25 noviembre 2018

#OrigiReto2018 Alma de papel

Relato para el Reto de escritura de #OrigiReto2018 - Ejercicio: 10- Continua un cuento conocido en lugar de aceptar el final.

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http://nosoyadictaaloslibros.blogspot.com.es/2017/12/reto-de-escritura-2018-origireto.html
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http://plumakatty.blogspot.com.es/2017/12/origireto-creativo-2018-juguemos.html

Aquí ya queda claro, así que lo puedo decir. El cuento en que se basaba el relato anterior de noviembre era El soldadito de plomo, Hans Christian Andersen. Aprovecho este ejercicio del reto para cambiarle el final. Ese cuento es uno de los primeros que recuerdo haber leído y es uno de mis preferidos de siempre. Espero que os guste.

Son 1040 palabras y aquí está la pegatina de noviembre.




ALMA DE PAPEL


Era tan injusto. Después de todo lo que había padecido mi capitán y, poco después de regresar al hogar, aquel duende maldito había logrado al fin su propósito. Mis hermanos empezaron a dispararle, pero el monstruo huyó y se escondió debajo de la cama.

Yo no disparé porque vi algo que me partió el corazón. La bailarina a la que amaba se había lanzado a rescatarle. Creo que nunca supo que el papel no resiste el fuego. Llegó hasta él y su precioso vestido y su cuerpo grácil de bailarina se carbonizaron en un instante. Solo quedó de ella la lentejuela, que ya no brillaba con los rayos del sol, sino que quedó ennegrecida por el fuego. Mi capitán se derritió y quedó convertido en una gota con forma de corazón, sobre la que se pegó la lentejuela. La madre de nuestro dueño apagó el fuego con agua y solidificó a nuestro desdichado capitán, que ya solo era un corazón de plomo con una lentejuela gris oscura incrustada.

Llorando, mi dueño puso el cadáver de nuestro capitán dentro de la caja y nos guardó. Aquel día no quiso jugar más.

Dentro de nuestra caja, los veinticuatro soldados restantes lamentamos la muerte de nuestro capitán. Sin embargo, éramos luchadores valientes y decididos, y pronto nos planteamos si había alguna forma de cambiar el final de aquella historia. No quisimos aceptar un destino tan cruel y debatimos durante horas.

—El ratón de la alacena —dijo Holger—. Es viejo y muy sabio. Él sabrá qué hacer.

No fue una operación fácil. La mesa era muy alta y nuestro capitán y lo que quedaba de la bailarina pesaban mucho. Creamos una cadena que dos de los nuestros sujetaron hincando sus bayonetas en la mesa. De esa forma, tres de nosotros nos dejamos caer tan cerca del suelo que no nos rompimos nada. Corrimos hacia la planta baja mientras los veintiún compañeros amenazaban al duende cruel con acribillarlo si se le ocurría seguirnos.

Fue duro bajar las escaleras, aunque lo hicimos sin sufrir daños ya que nuestro pobre capitán, en su forma actual, no podía romperse. Nos limitábamos a tirarlo primero y a formar una cadena para caer unos encima de otros. Cuando cruzamos el agujero de la alacena donde vivía el ratón, este nos recibió con alegría y algunas caricias con el hocico.

—Nuestro capitán —le dije— ha caído en el fuego y ha quedado convertido en esto. La lentejuela es lo único que ha quedado de la bailarina a la que amaba. ¿Podemos hacer algo por ellos?

El viejo ratón olfateó largo rato el corazón de plomo. Permaneció pensativo y, al fin, dijo:

—El alma de vuestro capitán sigue encerrada en el plomo, porque esa es su esencia. Para recuperarlo, solo tenemos que volver a fundirlo y devolverle su antigua forma. No importa que la pintura se haya esfumado, podemos volver a pintarlo.

—¿Y la bailarina? —pregunté esperanzado.

—Tenía el alma de papel. El fuego la destruyó y todo lo que fue ha desaparecido para siempre.

—¡No puede ser! —dije—. Esta historia no puede terminar así. No quiero que mi capitán viva con el corazón roto, no lo acepto. El alma de la bailarina tiene que estar en la lentejuela.

El ratón golpeó con la uña la lentejuela varias veces.

—La lentejuela está ennegrecida. Si su alma pudo refugiarse ahí dentro, algo que no creo, no volvería a ser la misma.

—¡Claro que sí! —insistí—. Le traeré papel. Recuerdo muy bien como era. La haremos exactamente igual que antes, pintaremos de blanco la lentejuela y se la pondremos sobre la banda azul. Volverá con nosotros, el destino no puede ser tan cruel.

—No tengo papel —dijo el ratón con tristeza.

Salí sin decir más. Había visto una papelera al bajar las escaleras. El destino estaba de mi parte, porque había un par de papeles arrugados alrededor. Cargué con ellos y regresé con mis compañeros. Uno de los soldados se había prestado a crear el molde. Bastó encerrarlo entre una lámina de arcilla y un trozo de losa y que el viejo ratón se echara encima de la losa a dormitar. Cuando el molde estuvo seco, el ratón buscó a una duendecilla, a una de carne y hueso, corazón bondadoso y alma de hechicera. Con su magia, derritió el plomo que era nuestro capitán y sacó la lentejuela, de la que cuidó el ratón. Cuando el plomo llenó el molde, se dio cuenta.

—No hay plomo suficiente.

—Le faltaba la pierna derecha —dije—. ¿Es un problema?

—Ahora que ya lo sé, no.

