18 febrero 2011

Mundo de cenizas. Capítulo VI

—Estamos muy cerca, don Gabriel. Siempre se esconde por aquí cuando se mete en problemas.

Christine rogó a su acompañante, con un gesto, que se detuviera. Estuvo un rato atenta, porque creyó haber oído algo, pero era una falsa alarma. Siguió caminando y terminó por reconocer el sitio por donde se accedía a uno de los escondites habituales de Adriana. Le pidió a su acompañante que esperara, y entró agachada por el hueco dejado por unos matorrales. Le costó algo avanzar, porque era más alta y desgarbada que su amiga, pero, al fin, oyó su voz, probablemente canturreando algo para no aburrirse. Como no conseguía verla, dijo en voz alta:

—Adriana. Sal un momento. Soy Christine.

Su amiga la sorprendió saliendo de un sitio inesperado. Se puso delante de ella, menos agachada y moviéndose con más soltura, y le dijo, con los ojos embargados de emoción:

—Gracias por venir a verme.

—Sal un momento. Tu padre quiere hablar contigo.

Adriana se quedó clavada y repuso con tristeza:

—No quiero… me a echar de casa, me lo prometió, que si volvía a hacer algo malo, me echaría.

Aquello lo explicaba todo. Con lo sensible e inocente que era su amiga, se había tomado en serio los gritos de su padre, que únicamente había perdido los nervios. Por eso, éste le había pedido ayuda, preocupado porque Adriana llevaba desaparecida desde la tarde anterior. No le había pasado nada malo, sólo le daba miedo la regañina que le esperaba. Eso le había explicado pacientemente a don Gabriel que, como tantas veces, había llegado a un acuerdo con la familia que había sufrido las iras de Adriana y sólo quería verla de vuelta en casa. De modo que había decidido acompañar a Christine.

Salieron las dos del escondite, y a Adriana le bastó poner un pie fuera para darse cuenta de que su amiga no había venido sola. Cuando vio quién la acompañaba, sólo acertó a decirle, mientras miraba fijamente a su padre:

—No me habías dicho que había…

Como quiera que Adriana se había quedado parada, mirando a su padre, con los ojos arrasados, fue don Gabriel quien se acercó despacio, mientras su hija se disculpaba:

—Papá… os aseguro que no sé qué ha pasado, yo no quería…

Mientras don Gabriel la abrazaba y ella respondía de igual forma, le dijo con resignación:

—Ya lo sé. Nunca deseas hacerlo, pero siempre sucede algo.

Christine les miró divertida. Adriana empezó a replicar, a jurar y perjurar que no sabía cómo había pasado, que ella no había hecho nada y que la puerta de la casa de don Pedro y doña Francisca se había llenado de arañazos sola. La conocía muy bien para saber que si replicaba de esa forma era porque se le había pasado el mal rato. Le resultaba tan curiosa la calidez y el cariño que le demostraba don Gabriel a su hija… La madre de Christine era seca y fría con ella, aunque, en el fondo, no tenía derecho a quejarse porque ella misma era igual de reservada e inexpresiva, muy torpe a la hora de demostrar afecto. No es que no se quisieran, es que nunca lo demostraban. En cierto modo, envidiaba a su amiga por ello.

Cuando se separaron, Christine oyó hablar a don Gabriel:

—He hablado con doña Francisca, y accederá a olvidarse de lo que ha pasado si, además de pagarle lo que has destrozado, te vas a su casa y le pides perdón a su hija.

Ella respondió muy indignada:

—¡No! ¡Eso no! Me llamó zorra y estúpida y dijo que olía a cuadra. Pagadle el doble por la puerta, pero no me hagáis pedirle perdón a…

Don Gabriel interrumpió las protestas de su hija agarrándole de un antebrazo y diciéndole, en tono firme:

—Harás lo que yo te digo ahora mismo, y lo harás delante de mí. ¡Vamos!

Y se la llevó, a lo que ella repuso con un par de gemidos más propios de una niña caprichosa. En esto, Christine apretó el paso tras ellos y dijo:

—Don Gabriel, disculpe… —Y cuando éste se detuvo y se volvió, añadió—: ¿le incomoda a vuestra merced que vaya yo también? Después me gustaría ir con Adriana al mercado, si ella quiere.

Como don Gabriel y su amiga accedieron, volvieron los tres juntos a Imessuzu. Mientras regresaban, Christine se preguntaba cómo era posible que Adriana y ella fuesen tan buenas amigas si eran opuestas en todo. Christine era alta, rubia y de ojos azules, pero demasiado delgada, algo huesuda y desgarbada y poco agraciada. Adriana no era muy alta y tenía el pelo y los ojos negros, pero la consideraban, con diferencia, la chica más bella de Imessuzu. Christine era tranquila y paciente, reservada y muy educada, mientras que su amiga era un manojo de nervios, con un genio muy vivo, que le causaba algún que otro problema, como el de aquellos momentos. Y lo que le daba más pena, a Adriana la temían y le daban de lado por culpa de los sucesos extraños que habían precipitado la muerte de su madre, mientras que a Christine le profesaban respeto y agradecimiento, algo fríos sin embargo, porque era la ayudante de la curandera del pueblo.

Ninguno de los tres dijo nada hasta que llegaron a la puerta de la casa de don Pedro. Christine que se quedó algo apartada, por buena educación, comprobó preocupada que los arañazos que afeaban la puerta, dibujando una equis, eran muy profundos, como los de las garras de una fiera. Había visto en otras ocasiones puertas o paredes estropeadas por su amiga de esa forma, pero parecía que la cosa iba cada vez a peor.

Sin embargo, gracias a la buena mano para tratar con la gente que tenía don Gabriel, todo fue bien. Doña Francisca estuvo un rato protestando, diciéndole que su hija debía aprender modales, que la castigase, porque aquello no se podía consentir… A todo respondió con cortesía, sin alterarse en ningún momento. Por su parte, Adriana estuvo a la altura. Cuando Christine vio salir a Clara, la hija más pequeña de doña Francisca, con un aire de arrogancia odioso, reconoció que a ella misma le habría resultado difícil disculparse. Clara era de las chicas de su edad que más ojeriza le tenía a Adriana y, en el fondo, ella se limitaba a devolverle esa misma antipatía. La obligó a decir todos los insultos que le había dedicado a Clara, que eran mucho peores y más soeces que los que había recibido su amiga, y a asegurarle que nunca le diría nada así.

Cuando doña Francisca y Clara cerraron la puerta tras despedirse de don Gabriel, éste se despidió amablemente de Christine, dándole las gracias por todo, y de una forma más seca de su hija. Adriana quiso alejarse de allí pronto, y las dos amigas se encaminaron hacia el mercado, que estaba situado en una plaza próxima, en silencio hasta Christine le preguntó:

—¿Qué ha pasado esta vez?

Como Christine pretendía, aquello sacó de su silencio a Adriana, que respondió indignada:

—No tuve más remedio que pasar delante de casa de Clara y tuve la mala suerte de cruzármela. Como me miró con cara de asco, no me aguanté y le pregunté que a qué venía eso, y ella respondió que apestaba, que olía a cuadra. Entonces, empezamos a discutir, a gritarnos, y ella terminó por entrar un su casa y cerrar de un portazo. Me quedé un instante delante de la puerta, me volví y cuando me marchaba, oí como si arañaran la madera y al ver lo que había pasado salí corriendo. Lo malo es que antes de que pudiera doblar la primera esquina, abrieron la puerta y doña Francisca a lo lejos, me gritó algo, así que desaparecí.

Hizo una pausa para inspirar y concluyó:

—¡Pero yo no hice nada! La puerta se arañó sola. Como por arte de magia. Soy inocente, pero mi padre se enfadó tanto la última vez…

Desde hacía un par de años, recordaba Christine, Adriana había sufrido ya once sucesos como este. Lo que más le empezaba a preocupar era que cada vez se producían con más frecuencia y, además, sus efectos eran más graves. Confiaba en su amiga y sabía que era sincera, pero aquello que le pasaba no era normal. Desde siempre, Adriana demostró tener una habilidad especial para incomodar con su sola presencia a las personas que la odiaban. Recordaba que, cuando la milicia de Imessuzu instruía a las chicas de su edad en tiro al arco, otra de las enemigas declaradas de Adriana se ponía tan nerviosa en su presencia, que tenía que tirar bien lejos de ella, o no era capaz, casi, ni de tensar el arco. Pero arañar puertas y no acordarse era algo mucho más difícil de explicar racionalmente.

A Christine le habría gustado haber presenciado alguno de aquellos incidentes, ya que tendría más pistas para explicarse el motivo y poder ayudar a su amiga. Porque las dos convenían que, hasta entonces, aquello sólo había pasado con paredes o puertas, pero que si un día volviera a su casa una de sus enemigas herida, el problema sería infinitamente más grave. Sin embargo, nadie se metía con su amiga si Christine estaba con ella, porque inspiraba mucho respeto, por su altura, su porte y, quizá, por el hecho de que era de las pocas mujeres, que no pertenecían a la milicia, que no salía de casa sin la ropera al cinto. Adriana, tras haberse interrumpido, prosiguió:

—No sé cómo me suceden estas cosas. Si no hubiera oído como se arañaba la puerta, ni siquiera me habría dado cuenta, porque estaba tan furiosa que no miré atrás, como suelo hacer siempre.

Christine repuso, pensativa:

—Eso es nuevo. Nunca habías oído antes cómo se arañaban las puertas, ¿verdad?

—Nunca.

—Te lo he dicho muchas veces. Pienso que te enfureces tanto que pierdes la cabeza y haces cosas de las que no te acuerdas luego. Que te limitas a usar tu puñal para hacer esas marcas, pero que hayas oído las marcas cuando estabas a dos o tres metros… eso es mucho más raro, y no encaja.

Adriana suspiró, y repuso:

—Tu explicación es muy razonable, pero no tengo lagunas cuando me pasan esas cosas. Puedo recordar todo sin huecos en blanco, sólo que cuando me alejo y me vuelvo, me encuentro, a veces, puertas o paredes estropeadas. No sé… quizá…— Y acercándose a su amiga para hablarle en susurros, preguntó—: verás, ¿sabes algo acerca de fantasmas o espíritus o cosas parecidas?

