30 mayo 2014

Una bachata para que baileis

Como ando corto de inspiración, os pongo una bachata para que bailéis un rato mientras se me ocurren nuevos temas para la bitácora. Hasta pronto.


12 abril 2014

Leído Dimitri Galunov de Blanca Miosi

Continúo con las reseñas pendientes.

Esta vez le toca a Blanca Miosi, y creo recordar que es el cuarto libro suyo del que hablo. Es seguro que se trata de la cuarta novela de su autoría que leo. Blanca es una escritora bastante prolífica quien, además, es capaz de escribir novelas de temas muy diversos. El Legado, por ejemplo, es una historia que engloba dos generaciones de una familia e incluye pinceladas sobrenaturales. La Búsqueda es un libro biográfico. El Manuscrito I incluye algo de magia y de misterio. Y Dimitri Galunov, la obra que nos ocupa, es una novela de ciencia-ficción.

Para empezar, mi opinión es que se trata de una novela de ciencia-ficción muy interesante. Tiene un elemento que muy pocos escritores de ciencia-ficción tratan: la casualidad. Ciertas cuestiones importantes de la trama suceden por pura casualidad, porque un personaje ve a otro sin estar previsto, surge algo, y eso cambia el resto de la trama. En mi opinión, es uno de los puntos fuertes de la obra. Stephen King en "Los Tommyknockers" presenta a unos extraterrestres que controlan la mente de los seres humanos. Uno de los "héroes" que les hacen frente es un alcohólico porque debido a los altos niveles de alcohol que tiene en sangre debido a su adicción, los alienígenas no pueden colarse en su cuerpo y no lo pueden dominar. Así, la gente más capacitada es víctima del enemigo mientras que el borracho es invulnerable. Es un ejemplo precioso de casualidad, una cuestión que, en la biología evolutiva moderna, está cobrando mayor importancia cada día. Muchas veces, no es el ser mejor adaptado el que triunfa, sino aquél que tiene unas cualidades que, de repente, pasan de ser un problema a la causa de su salvación. Hay cosas parecidas en esta novela, de las que no puedo hablar para no desvelar la trama, relacionadas con las motivaciones de los personajes, y es algo que me gustó particularmente, dado que muy pocos autores tratan un tema tan interesante.

La novela se centra en el personaje de Dimitri Galunov, un niño con unas cualidades y una personalidad un tanto particulares. La novela arranca con un ritmo pausado, donde se van describiendo una serie de misterios referidos a la naturaleza de Dimitri que comienzan a aclararse a mitad del libro. Antes de eso, la novela empieza a acelerar y ya no puedes dejarla hasta el final. El final, la naturaleza de Dimitri y el desenlace me parecieron muy originales. El protagonista me pareció bastante bien caracterizado, a pesar de lo raro que parece en ocasiones. Aparte, hay otros puntos fuertes como la belleza de algunas imágenes, algunas sorpresas de la trama y el estilo cuidado y la edición esmerada de la obra. Y, también, la portada tan bonita que tiene.

Muy recomendable. Se puede encontrar en:

Amazon España

y en

Amazon EEUU

Ya me van quedando menos reseñas pendientes.

31 marzo 2014

Internet y los encuentros por casualidad

Corría, más o menos, el año 1995. Vivía en una habitación pequeñita pero muy bonita, al lado de mi Facultad, donde pasé dos de los mejores años de mi vida. Como allí no tenía televisor, y tampoco me preocupaba, me gustaba oír la radio. Había un programa cuya sintonía de apertura estaba cantada en un idioma del todo desconocido. Sin embargo, recordaba los sonidos del estribillo, que sonaban algo algo así como: "sangoia mauaié, sangoia mauaié, sangoia mawanna niuaya..." Sólo intuía, por el estilo, que era africana, ya que me recordaba lejanamente a Wes Madiko y otros músicos africanos que se hicieron algo conocidos en Europa durante aquella década tan maravillosa para la música folklorica.

Pasaron los años, la vida me cambió mucho, pero seguía recordando aquella canción. Más de una vez busqué por Internet "sangoia mauaié" y no obtuve ningún resultado.

