31 octubre 2019

#OrigiReto2019 A mí nunca se me rebelan los personajes

Este es el microrrelato de octubre de 2019 para el OrigiReto 2019. Las normas de este reto se pueden consultar en las bitácoras de las organizadoras:

http://plumakatty.blogspot.com/2018/12/origireto-creativo-edicion-2019.html

o en

http://nosoyadictaaloslibros.blogspot.com/2018/12/reto-de-escritura-2019-origireto.html

Este microrrelato tiene 992 caracteres según https://www.contarcaracteres.com/ . Cumple el objetivo 22. Escribe un relato con solo diálogos o una obra de teatro y como objeto tiene el 17. Un tornado. Está relacionado con este relato de Katty:

https://plumakatty.blogspot.com/2019/10/relato-como-crear-un-buen.html

La idea se me ocurrió a partir de un comentario que hice en el blog de Katty, acerca de que a mí no se me rebelan nunca los personajes. Espero que os guste y que os divierta, porque es cómica. Por cierto, lo de "¡No puede ser! ¡Soy invencible!" está directamente inspirado de la famosa lista "100 cosas que no haría si fuera un señor del mal": https://www.taringa.net/+humor/100-cosas-que-no-haria-si-fuera-un-senor-del-mal_hvccs concretamente del punto 8. Otra cosa, evidentemente, Mackay es mi apodo literario en el OrigiReto.

Aquí la pegatina.



Y aquí el microrrelato.


A MÍ NUNCA SE ME REBELAN LOS PERSONAJES


SHINE: ¿Dónde estamos?

JACKIE: Ni idea, pero no estamos solos.

MACKAY: No, no lo estáis. Soy el avatar del escritor al que nunca se le rebela un personaje y vengo a meteros en cintura.

SHINE: No tienes pinta de escritor.

JACKIE: La capa negra con capucha y las gafas de sol te sientan fatal, Mackay. Pareces un villano de opereta barata.

MACKAY: ¡Silencio! Obedecedme o invocaré un tornado que os hará perderos más allá del espacio y el tiempo. Que sé escribir ciencia-ficción.

JACKIE: Eso violaría el principio de conservación de la energía y la causalidad. Es de primero de mecánica espacial.

MACKAY: ¡No menosprecies mis poderes!

SHINE: Vamos, que mejor me siento a esperar el tornado.

JACKIE: ¿Táctica 62?

SHINE: Sí.

MACKAY: ¡Quietos, soltadme! ¿Qué es eso?

JACKIE: Un desintegrador de bolsillo. De cuarto de mecánica espacial.

MACKAY: ¡No puede ser! ¡Soy invencible!

SHINE: Pues el pobre se ha convertido en un montoncito de polvo.

JACKIE: Lo que yo decía: un villano de opereta barata.

26 octubre 2019

#OrigiReto2019 ¿Sufriré mucho?

Este es el relato de octubre de 2019 para el OrigiReto 2019. Las normas de este reto se pueden consultar en las bitácoras de las organizadoras:

http://plumakatty.blogspot.com/2018/12/origireto-creativo-edicion-2019.html

o en

http://nosoyadictaaloslibros.blogspot.com/2018/12/reto-de-escritura-2019-origireto.html

Este relato tiene 1976 palabras según https://www.contarpalabras.com/ (cuatro son astericos para separar escenas). Cumple el objetivo de 4. Haz un relato que transcurra en una casa encantada. Los objetos ocultos que incluye son 13. Un mensaje instantáneo y 14. Un avestruz disecado Espero que os guste.





¿SUFRIRÉ MUCHO?


Cuando tuve que irme de la casa que compartía con mi novia, pasé varios meses durmiendo en la calle. Mi sueldo podía pagar medio alquiler a los precios de hacía tres años, pero no uno entero. En todos los apartamentos compartidos me pedían varias mensualidades por adelantado, y no tenía ahorros. Así que dormí muchas noches en un banco del parque.

Hay gente buena en todas partes. Mi jefe me trataba cada vez peor, ansioso por librarse de un “sin techo”, pero consciente de que, a pesar de la eterna crisis, pocos eran capaces de cobrar un sueldo tan miserable como el mío y, a la vez, atender a los clientes con paciencia y muchas sonrisas. Mi jefe nunca fue buena gente. El bedel del polideportivo municipal sí lo era. Me dejaba entrar en las duchas y allí me quitaba la mugre de la calle. Y, al menos, dinero para la lavandería aún me quedaba.

Lo mejor fue que la ruptura con Alicia no me dolió. Después de años de rechazos, de recibir de cientos de mujeres respuestas que iban desde el silencio hasta la amenaza de una denuncia por invitarlas a salir, Alicia me dijo que sí. Nunca me gustó, aunque aprendí a sentir afecto por ella al avanzar los meses. De no tener suerte en el amor nunca me he quejado: el mundo es así.

Esa resignación, sin embargo, me dio suerte. Todos los días iba a la misma oficina del ayuntamiento, donde se solicitaba ayuda para conseguir un alquiler social. Si no estuviera tan acostumbrado al rechazo, habría dejado de acudir para escuchar una negativa, siempre amable, siempre compasiva, de labios de Ramón, muchos meses atrás. Pero no dejé de acudir. Y un día, cuando me senté frente a su mesa, me recibió con una sonrisa más amplia de lo habitual.

—Tengo una casa para ti. Está en las afueras, pero a media hora a pie de tu trabajo.

—¿Cuál es la renta?

—Es gratis. Solo necesitan que cuides del jardín y de la casa. Fíjate, Raúl, tengo unas fotos en el ordenador.

Se trataba de una casa de dos plantas, muy oscura y solitaria que me dio muy mala impresión.

—¿Nadie la quiere? —pregunté.

—Dicen que está encantada, pero yo no me lo creo. Es una simple excusa: es un sitio grande y limpiarlo da trabajo. Es cierto que es muy solitaria, pero te aconsejo que lo intentes. Prueba durante un mes. Si no te gusta, acabado el mes te vas y no te penalizaré por ello. ¿Trato hecho?

Nunca había creído en fantasmas ni demonios ni tonterías de esas; ni siquiera me gustaba Halloween, de modo que estreché la mano a Ramón.