A Christine le extrañó bastante aquella pregunta:

—No mucho. Le puedo preguntar a mi madre, pero los curanderos no solemos saber de esas cosas. ¿Qué tiene que ver?

Adriana tiró de su amiga y se la llevó a la entrada de un callejón poco transitado, y en voz baja, respondió:

—Verás. Creo que hay un fantasma que me ronda. Antes se manifestaba de noche, en la cama, mientras me dormía, como sombras, como una voz susurrante. Alguna vez lo había visto al atardecer en la calle, mirándome sonriente. Pero cuando pasé la noche de ayer al raso, al despertarme, se hizo mucho más corpóreo… o bueno, corpórea, porque, según dice, es el espíritu de mi madre, que en paz descanse. ¿Eso es posible?

—¿Por qué no me lo habías contado antes?... Y bueno, es posible, pero muy raro.

—Pensaba que eran imaginaciones mías, o alucinaciones, por eso no quise decírtelo. De hecho, aunque la aparición de esta mañana fue muy real, no estoy segura de que no sea producto de mi imaginación, pero… ¿Te acuerdas cuando me encontraste esta mañana? Estaba hablando con ella.

—¿Y no te da miedo?

—No. Por eso siempre he creído que es una alucinación. Es muy dulce, muy cariñosa, y dice continuamente que no quiere hacerme daño. Pero… no sé, a mí me parece que no es mi madre. No sé… mi padre la vería también. Le he insinuado a veces que veo y oigo cosas, pero a él no parece pasarle.

Christine estuvo unos instantes haciendo memoria. Finalmente dijo:

—Recuerdo que mi madre, alguna vez, me contaba leyendas del país de mis antepasados. Había un tipo de fantasma… mi madre no me ha enseñado como se llama en nuestra lengua, ella lo llamaba Doppeltgänger. Son fantasmas que toman la imagen de otra persona, pero tienen un carácter opuesto al de esa persona… si tu madre era bondadosa, su Doppeltgänger será maligno. El único problema es que para tener uno de estos fantasmas, tu madre debería estar viva. Pero no sé de otro espíritu que tome la forma de alguien, y que no sea el espíritu de ese alguien. ¿Estás segura de que no es tu madre?

—Bueno… segura no estoy, pero siento que no lo es. No conocí bien a mi madre, murió cuando yo tenía ocho años, pero… siento que no es ella.

—Nadie dice que los Doppeltgänger existan. De todos modos… ese espíritu, ¿te has fijado si tiene sombra? ¿te has fijado si se refleja en un espejo o en el agua?

—No. ¿Por qué?

—Un Doppeltgänger no tiene sombra, ni se refleja. Puedes probar a llevarte un espejo pequeño, y cuando se te aparezca, lo compruebas.

En un gesto que Christine no comprendió, Adriana suspiró y dijo:

—Buscaré un espejito. Ya te contaré.

Como llegaron al mercado, no volvieron a hablar de aquello. Pero Christine pensaba que, si a su amiga no le jugaban sus sentidos una mala pasada, el causante de aquellas cosas bien podría ser ese fantasma que se le aparecía. Aunque seguía pensando que lo hacía ella sin darse cuenta.

12 febrero 2011

Mundo de cenizas. Capítulo V

Juan les contó a los guardias de la puerta del norte lo que les había pasado, aunque ellos ya se lo imaginaban al ver el estado en el que regresaban. Uno de ellos fue a buscar al superior inmediato de Juan, a quien tuvo que relatarle nuevamente todos los hechos. El oficial le hizo un par de preguntas y le ordenó que fuese a ver al médico de la milicia y se llevase a Raquel con él. A Juan le hizo algo de gracia ver el trato exquisito que el oficial le dedicaba a su amiga, en contraste con la sequedad con que le hablaba a él.

Gaiphosume es una ciudad pequeña, así que llegaron muy pronto al edificio donde ejercía el médico, muy próximo al comedor de la milicia. Juan dejó que atendieran a Raquel primero. La milicia no prestaba atención sanitaria a quien no perteneciera al cuerpo, salvo en situaciones muy graves, que desbordaran la capacidad de los sanitarios civiles. Sin embargo, como Raquel había salido al campo protegida por la milicia, su oficial había considerado que era responsabilidad del cuerpo atenderla, cosa de la que se alegraba Juan, porque Raquel no habría podido pagarse una visita al médico de Gaiphosume.

Juan no tuvo que esperar mucho al lado de la puerta. Un cuarto de hora después, vio salir a Raquel, un tanto azorada y ruborizada, con la mano derecha vendada. Cuando le preguntó qué cómo se encontraba, repuso:

—Muy bien. El médico dice que no tengo más que rasguños, que descanse hoy y mañana estaré bien. Pero he pasado mucha vergüenza —. Hizo una pausa para tomar aire, sin esperar a ver la expresión sorprendida de Juan, y siguió hablando rápido—. El médico me dijo que me quitara la falda y el corpiño, pero le bastó con que me levantara la camisa hasta el pecho. Pero el enfermero me dijo que la camisa me la tenía que quitar, y me he pasado todo el rato, mientras me ponía emplastos y vendas, tapándome los pechos con las manos. ¡Qué vergüenza! ¡Y me decía todo el rato que no me diera fatiga, que él atiende a las milicianas y no mira nunca! Pero lo peor fue cuando me disculpé por haberme puesto colorada… ¡Me dijo que no tenía por qué avergonzarme, que era una chica muy guapa! ¡Oh!

Y se puso las manos en las mejillas, que aún tenía coloradas. A Juan le turbó tanto imaginarse a Raquel con tan poca ropa, le vinieron una serie de cosas a la cabeza, que se puso igual de colorado que su amiga. Por fortuna, ella estaba aún tan azorada, que no pareció darse cuenta, y le dijo:

—Voy a contárselo a mi madre. Si no estoy aquí cuando salgas, espérame.

Tras ello, entró por la misma puerta por la que Raquel había salido, y terminó tan pronto como ella. Él tuvo que bajarse las calzas para que el médico le viera el muslo y, luego, el enfermero se lo tuvo que vendar entero, así como el antebrazo. Pero el diagnóstico fue el mismo, que sólo tenía algunos rasguños, que descansara y que al día siguiente podría reincorporarse a su puesto. Le dio un papel que debía entregar a su superior.

Cuando salió, le estaban esperando Raquel y su madre. Inmediatamente después de que su amiga le saludara llamándole por su nombre, la mujer le dio dos besos y un tanto emocionada, le dijo:

—Muchas gracias por haber salvado a mi hija, nunca podré pagárselo lo suficiente. Si vuestra merced necesita un día algo de mí, pídamelo.

Un tanto cohibido, repuso:

—No se preocupe vuestra merced. Es lo que hacemos los milicianos. Se lo agradezco.

Estuvieron charlando un rato, en el cual, la madre de Raquel, Marta, se interesó por su estado. Juan repuso:

—No es nada, sólo rasguños. Si me disculpan, debo entregar este papel a mi oficial…

Raquel se lo quitó de las manos con rapidez, lo leyó y dijo:

—¡Qué suerte! Te dan el resto del día libre, para que te repongas—. Y dirigiéndose a su madre, añadió—: ¿Me permitís que le invite a pasar la tarde en casa?

—Claro que sí. Venga vuestra merced cuando guste.

Raquel le devolvió el papel sonriendo, y dijo:

—Cuando entregues esto ven a mi casa, sabes dónde es, ¿no?— Y tras responder Juan afirmativamente, concluyó—: Allí te espero. No tardes.

Y tras despedirse, se fueron las dos. Juan se dirigió a ver a su oficial, quien leyó el papel y, como le había dicho su amiga, le dijo que no acudiera a su puesto hasta primera hora del día siguiente y que descansara. Así que callejeó hasta la casa de Raquel, que estaba en la primera planta de un edificio bastante nuevo. Iba bastante ilusionado, aunque se llevó la decepción de que le franqueó el paso Marta quien, al parecer, se había tomado la tarde libre para estar con su hija. Llegó a imaginarse que iba a estar toda la tarde a solas con Raquel.
Sin embargo, pasó una tarde muy agradable. La casa de Raquel era muy bonita, bastante espaciosa, y se la enseñaron entera. Luego, estuvieron bebiendo una infusión que preparó Marta, que, según decía, les ayudaría a restablecerse pronto. Pasaron la tarde charlando de muchas cosas, siempre los tres juntos, salvo cuando Raquel le invitó a que pasara a la biblioteca de su padre. Como ya atardecía, tuvieron que encender un candelabro y, tras cerrar la puerta, su amiga sacó un libro grande, bellamente decorado, y le contó que era su libro de magia. El no entendía nada de lo escrito, y apenas podía seguir las explicaciones de Raquel. Sólo se fijaba en las ilustraciones, que representaban cosas incomprensibles para él pero de las que, al menos, reconocía figuras y enseres.

Acababa de anochecer cuando Juan se despidió de sus anfitrionas. Mientras caminaba hacia el comedor de la milicia, pensó con tristeza que habría sido bonito llegar a su casa y tener a una madre o un padre. Juan era huérfano desde muy pequeño, y apenas tenía algún recuerdo nebuloso de su padre, muerto cuando tenía cuatro años. Su madre había fallecido en el parto. A él lo había criado la milicia de Gaiphosume, no tenía más familia.

Cuando llegó a su casa, el cansancio le hizo dormirse muy pronto.

Y se vio sentado en una playa, bajo un sol radiante, y un cielo azul adornado por nubes blancas. El sonido rítmico de las olas transmitía paz. Lo más hermoso de todo era que el mar estaba limpio. No lo cubría aquella bruma que marcaba el inicio de los dominios de los demonios del mar, sino que las aguas se extendían hasta el horizonte. Era todo tan real…

Sin saber de dónde había salido, vio a Raquel, que caminaba hacia él. Su amiga se sentó a su lado y estuvo unos instantes callada, admirando la visión de un mar limpio de aguas azuladas. Finalmente, bajo el rumor sosegado de las olas, dijo:

—Es muy bonito, ¿verdad?— Y haciendo una pausa muy breve, añadió—: hace muchos siglos, nuestro mundo era así. Entonces no había demonios, y millones de navíos surcaban los océanos de un continente a otro.