Y un día, hará un mes, en Youtube, me dio por buscar "Sangoya". Y el propio buscador me dijo que si estaría buscando "Sango ya". Busqué eso y me salieron varios resultados con "Sango ya mawa", que sonaba sospechosamente parecida al estribillo. Y, en efecto, el segundo vídeo que vi era este:



La canción que tanto tiempo llevaba buscando...

01 febrero 2014

Reto: ¡Yo escribo! Pregunta 3. ¿Cómo es vuestro ambiente de trabajo?

Esta tercera pregunta será breve. Tengo, básicamente, dos lugares donde escribo o hago actividades relacionadas. El primer lugar es donde escribo en el ordenador o paso las correcciones a limpio. Es también, mi lugar de trabajo. Una foto:

El ordenador donde escribo mis historias o lsa paso a limpio. Aquí también programo en PhP y llevo la contabilidad
Rituales no tengo ninguno. Me siento delante del ordandor, lo enciendo y poco más. Accedo a mi carpeta llamada Relatos-Ult, busco el archivo que quiero abrir o creo uno nuevo y a teclear. Suelo usar Word 2007 o el bloc de notas. De vez en cuando oigo música con los auriculares que se ven casi en el centro, pero suele ser más cuando trabajo que cuando escribo, ya que la música la pongo para relajarme y escribir me resulta relajante (no tanto programar).

Hace muchos años, tenía la manía de escribir primero a bolígrafo (con bolígrafos BIC azules) y luego pasarlo a ordenador, pero la abandoné. Lo último que terminé a bolígrafo fue la versión 1 de "La Innominada", más que nada porque ya llevaba el 70% escrito a mano y preferí terminarla de la misma forma.

Cuando reviso mis escritos, lo hago en esta mesa tan bonita:

Mi mesa de las revisiones. También la uso para comer.
En esta mesa hago también dos cosas: trabajar con el portátil (donde últimamente desarrollo mucho en Visual Basic .NET) y revisar. Mi proceso de revisión sí tiene algunos pequeños rituales o manías. Cuando he terminado un relato o novela, la imprimo en hojas que ya estén escritas por una parte (por eso de la ecología) y la reviso a bolígrafo. En el propio texto, voy tachando y anotando al margen. Es la forma en que más cómodo me resulta eliminar los múltiples errores que encuentro. En general, no son errores tipográficos, aunque los hay, sino, básicamente, los siguientes:

  • Repeticiones de palabras evitables. En particular, he notado que repito mucho "que" y vuelvo a redactar los párrafos cuando me encuentro más que cinco "que". También otras repeticiones que me pasan inadvertidas.
  • Adverbios en -mente. Sobre todo en textos antiguos (algunos de "La Innominada" tienen más de diez años), abuso de estos adverbios en -mente. En textos nuevos no me pasa apenas.
  • Frases innecesarias. Hasta tal punto que en unas 40.000 palabras que llevo revisadas de "La Innominada" (cuya versión 3 tenía poco más de 180.000) he eliminado unas 1.100 palabras superfluas, y eso que he añadido unas trescientas para hablar de una cosa que había olvidado. Es increíble la de cosas superfluas que se le cuelan a uno cuando está concentrado en avanzar la trama.
  • Relaciones absurdas entre frases. Por ejemplo, una frase que se supone es conclusión de la anterior, pero que, en realidad, no es conclusión de nada. Lo resuelvo de dos formas: pongo un punto y seguido, y las frases se vuelven independientes, o bien, elimino la segunda.
En mi forma de revisar, la estructura básica es el párrafo, y me concentro en perfeccionar cada párrafo por separado. No obstante, hay veces que he dividido un párrafo o fundido dos.

Y nada más. Hasta la cuarta pregunta que me está apasionando responder.

24 enero 2014

Mundo de Cenizas. Capítulo XXXIV (Segunda parte)

Retomo, después de mucho tiempo, esta pequeña novela. La primera parte del capítulo lo publiqué aquí: Capítulo XXXIV (Primera parte). La historia entera puede seguirse en la etiqueta Mundo de Cenizas.

*  *  *  *  *

Raquel, conmovida por aquella disculpa que provenía de alguien que no era la responsable, respondió:

—No hay nada que perdonar, amiga. De todos modos, serviré un plato para ella también, para que se lo lleve y cene si es su deseo.