Cuando el cuerpo de nuestro capitán recobró su antigua forma, la duendecilla lo congeló con el aliento y empezó a pintarlo con unos pinceles que había traído. Mientras tanto, el viejo ratón, con gesto triste y siguiendo mis indicaciones, recreó el cuerpo de la bailarina. La duendecilla, le pintó la banda azul y le pegó la lentejuela. Era igual que antes, salvo que la lentejuela era muy gris, casi negra, porque la pintura no se le pegaba.

—De joven era un gran mago —dijo el ratón—. El hálito de vida es cosa mía.

Les echó el aliento al capitán y a su amada. El primero en despertar fue él. Exultantes, lo rodeamos y lo abrazamos.

—Hermanos —dijo el capitán—. ¿Cómo es posible? Me derritió el fuego.

—Pero la magia de ratones y duendes lo puede todo —dije.

Supe que algo iba mal cuando vi que la bailarina no se movía y que la duendecilla estaba abrazada al ratón, que intentaba consolarla. Mi capitán, embelesado, abrazó a la mujer que amaba.

—Estás bien, amor mío —dijo—, pero tienes sucia la lentejuela.

Nuestro capitán frotó y frotó, pero la negrura no estaba solo en la superficie de la lentejuela. Toda ella se había carbonizado por dentro.

La bailarina abrió los ojos. Y su mirada estaba vacía. El capitán la acarició, pronunció cientos de palabras de amor, pero ya no era la bailarina. Era un trozo de papel pintado con una lentejuela gris pegada encima. Mi capitán se rindió y se sentó a llorar.

Y la bailarina, incapaz de reconocer o comprender, giró la cabeza para oír una música que solo ella podía escuchar. Y se marchó bailando.


24 noviembre 2018

#OrigiReto2018 Al final del cuento

Relato para el Reto de escritura de #OrigiReto2018 - Ejercicio: 9- Describe un despertar original.

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Este relato está basado en un cuento muy bien conocido. No lo diré aquí sino en el siguiente relato de noviembre, continuación de este, para no desvelar nada. Son 1042 palabras.


AL FINAL DEL CUENTO


Cuando una sacudida brusca me despertó, un movimiento que pareció como si la prisión que me envolvía hubiera caído sobre algo, no sabía si estaba despierto o continuaba soñando. Desde hacía un tiempo que no sé cuantificar, no distingo entre sueño y realidad. Creo que lo último real que experimenté fue hundirme despacio en el mar, después de haber recorrido en barco unas alcantarillas que me parecieron interminables. Mi barco había aguantado un tiempo las aguas, pero al final, se deshizo y yo empecé a hundirme.

No sé si la sombra que me cubrió cuando estaba bajo el agua fue realidad o un sueño. Tampoco sé si verme arrastrado por un conducto blando por el que apenas cabía fue realidad o el inicio de mi eterna pesadilla. Noté que mi bayoneta se clavó profundamente en algo. Tan dificultados tenía los movimientos, atrapado por aquella materia blanda y viscosa, que no pude liberar el rifle.
Fue entonces cuando empezó la pesadilla. Aquella prisión blanda que me aprisionaba no dejaba de moverse, de intentar retorcerme y doblarme. Algo me quemaba y por más que intentaba liberar la bayoneta o salir de allí, lo único que lograba era que me doliera todo. La oscuridad era completa, pero notaba como si ascendiera y descendiera.

No sé cuánto tiempo seguí así. Solo sé que me sumí en un estado de duermevela y que gracias a que pasaba desmayado buena parte del tiempo, no perdí la razón. La última pesadilla consistió en que mi prisión se volvió loca. Las paredes blandas me apretaron y me liberaron continuamente, contorsionándose con una ferocidad que nunca habían mostrado. Ni por esas logré liberar mi bayoneta. Y, de pronto, nada. Oscuridad, inmovilidad. Oí algunos sonidos extraños.

En aquel instante, sabía que estaba despierto del todo por primera vez en muchos días. Las paredes de mi prisión se mantuvieron inmóviles después del brusco movimiento inicial hasta que sentí como si alguien le hubiera dado un golpe muy fuerte, desde fuera, a mi cárcel. Era la primera vez que sentía aquello desde que se había iniciado mi encierro. Y eso me dio esperanza. ¿Habría venido alguien a rescatarme?

Pero si habían venido a rescatarme, pensé tras un intervalo largo en que no percibí ninguna actividad desde el exterior, estarían intentando hacer algo, y la inmovilidad que no cesaba daba a entender que seguía solo.

Ya estaba a punto de perder toda esperanza cuando noté un movimiento suave y oscilante. La presión sobre mi costado izquierdo aumentaba y disminuía de manera regular. Noté que algo avanzaba hacia mí, como atravesando algún tipo de material y me llevé la sorpresa de que un filo metálico tropezó conmigo. Por suerte, solo consiguió mellarme un poco y pasó rozando por encima de mí.

La luz me cegó durante casi un minuto: llevaba demasiado tiempo a oscuras. Por eso, no vi bien a quién me levantó y me sujetó entre el dedo índice y el pulgar. Solo pude percibir una silueta redondeada con el pelo largo.

—¿De dónde has salido tú? —dijo aquella mujer.

Me llevó hacia un lugar extraño, una especie de recipiente enorme y me echó agua por encima. El líquido caía en el gran recipiente. Más acostumbrado a la luz, pude comprobar que estaba en una habitación de una casa que no conocía. Sobre una mesa había un cuchillo y, al lado, un pez abierto por la mitad. Fue entonces cuando conseguí comprenderlo todo. El barco de papel se deshizo al mojarlo las olas, me hundí y aquel pez, pensando que yo era una presa, me engulló. El animal no pudo digerirme, aunque había perdido parte de mi pintura.

