdad?

Eloísa enrojeció, pero Alfredo le quitó importancia. Siguieron hablando y le partió el corazón. Al día siguiente, embarcaba en un navío que lo llevaría a Puerto Rico. Iba a pasarse dos años ayudando a los más pobres, en una misión, y aquella generosidad y aquel valor la hicieron apreciarlo bastante. Eloísa descubrió que iba a echarlo mucho de menos y estuvo a punto de pedirle que se quedara en Avilés, que podrían empezar a salir juntos, pero no se atrevió.

*

El primer mes sin Alfredo fue terrible. Lo echaba de menos todos los días y tuvo que esconder el jarrón vacío. Un día, su madre le preparó un té y unas pastas y le preguntó a qué se debía su tristeza.

—Echo de menos a Alfredo. No sé cómo ha pasado, pero creo que me he enamorado de él.

—Él siempre te quiso y jamás le hiciste caso —respondió su madre con una sonrisa.

—Porque fui muy tonta. Ha sido como en el cuento de la cigarra y la hormiga. Él me quería, y trabajó durante meses para llamar mi atención, al igual que la hormiga durante el verano. Como no me faltaban las flores, desprecié su esfuerzo, me reí de él. Solo cuando llegó el invierno y dejó de haber rosas, intenté llamarle la atención, pero Adolfo ya estaba cansado de insistir y no quiso darme más afecto. Y es ahora cuando más lo necesito.

Su madre se levantó y le pidió ir a su habitación. Abrió el armario donde Eloísa guardaba sus vestidos y apartó los dos más viejos.

—¿Te parece si llevamos estos dos vestidos a las monjas? Nunca te los pones.

—Bueno… la verdad es que el azul, como está viejo, lo podría usar para…

—Eso es lo que te pasa con Alfredo. Mientras te quiso, no le prestaste atención, pero era “tu Alfredo”. Cuando te has visto sin él, has reaccionado como con el vestido. No te preocupes: no amas a ese hombre y no tienes motivos para estar triste. —Su madre cerró el armario—. Volvamos abajo, que se enfría el té.

* * * * *

Cumple con:
 

Objetivo principal:  8. Escribe un relato sobre un baile.
Cuentos y leyendas. Objetivo secundario 1: K  La cigarra y la hormiga.
Criaturas del camino. Objetivo secundario 2: V Hadas
Objeto oculto 1: 19. Una canción
Objeto oculto 2: 3. Un arcoiris
Cumple con mi objetivo personal: Sí. Alfredo deja un trabajo en una notaría para irse dos años a cuidar de gente pobre en una misión.
Además, cumple con: Rosa Insolente (Eloísa es la única protagonista).


Haré una confesión: el ejemplo que le pone la madre de Eloísa con el vestido para decirle lo que realmente le sucedía con Alfredo no me lo inventé yo. Lo leí por ahí, hace mucho tiempo.

04 marzo 2020

¿Para qué podría servir la ciencia-ficción?

No me gusta redactar entradas donde hable de historias que yo escribo. Me parece presuntuoso por muchas razones en las que no entraré. Sin embargo, leí una entrada en la bitácora de Gisela Baños (sitio que os recomiendo mucho si os gusta la ciencia-ficción), concretamente esta:

https://gisbanos.com/sin-categoria/nos-averguenza-la-ciencia-ficcion/

Me gustó mucho y he querido responder. La única forma que tengo de dar una respuesta de cierta longitud es mi propia bitácora, así que allá voy.

Tradicionalmente, la ciencia-ficción y la fantasía han sido géneros de los que la gente se avergüenza, como bien dice Gisela. Aún recuerdo la crítica, creo que publicada en los años ochenta, en la que se decía que El Señor de los Anillos era un libro para físicos o matemáticos varones que no tienen novia. Aunque en otros países la ciencia-ficción tuvo un poco más de reconocimiento entre 1960 y 1980 (quizá por aquello de la carrera espacial), en España, la ciencia-ficción no se consideraba literatura. Y había muy buenos autores, pero muy poca gente los leía.