La sonrisa y el agradecimiento que le dedicó la mujer le resultaron muy cálidos. Tras ello, estuvieron en silencio un rato mientras Raquel echaba el resto de las alubias y preparaba algo más de carne. Cuando hubo terminado, se sentó y buscó un tema para conversar con la mujer, más por cortesía que por curiosidad. La veía ausente, y parecía muy cansada. Quizá llevase todo el día caminando y, además, aparentaba querer mucho a su amiga, pero tenía algún problema con ella. Hubiera querido preguntarle qué le había sucedido a su acompañante para haberse vuelto tan huraña y por qué habían tenido que emprender solas un viaje aún más peligroso que una travesía en galera. Se preocupó un instante pensando en si serían fugitivas, pero algo le decía que la chica más alta no era malvada. Al final, Raquel optó por lo más socorrido:

—No le hemos dicho nuestros nombres. Yo me llamo Raquel y mis amigos son —dijo señalando a cada uno— Juan y Pablo.

La aludida inclinó ligeramente la cabeza, en señal de saludo, y respondió:

—Yo me llamo Cassandra, y mi amiga se llama Ana.

—Nosotros somos de Gaiphosume, salvo Pablo, que es de Itvicape, y nos dirigimos a Nêmehe; yo voy a ver a un amigo, Juan a averiguar si le aceptarían en el ejército y Pablo a la Universidad. ¿De dónde son vuestras mercedes y adónde se dirigen, si no es indiscreto preguntarlo?

—Somos de Neponwe y… no estoy segura de adónde vamos a ir.

Raquel lo interpretó como una forma de evitar la pregunta y se sintió algo incómoda. Entonces, Pablo intervino y le preguntó:

—Neponwe no está lejos de Itvicape, y la he visitado alguna vez. La gente de esa ciudad tiene un acento muy gracioso. Lo que advierto, sin ánimo de ofenderla, es que no tiene el menor rastro de ese acento.

Raquel no pudo evitar mirar a Pablo con aprensión. Aunque ser tan deslenguado había funcionado bien con el encapuchado que la molestó en Imquaikmu, no sabía cómo iba a reaccionar una mujer armada. Para su alivio, Cassandra repuso, sin alterarse:

—Eso se debe a que mis padres eran extranjeros, concretamente, dowertsch. Si el fuego me ha alumbrado bien, habrá visto que soy rubia y de ojos azules.

Pablo, con menos seguridad, insistió:

—Tampoco habla vuestra merced como una tudesca.

—Es normal, me he criado aquí y nunca he salido de Nêmehe.

Callaron un rato y Pablo volvió a sobresaltar a Raquel al preguntarle.

—Le ruego a vuestra merced que me disculpe, pero soy hombre viajado y desconfío de la gente que no es clara, y no me gusta compartir mesa con cualquiera. Por lo que sé, bien podrían ser vuestras mercedes fugitivas de la justicia.

A pesar de aquella acusación, Cassandra siguió sin alterarse y dijo con serenidad:

—En realidad, tiene vuestra merced parte de razón. Somos fugitivas, pero huimos de un hombre muy poderoso que siempre ha sido enemigo de la familia de Ana, y con el que me he enemistado por defenderla. Consiguió acusarla de algo muy grave y la condenaron a morir en la hoguera; por eso hemos escapado. Y por eso mi amiga no confía ya en nadie.

Aún asombrada por el aplomo de Cassandra, Raquel quiso relajar la conversación y dijo:

—Amiga Cassandra, eso es terrible. Es una brutalidad… hace muchos años que ni a los que colaboran con demonios se les quema. Ni que su amiga fuera una bruja.

Y cuando Cassandra la miró de una forma muy rara, Raquel tuvo la sensación de haber acertado sin querer. El carácter huraño de Ana, aquella sentencia… Pero era imposible. Las quemas de brujas eran cosa del pasado, nadie moría en la hoguera. La brujería había desaparecido, y la colaboración con demonios tenía otras formas y se castigaba de otra manera. Sin embargo, pensó, también se creía que la hechicería había desaparecido y ella misma era hechicera. Resolvió intentar sonsacárselo a Cassandra, como suponía que estaba haciendo Pablo, que prosiguió diciendo:

—Estoy de acuerdo, amiga Cassandra, es una barbaridad, pero tranquilícese, que Neponwe ya está lejos. El único sitio donde se emiten sentencias tan bárbaras es Imessuzu, cuando quien comanda la milicia de la ciudad no puede pararle los pies a su alcalde. No sé qué sería de la ciudad si ese hombre desapareciera.

