27 noviembre 2011

Mundo de Cenizas. Capítulo XXX

Juan se mantuvo en silencio unos instantes, intentando asimilar lo que le había sucedido. Había sido todo tan real que aún tenía que decirse a sí mismo que se había tratado de un sueño para refrenar las ganas de salir a explorar fuera del campamento. Y, en esto, Pablo se le acercó y le dijo:

—Amigo Juan, ¿ya está mejor? Me dio un buen susto; creí que se me iba a escapar e iba a salir corriendo ahí fuera.

Le miró unos instantes, sin saber qué decirle y, al final encontró palabras:

—Le agradezco mucho su ayuda. De no ser por vuestra merced, estaría muerto.

Le tendió una mano, que Pablo le estrechó sonriente, y añadió:

—No sé cómo compensarle por lo que ha hecho. Estoy en deuda con vuestra merced.

Pablo, en tono jovial, repuso:

—Ya pensaré algo… Pero tratadme de vos, amigo Juan, que ya hemos hecho muchas cosas juntos como para seguir con tanta vuestra merced. En todo caso, estoy seguro de que habríais hecho lo mismo por mí.

Juan no estaba acostumbrado a tantas familiaridades con sus compañeros de la milicia, pero qué menos que complacerle después de lo sucedido. Así que habló sinceramente:

—Eso ni lo dudéis, amigo Pablo.

Tras aquello, volvieron a sentarse y Juan, que había perdido las ganas de dormir por aquella noche, le propuso a Pablo que se acostara. Su amigo lo hizo sin perder un momento y, como en el sueño maligno que había padecido, se quedó dormido de inmediato.

Por desgracia, en un momento dado, Juan notó que algo raro sucedía. Oyó dar voces, alguna carrera, pero fue incapaz de advertir que causaba tal revuelo. Despertó a Pablo, que se espabiló de inmediato al notar la confusión. Se pasaron ambos un rato tratando de enterarse de lo que acontecía, sin el menor éxito. Juan estaba especialmente confundido, y sólo veía a gente moverse de un lado a otro, y oía algún golpe de vez en cuando. De pronto, oyó a Pablo gritar:

—¡Cuidado, Juan! ¡A vuestra izquierda!

Juan desenvainó instintivamente y miró hacia donde le indicaba su compañero. Pero no vio nada. Se volvió despistado hacia Pablo, que le gritó desesperado:

—¡No! ¡No!

Corrió hacia él, se cambió la ropera de mano y, con mucha rapidez, extrajo un cuchillo de entre sus ropas y lo lanzó contra algo mientras insistía:

—¡Ahí, ahí!

Se sorprendió un poco de ver usar a su compañero una treta propia de delincuentes, pero la acción de Pablo consiguió su fruto. El puñal cayó al suelo cerca de un bulto que se movía lentamente y que Juan, con horror, identificó con una rata. Se puso en guardia de inmediato y, en un instante, sintió que Pablo apuntaba sus armas hacia la bestia, a su lado. No tardó en darse cuenta de que había algo raro, pero fue su amigo quien lo expresó con palabras:

—¿No creéis que se mueve demasiado despacio, amigo Juan?

Se acercaron con cautela, mientras el ser se desplazaba despacio y cuando estuvieron lo bastante cerca, les invadió el horror. La visión era repulsiva. Aquella cosa estaba cubierta de sangre, con dos grandes heridas en el costado, y le faltaba una pata trasera. Con semejantes cortes tenía que estar muerta, pero, en vez de eso, se movía con torpeza y les amenazó abriendo la boca. Pablo retrocedió horrorizado, lo que hizo que la rata avanzara hacia él. Entonces, Juan recordó aquella tarde inolvidable que pasó en casa de Raquel.

Había visto un grabado muy extraño en el que un guerrero atacaba con espada a un ser esquelético con andrajos. Su amiga, al captar el interés con que Juan la miraba, le había explicado que era un caballero luchando contra un muerto viviente, un cadáver reanimado por algo que ella llamó con un vocablo extraño y era una especie de magia. Recordó haberle preguntado que cómo se podía luchar contra un enemigo que ya estaba muerto, y su memoria le dijo qué hacer. Le gritó a Pablo:

—Atacadla, por mucho asco que os dé.

Y, con mucha rapidez, Juan le asestó una estocada terrible que la dejó tan maltrecha que se quedó inmóvil. Pablo, que había iniciado otro golpe antes de darse cuenta de que su rival había caído, la ensartó y le abrió una herida muy repugnante. Ya se iba a retirar cuando Juan le dijo:

—Hay que seguir, tenemos que despedazarla.

Y, a despecho de que la rata era un bulto inmóvil, Juan le destrozó el cuello. Pablo, con cara de asco dejó el trabajo casi listo de una estocada seguida de un tirón que decapitó al animal, si bien fue Juan quien con varios tajos, dejó a la bestia convertida en cuatro o cinco pedazos sanguinolentos que, por muy grotesco que pareciera, continuaban debatiéndose débilmente. Sintió nauseas ante aquella visión, pero mantuvo la compostura. Sin embargo, Pablo no tuvo tanta suerte. Envainó la ropera y se volvió con la mano en la boca, al parecer, buscando un sitio apartado, que no encontró a tiempo. Se arrodilló en cualquier parte, y se puso a vomitar.

Cuando Pablo pareció recuperarse un poco, Juan quiso confortarle:

—¿Estáis mejor?— Y ante su asentimiento mudo, prosiguió—: es repulsivo, pero es la única manera que impedir que puedan hacer daño.

—Lo peor, amigo Juan, es que, aún descuartizada, se sigue moviendo. ¿Es que no hay forma de matar a esas cosas?

Si la había era desconocida para Juan, pero no quiso decírselo a su amigo. Pablo fue a recuperar su daga, y cuando regresaba, el sargento de la milicia que les mandaba, se encaró muy irritado con Juan:

—¡Qué creeis que estáis haciendo? ¡No habéis oído mis órdenes?

En realidad, ni él ni Pablo habían oído nada, y por la actitud del sargento y la sensación de desorganización que se respiraba en el campamento, Juan supuso que no eran los únicos. Quiso decir algo, pero Pablo se le adelantó:

—Discúlpenos, señor. Primero nos distrajo el bicho este— y señaló sin mirar a la rata descuartizada— y luego se me revolvió el estómago y distraje a mi amigo. Por eso no le hemos oído.

El sargento miró con asco los trozos de roedor que continuaban temblando, y para sorpresa de Juan, acercándose unos a otros, y les dijo, algo más calmado:

—De acuerdo. Nos ordenan los reverendos señores que acompañan a don Felipe que hagamos una hoguera y quememos, pedazo a pedazo, a estas abominaciones. Encended una hoguera junto a aquella piedra y no os mováis de allí. Enviaré a los demás para que ayuden. ¡Y por el amor de Jutar, no salgais corriendo del círculo del campamento, que ya he perdido a dos hombres esta noche!

Juan se quedó muy consternado al oír aquello. Quizá conociera a alguno de los milicianos caídos, por lo que comprendía el estado de nervios del sargento. Y aunque obedeció de inmediato las órdenes y ayudó a Pablo a encender la hoguera, se sentía muy desmoralizado, y comenzó a temer que hasta los soldados se desbandaran y no saliera vivo de allí nadie. Recordando lo malo que se había puesto su amigo, cuando llegó el momento de ir a por los trozos de rata, fue Juan quien se empeñó en hacerlo en solitario.

La desbandada que Juan se temía, finalmente, no sucedió. Los milicianos y los soldados terminaron reorganizándose y, por lo que se decía, no hubo que lamentar más bajas; sólo alguna que otra indisposición por lo repugnante del último ataque. Juan le encontró poco sentido a que los cralates lanzaran contra ellos a cadáveres animados de ratas que, en realidad, no eran rival ni para un miliciano bisoño. Comprendió las intenciones cuando advirtió la expresión soñolienta y desanimada de Pablo y de varios otros. La idea de aquellos seres, al ser incapaces de atacarles directamente, era no dejarles descansar, desmoralizarles y no darles tregua. Y parecían estar consiguiéndolo.

Una vez terminada la quema de las ratas muertas, Juan logró convencer a Pablo de que durmiera. Como no hubo más ataques dignos de mención, terminó por quedarse dormido él también.

Cuando Juan se despertó había amanecido; el bosque estaba iluminado, aunque con una luz tenue, y ya no había antorchas protegiendo su perímetro. Se sentía agotado, pero los mandos no les dieron ni un respiro y todos los milicianos, con expresión soñolienta, tuvieron que afanarse en recoger el campamento y en auxiliar a los soldados. Por los rumores que corrían, y los fragmentos de órdenes que Juan iba oyendo, los exploradores habían identificado dos rutas principales por las que los cralates se habían marchado con el alba, así que dividirían la expedición en dos grupos. La buena noticia era que, al parecer, el cralate que había atormentado a Juan había sido abatido por una de las saetas que le habían disparado, ya que junto al árbol por el que casi se escabulle, comenzaba un rastro de sangre y, según se decía, al seguirlo, se había avistado un bulto inmóvil en un escondrijo natural.

Cuando les hicieron formar, Juan comprobó con pesar que, de los milicianos muertos, uno le era conocido. Se llamaba Pedro y le caía bastante bien. Lo más triste es que dejaba una viuda con un hijo que no tendría ni diez meses. Se alegró un poco al saber que Pablo iría en el mismo grupo que él, pero se preocupó algo cuando supo que don Felipe marcharía en la otra columna, junto a dos de los reverendos que acompañaban a la expedición.

El trayecto fue bastante incómodo. La tropa estaba cansada, y los mandos tampoco se hallaban en mejor situación. No ayudaba nada el hecho de ser conscientes de estar siguiéndoles la pista a unos seres monstruosos en un bosque tan cerrado que apenas se veía la luz del sol. Pero la situación empeoró. Como durante la marcha de la víspera, se les echaron encima multitud de ratas. Y aunque los soldados las mataban con facilidad, eran tantas que la situación se volvió difícil. Juan y Pablo, de nuevo protegidos por la línea que formaban los soldados, hicieron lo posible por ayudar. Apenas lograron hacer tres o cuatro disparos cada uno, a pesar de que el combate fue bastante largo. Pablo consiguió herir levemente a una rata, pero se le trabó el mecanismo de su ballesta poco después y no tuvo más remedio que dejarla. Juan se cansó de hacer disparos inútiles, desmoralizado porque en la única ocasión en que tuvo una oportunidad perfecta, erró el disparo por un par de pulgadas.

A diferencia del día anterior, el ataque no cesaba y aunque caían ratas por decenas, la línea defensiva empezó a flaquear. Juan tuvo que hacer acopio de entereza para no caer en la desesperación y en el pánico. Dos soldados, quizá más, habían caído; por mucho que la armadura evitara heridas, las ratas mordían tan fuerte que acababan por lastimar las piernas de algunos soldados, y cuando alguno caía al suelo, se veía cubierto de bestias que mordían por todas partes hasta hallar los puntos débiles que tienen, incluso, los mejores arneses blancos. Aquellas imágenes angustiaban a Juan, que con un simple coselete estaba del todo indefenso.

Para desesperación de Juan, el ataque continuó y ratas solitarias empezaron a atravesar la línea defensiva. En cuatro ocasiones, Juan y Pablo tuvieron que usar la espada para rechazarlas. Aunque aquellas bestias atravesaban heridas la línea de defensa, y normalmente estaban más pendientes de los soldados que de ellos dos, un par de veces estuvieron cerca de herirles. Y a pesar de que dieron cuenta de todas las ratas que cruzaban la línea de soldados con armadura sin problemas ni recibir ni un rasguño, la tensión estuvo a punto de hacerles flaquear. Tenían que estar muy pendientes porque era fácil que alguna pasara inadvertida entre los matorrales, y aquella angustia continua era peor que la propia lucha.

