27 julio 2018

#OrigiReto2018 La moradora del ático

Relato para el Reto de escritura de #OrigiReto2018 - Ejercicio: 17- Describe una noche o crea un relato que suceda en un bosque encantado.

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http://plumakatty.blogspot.com.es/2017/12/origireto-creativo-2018-juguemos.html

Son 1034 palabras, tras descontar diez asteriscos de separación de escenas. Contiene un homenaje bastante descarado a H.P. Lovecraft. Como es el segundo del mes, aquí está la etiqueta:



Y aquí tenéis el relato. Para entenderlo, hay que leer el principio del primer relato del OrigiReto de julio.


LA MORADORA DEL ÁTICO

Habían estado muy cerca del desastre. Encontrar una solución al problema de Robert implicaba investigar mucho, leer libros que relataban secretos que partían el corazón y llenaban el alma de terror. Llevaba varios años intentando retener a mi marido en el ático, con un éxito muy relativo. Nunca supe cómo lograba abrir agujeros en un ático cuyas paredes habíamos reforzado.

Éramos conscientes de que faltaba muy poco tiempo para corregir todos los puntos sueltos que tenía nuestro plan, apenas dos meses. Confié en que Robert no se escapara antes de tenerlo todo bien planificado, pero lo hizo y estuvo a punto de matar a una turista inocente.

Ojalá hubiera conocido antes el origen de su mal. Perdí dos años buscando a los mejores psiquiatras, pero todos decían que Robert no tenía ningún problema mental conocido. No hicimos ningún avance hasta que Mary, la hermana pequeña de Robert, contactó con el profesor Elijah Dark de la Universidad de Miskatonic. Le llevó meses y tuvo que visitar tres veces el ático, pero, al fin, consiguió demostrar que Robert estaba esclavizado por un ente de otro plano de existencia. Y había una forma de liberarlo. Aunque era muy peligrosa.

—Creo que el nexo de conexión más adecuado es el que está en el bosque de Green Oaks —concluyó Elijah tras una larga explicación.

Estábamos a la mesa James, Mary, Lenore, el profesor, dos tipos enormes con aspecto de matón que no querían revelar sus nombres y yo. No acababa de estar convencida: Green Oaks era un bosque encantado del que se contaban historias horripilantes.

—Los otros dos nexos están en sitios mucho más peligrosos, Shanna —me respondió Elijah—, aunque tengan mejor fama. Green Oaks tiene fama de ser peligroso porque hay gente que ha conseguido salir. No sé de nadie que haya sobrevivido en los otros sitios.

* * * * * 

El viaje hasta Green Oaks duró tres horas. Tres horas en que me sentí cada vez más asustada. Íbamos todos los asistentes a la última reunión salvo Lenore, que se había quedado en casa para vigilar a Robert. Todos íbamos armados y llevábamos armas de repuesto, granadas de mano y cuchillos. Los dos matones, además, portaban machetes, pistolas y el doble de munición que nosotros. Era la única que apenas se sabía defender. Mary tenía una puntería excelente con el rifle y James era experto en esgrima. Incluso Elijah disparaba bien y sabía de explosivos. Pero yo era la única que podría asegurar el éxito del ritual que salvaría a Robert.

Lo único que nos alumbró cuando aparcamos fue la luz de la Luna llena. El aspecto tenebroso del bosque de árboles con ramas retorcidas no mentía: se sabía desde el siglo XIX que era un bosque encantado.

Elijah nos guiaba por un sendero que se cortaba a menudo, aunque el profesor siempre lograba encontrar el segmento siguiente cuando sucedía. El corazón me latía con furia, porque sabía que no estábamos solos. No corría ni una pizca de viento, pero las hojas y los matorrales se movían a veces. Había susurros y gruñidos. Todos callábamos, aparentábamos entereza, pero manteníamos bien cerca nuestras lámparas que quemaban una mezcla de aceites que nos protegía de los monstruos que ansiaban saltar sobre nosotros. Incluso los dos matones, que la Universidad de Miskatonic contrataba a menudo para trabajos como aquellos, mostraban temor en la mirada.