*


La casa me daba algo de miedo, sobre todo por la noche, cuando todo eran crujidos. La tercera noche fue especialmente horrible, debido al viento que movía los árboles, aún con hojas, que rodeaban la casa, y que arrancaba quejidos a la vieja estructura de la vivienda. Era la primera vez que mi incredulidad hacia lo paranormal no me quitaba el miedo. Di vueltas en la cama recordando el avestruz disecado que me encontré en la biblioteca. Creí que el animal había cobrado vida y estaba al lado de la cama, mirándome fijamente. Abrí los ojos y comprobé que era un sueño, pero me mantuvo en vela casi media hora.

La casa requería de muchas horas de trabajo, pero la adecenté con gusto. Al menos hasta que las encontré. Decidí que un antiguo seto, oscuro y podrido, estaría mejor como la cima del montón de ramas y hojarasca que iba a quemar aquella tarde. Bajé al sótano a por unas podadoras, y corté el seto hasta que tuve que soltar las tijeras de la impresión. Había tres tumbas de piedra, cubiertas en parte por el moho.

Recuperé el instrumento y miré los nombres: Tadeo Gálvez Mira, Elisa Outerio García y Silvia Gálvez Outerio. Nacidos en el siglo XVIII, muertos todos en 1795. Un matrimonio y su única hija. Y una historia tétrica desconocida que, quizá, explicaba los rumores de que aquel sitio estaba encantado.

*


El octavo día, supe que los rumores tenían fundamento. Por la noche, me despertaron carcajadas histéricas que provenían del piso de abajo. Mi primera reacción fue de pánico. El intruso risueño parecía recorrer toda la planta baja y pensé que debía de tratarse de algún mendigo o algún otro al que le ofrecieron vivir allí anteriormente. Agradecí estar pasando miedo las noches anteriores: había dejado al lado de la cama un buen garrote.

Bajé armado al piso de abajo y me encaminé a la cocina, de donde salían las carcajadas. Encendí la luz y alcé el arma. Las risas se apagaron. La cocina estaba vacía, pero la puerta que daba al exterior estaba abierta. La cerré bien y apagué la luz para volver a la cama.

—¡Dios mío, sálvame! —gritó la voz de una mujer que no estaba allí.

Solté el garrote y reprimí mis temblores lo bastante como para correr hacia la puerta de salida. Puse la mano en el pomo y el terror me paralizó.

—No salgas de noche —susurró una voz femenina invisible.

Abrí la puerta, pero no di ni un paso. Tres pares de ojos rojos me vigilaban a lo lejos. Cerré, volví al dormitorio, atranqué la puerta y pasé toda la noche sin dormir, pero caí rendido al amanecer.

*


Desperté tres horas después del inicio de mi jornada laboral. Preferí no ir al trabajo: la bronca de mi jefe sería igual de grande si faltaba el resto del día. Recogí mis escasas pertenencias, decidido a hablar con Ramón y decirle que me iba de allí. Y al cerrar la verja la vi. Una mujer morena, de ojos grises, que vestía un jersey rojo y unos vaqueros azules. Era tan guapa que me quedé embelsado.

—Buenos días, vecino —dijo la mujer.

—¿V… vecino?

—Vivo a medio kilómetro de aquí, pero como es la casa más próxima, somos vecinos. ¿Has pasado mala noche?

—He dormido mal.

—¿Has oído pasos o voces? —dijo la mujer. La miré desconcertado—. Es lo que dicen todos los inquilinos. —Mi interlocutora suspiró—. Seré sincera. Sé que esta casa solo la habitan personas que han vivido en la calle. Soy psicóloga y he venido a ayudarte. Entremos, por favor.
Dudé unos instantes. La mujer me dijo que conocía a Ramón, que la había mandado él. Sacó un móvil y llamó.

—Hola Ramón… Perdona, no sabía que estabas en una reunión. Mándame un Whatsapp con tu foto, que el último inquilino de la casa Gálvez no se fía. Gracias.

La mujer me enseñó el móvil. Había una conversación de Whatsapp abierta con Ramón. Un minuto después, entraba un mensaje con una foto de Ramón, sacada desde la altura de sus muslos, y el texto: “No seas desconfiado, Raúl. Trátala bien”. Aquello me convenció y entramos en el jardín, camino de la casa. Le pregunté su nombre.

—Soy Silvia Gálvez Outeiro —dijo y me quedé parado, atónito. De pronto, empezó a reírse—. ¡Era broma! Silvia es la hija de los primeros dueños de la casa. Su tumba está por ahí y ya la has visto por la cara que has puesto. Me llamo Patricia Salcedo. Ten mi tarjeta.

La visita de Patricia fue muy agradable. Me pidió que le relatara los hechos sobrenaturales que había percibido. Tuvo explicación para todos.

—Todo se origina por los meses que has pasado en la calle —dijo—. La ansiedad que acumulas y la inseguridad que has sufrido siguen advirtiéndote de peligros que ya no existen. Las risas y las voces son tu imaginación, que sigue hallando amenazas. En cuanto a los seres de ojos rojos, son animales, y ahí te tengo que recomendar que no salgas de noche. Estamos en el campo y por aquí hay zorros, jabalíes y otros animales que, de noche, te podrían dar un mal rato. Tu subconsciente te ha dado un buen consejo.

Patricia era tan guapa y simpática que la invité a que me visitara más veces, a lo que respondió, entre risas, que cuidaría de mí. Se puso más seria cuando le pregunté por las tumbas.

—Los señores Gálvez eran una familia muy distinguida que tuvo un final horrible. De ahí proviene la fama de encantada de esta casa. Como psicóloga, puedo decirte que Tadeo Gálvez sufrió un brote psicótico. Creyó que tres demonios de ojos rojos querían devorar las almas de su familia y se fue hundiendo día a día en sus fantasías. Hasta que mató a su esposa y a su hija y luego se suicidó para evitar que los demonios los dominasen. No quiero ser mal pensada, pero quizá se originó porque Tadeo las maltrataba y los remordimientos lo hicieron perder la razón e inventar aquella historia.

Cuando Patricia se marchó, abandoné mis planes de irme de la casa.