Finalmente, el ataque cesó, y el oficial al que don Felipe había dejado al cargo de todo dio orden de descansar. A Juan le bastó una mirada para cerciorarse de que la sensación reinante entre los combatientes era de derrota. Habían caído tantas ratas, que sus cadáveres se amontonaban trazando con precisión la línea ovalada que los soldados habían defendido. Pero el precio pagado había sido desproporcionado. Habían muerto ocho soldados y un miliciano, y otros cuatro soldados estaban heridos. Era fácil identificar los muertos porque sus compañeros les despojaban de todas las piezas de armadura que podían. Uno de los heridos no paraba de gritar mientras le atendían varios compañeros y el reverendo, lo que crispaba los nervios de Juan. Pablo no parecía estar mejor. Se había sentado nada más recibir la orden, y gruñendo imprecaciones, se afanaba en desatascar el mecanismo de su ballesta. En un momento dado, mientras Juan estaba sentado junto a él, agachó la cabeza y murmuró con rabia, a despecho de que el soldado herido no pudiera oírle:

—Cállate de una vez, imbécil.

El hecho de que aquella mitad de la expedición estaba derrotada quedó patente cuando el oficial al mando les lanzó una arenga. Les animó diciéndoles que había que seguir, porque si no, todo el esfuerzo, todos los caídos… todo habría sido en vano, que les quedaba muy poco para sorprender a los cralates solos, sin sus batallones de ratas. Aquella unidad la formaban, en su mayoría, soldados de Nêmehe y, como era de esperar, formaron dispuestos a continuar. Pero bastó un escaso cuarto de hora para comprender que era imposible continuar con seguridad teniendo que cargar con varios heridos. No había milicianos suficientes para ayudar a caminar a los soldados incapacitados para el combate, ya que eran necesarios dos para auxiliar a un solo combatiente con armadura.

Por ello, el oficial optó, finalmente, por dirigir a la tropa a una elevación rocosa, bien defendible y donde los soldados podrían permanecer ocultos. Una vez allí, dividió de nuevo al grupo. Se llevó consigo a once de los soldados que continuaban ilesos y dejó a un soldado al mando del resto. Eso significaba que quedaban parapetados, en condiciones de luchar, seis soldados y seis milicianos, lo que no era muy tranquilizador.
El tiempo pasó con una lentitud desesperante. Reinaba el silencio entre el grupo de soldados. Casi por inercia, Juan y Pablo seguían apostados juntos, aunque este último mostraba constantemente una expresión enfurruñada y respondía a los intentos desganados de Juan de entablar una conversación con monosílabos. La incertidumbre y el riesgo de ver aparecer en cualquier momento una manada de ratas convertían aquella espera en un tormento.

Y, a pesar de todo, cuando Juan notó que Pablo se fijaba, primero, en un par de soldados que hacían gestos y llamaban la atención de quien estaba al mando del grupo, y luego miraba hacia la pequeña cuesta que les defendía y murmuraba un “hijas de puta”, deseó que aquella espera incómoda no se hubiera terminado aún. Instintivamente, se acurrucó detrás de una piedra y se aseguró de que tenía sus armas a mano. Era obvio que les ordenarían disparar, pero Juan mantuvo la disciplina y no empuñó el arco hasta que oyó la orden de elegir a una rata y disparar a la señal. Pablo no había hecho lo propio y ya estaba apostado y apuntando hacia donde venía el enemigo, que por su tamaño y velocidad debía consistir en aquellos cadáveres de ratas animados que les habían atormentado la noche anterior. Incluso, oyó murmurar malhumorado a Pablo:

—Da la orden ya, majadero.

Juan se sentía igual de nervioso, ya que aquellas bestias seguían avanzando y la orden no llegaba, pero hasta Pablo aguantó las ganas de comenzar el ataque y, sólo cuando el oficial gritó, dispararon. Hubo tiempo de hacerlo dos veces. Pablo tenía la ventaja de estar usando un arma que le permitía apuntar con precisión sin tener que ponerse en pie, y al segundo saetazo abatió a la bestia que había elegido. Juan tuvo más problemas; se quedó a una pulgada en el primer disparo, y sólo hirió levemente a su objetivo. Por fortuna, otro compañero de armas se ocupó de abatirla por él y, como pudieron comprobar, habían caído todas las enemigas.

Lo siguiente les pilló por sorpresa. Juan se había vuelto para coger una nueva flecha, y Pablo, por el sonido del mecanismo de su arma, recargaba su ballesta, cuando oyeron gritar al oficial. Juan vio, horrorizado, que se le retorcía el brazo derecho, como si una fuerza invisible se lo estuviera partiendo, y que lo mismo le pasaba a su pierna izquierda. Cayó derribado profiriendo alaridos y fue por la exclamación ahogada de Pablo, que se le escapó antes de agazaparse tras un matorral muy denso, que Juan miró hacia la ladera.

Y se tiró al suelo sin dudarlo. Había dos cralates en mitad de la cuesta, con los ojos brillándoles con un color rojo intenso, que habían aparecido de repente.

26 noviembre 2011

Unas cosas que he recibido esta semana

Esta semana he recibido, en mi buzón abandonado por Correos (me llega la correspondencia cada quince días, más o menos, salvo los paquetes con libros que, milagrosamente, me llegan con puntualidad), dos paquetes que me han gustado tanto que voy a compartirlos hoy y hasta poniendo fotos.

El primero el que más ilusión me ha hecho. Al fin tengo la Antología Descubriendo nuevos mundos en mis manos. Ya me he leído la mitad, lo que teniendo en cuenta que esta semana he tenido muchísimo trabajo, es decir que la estoy devorando. Aquí tenéis la foto que atestigua que ya tengo la obra:



Los cuentos que he leído hasta el momento son muy diversos y están muy bien escritos, con buena técnica narrativa y dominio del lenguaje. Unos son cómicos, otros trágicos y son bastante originales, la verdad. No encontraréis aquí relatos fantásticos calificables de "típicos", o estereotipos comunes. De todos modos, aún me queda la otra mitad, pero la tónica va a ser esa, seguro.

Os lo podéis comprar en varios sitios, como Cyberdark.net o bien en Sueños de papel. Por cierto, viendo las existencias, en Sueños de papel se han vendido ya unos cuantos. Qué ilusión.

La segunda cosa que quiero compartir es que, como suscriptor de Excalibur Fantástica, línea editorial de Grupo AJEC, he recibido de regalo una camiseta que me ha hecho gracia por dos motivos. La camiseta lleva impreso lo siguiente:


Esta camiseta se refiere a las novelas de Enano Rojo, concretamente, a la cuarta novela de la serie (supongo). Enano Rojo, hace ya muchos años, puede que unos 20, era una serie que se emitía en no sé qué cadena, que va de una nave espacial (Red Dwarf, o Enano Rojo) donde conviven un ser humano, que ha hibernado durante varios millones de años, un ordenador dotado de una inteligencia artificial muy elevada, un holograma tanto sarcástico y un ser medio humano medio gato, que es la evolución de una gata preñada que había en la nave y que provocó que el protagonista quedara hibernado durante tres millones de años. Como véis, es una serie muy llena de humor.

Lo siguiente curioso es que en la camiseta reza la frase "Miembro de la tripulación" en tres idiomas: inglés, español y ¡esperanto! Y es que en la serie de televisión, aparecía el esperanto muy a menudo. Los rótulos de la nave están escrito en inglés y en esperanto en su mayoría. De ahí que en la camiseta aparezca "Membro de la sipanaro".


Y lo mejor es que la camiseta me está bien, me la puedo poner. Y es que gracias a la salsa y la bachata estoy perdiendo muchos kilos, por lo que se ve.

20 noviembre 2011

Una pequeña maravilla: El Quijote interactivo.

Voy a compartir un vínculo que recibí hace unos días de una persona de nuestro entorno. La biblioteca nacional tiene una edición interactiva de los volúmenes de El Quijote que es una auténtica delicia para los que somos apasionados de esta obra y de la literatura de la época. El vínculo en cuestión es:

http://quijote.bne.es/libro.html

Podréis ver, entre otras cosas, un escaneado de las ediciones originales de ambas partes de El Quijote, la de 1605 y la de 1615. Además, hay alguna información sobre la época, músicas de esos siglos interpretadas, un mapa con las localizaciones de las diferentes aventuras de don Quijote...

Fantástico haber escuchado una reconstrucción de músicas como las folías, las gallardas, los canarios, las chaconas... esas músicas que bailaron mis personajes de Mundo de cenizas... No os lo podéis perder.

18 noviembre 2011

La prima de riesgo de España disparada, o como Europa sigue destruyéndose a sí misma

Seguro que más de dos de los que me leen sabrán que, en los últimos días, la prima de riesgo de la deuda pública española está disparada. Hoy, bien temprano, he oído que ya ha superado los 500 puntos básicos, con respecto a la deuda alemana (la más estable, técnicamente, y que se toma como referencia). Es un nivel tan elevado que, de mantenerse en el tiempo, podría obligar a un rescate. Todo esto lo sabe ya media España, porque no para de aparecer en los telediarios día sí y día también.

Se le echa la culpa a "los mercados", a la especulación. Y, bueno, es cierto que los culpables primarios de esta situación son los especuladores. Pero hay un gobierno europeo que, por interés y por inacción, permite que esto sea así: Alemania. Y es que mucha Unión Europea, mucho decir que vamos a crear los "Estados Unidos de Europa" y, a pesar de la experiencia de dos guerras mundiales que despedazaron a Europa especialmente, seguimos sin aprender nada.

La prima de riesgo para la deuda pública de un país es una medida de la confianza que tienen los inversores en la misma. En el caso de la Unión Europea, como Alemania es la economía más fuerte y solvente, se toma como referencia. Como puede leerse en el magnífico El blog salmón, si España tiene una prima de riesgo de 500 quiere decir que si el bono a 10 años (que es el que suele tomarse como referencia para estos cálculos) alemán da un interés del 2%, el español da un interés del 7%, ya que la diferencia sería 7%-2%= 5% y ese 5 se multiplica por 100 para dar los 500 puntos básicos. Como los inversores no se fían de que España, con un paro galopante y un déficit fiscal que, ahora mismo, es enorme, sea capaz de pagar, le exigen más interés a la hora de prestarle dinero.

Para España, las consecuencias son muy negativas. Una prima de riesgo elevada implica que cuando el Estado necesite financiarse emitiendo deuda tendrá, primero, que pagar intereses mucho más elevados, intereses que van a salir de nuestros impuestos (cómo no), y segundo, que podrá ser que no consiga todo el dinero que necesita porque, aún dando intereses altísimos, la gente prefiere no invertir por miedo a un impago. Lo triste es que, en lo que respecta a la deuda, España tiene menos, en porcentaje sobre el PIB, que Alemania. Y, aún así, nos atacan los especuladores.

Lo más grave de todo es que, al entrar en el euro, cedimos parte de la soberanía económica y, lo que es mucho peor, los países del euro se quedaron sin herramientas efectivas para combatir la especulación. España no puede devaluar su moneda, lo que amortiguaría mucho este acoso de los especuladores. Sólo tienen capacidad para actuar las instituciones europeas. Y éstas hacen una décima parte de lo que podrían hacer. Esta es la esencia del problema.

¿Y por qué la Unión Europea no hace casi nada para acabar con el problema? Porque hay muchos intereses por ahí. Alemania manda mucho, y a Alemania le interesa que esta situación se prolongue, porque mientras más suben los intereses que Italia, España o Portugal tienen que ofrecer para financiarse, más bajan los intereses que paga Alemania. El gobierno alemán se ahorra miles y miles de millones a costa de que España y los demás paguemos más y más millones. Por eso no se toman medidas más contundentes. Sólo se empezarían a tomar si los especuladores empiezan a atacar a Alemania y a hacerle mella, lo que es muy complicado, dado que el tamaño de su economía es enorme. Complicado, pero no imposible. Porque Francia, que sólo tiene por encima a Alemania está empezando a padecer aumentos de su prima de riesgo. Podría pasar que cuando Alemania decida actuar en serio ya sea demasiado tarde.