Algo se abalanzó sobre nosotros. Era un ser que parecía venido de una pesadilla, era un conjunto de tentáculos que salían de un cuerpo redondeado donde se abría una boca inmensa. Las lámparas lo molestaban, pero no lo ahuyentaban. Todos mis compañeros lucharon y dispararon. Yo retrocedí temblando, apuntando con el rifle, sin atreverme a disparar para no herir a ninguno de mis compañeros.

La lucha fue terrible: no podían con aquel monstruo. Uno de los matones logró vencerlo echándose sobre él y despedazándolo con el machete, pero lo pagó con su vida. James tenía un brazo roto, Mary sangraba por un corte muy feo en la mejilla y los demás habían recibido muchos golpes. Lloré por la angustia de ver muerto a uno de los compañeros más fuertes y por el remordimiento de sentirme culpable de su destino. Pero había que continuar.

Llegamos al nexo sin recibir más ataques. Elijah inició el ritual que concluí pronunciando una plegaria en una lengua que me provocaba escalofríos. Texmulajhi, el monstruo que habíamos invocado, apareció tres metros por delante de mí. Mediría unos cuatro metros de altura y tenía una cabeza parecida a la de un perro, pero con un hocico muy largo y afilado. Me miraba con seis ojos completamente blancos y extendía un par de alas de murciélago inmensas. Le brotaban ocho brazos de los costados y se sostenía mediante dos patas de ave.

—Divino Texmulajhi, señor de Cyxywa —dije con voz temblorosa—, os he invocado para suplicaros ayuda y consejo para liberar al hombre al que amo de la enfermedad que lo aflige.

Texmulajhi debía de estar leyéndome la mente, recabando toda la información que necesitaba. Elijah decía que aquel dios admiraba el valor y que por eso nos ayudaría.

—Robert no está enfermo —dijo el dios, con una voz en que parecían mezclarse miles de hablantes—. Se le ha adherido un xujsul, así que esto es una disputa entre él y tú que solo puede resolverse con un duelo. Te lo concedo, Shanna, porque has venido a verme con Luna llena, cuando los xujsules son más poderosos. —El dios empezó a mover con rapidez sus ocho brazos—. Ganes o pierdas, tú y tus compañeros saldréis ilesos de este bosque. Si vences, me llevaré al xujsul y Robert volverá a ser el que era.

—¿Y qué sucederá si pierdo? —pregunté con un pellizco en el estómago.

* * * * *  

Vivo encerrada en un ático. Creo que la primera vez que entré fue hace varios meses. Desde entonces, solo he podido salir una vez, el día que abrí el primer agujero. El ático es muy viejo y las paredes están llenas de puntos débiles que puedo aprovechar. Pero cerraron la ruta que he abierto y me angustio al pensar que, un día, conseguirán cerrar todas las salidas y me quedaré aquí para siempre.
 
Robert nunca va a liberarme…

25 julio 2018

#OrigiReto2018 El prisionero del ático

Relato para el Reto de escritura de #OrigiReto2018 - Ejercicio: 13- Describe una escena de acoso desde el punto de vista del atacante.


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Son 1035 palabras, quitando diez asteriscos de separación de escena. Como algo muy particular, ya que nunca lo hago, me he inspirado en esta canción:



Siempre me pregunté qué haría alguien encerrado en un ático. Intento responderlo aquí. En el segundo relato, cerraré cosas que en este dejo abiertas.



EL PRISIONERO DEL ÁTICO


Vivo encerrado en un ático. Creo que la primera vez que entré fue hace varios años. Desde entonces, solo he podido salir días sueltos y, ahora mismo, solo piso la calle cuando abro algún agujero. El ático es muy viejo y las paredes están llenas de puntos débiles que puedo aprovechar. Pero cada vez que escapo, cierran la ruta que he abierto y me angustio al pensar que, un día, conseguirán cerrar todas las salidas.