La reacción de Cassandra fue bajar la cabeza, y Raquel creyó ver regocijo en la expresión de Pablo. Juan se limitaba a mirar con indiferencia. Entonces, Pablo concluyó:

—Realmente, debe querer mucho a Ana para haber perdido tanto por ella. Y tiene que ser vuestra merced muy valerosa.

Cassandra agradeció el detalle de Pablo y volvieron a callar. Durante un tiempo, el sonido más fuerte fue el de las hogueras. Finalmente, a Raquel se le ocurrió cómo iba a sacarle la información a la extraña. Con toda naturalidad, dijo:

—Amigo Pablo, ya que es vuestra merced universitario, le quiero hacer una pregunta. ¿Ha estudiado leyes o historia?

—Algo me han enseñado, amiga Raquel, pero no demasiado. Ya sabe que mis estudios se orientan hacia las matemáticas y la física.

—¿Conoce buenos libros acerca de cómo eran las cosas cuando la Iglesia de Jutar gobernaba la mayoría de los reinos?

—La verdad es que no.

Raquel temió que el giro que iba a darle a la conversación fuera demasiado forzado, pero si callaba entonces, no podría volver a sacar el tema. Así que añadió:

—Pues le recomiendo que busque alguno. Yo he leído unos cuantos en bibliotecas privadas de Gaiphosume. Es una época histórica apasionante.

Se dio cuenta de que Juan, por primera vez, la miraba con atención. Sin hacerle caso, prosiguió:

—¿Sabía vuestra merced que, al principio, la Iglesia era muy tolerante con respecto a los tratos con los demonios? Consideraba que todos los que colaboraban con los demonios eran víctimas de su maldad. Lo más sorprendente era que, al principio, los cazadores de brujas tenían el propósito de localizarlas para que los clérigos pudieran ayudarlas a comprender y controlar sus poderes, y no hicieran daño a la gente sin quererlo. Sólo cuando aparecieron las Plagas, y la Iglesia se volvió fanática, empezaron las torturas y las quemas.

Pablo repuso:

—Amiga Raquel, todo eso son supersticiones que, por suerte, están muy superadas.

—No sé qué decirle. Hay tantos casos de brujería descritos en libros antiguos, que parece muy difícil creer que todo fueron invenciones. Se sabía mucho de las brujas en los tiempos en que se erigieron las Torres, pero ese conocimiento se ha olvidado. Sólo nos ha quedado el odio de los últimos días de los reinos teocráticos.

Hizo una pausa y miró tanto a sus amigos como a Cassandra. Al parecer, había captado la atención de esta última, aunque no sabía decir si era simple cortesía o que a la extraña le interesaba el tema. Como parte de una disertación, continuó:

—El caso es que ese odio hacia las brujas es injusto. Las brujas pueden tener buen corazón o ser malvadas, pero no son malas por haber nacido brujas. Son, simplemente, mujeres que tienen una sensibilidad muy aguda para todo lo referente a la magia diabólica y que pueden utilizarla, pero sin poderla controlar en la mayor parte de los casos. Es más, a menudo una bruja no sabe que está usando la magia para hacer daño a los demás. Sólo cuando las manifestaciones son muy evidentes, algunas se dan cuenta de que son ellas quienes provocan dolores o desgracias.

Cuando se interrumpió temió por un momento que la conversación acabara ahí, ya que sus oyentes no dijeron nada más. Raquel deseaba seguir hablando de aquel tema, para comprobar si había acertado, pero no sabía cómo seguir haciéndolo sin parecer que estaba impartiendo una lección. Miró a Pablo y a Juan, ansiando que alguno se animara a conversar. Ya había perdido las esperanzas cuando Juan dijo:

—¿Sólo hay mujeres brujas? ¿No existen los brujos?