Una cosa curiosa de esta crisis es que he aprendido la influencia tremenda que tienen agencias internacionales de valoración (Moody's, Fitch, Standard & Poor's...). Ahora quiere la Unión Europea limitar su influencia. Ahora, cuando le están dando fuerte a Francia. Y algo huele mal en esas agencias. Porque lo de Standard & Poor's, que rebajó la nota a Francia por error... eso no se lo traga nadie. Ni que S&P tuviera un trabajador que se ocupa de teclear todas las tardes los valores de las calificaciones y que, un día, al teclear la de Francia, en vez de poner tres A, puso dos por accidente...

A ver cómo evoluciona todo... La solución sería que el Banco Central Europeo comprara masivamente deuda de España e Italia pero, claro, eso no le interesa a Alemania... La misma historia de siempre: políticos que cometen errores graves, para que el pueblo los pague bien pagados.

04 noviembre 2011

Leído: Tropas del Espacio de Robert Heinlein

Llevo cierto retraso en las reseñas de las cosas que leo, porque desde que me leí el libro del que hablo hoy, ya he terminado otros dos. Pero es lo de siempre: el trabajo, las reuniones laborales y todo eso.

Lo primero que hay que destacar de esta obra es que es uno de los viejos clásicos de la ciencia-ficción. Es un libro con bastantes años aunque, debo reconocer, el tiempo no le ha sentado mal y resulta ser bastante creíble. Se nota bastante que el autor sirvió algún tiempo en el ejército y es, precisamente, la buena recreación del ambiente castrense la que la hace creíble. En comparación con otras novelas de ciencia-ficción escritas hace medio siglo o más, pocos detalles técnicos, por no decir ninguno, me resultan anticuados.

Es un libro que a mí me ha gustado. Contiene una serie de reflexiones interesantes, que puedes compartir o no (en mi caso, no del todo), pero que te hacen pensar.

Si habéis visto las películas de "Starship troopers" y luego leeis este libro, llegaréis a la conclusión de que las películas se inspiran en el libro, pero no tienen casi nada que ver. Sólo coinciden los nombres de los personajes y unos cuantos pasajes del libro. Todo lo demás es diferente. De hecho, incluso, las películas (al menos la primera, que fui la que vi) hacen una crítica a la influencia de los medios de comunicación y a su uso para manipular, mientras que el libro se plantea qué puede pasar si el Estado se declara incapaz de controlar la delincuencia. Y es este planteamiento, pienso, el que lo convierte en una obra criticada por ser "fascista". De hecho, Tropas del Espacio fue polémica en su momento. A mí me parece un poco inverosímil que alguien que sirvió dos veces en la Armada de los EE. UU. (cinco años, desde el 1929 hasta el 1934 y luego, como ingeniero civil, durante la II Guerra Mundial, porque se quiso alistar él pero no se lo permitieron) y que, por tanto, luchó contra los nazis, escribiera, once años después del fin de la II Guerra Mundial, una apología del fascismo. Más bien, lo que veo en este libro es una advertencia a los que creemos en la democracia.

Hablaré de eso más tarde. Sólo destacar algunos cambios interesantes entre el libro y la primera película. En el libro, el protagonista no se liga a nadie (no hay escenas de cama, para entendernos), las mujeres combaten pero como pilotos; son las que pilotan las naves interestelares y los vehículos de "desembarco", y el ambiente castrense impregna mucho más la narración que la película (aunque parezca mentira). La infantería móvil es mucho más poderosa que en la película; los "bichos" ganan cuando tienen una superioridad numérica aplastante, mientras que en la película se tienen que reunir cuatro para liquidar a un solo soldado de los "bichos". Luego hay cosas que son más parecidas, como el desarrollo de la guerra.

Para acabar, se explica a lo largo de la obra el por qué se ha llegado a una sociedad militarista. Se trata de un futuro distópico, donde nuestras democracias acaban desmoronadas por la delincuencia descontrolada tras una guerra mundial. La democracia falla a la hora de mantener el orden, o digamos, la responsabilidad de los ciudadanos, y el sistema se hunde. El germen del estado militarista de Tropas del Espacio son los restos del ejército que, desaparecido el poder central, comienza a ganar prestigio defendiendo a grupos de civiles de los saqueadores.

Es la primera vez que leo en ciencia-ficción a la delincuencia como una de las causas fundamentales de la caída de una sociedad. La crítica a nuestros sistemas judiciales, en el sentido de que no son eficientes a la hora de frenar la delincuencia, o son fuente de injusticias, es algo presente en muchas obras de ciencia-ficción e, incluso, de fantasía. En sus últimos libros de la saga de la Fundación, Isaac Asimov contaba como, cuando querían acabar con el protagonista, le enviaban matones para que lo molieran a palos o lo mataran. Cuando rechazaba la agresión, los matones le denunciaban y tenía que ir a juicio por agresión. Le atacaban y le juzgaban por defenderse. Asimov lo enmarcaba en una de las muestras de la decadencia del Imperio Galáctico, pero la crítica a nuestro sistema judicial queda bastante clara. En Mundodisco, los ladrones son profesionales regulados y cada ciudadano debe sufrir una serie de robos al año, por ley. De ahí que cuando un ladrón te atraca, te deja su tarjeta para que, si le ha gustado cómo te ha robado, le llames y cubras con él tu cupo anual de atracos. Por supuesto, esta legalización obedece a la desidia de las instituciones de Ank-Morpork, que dificultan la labor de la policía para no ofender a las cofradías de ladrones (porque los que están en lo alto de la jerarquía de las cofradías de delincuentes están, socialmente, muy bien considerados) y tiene un sistema judicial donde el delincuente recibe condenas muy suaves o, directamente, no recibe condena alguna. Terry Pratchett cuenta todo esto de tal forma que te partes de risa leyéndolo, pero la crítica, nada velada, hacia nuestro sistema y nuestros gobernantes te queda clarísima.

En el cine o en muchas obras de literatura "convencional", he visto tratar el tema de la delincuencia, preferentemente, desde el punto de vista de los que infringen la ley, buscando humanizarles y todo eso. Es algo que me parece estupendo. Pero son más escasas las obras en que este tema se trata desde el punto de vista de las víctimas. Cuando se habla del fin de las democracias, casi siempre el motivo es un golpe de estado, el ascenso de un partido fascista, que las multinacionales doblegan a los Estados... Y, sin embargo, lo que más daño hace a la democracia es la injusticia cotidiana. Como otra mucha gente, siento que denunciar un delito que hayas sufrido es una pérdida de tiempo. En un sistema democrático, que esta sensación se generalice es algo más peligroso que un golpe de estado.

En mi trabajo, si yo emito una factura y el cliente dice que no me paga porque no le da la gana, yo tendré que pagar el IVA repercutido en nombre del cliente (o sea, pagarle sus impuestos de mi bolsillo) y tributar por un dinero que no he cobrado. Denunciar al deudor me costará tiempo y dinero y será cuestión de suerte, porque alega que es insolvente y listos. El Estado no sólo se muestra incapaz de garantizar una transacción comercial sino, que, además, me exige a mí, a la parte que ha sufrido la estafa y el impago, que le pague de inmediato los impuestos. ¿Para qué sirve, entonces, el Estado? Si tenemos una institución hambrienta de dinero, que te quiere cobrar por todo y que no garantiza la seguridad ni las leyes que ella misma emite, es cuestión de tiempo que el pueblo se empiece a plantear si merece la pena mantener el sistema. Cualquier partido dictatorial populista (de izquierdas o de derechas, me da igual) capaz de aglutinar este sentimiento puede herir de muerte a un sistema democrático que tiene preocupaciones más importantes que ser garante de la ley.

De esto nos advierte, en mi opinión, Tropas del Espacio. Es verdad que no comparto algunos de los argumentos expresados en el libro, pero dudo bastante que se pueda calificar de fascista a esta obra. Pienso que nos habla de que o se garantiza la ley o acabará gobernándonos quien tiene las armas en la mano.

En todo caso, es un libro interesante, breve y fácil de leer. Y con un tratamiento muy correcto de la ciencia, que siempre se agradece.

22 octubre 2011

Antología Descubriendo Nuevos Mundos

Hago un inciso en los temas que estoy tratando ahora mismo para hacerle un poco de publicidad a la antología donde me van a publicar un relato: Descubriendo Nuevos Mundos. Aquí está la referencia a la noticia. Esta de abajo es la preciosa portada del libro:



Ya se pueden leer los títulos de los diversos relatos. El mío se llama: Los demonios no lloran. Tengo unas ganas de ver un ejemplar en mis manos... Y de leer el resto de cuentos, y de ver las ilustraciones ganadoras. Ya iré contando.

16 octubre 2011

Mundo de cenizas. Capítulo XXIX

Juan respondió a la frase de su amiga asintiendo en silencio y devolviéndole una de las sonrisas de ella. Achacó su despreocupación a su escasa formación militar, que no la hacía consciente de los peligros que tenía cualquier combate. En verdad, aquella tropa no era fácil de batir por parte de manadas de fieras, pero ello no les libraba de una derrota motivada por la mala suerte.

Raquel se inclinó sobre él, hasta casi tocarle, y dijo:

—Ese de ahí es Pablo, ¿no?

—Sí.

Su amiga dijo, riéndose:

—Cuando se despierte le voy a gastar la misma broma que a ti… o una más pesada.

Juan se limitó a sonreír y Raquel quedó sentada junto a él. Pasaron un rato hablando de cómo había sido la marcha hasta allí, de cómo habían vivido la batalla. Raquel confesaba estar un tanto cansada de tanto caminar y haber pasado bastante calor por culpa del casco. Hablaba muy bien de don Felipe, que se había encargado personalmente de ella y la había tratado todo el rato con gran delicadeza. Juan no hizo mucho más aparte de asentir o reforzar alguna cosa que ella dijera y con la que estaba de acuerdo.

Callaron unos instantes, hasta que Raquel se puso en pie y le dijo:

—Levántate y ven conmigo; voy a enseñarte algo.

Juan lo hizo dócilmente y dejó que le cogiera de la mano y tirase de él. Se preocupó cuando vio que su amiga se dirigía directamente hacia un árbol a cuyo lado se iniciaba un lienzo de la muralla de fogatas que defendían el campamento. Sintió que algo, quizá instintivo, tiraba de él en sentido opuesto, así que la detuvo con dulzura y objetó:

—Raquel… no debemos acercarnos al borde. Es peligroso.

—Lo que no debemos hacer es cruzarlo. Pero acercarnos no es peligroso. Además, lo que quiero enseñarte es lo que hacemos para proteger el campamento. ¡Es algo fabuloso! Vamos, ven.

Quiso obedecerla, pero al tercer paso notó que algo invisible ofrecía una resistencia enorme a su avance. Sentía brazos y piernas muy pesados, tanto que dar un paso representaba un esfuerzo titánico. Luchó con todas sus fuerzas, pero Raquel, que seguía dándole tirones de las manos, acabó por darse cuenta de que tenía un problema:

—Vamos, Juan, ¿qué te pasa?... ¿por qué no avanzas?

Consiguió dar un paso, pero tenía las piernas tan entumecidas que no tuvo más remedio que decirle:

—No… no puedo. Es como si las piernas y los brazos me pesaran mucho.

Con el rostro contraído por la preocupación, su amiga le dijo:

—¡Ay, no!, ¡no! Están intentando controlar tu mente—. Tiró con fuerza de él y consiguió que arrancase de nuevo, y añadió —: vente, vamos a un sitio apartado, conseguiré liberarte.

Librando ambos una auténtica lucha contra lo que fuere que quería impedirle avanzar, consiguieron llegar hasta el árbol al que su amiga quiso llevarle desde el principio. Y cuando Raquel siguió tirando de él para hacerle atravesar la línea de fogatas, Juan sintió que no podía permitirlo. Agarró a su amiga del antebrazo e impidió que siguieran avanzando. Y le dijo con esfuerzo:

—Raquel… tú dijiste que nunca atravesara el círculo de protección… no puedo seguir.

Ella insistió con nerviosismo, pero Juan, bloqueado, no se movió ni una pulgada. Entonces, Raquel se soltó, con gesto amargo y empezó a sollozar. Desbordado, incapaz de comprender qué estaba sucediendo, le suplicó:

—No llores…

Y su amiga repuso:

—¡Ay, Juan! Es que soy una mujer muy mala… Te he traicionado.