Shanna nunca va a liberarme. Me lo prometió, pero jamás me sacará de este ático. Los primeros meses, antes del día en que me escapé, me dejaba ir a la planta baja de la casa para almorzar junto a James, Mary y Lenore. Eran buenos momentos, pero, al caer la tarde, Shanna me obligaba a subir al ático y cerraba la puerta con llave. Aporreaba el lienzo desesperado, suplicándole que me dejara salir, que tenía miedo. Los días en que La luna llenaba el ático de luz blanca algo se reflejaba en el espejo roto. Y esa ilusión no soy yo, nunca lo he sido.

Shanna no lo sabe, no lo entiende. Dice que no puede liberarme porque soy un ser demoníaco, porque si me escapo acabo haciéndole daño a alguien. Le grito que no soy yo, que el mal está en el reflejo que aparece con la luna llena, que esa ilusión monstruosa me atormenta y aterroriza, intenta engañarnos a todos. Shanna me responde que deje de fingir, que no intente engañarla, que no hay nadie en ese ático y que el mal vive en mi corazón. Y no es verdad, no puede ser verdad.

* * * * *  

Solo me consuela mi mecedora. La coloco por donde pueden entrar los rayos del sol, por las rendijas que hay entre los tablones. La luz del sol calienta, trae vida y alegría. La Luna convoca al monstruo que me acompaña en mi encierro.

Anoche brilló la Luna y aquel ente apareció en el espejo. Golpeé el cristal hasta que me sangraron las manos.

—Déjame en paz —le grité—. ¡No existes, no eres real! ¡No tienes poder sobre mí porque solo existes en mi mente! Has engañado a Shanna, pero no puedes engañarme a mí. No eres mi reflejo, no eres yo.

Aquella ilusión creada por la Luna me sonrió, se rio. Empecé a reírme con tanta fuerza que me tuve que arrodillar. El ente del espejo se arrodilló también y echaba atrás la cabeza, sin reprimir sus carcajadas.

—¡Deja de imitarme! ¡Deja de mentir! ¡No eres mi reflejo y nunca lo serás!

La luz de la Luna se esfumó de pronto y el espejo se quedó a oscuras. Lo último que se apagó fueron las telarañas de su borde inferior. Toqué el espejo con una mano temblorosa.

—¿Hay alguien ahí?

No había nadie ahí. Pero, cuando la luz de la Luna sume al espejo en la negrura, siento como si ese reflejo entrara en mí. Y cuando pasa eso, quiero salir como sea del ático. Golpeo y araño la puerta, suplico a Shanna que me abra. Pero ella no lo hará nunca.

* * * * * 

Conseguí abrir un agujero antes de la siguiente Luna llena, cuando atardecía. Me agarré a las ramas de un árbol y logré caer sin hacerme daño. Me guardé bien el cuchillo que antes había tirado. Como Shanna nunca entra en el ático, no sabe que escondo decenas de cuchillos afilados. Y corrí hacia la libertad.

Siempre he amado a Shanna, pero ella cree que soy un monstruo. Y no es verdad. Por eso, siempre que me escapo, intento demostrárselo. Me escondí cerca de un bar, y esperé casi media hora.

Una mujer joven salió sola del bar y la perseguí. Las mujeres son asquerosas. Las odio a todas, excepto a Shanna, porque ella es especial. Si pudiera jugar con sus cabellos, si me dejara besarla, sabría que no soy malvado. Estoy dispuesto a demostrárselo.

—¡Eh, tú! —le dije a la mujer—. ¿Adónde vas tan sola?