Era una bella fantasía, así que no quiso rebatir nada; se limitó a seguir disfrutando de la vista. De pronto, Raquel dijo:

—¿Me acompañarás, Juan? ¿O permitirás que me vaya sola?

Juan se volvió de inmediato, y comprobó que Raquel le miraba con aquellos ojos tan bonitos que tenía. Y repuso:

—¿Adónde vas?

—Me voy a Nêmehe. Puede que mis rasguños se curen mañana, pero hoy hemos estado muy cerca de la muerte y eso es mucho más difícil de olvidar. Puede que por fuera me veas alegre, pero por dentro, tengo miedo de que otro día me vuelvan a atacar, y no estés tú o la milicia para protegerme. Y no quiero morir sin ver a Marcos una vez más. No me iré ahora, porque aún me asusta un poco verme en el campo, pero lo superaré. Llevaba mucho tiempo deseando hacer este viaje, esto, simplemente, me ha decidido a hacerlo. Pregúntamelo cuando te despiertes y me vuelvas a ver a solas.

Aún sabiendo que era un sueño, Juan no pudo evitar mirarla a los ojos en silencio, embelesado. Raquel, entonces, preguntó:

—¿Vendrás conmigo, o me dejarás ir sola?

Juan suspiró. Por un lado, hacer un viaje de esa clase sólo para que Raquel se reuniera con Marcos, era lo último que deseaba. Por el otro, dejarla ir sola… Para una chica que no sabía luchar, era un viaje peligroso, y aunque consiguiera auxilio de la escolta de alguna caravana de galeras o carros, no iban a cuidar de ella como lo haría él. En tono triste, repuso:

—No puedo ir. Soy miliciano; me debo al cuerpo.

—Claro que puedes. Eres miliciano, no soldado. Puedes pedir permiso para escoltar una caravana y viajar donde quieras. Lo único que perderás es tu sueldo el tiempo que estés fuera sin realizar trabajos de ese estilo. ¿Qué te voy a contar de la milicia que tú no sepas?

Y con una expresión incrédula, concluyó:

—¿Estás hablando en serio? ¿Es verdad que no quieres venir conmigo? ¿Me dejarías en manos de gente que me echaría a las ratas si con eso pudieran salvar su vida?

Aquello le había dolido a Juan mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir. Reaccionó enfadándose, y airado, repuso:

—Nunca haría eso, pero tú… esto no es real. Tú no eres Raquel y no voy a ir contigo a ningún sitio… ¿quién eres? ¿Qué quieres de mí?

Raquel, o quien quiera que fuese su interlocutora, sonrió satisfecha y respondió:

—Eso no puedo decírtelo.

Le miró desafiante, y añadió:

—No tienes por qué creerme. Dentro de unos días, si nos quedamos a solas, pregúntame si voy a irme a Nêmehe, y verás qué respondo.

Y adoptando un tono muy serio, prosiguió:

—Levántate. Voy a enseñarte algo.

Su interlocutora se levantó, y Juan hizo lo propio. Raquel, o quien hubiera robado su aspecto, le cogió de las manos, luego, cerró los ojos y, entre sus pestañas, se colaron destellos verdes. De pronto, todo le dio vueltas y, en un suspiro, estaba en lo alto de una montaña. Era de noche, y a sus pies, se extendía una ciudad inmensa, iluminada por lámparas muy extrañas. Era una visión impresionante. Su interlocutora, con la voz de Raquel, dijo:

—Así de poderosos eran los hombres antaño. Había miles de ciudades tan grandes como ésta repartidas por el mundo. El mar, la tierra y los cielos pertenecían a la Humanidad.

Juan estuvo un rato mirando impresionado aquella ciudad magnífica, hasta que Raquel, se le acercó y le tapó los ojos con las manos mientras le decía:

—La naturaleza también era poderosa…— Y cuando le hizo volverse y le descubrió los ojos, Juan vio que el paisaje había cambiado; era de día y estaban en un claro desde el que se veía un bosque interminable—. Había bosques como este en todo el mundo.

Raquel dejó que Juan mirase un rato, sorprendido, aquel bosque maravilloso, de árboles enormes y que se extendía hasta donde abarcaba la vista. Al cabo de ese tiempo, prosiguió:

—Pero un día, llegó el fuego. Eran comunes los incendios, sobre todo durante el verano, y la gente de aquellos tiempos ya estaba acostumbrada. Pero es que ardió la tierra entera. Demasiado tarde, la Humanidad descubrió que aquellos fuegos eran provocados por algo que buscaba su destrucción. Aún así, el hombre combatió.

Repentinamente, el bosque estaba en llamas. La mayor parte no eran más que claros grises llenos de troncos ennegrecidos. Había miles de demonios, iguales a los que había visto representados en el libro de magia de Raquel, abrasando el bosque. Instintivamente, Juan se acercó unos pasos. Por la zona abrasada avanzaban soldados, armados con unas ballestas muy extrañas que abatían a los demonios con saetas invisibles. Vio las filas de sus enemigos recomponerse, atacar a los soldados y causarles muchas bajas. Y de pronto, surgieron bolas de fuego por el campo de batalla, que despedazaban a aquellos seres. Oyó un escándalo infernal y vio aparecer monstruos que volaban y que, disparando proyectiles inmensos, ponían en fuga a los demonios supervivientes. Juan estaba tan conmocionado viendo todo aquello, que la voz de Raquel le pareció irreal:

—La Humanidad ganó aquella batalla, pero los daños que había sufrido la tierra eran irreparables. Sin naturaleza, vino el hambre, los ejércitos victoriosos murieron o se deshicieron, y los demonios del fuego destruyeron las pocas ciudades que aún resistían una a una. Sólo se salvaron las que están muy pegadas a la costa, porque los demonios no soportan el agua… Y porque los demonios del mar no soportan estar cerca de la tierra.

Raquel avanzó mientras el paisaje cambiaba, la batalla desaparecía y sólo quedaba una extensión infinita de árboles carbonizados, esqueletos y un monstruo volador hecho trizas. Se agachó, cogió algo del suelo y tras pedirle que juntara las manos, le echó algo mientras decía:

—Y la tierra se convirtió en un mundo de cenizas.

Se miró las manos, y las tenía llenas de polvo gris, de cenizas. Consternado, levantó la vista para mirar a Raquel, y la oyó decir:

—Te hemos contado esta historia decenas de veces, pero nunca nos has creído. Por eso te hemos enseñado todas estas imágenes, porque sabes que no has podido inventarte todo esto que has visto, porque en tu corazón, ahora sabes que todo esto ocurrió de verdad.

Juan no se sentía capaz de decir nada. Empezó a pensar en miles de personas muriéndose de hambre entre bosques abrasados, yaciendo entre las cenizas. Se le arrasaron los ojos, y Raquel continuó:

—Don Enrique III de Nêmehe, y otros muchos reyes de los hombres piensan que todo puede seguir igual, que si no molestan a los demonios ellos no les harán caso, pero se equivocan. Les tienen miedo, porque la época de las plagas fue las más oscura de la Humanidad, y es comprensible. Pero los demonios no pararán hasta que la raza humana desaparezca de la tierra. Por eso, es necesario que los hombres no olviden que una vez fueron más poderosos que los demonios, y que podrían volver a serlo.

Se acercó y le miró con intensidad:

—Raquel no puede morir. Tienes que protegerla hasta que sea lo bastante fuerte como para que pueda defenderse sola. No te imaginas lo valiosa que es, lo valiosos que son todos los que son como ella. Cuídala.

Mientras sonaba su última palabra, todo lo que le rodeaba se fue apagando lentamente.

Juan se despertó y se incorporó de inmediato. Era de madrugada y estaba en la habitación diminuta que tenía por casa. Temblaba y tenía un nudo en la garganta que no le dejaba respirar. Se cubrió el rostro con unas manos sin pulso, tratando de asimilar lo que acababa de presenciar.

Y, lentamente, lo fue consiguiendo.

08 febrero 2011

Mundo de cenizas. Capítulo IV

Mientras las ratas le amenazaban y se acercaban muy despacio, tentando el terreno, acechando, Juan, sin volverse, sin alzar mucho la voz, dijo:

—Huye dejándome a mí entre las ratas y tú. ¡Ya!

La oyó pisar la hierba, pero, en vez de hacerle caso, se le pegó a la espalda y repuso:

—Me quedaré indefensa unos instantes. Protégeme y no te muevas, déjalas venir… No te asustes de nada que veas… Confía en mí.

Se apoyaba en él como si fuera un parapeto. Aquellas frases le habían dejado atónito e iba a pedirle explicaciones cuando, con el rabillo del ojo, captó un resplandor verde sobre su hombro izquierdo. Giró momentáneamente la cabeza y comprobó que el resplandor venía de los ojos de Raquel quien, muy concentrada, susurraba frases ininteligibles. Juan, confuso, estuvo a punto de creer que aquello era un sueño. Pero no lo era.

Como era inevitable, la rata más grande cargó contra ellos y la otra la siguió. El haber aguantado de pie, desafiándolas, las había hecho dudar, pero esos seres repugnantes odian a los hombres con toda su alma, así que el ataque era inevitable. Juan se concentró en el combate inminente. Su única opción era atacar con todas sus fuerzas a la rata más grande, y usar la daga de vela y el movimiento de retorno de la ropera para detener el mordisco de la pequeña. Si malhería a la rata grande y conseguía evitar que la pequeña le mordiese, tendría una mínima oportunidad. Juan preparó el golpe cuando sus enemigas estaban, casi, a su altura, con el corazón latiéndole con furia.

Lanzó una estocada a la rata grande demasiado desviada, tanto que ni le pasó de cerca. Pudo esquivar el mordisco que ésta le lanzó a la pierna, pero la otra rata, dio un salto y aunque Juan la repelió con el brazo, recibió un buen arañazo. De pronto, vio a Raquel intentar darle una patada a la rata pequeña, lo que sirvió para distraerla. Sabiendo que debía herir o matar a una de ellas o estarían perdidos, decidió emplearse a fondo con la rata más grande. Y cuando su enemiga se disponía a saltar sobre él, le lanzó una estocada al pecho, con la fortuna de que consiguió ensartarla y lanzarla a un par de metros, muy malherida.