No tuvo tiempo de preguntarse qué había querido decir Raquel con aquello. Algo grande, algo con brazos largos y garras, la agarró del cuerpo y tiró bruscamente de ella hacia atrás, haciendo que desapareciera en la oscuridad. Sólo quedaron de ella sus gritos desesperados:

—¡Juan! ¡por favor! ¡Ayúdame!

Aquello le enloqueció. Gritó su nombre con todas sus fuerzas y quiso correr tras ella, pero una sombra un pie más alto que él se coló por el hueco entre una antorcha y el árbol. Y apareció una cabeza de rata enorme que enseñó los colmillos a un par de pulgadas de su rostro. Unas garras se clavaron en su brazo izquierdo y otro brazo muy fuerte le hizo retroceder. Lanzó un puñetazo al monstruo con muy poca fuerza, tan poca que no hizo más que rozar levemente la mejilla del cralate.

Finalmente, el monstruo le derribó y se situó sobre él, aplastándole con su peso. Sin dejar de gritar, trataba inútilmente de sujetar las mandíbulas de la bestia para evitar que le mordiera. Vio cómo los ojos del ser empezaban a brillar en tono rojo…

Y, de pronto, le invadió una sensación de paz y de felicidad. Una luz blanca muy intensa empezó a iluminarlo todo desde su derecha. Tan cegadora era que tuvo que cerrar los ojos. Fue entonces cuando se dejó dominar por aquella sensación benéfica y se relajó completamente. Era tan feliz que todos sus problemas, todos sus males, todo lo que le hacía sufrir quedó olvidado, y sólo albergaba una paz dulce.

Abrió los ojos y la luz a su alrededor había cambiado. La iluminación era diferente, volvía a ser la luz normal que despedían las antorchas, la que había iluminado el campamento cuando se había acostado. Ahora se daba cuenta de que el ambiente que había experimentado mientras Raquel se lo llevaba era ligeramente distinto, que la luz de las antorchas había tenido, antes, un tono más luminoso.

A su derecha, uno de los individuos, ataviado con casco y almófar, le sujetaba un brazo, arrodillado junto a él. Tenía a un miliciano sentado sobre sus piernas y a otra persona con las manos sobre los hombros. A su izquierda estaba Pablo, que le miraba preocupado y le decía:

—Reaccione, Juan, cálmese, estese quieto…

Juan miró a su alrededor, del todo confundido. No había rastros del cralate por ningún sitio. ¿Había estado soñando? Entonces, se acordó de Raquel. Quiso debatirse, aunque lo tuvo complicado y dijo con angustia, dirigiéndose a Pablo:

—¡Raquel! ¡Se la han llevado esos monstruos! ¡Tenemos que rescatarla!

—Amigo Juan, Raquel no está aquí. A estas horas estará durmiendo en Gaiphosume.

Miró fijamente a Pablo a los ojos, buscando algún atisbo de mentira. Dentro de su confusión, reconoció que no era lógico que Raquel formara parte de la expedición, pero no podía olvidar que, hasta hacía unos instantes, había hablado con ella. Cerró los ojos un momento, y cuando los abrió de nuevo, los colores eran más vivos e intensos. Y oyó claramente gritar a Raquel, a lo lejos:

—¡Juan! ¡Ayúdame!

Y su amiga desgarró el aire con un grito de dolor terrible. Luchó con todas sus fuerzas contra sus cuatro captores. La voz de Pablo, que se empeñaba en tranquilizarle, y le repetía con preocupación que Raquel no estaba allí, parecía llegarle desde muy lejos. Mientras se debatía, observó que le rodeaba un grupo creciente de soldados a los que les veía expresiones malignas, siniestras. Entonces, una voz repleta de autoridad dijo:

—Reverendo, avise a sus compañeros.

Y tras una pausa gritó:

—Necesito arqueros o ballesteros. Acercaos los que seáis diestros.

Pablo acudió a la llamada, y le sustituyó un soldado de muy mala catadura, que le miraba con odio. Juan apeló al hecho de que Pablo conociera a Raquel y le suplicó:

—¡Pablo, ayúdela!… ¿No la oye gritar? ¡Es nuestra amiga!

Pero el aludido no le hizo el menor caso. Entre sus captores, observó cómo los tres individuos de aspecto extraño, Pablo, y algún otro, formaban una fila. Y le horrorizó oír a la voz autoritaria ordenar:

—Procuren que las saetas pasen entre el tronco del árbol y la primera fogata. A mi orden.

Juan gritó con desesperación que no lo hicieran, que iban a herir a Raquel, pero volvieron a desoír sus palabras. Mientras se debatía con furia oyó, como en un sueño, la voz de don Felipe dar la orden, sobreponiéndose a los gritos de dolor de Raquel. Se le saltaron las lágrimas cuando percibió el sonido de las ballestas al liberar las cuerdas.

Entonces, se escuchó claramente el grito de dolor de alguna clase de animal, que se alejó chillando y haciendo sonar los matorrales mientras huía. Y Juan se quedó quieto de pronto. Su visión volvía a ser normal y, por primera vez desde que había empezado a hablar con Raquel, se dio cuenta de que algo no encajaba en todo aquello. Aún le quedaban restos de la idea de que su amiga estaba en manos de los cralates, pero en su consciencia cobraba fuerza la idea de que había estado viendo visiones. Se quedó inmóvil y dijo a los que le sujetaban:

—Suéltenme, por favor, creo que estoy mejor.

Con lentitud, el soldado que le sujetaba en sustitución de Pablo, y que ya no parecía tener mal aspecto, le soltó, y al ver que ya no intentaba escaparse, hicieron lo propio el resto. Una vez que el hombre que tenía sentado sobre sus muslos se levantó, Juan se incorporó para quedarse sentado. En esto, los tres individuos de aspecto extraño, Pablo, y para su sorpresa, don Felipe, le rodearon. Fue el oficial quién le preguntó:

—¿Cómo os llamáis?

—Juan, señor.

—Explicadme, Juan, qué ha sucedido. ¿Por qué habéis intentado abandonar el campamento a pesar de las órdenes?

No sabía por donde empezar. Se sentía aún algo confuso. Tras unos momentos de silencio, espoleado por la necesidad de responderle a un oficial, repuso:

—No estoy del todo seguro, señor. Creí… pensé que a una amiga mía la habían atrapado y… y quise ir a salvarla.

—Muy noble de vuestra parte, pero no hay ninguna mujer en esta expedición. ¿No os pareció absurdo que estuviera aquí?

En realidad, empezaba a parecerle un tanto absurdo, pero había sido todo tan real… En parte para justificarse, dijo:

—Señor… yo… pensé que uno de estos tres ballesteros, los que visten almófar, era ella disfrazada.

Los tres aludidos se rieron inaudiblemente un momento. Uno de ellos, que no llevaba casco en aquel momento, dijo en tono jovial:

—¿Creíais que uno de nosotros era una mujer?

Don Felipe intervino en tono serio:

—Reverendos señores, no le culpen. Ya sabemos qué ha sucedido. ¿Tendrían la bondad de descubrirse?

Sin una palabra, los aludidos se quitaron casco y almófar y Juan compró que todos eran varones. Con aquella demostración tan simple, se convenció de que había sufrido una especie de pesadilla, o una alucinación. Se quedó en el suelo, confuso, consternado, y oyó a don Felipe despedir a los soldados y a dos de los tres hombres a los que daba el tratamiento de clérigos. Sólo quedaron don Felipe, uno de los ballesteros y Pablo. Y el oficial dijo:

—No temáis, no voy a castigaros porque no habéis tenido la culpa. Habéis sufrido una alucinación causada por un cralate. Tenéis que agradecerle a este, vuestro amigo…

Y dirigiéndose a él, le preguntó:

—¿Cuál es vuestro nombre?

—Pablo, señor.

—Sí. Tenéis que agradecerle a Pablo que estuviera atento. Le debéis la vida. Trató de deteneros con todas sus fuerzas, y cuando le fue evidente que no os podía controlar y que os pasaba algo, despertó a gritos a medio campamento. Siguió sujetándoos aunque casi le acertasteis con un buen puñetazo—. Calló un instante y dijo, extrañado—: Lo que no comprendo es cómo ha podido afectaros tanto la influencia de uno de esos bichos… Reverendo, ¿sería tan amable…

No llegó a terminar la frase, sino que miró directamente al aludido, que asintió y, dirigiéndose a Juan, le pidió:
—Os ruego, amigo, que os pongáis en pie.

Juan obedeció de inmediato y se quedó firme y quieto mientras aquel hombre, un poco más bajo que él, le miraba atentamente a los ojos un rato. Sorpresivamente, le preguntó:

—Cuando miráis una Torre o un Faro, Juan, ¿cómo lo veis? Describídmelo.

Recordó lo que le había contado Raquel, hacía ya unos cuantos días, cuando la escoltó aquel día funesto. Por ello supo que aquel religioso parecía estar intentando averiguar si era un brujo. No pudo impedir que le acelerara el pulso, porque los más probable era que quisiera comprobar si había caído bajo el influjo del cralate porque fuera un mago maligno. Tragó saliva y repuso la verdad:

—Son edificios grises y apagados.

Asintió y dijo:

—¿Sois capaz de percibir cosas que los demás no pueden? ¿Tenéis sensaciones extrañas, de felicidad, de tristeza o de otra clase, sin motivo, cuando visitáis ciertos lugares?

—La verdad, su reverencia, es que no.

—¿Tenéis premoniciones? ¿Corazonadas demasiado certeras? ¿Tenéis sueños extraños, algunos de los cuales se cumplen?

Al oír aquella pregunta, tuvo que hacer acopio de toda su autodisciplina para mentir:

—No… su reverencia.

Su interrogador sonrió con cierto aire de satisfacción y repuso, escueto:

—Ya.

Y dirigiéndose a don Felipe, le dijo:

—Pienso, señor, que lo que le sucede a Juan es que posee una mente muy influenciable y muy receptiva a los poderes mentales, pero nada más—. Y poniéndole a Juan una mano amigable en el hombro, concluyó—: no tenéis que avergonzaros de ello, amigo Juan. No es algo de lo que seáis responsable. Os sugiero que descanséis.

Y tras aquello, se marcharon ambos, dejando a solas a Juan y a Pablo.

11 octubre 2011

Primera refutación de la existencia de neutrinos más rápidos que la luz

Hace un par de semanas hablé, en la bitácora, de los resultados del experimento OPERA, que daban lugar, al parecer, a neutrinos capaces de viajar a una velocidad mayor que la de la luz. También hablé del escepticismo de la comunidad científica ante tales resultados.

Pues bien, ya ha salido una refutación de los resultados, de la mano de dos físicos teóricos: Andrew G. Cohen y Sheldon L. Glashow. Este último, Glashow, es nada menos que uno de los padres de la teoría electrodébil, que desarrolló junto a Steven Weinberg y a Abdus Salam, y que les valió el Premio Nobel de Física de 1979. O sea, uno de los mejores físicos contemporáneos.

Lo bueno de este experimento es que está demostrando cómo es la ciencia cuando actúa como debe. Unos investigadores afirman haber hallado neutrinos que superan la velocidad de la luz, y otros refutan el hecho dando argumentos físicos que deberían obligar, al menos, a revisar la interpretación. Se establece así un debate de ideas que dará lugar a una interpretación coherente.

Existe una pequeña joya en Internet, la web arxiv.org. En esta web, los investigadores suben sus trabajos antes de que sean sometidos a la revisión entre iguales que permitirán que sean publicados en revistas científicas especializadas. El argumento de refutación de Cohen y Glashow está descrito (en inglés) en:
Artículo de Cohen y Glashow y es del 29 de septiembre. Estamos hablado de ciencia recién horneada. El argumento tiene la maravilla de ser relativamente sencillo, y voy a explicarlo lo mejor que pueda en esta entrada.

