31 enero 2019

#OrigiReto2019 ¿Donde estás, señora mía?

Este es el relato de enero de 2019 para el OrigiReto 2019. Las normas de este reto se pueden consultar en las bitácoras de las organizadoras:

http://plumakatty.blogspot.com/2018/12/origireto-creativo-edicion-2019.html

o en

http://nosoyadictaaloslibros.blogspot.com/2018/12/reto-de-escritura-2019-origireto.html

Este relato tiene 2001 palabras según https://www.contarcaracteres.com/ (dos son astericos para separar escenas) y, para evitar destripes, diré al final qué objetivo cumple. Los objetos ocultos que incluye son llave y daga de cristal.

Está basado en este pasaje de El Quijote.


Nunca se me olvidará ese toque de guitarra ni las frases de don Quijote:

 —¿Donde estás, señora mía, que no te duele mi mal? O no lo sabes, señora, o eres falsa y desleal.

Aquí el relato:


¿DÓNDE ESTÁS, SEÑORA MÍA?

La habitación donde Ágata llevaba cuatro años recluida era muy bonita. Tenía tres ventanales que mostraban un prado bendecido por una primavera eterna. De vez en cuando, se acercaban a las ventanas mariposas, pajarillos o conejitos. No le faltaba de nada y si pedía algún capricho, como frutas del lejano sur o un montón de novelas, lo tenía poco tiempo después. Pero aquella no era vida para una semidiosa.

Estaba leyendo una aventura en el que dos guerreros y una princesa, que guardaba un oscuro secreto, recorrían un reino fantástico. Ágata visualizaba aquellos paisajes con nostalgia. Se imaginaba las praderas y las gargantas que describía el escritor parecidas a aquellas que recorrió hacía años, cuando aún no se había firmado el tratado de paz.

Notó que le habían dejado algo en el buzón, así que cerró el libro. El buzón solo podía abrirse si su parte exterior estaba cerrada, por seguridad. Ágata cumplía el tratado y no había intentado fugarse nunca, pero las autoridades vivían preocupadas por la idea de que ella, o cualquiera del resto de semidioses prisioneros, decidieran cambiar de opinión.

Una consecuencia negativa de su encierro era que se sentía algo torpe. Nunca había sido delgada, y jamás le había preocupado estar gorda, pero había ganado algo de peso por culpa de la inactividad.
Y toda su apatía despareció al ver lo que había recibido. Eran dos rosas rojas, una ofrenda. Las tomó con cuidado de no pincharse y las puso en un jarrón que mantenía siempre lleno de agua. Cuando Ágata era libre, recibía ofrendas todas las semanas, pero el culto a los semidioses, se había restringido como parte de los acuerdos de paz. Solo unos pocos humanos conservaban la costumbre de enviar regalos a los semidioses a quienes más querían. Y Ágata tenía la suerte de que alguien seguía acordándose de ella.

Contempló las rosas con adoración un buen rato. ¿Quién las habría enviado? Quizá se tratara de una joven de la nobleza. Habría sido muy bonito ser libre, pensaba Ágata, y poder visitarla. Le encantaría que la muchacha la invitara a recorrer su palacio y a pasear a caballo por sus tierras, que imaginaba llenas de vegetación y de vida. O quizá era un caballero que luchaba contra el mal. Un hombre apuesto al que temían los constructos y que vigilaba las fronteras con afán.

La prisión nublaba su percepción. Sabía si su adorador se sentía alegre o triste, pero muy poco más. Cuando dejó de contemplar las flores y volvió a su lectura, no pudo evitar que la tristeza la invadiese. ¿Cuánto tiempo tendría que seguir encerrada?

*

Una semana después, la despertó una pesadilla. Había soñado que su adorador iba a afrontar un destino terrible. Mientras jadeaba, sentada en la cama, pensó que había experimentado sensaciones demasiado intensas para un simple sueño. Se levantó y cogió el cofre donde guardaba los pocos objetos mágicos que le habían permitido conservar. Se colocó en el cabello la diadema que le permitía profundizar en los secretos del espacio y el tiempo y se sentó en el sillón donde acostumbraba a leer.

Y tras una larga meditación, le corrieron lágrimas por las mejillas. Seguía sin saber quién era su admirador, pero se convenció de que iba a morir dentro de un par de días, quizá un poco antes. Era su única compañía; el destino no podía ser tan cruel.

Tras guardar la diadema, pasó casi una hora decidiendo qué hacer. Ágata se había comprometido, como el resto de semidioses, a vivir confinada a cambio de que la Alianza de Repúblicas de los constructos renunciara a su expansionismo. Si escapaba, les daría la excusa para iniciar una nueva guerra que podría durar décadas y causar cientos de miles de muertos, y tendrían que volver a semanas de negociaciones aburridísimas para evitarla. Si no escapaba, esa persona que aún seguía contando con ella moriría creyendo que a Ágata no le importaba su suerte.

Al fin, se decidió: iba a escapar, pero solo estaría fuera el tiempo suficiente para salvar a su admirador. Tras cumplir su cometido, regresaría a su prisión y aceptaría el castigo que decidieran imponerle. El problema era cómo salir de allí.