Hoy en día, la ciencia-ficción "pura" sigue sin "vender". Para que el público la admita hay que reducir la parte científica, aumentar la crítica social e introducirla en el seno de historias donde el énfasis se pone en otro género (romántica, "thriller"...). Hay ejemplos innumerables, sobre todo en el cine. Películas como: In Time, Passengers, Oblivion o Elysium tratan temas de ciencia-ficción, pero el énfasis está en todos sitios menos en la especulación acerca de la influencia de los desarrollos tecnológicos en la vida humana o de la especulación científica. Hay excepciones, pero lo normal es lo anterior.

Creo que una explicación podría ser que, siendo muy generalistas, las historias se pueden clasificar en tres grandes tipos según a qué le dan más importancia, en los que algunas historias podrían tener elementos de varias. Estos tipos son:

  • Historias de trama. El énfasis está en la trama. Ejemplos: historias policiacas, de suspense, de intrigas políticas... Lo importante es descubrir al asesino, ver si el héroe sobrevive a la intriga política. Normalmente se ambientan en la época actual y en países bien conocidos por el público, porque el desarrollo de mundos no suele tener cabida (en las historias suele haber problemas de espacio). Los personajes pueden estar bien caracterizados o no. Aquí pueden entrar muchas historias de fantasía que usen mundos ajenos, como las influenciadas por Tolkien, por ejemplo.
     
  • Historias de "mundo" (o de worldbuilding). El énfasis se pone en describir un mundo nuevo casi desde cero. Suele ser el enfoque de la ciencia-ficción "pura". Como dice Gisela, lo humano al servicio de la idea, que suele traducirse en un mundo nuevo, con unas reglas diferentes porque la tecnología y la ciencia son distintas. La cuestión, sobre todo en ciencia-ficción, es que esto suele implicar poca caracterización de los personajes y ausencia de vida cotidiana (coincido en esto con Gisela). Este punto es el origen de que haya lectores de ciencia-ficción que digan que "esto no es literatura", en referencia a que lo que importa es el mundo y no el estilo ni los personajes.
     
  • Historias de personajes. El énfasis se pone en los personajes: en lo que sienten, en cómo evolucionan, en los problemas que afrontan. Una novela de ciencia-ficción "de personajes" pondría énfasis en lo que sienten los personajes ante un suceso fuera de lo cotidiano, en cómo les cambia la vida. Por ejemplo, en cómo padecen una invasión alienígena, o en lo que supone en sus vidas la aparición de una IA tan humana que establecen con ella lazos más fuertes que con el resto de la humanidad. Es un enfoque muy extraño en la ciencia-ficción, pero que suele funcionar bien entre un sector del público de fantasía.

Y aterrizando, por fin, en lo personal, mi desgracia es que mi enfoque en general, y en particular cuando escribo ciencia-ficción es el de historias de personajes. El "worldbuilding" y la especulación científica tienen bastante peso cuando me decido a escribir de ciencia-ficción, pero el enfoque es narrar como afecta eso al protagonista o protagonistas.

Tengo una motivación para eso. Escribir ficción es una manera de expresar ideas y conceptos. Si quiero hablar de la idea de un éxodo a un planeta de otro sistema solar, por poner un tema, yo tendría dos alternativas: redactar un ensayo, una exposición fría y detallada de las especulaciones, o escribir un relato. En este último caso, no es solo exponer ideas, es hablar de sentimientos, de emotividad, de qué supondría para una persona tan normal como pueda ser yo verme obligado a vivir en otro planeta para preparar la llegada del resto de la humanidad a su nuevo planeta. ¿Añoraría la Tierra? ¿Sería feliz? Por eso, suele sucederme que la parte especulativa y científica es la punta del iceberg. La trama puede llegar a ser romántica (¡error!), lo que sucede es que lo que realmente deseo expresar es cómo se podría organizar un éxodo planetario y por qué. Una hipotética historia de amor sería un recurso para que el protagonista descubra, a la vez que el lector, como es en realidad el mundo en que vive. No es un enfoque original. La especulación científica es el método de terraformación, la forma de vida y maquinaria que se usa... en definitiva, el ambiente en el que se desarrolla la historia. Hay mucho trabajo especulativo detrás, pero narrando desde el punto de vista de un personaje que vive y siente, no cabe describir su asombro ante lo que vive porque lleva años experimentándolo.