Resumo el razonamiento. En el experimento OPERA se han medido neutrinos de alta energía y de baja energía. Un neutrino que se propaga a una velocidad superior a la de la luz perderá grandes cantidades de energía porque, a tales velocidades, procesos de física de partículas que no son posibles, pasan a serlo. En nuestro caso, se producirá un frenado a costa de la creación de pares electrón-positrón. Calculando la tasa de pérdida de energía que tendría lugar en un trayecto de 730 Km para partículas superlumínicas, y tomando las velocidades iniciales que se desprenden de los resultados del experimento, se llega a la conclusión de que la probabilidad de que se mida una partícula superlumínica en destino con una energía mayor a unos 12,5 GeV es nula (GeV=Gigaelectronvoltio, es una unidad de energía usada en física de partículas). Pues bien, el experimento OPERA registra neutrinos con energías mayores de 12,5 GeV, de donde se deduce que los neutrinos, realmente, no viajaban más rápido que la luz, ya que el chorro de neutrinos lanzado debe contener partículas que van a velocidades muy parecidas o iguales. Así de simple.

En realidad, desde hace ya bastantes años, la velocidad de los neutrinos que se mide por medio de otros experimentos resulta ser superior a la de la luz. Cohen y Glashow en su artículo trabajan con el parámetro delta, que vale v^2-1, donde v es la velocidad medida de los neutrinos (que se eleva al cuadrado, eso es ^2) suponiendo que la velocidad de la luz vale 1 (es un cambio de escala típico de la física de altas energías y la relatividad; toda velocidad queda expresada en nuevas unidades de manera que su valor está entre 0 y 1). Mientras mayor sea el parámetro delta, más superlumínica será la velocidad del neutrino.

Los valores del parámetro delta de OPERA son similares a otros que aportaron estudios anteriores (del 2007) por medio del experimento MINOS para neutrinos de menor energía (unos 3 GeV). Los neutrinos son una partículas esquivas, muy difíciles de medir y muchos de estos experimentos van orientados a medir sus masas. Hay quienes piensan que los neutrinos no tienen masa, otros que dicen que sí la tienen, pero muy pequeña. La experimentación sólo te da cotas superiores a su masa; esto es, te dice, la masa del neutrino es inferior a tal valor. Otros valores para delta, obtenidos para neutrinos de menos energía provenientes de la supernova SN1987a, son mucho menores de los que afirman haber medido los responsables de OPERA. La primera deducción de Cohen y Glashow es que el valor inusualmente alto de delta (ellos lo llaman "la anomalía") depende de la energía, y es mayor mientras mayor energía tienen los neutrinos.

La refutación de Cohen y Glashow funciona por reducción al absurdo. Por ello, supongamos que hay neutrinos muónicos, con energías del orden de decenas de GeV que viajan a velocidades mayores que las de la luz. Cuando se produce propagación de partículas superlumínicas, ciertos procesos que, en otros casos, estarían prohibidos, se pueden producir, incluso en el vacío. Los autores señalan tres procesos diferentes, aunque se quedan sólo con uno de ellos, el "bremsstrahllung" (frenado) por creación de un par electrón-positrón. De los otros dos, uno no afecta y el otro es de efectos mucho menores al que, finalmente, se considera.

El proceso elegido tiene que ver con la interacción electrodébil, bien conocida por los autores. A partir de ahí, se relaciona la energía mínima necesaria para que se produzca el fenómeno con el parámetro delta que proporcionan los experimentadores de OPERA. Usando la teoría cuántica de campos calculan dos parámetros: Gamma, la tasa de emisión de pares electrón-positrón para neutrinos de alta energía que se muevan por encima de la velocidad de la luz, y la tasa a la que el neutrino considerado pierde energía (con la simplificación del límite de altas energías, válido en este caso). Conociendo la tasa a la que el neutrino pierde energía, se calcula que tras recorrer los 730 Km del experimento OPERA, la energía con la que llegan esos electrones con velocidades mayores que la de la luz al detector será, como mucho, de 12,5 GeV. Ahora bien, lo importante del argumento es que gracias a la expresión de Gamma, sabemos que cualquier neutrino que viaje a velocidades superlumínicas, con cualquier energía inicial mucho mayor a esos 12,5 GeV, tiene una probabilidad casi nula de llegar al detector en Gran Sasso sin haber perdido casi toda su energía.

Como se han medido cantidades apreciables de neutrinos con energías superiores a los 12,5 GeV, no es posible concluir que la velocidad de los neutrinos es mayor a la de la luz, ya que de serlo, perderían su energía merced a procesos que sólo ocurren si la partícula va más rápido que la luz. Que lleguen con más energía de la cuenta implica que no se movían más rápido que la luz, por lo que no pierden energía mediante el proceso de creación de pares electrón-positrón considerado.

Pues bien. Tampoco esto se puede considerar una refutación definitiva. Puede que algún otro teórico pueda aportar argumentos que refuten esta demostración de Cohen y Glashow. Pero no lo veo muy probable, porque esta refutación tiene una pinta muy sólida.

Hay que conocer muy bien la teoría cuántica de campos para ver los datos de un experimento de estas características y decirse a uno mismo: "¡Pero si llegan electrones de altísima energía al detector! Si viajan más rápido que la luz eso no puede ser. Voy a hacer cálculos a ver si tengo razón". Por eso, la precariedad investigadora cada vez más frecuente que sufren los investigadores jóvenes va a hacer un daño enorme a la ciencia. La ciencia no es una actividad en la que una persona pueda hacer cosas grandes si pasa 3 años en un laboratorio de Italia, trabajando en un campo, otros 4 en uno de Holanda trabajando en otro parecido, 2 más en EE.UU. trabajando en otra cosa... Y siempre sabiendo que si no consigue la siguiente beca se queda en la calle, cosa que pasa más veces de las aconsejables. Eso puede estar bien para la empresa privada (perdón, para los empresarios privados), pero la ciencia funciona de otra manera.

Pero eso para otra entrada.

02 octubre 2011

Mundo de cenizas. Capítulo XXVIII

Cuando partieron hacía una tarde espléndida, soleada pero fresca. Según le aseguró Pablo, eran exactamente sesenta soldados, vestidos con armaduras de placas completas, la mayoría, y unos quince milicianos, contándose él mismo. Aparte estaban don Felipe y tres individuos con armas defensivas más ligeras, capas de color marrón oscuro, en vez de las sobrevestes con el escudo real de Nêmehe, y cascos con almófares de malla, en vez de los yelmos de los soldados. No tenían pinta de soldados ni de milicianos. Su compañero estuvo un rato discurriendo quienes podrían ser aquellos tres, y concluyó afirmando que serían médicos o enfermeros armados apresuradamente con material sobrante.

Recorrieron en poco tiempo la distancia que separaba Gaiphosume de Metmehapet, en columna de a dos. Cuando se cruzaban con algún caminante o algún grupo de ellos, se les quedaban mirando, y a Juan no le extrañaba. Era poco frecuente ver por caminos secundarios a una columna de infantería pesada, marchando en perfecta formación. Al atravesar el puente de Metmehapet y circundar las murallas de la pequeña ciudad, el número de curiosos se volvió más nutrido, y ganó gran cantidad de mujeres, que miraban divertidas la marcha de la columna. En realidad, a Juan le parecía un despliegue ofensivo impresionante, teniendo en cuenta que entre la guarnición del castillo de Gaiphosume y las tropas que servían en la ciudad, no sumarían más de doscientos soldados.

Aquella parte tan sencilla de la marcha terminó cuando se vieron rodeados del inicio del bosque denso que era su objetivo. Hicieron un alto al verse la columna rodeada de árboles dispersos. Después de un descanso breve, don Felipe reorganizó la formación, de forma que los milicianos y los tres individuos que seguían llamando la atención de Pablo quedaron protegidos por los soldados acorazados en el interior de una nueva disposición en columna de a seis.

El aspecto siniestro que adquirió el bosque a medida que se estrechaba el espacio entre árboles y se hacía más escarpado el terreno, sobrecogió a Juan. La tarde luminosa quedó atrás para dejar paso a un ambiente sombrío. Lo más inquietante eran los arbustos, que le llegaban más o menos hasta la cintura y que dificultaban tanto la visibilidad, como el mantenimiento del orden de la marcha. Una compañía de milicianos no habría podido mantener la formación, pero aquello se trataba de una columna de soldados, al parecer, escogidos, y la cohesión de la unidad no se perdió en ningún momento.

Fue aquel ambiente sombrío, y la sensación de sentirse fuera de lugar entre tropas con un armamento y una instrucción muy superiores a las suyas, lo que le provocó auténtica angustia cuando les atacaron. Supo que algo se les venía encima cuando oyó gritar órdenes y observó que los matorrales se movían en varios puntos. Sus órdenes eran disparar a los atacantes que pudieran, aprovechando el relieve para no poner en peligro a sus compañeros, antes de que llegaran al cuerpo a cuerpo con los soldados. Juan reaccionó tarde y con torpeza, y se pasó más tiempo tratando de sobreponerse a la confusión reinante entre los milicianos que oteando y apuntando.

Sufrieron el ataque de dos oleadas de ratas y Juan sólo disparó tres veces, casi a ciegas. Pablo parecía moverse mejor en aquellas circunstancias, y aunque apenas usó la ballesta, porque era muy complicado tener una oportunidad de disparar con seguridad, estuvo a punto de atravesar a una rata y casi alcanza a otra que había quedado derribada tras las líneas de los soldados, y que acabó rematando uno de éstos.

Sin embargo, su nerviosismo inicial despareció cuando le fue evidente que las ratas no eran rivales para la infantería pesada. Los soldados llevaron a cabo una matanza, gracias a que sus enemigas no podían morder con la fuerza suficiente como para atravesar las placas metálicas, y, en cambio, las espadas de sus oponentes las destrozaban sin dificultades. Una de las imágenes que más impresionó a Juan fue la de una rata que, aprovechando unas rocas, le saltó al cuello a un soldado y se quedó enganchada mordiendo inofensivamente el gorjal. Éste se limitó a agarrarla, tirarla al suelo con fuerza, atravesarla e ir a ocuparse de otra.

De pronto, oyó que Pablo, que estaba en lo alto de una pequeña elevación del terreno, le llamaba con insistencia. Juan tardó un instante en llegar a su lado, y su compañero de armas le dijo en voz baja:

—Mire… Hay uno allí, y van a por él.

Juan no supo exactamente a qué se refería hasta que vio a los individuos con cascos y almófares asaetear con ballestas a un ser monstruoso, medio oculto entre la maleza. Aquella cosa debía tener unos siete pies de altura y una cabeza que recordaba a la de una rata, sólo que acorde a su gran tamaño. Parecía ser una rata descomunal que anduviera sobre las patas traseras, con un cuerpo delgado, piernas robustas y unos brazos largos armados con grandes garras, todo ello cubierto de un pelaje marrón corto. Aquellas garras serían capaces de destrozar a un miliciano con coselete; sin embargo, lo más aterrador era el brillo rojizo de sus ojos.

El cralate tenía dos saetas clavadas y quiso huir, pero ante el ataque de cuatro soldados, los ojos le habían empezado a brillar, tal como le había asegurado Raquel que sucedería. Uno de los soldados se desvió hasta apoyarse en un árbol, como si, de pronto, sintiera mucho dolor. Otro más adelantado se la jugó. Alcanzó al monstruo y le lanzó un tajo horizontal con el montante, aprovechando que, al estar solo, tenía espacio suficiente. La hoja se estrelló contra el costado de la bestia, y un golpe de las garras del cralate en el yelmo le derribó. Pero la herida infligida a costa de quedar indefenso había sido brutal, y el monstruo quedó tambaleándose, sangrando de un corte enorme. Un alabardero de los que estaban dispuestos en segunda fila clavó la punta del arma en el pecho del monstruo y un tercer soldado, usando un agarre de media espada, atravesó el corazón del cralate y lo derribó. Los tres soldados estuvieron golpeando al caído hasta que dejó de debatirse.

