14 octubre 2018

Optimismo medioambiental

La preocupación acerca del cambio climático que está provocando la Humanidad y sus consecuencias aumenta. Se incrementa despacio, pero lo va haciendo. Sin embargo, si se cuenta con lo que conocemos acerca de otros cambios climáticos que han sucedido en el pasado, me refiero a cambios sucedidos hace muchos millones de años, hay razones para ser optimistas.

En efecto, la vida sobre la Tierra ha sobrevivido a muchas catástrofes climáticas como la que tendrá lugar dentro de cincuenta años, y sobrevivirá a la que se avecina. Lo único que va a destruir este cambio climático va a ser la civilización humana actual y, quizá, a la especie humana. Pero la vida sobre la Tierra sobrevivirá.

Posiblemente, nuestra civilización se vendrá abajo cuando el clima quede perturbado sin remedio y cambie de manera radical. Eso significará la pérdida de un gran porcentaje de las cosechas y otras formas de producción de alimentos en todo el mundo, de manera que dará igual lo ricos que sean ciertos países o personas. No será problema de no tener dinero, será problema de que no habrá comida que comprar. Ahora, es prácticamente imposible que las cosechas sean malas, a la vez, en todo el mundo, porque las plantas que cosechamos están adaptadas a sus respectivos climas. Cuando la climatología haya cambiado de forma drástica debido a un aumento rápido de las temperaturas, ninguna especie estará preparada: la producción de alimentos se hundirá en todo el mundo a la vez.

Las consecuencias serán que, durante muchos años, habrá hambrunas en todo el planeta. Cuando la gente no tenga que comer, dejará de pagar impuestos, de obedecer a los gobiernos y de esas otras cosas que mantienen en pie la civilización y tanto preocupan a los políticos. También se dejarán seducir por populismos que promuevan el robo de los alimentos que atesoren estados o países vecinos, lo que reducirá aún más la producción de comida. Toda esa civilización que tantos milenios ha costado construir se desmoronará, muerta de hambre. Hace mucho tiempo que la población humana es tan elevada que solo los métodos de producción de alimentos basados en la existencia de estructuras estatales pueden mantener a la población. Miles de millones de personas no podrían vivir como cazadores-recolectores. Si la civilización se hunde, la hambruna será devastadora.

La Humanidad quizá sobreviva. Puede que pueblos aislados en lo más profundo de la selva del Amazonas, en zonas montañosas aisladas o en desiertos poco explorados sigan viviendo sin que los pueblos civilizados los perturben y puedan adaptarse al nuevo clima. O quizá las personas civilizadas los exterminen para robarles la comida. Eso no lo sé.

Pero, en todo caso, soy optimista: el cambio climático provocado por el ser humano no podrá destruir la vida sobre la Tierra. Solamente acabará con la civilización y, quizá, también con la especie humana. Sin embargo, la vida se recuperará. Por tanto, podemos seguir como hasta ahora. No hay de qué preocuparse.

30 septiembre 2018

#OrigiReto2018 Secuestro ritual

Relato para el Reto de escritura de #OrigiReto2018 - Ejercicio: 20- Crea un relato que suceda en una carretera durante la noche.

Bases en:
http://nosoyadictaaloslibros.blogspot.com.es/2017/12/reto-de-escritura-2018-origireto.html
o en
http://plumakatty.blogspot.com.es/2017/12/origireto-creativo-2018-juguemos.html

Esta vez son 1029 palabras (1034 menos cinco asteriscos de separación de escenas). Y como se trata del segundo relato del mes de septiembre, añado la etiqueta:



Este relato comenza exactamente donde acaba el primero de septiembre. Este lo he publicado casi al límite. Hasta el mes de octubre.


SECUESTRO RITUAL


Qué harta me tenía Abdul. En momentos como aquel me preguntaba qué demonios vi en él como para casarme y seguirle a Estados Unidos. Lo miré un instante. La borrachera lo había hecho quedarse dormido, pero, aun así, seguía pareciéndome guapísimo. Me había seducido con el rostro tan exótico que tenía, con su forma de reír y con esos ojos negros tan bonitos que tenía. Hubiera deseado que su familia le hubiese inculcado sus costumbres tradicionales: no bebería ni una gota de alcohol y no tendría que ir a recogerle a la taberna cada dos por tres.

Me detuve al advertir una señal de “Stop”. Miré a ambos lados y seguí conduciendo. Era de noche y la carretera estaba vacía. Tras pocos minutos de recorrido, se me fue pasando el enfado con Ahmed. En verdad, habíamos tenido muy mala suerte, sobre todo él. Sus padres habían llegado a España desde Marruecos y sufrieron mucho para encontrar trabajo, adaptarse y criar a sus tres hijos. Abdul era el mayor. Con mucho esfuerzo, estudió la carrera de física y consiguió un premio extraordinario de doctorado. Era uno de los físicos más brillantes de España, por lo que no tuvo más remedio que emigrar. Había elegido la Universidad de Harvard y yo estaba tan loca por él que dejé mi trabajo y a mi familia para seguirle.