Supongo que, entonces, yo creía estar escribiendo ciencia-ficción, pero tras haber leído el artículo de Gisela, lo mío es la "ciencia ficción encubierta". Sin embargo, no lo hago porque me avergüence, sino porque mi enfoque necesita lo sentimental. Podría escribir un ensayo, sustituir valores en la ecuación relativista del cohete y argumentar que, tecnológica y energéticamente, lo mejor para trasladar a la humanidad a otro planeta (algo que no tiene sentido a priori, pero especulé con eso en un relato y podría haber motivos) sería una colonización en fases y usar la biotecnología (tengamos en cuenta que la reproducción por esporas, por ejemplo, es una "tecnología" que la naturaleza lleva miles de millones de años perfeccionando, y en misiones espaciales críticas, se usa tecnología antigua debido a lo bien probada que está). O podría, con todo ese bagaje científico y tecnológico, contar lo que siente una operaria de maquinaria seleccionada para la segunda oleada de colonización y narrar a través de ella cómo se está terraformando el planeta y qué decisiones crueles tendrían, a lo mejor, que tomarse para asegurar el éxito de una misión de la que depende la supervivencia de la humanidad.

Para terminar, hay algo que descubrí hace unos meses y en lo qué pensé tras una pregunta de Gisela en Twitter. En concreto, sobre la ciencia-ficción, citando: "¿O te abre puertas a mundos y situaciones que no imaginarías sin su ayuda?"

Respondiendo, tengo un "monstruo" (no suelo escribir cosas tan largas) inacabado de mas de 60.000 palabras que narra, en el enfoque de "ciencia ficción encubierta", el proceso de nacimiento y crianza de una transhumana, descrito desde el punto de vista de su "padre". Descubrí que escribir una narración literaria ayuda a plantearse cuestiones a las que se les daría importancia en un ensayo.

La idea tecnológica está ahí, y en un ensayo sin una historia de ciencia-ficción por debajo, hablaría de transportar a las trabajadoras transhumanas en forma de óvulos fecundados: tienen una masa ridícula y una sonda de unos pocos miles de kilogramos (supuesta una tecnología con la que hoy solo podemos soñar, pero plausible desde el punto de vista de la ciencia), podría transportar algún útero artificial y millones de embriones, que se alimentarán con recursos hallados en el planeta de destino. Es posible alcanzar otro sistema planetario en un plazo "razonable" (un siglo o así) con propulsión nuclear de fusión con cantidades de combustible también razonables si la nave tiene dos o tres toneladas de masa útil.

A la hora de escribir el relato, tuve que pensar en cómo sería el útero artificial. Busqué documentación sobre inseminación artificial y, primera sorpresa: sería mejor transportar blastocistos y no óvulos recién fecundados, ya que hay una probabilidad no despreciable de que los mismos se bloqueen y no se implanten en el útero. Por ello, en las técnicas de reproducción asistida se suele dejar que los embriones crezcan durante tres o cuatro días antes de implantarlos. Y el tamaño de un óvulo recién fecundado y un blastocisto es similar. A medida que iba contando como era el proceso, y lo que sentía el "padre" al ir viendo crecer a su "hija", tuve que describir con detalle (y resolver) un montón de problemas en los que jamás habría pensado si me hubiera puesto a escribir un ensayo.

Después de haber escrito una historia de ciencia-ficción, estoy mucho más capacitado, tanto en lo que respecta a las ideas a plasmar como a la documentación útil y las referencias, para redactar un ensayo sobre un hipotético método de colonización de un planeta extrasolar.

Podría aplicar el método a otros tipos de especulaciones científicas y aprender sobre ciencia escribiendo ciencia-ficción. Posiblemente no sea el único que ha hecho estas cosas, pero no se me había ocurrido que la literatura especulativa podía usarse para eso. Esta reflexión del final es la que da título a la entrada.

Espero que os haya gustado esta entrada y disculpas por las erratas que pueda haber.

28 febrero 2020

#OrigiReto2020 Bajo el cerezo

Este es mi relato de febrero de 2020 para el OrigiReto 2020. Las normas de este reto se pueden consultar en las bitácoras de las organizadoras:

http://plumakatty.blogspot.com/2019/12/origireto-creativo-2020-reto-juego-de.html

o en

https://nosoyadictaaloslibros.blogspot.com/2019/12/reto-de-escritura-2020-origireto.html

Este relato tiene 1956 palabras según https://www.contarcaracteres.com/palabras.html (he quitado tres astericos para separar escenas). Está basado en la siguiente canción de Kokia:



Al final digo el resto de cosas que cumple. Espero que os guste.