Pero se le puso el corazón en un puño cuando vio que Raquel no pudo esquivar a la rata pequeña. La derribó y lucharon en el suelo unos instantes, en los que su amiga se llevó la peor parte, hasta que terminó desmayándose, llena de arañazos. Juan pudo evitar que le hiciera más daño, a costa de que se revolviera, enfurecida por la lucha que acababa de ganar, y le mordiera con fuerza en un muslo.

Juan retrocedió. La mordedura en el muslo había sido muy profunda y le faltaban fuerzas para seguir combatiendo. En un último esfuerzo por salvar a Raquel, se alejó andando de espaldas, mientras la rata le amenazaba y amagaba ataques, que él rechazaba con ambas armas, usando las fuerzas que le quedaban sólo en esquivar, defenderse, y contraatacar muy débilmente.

Y la suerte le sonrió. La rata le atacó al tiempo que él lanzaba una estocada para ahuyentarla. El resultado fue que le atravesó una pata y le hundió el acero en los pulmones. La bestia dio un chillido muy fuerte y se alejó cojeando. Juan la quiso perseguir, pero cuando vio que, de pronto, se caía de lado y se quedaba quieta, la rabia que sentía se rebajó lo suficiente como para acordarse de que Raquel yacía a unos metros de él.

Corrió hacia ella, y la preocupación por el estado de su amiga le hizo olvidar, por unos instantes, que había vencido a aquellas bestias, que estaban salvados. La examinó angustiado, pero Raquel respiraba. Tenía arañazos y marcas de colmillos en los brazos, y la ropa agujerada y con cortes ensangrentados, sin embargo, todas las heridas parecían meros rasguños. Sólo en ese momento comprendió que lo habían conseguido. Y que si ella no hubiera tenido el valor suficiente para distraer a una de las ratas, ahora estarían sirviendo de almuerzo a dos de aquellas bestias.

Pronto comprendió que tenían que irse de allí cuanto antes. Recogió los arcos y las aljabas de los dos, que podía llevar a la espalda, cogió en brazos a Raquel, y se alejó de allí. Le daba pena dejar la cesta, pero no podía cargar con ella y con una mujer a la vez.

Sólo podrían sentirse a salvo de vuelta en Gaiphosume, pero Juan, al cabo de unos minutos de un recorrido penoso, cojeando levemente, comprendió que no iba a ser capaz. Estaba molido tras el combate, que le había dejado en las últimas. De hecho, sabía que no habría soportado un tercer mordisco de aquella rata. Así que decidió buscar un sitio para esconderse, recuperar fuerzas e intentar el regreso en mejores condiciones. Encontró un hueco entre una roca y unos matorrales frondosos. Dejó a Raquel en la zona más resguardada y él, con la ropera y la daga en las manos, se recostó sin dejar de vigilar la zona.

De vez en cuando la miraba, y no dejaba de preguntarse qué había intentado hacer cuando pareció estar recitando un hechizo. No se podía imaginar que su Raquel, a la que tan bien creía conocer, fuese una bruja.
Que las heridas de Raquel no eran graves le quedó claro cuando su amiga, al cabo de una hora, se despertó, quejándose. Miró a su alrededor y a Juan, confusa, y masculló un par de frases. Reaccionó al fin, se arrodilló delante de él y le puso las manos en los hombros, mientras decía:

—Nos has salvado. ¿Estás herido?— Y sin darle tiempo a responder, le examinó y dijo preocupada—: ¡ay! Sí, te han mordido la pierna, ¿te duele? ¿Puedes andar?

Juan frenó la retahíla de preguntas esforzándose en sonreír y respondiendo:

—Sí puedo andar. No es nada. ¿Cómo estás tú?

Con cansancio, repuso.

—A mí me duele todo… —Suspiró y dijo, mirando al suelo—: lo último que recuerdo es que tenía a aquella rata encima, que me mordía y me arañaba y que no podía sacármela de encima — Y en un susurro, concluyó—: pensé que íbamos a morir…

Y, sin más, se echó a llorar, y se acurrucó contra Juan, que respondió al gesto abrazándola. Pensó que tenía razón, que habían estado muy cerca de perder la vida. Recordó la angustia de los últimos momentos del combate, de verse casi sin fuerzas peleando sin esperanza contra una rata que no tenía ni un rasguño, y por poco se echa a llorar él también. Pero se tragó sus lágrimas por Raquel, porque no quería que le viese así, ni deseaba preocuparla más.

Dejó que su amiga se desahogara, y de paso, se dedicó a recuperar la compostura, y, finalmente, le dijo:

—Tenemos que irnos. No podía llevarte en brazos hasta Gaiphosume y por eso te escondí. Pero tenemos que volver, las ratas no suelen ir de dos en dos por ahí.

Raquel asintió, con el corazón demasiado encogido como para hablar, y con rapidez, se limpió el rostro con un pañuelo que llevaba, y se echó a la espalda el arco y la aljaba. Él hizo lo propio y se encaminaron hacia su pueblo. Se sentían muy cansados y doloridos, y aunque se desplazaban a paso normal, habrían querido correr más; pero no podían. Al menos, el mordisco del muslo era más aparatoso que grave, y Juan apenas cojeaba.

Iban muy callados, lo que a él le resultaba triste al recordar lo animados que caminaban antes de encontrarse con aquellas bestias. Entonces, Juan pensó que necesitaba saber lo que había sucedido antes del ataque, qué era lo que había intentado hacer Raquel y cómo era posible que sus ojos hubieran brillado de aquella forma sobrenatural. Así que, después de haber hecho acopio de valor, le preguntó:

—Tienes que explicarme qué pasó antes de que nos atacaran. ¿Qué hiciste para que te brillaran los ojos de esa manera?

Raquel le miró extrañada, y se detuvo para contestar:

—¿Que me brillaron los ojos? ¿Cuándo?

Juan se quedó un momento confundido. ¿Estaría intentando engañarle, negar lo que le había pasado? Quizá estaba haciendo mal y haría mejor en callarse y no preguntar, pero si Raquel era una bruja, quería saberlo:

—Cuando te pusiste detrás de mí y susurraste algo que no entendí.

—¿Qué viste? Cuéntamelo.

—Pues… Tenías los ojos completamente verdes, incluso el blanco, y muy brillantes.

Se quedó pensativa brevemente, e iluminó el paraje con una sonrisa antes de responder.

—¡Qué interesante! ¿En serio? Mi libro dice que el verde es uno de los cuatro colores de la magia, pero no sabía que se manifestara de esa manera. ¡Menos mal que nunca intenté usar la magia en público! Me habrían pillado.

Como la miraba sin comprender, Raquel tuvo la necesidad de aclararse.

—Verás… No quiero que nadie lo sepa, para que no me den de lado, dirían que soy una bruja, pero… — Se le acercó y le miró fijamente—. Por favor, no le cuentes a nadie lo que has visto. No se lo he dicho a nadie, y si he usado la magia delante de ti fue porque era la única forma que tenía para que nos salváramos los dos. ¿Me guardarás el secreto? ¿Me lo prometes?

—Sí. Lo prometo.

Ahora, además de sonreír, le besó la mejilla, y siguió caminando. Mientras andaban, empezó a hablarle:

—Desde niña noté que sentía cosas que mis amigas no percibían. Una vez, cuando tenía nueve años, fui con mis padres a visitar a mis primos en Mutquedut y mientras estuvimos en el patio no dejé de llorar. Ahora sé que se debió a que el árbol que crecía en el centro se estaba muriendo, y yo notaba su tristeza. A veces, sentía cosquilleos en los dedos, o en los pies, sobre todo cuando estaba cerca de ciertos sitios, o bien cuando caían rayos y truenos. Y, sobre todo… cuando miras una Torre o un Faro, ¿qué ves?

—Edificios altos, grises y muy estropeados.

Raquel sonrió, un gesto que Juan adoraba, y dijo:

—Yo las veo brillar con una luz muy blanca, como si estuvieran construidas con diamantes. Me cuesta trabajo creer que para ti, y para todo el mundo, sean grises.

Callaron unos instantes, hasta que Raquel continuó:

—Me sentía un bicho raro, pero no se lo quería contar a nadie. Hasta que un día… ¿te he contado que mi padre tiene una biblioteca?

—Sí.

—Un día, abrí un libro muy antiguo, uno que tenía una caligrafía complicada. Empecé a leer una página cualquiera, y trataba temas muy raros. Estuve mirando varias ilustraciones y leyendo párrafos sueltos. Hasta que leí uno en que se hablaba de lo que me pasaba a mí. En ese libro descubrí lo que soy. Percibo cosas que los demás no veis porque estoy muy conectada a la naturaleza y al poder que hay en todas las cosas. Hay más personas como yo, pero muchas de ellas lo ignoran. Y esa sensibilidad a lo espiritual es lo que permite usar hechizos. Según lo que dice mi libro, soy una maga, y lo que mejor se me da es manipular los elementos: el agua, el fuego, el viento… Pero la forma de hacerlo hay que aprenderla. Dice mi libro que, en realidad, la voluntad bastaría para lanzar hechizos, pero hace falta mucha disciplina para conseguirlo, o ser un demonio. Hay varias maneras de conseguir que tu alma llegue al estado en que puede manejar la naturaleza de determinada manera. La que yo he aprendido se basa en recitar poemas en una lengua muy antigua. Eso es lo que estaba susurrando.

Si no hubiera visto el fulgor sobrenatural de sus ojos, habría pensado que Raquel estaba loca. Sin saber qué más decirle, Juan preguntó:

—¿Qué le hiciste a las ratas?

Raquel suspiró con tristeza:

—Intenté dormirlas, pero se resistieron y no lo conseguí —. Y tras una pausa, concluyó amargamente—. Casi nos matan por mi culpa. No me lo perdonaré nunca.

A Juan le partía el corazón oírla hablar así. Y aún más cuando no era cierto, así que dijo, convencido del todo:

—No es verdad. Si no hubieras intervenido, no habría podido con las dos. Nos salvaste la vida y fuiste muy valiente.

Sonrió, con mucha tristeza, y repuso:

—Eres un encanto, Juan.