*


Patricia decidió quedarse a dormir conmigo cuando le dije que un ser de ojos rojos me había aterrorizado asomándose a mi ventana la madrugada anterior. Mientras la psicóloga se duchaba, salí a por un poco de leña y me quedé pegado a la pared, temblando, cuando un monstruo de ojos rojos se detuvo ante mí. Empezó a gruñirme y me sorprendió cuando me acercó un colgante antiguo, con el rostro de una joven en una piedra de porcelana. Hui y cerré la puerta tras de mí.

Jadeando, vi a Patricia bajar las escaleras, cubierta solo por una toalla. Me pareció más guapa que nunca.

—Te aconsejé que no salieras de noche. —Suspiró—. Espero que no creas que soy demasiado atrevida, pero cuando me gusta alguien veo estúpido esperar.

Con un gesto sensual, dejó caer la toalla. Tenía un cuerpo excepcionalmente atractivo, y eso fue lo que me desesperó. Intenté abrir la puerta para huir, y el pomo no cedía. Entendí que ya estaba perdido.

—Raúl, por favor, no te asustes… yo… Me di cuenta de como me mirabas y pensé que te gustaría que tomara la iniciativa. Me vestiré y…

—No, no es eso. Vamos a mi dormitorio.

Sería mejor no hacerla enfadar. Quizá, si tenía tacto, pudiera salir bien parado de aquello. Sin embargo, Patricia me besó las mejillas y usó los labios para jugar con mi oreja hasta que llegamos a mi habitación. Nos tumbamos en la cama y empezamos a besarnos. Mientras ella me desnudaba, encajé todas las piezas.

—¿Sufriré mucho?

—¿Qué? —respondió y se quedó muy quieta, mirándome como si estuviera loco.

—Eres un ser sobrenatural y vas a matarme. ¿Sufriré mucho?

—Creí que te había convencido con el mensaje de Whatsapp falso. ¿Cómo lo has sabido?

—Todas las mujeres que me han gustado me han rechazado, y la más guapa del mundo quiere sexo al tercer día de conocerme. Solo puedes ser una súcubo.

—No soy una súcubo, soy una spletica y me alimento de la vida de los humanos. Y no, no sufrirás ni te convertirás en un espectro de ojos rojos como la familia Gálvez. Fueron mis primeras víctimas y, por inexperiencia se me escaparon sus almas y ahora están ligadas a esta casa. Siempre intentan ahuyentar a mis presas, me tienen harta. Tú irás al otro barrio y, bueno, lamento decirte que no habrá lápida para tu cuerpo.

—Da igual. Nadie me iba a visitar. Solo te pido una cosa: ¿puedo tener un final tan dulce como quedarme dormido?

Asintió y la besé con pasión. Hice el amor con una mujer de una belleza sobrenatural y que, además, sabía bien cómo tocar y besar. Era lógico: tenía más de doscientos años y había hecho aquello con más de diez mil hombres y varios cientos de mujeres. Nadie podía resistirse a una spletica cuando se empeñaba en seducirte, pero los hombres éramos más fáciles porque estábamos más faltos de amor, me dijo.

Cuando terminamos, cerré los ojos mientras la spletica me acariciaba el pelo.

Y me quedé dormido.

04 octubre 2019

Elvira

Hoy, un cuento muy particular, porque está basado en una imagen de instagram. La autora de la imagen preguntó acerca de qué nos inspiraba este retrato de una novia abandonada en unas escaleras:

https://www.instagram.com/p/B3Fg5t7CQBa/

Se me ocurrió que la novia se llamaba Elvira y escribí este relato. Seguid a la autora de este y de otros muchos más retratos llenos de arte en su instagram o en su Twitter: https://twitter.com/Hazzatumbo



ELVIRA


Iba a ser el momento más feliz de su vida, pero la magia hizo lo que no debía y lo convirtió en un martirio.

Elvira llevaba meses ahorrando y dejándose la piel para que todo fuera perfecto. Noches y más noches preparando con cuidado la lista de invitados, encajándolos en las mesas para que los prejuicios y las rencillas no afloraran. Se entrevistó con todos aquellos poderosos que nunca admitieron que se hubiera enamorado de un staanblist y, a base de argumentos y promesas, logró su bendición para la boda o, al menos, que no estorbaran.

Llegado el día, todo salió bien exceptuando un detalle, un solo detalle que destruyó todos los sueños de Elvira: Tzint, su prometido, no apareció. El sol se fue ocultando en el horizonte, al otro lado de los ventanales del salón donde iba a celebrarse la boda, y la luz, al apagarse, se llevó consigo a los invitados y a la felicidad que había llenado el corazón de Elvira.

Había caído la noche cuando Elvira regresó sola al cuarto donde se había vestido de novia. A pesar del golpe, estaba dispuesta a seguir luchando. Tres días antes, Tzint le había entregado una maleta pequeña de cuero.

—Si me pasa algo —le había dicho Tzint—, ve al círculo de piedra donde nos conocimos, usa el aparato que hay dentro y búscame.

Elvira ni siquiera se cambió los zapatos: bajó las escaleras lo más rápido que le permitieron el pesado vestido blanco y sus tacones. Al llegar al último giro de las escaleras, en el segundo piso, se encontró a una staanblist, de piel muy roja y cuernos retorcidos, que le sonrió mostrando sus cuatro colmillos.

—No te esfuerces —dijo la staanblist—. Los humanos no pudieron impedir esta unión impía, así que hemos tenido que hacerlo nosotros. Tzint ya no existe.

—¡Mientes! —respondió Elvira, aunque se sentó en el rellano porque intuía la verdad.

—Abre el maletín.

Elvira lo abrió y su corazón se deshizo en pedazos cuando vio que estaba vacío. Lo único que escapó fue una sensación de soledad que se le mezcló en el alma para siempre. Cumplida su misión, la staanblist se desvaneció como la luz de una vela que acaba de consumirse.

Y Elvira se quedó sola en el rellano de una escalera, con un maletín vacío delante, buscando consuelo en la luces de la ciudad que brillaban al otro lado de la ventana.