Después de aquello, los soldados mataron o ahuyentaron al resto de atacantes y todo quedó en calma, como si el hecho de acabar con el cralate hubiera sido un golpe decisivo para el enemigo. La columna aprovechó para reorganizarse y Juan deseó saber si había habido muchas bajas. No veía a ningún muerto, pero creyó ver a cuatro heridos, entre los que se contaba el soldado que había asestado el primer golpe al cralate. Preguntó a Pablo, pero éste no supo darle más información.

Tras un descanso, prosiguieron su avance mientras las sombras se iban acentuando a causa del atardecer. Cuando comenzaba a ser difícil ver por dónde iban, don Felipe eligió una zona razonablemente lisa y despejada de terreno y montaron un campamento. En realidad, no era un nombre muy adecuado para aquello; lo que hicieron esencialmente fue encender varias fogatas y crear un círculo de antorchas dentro del que se acomodaron los soldados. Lo único inusual que observaron Juan y Pablo, al sentarse a descansar tras haber ayudado a repartir los víveres, fue que el propio don Felipe, junto a los tres soldados de armadura ligera que tanta curiosidad les despertaban, sobre todo a Pablo, fueron los encargados de crear el círculo de fogatas y de revisarlo entero. Los tres individuos se paraban un rato en cada sección de la muralla de fuego antes de seguir avanzando. Juan no dejó de observar dos cosas; la primera que todo se desarrollaba como le había dicho Raquel, lo que resultaba curioso, ya que era difícil esperarse que una chica sin apenas instrucción militar supiera qué pasos iba a seguir un oficial experimentado del ejército. Lo segundo que observó fue que uno de aquellos individuos, en un momento determinado, se les quedó mirando un rato, sobre todo a Juan, antes de seguir con sus cosas.

No había mucho que hacer. Don Felipe había reunido a los milicianos y les había ordenado que tras ocuparse del avituallamiento, buscaran un lugar donde acomodarse para pasar la noche y descansaran hasta nuevo aviso. Todo ese tiempo lo pasaron ambos casi en silencio y cuando hablaban, sólo de cosas intrascendentes. Tras cenar, Pablo, después de unos instantes en que se mostró pensativo, le dijo:

—Amigo Juan. Me preocupa mucho comprobar que Raquel ha tenido razón en lo que le contó, porque ahora nos tiene que tocar el peor ataque de todos. Ya vio lo que pasó con el cralate, que hirió a un soldado sólo con mirarlo.

—Recuerde vuestra merced lo que ella me dijo. Dentro del círculo de fogatas que han dispuesto estaremos a salvo.

—Ya, de eso me acuerdo, pero, ¿quién nos asegura que no nos puedan obligar a salir de alguna forma? ¿Y si provocan el pánico entre los soldados y se rompe el círculo? No sé nada de magia, no sé qué clase de poderes tienen esas cosas… ¡Si siempre creí que eso de la magia eran supersticiones!

—Tranquilícese. Estamos en buenas manos.

Pablo no parecía muy convencido, pero se calló unos instantes para acabar diciendo:

—Le quiero pedir un favor, amigo Juan. Independientemente de los turnos de guardia que establezcan, quisiera pedirle que nos veláramos el uno al otro. Me aterroriza que algo me arrastre fuera del círculo mientras duermo; despiérteme de inmediato si ve que me pasa algo extraño, que yo haré lo mismo por vuestra merced… Se lo ruego. Yo haría la primera guardia, que me siento demasiado nervioso como para dormir.

El primer impulso de Juan fue negarse, pero, en verdad, parecía una medida prudente, aunque algo exagerada. A pesar de todo, Raquel le había pedido que tuviera cuidado, y consideró que podía hacerle ese favor a su compañero de armas. De modo que accedió, si bien le comentó que él se iba a echar a dormir ya.

Tardó muy poco en quedarse dormido. Tuvo un sueño confuso, en el que se enfrentaba a un cralate auxiliado de lejos por Pablo, que disparaba flechas muy grandes con precisión, y por Raquel, que lanzaba hechizos que hacían aullar al monstruo. Juan lanzaba estocadas una y otra vez, pero eran todas muy débiles porque se sentía sin fuerzas, casi paralizado. Cuando Pablo le despertó, estaba muy angustiado porque el monstruo le atacaba y él apenas podía levantar el brazo de la espada. Guardó silencio, pero agradeció sinceramente que lo hubieran sacado de aquel sueño.

Según le dijo Pablo antes de echarse a dormir, buena parte de los soldados estaban sufriendo pesadillas, lo que parecía ser parte de la influencia maligna de aquellos seres. Lo último que hizo fue, en tono burlón, desearle suerte en la guardia. No tardó en dormirse tan profundamente, que, incluso, se puso a roncar.

El campamento, si es que se podía dar tal nombre a aquello, estaba muy tranquilo. La luz de las fogatas, que los soldados apostados a intervalos regulares avivaban si era necesario, no dejaba ver qué había fuera del círculo. La negrura les rodeaba por el exterior y sobre su cabeza. Uno de los individuos de aspecto extraño daba paseos amplios por el círculo de fogatas. Juan pasó un rato tratando de entretenerse con cualquier cosa, para espantar su sopor. Estaba un tanto adormilado cuando se plantó frente a él uno de los tres hombres misteriosos. Como estaba de espaldas a las fogatas, y vestía casco y almófar, casi no le veía el rostro. Con una voz muy suave, como la de un eunuco o un chico muy joven, le dijo:

—¿Qué cree que está haciendo, soldado?

Hubiera querido decirle que no era soldado, sino miliciano, y que si no sabía diferenciar a uno de otro, no entendía que hacía allí. Se limitó a mirarle con mala cara, y a responder, con la máxima corrección posible:

—Con el debido respeto, señor, no sé a qué se refiere.

Con aquella voz impropia de un combatiente, le dijo:

—No está de guardia pero no duerme. ¡Duérmase ahora mismo! ¡Es una orden!

Casi le suelta que aquella era una orden estúpida, pero fue diplomático:

—No puedo conciliar el sueño, señor. Dormiría si pudiera, pero no puedo.

—¿Cómo? ¡Cómo se atreve a hablarme en ese tono, soldado!

Juan no pudo reprimirse. Fulminó con la mirada a aquel individuo y estuvieron un rato con la vista clavada el uno en el otro hasta que su interlocutor empezó a reírse. Era una risa clara, una risa de mujer. Y con una voz que conocía muy bien le dijo:

—Juan, que soy yo… soy Raquel.

Atónito, sólo acertó a decirle:

—¿Raquel?

En respuesta, Raquel se quitó el casco y el almófar, lo que dejó al descubierto su melena, larga y oscura, y se sentó junto a él. Era realmente ella, que le sonreía y, mientras se arreglaba el pelo, decía, frívola:

—El dichoso casco me deja fatal el pelo.

Sobrepuesto ligeramente de su sorpresa, Juan fue capaz de preguntarle:

—¿Qué haces aquí? Eres la última persona a la que esperaba ver.

—No es tan raro. Don Felipe sabe por mi padre que entiendo de magia, así que habló con él para que me diera permiso para acompañarle en la expedición. Le venía muy bien alguien con mis conocimientos y prometió cuidar de mí y… ¡aquí estoy!

—Pero… yo pensé que no querías que nadie supiera que eres maga.

—Y no quiero, pero a mi padre tenía que contarle algo tan importante, ¿no crees? Él no lo va pregonando por ahí, sólo se lo dice a compañeros de armas de mucha confianza. Además, ¿no ves que voy vestida de hombre y con casco y almófar? Aparte de para estar más protegida es para que no se sepa que soy una mujer y una hechicera.

A Juan se le antojaba asombroso ver a su amiga como ayudante de un oficial del ejército, pero tenía cierto sentido si era verdad que los cralates usaban la magia. De todos modos, lo único que sentía en aquel momento era una mezcla de alegría por tenerla al lado y de preocupación porque la suerte de Raquel estuviera ligada a la de aquella expedición. Su amiga, por lo visto, no compartía tal preocupación porque le dijo, en tono jovial:

—Tiene gracia. Esta es la primera vez que corremos aventuras juntos.

28 septiembre 2011

Lambada: Chorando se foi

He estado recordando esta famosísima canción.





Es una lambada, un estilo músical que se hizo muy famoso a principios de los años 90, pero que ha quedado bastante olvidado.

Y de lo que voy a hablar es del baile asociado, cómo no. Es la primera vez que veo este vídeo después de haber aprendido más de bailes como la bachata o la salsa en línea. Y cuando lo he visto, me he dado cuenta de que esto es, casi, una mezcla de merengue y de bachata, pero con un paso básico de tres tiempos (el merengue tiene dos y la bachata cuatro). Tiene muchas más vueltas que el merengue, y más seguidas. He visto más de una vez la rutina, vuelta de la chica a la derecha, a la izquierda y luego a la derecha. El caminar es como en la bachata, con la pierna del chico entre las de la chica, pero como no se sale con el mismo pie con el que acabas, como en bachata, desde fuera se parece más al caminar del merengue.

La técnica para dar vueltas los dos juntos es la misma que se usa en bachata, y el paso lateral es similar al de este baile, pero con el paso básico en tres tiempos.

Lo más característico es el movimiento de las caderas, que hacen un vaivén que llaman efecto de ola. Esto se consigue gracias a los tres tiempos del paso básico.

Bonito baile.

24 septiembre 2011

El experimento Opera halla neutrinos más rápidos que la luz

Se ha organizado estos días cierto revuelo con los resultados del experimento Opera (más datos en la web oficial del expermiento), presentados en el CERN hace pocos días por Dario Auterio, investigador participante en el experimento. Y es que, según los investigadores, se han medido velocidades, de partículas materiales, superiores a la velocidad de la luz. Esto, de confirmarse, supondría una refutación seria de un principio fundamental de la Relatividad, que afirma que nada puede ir más rápido que la luz, y que, sólo esta, puede ir exactamente a esa velocidad.

Los resultados se han difundido de una forma muy típica de los científicos, de una de esas formas que chocan frontalmente con la imagen narcisista que se tiene de los que se dedican a la ciencia. Se han presentado en un seminario, al que han asistido, básicamente, otros investigadores. Estos resultados aún no se han publicado en ninguna revista, sólo se han presentado a un grupo de compañeros. Y no para echarse flores, sino para algo bastante más humilde.

Aunque en el seminario no se ha hablado sólo de este resultado tan sorprendente, cuando el investigador que ha impartido el seminario ha llegado a los resultados experimentales que afirman que los neutrinos han llegado 60 nanosegundos más rápido de lo que lo habría hecho la luz, lo ha hecho mostrando su escepticismo. Concretamente, una vez obtenido el extraño resultado, se han pasado meses analizando los datos, buscando, según sus propias palabras, en qué se han equivocado para que les salga algo que va en contra de los pilares fundamentales de la física contemporánea. Como, por más que han buscado una causa del error, no la han encontrado, piden ayuda a la comunidad científica. Han mostrado todos los datos posibles a otros investigadores para que encuentren qué error (si es que lo hay) de medición o interpretación, ha llevado a encontrar neutrinos más rápidos que la luz. Y, también, para que, independientemente, se confirmen los resultados, o sea, para que se repita el experimento a ver si da lo mismo.

Esta forma de trabajar es la usual en ciencia. Me alegro que, con objeto de este experimento, haya salido bien reflejada en la prensa, que tan poco interés suele dedicar a la física teórica.

Por encima, el experimento Opera consiste en enviar, desde el CERN, neutrinos muónicos (los hay de tres tipos, electrónicos, muónicos y tauónicos) hacia un detector, situado a unos 1.400 metros de profundidad, dentro del Laboratorio nacional Gran Sasso, situado en Italia central, a unos 730 Km del CERN. Hay que tener en cuenta que los neutrinos son partículas de muy escasa masa y que no tienen carga, de manera que atraviesan la materia sin apenas verse afectados o afectar a esta. De hecho, en el momento en que estés leyendo esto, te estarán atravesando unos cuantos neutrinos, de la inmensa cantidad que el sol produce continuamente. Por ello, los aparatos capaces de detectarlos se suelen construir a altas profundidades, para que los rayos cósmicos y otro tipo de procesos no los saturen.