Se pasó una hora entera examinando la habitación. A pesar de lo confortable y bonita que era, no dejaba de ser una prisión destinada a recluir a seres poderosos. Ni aquellas paredes, ni las puertas ni las ventanas cederían a un ataque mágico. Ágata recordaba que para liberar sus poderes en su plenitud necesitaba algo, un objeto que había olvidado. Ese objeto estaba allí, porque si la hubieran separado de él, su subconsciente la habría empujado a reunirse con él.

Y al abrir el penúltimo cajón de su tocador, uno de los más pequeños, se encontró varios peines y una llave de metal. La cogió y la observó, sorprendida de que con lo bien ordenado que estaba su tocador, aquello estuviera allí. Reflexionando, se dio cuenta de que solo podía ser un recordatorio para sí misma. Intuyó que parte de las medidas de seguridad que la retenían allí consistían en haberle nublado recuerdos.

Buscó algo que esa llave pudiera abrir muchas horas, tantas que, agotada, decidió irse a dormir. Al día siguiente, escondido en un arcón lleno de túnicas, encontró un cofre. Lo puso sobre una mesa y se alegró al comprobar que aquella llave lo abría.

En su interior, bien protegida por telas, había una daga de cristal preciosa. Cuando la sujetó para verla mejor, fueron apareciendo imágenes en su interior y un tiempo después, como si hubiera activado un resorte oculto de su mente, recordó buena parte de sus habilidades.

La siguiente fase de la fuga fue más compleja y agotadora. La daga de cristal era su catalizador. Todos los semidioses tenían uno que, en la práctica, era una extensión de su alma. Ágata se pasó el día entero, salvo en los breves descansos que se concedió para comer y asearse, analizando las paredes de su prisión. Casi había perdido la esperanza cuando descubrió que las protecciones de su celda tenían una grieta un metro a la derecha de la puerta. Ampliarla para poder salir fue un trabajo lento, que le robó media noche de sueño, ya que si imprimía demasiada fuerza, podrían descubrirla.

Suspiró y abandonó su prisión, confiando en haber regresado antes de que la echaran de menos.

*

Don Rodrigo dejó la flor en la capilla diminuta, que se alzaba en una pradera.

—Señora mía, hoy solo puedo ofrecerte un clavel. Tendré algo mejor la próxima vez.

La buena educación exigía que se arrodillara, pero las grebas modificadas de su pierna derecha, su pierna deforme, no se lo permitían, así que con cierto esfuerzo, ayudándose de su lanza, se sentó. Si Ágata estuviera allí, le habría dado permiso para seguir en pie con aquella sonrisa que seguía recordando a pesar de los años. Se entristeció al pensar en tantas veces como le había pedido que regresara, sin que la semidiosa hubiera enviado señal alguna. Las cosas estaban muy mal, necesitaban su ayuda.

Se levantó, se subió al caballo y avanzó despacio hacia Carabast, el pueblo en el que pensaba almorzar. El primer cuarto de hora de camino fue agradable. El sol empezaba a calentar el aire de la noche, que se había convertido en una simple brisa, y apenas había nubes. Pero aquello duró poco. Ya se veían las casas de Carabast cuando se cruzó con dos jinetes con las insignias de la milicia republicana. Galopaban despavoridos y le gritaron que huyera. Don Rodrigo se ajustó la sobreveste ajada, que aún lucía la insignia de la caballería de la República Humana, embrazó el escudo, agarró la lanza y se encaminó al pueblo.

Lo que se encontró allí  fue peor de lo que esperaba. Halló varios cadáveres en la calle principal y, en la plaza, se encontró a dos constructos de talla humana reuniendo a los ciudadanos. Posiblemente hubiera más, pero solo podía ver la mitad de la plaza. Bajó la visera del yelmo y se preparó. En inferioridad numérica, tenía que arriesgarse y librarse de, al menos, un enemigo antes de que lo vieran. Quizá hubiera sido más prudente huir, pero se sentía incapaz de desamparar a aquellos desdichados.

—Ágata, dame fuerzas —murmuró antes de cargar.

El constructo se volvió al percibir el sonido del galope del caballo. Alzó la lanza para defenderse, pero don Rodrigo lo alanceó. Se le quebró el arma, aunque el enemigo se desplomó. Desenvainó y se lanzó contra el segundo oponente.

Y el dolor que le provocaron los rayos que lo envolvieron a él y al caballo le arrancaron un grito. Su armadura le protegía de aquella arma de los hechiceros enemigos, pero su caballo estaba indefenso. Cayeron ambos y se le saltaron las lágrimas al ver a su fiel montura muerta, humeando. La parte modificada de la armadura, la que le permitía cojear a pesar de su pierna deforme, se había roto. Aun así, usó la espada como bastón, avanzó unos pasos hacia el enemigo y se vino abajo. Había tres constructos más de tamaño normal y uno que mediría tres metros.