Y ya, apenas volvieron a hablar hasta que llegaron a la puerta del norte de Gaiphosume.

05 febrero 2011

Mundo de cenizas. Capítulo III.

Sin más novedades, Juan se había tomado su desayuno, se había pasado todo el tiempo mirando con disimulo a Raquel, a la que encontraba especialmente guapa aquella mañana, había salido del comedor al terminar y se había incorporado a su puesto en las murallas, un tanto distraído pensando en ella.

Le había tocado vigilar el lienzo que da al río, junto cerca del puente que une el casco urbano de Gaiphosume con el castillo, que está en la ribera opuesta. El día transcurrió con mucha tranquilidad. Ni una sola alerta, ni un avistamiento. Sólo gente que iba y venía por el puente; algún grupo de soldados y milicianos que partían por el camino del norte a relevar a los soldados de Imduvu, una aldea de apenas 20 vecinos, cercana a la línea de Torres, donde había una mina de hierro, y gente que tomaba la carretera del río, de camino al pueblo más próximo a Gaiphosume, Metmehapet, que estaba también en la ribera opuesta. Dejó de llover a mediodía, pero no salió el sol sino hasta última hora de la tarde. Lo único que le alegró el día fue ver a Raquel de nuevo al almorzar y al ir a por su cena.

Cuando terminó su turno, se tomó unas cervezas con un par de compañeros, y se fue pronto a la cama. No le apetecía mucho, pero menos le agradaba la idea de pasear de noche. Tuvo la suerte de dormir de un tirón. No soñó con nada o, al menos, no recordó nada, lo que significaba que no había tenido ninguno de esos sueños lúcidos, que siempre era capaz de recordar con detalle.

En aquella ocasión, no iba tan contento a desayunar, porque las chicas que servían la comida lo hacían una vez cada tres o cuatro días. Así que no iba a ver a su Raquel. Cuando acudió al punto donde le esperaba su oficial para darle las órdenes, le disgustó un poco que no lo mandara al lienzo de muralla que daba a la playa, como debería haberle tocado. Le habían asignado la tarea de escoltar a una cocinera al que el maestro herbolario le había ordenado recoger una serie de plantas y, de paso, iba a aprovechar para recolectar alguna que otra cosa para la cocina. No fue más explícito, ni Juan pidió más explicaciones. Mientras se encaminaba a la puerta del camino del río, protestaba para sí mismo. Salir al campo era lo peor, lo más peligroso, y aunque la ribera del río y el bosque poco denso que crecía frente a Metmehapet era una zona donde lo máximo que se podía encontrar uno eran ratas, y sólo de vez en cuando, prefería mil veces estar protegido por los muros.

Estuvo esperando unos instantes junto a una casa que compartía pared con la muralla, y todo su malhumor se esfumó de pronto cuando vio que la persona que acababa de llegar portando una cesta grande era Raquel. Ella se alegró mucho al verle, tanto como él, y se dieron dos besos en la mejilla. Mientras bromeaban un poco acerca de la casualidad de que les hubieran elegido a ellos dos el mismo día para salir del pueblo, Juan daba gracias por la buena suerte que había tenido. Iba a pasarse mucho tiempo a solas con ella, y se le ocurrió que podía ser el momento ideal para declararse. En pleno campo, un día soleado… sería perfecto. Por desgracia, la mera idea le empezó a agitar el pulso.

Salieron de Gaiphosume sin perder más tiempo. Juan le propuso a su compañera llevarle la cesta, pero ella se negó riéndose:

—Ahora no hace falta. Cuando esté llena hablamos.

De hecho, Juan la encontraba muy feliz. No paraba de contarle anécdotas de su trabajo y chismes de sus amigas. Y, además, la suerte parecía sonreírle, porque le resultaba muy fácil encontrar las plantas y las raíces que le habían pedido. Él, de vez en cuando, también encontraba algo y, o bien se lo señalaba a su compañera, o bien lo cogía él mismo y lo echaba en la cesta. Al cabo de un rato, Juan ya tenía casi decididas las palabras que iba a utilizar para declararse, pero tan nervioso se sentía, tanto le presionaba el hecho de que aquella era una oportunidad que no podía desaprovechar, que, para ir acumulando fuerzas, le preguntó, simplemente por charlar de algo:

—Te veo muy contenta, ¿te ha pasado algo bueno?

Raquel, que había dejado el arco y las flechas que llevaba a la espalda en el suelo y se afanaba en arrancar una raíz, dijo:

—Sí, pero… Es una tontería. No quiero que te rías de mí.

Esperó unos instantes, a que sacara de una vez la planta de debajo de la tierra y se levantara, para insistir:

—Cuéntamelo. Seguro que no me voy a reír.

Raquel, sonriendo, echó al cesto su último descubrimiento, se hizo de rogar unos instantes, y finalmente, repuso:

—Antes de ayer recibí una carta preciosa de Marcos. Dice… —y suspiró de felicidad antes de seguir— dice que se acuerda mucho de mí y que cuando tenga un permiso lo bastante largo, vendrá a verme y me traerá un recuerdo de Nêmehe. Y escribe unas cosas tan bonitas…

Radiante de felicidad, se alejó de Juan, dio una vuelta con mucho garbo, para encararse de nuevo con él, y continuó, en un tono un tanto ausente, como si se hablara a sí misma:

—Baila tan bien, y es tan guapo… ¿Qué chica no se sentiría feliz si un chico así le escribiera esas cosas?

A Juan, aquello le sentó peor que si cuatro matones le hubiesen molido a palos. Sospechaba aquello desde hacía tiempo, pero consideraba que no debía rendirse, porque Marcos estaba en Nêmehe, mientras que él estaba junto a Raquel y, si seguía siendo su mejor amigo, y la apoyaba en los malos momentos, algún día se daría cuenta de que le convenía más un hombre dispuesto a darlo todo por ella que una persona a la que se le habría subido el éxito a la cabeza y que, probablemente, ya estaba amancebado con alguna chica de la capital. La voz de Raquel le sacó de sus pensamientos:

—Voy a enjuagarme las manos en el río. Vuelvo en seguida.

La vio alejarse y se sintió muy triste. Llevaba dos años amándola en silencio, y se temió que iba a seguir siendo así una temporada, porque si en aquel momento se declaraba, le iba a decir que no, ilusionada con Marcos. Tocaría esperar un momento mejor. Por primera vez en su vida lamentó no haber aprendido a leer ni a escribir.

Cuando Raquel regresó, sacudiéndose las manos junto a él y mojándole entre risas, tuvo que fingir y reírse también. Le gustaba estar con ella y que bromease, pero se sentía tan abatido y tan celoso, que hubiera preferido estar ya de vuelta en Gaiphosume. Pronto, se volvieron a concentrar en su tarea, aunque no les sirvió de mucho. Raquel no encontraba nada, y las pocas cosas que llenaron un poco más la cesta las recogió Juan.

A pesar de sus reticencias iniciales, Juan acabó relajándose, ya que todo estaba muy tranquilo; de modo que se ensimismaba a ratos. Lo único que le sacó de sus ensoñaciones fue que, en un momento determinado, a lo lejos, quedó a la vista una Torre. Se trataba de una estructura esbelta y de altura respetable, de unos 50 metros según le habían dicho, un tanto ajada por el tiempo y grisácea. Observó que Raquel se quedó mirándola unos instantes, con atención y sonriendo. Ante un gesto de apremio por parte de Juan, ella dijo:

—Perdona, es que me gusta mucho mirar las Torres. Son muy bonitas cuando brillan.

—¿Cuándo brillan?

Raquel se quedó un momento callada, y repuso con una sonrisa que Juan adoraba:

—Sí… bueno… claro… si les da el sol, a veces brillan.

Juan nunca las había visto brillar, pero tampoco les prestaba mucho interés, así que si Raquel lo decía, sería verdad. Finalmente, se cansaron de buscar sin encontrar apenas nada, y decidieron almorzar rodeados por los primeros árboles del bosque poco denso que se iniciaba a la altura de Metmehapet, pueblo que se veía a lo lejos. Era una población pequeña, rodeada por una muralla construida hacía poco, y el puente que cruzaba el río era pequeño aunque muy bonito. Con tristeza, pensó que era un sitio al que iban los enamorados para ver fluir el río Gaiphosume.

Comieron rápido y estuvieron descansando un rato, charlando animadamente. Juan ya estaba olvidándose del mal rato que había pasado antes con lo de la carta de Raquel, y se divertía. Y, en esto, su amiga se quedó inmóvil unos instantes. Muy seria, y algo asustada, susurró:

—He oído algo.

Apenas tuvo tiempo Raquel de ponerse de rodillas, y Juan de asir la ropera que, por fortuna, tenía al alcance de la mano, cuando fue audible a su espalda que algo se movía. Lo que terminó de preocuparle fue ver que su compañera miraba aterrorizada lo que fuera que tenía delante.

Y no era para menos. A unos quince metros de distancia, había dos ratas del tamaño de un perro que les amenazaban enseñándoles los colmillos. Juan se levantó despacio, desenvainó la daga de vela, y dirigió sus armas hacia las fieras. Con un nudo en la garganta, asumió que estaban muertos los dos. Quizá, con la ayuda de Raquel, habría podido con una rata solitaria, pero con dos… Y no podían huir; a esa distancia precipitarían el ataque, y las ratas corren más rápido que los seres humanos.

Le conmovía que Raquel siguiera detrás de él, inmóvil. Si ella salía huyendo, les atacarían; ambos eran conscientes. Pero Juan no veía otra solución, así que le iba a pedir que corriera en dirección opuesta a la de las ratas. Aquellos seres repulsivos cargarían contra ellos, pero estando él en medio, le sería fácil atraerlas y entretenerlas el máximo tiempo posible, y darle una oportunidad a ella. Siguió clavado, con sus armas listas, y recordó amargamente lo que le habían dicho en aquel sueño: “Eres un ser mediocre. Un miliciano sin más aspiraciones que defender Gaiphosume, el pueblecito donde ha nacido, hasta que lo mate una rata o un zorro”.


Al menos, lucharía hasta el fin para salvar a la mujer a la que amaba.