Como en todo experimiento científico que requiera instrumental tan específico (y costoso), se miden muchísimas cosas. Y el objetivo de este experimiento no tenía demasiado que ver con refutar la teoría de la Relatividad. Eso ha sido una especie de "accidente", algo inesperado que ha salido a la luz al revisar los datos. El objetivo principal de Opera es, traduciendo de la web oficial: "detectar por primera vez neutrinos tauónicos a partir de la transmutación (u oscilación) de neutrinos muónicos durante su viaje de 3 milisegundos desde Ginegra (donde está el CERN), hasta Gran Sasso. En Opera, los leptones-tau que se producen por la interacción de los neutrinos tauónicos se observara en "ladrillos" de películas de emulsión fotográfica intercaladas con placas de plomo". Son unas 1.300 toneladas de esos ladrillos que no vayáis a creer que captan miles de millones de interacciones. Por algo los neutrinos son muy complicados de detectar.

Habrá que esperar a que se confirme el resultado, o se encuentre el fallo que ha provocado esta contradicción aparente con la física contemporánea.

Para que luego digan que la física teórica no es apasionante.

16 septiembre 2011

Leído: Heredero de la alquimia, de David Mateo

Con este libro me ha pasado algo por primera vez. Que yo recuerde, es la primera vez que me decido a leer un libro motivado por una crítica negativa leída de él. Tenía en la mente hacerme con él hace tiempo, había leído la sinopsis, la época histórica en que se ambienta y me pareció original; lo puse en mi lista. Pero a raíz de un famoso hilo de sedice (cuyo vínculo no incluiré aquí) - quizá un día hable de este hilo -, leí en una bitácora ya desaparecida, en un artículo que, siendo sinceros, no hablaba de este libro, una crítica diciendo que era un libro malísimo y plagado de errores. Esa crítica provenía de ese hilo, donde había salido el nombre de David Mateo, más o menos, como ejemplo de autor del fantástico español sobrevalorado. Eso me decidió a buscarlo y leerlo en cuanto tuviera ocasión. El trabajo me dejó poco tiempo para hacerlo pero, al fin, lo leí. Y como acostumbro hacer, voy a comentarlo un poco.

Debido a todas las opiniones que he leído por ahí del libro, esta reseña va a ser más larga y menos parecida a otras que he hecho, porque me ha llevado a muchas reflexiones sobre este tipo de literatura. Por eso, voy a adelantar mi opinión, que luego razonaré. Heredero de la Alquimia me ha parecido una obra de fantasía muy bien escrita, que he disfrutado mucho, con unos personajes lo bastante bien pintados como para encariñarse de ellos. Pero, tiene una serie de erratas y fallos de maquetación que deberían subsanarse para una segunda edición y que afean una obra que, en mi opinión, tiene una calidad muy alta.

Algo que siempre he creído, y estas cosas han conseguido que afiance tal creencia, es que la literatura fantástica es un género muy denostado, situado en calidad sólo por encima de la ciencia-ficción, que eso ya ni es literatura (léase con tono irónico). Si leemos la entrada sobre "Fantasía heróica" de la wikipedia en español, tenemos que se considera a este género como un género para adolescentes. Concretamente porque, citando a la wikipedia:

"Centrándonos exclusivamente en el subgénero de la fantasía épica, encontramos que goza de poca respetabilidad entre los adultos. Según Jo-Ann Goodwin la explicación está en las malas críticas que hizo Alan Chedzoy en 1972, donde describía al lector medio de Tolkien, muy subjetivamente, como tímidos en las relaciones humanas, lectores exclusivamente de género, evasivos, matemáticos o científicos y ávidos aficionados a los crucigramas"

Eso de ser matemático o científico debe ser algo muy malo (y si eres físico, como yo, al patíbulo directamente...) ya que la gente rechaza leer a Tolkien para que no la tomen por científico... También me encantaría saber cómo leer a Tolkien tiene, como consecuencia, estar todo el día resolviendo crucigramas (a lo mejor es por eso del enigma de Moria: "Habla, amigo, y entra"). Además, hay otro tópico acerca de la fantasía épica, que es un género "de hombres" y, en consecuencia, un género literario de baja calidad. Volviendo a citar la wikipedia, hay varias categorías de fantasía épica, pero resalto estas dos:

"Espada y brujería: El contenido de la obra está fuertemente ligado a la magia y a las batallas, sin que tengan apenas relevancia las sociedades o mundos mostrados y otros aspectos de la ambientación, atendiendo más a los clichés que a la novedad. Suelen llamarse así las obras que no llegan a la calidad de la alta fantasía."

"Alta fantasía: Historias de gran calidad literaria, donde la ambientación, la crítica velada al mundo real y la profundidad psicológica de personajes y sociedades priman por encima del personaje individual, héroe o villano, y son, en realidad, la base del argumento. No están exentas, en ocasiones, de principios morales o filosóficos. Ese subgénero se asocia, especialmente, a la mayor profundidad creada con la entrada de escritoras y personajes femeninos en él."

En fantasía épica, como se ve, el criterio de calidad para algunos es el sexo del autor. Fantasía épica escrita por mujeres o con personajes femeninos, o ambas cosas: "alta fantasía". Escrita por hombres "espada y brujería". No tengo mucho más que añadir.

Con todos estos antecedentes, nos podemos hacer una idea de los criterios tan simplistas con que se define a la fantasía épica. Al que añadiría otro: la fantasía de origen extranjero es mejor que la escrita por españoles. O sea, que la calidad se define en fantasía heróica, además de por el sexo del autor, por su nacionalidad.

Por ello, sufre David Mateo algo que yo llamaría la falta de confianza en el autor, cosa a la que dediqué hace tiempo una entrada que andará perdida en mi bitácora. Esta falta de confianza llega a su punto álgido en obras del fantástico, ya que obras de corte "realista" no son sometidas a escrutinios tales. El ejemplo más llamativo, y del que David estará ya hasta la coronilla, es el de la creosota. Se lee en Heredero de la Alquimia: "Desde la cima puso la mirada en una creosota que danzaba al compás del aire, arañando la armadura del soldado caído". Yo, cuando lo leí, supuse que la creosota sería una planta, desértica por el nombre - que me inspiraba la imagen de un cactus, no sé por qué - con espinas.

Si uno va a wikipedia y al diccionario de la RAE se encuentra, en este último, que creosota se define como: "Líquido viscoso, de color pardo amarillento y sabor urente y cáustico, que se extraía del alquitrán y servía para preservar de la putrefacción las carnes, las maderas, y para otros usos." Si soy completamente sincero, la crítica está hecha con inteligencia y con cuidado y documentación, yendo a fuentes bastante razonables. Parece, evidentemente, un error del libro, que esa palabra está ahí mal puesta. Lo único que tengo que objetar es que estoy convencido de que si ese "error" lo hubiera cometido un escritor "bueno" de un género "realista", sería considerado un error menor, y se habría aceptado que el autor hubiera cometido un deslíz al nombrar a una planta extraña. Aquí, se le achacó a David Mateo la burrada de decir que un líquido caustico y apestoso arañaba una armadura mientras danzaba al compás del viento. O sea, una barbaridad.

Lo que sucede es que David Mateo está hablando de la especie Larrea Tridentata, o arbusto de la creosota, que es una planta que huele a creosota (de ahí el nombre) muy extendida en zonas desérticas del sudoeste de EE. UU. Teniendo en cuenta que en algunos sitios he leído referirse a esta planta sólo como creosota, no veo nada malo en esa frase. Más bien al revés. Unas palabras después habla del mal olor a carne podrida y sangre que hay por ahí. Una peste a la que sumar el olor a creosota.

Y digo al revés porque meter al arbusto de la creosota en las orillas el Mar Muerto es consecuencia de uno de los puntos fuertes del libro, que es el uso del concepto de "universos paralelos", la famosa interpretación de la Mecánica cuántica que hizo Everett, aquella en la que cada "decisión" que se toma, genera universos paralelos que evolucionan si la decisión que se hubiera tomado hubiese sido otra. El mundo de Neferet y Akhbeth es uno de tantos universos paralelos que existen, entre los que se encuentra el nuestro. Es algo que se explica
en un prólogo (bastante divertido, por cierto). Por eso, el libro tiene un tinte ucrónico (se define ucronía como una obra de ficción en la que la historia ha sufrido un cambio -punto de divergencia- y, por tanto, la situación política es diferente a la actual. Incluso en literatura "seria" se ha usado el recurso, como esas novelas en que se supone que la II República ganó la guerra civil y se pinta una España diferente de hoy en día). El punto de divergencia en este caso es que las invasiones semíticas, que en la realidad dieron al traste con la cultura sumeria y favoreció su sometimiento al imperio Akkadio, no provocaron en el mundo de Heredero de la Alquimia la decadencia de los sumerios, y Sumeria hacia el 2600 a. C. conforma un imperio muy poderoso, porque ha seguido expandiéndose sin oposición.


Como elementos adicionales a estas pinceladas de irrealidad, que deben reforzar en el lector la idea de que el mundo de Neferet y Akhbeth no es el Oriente Medio terrestre de 2.600 a. C., David Mateo introduce especies que no son propias de la zona. Así que, sabiendo que la creosota es una planta americana, cuando aparecen pumas, más de uno habrá visto en ello un grave error que no es tal, sino que a mí me parece un "fallo" consciente, que tiende a aumentar en el lector la sensación de irrealidad. Los pumas sólo viven en América. Si confías en el buen hacer del autor, lo consideras un recurso estilístico más. Si lo consideras un negado, apuntas otro error a la lista.

Paso ya a exponer mi opinión. Me ha gustado mucho Heredero de la Alquimia. La encuentro una novela muy interesante, muy bien llevada, con una técnica narrativa buena. Son 645 páginas, pero no se hace pesada. A mí me pasó que avancé a un ritmo pausado hasta las páginas 450-500. Llegado a este punto empecé a leer mucho más deprisa. Los personajes me parecen muy bien caracterizados, al menos los principales, hasta el punto de que yo les he cogido bastante cariño. Son entidades vivas que evolucionan y no son los mismos al inicio del libro que al final. Las descripciones suelen ser bastante bellas y bien redactadas y se introducen unos giros en la trama que hacen bastante dinámico el libro. Me han gustado bastante, también, las referencias, ya mencionadas, al empleo de universos paralelos y al carácter ucrónico. David demuestra ser valiente a la hora de ambientar en la época sumeria, una época que, en lo cotidiano, no es excesivamente conocida. Ello implica que no entre demasiado en el detalle de la vida cotidiana de la época, como si hacen otros autores en ambientaciones fantásticas. Y tengo en mente a Javier Negrete y el aire helenístico tan detallado del que dota a Tramorea (lógico por otro lado, ya que es especialista en esa etapa histórica). De todos modos, no creo que fuera la idea crear una novela histórica, sino una fantástica, así que tampoco le exijo una ambientación tan detallista; la que aparece en Heredero de la Alquimia me parece equilibrada. El lenguaje es correcto.

Sin embargo, hay fallos en la edición que estropean un poco la lectura. Y este libro, que derrocha fantasía y que consigue emocionar, no los merece. Parece que, por algún motivo, se sacó al mercado a toda prisa, y la consecuencia es una cantidad no desdeñable de palabras mal escritas(recuerdo unas 15-20) y errores de maquetación. El programa de maquetación usado no parte bien las palabras según las reglas del español, de forma que puede haber cosas como aux- iliado. Algunos de los errores que he visto se podrían haber evitado con un corrector ortográfico, otros son más sutiles. Es cierto que son cosas muy sencillas de subsanar, y que la gran mayoría se deberán a errores de tecleo -la lacra de los mecanógrafos-, y que espero que se corrijan en
la próxima reimpresión, porque estos fallos de edición es lo único malo que le encuentro a un libro que me ha gustado mucho.