Aliviada, Raquel repuso:

—Leí que, a veces, se encontraba algún hombre que manifestara brujería, pero eran casos muy excepcionales. Normalmente, son las mujeres quienes la manifiestan. No se sabe muy bien el motivo; hay algunas teorías sobre ello, pero ninguna es del todo acertada.

De pronto, en tono burlón, Pablo intervino.

—Yo creo que el motivo, amiga Raquel, es el que comentó un profesor de la Universidad. Decía que las mujeres suelen ser más débiles y menos espabiladas que los hombres, y que, por ello, se dejaban seducir y tentar más por los demonios.

Raquel se molestó por el comentario, y olvidándose de que intentaba averiguar si Ana había manifestado signos de brujería, repuso airada:

—Pues ese profesor de vuestra merced no sabe lo que dice. Hubo brujas muy valientes que dedicaron su vida a combatir el mal. Y… y yo nunca pactaría con un demonio.

Pablo se rió un poco y repuso:

—Es que vuestra merced es de las inteligentes.

Cassandra seguía pensativa cuando Raquel la miró para ver si la broma de mal gusto de Pablo la había ofendido. El enfado le duró poco, y ya estaba buscando cómo seguir hablando de brujería cuando la extraña le dijo, con la gran cortesía que se le antojaba natural en ella:

—¿Podría hacerle una pregunta, amiga Raquel? — Y cuando Raquel respondió afirmativamente, prosiguió—: mi madre me contó muchas historias sobre magia y brujería. Según las tradiciones dowertsch, los brujos necesitaban años de aprendizaje para dominar la magia, y a la hora de hechizar a los demás, tenían que estar concentrados y esforzarse mucho. En la tierra de mis antepasados también hay demonios, y no hay leyendas acerca de brujas que usan la magia sin darse cuenta. No parece lógico que un arte tan complicado pueda usarse con tanta facilidad.

Raquel se alegró de oír esa pregunta. Durante los juicios por brujería de la época oscura de la Iglesia de Jutar, muchas brujas alegaban que no sabían cómo habían hecho aquello de lo que se las acusaba, y la respuesta de los inquisidores era que resultaba imposible utilizar la magia para dañar a la gente sin que un demonio se la hubiera enseñado y, mucho menos, sin ser consciente de ello. Se preguntó si Cassandra habría visto algún síntoma de brujería en su amiga Ana y al pedirle explicaciones, ésta se hubiera defendido diciendo que no sabía cómo lo había hecho. De todos modos, conocía la respuesta a la pregunta, y dijo:

—Dejaron escrito los sabios que el alma humana tiene dos partes. Una de ellas, es la que nos hace hablar, pensar, reír, sentir, movernos… Es la parte del alma que toma las decisiones, la parte superior. La otra parte es la encargada de mover nuestro corazón, de cuidar de nuestro cuerpo y de hacer todo aquello que nos permite vivir pero que, si intentáramos hacer, no podríamos, porque nadie puede controlar su corazón, por poner un ejemplo. Pues bien… confunde vuestra merced algunas cosas. Una cosa es una hechicera y otra una bruja. Una hechicera aprende a usar la magia, y sólo tras mucho estudio, y empleando mucha concentración y esfuerzo, es capaz de manipular la naturaleza por medio de la magia. Las hechiceras usan la parte superior de su alma para lanzar sus hechizos. Las brujas utilizan la parte inferior, la parte que ningún ser humano puede controlar porque tiene sus propias razones. La parte inferior del alma de una bruja es la que puede sentir y utilizar la magia diabólica y por eso, muchas de ellas ni saben que son brujas.

Se interrumpió unos instantes y miró a los ojos a Cassandra. Comprobó que la escuchaba con mucho interés, lo que aumentó las sospechas de Raquel. Decidió continuar diciendo:

—Como la parte inferior del alma es la responsable de las pasiones, del miedo, del amor, del odio o los celos, la mayoría de las manifestaciones de brujería se producen cuando la bruja se deja llevar por la rabia, o está aterrorizada, o la domina la envidia. La mitad inferior del alma de una bruja, siguiendo sus emociones, emplea algo que para ella es natural: la magia demoníaca. Y dependiendo de la personalidad de la bruja, las manifestaciones varían. Las brujas que tienen mal genio o un temperamento fuerte son las más fáciles de reconocer, porque cuando liberan sus poderes lo hacen en el momento en que alguien las enfurece o asusta mucho. Los utilizan para defenderse o expresar su odio. Las brujas más racionales suelen ser más sutiles, ya que sujetan más sus sentimientos, pero es su alma inferior la que se contagia de esos sentimientos y la que actúa después de haberse dado la situación de peligro.