Entonces, Trump ganó las elecciones y las cosas se pusieron feas para quienes tenían ascendencia musulmana, aunque ya tuvieran la ciudadanía. Lo echaron de Harvard y llevábamos unos años malviviendo a base de trabajos temporales, recorriendo un estado tras otro. A mí me resultó un inconveniente; para él, abandonar para siempre la carrera investigadora, aquello que era toda su vida, lo hundió. Se volvió huraño y empezó a beber demasiado, pero nunca descargó su frustración contra mí: prefería destruirse a sí mismo. Abdul me seguía queriendo y yo a él.

Otro automóvil se nos acercó y comenzó a seguirnos. El trayecto hasta nuestra casa, en mitad del campo, no era demasiado largo. Me resultó muy raro que el coche se mantuviera muy cerca de nosotros, pero no podía hacer otra cosa que seguir conduciendo. A la luz de los faros, en la cuneta, a unos cien metros, vi a dos tipos que parecieron tirar algo que no vi. Se me aceleró el pulso cuando los neumáticos delanteros reventaron y estuve a punto de perder el control del automóvil. El coche acabó en la cuneta, detenido por un montón de matorrales. Abdul abrió los ojos, pero fue incapaz de superar la somnolencia.

—¿Qué ha pasado? —me dijo con los ojos entrecerrados y volvió a desvanecerse.

Comprendí que algo iba muy mal cuando el coche que nos seguía se detuvo de inmediato y salieron de él cuatro tipos. Cerré los pestillos, muy asustada, pero no sirvió de mucho. Intentaron abrir las puertas con rabia, golpearon los cristales y me gritaron que saliéramos del coche. No podía contar con Abdul, que miraba adormilado al tipo que quería abrir la puerta del copiloto.

No sabía qué hacer. Giré la llave y el coche arrancó, pero con las ruedas destrozadas e incrustado en los matorrales, apenas logré que avanzara medio metro. Me asusté mucho más cuando rompieron el cristal de mi puerta y dos de los tipos me sacaron a la fuerza por el hueco del cristal. Me agarraron y me debatí inútilmente. Vi, gracias a los faros encendidos de mi coche, que otros dos tipos secuestraban a Abdul, tan borracho que le llevaban a hombros mientras mi marido arrastraba los pies.

—¡Dejadnos en paz! ¡No tenemos dinero!

—Lo sabemos. Queremos a Abdul —dijo uno de mis captores—. No te resistas y no te pasará nada.

No les hice caso. Di un pisotón muy fuerte al que me aprisionaba el brazo derecho y tuvo que soltarme. Al segundo le di un buen golpe en las costillas con la palma de la mano. La falta de dinero y, sobre todo, la necesidad de cambiar de ciudad cada pocos meses, me obligaron a dejar el Taekwondo, pero aunque estuviera desentrenada, seguía siendo una cinturón rojo que preparaba el examen para el cinturón negro.

Retrocedí en guardia, lista para enfrentarme a aquellos tipos. Por muy diestra que fuera, luchar contra dos hombres a la vez era inútil, pero, mientras hubiera una oportunidad, tenía que pelear. Uno de ellos se adelantó y, con todas mis fuerzas, giré y le di una patada en el estómago que lo derribó. Pero su compañero me abrazó y caí al suelo con el individuo encima. Luché por zafarme, pero pesaba mucho y nunca había sido buena peleando en el suelo. Aun así, le golpeé varias veces y cuando otros dos canallas, probablemente los que habían reventado las ruedas del coche, me agarraron, mi oponente sangraba por la nariz.

Intenté seguir luchando. Grité, supliqué y me debatí hasta que me dieron un golpe muy fuerte en la cabeza y perdí el conocimiento.

                                                                                      * * * * *

Pasé tres días en el hospital, en observación debido a una conmoción cerebral que, por fortuna, no me iba a dejar secuelas. Cuando recobré el sentido, pregunté a los médicos y a las enfermeras si sabían algo de Abdul, pero nadie supo o quiso decirme nada.

Fue el día en que me iban a dar el alta cuando me lo contaron todo. Me visitaron un hombre y una mujer, que se identificaron con agentes federales. No tuvieron compasión. Me enseñaron una foto del cadáver de Abdul sin intentar hacerme más fácil un momento así.

—¿Reconoce a este hombre? —dijo el agente, con un fuerte acento del sur.

—Es Abdul. Era mi marido —dije entre lágrimas.

La mujer tuvo el detalle de darme unos cuantos pañuelos para que me secara las lágrimas.

—¿Quién ha sido?

—Una secta ocultista —respondió la mujer.

—¿Y por qué? ¿Qué les hemos hecho?

—Buscaban una mente brillante que estuviera sufriendo —explicó el agente—. Ha sido un secuestro ritual. Han tenido mala suerte, simplemente. No podemos contarle más.

Cuando los agentes se marcharon, empecé a llorar de nuevo. Decidí que lo mejor sería volver a España, cosa que hice un par de meses después.