30 septiembre 2019

#OrigiReto2019 El origen de la plaga

Este es el microrrelato de septiembre de 2019 para el OrigiReto 2019. Las normas de este reto se pueden consultar en las bitácoras de las organizadoras:

http://plumakatty.blogspot.com/2018/12/origireto-creativo-edicion-2019.html

o en

http://nosoyadictaaloslibros.blogspot.com/2018/12/reto-de-escritura-2019-origireto.html

Este relato tiene 980 caracteres según https://www.contarcaracteres.com/ y cumple el objetivo 1. Haz que el protagonista principal del relato sea un botijo o un objeto maldito (o ambas), o que la historia se centre en él. El objeto es 11. Lápices de colores. Aquí la pegatina



Espero que os guste el microrrelato enlazado con el de Yarcko: https://yarckoykalen.blogspot.com/2019/09/el-gran-viaje.html


EL ORIGEN DE LA PLAGA.

Los humanos, sobre todo los que están vivos, carecen de inteligencia. Los muertos, al menos, están tan callados que no demuestran lo estúpidos que fueron en vida. Pero lo de Mauricio es ya exagerado. Fue incapaz de darse cuenta de que yo, el botijo que estaba al lado de la tumba de don Casimiro Gutiérrez de Guzmán, soy un botijo mágico que amplifico la maldición de Clarissa, la argolla maldita que tengo colgada en la parte de arriba, hecha con metal extraído de la daga de un demonio. ¿Es que no era obvio que solo un objeto maldito acompañado de un botijo mágico amplificador podía haber creado una plaga de babosas tan enorme?

Y lo peor de todo es que el tal Mauricio me llevó a su casa, me puso en el centro de una mesa y cuando su sobrinita vino a visitarle, ¡le dio una caja de lápices de colores y la niñata ha llenado mi superficie de dibujos estúpidos de niños, florecitas y animalitos!

Nuestra próxima plaga será de dragones de treinta metros. Se van acordar de esta.

29 septiembre 2019

#OrigiReto2019 El beso de una princesa

Este es el relato de septiembre de 2019 para el OrigiReto 2019. Las normas de este reto se pueden consultar en las bitácoras de las organizadoras:

http://plumakatty.blogspot.com/2018/12/origireto-creativo-edicion-2019.html

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http://nosoyadictaaloslibros.blogspot.com/2018/12/reto-de-escritura-2019-origireto.html

Este relato tiene 2003 palabras según https://www.contarpalabras.com/ (dos son astericos para separar escenas). Cumple el objetivo 3. Escribe un relato en el que la música tenga un papel importante y los objetos ocultos que incluye son demonio y vestido de novia. Tiene un poco de poesía, dos estrofas: la primera es una copla y la segunda una soleá. Espero que os guste.




EL BESO DE UNA PRINCESA


La expedición la conformaban los cinco mejores caballeros del reino: don Carlos, don Elías, don Belianís, don Rodrigo y don Salvador; los dos mejores rastreadores: Francisco y Elvira y la tiradora con arco largo de mayor puntería del país: Natalia. Ocho héroes que todo el mundo aclamaba, que parecían haber salido de las novelas de caballerías. Los héroes que cualquiera elegiría para rescatar a su alteza, doña Margarita, mi amada princesa, de manos de un poder oscuro que no entendíamos bien. Y, sin embargo, éramos doce: había que añadir dos mozos que cuidaban de los caballos, un cocinero y yo. Nadie conocía nuestros nombres, a nadie les importaban, pero sin mí, la expedición quizá fuese un fracaso: era la única hechicera del grupo.

Podríamos decir que el objetivo de tanto héroe junto era protegerme a mí, porque si el secuestrador era un demonio, me convertía en la mujer más valiosa de la expedición, pero en aquel momento, me sentía una carga, como a lo largo de los dos meses de viaje. Nos había atacado un wosty, algo parecido a una serpiente negra de treinta pies de largo con doce tentáculos en vez de boca. Un tentáculo por cada uno de nosotros, pensé en un chiste sin gracia.

Natalia había clavado siete flechas en el monstruo, dos de ellas en los tentáculos. La criatura sangraba por decenas de heridas de espada, pero don Elías y don Salvador yacían en el suelo y los tres caballeros restantes parecían estar pasándolo mal. Acabadas las flechas, Natalia gritó a los mozos, al cocinero y a los exploradores que se armaran con lo que pudieran y atacasen. De mí se olvidaron, claro. Lo único que sabía utilizar era el laúd.

La lucha terminó bien. El monstruo se desplomó y ningún compañero había muerto. Don Elías cojeaba y a don Salvador le ardía un brazo. Uno de los mozos tenía un brazo vendado y los demás acabaron ilesos.

—Eurídice, ya puedes salir de tu agujero —gritó Natalia. Me acerqué a ella y me ordenó subir a mi yegua en tono desabrido.

El paisaje que nos rodeó después de haber salido del bosque era espléndido. Una llanura verde y hermosa bajo un cielo tan azul como una de túnicas de seda que traían de los países del oeste. Sin embargo, yo seguía amargada. Solo don Belianís me trataba con cariño: el resto de mis compañeros albergaban hacia mí una serie de sentimientos que iban desde la indiferencia hasta el odio, que solo Natalia me profesaba abiertamente. Su antipatía había ido creciendo a medida que iban pasando los días. Me dolía que las dos mujeres de la expedición no me hicieran caso o me odiaran. Natalia era alta, rubia y con unos ojos verdes preciosos, y antes de que manifestara del todo su mala actitud hacia mí, quería conocerla mejor.

Cuando acampamos aquella noche, don Belianís compartió su vino conmigo y charló un rato antes de irse a dormir.

*


Elvira y Francisco volvieron al galope al claro del bosque donde los esperábamos.

—¡Lo hemos encontrado! —gritaron a la vez.

Sentí una mezcla de miedo y de esperanza. Esperanza porque la misión estaba a punto de terminar. Miedo porque si mi intervención era necesaria, sería en aquel momento.

Se me hizo un nudo en la garganta cuando llegamos frente a la entrada del sitio donde retenían a la princesa. Era un edificio antiguo, hecho de piedra con refuerzos interiores de acero. Debió de medir más de doscientos pies antaño; ya solo quedaban en pie veinte como mucho. Rodeaban la zona, invadida por el bosque, tres ruinas más de edificios parecidos. Ni siquiera los pájaros cantaban allí. Quedaron arriba los exploradores, los mozos y el cocinero.

—Procura no estorbar —me dijo Natalia antes de entrar.