Y, tras acabar, recordó algo muy curioso que había leído y no se resistió a añadir, pasados unos instantes:

—Hay algo muy interesante. Las brujas suelen ser rechazadas por sus vecinos desde su niñez, aparentemente sin motivo. Es porque las almas inferiores de las personas que no manifiestan brujería son capaces de sentir y temer la magia maligna que acumula y libera una bruja. Eso vuelve a las brujas muy hurañas. Muchas de ellas acaban apartándose de todo el mundo y terminan viviendo en cabañas solitarias, en lo más recóndito de las montañas o los bosques. Pero con respecto a sus seres queridos hay dos tipos de brujas. Las que no saben amar, las que tienen el corazón más duro, dirigen su magia contra amigos y enemigos. Sin embargo, la mayoría de las brujas tienen la misma capacidad de amar que cualquiera de nosotros y son incapaces de usar la magia demoníaca contra sus amigos o contra su familia. En los casos de brujería más fuertes, había brujas que, aún amando a sus padres o a sus esposos, les hacían daño sin quererlo. Eran los casos más tristes, pero eran excepcionales.

Y de pronto, Cassandra le preguntó:

—Amiga Raquel, ¿sabe vuestra merced si es posible distinguir a una bruja que daña a sus seres queridos de otra que no lo hace?

Raquel se sorprendió de la candidez que acababa de demostrar su interlocutora. Aquella pregunta, unida a la anterior y a lo que había contado acerca de ser fugitivas, la convenció casi del todo de que Ana era una bruja y que Cassandra trataba de entender qué había hecho su amiga, qué le sucedía y si era seguro permanecer a su lado. Repuso, sin estar muy convencida:

—Es difícil. Para saber si es capaz de hechizar a personas a las que quiere, la única forma sería sufrir en las propias carnes su magia maligna. Estar seguros de lo contrario… no se me ocurre. Podría ser que, por muy enfadada que estuviera con un ser querido, nunca llegara a manifestar sus poderes, o bien, que sus allegados resultaran inmunes a su influencia maligna…

Se calló y estuvo un rato recordando lo que había leído, pero no le vino a la cabeza ninguna respuesta clara a la pregunta de Cassandra. La conversación terminó, y Raquel se afanó en seguir preparando la olla podrida. Juan y Pablo hablaban entre ellos de cosas sin importancia hasta que terminaron callando ellos también. Y, pasado un rato, Pablo, que rebuscaba entre los fardos, dijo:

—Amiga Raquel, no encuentro las almendras. Venga y ayúdeme a buscarlas.

Estuvo a punto de intentar indicárselo desde allí, pero le pareció una petición rara y prefirió hacerle caso. Su intuición fue correcta porque, nada más llegar, situados como estaban de espaldas a Cassandra, le empezó a susurrar:

—Cassandra miente. Ni ella ni Ana son de Nepomwe; diría que son de Imessuzu por el acento, pero todo lo demás me lo creo.

Iba a responder que hablarían después, por miedo a que Cassandra se diera cuenta de que susurraban en secreto cuando oyó a Juan decir:

—Amiga Cassandra. ¿Es vuestra merced miliciana? Lo digo por las armas que lleva.

Y le vio levantarse y sentarse al lado de la extraña, de manera que se le hacía más complicado estar pendiente de ellos dos. Cassandra respondió:

—Acierta vuestra merced en que son armas de miliciano, pero debo decirle que no lo soy. Mi madre me inculcó desde niña, influida por mi padre, que era bueno saberse defender. Siempre fui torpe para el arco pero, a cambio, era más fuerte y rápida que casi todas las chicas de mi edad. Por eso, conseguí que me instruyeran en la espada ropera.