02 febrero 2011

Mundo de Cenizas. Capítulo II

Raquel repuso con un gruñido perezoso a los zarandeos de su madre. Debían de ser las cinco de la mañana, como de costumbre. Estaba cayendo un chaparrón y dentro de sus mantas se sentía tan a gusto que muy pocas ganas tenía de levantarse y pasar frío. Aquello era un asco, pensó, aunque, en el fondo, sabía que mucho peor era la vida de los soldados y los milicianos. Con ese pensamiento, se levantó a regañadientes, y tiritando, se vistió a toda prisa. El agua que acababa de verter en la jofaina estaba helada, tanto, que le dolían los dedos, así que se enjuagó la cara en un instante. Sin embargo, dedicó algún tiempo más a cepillarse su melena negra. Desde hacía unos meses, cuidar de su pelo era una actividad que la llenaba de tristeza, porque le recordaba a su amado Marcos, cuyos requiebros casi siempre iban dirigidos a su pelo. Era un guerrero muy hábil y valiente y, en consecuencia, se lo habían llevado a la Academia Militar de Nêmehe.

No obstante, aquella mañana Raquel se acicalaba con más alegría. Tras hacerse una cola, se sintió satisfecha y guardó el cepillo. Hizo la cama, ordenó por encima la habitación y, muy ilusionada, se guardó la carta de Marcos en una faltriquera. La había recibido el día anterior y aunque ya la había leído dos veces, iba a llevársela para poder leerla unas cuantas veces más en cualquier descanso.

Salió andando rápido de su habitación y encontró a su madre en el salón, esperándola con varios fardos. Las dos trabajaban en las cocinas que alimentaban a la milicia y los soldados destinados a Gaiphosume. Raquel y su madre, aparte de servir el rancho cada tres días, se ocupaban de ayudar a hacer el pan, de ahí que tuvieran que empezar tan temprano. Tenían que amasar rápido o si no la tropa no tendría el pan recién hecho, uno de los pocos lujos de los que podían disfrutar. Durante el trayecto desde su casa a las cocinas, Raquel pensaba que, con el trabajo tan duro que tenía la milicia y lo mal que lo pasaban, levantarse a aquellas horas y soportar el frío y la lluvia gélida que las empapó por el camino, merecía la pena.

Y, además, Raquel prefería mil veces trabajar en la cocina que ser miliciana. Agradecía haber nacido mujer, porque ello significaba que sólo la enrolarían en la milicia si se presentaba voluntaria. Los chicos no podían elegir, y casi todos tenían que compaginar sus tareas en el campo o en los talleres con el tiempo de servicio activo. La ley de la décima parte prohibía que las mujeres supusieran más de la décima parte de las milicias y de los ejércitos, por ello, sólo las más fuertes acababan seleccionadas, así que ella, con una complexión bastante normal, no se veía en la obligación de intentarlo siquiera. Lo único bueno que tenía la milicia era que cualquiera de sus miembros cobraba, al menos, cuatro veces más que Raquel y tenían más tiempo libre.

Pero eso no era un buen argumento para ella. La vida en Gaiphosume y en todo el reino de Nêmehe era muy dura. Raquel no iba a ningún lado sin su puñal, y sabía tirar con arco con una precisión razonable si se tenía en cuenta que a ella no le gustaban las armas. Todo el mundo recibía una mínima instrucción militar y, llegado el caso, todo habitante del pueblo que pudiera valerse, sería capaz de subir a defender las murallas. A pesar de ello, no le gustaba matar, ni siquiera a seres tan repulsivos como las ratas.

Cuando llegaron a las cocinas, sólo faltaban cuatro compañeras. Raquel se puso manos a la obra de inmediato, y el tiempo que transcurrió hasta que empezaron a llegar los primeros milicianos se le pasó muy rápido. No había dejado de llover en ningún momento. Con un suspiro de hastío, se cambió y fue hacia la sala donde las esperaban decenas de milicianos haciendo cola para que les sirvieran el desayuno. No le gustaba demasiado, porque más de uno de ellos aprovechaba para soltarle piropos subidos de tono, y le daba bastante vergüenza.

Como todas las veces que le tocaba aquel trabajo, aguantó los requiebros con la mejor de sus sonrisas. El único que le decía cosas bonitas era Marcos, pero le tenía tan lejos… En esto, le llegó el turno a Juan, que era un buen amigo, aunque a veces la mirara de forma un poco extraña, como embobado. Le saludó cordialmente, y mientras le servía, hablaron unos instantes de cosas sin importancia. Raquel notó que esa mañana la miraba con intensidad, cosa que la sorprendía un poco, porque él no era más que un amigo, uno muy bueno, y nunca había intentado ir más allá. Pero como no quería perder a un chico en el que siempre se había podido apoyar, nunca le había querido preguntar a qué venían esas miradas, para no ofenderle. Era el único chico, aparte de Marcos, que siempre la había respetado, no como otros, que sólo la querían para que se acostara con ellos.

Al fin, Juan se despidió y ella continuó atendiendo al resto de los comensales. Cuando hubo terminado, tuvo un par de horas de descanso que, por culpa de la lluvia, pasó sola en su casa. Su padre era soldado, y su hermano miliciano. Lo único bueno fue que tuvo ocasión de leer la carta de Marcos tres veces. Y como en tantas ocasiones, empezó a fantasear con la idea de irse a Nêmehe para estar con él, pero no era un viaje fácil y, aun si consiguiera convencer a sus padres, no tenía quien la acompañara.

Cuando salió, cerca del mediodía, para regresar a su puesto, apenas chispeaba.

30 enero 2011

Mundo de cenizas. Capítulo I.

Juan se encontraba en el interior de un edificio inmenso, hecho de piedra lisa y débilmente iluminado. El techo estaba decorado con motivos geométricos, salvo en la parte donde se erguía la bóveda, que contenía una pintura en que se representaban una serie de personajes de algún culto olvidado hacía siglos. Se acercó a la pared del pasillo amplio, que desembocaba en otro mayor, y la tocó con la mano izquierda. El tacto frío y suave de la pared, y el eco leve de sus botas en el suelo perfecto, hacían difícil reparar en que vivía un simple sueño. Juan sabía que aquello no era real, y que llevaba mucho tiempo teniendo aquellos sueños tan nítidos y tan lúcidos.

Si el edificio ya le parecía grande, cuando se detuvo bajo la bóveda, al mirar a su izquierda descubrió que aquel templo era gigantesco. A bastante distancia, se abría una sala circular en cuyo centro crecía un árbol majestuoso. Esa sala estaba iluminada por la luz que entraba a través de los ventanales. Lo mejor sería dirigirse hacia allí, pensó. De modo que atravesó lo que era el pasillo central del templo y se detuvo en el borde de la sala circular, para admirar el espectáculo de un árbol de treinta metros de altura, más o menos, lleno de hojas, sano y fuerte. La sala, que tenía pasillos a ambos lados y al frente, estaba cubierta por una bóveda sin más adornos que unos ventanales que dejaban ver el cielo azul. A través de los vidrios de las paredes, lo que se veía era el mar lejano.

Un rumor de pasos le indicó a Juan que, como siempre, no estaba solo allí. A su lado se detuvo alguien cubierto por una túnica que llegaba a los pies y por una capucha. A modo de saludo, con una voz cascada por los años, le dijo:

—Una vista impresionante, ¿verdad?

Los personajes con que hablaba en sus sueños nunca eran los mismos, pero siempre había uno al que denominaba como el narrador, y que se dedicaba a contar antiguas leyendas sobre héroes del pasado, combates contra monstruos y aventuras. Y algo le decía a Juan que, en esta ocasión, el narrador iba a ser un anciano encorvado. A veces era un guerrero con armadura, otras una viejecita, a veces una muchacha muy hermosa, otras un niño. Pero siempre era alguien que parecía saberlo todo acerca del sueño. Así que Juan le preguntó:

—¿Dónde estamos?

Sin dejar que se le viera la cara, su acompañante, delatando su condición de narrador, repuso:

—En la última catedral que construyeron los hombres antes de ser derrotados definitivamente. En los últimos momentos de una sociedad que vivía de espaldas a las religiones y a la Naturaleza, la Humanidad se aferró a la fe y al amor por la vida salvaje. Por eso hay un árbol aquí—. Tras un suspiro, concluyó—. Este sitio ya no existe, lo recreo gracias a mis recuerdos. Los demonios lo arrasaron hace muchos siglos.

“Extraña fantasía”, pensó Juan. Los demonios nunca habían conseguido derrotar a la humanidad. Lo intentaban, la hacían retroceder, pero los ejércitos reales y las milicias conseguían mantener las costas libres de ellos. Los demonios y sus aliados del mar podían controlar los océanos y las tierras interiores, pero las líneas de costa y las aguas pegadas a la orilla seguían siendo el hogar de la Humanidad; siempre había sido así. El narrador albergaba la idea de que, hacía muchos siglos, los seres humanos dominaban todas las tierras y todos los mares, lo que era absurdo tanto para Juan como para la mayoría de los personajes oníricos que se encontraba.

Juan no dijo nada más, ni el narrador insistió, sino que optó por dirigirse hacia el árbol, y avanzar por la tierra que dejaba a la vista el suelo perfecto. Pronto empezaron a aparecer más personas, por todos los pasillos, que se acercaron al árbol, junto a cuyo tronco se había sentado el narrador. En aquellos sueños se repetía a menudo este patrón. Llegaba el narrador, iban acudiendo oyentes, narraba cuentos y leyendas, y todos las escuchaban hasta que Juan se despertaba.

Fue de los últimos en sentarse en torno al narrador. Como era evidente, no reconoció a ninguno de los oyentes, pero sospechaba que, muchos, si no todos, eran otras personas convocadas a estos sueños enigmáticos, porque a lo largo de las narraciones, iban desapareciendo paulatinamente. Lo que no sabía era si les pasaba como a él, que tenían esos sueños cada dos o tres días, ya que nunca veía las mismas caras, ni el mismo tipo de personas. Lo que sí era evidente es que todos parecían igual de desconcertados que Juan, ya que se miraban unos a otros intentando reconocer a alguien.