DEBAJO DEL CEREZO

Huir había sido tan estúpido como inútil. Era buena corriendo, pero me perseguían tres soldados y me frenaba la angustia con que me gritaba Soleil, quien era consciente de que escapar me perjudicaba aún más. Entré en un establo, con la esperanza de haberlos despistado. Ni siquiera tuve tiempo de esconderme. Me quedé jadeando en mitad del recinto, mirando a los soldados que acababan de entrar.

—¡Ivette, Ivette! —chillaba entre lágrimas Soleil. No podía verla: seguramente la estaban sujetando para impedirle hacer una locura.

Miré a mi alrededor y perdí la cabeza. Agarré una estaca tan larga como yo y amenacé a los soldados: no iba a permitir que me separaran de Soleil ni de mi tres hermanos pequeños. Un soldado se me acercó y lo alejé con un semicírculo de la estaca, en vez de intentar la estupidez de ensartarlo. El más corpulento de los tres se rio.

—¡Me gustas! —dijo—. Darás un buen espectáculo en la arena.

Creí que iban a reclutarme a la fuerza para el ejército: convertirme en gladiadora era un destino aún más horrible. Vacilé un instante y sus dos compañeros aprovecharon para atacar. Intenté golpear a uno, pero me agarró el antebrazo y perdí la estaca. Era tan alta como ellos, y corpulenta; me debatí, luché… Fue inútil. Me ataron los brazos a la espalda y el soldado más alto me agarró de la mandíbula con una mano maloliente para volverme la cabeza hacia ambos lados. La desesperación y el asco me hicieron derramar lágrimas en silencio.

Oí a alguien entrar y vi que era Belmont, el hijo del quesero que se ocupaba del negocio tras morir su padre. Llevaba una vara larga, que le había visto portar en ocasiones.

—Con su permiso, excelencia, querría hablar con usted.

—¿Excelencia? —respondió el soldado tras soltarme y volverse—. Soy un sargento al servicio del Emperador, no un noble presumido. Me llamarás “señor”.

—Perdone, señor —dijo Belmont—. No querría insinuar que su criterio es malo, pero debo pedirle que no reclute a Ivette. Tiene tres hermanos pequeños y una madre enferma que no podría atenderlos.

—No molestes, enano.

—El Emperador, en su infinita piedad, no aprobaría que deje morir de hambre a niños inocentes. Comprendo que no supiera esto, pero ya que conoce la situación le ruego que busque a otra persona. Lléveme a mí en su lugar.

Llevaba años sospechando que Belmont, por su forma de actuar, me amaba. A Soleil le encantaba el queso, así que tenía que visitarle obligatoriamente cuando quería regalarle un poco, y solía sentirme incómoda. Que intercediera por mí me superó.

—Enano —replicó el soldado—, ¿quieres que deje a ir a una mujer grande y fuerte, que va a dar un buen espectáculo contra otras gladiadoras para cambiarla por un canijo como tú?

—Si se trata de dar espectáculo…

Belmont alzó la vara y comenzó a hacerla girar muy rápido. Luego, movió el brazo de un lado a otro y, tan veloz que nadie pudo reaccionar, saltó, giró sobre sí mismo y lanzó un golpe contra el soldado. Sin embargo, detuvo la vara a pocos centímetros de la mejilla del hombre. Belmont lo miró sonriendo.

—Además, tengo cosas mejores que proponerle, pero debo hablarlas en privado.

El soldado se apartó con cuidado la vara del rostro, ordenó a sus hombres que me tuvieran vigilada y salió con Belmont. Regresó al cabo de un cuarto de hora que se hizo eterno.

—Soltadla —dijo y, cuando me desataron, se encaró conmigo—. Estoy pensándome la oferta de tu novio. Te dejo libre, pero mañana al amanecer tendrás que presentarte en la plaza del pueblo. Si no lo haces, quemaré tu casa con tu familia dentro, ¿está claro?

Quise decirle que Belmont no era mi novio, que por muchos años que pasaran jamás me enamoraría de ningún hombre. Preferí callarme e irme de allí.