La mujer subió por unas escaleras, abrió una puerta y no me pude creer la buena suerte que había tenido. Era mi habitación, la habitación del niño que era mi dueño. Desde las alturas, podía ver la caja donde estaban mis veinticuatro compañeros, podía ver el castillo y podía ver a la bailarina a la que amaba y ya no esperaba volver a ver nunca más. Mi dueño no estaba, así que la mujer me dejó en una mesa y se fue.

Pasé dos horas maravillosas. Desde donde estaba, podía ver perfectamente a la bailarina. Estaba hecha de papel y llevaba un vestido de muselina, con una banda azul sobre el hombro en la que había una preciosa lentejuela blanca. Era la mujer de mis sueños, y por como me miraba, apoyada sobre una pierna como yo, el sentimiento era mutuo. Lo único malo era que el malvado duende, que también la amaba, me miraba desde un rincón del suelo, con odio y celos.

Cuando mi dueño subió a su habitación, se llevó una gran alegría

—¡Cojito! ¿Cómo han conseguido encontrarte? ¡Qué alegría!

Mi dueño, sin soltarme, fue a la caja donde estaban mis compañeros, los desplegó y me puso a mí al frente.

—Como eres el único que ha salido de mi cuarto —dijo mi dueño—, a partir de hoy serás el capitán.

Qué orgulloso me sentí. Qué alegría leí en los ojos de la bailarina. Había pasado momentos muy malos dentro de aquel pez, había padecido una travesía muy peligrosa a bordo de un barco de papel que no podía aguantar mucho. Y, a pesar de todo, había conseguido volver a mi hogar, volver con mi amor.

Pero la fortuna es caprichosa y los corazones crueles nunca cejan en sus empeños. Mi dueño estuvo jugando con mis hermanos y conmigo largo rato, hasta que se le ocurrió que los soldaditos de plomo podíamos pelear contra el terrible duende. Fue a por él, lo puso en la mesa, frente a todos nosotros y me cogió entre los dedos.

—Va a ser una gran batalla, cojito.

El duende fingió que fue cosa de una ráfaga de viento. Saltó y golpeó la mano de mi dueño que, sorprendido, me soltó. Caí en la chimenea, que estaba encendida. Mi dueño se puso a llorar, pero era demasiado pequeño para sacarme de allí. Bajó corriendo las escaleras.

Me derretía. Había faltado tan poco, había tenido tan cerca poder amar a mi bailarina. Y cuando vi que había saltado, gritando mi nombre, hacia la chimenea, no pude suplicarle que no lo hiciera porque el fuego me había sellado los labios.

31 octubre 2018

#OrigiReto2018 La última travesía

Relato para el Reto de escritura de #OrigiReto2018 - Ejercicio: 12- Usa un personaje conocido y mételo en un lugar, contexto o situación inverosímil.

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Son 1043 palabras, descontando diez asteriscos de separación de escenas y empieza justo donde dejé el primer relato de octubre. Espero que os guste. Aquí está la pegatina de octubre:




Y aquí el relato:


LA ÚLTIMA TRAVESÍA

La nave que me había dado Calipso era prodigiosa. Navegaba por el aire a tal velocidad que la isla donde vivía mi salvadora desapareció en un breve instante. Podía ver el cielo y el mar a través de la pequeña cúpula transparente que me protegía. A veces, veía masas de tierra a lo lejos, pero no pude identificar ninguna. Empecé a sentir sueño y traté de combatirlo, ansiando seguir disfrutando de aquel viaje maravilloso, pero el sopor terminó por vencerme.

Desperté en la cubierta de un velero. No comprendía cómo habían podido bajarme del ingenio de Calipso y dejarme allí sin que lo advirtiera. El caso es volvía a estar en un barco de madera, de aquellos que solía comandar. Cuando me incorporé, un muchacho se me acercó.

—Tome, señor, beba un poco —me dijo en un griego perfecto con acento de Ítaca y me tendió un cuenco con agua—. Queda muy poco.

Bebí con avidez, me levanté y recorrí el barco. Era un navío mercante itacense y todos los tripulantes eran súbditos míos. Le pregunté al capitán que como había llegado hasta allí.

—El divino Hermes le trajo en los brazos, señor y le dejó dormido sobre la cubierta.

El mismo destino cruel que me había partido el corazón, que me había llevado a un mar lleno de prodigios donde habían intentado retenerme con mentiras, me había devuelto a mi hogar.

Cuando desembarqué en mi amada Ítaca, no me demoré. Caminé lo más rápido que pude a palacio y ni siquiera tuve que entrar. Penélope estaba esperándome delante de la puerta. Nos abrazamos y lloramos de felicidad. Había pasado largos años en la guerra, primero, y perdido en el mar después. Aquella gigante maligna, Calipso, me había asegurado que mi esposa había muerto. Ojalá pudiera ver ahora cuán viva estaba.

¡Qué sorpresa me llevé cuando vi a Telémaco! Era tan alto como yo y todo lo que me contaron de él era bueno: se trataba de un príncipe querido por el pueblo, culto, noble y justo. Fue el remate a toda la felicidad que me invadió.

* * * * *


Fueron dos meses maravillosos. Pasaba los días reordenando la administración de mi reino, que a pesar del buen hacer de Penélope y de Telémaco, necesitaba de mi firmeza y mi astucia. Las noches eran para mi esposa y yo, y las llenábamos de besos y caricias.