Mientras Juan le respondía amigablemente, e iniciaba una conversación, Pablo susurró:

—Juan es más espabilado de lo que parece. La está distrayendo. Le decía que me creo que sean fugitivas, y después de su espléndida charla sobre brujerías y supersticiones, pienso que cree que su amiga es una bruja de verdad.

—Es que… yo creo que es una bruja de verdad.

—Por el amor de Jutar… eso no es más que superstición. Sé que los cralates usan la magia, aunque no lo creí hasta verlo, y seguro que los demonios también, pero los seres humanos no. Habrán coincidido malas cosechas, o mal tiempo, y se han buscado una a quien echarle la culpa.

—¿Y para qué me cuenta esto?

—Para que esté prevenida y no se fíe de ella. Cassandra no parece mala, pero sería mejor que no nos inmiscuyéramos. Que coman y se vayan.

—No pensaba que fuera de otra manera, amigo Pablo.

Pablo se hizo con unas cuantas almendras y dijo, en voz alta:

—Aquí están, amiga Raquel. Muchas gracias.

Mientras Raquel volvía a su sitio junto a Cassandra, Pablo les ofreció a Juan y a la extraña, que charlaban animadamente, alguna almendra, cosa que ambos rechazaron. Finalmente, la conversación terminó y no hablaron mucho hasta que Raquel anunció que ya podían empezar a cenar.

22 enero 2014

Errores de programación (nueva edición)

Un artículo breve para hablar de errores de programación, concretamente, de un despiste que estoy empezando a cometer ya demasiadas veces. Se produce cuando programo en PhP.

Suponed que defino una variable, que se pasa por POST, al principio de un archivo PhP que graba o modifica un registro de una base de datos:

$variable=$_POST["variable"];

El valor de $variable puede ser, pongamos "nueva" o "modificar". Para determinar en qué caso estamos, escribo un "if" así:

if ($variable='nueva')
{
   // Se ejecuta la creación del nuevo registro.
}
else
{
   // Se modifica el registro.
}

En el código anterior está el fallo. El caso es que al ejecutarlo, resultaba que siempre ejecutaba la creación del nuevo registro, nunca la modificación. Casi media hora revisando las cabeceras HTML, viendo los valores de la variable $variable... Hasta que di con el error de casualidad.

¿Aún no habéis visto el error? Es fácil. La línea correcta del "if" es:

if ($variable=='nueva')

Esto es, en PhP $variable='nueva' es una asignación, esto es, la variable $variable pasa a valer 'nueva'. En cambio $variable=='nueva' es una evaluación lógica, esto es, PhP mira si $variable contiene el valor 'nueva'. Si lo contiene, devuelve "true", en caso contrario, "false". Yo estaba poniendo como condición lógica una asignación, que no devuelve en principio lo que tiene que devolver, y daba ese efecto extraño.

Un simple = me trajo por la calle de la amargura anoche...

20 enero 2014

Reto: ¡Yo escribo! Pregunta 2. ¿Cuál fue tu primera historia?

Esta segunda pregunta me va a ser mucho más fácil de contestar que la primera. Como primera historia señalaré la primera que logré terminar, ya que después de haber terminado la primera tras años de dejar escritos inconclusos, empecé a terminar la mayoría de lo que empezaba.

El primer intento de relato o novela que recuerdo comenzó muy influido por "La Guerra de los Mundos" de H. G. Wells, que acababa de leer. Tendría 9 o 10 años. Hice mi copia de la obra de Wells, pero ambientada en el mundo actual (de la época) y basándome en un atlas gigante que perteneció a mi abuelo. En ese atlas, podían verse mapas de todos los países del mundo. Así que empecé a imaginarme que una oleada de trípodes, de diferentes cabezas (triangulares, redondas) invadían los puntitos de los mapas que eran ciudades. Recuerdo que en Ucrania y cercanías (entonces parte de la Unión Soviética) los invasores destruyeron tres ciudades: Neezin, Jarkov y Poltava.