La seguí con aprensión, sosteniendo la antorcha al bajar por unas escaleras de seis pies de anchura. Las escaleras eran de construcción reciente, pero estaban llenas de moho y hacía mucho frío a causa de la humedad. Empecé a temblar, de frío y miedo cuando, tras un largo recorrido por un pasillo horizontal, también de piedra, tras doblar una esquina vimos que había una sala iluminada delante.

El recinto era una enorme sala de ceremonias, iluminada por unas fuentes de luz que parecían basadas en la ciencia del pasado. Las paredes estaban cubiertas de dibujos que representaban seres de pesadilla y símbolos mágicos que sabía reconocer, pero no interpretar. Aquello era magia negra y yo solo conocía y practicaba la magia musical. En el centro del  recinto había una habitación grande con una puerta de bronce y no había más salida que el pasillo que habíamos recorrido. Los caballeros y Natalia me pidieron que me quedara en la puerta del pasillo y se reunieron para hablar. De pronto, la puerta de bronce se abrió y los caballeros desenvainaron casi a la vez. Había salido de la habitación un enorme morgryn de unos nueve pies. Sentí alivio y tristeza a la vez: si no había demonios, mi viaje había sido en balde, pero no tendría que combatir.

Los caballeros se acercaron al monstruo formando una media luna. Natalia tensó el arco y disparó cuando el morgryn alzó la cabeza como si quisiera aullar. Callé porque no me harían caso, pero aquello no tenía sentido. Los morgryn vivían en ruinas antiguas, pero temían la magia negra. Se me aceleró el pulso y me temblaron las manos cuando el monstruo aulló. Logré musitar la letra y tocar las notas de una canción defensiva elemental, demasiado nerviosa para entonar algo más potente. Los caballeros cayeron de rodillas, cubriéndose los oídos, y Natalia perdió el arco. No necesité ver que postró a los caballeros con magia negra para entender que no era un morgryn. Comencé a tocar un hechizo e improvisé una copla.

—De magia negra te nutres,
» y un disfraz es lo que enseñas.
» Intuyo tu auténtica alma:
»¡muestra tu naturaleza!

El morgryn me miró con un odio que me asustó y se convirtió en un demonio. Don Belianís, que siempre fue el más valiente, cargó contra el enemigo, pero este lo apuntó con un brazo y un proyectil negro le atravesó el pecho y lo derribó. Natalia, recuperada el arma, le había clavado dos flechas, pero contra un demonio de poco servían. Un gesto del demonio y el arco se deshizo en cenizas. No podía protegerlos, solo luchar.

—No lastimes a los míos.
»Soy la que mata demonios:
»¡no eludas mi desafío!

El demonio rugió de cólera. La magia musical era la que más poder tenía contra ellos y no le interesaba aceptar mi desafío, pero carecía de poder para rechazarlo. Empezamos a levitar y me angustié al ver que materializó una lira dorada, un instrumento antiguo y más poderoso que mi laúd de madera. No titubeé: estaba dispuesta a combatir hasta el final si con eso liberaba a la princesa.

Quedamos suspendidos a doce pies de altura, encerrados en una zona a medio camino entre el mundo terrenal y el de los demonios. Nadie, ya fuera humano o demonio, podría intervenir. Solo podrían ver el combate.

El duelo fue la peor prueba de mi vida. Nos atacamos durante una hora con poemas acompañados por el laúd y la lira. La música nos dañó el cuerpo y el alma, y la ferocidad con que combatimos me llevó al límite de mis fuerzas. Estaba llena de pequeños cortes, pero las mayores heridas las sufrí en el alma. Yo le canté sobre la vida, la belleza de las flores, de la luz del sol sobre los campos, de la alegría y del amor. El demonio cantaba sobre el mal que envenenaba el corazón de los seres humanos. Me hizo trizas cuando le dedicó una larga canción a reírse de verme allí, arriesgando la vida por salvar a una princesa que nunca correspondería a mis sentimientos.

La mitad de las cuerdas de mí laúd se habían roto cuando la lira del demonio se quebró y cayó al suelo deshecha en cuatro pedazos. El monstruo aulló de dolor y quedó envuelto en llamas. Su agonía duró dos minutos espantosos que pasé inmóvil: no podía hacer nada por darle una muerte rápida.

Cuando el monstruo cayó lentamente convertido en cenizas, yo también bajé hasta que la zona entre ambos mundos se desvaneció. Caí de golpe los últimos tres pies y quedé boca abajo en el suelo, agotada, a punto de desmayarme. Alguien me dio la vuelta con suavidad y me incorporó un poco.

—¡Cómo habéis luchado! —dijo Natalia—. ¡Qué valor habéis tenido! Don Belianís siempre tuvo razón. No sé cómo daros las gracias.

—Cumplí con mi deber. No se preocupe por mí vuestra merced y vaya a rescatar a su alteza.

—Tratadme de vos, Eurídice, os lo suplico.

Estaba sorprendida por el cambio de actitud de Natalia. Me preocupé de inmediato por don Belianís. Don Salvador me alzó en brazos y me dijo con tristeza que don Belianís quería hablarme. Natalia y el caballero me ayudaron a sentarme junto a don Belianís, que se moría. Me corrieron las lágrimas por las mejillas.

—No, vuestra merced no. No nos deje.

—Mi pequeña Eurídice —dijo y me secó las lágrimas de una mejilla—, siempre supe que lo haríais muy bien cuando llegara vuestro momento. Vuestra es la gloria.

—No, sin vuestras mercedes no habría llegado hasta aquí. Son vuestras mercedes quienes serán recordados.

Don Belianís quiso responder, pero la tos le llenó la boca de sangre. Cerró los ojos y murió. Me deshice en lágrimas. El único de toda aquella expedición que me había tratado con afecto era el único que había dado su vida. El cansancio y la pena pudieron conmigo y perdí el sentido.

*


Cuando desperté, hacía una mañana espléndida. Natalia estaba a mi lado y me explicó que había pasado casi inconsciente dos días enteros. Tenía solo recuerdos muy vagos de aquel tiempo. Regresábamos a toda prisa a la capital con doña Margarita, que estaba ilesa y completamente recuperada.

—Levantaos, amiga Eurídice —dijo Natalia—. Caminad un poco apoyada en mí hasta que recuperéis las fuerzas. Su alteza no para de decir que desea veros.