La mujer se volvió y empezó a andar rápido, pero yo lo fui más. Las mujeres odiáis a Shanna porque es muy guapa. Creéis que los hombres no os hacen caso porque no os podéis comparar con ella y que si Shanna desapareciera, los hombres os amarían. Y no es así. No os hacemos caso porque sois estúpidas y ridículas. Solo Shanna merece ser amada, porque ella es especial.

—No corras. Me gustas mucho —mentí—. Solo quiero besarte y tocarte. ¡No corras!

Corrí tras ella, con el cuchillo en la mano. Le enseñaría un poco del placer que un hombre puede proporcionar a una mujer y luego se lo quitaría. La haría aprender que solo Shanna merece ser amada y le quitaría algo para regalárselo a mi amor.

Cómo gritaba mientras corría. Cómo suplicaba y lloraba cuando la acorralé. Me acerqué a ella despacio, con el cuchillo bien visible.

—No voy a violarte —le dije—. Te enseñaré lo que es el amor y comprenderás por qué solo Shanna lo merece. Y cuando lo entiendas, te quitaré algo. Y todo estará bien.

—No sé quién es Shanna —respondió—. Por favor, no me hagas daño.

Me eché sobre ella. Luchamos hasta que le hice varios cortes en los antebrazos. No le quité la ropa: no quería ver ni tocar su cuerpo repulsivo. Solo amaba a Shanna. La besé en los labios, le lamí las mejillas llenas de lágrimas, le acaricié el pelo. Soñé que era el de mi único amor.

Sentado a horcajadas en el vientre de la mujer, le rompí la blusa para que solo el sujetador le cubriera el pecho. Alcé el cuchillo para conseguir el regalo que le daría a Shanna, pero me detuve. Se oían pasos. Solo fui capaz de soltar el cuchillo, ya que varios policías me apuntaban. No hubiera cedido, pero es que Shanna venía con ellos, y nunca atacaría a nadie que esté con ella. Cuando me atraparon y me esposaron, la miré con desesperación. Ella lo hacía con tristeza.

—Solo quería que comprendiera —le grité—. Solo quería regalarte su corazón, para que vieras que insignificante es comparado con el tuyo. No soy malo, no soy un monstruo. Él no es yo. No lo es. ¡Miente!

30 junio 2018

#OrigiReto2018 Absurda justicia

Relato para el Reto de escritura de #OrigiReto2018 - Ejercicio: 04- Escribe un relato en el que el protagonista se convierta en un asesino.

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Son 1047 palabras, quitando cinco asteriscos de separación de escena. Hay un poco de crítica a un sistema judicial que gradúa las penas como le viene en gana. Aquí, la pegatina:






ABSURDA JUSTICIA

Los dos robots que me conducían me bajaron del coche y me obligaron a seguir al robot judicial, que pulsó el botón del ascensor de un edificio muy viejo. Llamaron a una puerta y nos abrió una mujer de mi altura, de pelo castaño, ojos de color marrón claro y piel pálida. Vestía un pantalón negro y una camisa azul claro. La mujer nos guió, a través de un pasillo con cuadros, a un salón de estilo muy antiguo, de los años 30, y los robots me obligaron a sentarme en un sillón rojo. La mujer se sentó frente a mí, en un sofá rojo de tres plazas del mismo estilo que el sillón. Los tres robots se alejaron y se quedaron de pie, quietos en la puerta que daba al pasillo con cuadros. Una mesa pequeña se interponía entre mi anfitriona y yo. La mujer se recostó en su asiento y me sonrió con malicia.

—Hoy es tu día de suerte, Luis. Tengo una propuesta para ti.

Debido a mi asexualización, ni recordaba a aquella mujer ni podría haber dicho si era atractiva o no. Si mi anfitriona había aducido motivos recreativos, quería decir que deseaba acostarse conmigo. Los hombres asexualizados heterosexuales solo podían recuperar su sexualidad si una mujer lo deseaba. Por un lado, ansiaba recuperar la memoria y averiguar al fin quien era en realidad. Por el otro, temía que conocer mi auténtico yo no me iba a gustar.