Nunca supe qué secta me arrebató a Abdul.

29 septiembre 2018

#OrigiReto2018 Mi gran odisea

Relato para el Reto de escritura de #OrigiReto2018 - Ejercicio: 14- Narra algo cotidiano como una hazaña épica o un acto criminal.

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Son, según mis cuentas, 1037 palabras. Creo que el acto cotidiano que se convierte en una odisea está muy claro.


MI GRAN ODISEA


Había pasado una tarde inolvidable en aquella taberna, rodeado de amigos y bien atendido por las chicas que servían las mesas. Inundaron la mesa de cervezas, licores y algo de comer. Todo estaba delicioso y disfruté de las risas de mis compañeros de fiesta.

Pero algo empezó a ir mal. Comencé a sentirme cansado y aquel agotamiento que me adormilaba, no me permitió darme cuenta de cómo iba cambiando lo que tenía alrededor. Los sonidos se amortiguaron, las luces fueron volviéndose un poco más débiles. Y mis amigos me traicionaron. Se fueron marchando uno a uno y me quedé solo en aquella taberna, cada vez menos concurrida.

Ya no venía nadie a la mesa y lo único que rompía la quietud del recinto eran individuos que, de vez en cuando, pasaban cerca de mí. La sensación de que las cosas no iban bien se intensificó cuando intenté incorporarme y me sentí mareado. Di un par de pasos y todo me dio vueltas. Me sentí estúpido. Se estaban dando muchos casos de asaltos a turistas en la zona, y no había tenido cuidado. Llevaba un par de años viviendo en Chesterfield, una pequeña ciudad del estado norteamericano de Misuri donde casi todo el mundo era blanco, de manera que yo, a causa de mis rasgos árabes, parecía un turista o un inmigrante. Era la víctima perfecta para los desalmados que se dedicaban a echar drogas en las bebidas de los turistas.

Me costaba mucho caminar, pero me esforcé en avanzar lo más derecho posible, para fingir que no estaba afectado por lo que me hubieran echado en las copas. Creo que lo logré, aunque dar cada paso me suponía un esfuerzo enorme. Tenía que encontrar los lavabos del local, no solo por las ganas de orinar que tenía, sino para intentar forzar el vómito. En el penoso camino estuve pensando en quién podría haber sido. Las camareras, no. Recordé una chica rubia, muy guapa, que quiso invitarme a un acto religioso que tendría lugar en un día y un lugar que no recordaba. Entonces no me di cuenta; en aquel instante recordé que interpuso los folletos entre mi vaso y yo, y que me había abordado cuando ya estaba solo. Seguro que me estaría esperando en la puerta, con dos compinches, para asaltarme. Pero no se lo iba a poner fácil.

Me tropecé con una superficie de madera, que mi cerebro confundido tardó en reconocer como la barra del local. Alguien se me acercó.

—¿Dónde están… los… servicios? —dije con dificultad.

Avancé con muchos problemas hacia donde me había indicado y sentí cómo las drogas iban nublándome poco a poco la vista y la coordinación. Me costó mucho trabajo llegar al lavabo y me temo que, al principio, apunté mal y mojé el suelo, pero logré salir de allí haberme manchado. No conseguí vomitar aunque, al menos, me enjuagué la cara y me sentí un poco mejor. Gracias a aquello, recuperé parte de la lucidez y encontré la solución a mi problema.

Procurando mantener un paso lo más firme posible, regresé a la barra y trepé a lo alto de uno de los taburetes. Estuve a punto de caerme un par de veces, pero logré quedar sentado y apoyar los brazos en la barra. Cuando el camarero se me acercó, le pedí agua. Miré a ambos lados y, con cuidado y discreción, me saqué el móvil del bolsillo delantero de la camisa. Para impedir que los asaltantes que me estarían vigilando pudieran oírlo, en vez de llamar a Paula, lo que hice fue mandarle un mensaje por el móvil.

Fue una proeza conseguir escribirle un texto comprensible debido a la torpeza que me dominaba las manos y los dedos. Le pedí que viniera a recogerme, que dejara el coche muy cerca de la puerta, que inspeccionara los alrededores y que, cuando no hubiera nadie sospechoso en las inmediaciones, me diera una llamada perdida. Entonces, saldría de la taberna lo más rápido que pudiera, nos subiríamos en el coche y correríamos al hospital para que me quitaran toda la droga que me estaba envenenando.

Pasaron cinco largo minutos hasta que Paula respondió con un escueto “Ok”. El camarero me dijo si quería alguna otra cosa, que estaban a punto de cerrar. Pero su expresión me puso en guardia. Lo más probable era que el joven estuviera compinchado con los delincuentes y que intentara forzarme a salir y dejarme a merced de los asaltantes. Me habría bebido una cerveza, pero me daba miedo que el alcohol pudiera potenciar los efectos de la droga.

—Quiero… un… refresco —dije con la lengua trabada a causa de la sustancia que me tenía así.