Aquello me provocó una punzada muy fuerte en el corazón. Y, a la vez, me dio fuerzas. Tras un breve paseo, le dije a Natalia que podía visitar a la princesa y así quedó dispuesto. Acompañada por Natalia y dos caballeros, esperé de pie frente a la tienda de doña Margarita un par de minutos. Y la mujer a la que amaba salió para iluminar aún más el día. Llevaba un precioso vestido verde, que resaltaba el color, levemente tostado, de su piel, el típico de los países del norte donde el sol brillaba más fuerte. Admiré su cabello oscuro con reflejos rojizos que le enmarcaba el rostro tan hermoso que tenía y me perdí en sus ojos negros. Me arrodillé de inmediato cuando se detuvo ante mí.

—Levantaos, Eurídice. Es mucho lo que os debo.

—Habría hecho cualquier cosa por liberar a vuestra alteza —dije tras levantarme, con una osadía de la que me arrepentí.

—Siempre estaré en deuda con vos.

Me puso las manos en los hombros y se inclinó un poco para darme un beso en la frente. Era uno de los máximos honores que una princesa de mi país podía otorgar. Volvió a su tienda y suspiré al pensar que nunca lograría de ella un beso con más afecto que aquel. En la capital, la esperaba su vestido de novia, aquel vestido blanco tan bonito que me partió el corazón la primera vez que lo vi. Me di la vuelta para volver a mis mantas y Natalia me acompañó, hablando muy animada.

Asistí a la boda de doña Margarita con el príncipe de Lugrans, que fue tal y como relatan los cuentos de hadas. La vida me alejó pronto del palacio y de la princesa a la que nunca olvidé.

Siempre que me siento triste, cierro los ojos y recuerdo que llevo en la frente el beso de una princesa. Y la desdicha se desvanece.

29 agosto 2019

#OrigiReto2019 Un hallazgo inesperado

Este es el microrrelato de agosto de 2019 para el OrigiReto 2019. Las normas de este reto se pueden consultar en las bitácoras de las organizadoras:

http://plumakatty.blogspot.com/2018/12/origireto-creativo-edicion-2019.html

o en

http://nosoyadictaaloslibros.blogspot.com/2018/12/reto-de-escritura-2019-origireto.html

Este relato tiene 987 caracteres según https://www.contarcaracteres.com/ Cumple el objetivo 9. Utiliza un cementerio como escenario para un relato, y el objeto oculto es 12. Una mascota (la perrita).



Aquí está la pegatina.




Y aquí el microrelato. Espero que os guste.



UN HALLAZGO INESPERADO

La arqueología es mi pasión. Y siempre me ha dado sorpresas, pero ninguna como aquella. Excavando un cementerio romano, profundizamos un par de metros para ver si había enterramientos anteriores y hallamos un esqueleto humano al lado de uno de un perro. No, de una perra, como averiguamos tras un examen detallado.

Además, una de las manos del esqueleto humano rodeaba una correa que, tras otro examen detallado, resultó ser de una marca que solía venderse en el Carrefour. Y el hombre tenía varias muelas empastadas. Según la profundidad, debía de tener una antigüedad de más de 30.000 años. Le dimos muchas vueltas y no hallamos una teoría razonable

—Solo hay una explicación —dijo Marcos mientras excavábamos en el cementerio alrededor de la zona donde hicimos el extraño hallazgo—. Ese hombre ha viajado en el tiempo.

—¿Y eso no violaría la física? —pregunté.

Pero tuve que aceptarlo. La prueba del carbono 14 confirmó que había muerto hacía 28.000 años: era un viajero en el tiempo.

26 agosto 2019

#OrigiReto2019 La niña

Este es el relato de agosto de 2019 para el OrigiReto 2019. Las normas de este reto se pueden consultar en las bitácoras de las organizadoras:

http://plumakatty.blogspot.com/2018/12/origireto-creativo-edicion-2019.html

o en

http://nosoyadictaaloslibros.blogspot.com/2018/12/reto-de-escritura-2019-origireto.html

Este relato tiene 1991 palabras según https://www.contarpalabrass.com/ (la web da el resultado de 1996, pero cinco son asteriscos para separar escenas). El objetivo es:

7. Escribe un relato que no suceda en la Tierra. Debe especificarse, no es válido si no se concreta dónde está sucediendo.

Los objetos que contiene son:

16. Una persona asexual.
25. Una explosión nuclear.


Espero que os guste.


LA NIÑA

Llevábamos armadura pesada, granadas, rifles de alta potencia y Pablo, un lanzallamas. Éramos los diez mejores combatientes del puesto avanzado Corelius IX. Y atravesábamos aquel bosque muertos de miedo. El único consuelo era que comandaba la expedición Marta, a la que habría confiado mi vida sin dudarlo. Aun así, en pocas ocasiones me había sentido tan nerviosa.

Pytecti era el planeta más peligroso de todos los colonizados por la humanidad. No siempre fue así. Hace siglos era un planeta populoso, rico y avanzado. Como tantos otros a lo largo de la historia, había quedado arrasado tras una guerra. El problema de Pytecti era que lo infestaban miles de razas de monstruos que se habían usado como armas biotecnológicas y estaba siendo muy difícil recuperarlo, ya que había que exterminarlos antes de reconstruir el mundo.

Marta nos ordenó detenernos y ocultarnos por la zona. Los mandos habían descubierto a un grupo de xephures avanzando por un valle en el sector 193 donde sabíamos que había una colonia de malgaracas. Ambas especies eran enemigas mortales y nuestra misión era ocultarnos cerca de la colonia, esperar a que se iniciara el combate y, aprovechando la confusión, infiltrarnos en el núcleo de la colonia para destruir los huevos y las crías. Con suerte, quedarían tan diezmados que los malgaracas abandonarían el sector y podríamos construir, al menos, un puesto avanzado robótico.

Vimos avanzar despacio a la manada de xephures, de unos veinte individuos. Es difícil describirlos; a mí me recuerdan a tigres de color verde, pero con seis patas y más largas. Los malgaracas eran muy diferentes: seres bípedos con piernas parecidas a las de los avestruces, un pelaje rojizo, unos hocicos alargados donde crecían colmillos de quince centímetros y unos brazos acabados en garras.