Los murmullos de los asistentes se acallaron cuando el narrador, sin más preámbulos, comenzó a decir:

—No siempre ha vivido la Humanidad una situación tan precaria. Hace trescientos años, antes de las plagas, había entre nosotros hechiceros muy poderosos, y los reinos más fuertes tenían talleres donde se fabricaban armas y aparatos que, durante un tiempo, hicieron retroceder a nuestros enemigos. En esa época de esplendor se construyeron las Torres y los Faros, y la gente pudo vivir tranquila, protegida tras aquellos ingenios que combinan magia y ciencia.

Juan aprovechó que el narrador interrumpió su relato para toser, y, con un sobresalto que pudo reprimir, comprobó que un muchacho que tenía a su derecha le miraba con curiosidad con unos ojos que no eran humanos, o que, al menos, no lo parecían. Los tenía demasiado grandes y de un verde amarillento muy raro. Algo en aquella mirada hizo que se le acelerara el pulso, pero su experiencia como miliciano le decía que aquel muchacho no parecía desear hacerle daño y que, en todo caso, mostrar miedo era una invitación al ataque. Así que, controlándole con el rabillo del ojo, fingió concentrarse en el narrador.

—Pero los demonios no se habían estado quietos. Como no podían penetrar en los territorios protegidos por las Torres, manipularon la naturaleza, envenenaron los cuerpos y las almas de algunos animales, y crearon las plagas. Mataron a los hechiceros, destruyeron los talleres y, con sus malas artes, convencieron a la Humanidad de ser un pueblo débil, incapaz de aprender a usar la magia y la ciencia. E imposibilitados aún hoy en día para destruir las Torres, nos dejaron las plagas, que…

Juan tuvo que sobresaltarse cuando el muchacho, por sorpresa, le agarró de la ropa y empezó a decirle, atravesándole con aquellos ojos inhumanos:

—Eres un ser mediocre. Un miliciano sin más aspiraciones que defender Gaiphosume, el pueblecito donde ha nacido, hasta que lo mate una rata o un zorro.

Algo en aquel muchacho le causaba terror. Hubiera debido reaccionar con contundencia, pero sólo le salió un susurro ahogado.

—No eres nadie para llamarme así.

El muchacho le agarró con fuerza y aunque Juan consiguió levantarse, su oponente no le soltó, y acabaron encarados de pie. Ni el narrador ni los demás oyentes les prestaban atención, en una de esas situaciones ilógicas propias de los sueños. Juan no podía librarse ni de su agarre ni del terror creciente que le inspiraba aquel muchacho diabólico.

—No eres nadie, pero muy cerca de ti vive gente extraordinaria. Tienes que protegerles, cuidar de ellos, acompañarles—. Y con un chillido histérico que terminó por aterrorizar a Juan, concluyó—: ¡Tienes que salvarles!

Perdió la compostura, luchó por liberarse mientras su torturador seguía gritándole que tenía que salvar, guiar y apoyar a no sabía quién, y…

Juan, con el corazón aún latiéndole con furia, se despertó bruscamente. Le costó unos minutos tranquilizarse. Había sido una simple pesadilla, pero, aún adormilado, necesitó un rato para asumirlo.

Estaba lloviendo y hacía frío.

Se sentó en la cama y recordó su sueño unos instantes más. Supuso que con la vida tan dura que llevaba un miliciano, era lógico tener pesadillas. Eran muchas las personas que dependían de que él y sus compañeros no desfallecieran ante el ataque de una manada de ratas o de lobos.

Se levantó y miró por la ventana. Tenía la suerte de vivir en un último piso, cuya única ventana daba al mar. Con la lluvia no era una visión tan hermosa como cuando lucía el sol, pero, aún así, le relajaba mirar la inmensidad, cortada a un par de kilómetros por la bruma negra que marcaba la frontera de los dominios de los monstruos del mar. Quizá le gustaba tanto esa visión porque su casa era diminuta, apenas una habitación.

Sin más divagaciones, se concentró en asearse y arreglarse. Le llevó poco tiempo realizar todas las tareas acostumbradas, que ejecutó con precisión militar. Se puso la camisa, los pantalones, se calzó las botas, se colocó y ajustó bien el coselete de cuero reforzado. Tras abrocharse el cinturón del que pendía la funda de su espada ropera, y ponerse los guantes de cuero, bajó por la angosta escalera que comunicaba todos los apartamentos diminutos de su edificio y, protegiéndose de la lluvia lo mejor que pudo, llegó al comedor de la tropa, contento porque, al menos, vería a la chica a la que amaba.

29 enero 2011

Mundo de cenizas. Presentación.

Mañana voy a comenzar un experimento, que no sé en qué va a acabar. Desde que aprendí, por pura casualidad, lo que eran los juegos de rol, en una época mucho más bonita que la que vivo hoy (sí, la nostalgia...), me planteé que la relación que tienen estos con la literatura es muy estrecha.

En realidad, una partida de rol se basa en crear una historia entre varios asignando papeles específicos a cada persona. El director de juego narra, avanza la trama y da vida a todos los personajes secundarios, y los jugadores interpretan a los protagonistas del relato. Todo ello modificado por el azar y las decisiones de los jugadores. Cuando un jugador lucha contra un rival, el resultado depende de los dados, y no de la voluntad del director, o del escritor, como pasaría en una novela.

No es nada raro que se den casos de jugadores que novelan una partida de rol. La juegan durante mucho tiempo, van tomando notas y alguno, o algunos, resumen todo lo que hicieron en la partida en forma de relato o de novela, según la extensión. A veces, el que hace esto es el director, ayudado por algún jugador. Se dice que Las Crónicas de la Dragonlance están basadas en una partida de rol en la que participaron sus dos autores.

Lo que ya es más raro, puesto que nunca lo he visto por ahí, es hacerlo al revés. O sea, escribir una historia auxiliándome con un juego de rol. Básicamente, esta es la idea de Mundo de cenizas. He tomado unas ideas de un relato que escribí hace mucho tiempo. Con eso, he creado un trasfondo, me he imaginado una serie de personajes y las relaciones que hay entre ellos, he ideado las líneas generales de una trama, y me he puesto a escribir. Sin embargo, lo que pase en la historia va a depender de lo que digan los dados esos de 10 caras con los que haces tiradas porcentuales en las partidas de rol. Como es menester, cada uno de los personajes principales que os iré presentando en estos días tiene su ficha siguiendo un sistema de juego concreto, el vetusto Rolemaster que se jugaba hace quince años y que ya tendrá veintitantos años desde que lo publicaron por primera vez.

Sin embargo, no es que vaya a jugar una partida con nadie. En realidad, todo lo hago yo solo. Lo que pasa es que si un personaje de Mundo de cenizas se tiene que enfrentar con algo, el combate lo haré siguiendo las reglas del juego de rol y me limitaré a describir el resultado, sea cual sea. No voy a jugar con cuatro amigos y luego novelar el resultado, sino que voy a escribir un relato o lo que sea y cuando llegue a un punto en que el resultado sea incierto, como una lucha, un intento de convencer a un personaje secundario, un intento de colarse en una casa vigilada, o todos esos lances típicos de los libros de aventuras, no sabré qué va a pasar, si los personajes principales tendrán éxito o fracasarán estrepitosamente. Por eso digo que no sé en qué va a acabar este experimento. A lo mejor se me mueren la mitad antes de que la trama avance.

En los próximos días iré publicando la historia por entregas, y si tengo algo que añadir "fuera de la historia" lo publicaré en los comentarios de cada entrada. Espero opiniones, impresiones, etc... Alegrarían una bitácora que lleva un mes y medio sin recibir un triste comentario (aunque claro, escribiendo dos entradas al mes...).

Acabo con la ambientación. La historia se encuadra en la fantasía épica. El nivel tecnológico es el equivalente al que habría en España hacia el año 1550; sin embargo, la sociedad en que se desarrolla la trama no tiene mucho que ver con la de aquella época, ya que las condiciones en que vive esa gente, que iré relatando a lo largo de la narración, no son las de la Europa del siglo XVI. Normalmente, las normas sociales y la organización política existente tienen sus motivos; otra cosa es que en la narración pueda explicarlos o no. Por eso, no esperéis una ambientación histórica, porque esto no es un relato histórico. Otra cosa es que me base en lo que sé de esa época (que me apasiona) para ir ambientando. Dicen que Ken Follet, en Los Pilares de la Tierra, introduce maíz y patatas en la Inglaterra de la transición entre el Románico y el Gótico. He leído el libro y no recuerdo ese detalle (si alguien me dice las páginas donde aparecen, lo confirmaré con gusto), pero si es cierto, parece ser un error de ambientación bastante feo, porque pretende ser una novela histórica. Sin embargo, aquí no lo sería, por razones que quienes la lean intuirán. De hecho, estoy por hablar de maíz y patatas sólo para que alguien me lo critique (ja, ja, ja).

No lo digo como autodefensa, sino como divagación. A un autor español de fantasía épica le han criticado que, en un mundo completamente ficticio y alternativo, aparezcan plantas (maíz y patatas, precisamente) que no podrían aparecer en el mundo antiguo. Al menos, si esos son los "fallos" que trascienden de la novela, quiere decir que tiene que ser bastante buena (ya os lo contaré, je, je).

A partir de mañana empiezo a poner cosas. Espero que lo disfrutéis.

25 enero 2011

El partido de liga Valencia-Málaga... ¿Qué valores puede representar el fútbol?

Apenas sigo el fútbol, salvo si juega la Selección Española alguna competición importante. Así que esta va a ser una entrada de lo más curioso. No creo que me veáis más veces comentar un partido de liga. Pero este, es que se lo ha ganado.

Cuando la Selección Española de Fútbol ganó el mundial de Sudáfrica, ese inolvidable 11 de julio, leí en otra bitácora que se podía sacar una lección de aquello. La lección era que, por muchas patadas que te den, por muchas zancadillas que sufras, si haces las cosas bien, si crees en lo que haces y no te rebajas al nivel de los que te atacan, acabas ganando (lo leí aquí).