El camarero puso mala cara, pero me sirvió el refresco. Me lo bebí lo más despacio que pude.

—¿Quiere que llame a alguien? —propuso de pronto el camarero.

—Ya… ya me he… ocupado —respondí intentando sonreír para hacerle creer que no estaba bajo los efectos de la droga.

Fueron diez minutos muy tensos. Había agarrado bien la botella vacía del refresco: si el camarero intentaba echarme de allí, le abriría la cabeza. Por suerte, no intentó nada y, al fin, noté la vibración del móvil. Ya le había pagado el refresco, así que empecé a bajarme del taburete. Fue difícil. Me falló una pierna, pero logré agarrarme a la barra y no caer. Si hubiera acabado en el suelo, no estaba seguro de haber podido levantarme.

Inicié el camino hacia la puerta atravesando un local que no paraba de dar vueltas. El suelo se movía bajo los pies y me obligaba a dar tumbos. Fue una proeza salir del local sin caerme un par de veces. Abrir la puerta de la taberna me dejó casi sin fuerzas y quedé apoyado en la pared, muy mareado. Por suerte, Paula vino hacia mí.

—Llévame al… hospital —le dije al límite de mis fuerzas—. Una ladrona me… me ha drogado.

—¿Esta vez te han drogado? Hoy no han sido los alienígenas, ¿no? —respondió Paula y me olió el aliento—. Lo que estás es borracho como una cuba. ¡Otra vez! Me tienes harta, ¿me oyes? ¡Harta!

Paula me condujo hacia el coche, me puso el cinturón del asiento del copiloto y arrancó.

31 agosto 2018

Truco de programación: pantalla de bienvenida persistente en Visual Studio 2015

En estos días de relajación, me he puesto a trastear un poco con Visual Studio 2015. El proyecto se trata de una simulación biológica sencilla denominada "Células y el Origen de la Vida". Hablaré más de ella en esta bitácora, pero hoy quiero tratar un tema puramente técnico.

Visual Basic 2015, y supongo que el resto de lenguajes de programación de esta "suite", incluye una serie de formularios particulares, que no había en la versión que usaba anteriormente, la 2005. Un ejemplo es la Pantalla de Presentación, que es un formulario que en las propiedades del proyecto se puede definir como pantalla de presentación.

Hay un comportamiento que me gustaba crear en algunas aplicaciones que cree en 2005: tener una pantalla de presentación que duraba un tiempo en pantalla hasta que desaparecía y se abría la ventana principal del programa. En la versión antigua, lo lograba trasteando en "Sub main": abría la ventana de presentación con un temporizador, tras lo cual se cerraba. En "Sub main" interrumpía la ejecución ese mismo tiempo y cuando ese tiempo transcurría, abría la ventana principal.

Pero en Visual Studio 2015 quise hacerlo sin hacer tantas "trampas", configurando adecuadamente las propiedades. No hay forma de conseguirlo de manera sencilla: la pantalla de presentación se mantiene abierta y a la vez se abre la principal, sin que hallase forma alguna de replicar el comportamiento anterior.

Esta es la solución que hallé. Primero, utilizaré el comando "Sleep" para paralizar la ejecución del código así:

System.Threading.Thread.Sleep(TESPINI) 

Visual Studio 2015 permite quitar "System". TESPINI es una constante que he definido en un módulo de constantes y declaraciones globales, de la siguiente manera:

Public Const TESPINI As Integer= 5000


El parámetro de Sleep da el tiempo de interrupción en milisegundos. Los siguientes pasos consisten en incluir la invocación a Sleep en ApplicationDesigner.vb


y añadir una línea en ApplicationEvents.vb


Hecho esto, el programa mostrará la ventana de inicio durante 5 segundos, tras los cuales, se cerrará la ventana inicial y se abrirá el formulario MDI.

Puede ser que si se cambia alguna parte sensible de la configuración se pudiera perder código, pero, hasta el momento, a mí no me ha pasado. EDITO: Sí me ha pasado. Recomiendo que antes de distribuir la aplicación os aseguréis de que en ApplicationDesigner.vb está incluido Threading.Thread.Sleep(TESPINI) 

27 agosto 2018

#OrigiReto2018 Aún me necesita

Relato para el Reto de escritura de #OrigiReto2018 - Ejercicio: 08- Escribe una historia en la que el protagonista esté obsesionado con algo relacionado con su altura.

Bases en:
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o en
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Son 1039 palabras, tras quitar quince asteriscos de separación de escenas. Este relato no se entiende del todo si no se lee antes el primero del mes de agosto, ya que es una continuación, si bien transcurre mucho tiempo entre ambos. Aquí está la pegatina de agosto:



Y aquí, el relato.



AÚN ME NECESITA

Pasar dieciséis años viviendo entre humanos es un suplicio que no le recomendaría a nadie. Me había convertido en un gerdel amargado que se odiaba a sí mismo. Lo único bueno que había en mi vida, que daba sentido a mi sacrificio, era Alianora. 

