29 septiembre 2021

#EstrellasDeTinta La niña que cerraba los ojos al sonreír

Este es mi relato de septiembre para el reto de escritura Estrellas de tinta, organizado por Katty Cool. Puedes leer las instrucciones del reto (y solictar apuntarte) en la bitácora de la organizadora:

https://plumakatty.blogspot.com/2020/12/estrellas-de-tinta-reto-de-escritura.html

El objetivo y los objetos son:

10—Cuenta una historia sobre los Dioses que viven entre nosotros. Si quieres, puedes usar a la Gran Diosa Gamba Sagrada Cósmica Intergaláctica, patrona del reto.

Objetos 

16- Una quincena

26- Un incendio

Son 1491 palabras según https://www.contarcaracteres.com/palabras.html 

Sin TW 


LA NIÑA QUE CERRABA LOS OJOS AL SONREÍR

Madrid. Diciembre de 2021.

A Pedro le gustaban los domingos de invierno. Su madre y él salían temprano para tomar el metro y bajarse en la Estación de Atocha. Entraban en El Retiro y daban un largo paseo. Pedro disfrutaba de ir abrigado y, a la vez, sentir el viento frío en el rostro.

Algunas veces, su padre también los acompañaba, pero la mayoría de domingos iban los dos solos, aunque solían encontrarse con alguna amiga de su madre. Una de ellas, Eloísa, siempre le preguntaba que cuántos años tenía, y Pedro siempre respondía que cuatro.

Aquella mañana, Pedro estaba jugando con un camión amarillo de juguete, que hacía rodar sobre la hierba. Su madre y Eloísa charlaban sentadas sobre una manta a unos veinte metros de él, aunque Pedro sabía que su madre lo miraba cada medio minuto.

Entonces, la vio. Una niña de su edad, vestida de blanco y con el pelo muy negro, sentada junto al tronco de un árbol, cerca de él. Tenía la cabeza inclinada y se frotaba los ojos para secarse las lágrimas. A Pedro le dio mucha pena verla llorar. Cogió su camión y se sentó frente a ella.

—¿Quieres jugar con mi camión?

—¿Me lo prestas? —respondió la niña, con los ojos castaños muy abiertos.

Pedro asintió y la niña cogió el camión con ambas manos. Lo hizo rodar imitando el sonido de un motor. Él se rio y ella, que ya no lloraba, también lo hizo. Siguió jugando un poco más y lo miró sonriente. Cerraba los ojos al sonreír.

Estuvieron jugando un cuarto de hora. Pedro le contó que había venido al parque con su madre y que le gustaba mucho dibujar en el colegio. Ella le dijo que se lo pasaba muy bien en el campo, pero que le daba pena que los árboles estuvieran tan tristes. Cuando su madre fue a buscarlo, Pedro le dijo adiós a su nueva amiga y esta respondió cerrando los ojos para sonreír.

Mientras regresaban al metro, Pedro le contó entusiasmado a su madre todo lo que había hecho con su nueva amiga. Como casi siempre, bajaron por la Cuesta de Moyano y su madre le regaló un cuento de hojas grandes y dibujos muy bonitos.

Deseó reencontrarse con la niña que cerraba los ojos al sonreír, pero no volvió a verla.

Gijón. Mayo de 2057.

Pedro aprovechaba la quincena de vacaciones que le concedían cada año para pasar todo el tiempo posible con Paulina, su única hija. Algo que llevaba tiempo atormentándolo era la poca atención que podían dedicarle su esposa y él. Pero la vida en la segunda mitad del siglo XXI era dura: precios muy altos y salarios muy bajos. Había que trabajar de lunes a domingo para subsistir.

Paulina correteaba delante de él, pero se trataba de una niña muy bien educada y nunca se alejaba demasiado, ni molestaba a los viandantes. Solo se acercaba a los perros, a los que adoraba aunque algunos le ladrasen.

La niña se mostró entusiasmada cuando llegaron al portón en el muro que protegía la ciudad de la subida del nivel del mar. Como la marea estaba baja, era posible pasar a la arena y Paulina, impaciente, ya se estaba quitando los zapatos. Pedro pagó la tasa, mediante su chip bancario implantado, para acceder a la playa y pasaron.

Pedro también se había quitado los zapatos. Como era temprano, aún no había mucha gente y era posible caminar sin tropezarse con alguien a cada rato. Paulina y él jugaron a chapotear a la orilla del mar y a desafiarse a carreras en la arena. Se rieron mucho. 

Entonces, Paulina corrió hacia una niña vestida de blanco que levantaba un castillo de arena más grande que ella. Su hija lo miró embelesada y mantuvo una breve conversación con la constructora. Aquella niña de pelo oscuro lo miró al decirle su hija que era su padre. Cuando sonrió con los ojos cerrados, a Pedro le vino a la mente otra niña que había conocido en el Parque de El Retiro, que también cerraba los ojos al sonreír.