Sin embargo, los dioses no soportan ver felices a los seres humanos. Al principio, fueron casos aislados. Llegaban campesinos a mi palacio muy asustados. Entre lágrimas me contaban como un grupo de cinco arpías los atormentaban, les destruían las cosechas o dañaban al ganado. Envié a grupos de arqueros varias veces y solo en la cuarta batida mataron a dos de aquellos monstruos.

Cuando el problema parecía conjurado, doce campesinos, hombres, mujeres y un niño, llegaron a palacio diciendo que un grupo de guerreros de tez muy pálida habían destruido la aldea y matado a la mitad de la población. Me puse al frente de mis guerreros e interceptamos a los invasores cuando marchaban hacia la capital. La batalla fue dura, perdí a muchos de mis hombres, pero aniquilamos a aquellos piratas.

Hubo unas semanas de paz. Llegué a creer que los dioses me dejarían tranquilo al fin, pero no fue así. Cientos de centauros invadieron Ítaca. Era tan absurdo que tales bestias pudieran llegar en tal número a una isla que solo podía tratarse de un castigo divino. Mi pueblo fue valiente. Reuní el mayor ejército que jamás se vio en mi reino y combatimos con fiereza. Pero poco pudimos hacer contra seres tan poderosos. Me hirieron y tuvieron que llevarme a palacio entre varios hombres.

Fortificamos el palacio lo mejor que pudimos, para intentar una última e inútil defensa. Me dolía no poder combatir a causa de mi herida. Telémaco, que iba a dirigir las tropas, se despidió con lágrimas en los ojos. Penélope se tumbó a mi lado a esperar el fin. Nunca supe cómo terminó la lucha. Cerré los ojos.


* * * * *


Cuando los abrí, algo me tapaba la boca. Estaba encerrado en una vasija transparente llena de un líquido de un tono azul muy leve. La vasija era tan estrecha que apenas podía separar los brazos. Me asusté al ver de pie, frente a mí, a un hombre sin rostro. Me recordaba a un muñeco de madera, de aquellos con que los niños itacenses jugaban, solo que parecía hecho de un material muy distinto.

—Quisimos evitar esto, Ulises —dijo el hombre en un griego perfecto—, pero consiguieron acceder a tu mente. Te devolvimos a Ítaca en sueños, pero los androides terrestres destrozaron la ilusión que habíamos creado para ti y te tuvimos que despertar.

Golpeé la vasija. Quise gritar. ¿De qué hablaba aquella cosa? ¿Dónde estaban Penélope y Telémaco?

—Las ilusiones no funcionarán más. No podrás volver a Ítaca en sueños, así que tienes que saber cuál es tu nuevo mundo. Han pasado casi cuarenta y dos siglos desde que acabó la guerra de Troya. Eres el último humano terrestre con vida.

Aquella afirmación me paralizó porque algo en mi interior me hacía creerlo.

—La Humanidad conquistó Marte y luego se empeñó en modificar Venus. Pero hace tres siglos, la Tierra se sumió en una guerra brutal. Se construyeron miles de millones de androides y otras máquinas, y cada bando consiguió que las máquinas del enemigo se rebelaran. Los androides acabaron luchando por su cuenta y los terrestres no pudieron detenerlas. Nosotros, los humanos de Marte, que ya no podemos vivir en la Tierra, conquistamos media Europa con nuestros robots, pero no logramos salvaros.

El hombre calló un instante.

—Gracias a una distorsión del espacio-tiempo, apareciste en medio del mar. Uno de nuestros barcos te rescató, pero los androides terrestres lo hundieron. Fue una suerte que sospecháramos que te retenía Calipso. —Hubo otra pausa—. Solo te diré una cosa más. Estás en una nave espacial, en un navío que puede viajar de un planeta a otro. Te llevamos a Marte, donde el enemigo no podrá acceder a tu mente. Intentaremos resucitar a la humanidad terrestre con tu material genético.

Lloré por Penélope y por Telémaco. El hombre me dijo que no tuviera miedo y supe que cuando me durmiera, ya no volvería a soñar.

27 octubre 2018

#OrigiReto2018 Calipso

Relato para el Reto de escritura de #OrigiReto2018 - Ejercicio: 11- Usa una historia conocida para cambiar la época en la que sucede y adaptarla.

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En esta ocasión, son 1040 palabras, tras eliminar 10 asteriscos de separación de escenas. El relato está basado en un episodio concreto de la Odisea, que tiene lugar a lo largo de siete días. Si hay algunas actitudes que parecen forzadas, tened en cuenta que reproduzco y adapto ese pasaje concreto.

CALIPSO

No entendía nada. Desperté dentro de un sarcófago de tapa transparente, que estaba en un recinto enorme y blanco. Lo último que recordaba era navegar en una tormenta con varios de mis compañeros. Un rayo, tan terrible que solo pudo lanzarlo alguno de los dioses, partió el barco por la mitad. Logré saltar al agua y aferrarme a un tablón, pero ninguno de mis hombres pudo salvarse y, tras varias horas de naufragio, perdí el conocimiento. No recuerdo más.

Tres hombres extraños me miraron a través de la tapa y la abrieron sonriendo. Tenían la piel muy clara, el cabello oscuro y los ojos azules. Lo más raro es que se parecían mucho, como si fueran hermanos gemelos. Me hablaban en un lenguaje incomprensible y les hice saber con gestos que no entendía. Uno se extrajo de la ropa un pequeño artilugio y lo miró un instante.