Mientras desayunaba, la vi sentarse frente al fuego. Todo había dejado de importarme, pero a Alianora seguía queriéndola igual. Hubo un tiempo en que dependía de mí. Ahora, era al revés: mi amargura me había derrotado. Mantener una casa de tamaño humano era un esfuerzo titánico para mí, pero nunca me quejé mientras mi hija no podía hacerlo. En aquellos momentos, no hacía otra cosa que comer, beber, dormir y añorar mi arboleda. Ni siquiera salía de casa.

Lo único que me apenaba era que cada día me costaba más no desahogar mi amargura con ella. Alianora se sentó a la mesa sin apenas mirarme. La noche anterior la había regañado con una dureza absurda comparada con el pequeño despiste que me había enojado. Mi hija no era el problema: era tan buena que no parecía humana. El problema eran los otros, que se reían de mí por mi altura. Hubo un tiempo en que me enorgullecía de medir medio metro; ahora sabía que era un enano repulsivo. 

Lo peor era que Alianora no se daba cuenta. La última vez que salí, había quedado con ella en una plaza. Cuando llegué, charlaba con unas chicas que empezaron a reírse de mi corta estatura. Alianora pasó semanas intentando convencerme de que no se reían de mí. Ella no puede creer que me desprecien: es demasiado buena. Estiré el brazo, pero no pude alcanzar la jarra de tamaño gerdel porque a mi hija se le había vuelto a olvidar dejarla cerca.

—¡Maldición, Alianora! ¡Te lo he dicho cientos de veces: si pones la jarra tan lejos, no llego!

Me la acercó y agachó la vista. Soltó la cuchara, se levantó y la oí subir las escaleras. ¿Cómo podía ser tan estúpido? Bajé con torpeza de la silla y subí las escaleras con dificultades. Alianora estaba sentada en su cama, llorando. Supe que llevaba mucho tiempo descargando mi frustración en ella, que no lloraba por mi última frase, sino por todas las anteriores. La quería tanto que habría dado mi vida por salvar la suya, pero lo único que sabía era hacerla llorar. No era más que un enano asqueroso: no podía ofrecerle un hombro. Solo pude rodearle la pantorrilla y pedirle perdón.

—Tú no tienes la culpa, papá —me dijo.

Mientras se secaba las lágrimas con un pañuelo, pensé en que Alianora no se merecía soportar a alguien como yo.

* * * * *

Llevaba casi tres semanas sin ver a Alianora. No quería comer, no podía dormir. Estaba seguro de que no la vería nunca más. Me dijo que quería visitar la casa de sus padres naturales en Vianni y conocer a sus amigos, que iría con dos comerciantes del pueblo. Con lo mal que la trataba sin quererlo, no se lo podía negar. Y sería más feliz alejada de un enano despreciable.

Cuando Alianora regresó, no me alegré: dos soldados la trajeron inconsciente. Ardía de fiebre y tenía un brazo muy inflamado. Reconocí la picadura de un wttwo, un insecto repugnante, tan grande como mi antebrazo. Maté a muchos wttwos de joven. Salí de casa por primera vez en varios meses y le compré al herbolario algunas de las hierbas que usábamos los gerdel. Hice un emplasto, se lo puse en el brazo a Alianora y lo sujeté con una venda. Me angustió que no despertara. Llevaba dos horas a su lado cuando alguien llamó a la puerta y tuvo la paciencia de esperar a que bajara los escalones.

—Usted debe de ser el héroe gerdel —dijo un tipo moreno y con bigote.

—Mi hija está muy enferma. No estoy para burlas —respondí, conteniéndome con esfuerzo, mientras cerraba la puerta. El tipo la inmovilizó con el pie.

—Soy médico. ¿Puedo pasar o dejamos que su hija se muera?

No entendí qué hacía allí ese hombre, pero le dejé entrar. Atendió muy bien a mi hija, me dejó hierbas y medicinas, me dio instrucciones detalladas… y cuando fui a pagarle, me dijo que medio Chavvi había contribuido con alguna moneda para costear sus honorarios.

* * * * *

Alianora luchó durante cuatro días. La quinta mañana, abrió los ojos, se incorporó para sentarse y me sonrió. Le abracé una pantorrilla, pero ella me levantó y le abracé el cuello. Estuvimos así un rato, hasta que me sentó junto a ella.

—Perdóname por haberte mentido —afirmó mientras se sacaba algo del escote.

Envuelto en una tela había un documento gerdel. Mi jefe de arboleda me había indultado. No me podía creer que mi niña hubiera sido capaz de realizar un viaje tan peligroso para un ser humano.

—No quiero que te vayas, papá, pero aquí no eres feliz. Convencí a tu jefe de arboleda de que puedo valerme por mí misma, así que ya no corréis peligro si regresas. —Alianora me sonrió—. Sé muy feliz.

* * * * *

El día que me fui, comprendí lo absurdo de mi obsesión con mi estatura. Decenas de vecinos de Chavvi vinieron a despedirme: nunca me habían despreciado.