Mi anfitriona hizo un gesto y el robot judicial me colocó un brazalete en el antebrazo derecho. Le dio un mando a la mujer y regresó junto a los robots policías. De pronto, mi anfitriona pulsó un botón y me empezó a arder el brazo. Anular la asexualización era doloroso y llevaría un cuarto de hora. Por fortuna, el brazalete, además de inyectar la sustancia que eliminaría la mezcla ITSDHH de mi sangre, suministraba un somnífero. Caí dormido al instante.

* * * * * 

Cuando abrí los ojos, la mujer no estaba en el sofá. Los tres robots seguían inmóviles en el mismo sitio. Y yo volvía a ser un hombre. Un hombre mareado, con la mente confusa, pero un varón de nuevo. Doblé el tronco hacia delante y me froté los ojos.

—Toma, Luis, bebe un poco y te sentirás mejor.

Mi anfitriona me tendía un vaso de agua. Y me preocupó advertir que no me pareció ni guapa ni fea. Si había recuperado mi sexualidad, tendría que haber sido capaz de evaluarla como haría cualquier varón heterosexual. La mujer, que sujetaba una copa de vino, se sentó en el sofá, con una forma de moverme que se me antojó seductora, pero que no me lo resultaba en absoluto. ¿Qué estaba pasando?

—Tranquilo —dijo la mujer y bebió un sorbo—. El sueño ha anulado la amnesia, pero aún necesitarás unos minutos de consciencia para poder evocar recuerdos. Bebe un poco y disfruta. Lo vas a necesitar.

No me gustó la sonrisa que me dedicó antes de volver a tomarse otro sorbo. Sin embargo, no tenía más alternativa que esperar. Durante un par de minutos, callamos.

—Bien, Luis, no necesitas recuperar la memoria para saber lo que quiero de ti —dijo y dejó la copa en la mesa—. Te he liberado por motivos recreativos, pero eso es solo la excusa. No tengo intención de follar contigo. Mi trato es el siguiente: tú me darás la mitad de tu sueldo y de todo lo que tienes y yo evitaré tu asexualización. ¿Trato hecho?

Estuve a punto de venirme abajo. Mi sueldo era escaso y con la mitad no iba a tener suficiente para vivir. Mis ahorros eran mínimos, pero mi apartamento era de propiedad. Si aquella mujer se quedaba con la mitad, podría ponerlo a la venta y yo acabaría en la calle, sin dinero suficiente para comprar otro. Mi mitad me daría para pagarme un alquiler, quizá durante un año. ¿Y después? ¿Dónde iba a vivir?

—Creo que no puedo aceptar.

—Espera a recuperar tus recuerdos.

Pasaron unos minutos interminables, que la mujer invirtió en terminar su copa de vino. No fui capaz de beber ni un sorbo de agua. Y, al fin, recuperé la memoria. Y todo cobró sentido. Una mujer me había acusado de violación, pero había sido una identificación errónea: soy inocente porque soy homosexual. Y las sombras que recordaba durante mi asexualización cobraron rostros. Eran Alfredo y Sara. Alfredo era mi amante, que estaba casado con Sara por conveniencia. El padre de Alfredo y el de Sara habían comprometido a sus hijos para que sus dos multinacionales pudieran fusionarse.

Aunque mi acusadora había reconocido su error, seguí siendo culpable, porque según la ley, nadie puede retirar una denuncia por violación, ni siquiera la propia víctima. Solo podría demostrar mi inocencia si demostraba que era homosexual. El único que podía ayudarme era Alfredo, pero el escándalo de revelar que el suyo era un matrimonio pactado le haría perderlo todo. Así que callé y fui condenado.

—No puedo aceptar tu trato. Soy inocente.

—Entonces, Luis, volverán a asexualizarte. Y durante muchos años más, porque diré que intentaste abusar de mí.