*

Belmont había desaparecido. Tenía que hablar con él, tenía que comprender qué estaba sucediendo. Llamé a la puerta de su casa y no respondió. La quesería no estaba abierta. Pregunté a un par de sus amigos y uno me dijo que estaría en el bosquecillo de cerezos que había junto al río.

Al salir de Villecerisier, un soldado me dio el alto, me preguntó que adónde iba y me recordó que si no regresaba, podría ver el humo del incendio de mi casa allá donde hubiese huido. Asentí con los labios apretados y me encaminé al bosquecillo.

Belmont estaba sentado junto al tronco de un cerezo enorme en flor. Me saludó con un gesto y una sonrisa y me senté a su lado. Desde el cielo, caían decenas de pétalos de color rosa pálido, interpretando un baile muy lento. Dos parecieron enlazarse y giraron juntos unos instantes, como en un vals.

—Es precioso, ¿verdad? —dijo Belmont—. He venido cientos de veces a verlo.

Callé un instante, buscando unas palabras que no querían salir.

—¿Por qué me has ayudado? —pregunté.

—Porque eres mi amiga.

—¡Vamos! Nadie se arriesgaría así por una simple amiga.

Belmont suspiró y alzó la vista de nuevo. Los pétalos seguían cayendo. Abrí una mano y dejé que uno se posara en la palma. No sabía cómo insistir.

—También es por la injusticia —dijo Belmont—. No tienen derecho a llevarte a ti, que eres la única que puede trabajar de tu familia. Además, es parte de mis sueños. —Me sonrió—. ¿Por qué no hablamos de nuestros sueños? Es el momento y el lugar perfectos.

Si arriesgaba la vida porque estaba enamorado de mí, habría sido despreciable no hacerle ver claro que jamás iba a corresponder a sus sentimientos. Aquella propuesta me lo puso fácil.

—Te contaré mi sueño si me guardas el secreto. ¿Me lo juras?

—Lo juro.

—Mi sueño es que llegue el día en que mis hermanos sean lo bastante mayores. Entonces, me iré del pueblo con Soleil y viviremos juntas en una ciudad donde eso no le importe a nadie.

Temí entristecerlo, ofenderlo. No me esperaba lo que dijo.

—Es un sueño precioso. Cúmplelo —dijo tras una sonrisa—. Sueño con que, un día, el Emperador se dé cuenta de que ama a su pueblo. Se librará de todos esos consejeros que solo quieren ganar dinero a nuestra costa y dedicará su vida a hacernos felices. No habrá más levas, ni se llevarán a la gente para convertirla en gladiadores. —Suspiró y me miró—. Te confío este sueño a ti, porque tu sonrisa es como el sol. ¿Seguirás soñándolo por mí cuando me haya ido, debajo de este cerezo?

Asentí. ¿Qué otra cosa podía hacer? Belmont se abatió cuando le agradecí que intercediera por mí. Me dijo que llevaba tiempo pensando en irse de Villecerisier, porque allí no tenía familia ni nadie a quien amar, pero había pensado enrolarse en un navío, no acabar de gladiador.

—Si me llevan —dijo—, no sé cuánto aguantaré. Los cerezos seguirán floreciendo y habrá quien se siente donde estamos nosotros, para hablar y soñar rodeados de la luz del atardecer. No sé qué va a ser de mí, pero te prometo que nunca olvidaré la belleza que crean los pétalos de las flores al caer. Ni de que debajo de este árbol, hablé por última vez con mi amiga.

—Además de tu sueño —dije—, soñaré otro: que te conviertes en un gladiador famoso y que, después de miles de victorias, obtienes la libertad.

—Me gusta ese sueño —respondió Belmont con una sonrisa demasiado triste.

*

Acudí a la plaza muy temprano, y todo fue muy rápido. Nunca supe qué le ofreció Belmont al soldado. Solo vi que cuando llegó, lo agarraron de ambos brazos y lo metieron en un carruaje con barrotes. Y se lo llevaron sin más.

Soleil no se pudo contener. Cuando los soldados se fueron, me abrazó llorando. Siguió haciéndolo largo rato y perdió los nervios. Se mareó por la tensión y por la noche sin dormir que había pasado. Terminé llevándomela a su casa, ayudada por una amiga. La acostamos y le sequé las lágrimas hasta que se quedó dormida. Soleil era tan dulce, tan menuda y tan guapa que lo único en que pensé mientras la veía dormir era en que deseaba cuidar de ella toda mi vida.