Pasé un mes inolvidable en mi arboleda. Rejuvenecí diez años, pero eché de menos a Alianora desde el primer día. Y cada vez me sentía más triste. Mi jefe de arboleda ya era un anciano de casi cuarenta años. Yo, con cinco menos, era otro.

—Voy a volver a Chavvi, señor —le dije con esfuerzo—. Vendré cuando pueda, pero… Alianora aún me necesita. Los humanos viven tanto que con veinte años aún son muy inocentes, y mi hija tiene solo diecisiete. Si no vuelvo, ¿quién le dará consejos, quién le dirá si el vestido le queda bien y la regañará porque lleva demasiado escote? No tenemos espejos en casa. Siento marcharme, pero aún me necesita.

Alianora se casaría dentro de dos o tres años y se iría de casa, pero ¿por qué no pasar ese tiempo con ella?

—Siempre he sabido que te irías de nuevo, Mylles. Te indulté para que pudieras volver a la arboleda, no para que te quedaras. —Me dio un abrazo—. Vuelve con Alianora: aún la necesitas.

26 agosto 2018

#OrigiReto2018 Akmein Mabeg

Relato para el Reto de escritura de #OrigiReto2018 - Ejercicio: 07- Relata una adopción peculiar.

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Este relato cuenta con 1045 palabras y hay dos homenajes un pelín disimulados. El primero es a la película Willow (si la habéis visto, puede que lo captéis. Es de una escena del final). El segundo es a la novela Tres corazones y tres leones de Poul Anderson. Este segundo lo contaré porque es un nombre que comparten muchos personajes: Alianora es la dama cisne que aparece en la novela de Poul Anderson.



AKMEIN MABEG

Los gerdel no sentimos aprecio por los humanos: son enormes, arrogantes y ansían expandirse a costa de la naturaleza. No soy una excepción, pero Silvio y Gabriella siempre me habían tratado bien y les consideraba unos buenos amigos. Cuando mi jefe de arboleda me enviaba Vianni, el pueblo humano más próximo, a comerciar, procuraba ir a verlos a su taller aunque no tuviera nada que comprarles. Aquel día de primavera en que fui a verlos, me cambió la vida.

Mi pueblo odia la violencia, quizá porque no sería prudente usar la fuerza cuando un gerdel le llega a un humano normal a las rodillas y los humanos no son la especie humanoide más grande. Pero hay otros pueblos que sí combaten a los humanos. Cuando oí sonidos de pelea en casa de Silvio y Gabriella y oí llorar a Alianora, su niña de apenas un año, me oculté.

Soy tan pequeño que los humanos casi nunca reparan en mí. Los tres malluwra, que son un poco más grandes, tampoco me vieron mientras salían del taller de mis amigos llevándose en brazos a Alianora, que seguía llorando con fuerza. Entré en la casa y me encontré a Silvio y Gabriella muertos delante de la cuna de su pequeña. El dormitorio estaba destrozado: habían luchado hasta el fin. Aquellos humanos no merecían tal destino.

Me oculté al oír llegar a los soldados y al regidor del pueblo. Aquellos cobardes se limitaron a lamentarse por la suerte de Alianora y el regidor prometió celebrar un buen entierro. Decidí que, si aquellos humanos no iban a intentar ni siquiera vengarse, sería yo quien lo hiciese en su lugar. Me aseguré de que mi bastón de combate estuviera cargado y seguí el rastro de los malluwra.

Me interné en un bosque que no tenía nada que ver con el mío: aquel era un lugar siniestro, lleno de árboles y matorrales oscuros y retorcidos. Los llantos de un bebé humano me angustiaron, pero me ayudaron a guiarme. Cuando localicé a los malluwra, en un claro de escasa extensión, me alegré de ser tan pequeño. Eran siete y parecían ocupados en una invocación. No entendía su idioma, solo capté dos palabras que sonaban en cada frase que pronunciaban: “Akmein Mabeg”.

Supe que era un nombre propio cuando un monstruo, con un aspecto que recordaba un ave de presa y brazos acabados en garras en vez de alas, se materializó cerca del borde del claro. Y sentí una punzada en el corazón cuando oí llorar a Alianora con más fuerza y reconocí el ritual: iban a sacrificarla a aquel Akmein Mabeg. Me acerqué todo lo que pude al monstruo. No sabía qué hacer, pero me sentía incapaz de dejar que mataran a una niña si podía evitarlo. Ser tan pequeño y llevar una capa mágica gerdel que me ayudaba a mimetizarme era una ventaja. También un inconveniente: ni siquiera armado con el bastón iba a impresionar o ahuyentar a seres seis o siete veces más grandes que yo.

Se me aceleró el pulso cuando advertí que había una posibilidad. El ritual parecía implicar un trance provocado por unos cánticos pronunciados en tono muy bajo. No supe si su objetivo era conseguir que Alianora dejara de llorar, pero la niña dejó de hacerlo. Eso me dio la oportunidad. Llené a toda prisa mi capa con ramas y hojas hasta crear un bulto del tamaño de un bebé humano. Hice que adquiriera el mismo color que la sábana en la que iba envuelta Alianora y, con sigilo, cambié al bebé por mi capa. Pasé muchísimo miedo: si a alguno de aquellos gigantes se le ocurría abrir los ojos, o si la pobre niña arrancaba a llorar, moriríamos los dos.