—No tengas miedo —dijo el hombre, en un griego extraño que me recordaba el habla de Atenas—. Tu nave naufragó y te salvamos. Bienvenido a nuestro barco.

Salí del sarcófago con recelo. Estaba desnudo, aunque aquellos hombres lo remediaron tendiéndome unas prendas blancas. El trato de mis salvadores era cortés y el único que sabía hablar griego no se separó de mí. Me explicó que me darían de comer y me llevarían a un sitio llamado Marsella. Había expresiones que no entendía, pero el hombre era amable y paciente.

Pensé, apesadumbrado, que mis salvadores hacían mal. Si los dioses me habían querido naufrago, ayudarme provocaría su venganza. Además, me inquietaba que los demás marineros fueran iguales a los tres primeros, y que hubiera mujeres en el navío que también eran idénticas unas a otras.

A menudo, lamento tener razón. Un par de horas después, mis salvadores me subieron a cubierta y me enseñaron aquel navío inmenso y prodigioso, que no estaba hecho de madera y navegaba tan rápido que me parecía imposible. Algo se acercó volando y aterrorizó a mis salvadores. Supe que inmediato que eran los dioses que venían a cobrarse mi vida. Me resigné y me senté en el borde de la cubierta. Habría deseado tanto ver a Penélope una última vez.

El navío combatió. Se dispararon armas que no entendía contra el atacante, pero fue inútil. El contraataque del ingenio divino fue devastador: el barco estalló por varios sitios. Salí volando e impacté en el agua. Pude agarrarme a una especie de disco con un agujero en su centro y volví a quedarme solo en el océano cuando el barco se hundió y el ingenio volador se marchó.

* * * * *

Pasé dos días a la deriva, hambriento, muerto de sed y sin esperar otra cosa que la muerte. Pero los dioses son caprichosos. Las aguas me llevaron cerca de una isla que parecía una cúpula descomunal. No tenía fuerzas para intentar alcanzarla, pero una figura salió de la cúpula, se echó al mar y nadó hacia mí.

¡Qué prodigios nos muestran los dioses cuando quieren! Mi salvadora era una mujer enorme, de pelo castaño, ojos dorados y la piel tan morena como la de un marino que lleva meses embarcado. Me llevó a su cúpula, me secó y me dio de comer y de beber. Medía el doble que yo y estaba desnuda. El tacto de su piel era cálido y agradable, pero inhumano.

Mi salvadora no había pronunciado palabra alguna. Me pidió con gestos que hablara. Lo hice durante un rato, hasta que me pidió silencio con una mano.

—Bienvenido a mi hogar —dijo en un griego con un acento de Ítaca tan perfecto que supuse que estaba ante una diosa—. Me llamo Calipso y soy un androide de combate de clase titán. Aunque supongo que no sabrás qué es eso, ¿verdad Ulises?

—Sé que sois una divinidad y os agradezco vuestra ayuda —dije tras arrodillarme.

—Y yo no puedo creer que seas el auténtico Ulises. He tenido que leerte la mente tres veces para convencerme. Conozco todas tus aventuras y te he admirado desde siempre. —Bajó la vista y se ruborizó, como si fuera una simple humana—. En realidad… en verdad, ahora que te tengo delante, lo sé: te amo.

Era una mujer muy hermosa, pero aquella declaración me aterrorizó. ¿Me obligaría a corresponder a su amor? ¿Me impediría volver junto a Penélope?

—Sé lo que piensas, pero Penélope lleva muerta milenios. Yo estoy viva. Puedo hacerte muy feliz. Tengo un laboratorio, podrías ser joven para siempre y te amaría con todo mi corazón. No dejaría que nadie te hiciera daño.

No podía creerme que Penélope estuviera muerta. La sentía viva, sabía que continuaba esperándome. Como hacen a menudo los dioses, me estaba engañando.

—Os lo agradezco de corazón, pero sé que Penélope me espera. Si me amáis, dejadme partir, os lo suplico, divina Calipso.

—Sé hacer cosas que ninguna humana conoce —dijo Calipso, que se arrodilló delante de mí y me miró con los ojos más bellos que jamás había contemplado—. ¿Cuántos años tardarías en encontrar a Penélope? En cambio, yo estoy aquí.

Se llevó mi mano derecha al pecho y noté como le latía el corazón. Era tan hermosa… Me sentía tan solo… Me besaba la frente y las mejillas con ternura. No pude resistirme.

* * * * *

Pasé una semana con Calipso. Cada día me sentía más triste y la mañana del séptimo día, en el lecho, me acarició los cabellos.

—Nunca podrás amarme. Sigues pensando en Penélope y siempre será así.

Un artefacto empezó a sonar. Calipso se lo pegó a la mejilla y estuvo hablando largo rato en una lengua desconocida. Le rodaban lágrimas por el rostro cuando calló.

—Te han descubierto y me exigen que te libere. Si tú me amaras, lucharía hasta el fin por tenerte a mi lado, pero no me quieres. Dime, Ulises, ¿deseas volver a Grecia?

Asentí y Calipso se fue llorando. Poco tiempo después, me pidió que la acompañara. Me hizo entrar en un artefacto y abrió una puerta en la pared de su cúpula.

—No tengas miedo. Es como un barco que puede volar y te llevará a Atenas —dijo Calipso con los ojos arrasados—. Nunca te olvidaré.

La cubierta transparente del ingenio se cerró, el aparato se alzó y abandoné la casa de Calipso, maravillado.