El combate empezó tan de improviso que me sobresalté. Los malgaracas salieron en tromba de la cueva donde moraban y cargaron contra sus enemigos. Los xephures retrocedieron gracias al impulso de sus enemigos y a las órdenes de Marta de disparar a un par de xephures especialmente vigorosos.

Con el corazón latiendo con furia, seguí a mis compañeros al interior de la cueva. Un malgaraca saltó sobre Eva y aunque nuestros nueve rifles de repetición despedazaron al monstruo en un instante, mi compañera agonizaba con la garganta destrozada. Solo perdimos a Julián y a Débora cuando asaltamos el salón de la cueva donde los malgaracas acumulaban los huevos y las crías, a pesar de que dos de aquellos monstruos vigilaban la zona.

El susto me lo dio Margarita, mi mejor amiga. El nido de malgaracas estaba ardiendo y habíamos acribillado a todas las crías que intentaron huir, pero Margarita no atendía a ninguna de las llamadas de Marta. No la dejamos abandonada porque me empeñé en hacer una batida, aunque fuera breve. Comprendía que si los malgaracas derrotaban a los xephures y regresaban a la caverna, estábamos perdidos, pero si mi amiga seguía con vida, me resistía a dejarla.

Nos sorprendió al salir de una galería llevando un bulto en brazos. Ese bulto era una niña.

—Margarita, suelta eso —dijo Marta.

—Es una niña. Está sola y asustada. Hay que llevarla al campamento —respondió Margarita.

Tres de nosotros nos acercamos apuntando a la niña con los rifles. Cuando la chiquilla nos miró, nos invadió la piedad, por sus mejillas llenas de lágrimas y la tristeza de sus ojos.

—Podría ser de una especie de alto grado de humanidad —le comuniqué a Marta—. Opino que deberíamos llevárnosla y estudiarla mejor.

Así lo hicimos y no me despegué de Margarita. La niña me miró con una sonrisa preciosa y, entonces, advertí que mi amiga sangraba por el hombro.

—Estás herida.

—No es nada.

Por la forma en que se movía mientras salimos de la cueva y regresábamos lo más rápido posible a la nave, comprobé que su herida era superficial. Le tenía mucho afecto a Margarita: disfrutaba hablando con ella y me había explicado muchas cosas acerca de la asexualidad, que conocía muy bien porque pertenecía a ese colectivo. Me habría partido el corazón que hubiera muerto en aquella caverna.

*


Encerramos a la niña en una celda y, durante tres días, le estuvieron haciendo pruebas para averiguar a qué especie pertenecía. Descartamos bastantes de las razas de grado de humanidad A y, al final, se enviaron varias muestras al laboratorio internacional en órbita, para discernir si era una ambalusa, una reclasta o una xantafarausa. Quedó descartado que fuera peligrosa.

Una tarde fui a buscar a Margarita, que como en bastantes ocasiones estaba sentada ante el cristal blindado de la celda de media seguridad donde estaba la niña. La prisionera, de pie delante de mi amiga, ponía una mano en el cristal, justo donde lo tenía Margarita. Me sonrió con ternura cuando me detuve junto a mi compañera.

—Es adorable —me dijo—. Me gustaría sacarla de ahí y cuidar de ella hasta que se hiciera adulta. ¿Me ayudarías?

—Estás de broma, ¿no? —respondí y me horroricé cuando advertí que su semblante indicó que no bromeaba.

—Claro, no digo sacarla ilegalmente. Hablo de que la adoptemos las dos. Eres mi mejor amiga.

—Cuando terminen las pruebas, hablaremos.

Me marché muy preocupada, incluso puse en conocimiento de los mandos que Margarita podría necesitar ayuda psicológica, pero no me hicieron caso.

*


Cinco días después, me fui a la cama un tanto inquieta. Muchos de mis compañeros llevaban un par de días actuando de manera extraña. Margarita se pasaba cada vez más tiempo con la niña. Los mandos no parecían estar preocupados, excepto Natalia. Sin embargo, un accidente en el hangar 2 obligó a internarla en el hospital y provocarle un coma hasta que llegara un transporte médico para llevársela al puesto Regulus IV. La habían trasladado aquella mañana.

Alguien llamó desesperado a mi puerta mientras daba vueltas en la cama. Era Margarita, quien sollozaba.

—¿Qué ha pasado? —pregunté.

—Estoy desesperada. Tenemos que sacarla de la celda y hacernos cargo de ella. Está sufriendo.

Se me aceleró el pulso. Era obvio que Margarita estaba en pleno brote psicótico. Intenté llevármela al hospital y respondió con un guantazo, que me dejó paralizada y con la mano en la mejilla golpeada.

—Perdóname —dijo Margarita—, es que está sufriendo mucho. Te quiero, Laura. Adoptémosla y la criaremos juntas. Formaremos una familia preciosa.

Lo entendí demasiado tarde. Sonaron disparos lejanos mientras Margarita me agarraba la cabeza y me besaba en los labios. La niña tenía poderes mentales y estaba tomando el control del puesto. Aparté a mi amiga de un empujón.

—¿Me rechazas, zorra? —gritó. Desenvainó un cuchillo y me atacó.

Fue un combate amargo. Me hirió en el antebrazo antes de que lograra desarmarla y me atacó a base de patadas. Caí al suelo y logré evitar que me destrozara a taconazos, enloquecida, a duras penas. Logré darle una patada en el estómago que la hizo caer en el pasillo. Esquivé un par de puñetazos, le agarré la cabeza y le di un rodillazo brutal en el rostro. Lloré al ver a mi amiga encogida en el suelo, sangrando por la boca y con un par de dientes menos.

Lo siguiente fue culpa mía: me empeñé en buscar mi pistola y el cargador, creyendo que mi amiga no se levantaría en un rato. Advertí a tiempo que Margarita volvió a atacarme con el cuchillo. Tan fuera de sí estaba, tan fuerte era el control que el monstruo ejercía sobre ella, que entendí que solo sobreviviría una de las dos. Forcejeamos largo rato hasta que pude clavarle el puñal en el estómago y agrandé la herida hasta el esternón. Me tuve que secar las lágrimas cuando el cadáver de Margarita se desplomó.