Nada de aquello sucedió. Huí todo lo deprisa que pude porque cuando vieran que el bebé humano ya no estaba allí, me buscarían por todo el bosque. Sin embargo, ya no tenía miedo. Ni siquiera necesitaba mi capa mágica: si un gerdel se esconde en un bosque, solamente lo encontrarán si el gerdel así lo desea, en especial si quien lo busca pertenece a una raza de gran tamaño.

Regresé a Vianni muy contento, aunque empecé a sentirme cansado porque el bebé pesaba mucho. Alianora era una niña preciosa, de piel muy blanca y mejillas sonrosadas. Su piel era lo que más me llamaba la atención al compararla con la mía, marrón como la madera y con manchas verdes. Despertó a mitad de camino, pero no lloró. Tuve la sensación de que se sentía a gusto conmigo. Sus ojos también eran distintos a los de cualquier gerdel: azules, en vez de negros.

Cuando la llevé al regidor de Vianni, para que se hiciera cargo de ella, me dieron el primer golpe.

—Si algún humano se hace cargo de ella, caerá la maldición sobre Vianni. Esa niña iba a ser sacrificada a un xephus: está marcada. Llévala al bosque y que las fieras la devoren.

Discutí largo rato, pero fue inútil. Así que lleve a Alianora a mi arboleda. ¿Qué otra cosa podía hacer? Mi jefe me dio el segundo golpe.

—No podemos ocuparnos de una niña humana. Según sus leyes, sería un secuestro y les daríamos la excusa que buscan para ocupar la arboleda. Si los humanos no quieren hacerse cargo, llévala al bosque y que las fieras la devoren.

Me levanté para cumplir la orden y cuando vi a Alianora en una cama gerdel, tuve que secarme una lágrima. Fui a cogerla en brazos y me rodeó dos dedos con la mano.

—Señor, no puedo.

—Yo lo haré por ti.

—Se lo ruego, señor, ¿no hay otra solución?

Nos sentamos a su escritorio y mi jefe se pasó un par de horas consultando un código legal humano y los pergaminos donde se plasmaban las leyes gerdel.

—Hay una forma, pero es muy dura. Tendrás que adoptar a Alianora. Eso me obligará a desterrarte para siempre. Entonces, si vas a una población humana que no sea Vianni con tu hija y muestras tu sentencia de destierro, podrás pedir asilo y te sería fácil conseguirlo. ¿Es eso lo que quieres?

Llené la mente de imágenes de mi arboleda: las encinas y los robles, las casitas gerdel, las flores, los atardeceres… 

Los iba a echar mucho de menos.

27 julio 2018

#OrigiReto2018 La moradora del ático

Relato para el Reto de escritura de #OrigiReto2018 - Ejercicio: 17- Describe una noche o crea un relato que suceda en un bosque encantado.

Bases en:
http://nosoyadictaaloslibros.blogspot.com.es/2017/12/reto-de-escritura-2018-origireto.html
o en
http://plumakatty.blogspot.com.es/2017/12/origireto-creativo-2018-juguemos.html

Son 1034 palabras, tras descontar diez asteriscos de separación de escenas. Contiene un homenaje bastante descarado a H.P. Lovecraft. Como es el segundo del mes, aquí está la etiqueta:



Y aquí tenéis el relato. Para entenderlo, hay que leer el principio del primer relato del OrigiReto de julio.


LA MORADORA DEL ÁTICO

Habían estado muy cerca del desastre. Encontrar una solución al problema de Robert implicaba investigar mucho, leer libros que relataban secretos que partían el corazón y llenaban el alma de terror. Llevaba varios años intentando retener a mi marido en el ático, con un éxito muy relativo. Nunca supe cómo lograba abrir agujeros en un ático cuyas paredes habíamos reforzado.

Éramos conscientes de que faltaba muy poco tiempo para corregir todos los puntos sueltos que tenía nuestro plan, apenas dos meses. Confié en que Robert no se escapara antes de tenerlo todo bien planificado, pero lo hizo y estuvo a punto de matar a una turista inocente.

Ojalá hubiera conocido antes el origen de su mal. Perdí dos años buscando a los mejores psiquiatras, pero todos decían que Robert no tenía ningún problema mental conocido. No hicimos ningún avance hasta que Mary, la hermana pequeña de Robert, contactó con el profesor Elijah Dark de la Universidad de Miskatonic. Le llevó meses y tuvo que visitar tres veces el ático, pero, al fin, consiguió demostrar que Robert estaba esclavizado por un ente de otro plano de existencia. Y había una forma de liberarlo. Aunque era muy peligrosa.

—Creo que el nexo de conexión más adecuado es el que está en el bosque de Green Oaks —concluyó Elijah tras una larga explicación.