14 octubre 2018

Optimismo medioambiental

La preocupación acerca del cambio climático que está provocando la Humanidad y sus consecuencias aumenta. Se incrementa despacio, pero lo va haciendo. Sin embargo, si se cuenta con lo que conocemos acerca de otros cambios climáticos que han sucedido en el pasado, me refiero a cambios sucedidos hace muchos millones de años, hay razones para ser optimistas.

En efecto, la vida sobre la Tierra ha sobrevivido a muchas catástrofes climáticas como la que tendrá lugar dentro de cincuenta años, y sobrevivirá a la que se avecina. Lo único que va a destruir este cambio climático va a ser la civilización humana actual y, quizá, a la especie humana. Pero la vida sobre la Tierra sobrevivirá.

Posiblemente, nuestra civilización se vendrá abajo cuando el clima quede perturbado sin remedio y cambie de manera radical. Eso significará la pérdida de un gran porcentaje de las cosechas y otras formas de producción de alimentos en todo el mundo, de manera que dará igual lo ricos que sean ciertos países o personas. No será problema de no tener dinero, será problema de que no habrá comida que comprar. Ahora, es prácticamente imposible que las cosechas sean malas, a la vez, en todo el mundo, porque las plantas que cosechamos están adaptadas a sus respectivos climas. Cuando la climatología haya cambiado de forma drástica debido a un aumento rápido de las temperaturas, ninguna especie estará preparada: la producción de alimentos se hundirá en todo el mundo a la vez.

Las consecuencias serán que, durante muchos años, habrá hambrunas en todo el planeta. Cuando la gente no tenga que comer, dejará de pagar impuestos, de obedecer a los gobiernos y de esas otras cosas que mantienen en pie la civilización y tanto preocupan a los políticos. También se dejarán seducir por populismos que promuevan el robo de los alimentos que atesoren estados o países vecinos, lo que reducirá aún más la producción de comida. Toda esa civilización que tantos milenios ha costado construir se desmoronará, muerta de hambre. Hace mucho tiempo que la población humana es tan elevada que solo los métodos de producción de alimentos basados en la existencia de estructuras estatales pueden mantener a la población. Miles de millones de personas no podrían vivir como cazadores-recolectores. Si la civilización se hunde, la hambruna será devastadora.

La Humanidad quizá sobreviva. Puede que pueblos aislados en lo más profundo de la selva del Amazonas, en zonas montañosas aisladas o en desiertos poco explorados sigan viviendo sin que los pueblos civilizados los perturben y puedan adaptarse al nuevo clima. O quizá las personas civilizadas los exterminen para robarles la comida. Eso no lo sé.

Pero, en todo caso, soy optimista: el cambio climático provocado por el ser humano no podrá destruir la vida sobre la Tierra. Solamente acabará con la civilización y, quizá, también con la especie humana. Sin embargo, la vida se recuperará. Por tanto, podemos seguir como hasta ahora. No hay de qué preocuparse.

30 septiembre 2018

#OrigiReto2018 Secuestro ritual

Relato para el Reto de escritura de #OrigiReto2018 - Ejercicio: 20- Crea un relato que suceda en una carretera durante la noche.

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Esta vez son 1029 palabras (1034 menos cinco asteriscos de separación de escenas). Y como se trata del segundo relato del mes de septiembre, añado la etiqueta:



Este relato comenza exactamente donde acaba el primero de septiembre. Este lo he publicado casi al límite. Hasta el mes de octubre.


SECUESTRO RITUAL


Qué harta me tenía Abdul. En momentos como aquel me preguntaba qué demonios vi en él como para casarme y seguirle a Estados Unidos. Lo miré un instante. La borrachera lo había hecho quedarse dormido, pero, aun así, seguía pareciéndome guapísimo. Me había seducido con el rostro tan exótico que tenía, con su forma de reír y con esos ojos negros tan bonitos que tenía. Hubiera deseado que su familia le hubiese inculcado sus costumbres tradicionales: no bebería ni una gota de alcohol y no tendría que ir a recogerle a la taberna cada dos por tres.

Me detuve al advertir una señal de “Stop”. Miré a ambos lados y seguí conduciendo. Era de noche y la carretera estaba vacía. Tras pocos minutos de recorrido, se me fue pasando el enfado con Ahmed. En verdad, habíamos tenido muy mala suerte, sobre todo él. Sus padres habían llegado a España desde Marruecos y sufrieron mucho para encontrar trabajo, adaptarse y criar a sus tres hijos. Abdul era el mayor. Con mucho esfuerzo, estudió la carrera de física y consiguió un premio extraordinario de doctorado. Era uno de los físicos más brillantes de España, por lo que no tuvo más remedio que emigrar. Había elegido la Universidad de Harvard y yo estaba tan loca por él que dejé mi trabajo y a mi familia para seguirle.

Entonces, Trump ganó las elecciones y las cosas se pusieron feas para quienes tenían ascendencia musulmana, aunque ya tuvieran la ciudadanía. Lo echaron de Harvard y llevábamos unos años malviviendo a base de trabajos temporales, recorriendo un estado tras otro. A mí me resultó un inconveniente; para él, abandonar para siempre la carrera investigadora, aquello que era toda su vida, lo hundió. Se volvió huraño y empezó a beber demasiado, pero nunca descargó su frustración contra mí: prefería destruirse a sí mismo. Abdul me seguía queriendo y yo a él.