Cerré los puños y se me aceleró el pulso. No podía delatar a Alfredo, así que solo tenía dos alternativas: aceptar el trato y, al menos, mantener vivo mi amor gracias a los recuerdos, o volver a sumirme en la oscuridad. Y, como aquel monstruo con cuerpo de mujer había intuido, regresar al olvido tras recordar me resultaba insoportable.

Absurda justicia. Miré a mi derecha y reparé en que había otra opción. Me levanté y me fui a la cocina. Mi anfitriona me lo puso fácil: me siguió insultándome, burlándose, amenazándome. Tomé un cuchillo y corrí hacia ella. No pudo reaccionar y la aprisioné contra una pared. La apuñalé en el vientre una y otra vez, hasta que la mano y mi ropa se mancharon de rojo y el cuerpo sin vida de la mujer se deslizó y quedó tumbado.

Los robots me arrestaron, pero no me importaba. Absurda justicia. Un intento de violación para un reincidente suponía quince años de asexualización y arresto domiciliario. Un primer asesinato, tan solo ocho años en la cárcel, con libertad condicional a los cuatro.

Mientras los robots me llevaban a la comisaría, iba sonriendo: por fin era libre.

28 junio 2018

#OrigiReto2018 La mezcla ITSDHH

Relato para el Reto de escritura de #OrigiReto2018 - Ejercicio: 24- Escribe un relato en el que ningún personaje tenga genero ni sexo.

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Son 1037 palabras, tras descontar los 15 asteriscos de separación de escenas.



LA MEZCLA ITSDHH

Legalmente, ya no tenía género. Mi tarjeta de identidad electrónica decía, cuando algún control de acceso de los muchos que me estaban obligando a cruzar leía mi estado legal, que mi género estaba anulado. Por tanto, estaba sujeto al régimen jurídico destinado a las personas sin género, lo que tendía a ser confuso y causar ciertos problemas.

Me libré de varios de esos problemas porque me llevaron a mi casa una pareja de robots policías asexuados, esto es, sin rasgos que los hicieran pertenecer a ninguno de los géneros que la ley reconocía. Me habían anulado el género aquella misma mañana, pero entre los trámites y la falta de disponibilidad de agentes robóticos, partía hacia mi arresto domiciliario a las dos de la madrugada.

Mientras los robots me obligaban a subir en el ascensor hasta el pequeño apartamento en el que siempre había vivido en soledad, intentaba recordar mi pasado, pero la asexualización para reeducación incluía la pérdida de los últimos veinte años de memoria, lo que implicaba que no podía recordar nada posterior a los días en que tenía nueve años. Era una amnesia selectiva que no afectaba a las capacidades intelectuales: prodigios de la ciencia de la segunda mitad del siglo XXI.

Por supuesto, ignoraba qué crimen habría cometido para haber recibido tal reeducación, pero, probablemente, se debería a algún tipo de agresión contra alguna mujer. Esperé con paciencia a que los robots cambiaran la configuración de la puerta de mi vivienda. Solo se abriría desde dentro en caso de incendio o de derrumbe del edificio. Solo podrían abrirla desde fuera agentes de la ley con autorización judicial. Al cabo de quince minutos, me hicieron entrar y cerraron la puerta. No se abriría durante mucho tiempo: meses, incluso años. No me era posible recordarlo.

Algo que no terminaba de borrar la asexualización eran los recuerdos de las sensaciones. Cuando me senté en el sofá y encendí el ordenador del salón, recordé haber pasado buenos momentos en aquel recinto. Algunos en solitario, otros en compañía. Recordaba haber sentido atracción sexual, con lo que debía de haber pertenecido a alguno de los colectivos sexualmente activos antes de ser asexualizado. Debí de ser heterosexual, ya que era muy extraño que a un varón de otra orientación se le aplicara una condena como la mía.