Estábamos a la mesa James, Mary, Lenore, el profesor, dos tipos enormes con aspecto de matón que no querían revelar sus nombres y yo. No acababa de estar convencida: Green Oaks era un bosque encantado del que se contaban historias horripilantes.

—Los otros dos nexos están en sitios mucho más peligrosos, Shanna —me respondió Elijah—, aunque tengan mejor fama. Green Oaks tiene fama de ser peligroso porque hay gente que ha conseguido salir. No sé de nadie que haya sobrevivido en los otros sitios.

* * * * * 

El viaje hasta Green Oaks duró tres horas. Tres horas en que me sentí cada vez más asustada. Íbamos todos los asistentes a la última reunión salvo Lenore, que se había quedado en casa para vigilar a Robert. Todos íbamos armados y llevábamos armas de repuesto, granadas de mano y cuchillos. Los dos matones, además, portaban machetes, pistolas y el doble de munición que nosotros. Era la única que apenas se sabía defender. Mary tenía una puntería excelente con el rifle y James era experto en esgrima. Incluso Elijah disparaba bien y sabía de explosivos. Pero yo era la única que podría asegurar el éxito del ritual que salvaría a Robert.

Lo único que nos alumbró cuando aparcamos fue la luz de la Luna llena. El aspecto tenebroso del bosque de árboles con ramas retorcidas no mentía: se sabía desde el siglo XIX que era un bosque encantado.

Elijah nos guiaba por un sendero que se cortaba a menudo, aunque el profesor siempre lograba encontrar el segmento siguiente cuando sucedía. El corazón me latía con furia, porque sabía que no estábamos solos. No corría ni una pizca de viento, pero las hojas y los matorrales se movían a veces. Había susurros y gruñidos. Todos callábamos, aparentábamos entereza, pero manteníamos bien cerca nuestras lámparas que quemaban una mezcla de aceites que nos protegía de los monstruos que ansiaban saltar sobre nosotros. Incluso los dos matones, que la Universidad de Miskatonic contrataba a menudo para trabajos como aquellos, mostraban temor en la mirada.

Algo se abalanzó sobre nosotros. Era un ser que parecía venido de una pesadilla, era un conjunto de tentáculos que salían de un cuerpo redondeado donde se abría una boca inmensa. Las lámparas lo molestaban, pero no lo ahuyentaban. Todos mis compañeros lucharon y dispararon. Yo retrocedí temblando, apuntando con el rifle, sin atreverme a disparar para no herir a ninguno de mis compañeros.

La lucha fue terrible: no podían con aquel monstruo. Uno de los matones logró vencerlo echándose sobre él y despedazándolo con el machete, pero lo pagó con su vida. James tenía un brazo roto, Mary sangraba por un corte muy feo en la mejilla y los demás habían recibido muchos golpes. Lloré por la angustia de ver muerto a uno de los compañeros más fuertes y por el remordimiento de sentirme culpable de su destino. Pero había que continuar.

Llegamos al nexo sin recibir más ataques. Elijah inició el ritual que concluí pronunciando una plegaria en una lengua que me provocaba escalofríos. Texmulajhi, el monstruo que habíamos invocado, apareció tres metros por delante de mí. Mediría unos cuatro metros de altura y tenía una cabeza parecida a la de un perro, pero con un hocico muy largo y afilado. Me miraba con seis ojos completamente blancos y extendía un par de alas de murciélago inmensas. Le brotaban ocho brazos de los costados y se sostenía mediante dos patas de ave.

—Divino Texmulajhi, señor de Cyxywa —dije con voz temblorosa—, os he invocado para suplicaros ayuda y consejo para liberar al hombre al que amo de la enfermedad que lo aflige.

Texmulajhi debía de estar leyéndome la mente, recabando toda la información que necesitaba. Elijah decía que aquel dios admiraba el valor y que por eso nos ayudaría.

—Robert no está enfermo —dijo el dios, con una voz en que parecían mezclarse miles de hablantes—. Se le ha adherido un xujsul, así que esto es una disputa entre él y tú que solo puede resolverse con un duelo. Te lo concedo, Shanna, porque has venido a verme con Luna llena, cuando los xujsules son más poderosos. —El dios empezó a mover con rapidez sus ocho brazos—. Ganes o pierdas, tú y tus compañeros saldréis ilesos de este bosque. Si vences, me llevaré al xujsul y Robert volverá a ser el que era.

—¿Y qué sucederá si pierdo? —pregunté con un pellizco en el estómago.

* * * * *  

Vivo encerrada en un ático. Creo que la primera vez que entré fue hace varios meses. Desde entonces, solo he podido salir una vez, el día que abrí el primer agujero. El ático es muy viejo y las paredes están llenas de puntos débiles que puedo aprovechar. Pero cerraron la ruta que he abierto y me angustio al pensar que, un día, conseguirán cerrar todas las salidas y me quedaré aquí para siempre.
 
Robert nunca va a liberarme…