Otro automóvil se nos acercó y comenzó a seguirnos. El trayecto hasta nuestra casa, en mitad del campo, no era demasiado largo. Me resultó muy raro que el coche se mantuviera muy cerca de nosotros, pero no podía hacer otra cosa que seguir conduciendo. A la luz de los faros, en la cuneta, a unos cien metros, vi a dos tipos que parecieron tirar algo que no vi. Se me aceleró el pulso cuando los neumáticos delanteros reventaron y estuve a punto de perder el control del automóvil. El coche acabó en la cuneta, detenido por un montón de matorrales. Abdul abrió los ojos, pero fue incapaz de superar la somnolencia.

—¿Qué ha pasado? —me dijo con los ojos entrecerrados y volvió a desvanecerse.

Comprendí que algo iba muy mal cuando el coche que nos seguía se detuvo de inmediato y salieron de él cuatro tipos. Cerré los pestillos, muy asustada, pero no sirvió de mucho. Intentaron abrir las puertas con rabia, golpearon los cristales y me gritaron que saliéramos del coche. No podía contar con Abdul, que miraba adormilado al tipo que quería abrir la puerta del copiloto.

No sabía qué hacer. Giré la llave y el coche arrancó, pero con las ruedas destrozadas e incrustado en los matorrales, apenas logré que avanzara medio metro. Me asusté mucho más cuando rompieron el cristal de mi puerta y dos de los tipos me sacaron a la fuerza por el hueco del cristal. Me agarraron y me debatí inútilmente. Vi, gracias a los faros encendidos de mi coche, que otros dos tipos secuestraban a Abdul, tan borracho que le llevaban a hombros mientras mi marido arrastraba los pies.

—¡Dejadnos en paz! ¡No tenemos dinero!

—Lo sabemos. Queremos a Abdul —dijo uno de mis captores—. No te resistas y no te pasará nada.

No les hice caso. Di un pisotón muy fuerte al que me aprisionaba el brazo derecho y tuvo que soltarme. Al segundo le di un buen golpe en las costillas con la palma de la mano. La falta de dinero y, sobre todo, la necesidad de cambiar de ciudad cada pocos meses, me obligaron a dejar el Taekwondo, pero aunque estuviera desentrenada, seguía siendo una cinturón rojo que preparaba el examen para el cinturón negro.

Retrocedí en guardia, lista para enfrentarme a aquellos tipos. Por muy diestra que fuera, luchar contra dos hombres a la vez era inútil, pero, mientras hubiera una oportunidad, tenía que pelear. Uno de ellos se adelantó y, con todas mis fuerzas, giré y le di una patada en el estómago que lo derribó. Pero su compañero me abrazó y caí al suelo con el individuo encima. Luché por zafarme, pero pesaba mucho y nunca había sido buena peleando en el suelo. Aun así, le golpeé varias veces y cuando otros dos canallas, probablemente los que habían reventado las ruedas del coche, me agarraron, mi oponente sangraba por la nariz.

Intenté seguir luchando. Grité, supliqué y me debatí hasta que me dieron un golpe muy fuerte en la cabeza y perdí el conocimiento.

                                                                                      * * * * *

Pasé tres días en el hospital, en observación debido a una conmoción cerebral que, por fortuna, no me iba a dejar secuelas. Cuando recobré el sentido, pregunté a los médicos y a las enfermeras si sabían algo de Abdul, pero nadie supo o quiso decirme nada.

Fue el día en que me iban a dar el alta cuando me lo contaron todo. Me visitaron un hombre y una mujer, que se identificaron con agentes federales. No tuvieron compasión. Me enseñaron una foto del cadáver de Abdul sin intentar hacerme más fácil un momento así.

—¿Reconoce a este hombre? —dijo el agente, con un fuerte acento del sur.

—Es Abdul. Era mi marido —dije entre lágrimas.

La mujer tuvo el detalle de darme unos cuantos pañuelos para que me secara las lágrimas.

—¿Quién ha sido?

—Una secta ocultista —respondió la mujer.

—¿Y por qué? ¿Qué les hemos hecho?

—Buscaban una mente brillante que estuviera sufriendo —explicó el agente—. Ha sido un secuestro ritual. Han tenido mala suerte, simplemente. No podemos contarle más.

Cuando los agentes se marcharon, empecé a llorar de nuevo. Decidí que lo mejor sería volver a España, cosa que hice un par de meses después.

Nunca supe qué secta me arrebató a Abdul.

29 septiembre 2018

#OrigiReto2018 Mi gran odisea

Relato para el Reto de escritura de #OrigiReto2018 - Ejercicio: 14- Narra algo cotidiano como una hazaña épica o un acto criminal.

Bases en:
http://nosoyadictaaloslibros.blogspot.com.es/2017/12/reto-de-escritura-2018-origireto.html
o en
http://plumakatty.blogspot.com.es/2017/12/origireto-creativo-2018-juguemos.html

Son, según mis cuentas, 1037 palabras. Creo que el acto cotidiano que se convierte en una odisea está muy claro.


MI GRAN ODISEA


Había pasado una tarde inolvidable en aquella taberna, rodeado de amigos y bien atendido por las chicas que servían las mesas. Inundaron la mesa de cervezas, licores y algo de comer. Todo estaba delicioso y disfruté de las risas de mis compañeros de fiesta.

Pero algo empezó a ir mal. Comencé a sentirme cansado y aquel agotamiento que me adormilaba, no me permitió darme cuenta de cómo iba cambiando lo que tenía alrededor. Los sonidos se amortiguaron, las luces fueron volviéndose un poco más débiles. Y mis amigos me traicionaron. Se fueron marchando uno a uno y me quedé solo en aquella taberna, cada vez menos concurrida.