En realidad, quizá no hubiera sido un varón. Asumía que lo era porque recordaba que, de niño, al ir a orinar, me sujetaba un pene, pero podía haberme operado en la adolescencia. Me llevé la mano a la entrepierna y noté que tenía un protector. La asexualización dejaba todos los órganos externos de esa parte del cuerpo insensibles, tanto que podría haberme destrozado los testículos a martillazos y no sentiría nada. Para impedir daños a esos órganos, se implantaban calzoncillos que los protegían y extraían los fluidos corporales de manera limpia y segura. Todo un prodigio de la tecnología de la segunda mitad del siglo XXI.

Cené sin ganas y me fui a la cama muy cansado, pero sin ganas de dormir. No conseguí conciliar el sueño y me pasé largas horas desordenando las sábanas, haciendo grandes esfuerzos por recordar qué me había llevado a aquella condena. Lo único que pude extraer de mi subconsciente, cuando el sueño empezó a vencerme, fueron dos individuos. No recordaba nombres ni aspectos, eran como sombras en la memoria. Pero uno de ellos, el de mayor estatura, me hacía sentir un brinco en el corazón y el otro me inspiraba una punzada de tristeza. Si, al menos, pudiera haber recordado sus nombres…

* * * * *  

La única ventaja de mi vida asexuada era la tranquilidad. Como sufría arresto domiciliario, me limitaban la jornada de trabajo a cuatro horas al día. Lo único que hacía era revisar textos docentes. No me decían en qué trabajaba, pero algo me decía que no era profesor.

Al ir avanzando los días, me iban volviendo a la memoria multitud de recuerdos de bajo nivel: sensaciones,  sonidos, trozos de canciones… Y, sobre todo, imágenes fugaces acerca de los dos individuos cuyo recuerdo me provocaba aquellas sensaciones. Tras dos semanas de encierro, estuve seguro de que sentía nostalgia hacia el individuo más alto y tristeza y antipatía hacia el individuo más pequeño. Si había sido heterosexual, el alto debería de ser una mujer y el pequeño quizá fuera un niño o una niña. ¿Serían eran mi esposa y mi hijo o mi hija? Puede que mi vástago fuera muy rebelde, me causara graves problemas, y eso es lo que iba evocando. Lo que era seguro es que amaba al individuo alto, y la asexualización me impedía recordar lo que sentía por, supongo, ella. 

Aquella imposibilidad de recordar me llenaba de rabia hacia quien me hubiera denunciado, hacia el sistema judicial y hacia toda la Humanidad. Pero, un rato después, me calmaba y pensaba en que era muy probable que me mereciera el castigo. Asexualizado como estaba, no podía entender qué me habría llevado a violar a una mujer, si es que eso había hecho. Nada tenía sentido. 

* * * * *  

Tras cuarenta días de asexualización, entraron en casa tres robots sin rasgos externos de género y me inyectaron una buena dosis de la mezcla ITSDHH, la que anulaba tanto el deseo sexual, como la visión propia del sexo que hubiera tenido y que dejaba sin sensibilidad los órganos de género que protegía el calzoncillo especial. Tendría que someterme a aquella inyección, que dolía mucho y me dejaba, durante un par de horas, mareado y con la mente confusa, cada cuarenta días.

Cuando me recobré lo suficiente era tan tarde que ni siquiera me levanté de la cama. Preferí dormitar. Y soñé con el individuo alto. No reconocía frases ni palabras, ni siquiera podría asegurar qué tono de voz tenía. Pero sé que discutíamos, y que esa discusión me destrozaba el alma. ¿Tendría que ver la discusión con el motivo de mi condena?

* * * * *  

Tras dos años y tres meses de encierro, entró un robot asexuado judicial y dos robots policías también asexuados. El agente judicial se detuvo junto a la mesa donde trabajaba.

—Debe acompañarme. Alguien ha solicitado el levantamiento de su asexualización por motivos recreativos.

Me levanté y los acompañé de buena gana. Al fin iba a saber qué había sucedido.