11 septiembre 2011

Mundo de cenizas. Capítulo XXVII

Los dos miraron al oficial unos instantes con interés, como hizo el resto de prisioneros. Juan no tardó en reconocerle; le llamaban don Felipe, y era un hombre apenas un dedo más alto que él, de pelo castaño con algunas canas, de complexión fuerte y con un par de cicatrices en el rostro. Era bien conocido en Gaiphosume por su arrojo y por la dureza con que trataba a los soldados o milicianos a su mando, lo que se reflejaba en su expresión.

Cuando hubo recabado la atención de los presentes, que le miraban con curiosidad, el oficial habló con voz firme:

—No sé por qué están aquí vuestras mercedes, ni me importa. Y estoy convencido de que se lo merecían. Desgraciadamente, como a lo mejor han oído o saben, nuestra ciudad ha sido atacada dos veces seguidas y eso es algo que no podemos permitirnos por mucho tiempo. Así que, bajo mi mando, haremos una expedición al bosque de Metmehapet, para dar caza a unos seres que, según dicen, controlan a las ratas.

Juan empezaba a temerse lo peor y, a la vista de su expresión, a Pablo le rondaba por la cabeza esa misma idea. El oficial prosiguió:

—Por supuesto, he escogido para tal misión a un buen grupo de soldados veteranos, pero me hace falta gente que cargue con las vituallas, las municiones y ese tipo de cosas. Así que las autoridades, dada la falta temporal de defensores para las murallas, han accedido a conmutar sus penas de cárcel por un paseo por el bosque y una acampada nocturna bajo mi mando. Deberán presentarse en la puerta del norte una hora después de comer, y en caso de no acudir, se les premiará con un puesto en la Armada Real; un puesto de galeote.

Y tras una última pausa, concluyó:

—¿Alguien tiene alguna pregunta?

Como era previsible, nadie respondió. Pablo había palidecido y Juan, consciente de que él había visto a aquellos monstruos, lo comprendió. Tras un breve intervalo, don Felipe dijo:

—Excelente.

Y se fue sin más. Quien les abrió la puerta y les liberó, un buen rato después, casi a la hora de comer, fue el carcelero. Pablo había estado callado todo el rato, y salió maquinalmente de la celda, aunque procuró no alejarse nunca de Juan. Sólo cuando, camino del comedor, se vio libre de la presencia de terceros, se aventuró a decirle:

—Amigo Juan… Vive en una ciudad de locos. ¿De dónde sacan a oficiales de esa ralea?— Tras una pausa, añadió —: será el último de su clase, porque los demás debieron morir tras cruzar la línea de Torres para irse a matar demonios.

—Don Felipe es uno de los oficiales más eficientes de la ciudad. Y tiene sentido lo que intenta hacer. Ya hemos perdido bastantes provisiones como para que Gaiphosume sufra una subida de precios. Los más pobres pasarán hambre. Si es cierto que hay algo que está organizando estos ataques, debemos ir a por él.

Pablo se paró en seco y le detuvo poniéndose frente a él, bien cerca. Y repuso:

—¿Ir a por esas cosas? No creo en la magia y los hechizos, pero ¿no oyó vuestra merced a su amiga? Dijo que esas cosas utilizan magia negra, y algo debe haber porque daba miedo mirarlas, y, para colmo, controlan batallones de ratas; ¡y vamos a ir a atacarlas en su terreno! ¡Estamos locos, por el amor de Jutar! ¡Locos!

Y se adelantó protestando para sí mismo. No hubo espacio para mucho más; llegaron al comedor, se sentaron a comer uno en frente del otro, y apenas hablaron durante el almuerzo. Estaban terminando cuando Pablo, tras mirar a su derecha, dijo sonriente:

—En Gaiphosume las noticias corren tan rápido como en Itvicape.

Juan no supo a qué se refería hasta que vio aparecer a Raquel, que venía hacia ellos con el delantal puesto y con varias manchas. Casi sin mirar a Pablo, se le acercó con aspecto preocupado y le dijo:

—Buenos días… ¿Es cierto lo que dicen? Una compañera me dijo, muy sorprendida, que te había visto en el comedor, a pesar de que sabía que te habías peleado y te habían metido en el calabozo. ¿Es cierto eso? ¿Has ido al calabozo?

Juan asintió, e iba a justificarse, pero Pablo se le adelantó:

—Cierto del todo, a fe mía. Y yo he estado con él, aunque el energúmeno ese se mereció la paliza que le dio Juan, créame… Por cierto, tenga muy buenos días vuestra merced.

Raquel repuso al saludo rápidamente, y posándole un brazo en el hombro, mirándole muy preocupada, le preguntó:

—¿Cómo es posible? Si nunca te metes en líos… ¿Tú estás bien? ¿Te hirieron?

Juan, arrobado por la preocupación de su amiga, sintiendo que la sangre le hervía al notar la mano de aquella mujer maravillosa en su hombro, repuso:

—No te preocupes, no fue nada. Discutimos, le di un puñetazo y nos separaron los compañeros. Me puse nervioso y… sólo eso. Pero los milicianos no nos podemos pelear y… No te preocupes por nada.

La miró esbozando una sonrisa, y Raquel dijo:

—¿De verdad que no vas a tener problemas?

Tras lo que le devolvió una sonrisa que, en su opinión, daba más luz que el mismo sol. Pablo acabó con aquel instante de magia:

—Amiga Raquel, ¡pues aún no sabe lo mejor!

Pablo se interrumpió para darle un nuevo bocado a su almuerzo y no vio, o no quiso ver, los gestos que le hizo Juan para que se callara. De todos modos, fue Raquel la que dijo:

—¿Qué es lo mejor, Juan? ¿Y por qué le estás diciendo a Pablo que se calle?

Juan resopló frustrado y Pablo, que parecía estar ansioso por contarlo, dijo:

—¡Vamos a ir a cazar cralates! La milicia de Gaiphosume está para que la encierren, ¿no lo cree así, amiga Raquel?

Raquel abrió los ojos y replicó incrédula:

—¿La milicia?

Aunque Pablo le caía bien, en ocasiones, a Juan le daban ganas de darle un puñetazo. No había necesidad de preocupar a Raquel de aquella forma, así que, tocándole con suavidad la mano que no le apoyaba en el hombro, le dijo:

—No es eso. No te preocupes. Vamos a ocuparnos del avituallamiento y las municiones. Quienes van a combatir son soldados del rey. No nos pasará nada.

Raquel le miró y le dijo, seria:

—Me extrañaba. Muy mal tendría que irnos si tuviera la milicia que hacerse cargo de eso. ¿Quién os manda?

—Don Felipe.

—¡Ah! Entonces estáis en buenas manos… Aún así, ten… tened los dos mucho cuidado. Os podría dar…

Juan se había quedado un tanto confundido por la serenidad de su amiga. Pensaba que iba a llevarse un mal rato, pero parecía bastante tranquila. Se había interrumpido tras haber mirado hacia donde estaban las cocinas, y concluyó:

—Bueno… ahora mismo no voy a poder, será mejor que vuelva a mi trabajo. Luego os veo.

Antes de que pudiera marcharse, Pablo le dijo:

—Amiga Raquel, la verdad es que estoy algo asustado. Esos bichos dan mucho miedo. ¿Podría darme un beso de despedida? Mire vuestra merced que a lo mejor no regreso… Y otro a Juan, claro.

Raquel le respondió, un poco indignada, antes de irse:

—No tiene remedio.

Cuando Juan miró a Pablo, éste se estaba riendo, y repuso a su gesto guiñándole un ojo. Él permaneció serio, lo que a su compañero de almuerzo no le pareció la mejor respuesta, ya que le dijo:

—Amigo Juan, debería reírse más a menudo. Y, si me permite un consejo, no olvide nunca que las mujeres no son de cristal. No tiene por qué estar protegiéndolas todo el tiempo; a muchas les disgusta. Ayer nos dijo su amiga que su familia está casi toda en el ejército o la milicia, ¿cree vuestra merced que su padre le oculta sus misiones para evitarle malos ratos? Raquel tiene que estar más que acostumbrada a lo que implica el ejército y… bueno, es sólo una cocinera, pero — y sonrió antes de concluir —: tiene carácter.

Juan no añadió más, y terminaron con la comida cruzando, apenas, unas cuantas frases. Sin remolonear, fueron a que les devolvieran las armas, se colocaron los coseletes y se dirigieron a la puerta del norte, donde se congregaba gran número de soldados y unos cuantos milicianos. A medida que fueron llegando más combatientes, el espacio abierto que había frente a la puerta se convirtió en una zona donde no se podía estar parado. Como no tenían más órdenes, Juan le propuso a Pablo sentarse al pie de la muralla, cerca de la puerta.

Pasaron un buen rato aburridos, sin más diversión que ver circular a soldados y civiles, en lo que era el trasiego habitual de caminantes que iban y venían de Gaiphosume. En esto, vieron salir a Raquel de la ciudad y buscar algo con la mirada entre el grupo de soldados. Se levantaron y Juan quiso avanzar hacia ella, consciente de que no la iban a dejar pasar, ya que algunos soldados se encargaban de espantar a los curiosos. Y en efecto, cuando Raquel le llamó y quiso aproximarse, un soldado la detuvo. Juan titubeó un instante, pero Pablo se encaminó directamente hacia Raquel y, por sorpresa, la abrazó mientras decía:

—Raquel, cariño, ¡qué alegría veros!

Le dio un abrazo largo que dejó un tanto sorprendidos al guardia y a Juan. Raquel, al principio, miró a Juan con una expresión inquisitiva en los ojos, como si quisiera preguntarle: “¿qué hace este?” Al instante, la cambió, como si prestara atención a algo que le estuvieran diciendo. Y cuando el soldado dijo que Raquel no podía estar allí, Pablo la hizo avanzar hacia Juan, diciéndole:

—Allí está Juan, id a saludarle también.

Con mucha astucia, se había interpuesto entre el soldado y su amiga, de forma que le fue fácil encararse con él y empezar a discutir. Raquel se le acercó con rapidez, le dio un abrazo y le susurró al oído:

—Escúchame. Lo más seguro es que acampéis de noche para atraer a los cralates. Como defenderéis con fuego el campamento y no podrán echar a las ratas contra vosotros, os intentarán aterrorizar usando la magia. Veas lo que veas, oigas lo que oigas, no abandones nunca la línea de fogatas. Si te encuentras a un cralate solitario y le empiezan a brillar los ojos, aléjate rápido, pero si ves que se pone a aullar, atácalo porque es cuando son más vulnerables y porque estará usando su poder para convocar a las ratas. Si te enfrentas…

No pudo seguir porque, a pesar de los esfuerzos de Pablo, el soldado agarró con brusquedad a Raquel de un brazo, y se la llevó a rastras. Juan quiso protestar, pero su compañero de armas le indicó con un gesto que era inútil. Su amiga le dijo:

—¡Ten cuidado!

Y de un tirón, se soltó de la presa del soldado y le espetó:

—¡Vale! Ya me voy.

Mientras Juan la miraba irse, su compañero se le acercó y le preguntó acerca de la conversación que habían mantenido. Le explicó las recomendaciones que le había dado y, una vez memorizadas, repuso:

—Ya sabía yo que hacía bien librándola de ese tipo. Tiene vuestra merced una amiga muy lista… y muy buena amiga. Aunque discúlpeme si le digo que espero que se equivoque.

Juan se calló que los avisos que le había dado Raquel no podían ser sino la pura realidad. Lo leía en libros que la habían convertido en maga, y él había sido testigo de sus poderes. Así que habría que tener muy en cuenta lo que le había aconsejado.

Al fin, más tarde de lo esperado, estuvo reunido todo el contingente que partiría hacia el bosque denso que se alzaba al noroeste de Metmehapet, cerca de la línea de Torres. Era uno de los lugares menos recomendables de la región, y, a lo largo de los años, se habían recibido informes relativos a personas atacadas por ratas o cosas peores. Era cierto que el grupo que marcharía hacia aquel sitio era muy numeroso, y casi todos los soldados llevaban armadura y grebas. Serían capaces de hacer frente a un grupo de ratas varias veces mayor. Sin embargo, cuando les organizaron y les dieron la orden de partir, a Juan se le había instalado una opresión en el pecho bastante molesta.