28 junio 2018

De cuando usaba la física para ligar


Para la mayoría de los hombres, buscar novia es un infierno. Uno que se mantiene a temperatura constante porque sus paredes no permiten transferencia de calor. Hace años, después de fracasos constantes, se me ocurrió que, después de haber dedicado tantos esfuerzos a sacarme la carrera de física, podría intentar aplicar mis conocimientos de esa ciencia fascinante para abandonar la soltería. La verdad es que no me fue bien, por lo que hoy en día solo duerme conmigo, y solo de vez en cuando, una belleza con unos ojos verdes espectaculares: mi gatita.

El primer fin de semana que me decidí a usar la física para la seducción, estuve un par de horas buscando a la chica adecuada en un bar de copas que no tenía la música muy alta. Vi a una mujer rubia vestida de azul que me llamó la atención desde el principio y me senté a su lado. Me lanzó una mirada, hostil y fugaz, pero no me asusté: siglos de conocimientos de física estaban de mi parte.

—Buenas noches —dije—. Está algo aburrido el sitio, ¿no?

—Psé —respondió sin mirarme.

El plan era el siguiente: diría algo cotidiano usando vocabulario técnico, de manera que la chica se quedaría impresionada por mi sabiduría.

—¿Quieres que nos tomemos una copa en mi casa? Provocaríamos un aumento de la energía interna mediante un proceso adiabático.

La rubia me miró extrañada y tardó unos segundos en responder.

—¿Las paredes de tu casa tienen aislamiento térmico?

—Pues… no, son normales.

—¿Y las ventanas de tu casa cierran herméticamente? ¿Y la puerta de la calle?

—N… no —respondí y empecé a ponerme nervioso—. ¿Eres ingeniera?

—No, soy física —dijo mientras se tocaba el pelo—. Volviendo al tema de tu casa, con todo lo que me has dicho y con el frío que hace en la calle, tu casa va a perder calor por todas partes. ¿Me puedes explicar cómo la vas a calentar mediante un proceso adiabático?

—Bueno… no va a ser perfectamente adiabático, pero las pérdidas de calor serán pequeñas. Sería una buena aproximación considerar un calentamiento adiabático, el aire como un gas ideal… y eso.

—¿Una buena aproximación? ¿Que sería una buena aproximación? —gritó y se bajó del taburete—. Mira, vamos a dejarlo, que yo no hablo con gilipollas.

Y se marchó sin mirar atrás ni siquiera para volver a llamarme gilipollas.

Aquel fracaso me hizo pensar que, quizá, sería más fácil conquistar a una mujer que compartiera conmigo la pasión por la física, así que siempre que veía a una candidata que me gustara, me acercaba y le sonsacaba qué estudios tenía. Tras muchas abogadas, médicas, biólogas, filólogas y de multitud de otras variedades curriculares, topé con una física que hacía la tesis en cuestiones relacionadas con la mecánica cuántica, concretamente, entrelazamiento cuántico. Era una morena de ojos negros muy atractiva y muy simpática. Se sentía muy sola a causa de su campo de trabajo y necesitaba hablar de él. Pasamos muchas noches hablando de mecánica cuántica o, más bien, hablaba ella y yo escuchaba. Acabé enamorado porque, ¿quién no se enamoraría si en las conversaciones no dejan de aparecer ecuaciones de Schrödinger con potenciales exóticos? Y fue mutuo.

Pero acabó mal. Muy mal. Un día fuimos a mi casa y Alicia, que así se llamaba, se echó a llorar. Le llevó diez minutos calmarse.

—Lo nuestro es imposible —me dijo—. Estoy demasiado entregada a mi tesis y eso tiene consecuencias.

—No entiendo.

—Verás, me da algo de vergüenza confesarlo pero, cuando me pongo… ya sabes, cuando me sube la temperatura, pues… pues… cuando sé por dónde me gusta, no tengo ni idea de donde estoy, y cuando sé donde estoy, no tengo ni idea de por donde me gusta.

—Eso no puede ser —dije con pocas esperanzas—. Eres un ente macroscópico.

—La mecánica cuántica es intensa en mí —afirmó con lágrimas en los ojos.

Por desgracia, se levantó y, por accidente, salió corriendo en una dirección del todo determinada, con lo que quedó deslocalizada y no he vuelto a saber de ella. Quizá esté en Saturno, en la Galaxia de Andrómeda o en el otro extremo de Laniakea: la incertidumbre en su posición es, ahora, infinita.

Así que ahora entendéis por qué desistí. Al menos, tengo una gatita de ojos verdes a la que puedo acariciar sin necesidad de usar técnicas de seducción. Y la mecánica cuántica no es nada intensa en ella.

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