Después de aquello, que podríamos calificar de "fanfic", empecé algunas historias, que era incapaz de terminar. Apenas recuerdo de que iban: aventuras, nuestra tierra en situación apocalíptica, ciencia-ficción. Así, así, haciendo memoria... Recuerdo un engendro que era una novela de ciencia-ficción ambientada en un vuelo tripulado de un sistema solar a otro. No recuerdo de qué iba, pero aparecían extraterrestres infiltrados (que no eran malvados). Otro engendro iba de un hombre que, no recuerdo cómo, entraba en contacto con una raza de seres femeninos cuyos cabellos eran verdes y estaban vivos, ya que eran producto de una relación simbiótica mutualista (ambas especies se benefician) entre algún tipo de alga y seres humanos. Retomé la idea haciendo que, en Granada capital, un chaval que iba de fiesta fuese secuestrado por una mujer de ese estilo. Tenía la gracia de que iban recorriendo calles de Granada, de noche, y abandonando la ciudad por una carretera oscura hacia un sitio que ya no recuerdo. Todas aquellas historias estaban demasiado influidas por otros libros que había leído (aunque eso de la simbiosis alga-humano no sé de donde lo saqué). Un último engendro era una novelita muy breve de ciencia-ficción, en el cual, existía una serie de flotas que vagaban por el Universo y cuyo objetivo era exterminar la vida. Esa flota avanza hacia un planeta y su almirante se lleva la sorpresa de que les plantan cara con otra flota de naves de guerra. Nadie entiende quién les ha avisado. Todo esto va mezclado con la misión de un caballero que tiene que vencer a no sé qué monstruo. La relación entre ambas tramas se me olvidó. Sí recuerdo el final. La flota del planeta es aniquilada y la civilización es exterminada. Y la flota maligna toma rumbo hacia la Tierra. Un poquito penoso, pero tenía 18 años cuando ideé aquello, y os puedo garantizar que no es una copia de Las Crónicas de Riddick (esas flotas malignas se parecen a los necróferos) porque la película no se había estrenado en 1992, cuando ideé la historia (es del 2004).

Sin embargo, en 1995 estaba cursando cuarto de física, especialidad teórica, en la Universidad de Granada. Tenía 21 años. Y en una habitación interior de una pensión donde pasé los dos mejores años de mi estancia en la Universidad, hacia febrero o marzo, terminé un relato que se llamaba "Jirones de niebla". Fue la primera pieza de prosa que terminé. Cinco páginas de Word, 2874 palabras incluyendo el título. Y, además, la escribí de un tirón. Fue el primero de mis escritos con el que me quedé satisfecho y, a partir de ahí, empecé a acabar relatos uno tras otro, hasta llegar a los cuarenta o cincuenta en el transcurso de los siguientes cinco años.

Jirones de niebla trata de la historia de Marta. La protagonista regresa a su hogar después de haber pasado unos días con su madre a causa de una discusión muy fuerte con su marido. Aparca su coche, saluda al portero, que no le hace mucho caso, sube a su casa y se encuentra que la llave no entra. Llama hecha una fiera, pensando que su marido le ha cambiado la cerradura y quien le abre es una mujer que no conoce. Discuten y Marta comprende que aquella mujer cree sinceramente que lleva viviendo allí con su familia desde hace tiempo. Se va para aclararlo todo con la policía, regresa al aparcamiento y la llave del mismo no abre. En esto, empieza a caer una niebla extraña, hecha a jirones. Marta se desespera. Encuentra a un policía y le expone su problema, pero éste no le hace el menor caso. La protagonista, cada vez más cansada acaba paseando por un parque, rodeada por los jirones de niebla, que cada vez son más espesos. Agotada, se sienta en un banco.

Y aparece su marido. Y le explica que es un ser que le roba la vida lentamente a sus seres queridos. Con cada beso, cada caricia o cada discusión, le arrebataba un poquito de vida. Le había ido robando la vida muy despacio, a lo largo de los años y todo lo que pasaba aquel día era que a Marta se le había terminado la energía, y estaba desapareciendo. Su marido no era un ser malvado, se apena al verla moririse, pero robar la vida a los seres humanos es su manera de sobrevivir. Y, al final, Marta se desvanece en la niebla.

Este primer relato que acabé fue como la chispa que me hizo ir terminando muchas cosas, iniciar una novela, hasta que tuve un parón literario hacia 2002 del que no salí hasta 2006-2007, aunque nunca recuperé la facilidad de la segunda mitad de la década de los noventa para urdir historias.

Pregunta 2 del reto respondida. ¡Conseguido!