Ya no venía nadie a la mesa y lo único que rompía la quietud del recinto eran individuos que, de vez en cuando, pasaban cerca de mí. La sensación de que las cosas no iban bien se intensificó cuando intenté incorporarme y me sentí mareado. Di un par de pasos y todo me dio vueltas. Me sentí estúpido. Se estaban dando muchos casos de asaltos a turistas en la zona, y no había tenido cuidado. Llevaba un par de años viviendo en Chesterfield, una pequeña ciudad del estado norteamericano de Misuri donde casi todo el mundo era blanco, de manera que yo, a causa de mis rasgos árabes, parecía un turista o un inmigrante. Era la víctima perfecta para los desalmados que se dedicaban a echar drogas en las bebidas de los turistas.

Me costaba mucho caminar, pero me esforcé en avanzar lo más derecho posible, para fingir que no estaba afectado por lo que me hubieran echado en las copas. Creo que lo logré, aunque dar cada paso me suponía un esfuerzo enorme. Tenía que encontrar los lavabos del local, no solo por las ganas de orinar que tenía, sino para intentar forzar el vómito. En el penoso camino estuve pensando en quién podría haber sido. Las camareras, no. Recordé una chica rubia, muy guapa, que quiso invitarme a un acto religioso que tendría lugar en un día y un lugar que no recordaba. Entonces no me di cuenta; en aquel instante recordé que interpuso los folletos entre mi vaso y yo, y que me había abordado cuando ya estaba solo. Seguro que me estaría esperando en la puerta, con dos compinches, para asaltarme. Pero no se lo iba a poner fácil.

Me tropecé con una superficie de madera, que mi cerebro confundido tardó en reconocer como la barra del local. Alguien se me acercó.

—¿Dónde están… los… servicios? —dije con dificultad.

Avancé con muchos problemas hacia donde me había indicado y sentí cómo las drogas iban nublándome poco a poco la vista y la coordinación. Me costó mucho trabajo llegar al lavabo y me temo que, al principio, apunté mal y mojé el suelo, pero logré salir de allí haberme manchado. No conseguí vomitar aunque, al menos, me enjuagué la cara y me sentí un poco mejor. Gracias a aquello, recuperé parte de la lucidez y encontré la solución a mi problema.

Procurando mantener un paso lo más firme posible, regresé a la barra y trepé a lo alto de uno de los taburetes. Estuve a punto de caerme un par de veces, pero logré quedar sentado y apoyar los brazos en la barra. Cuando el camarero se me acercó, le pedí agua. Miré a ambos lados y, con cuidado y discreción, me saqué el móvil del bolsillo delantero de la camisa. Para impedir que los asaltantes que me estarían vigilando pudieran oírlo, en vez de llamar a Paula, lo que hice fue mandarle un mensaje por el móvil.

Fue una proeza conseguir escribirle un texto comprensible debido a la torpeza que me dominaba las manos y los dedos. Le pedí que viniera a recogerme, que dejara el coche muy cerca de la puerta, que inspeccionara los alrededores y que, cuando no hubiera nadie sospechoso en las inmediaciones, me diera una llamada perdida. Entonces, saldría de la taberna lo más rápido que pudiera, nos subiríamos en el coche y correríamos al hospital para que me quitaran toda la droga que me estaba envenenando.

Pasaron cinco largo minutos hasta que Paula respondió con un escueto “Ok”. El camarero me dijo si quería alguna otra cosa, que estaban a punto de cerrar. Pero su expresión me puso en guardia. Lo más probable era que el joven estuviera compinchado con los delincuentes y que intentara forzarme a salir y dejarme a merced de los asaltantes. Me habría bebido una cerveza, pero me daba miedo que el alcohol pudiera potenciar los efectos de la droga.

—Quiero… un… refresco —dije con la lengua trabada a causa de la sustancia que me tenía así.

El camarero puso mala cara, pero me sirvió el refresco. Me lo bebí lo más despacio que pude.

—¿Quiere que llame a alguien? —propuso de pronto el camarero.

—Ya… ya me he… ocupado —respondí intentando sonreír para hacerle creer que no estaba bajo los efectos de la droga.

Fueron diez minutos muy tensos. Había agarrado bien la botella vacía del refresco: si el camarero intentaba echarme de allí, le abriría la cabeza. Por suerte, no intentó nada y, al fin, noté la vibración del móvil. Ya le había pagado el refresco, así que empecé a bajarme del taburete. Fue difícil. Me falló una pierna, pero logré agarrarme a la barra y no caer. Si hubiera acabado en el suelo, no estaba seguro de haber podido levantarme.

Inicié el camino hacia la puerta atravesando un local que no paraba de dar vueltas. El suelo se movía bajo los pies y me obligaba a dar tumbos. Fue una proeza salir del local sin caerme un par de veces. Abrir la puerta de la taberna me dejó casi sin fuerzas y quedé apoyado en la pared, muy mareado. Por suerte, Paula vino hacia mí.

—Llévame al… hospital —le dije al límite de mis fuerzas—. Una ladrona me… me ha drogado.

—¿Esta vez te han drogado? Hoy no han sido los alienígenas, ¿no? —respondió Paula y me olió el aliento—. Lo que estás es borracho como una cuba. ¡Otra vez! Me tienes harta, ¿me oyes? ¡Harta!

Paula me condujo hacia el coche, me puso el cinturón del asiento del copiloto y arrancó.