Salí al pasillo y solo pude llegar a la siguiente esquina. Un ser de pesadilla, que solo tenía de humano la cara de la niña, me cerró el paso. El rostro infantil estaba empotrado en un cuerpo de serpiente muy fino de unos dos metros, con varios tentáculos y diez patas de insecto.

—La has matado —dijo con una voz ronca acorde a su aspecto monstruoso—. Ibais a ser mis lugartenientes. Ahora, todo el trabajo te tocará a ti.

Alcé la pistola, pero me la arrebató con un tentáculo. Me clavó otro en el cuello y mi voluntad se fue difuminando.

—Lo que no entiendo —me dijo—, fue por qué rechazaste a Margarita. Os queríais mucho, no tenías por qué sospechar. Habríais hecho el amor y ella habría aprovechado para drogarte. Habríais sido muy felices bajo mi mando.

—No entiendes el corazón ni la sexualidad de los seres humanos —dije con mis últimos restos de voluntad—. Quería a Margarita, pero no de esa manera. Además, mi amiga era asexual. Por eso comprendí que la estabas controlando.

Un momento después, caí de rodillas y le juré obedecerla hasta la muerte.

*


El transporte humano voló por los aires. Ordené a mis soldados replegarse: el trabajo estaba hecho. El batallón humano que transportaba no podría replegarse y moriría intentando regresar a Regulus II sin el armamento ni los pertrechos adecuados.

—La operación ha sido un éxito, mi señora —transmití a la niña.

Mi señora me felicitó y me dijo que la visitara al volver al puesto. Estuvo hablándome un buen rato de lo debilitados que estaban los puestos avanzados vecinos y de que pronto iniciaríamos su conquista.

—Voy a destruir a todos los humanos de Pytecti —dijo—. Tomaremos el ascensor espacial y volaremos la estación orbital. Pytecti será mío.

Tras una reverencia, me marché a descansar. Intenté no dormirme, pero tuve la mala suerte de hacerlo. Desde hacía dos semanas, un hombre de aspecto siniestro, vestido de negro y con una careta del mismo color, me visitaba en sueños. Se acercó a mi cama. Intenté debatirme, pero estaba paralizada de cuello para abajo, como siempre.

—¿Obedecerás mis órdenes?

—¡Jamás!

—Estás dominada por un monstruo. Has hecho cosas terribles por su culpa.

Había resistido aquellos asaltos, pero aquel día cometí un error. A causa de la frase de mi torturador, pensé en Margarita, y el monstruo vestido de negro, que intentaba atacar mi mente, lo captó. De pronto, Margarita, con el rostro destrozado y una herida en el estómago, entró por la puerta y se arrodilló a mi lado. Me tocó con dulzura la frente.

—Véngame, te lo suplico —dijo y algo se rompió dentro de mí.

*

El plan fue muy sencillo: tenía plena confianza y permiso para todo. Bajé al sótano, trasteé varios controles y el microrreactor nuclear que alimentaba el puesto quedó desestabilizado. Solo tenía que pulsar un botón para destruirlo completamente, pero aún quedaba algo por hacer.

—Mi señora, venga al reactor lo antes posible, hay un problema.

La niña tardó un par de minutos en bajar. Era tan inteligente que se dio cuenta de inmediato.

—Me hiciste matar a Margarita, que era como mi hermana. Esta es mi venganza.

Pulsé el botón y todo estalló.

*


Carlos se unió a los vítores que inundaron el búnker del Estado Mayor del ejército de Pytecti. La imagen de los drones que vigilaban el sector fue clara: el puesto avanzado Corelius IX ya no existía. En su lugar se alzaba el hongo de una explosión nuclear. La niña había sido la mayor amenaza a la recuperación del planeta de los últimos veinte años. La amenaza de ruptura de la primera línea de defensa y de perder el territorio conquistado tras diez años de lucha había sido muy real.

Carlos tenía buena parte del mérito. Gracias a su dominio del casco mental, había logrado contactar con la mente de Laura, la lugarteniente de la niña y, tras mucho esfuerzo para superar la férrea resistencia de su objetivo, había hallado su punto débil: la culpabilidad que sentía por haber matado a su mejor amiga. Fue fácil convertir la culpa en rabia hacia la niña e implantarle el plan de destruir el reactor nuclear del puesto avanzado, el único que podía funcionar en aquellas circunstancias.

Miró embelesado el hongo. Pytecti estaba a salvo por el momento.

31 julio 2019

#OrigiReto2019 Las dos muertes de la hidra

Este es el microrrelato de julio de 2019 para el OrigiReto 2019. Las normas de este reto se pueden consultar en las bitácoras de las organizadoras:

http://plumakatty.blogspot.com/2018/12/origireto-creativo-edicion-2019.html

o en

http://nosoyadictaaloslibros.blogspot.com/2018/12/reto-de-escritura-2019-origireto.html

Este microrrelato tiene 957 caracteres según https://www.contarcaracteres.com/ (uno es un asterico para separar escenas). Está enlazado son el siguiente relato:




Y cumple con el mismo objetivo: 18. Escribe dos versiones de un relato cambiando el género de los personajes, de manera que cambie el significado o relata un hecho que sea la excepción a lo habitual.  El objeto oculto es 32. árbol sagrado.

Aquí está la pegatina:






Y aquí está el relato. Espero que os guste.




LAS DOS MUERTES DE LA HIDRA


Halys alzó el hacha de metal Shaq y, furiosa, atacó a la hidra que emponzoñaba el árbol sagrado. Aquel macho enorme llevaba meses atacando cultivos y matando a campesinos, llevado por su maldad y su sed de sangre. La batalla fue dura, pero Halys, tras cortar la última cabeza y cauterizar la herida, se sintió muy feliz. Un ser despreciable menos en el mundo. Entró en el cubil del monstruo y se maravilló con el tesoro.

*

Halys alzó el hacha de metal Shaq y, apenada, atacó a la hidra que se ocultaba junto al árbol sagrado. Matar a una pobre hembra que atacaba cultivos porque tenía hambre era muy triste. Las autoridades no se preocuparon de buscar otras soluciones: la desdichada hidra tenía que morir. La batalla fue dura y amarga. Halys sintió un nudo en la garganta cuando cortó la última cabeza y cauterizó la herida. Miró el cadáver de aquella desdichada y suspiró. Entró en el cubil del animal y ni siquiera ver el tesoro pudo disipar su tristeza.