Para quitarle el mal rato, me cité con ella en el granero abandonado donde nos veíamos y le llevé queso y carne de membrillo, que le encantaban. Era muy delgada y apenas me llegaba al hombro, pero comía más que yo. Disfruté viéndola terminarse el queso y el membrillo. Luego, se metió bajo la manta y se acurrucó contra mí. Jugué con sus dos trenzas rubias a la luz de una lámpara de aceite. El recuerdo de Belmont, de lo que había hecho por mí y de su triste destino, me quemaba en el corazón, pero era incapaz de hablar de él.

—No te lo he dicho nunca —le confesé en voz baja—, pero tu sonrisa es como el sol.

—¡Gracias! Ese piropo pega con mi nombre.

—¿Te gusta?

—Me gusta más que me beses —respondió Soleil incorporándose.

Nos besamos con la pasión que nos había dado el estar tan cerca de no volvernos a ver. Cuando volvió a acurrucarse contra mí, buscando el calor que el aire gélido le robaba, me acordé de los cerezos en flor.

—¿Te gustaría que fuéramos mañana por la tarde a sentarnos bajo los cerezos que hay cerca del río? Son preciosos.

—Mañana por la tarde limpio en casa de Violette. Pasado mañana, ¿vale? Anda, abrázame.

La abracé y di gracias al destino de tenerla a mi lado. La tarde que compartí con Belmont, acepté, me había impactado: recordé que nunca compartía mis sueños con nadie, ni siquiera con Soleil.

—Me encantaría salir de Villecerisier y vivir aventuras —dije.

—¿Aventuras?

—¿Recuerdas el cuento de la flor de Lililá? ¿Te imaginas que tú fueras la princesa y que el premio por curar la ceguera de la reina fuese la mano de su hija?

—El cuento no es así. ¿Y por qué no puedo ser yo la que viva aventuras? Podrías ser tú la princesa que cuida de su madre y yo la heroína que le corta la cabeza a todos los dragones que osan interponerse en mi camino.

—Yo seré la que busque la flor porque es mi sueño y porque soy la más fuerte.

—Vale. Entonces, será un honor esperar en mi alcoba a que me pidas que me case contigo.

*

Soleil y yo cumplimos nuestro sueño: llevábamos diez años en Lyon. Fingía ser la hija de un burgués venido a menos, huida del campo con su fiel criada. Aunque los ahorros se nos habían acabado, vivíamos gracias a las casas que limpiaba Soleil y a los bordados que me encargaban. En una ciudad tan grande, nadie se burlaba porque pasáramos demasiado tiempo juntas como para ser simples amigas. Éramos muy felices.

Soleil entró e iluminó la tarde con esa sonrisa que era como el sol.

—¿Sabes de lo que me he enterado? —Negué y continuó—. Se va a celebrar una boda fantástica. ¡Quiero asistir!

—¿Quién se casa?

—No te lo vas a creer, el famoso gladiador… ¡Belmont de Villecerisier! Compró su libertad hace dos meses.

Oír su nombre me provocó un estremecimiento. Me acerqué a Soleil y le di un abrazo que ella recibió con risas y frases cariñosas. Nunca le conté que fue Belmont quien evitó que terminase desangrada en la arena para dar espectáculo.

Me separé de Soleil y la besé en la mejilla. Recordé los cerezos en flor, la danza eterna que bailaban los pétalos que caían del cielo cada primavera. Me pregunté por un momento si la magia existía, si los sueños imaginados bajo un cerezo en flor se cumplían.

—Iremos a la boda, Soleil. A lo mejor Belmont aún se acuerda de nosotras.


*  *  *  *  *
 
 
Objetivo principal:  2. Crea un relato basándote en una canción.

Cuentos y leyendas. Objetivo secundario 1: La flor de Lililá.

Criaturas del camino. Objetivo secundario 2: Dragones

Objeto oculto 1: Estaca.

Objeto oculto 2: Flores.

Cumple con mi objetivo personal: Belmont cambia su destino por el de Ivette, a pesar de que sabe que jamás será correspondido.

Además, cumple con: Rosa Insolente (Ivette es la protagonista), Sororidad (pasa el test de Bechdel en la conversación entre Ivette y Soleil en el granero) y Tríada (Ivette es lesbiana)