Se sentó junto a las niñas, que no paraban de hablar y dejó que Paulina pasara media hora ayudando a su nueva amiga a agrandar aún más el castillo de arena. Pedro consultó las noticias con el móvil, pero dejó de hacerlo, cansado de las crónicas sobre el incendio que había destruido ya la mitad de la Sierra de las Nieves, y que los bomberos y el ejército parecían incapaces de detener.

Siempre que la niña de blanco sonreía, lo hacía con los ojos cerrados. Pedro se acordó de su madre, que había muerto hacía seis años en un absurdo accidente laboral. Evocó, sobre todo, los tiempos felices en los que paseaban por El Retiro.

Cuando le dijo a Paulina y a su amiga que tenían que irse, la niña que cerraba los ojos al sonreír le dedicó una sonrisa y se despidió agitando una mano.

Afueras de Sevilla, Campo de jubilados número 4. Febrero de 2095.
 
Pedro sufrió un ataque de tos tan fuerte que pensó que se moría. Hacía mucho frío y su manta raída era inútil contra él. No quería ni pensar en cómo iba a pasar aquella noche. Ningún responsable del campo de jubilados había considerado proteger a los residentes con nada más que unos tejados de plástico para evitarles el sol del verano.

De todos modos, ¿para qué molestarse? Los campos de jubilados estaban pensados para sacar de las calles a aquellos que ya no podían trabajar y, por tanto, no eran útiles. Pedro llevaba allí dos años: había tenido que pedir la jubilación anticipada a los 76 años debido a la artritis. Si hubiera tenido pensión, habría podido alquilar una cama en algún albergue gestionado por una ONG, pero aunque la Seguridad Social seguía cobrando unas cuotas muy altas, ya no había dinero para pagar las pensiones y solo unos pocos privilegiados las cobraban.

Lo que peor llevaba era saber que no vería a Paulina, su hija, una última vez. Como tantos jóvenes sin futuro, se había ido de España y vivía en Marruecos, donde era más fácil trabajar y vivir que en una Europa con gobiernos y multinacionales opulentas y un pueblo que, a menudo, pasaba hambre. Solo a los cooperantes les daban permiso para entrar en los campos de jubilados, y ningún residente podía salir de allí.

Pedro vio que alguien se acercaba y su corazón cansado se llenó de alegría. Era Zaira, una cooperante marroquí. Tras muchas negociaciones, a Marruecos se le permitió enviar ayuda humanitaria a los campos de jubilados. Aquellos veinteañeros marroquíes eran ángeles que trataban a los jubilados con un cariño que la sociedad les negaba.

Zaira se sentó a su lado. Le traía un emparedado de jamón y queso y una botella de agua. Pedro se incorporó para tomarse su almuerzo y, cuando hubo terminado, la chica le ayudó a tumbarse, lo arropó y se llevó la botella vacía. Un instante después, abrió mucho los ojos. Una niña vestida de blanco se detuvo junto a él. Cerró los ojos al sonreír.

—¿Quieres un poco?

Pedro se incorporó y cogió un recipiente de plástico que tenía una cuchara clavada en lo que parecía fruta triturada. Sabía a manzana, la favorita de Pedro.

—¿Qué haces aquí? ¿No eres muy pequeña?

—Tú eres el joven —dijo la niña, con una voz infantil, pero palabras de adulta—. Yo existo desde hace millones de años. Soy una diosa de la naturaleza.

A Pedro se le cayó el recipiente con la fruta. La niña lo recogió y cerró de nuevo los ojos para sonreír. Aunque fuera imposible, conocía a aquella niña desde hacía mucho tiempo.

—Claro que me conoces, Pedro. ¿Recuerdas aquel día en el Parque de El Retiro, hace ya muchos años? Estaba buscando a personas como tú. Me puse a llorar para conmover a la gente y te acercaste. Me diste un camión amarillo para que jugara. Desde ese día supe que podría contar contigo.

Pedro recordó aquellos tiempos tan felices y le corrieron las lágrimas por las mejillas.

—No llores, por favor. Estoy aquí porque mi poder es limitado y necesito ayuda. Si aceptas mi propuesta, dentro de dos días recogeré tu alma y te convertiré en un espíritu de los bosques. Te llevaré a uno de los pocos que aún quedan en la Península, que es la zona que yo protejo, para que cuides de él. No es un trabajo difícil, solo tienes que recorrerlo todos los días, soplar sobre las plantas que veas débiles y dar aliento a los animales que estén enfermos. Disfrutarás del aire limpio, del sol y también del frío. A ti te gustan los días de invierno, ¿verdad?

—Me gustaban mucho.

—Volverás a adorarlos. Si no quieres que te lleve, simplemente, te dejaré marchar. ¿Quieres volver a verme?

Pedro asintió y la niña que cerraba los ojos al sonreír le dedicó una sonrisa.

1 comentario:

Isefran dijo...

¡Pero que historia tan bonita! ¿Como es posible que escribas siempre historias tan conmovedoras, tan tristes y con un futuro tan plausible?
Me ha encantado. Las tres vidas de Pedro, su hija, la niña... me parece increíble que consigas que los personajes trasmitan tanto en un texto tan corto.
Enhorabuena por el relato.
Saludos y nos vamos leyendo.