Desafió a los enemigos, pero los pequeños se hicieron a un lado. El grande le asestó un golpe terrible con una maza, que lo lanzó contra una pared, herido de muerte. Contempló impotente como los constructos dividían en grupos a los ciudadanos. Acabarían como esclavos o sirvientes, en las minas, como galeotes... Don Rodrigo sintió un nudo en la garganta.

—¿Dónde estás, señora mía? —murmuró—. ¿No oyes las súplicas de tu pueblo? ¿Las oyes, pero no te importan? Ojalá pudiera verte una última vez.

Don Rodrigo sufría con cada respiración. El alma se le rompía al ver como trataban a aquellos desdichados sin que él pudiera defenderlos. Y, de pronto, abrió mucho los ojos, incapaz de creérselo. Ágata había aparecido y caminaba hacia los constructos.

—¿Qué estáis haciendo? —dijo la semidiosa—. ¡Estáis violando los tratados!

El constructo más grande avanzó unos pasos hacia ella y ambos se detuvieron.

—¿Qué broma es esta? —dijo el constructo—. Primero nos ataca un caballero tullido y luego aparece una gorda a hablar de Derecho. Por favor, no me hagas enfadar y ve con ese grupo de mujeres de allí.

Ágata no se movió. Sostuvo una daga de cristal frente al rostro y cerró los ojos. Cuando los abrió, su silueta era una sombra oscura, en la que brillaban un par de ojos verdes. La sombra empezó a crecer y cobró la forma de un águila negra gigantesca con las alas extendidas y la mirada brillante. Los constructos pequeños huyeron. El grande le lanzó un rayo que envolvió la cabeza del ave sin causar ningún daño. El águila abrió el pico y don Rodrigo sintió un golpe suave que provenía del suelo. Ágata recobró su forma original. Los constructos no eran sino montones de chatarra recorridos por rayos débiles que se iban apagando.

La semidiosa se le acercó, se acuclilló junto a él y le levantó con cuidado la visera del yelmo.

—Don Rodrigo —dijo Ágata—, eras tú el que me enviaba flores.

—Señora mía, me haces muy feliz. No creí que me recordaras.

—Claro que te recuerdo —respondió la  semidiosa, con los ojos arrasados—. No soy como Amalia; soy una guerrera, no puedo salvarte.

—Lo sé, pero has acudido. Tantas veces te supliqué que regresaras… ¿por qué no viniste?

—Porque no sabía que me necesitabas. Mi prisión no me permitía ni siquiera saber quién eras. Solo me llegaban las flores. Así se estableció en el tratado de paz.

—Pues os engañaron, señora. La Alianza retiró a los constructos gigantes, pero no ha parado de atacar. El ejército de la República ya no existe. Tenéis que volver.

—Lo haremos, te lo prometo.

Don Rodrigo sonrió y se quedó mirando a Ágata. No había mujer en el mundo que pudiera comparársele. Admiró la belleza de su rostro redondo, la forma de las mejillas y la profundidad de sus ojos hasta que la vida se le apagó, sin una sola queja.

 

* * * * *

El objetivo era:  5. Escribe sobre una fuga

3 comentarios:

Kalen dijo...

Había escrito un comentario enorme sobre esta historia, pero como me suele pasar no copié y se borró. Intentaré resumirlo. En primer lugar, enhorabuena por la historia. Es una historia que te mete dentro de una epopeya y te anticipa cosas de las que quieres saber más. Te animo a que desarrolles ese mundo porque tiene mucho potencial. Muestras tanto la vileza humana como la candidez y la nobleza y has elegido una heroína no al uso, lo que es muy reseñable. Como objeción, tan solo citaría alguna coma de más, alguna inconsistencia en tiempos verbales para mi gusto y, sobre todo, el empezar los párrafos con "Y", lo que me pone muy nervioso, jeje. Cosas de filólogo. Lo dicho, felicidades y espero seguir leyendo cosas tan buenas como esta.

KATTY COOL dijo...

Uf vaya una historia Juan! Muy chula muy original y con un aire muy de clasico, se nota en lonque te basante por la forma de escribirla. Por gusto personal es un tipo de texto un tanto tenso para mí, pero tiene un poco de todo, semidioses, magia guerreros, fugas y flores... Muy genial ^^ y a tiempo ;P enhorabuena por completar enero ^^

.KATTY.
@Musajue

Stiby dijo...

Muy buenas,
Se me ha hecho curioso leer este relato porque por un lado sí le has dado un toque antiguo a la narración emulando un poco el Quijote, pero por otro lado tiene tintes de ciencia ficción con los constructos y de fantasía con los dioses.

Menos mal que Ágatha logró salir de la prisión para saber que no se estaban teniendo en cuenta las condiciones de paz. Aunque esto, me temo, desembocará a la larga en una guerra de dioses contra constructos en la que, como siempre, morirán los humanos XD yo aquí montándome mis pelis.

Antes de irme te dejo una cosita que he visto:

pero el culto a los semidioses, se había restringido -> la coma separa sujeto de predicado, así que sobra.

Enhorabuena!