Pues bien, después de haber visto de casualidad el partido Valencia-Málaga del pasado 22 de enero, me pregunto qué valores se pueden extraer de aquel partido. Fue algo vergonzoso ver cómo el árbitro machacó sin motivo al Málaga. No voy a acusar a nadie de nada, pero, de verdad, pareció que el árbitro quería que el Málaga perdiera y no paró hasta conseguirlo. No es de recibo expulsar con roja directa a dos jugadores, al entrenador, sacar creo que cinco tarjetas amarillas, y luego, sancionar, en el pasillo a dos jugadores más. Encima, se ha descubierto que una roja se impuso sin motivo, como han revelado fotografías y vídeos, y se ha anulado. Y para la primera, bastaba una amarilla, no una roja directa.

Desgraciadamente, en el campo se vio un equipo que luchó hasta el fin, el Málaga, y un Valencia que no hizo nada por merecerse la victoria. El Málaga aguantó con 10 casi todo el partido, y empató 3 a 3 ¡tras sufrir dos expulsiones! Fue un espectáculo bochornoso. Y lo peor es que ese mal arbitraje ha terminado con el Málaga. Dudo mucho que se recupere con sus mejores jugadores sancionados varios partidos. Nunca me he creído demasiado eso de los malos arbitrajes que hunden a equipos (si exceptuamos el "robo" en el partido Corea-España, en el mundial que se celebró por allí), pero en esta ocasión, ha quedado tan clarísimo que no puedo sino asombrarme de que no se tomen medidas en el fútbol tales como tomar decisiones basándose en los miles de cámaras que lo graban todo en directo. Los árbitros son falibles, como seres humanos que son; no sé por qué no recibir ayuda de la tecnología.

¿Qué enseñanzas se obtienen de esto? Unas muy incómodas. La enseñanza es que el poder, personificado por el árbitro y las altas autoridades que han ratificado su actuación, deciden quién gana o pierde, y tu esfuerzo, y haber realizado un trabajo magnífico no sirven de nada. Que los poderosos deciden quién está arriba y quien está abajo, y si el pueblo se queja: sanciones y más sanciones.

Parece un reflejo de nuestra sociedad. Inquietante.

10 enero 2011

Valses extraños y curiosos: Breakaway, de Kelly Clarkson

Sigo sin tiempo de actualizar. Muchas cosas pendientes por acabar, aunque eso ya parece que es una constante. Así que una entrada cortita. Con muchas ganas de que las enfermeras me den permiso para volver a bailar, voy a ponerme los dientes largos con otro vals, uno escrito en 6/8 (o eso creo) con el ritmo muy marcado por la percusión, interpretado por Kelly Clarkson:

Breakaway de Kelly Clarkson.

Muy bonita voz y, como digo, muy marcado, ideal para aprender a cogerle el ritmo a los valses.

28 diciembre 2010

Mi primer relato romántico: La pasión que nos arrebató

Bueno... pues como ahora estoy un poco más calmado en lo que respecta a trabajo, he tenido tiempo de dar las últimas pinceladas a una historia que jamás creí ser capaz de escribir. Pero bueno, algo que he aprendido a lo largo de los años es que la inspiración tiene formas extrañas de actuar. Y últimamente, la mía está haciendo cosas muy raras.

Hará unos tres meses, fui capaz de escribir un relato de ciencia-ficción, género que me encanta leer pero para el que soy (o era) un negado, que participó en un concurso y que, para mi sorpresa, quedó muy bien situado (el décimo de entre 109). Ya hablaré más sobre eso.

Pero lo de la literatura romántica... No me gusta leerla, para nada. La suelo encontrar fría, artificial, alejada de mi realidad cotidiana. Puede parecer que no, pero en la literatura romántica todo sucede con tanta facilidad... la chica se enamora del chico al instante, sin hacerle desprecios, sin tenerle meses que si sí, que si no... Los únicos problemas provienen del ambiente, de las envidias, de desastres naturales...

Y ahora voy, y termino un relato que he llamado La pasión que nos arrebató, que como el título indica es puramente romántico. Trata de un hombre, Carlos, y de una mujer, Cristina, que se enamoran, pero que, por un motivo que no puedo revelar, no pueden seguir juntos. Pero la pasión les vence, y ponen en peligro todo... Y al final, bueno... ya lo leeréis. Hay romanticismo, besos, pasión... Vamos el relato que nunca creí que iba a escribir y míralo...

Os lo podéis descargar en el siguiente vínculo. Disfrutadlo:

La pasión que nos arrebató

26 diciembre 2010

Reincorporado y con otro vals: Sleepsong de Secret Garden

Después de un par de meses de durísimo trabajo, vuelvo a escribir algo en mi pobre bitácora.

Empezando por donde lo dejé la última vez, contaros que sobreviví a las ISO 27001, y que mi empresa ya está certificada en esa norma. La norma 27001 trata de seguridad de la información, o sea, que la información que está recogida en nuestros ordenadores se supone que está protegida a todos los niveles: técnicos, contractuales y frente a averías físicas.

Lo importante del caso es que conseguimos que las seis empresas participantes en el proyectos obtuvieran sus certificaciones, lo que nos convierte en consultores en ISO 27001. Y que hemos terminado con éxito un proyecto muy díficil, que nos ha llevado mucho tiempo y que algunas personas daban por perdido, por un proyecto que no íbamos a poder sacar adelante.

Aparte de felicitaros la Navidad con retraso, y el Año Nuevo con adelanto, os pongo el vínculo a un vals precioso del grupo Secret Garden, aquel que ganó la Eurovisión con una canción casi del todo instrumental:

Sleepsong de Secret Garden

Es una nana, indicada para todos aquellos que deseen dormir a sus hijos a ritmo de vals. Está escrito en el compás tradicional de 3/4, aunque resulta difícil de seguir a veces, ya que meten silencios de vez en cuando, desdoblan la nota acentuada... Pero resulta un tema muy dulce y muy bello.

Saludos a todos.

27 noviembre 2010

Valses extraños y curiosos: Forgotten Carnival

Aquí tengo otro vals de esos curiosos... Uno, nada menos que de Nightnoise. Tiene un compás 3/4 claro la mayoría del tiempo; en otros momentos cuesta identificarlo, y en otros, el tema se detiene... cosa que me encanta en un vals, por cierto.

Hala, aquí lo tenéis:

Forgotten Carnival, de Nightnoise.

23 noviembre 2010

Leído Estirpe Salvaje, de Montse de Paz

Estirpe Salvaje es otro de los libros que he leído a causa de visitar las bitácoras de la gente aficionada a escribir. Y se trata, también, de otro libro que englobaría en la nueva hornada de escritores de fantasía españoles que están dándole vitalidad a ese género, tradicionalmente rechazado y "cosa de anglosajones".

Estirpe salvaje es la primera obra de Montse de Paz, cuya bitácora es:

Montse de Paz

Como podréis leer, durante mucho tiempo, fue una de tantas aficionadas a la escritura que iba de editorial en editorial, recibiendo rechazos. Y ha acabado publicando nada menos que con Espasa.

Y como se puede adivinar, efectivamente, Estirpe Salvaje es un libro excelente, muy recomendable. Su originalidad se centra en la ambientación. Slavamir, el país en el que se desarrolla la trama es un trasunto de la Rusia medieval. Los nombres, la cultura, la forma en que se describen las cosas... todo ellos nos transporta a un mundo muy parecido a la Rusia de la Edad Media. La historia narrada es muy interesante, te mantiene todo el rato en vilo, a ver qué va a pasar ahora. Tiene momentos muy emocionantes...

El amor es algo que aparece, pero no es en absoluto el centro de la trama, que va más bien de superación personal, de la existencia del espíritu por superar las dificultades. Lo único curioso, y que no debe entenderse como punto negativo, es lo fáciles que resultan las relaciones amorosas. Ya digo que no es algo que a este libro le interese. El romanticismo entra en su medida justa, como algo más de las cosas que existen en el mundo, pero nunca como una fuerza rectora de la trama. De hecho, es uno de los tratamientos más realistas sobre las relaciones afectivas en ciertas edades que he visto, con la única pega de que para los chicos todo es demasiado fácil. Aquí es lógico, repito, ya que no es un tema que importe demasiado para la trama.

Para acabar, este libro tiene una ambientación difícil de ver en la literatura épica, muy bien resuelta, y es un libro a tener en cuenta. Otro ejemplo de que en España siempre ha habido buenos escritores de literatura fantástica; sólo hacía falta que las editoriales empezaran a hacerles caso. ¿Cuántas maravillas de literatura épica, como este libro, habrá en España sin ser descubiertas porque el fantástico sigue siendo el "género menor"? Como si 1984 (ciencia-ficción, fantástico, libro de "segunda", que arremetía sin piedad contra la URSS en una época en que nadie se atrevía ni a soplarle) no fuese mucho más demoledor que tanta obra supuestamente comprometida pero que carece de valor de enfrentarse, siquiera, a las contradicciones de nuestra sociedad (no sea que la tilden de "incorrecta políticamente").

Felicidades a la autora.

20 noviembre 2010

Cent (Corto en esperanto, con subtítulos en español)

Os traigo hoy un corto muy gracioso, filmado en Málaga, creo, en esperanto y subtitulado en castellano. Cent significa, cien... Lo que cobra significado al final del corto. Os reiréis un poco.

18 noviembre 2010

Trescientas entradas y algo de esperanza para la crisis

Bueno... Pues a lo tonto, esta es la tricentésima entrada de mi bitácora. No me imaginaba que iba a conseguir escribir tantas entradas... Trescientas son muchas para alguien tan falto de tiempo. Espero celebrar algún día las cuatrocientas... y las quinientas, pero a ver dentro de cuantos años es eso...

El título de la entrada tiene dos partes. La segunda es algo más misteriosa, pero tiene que ver con que, por primera vez, empiezo a recibir noticias que van en contra del pesimismo de la crisis económica esta que tanto daño ha hecho.

En primer lugar, el viernes pasado, como muchos ahora, salimos compañeros de bailes de salón a, como no, bailar por los bares. Últimamente, siempre acabamos en uno con un grupo dominicano que toca en directo. Eso supone, aparte de que es mucho más bonito tocar con música en directo que con música "enlatada", estar todo el rato con bachata y merengue... y alguna salsa de vez en cuando. Antes nos fuimos de tapas... ¡y no se podía entrar en casi ningún sitio, de tanta gente como había! Comentábamos que hacía tiempo que no nos pasaba. Parece que hemos tenido un buen verano, o un buen arranque del otoño, porque esto había dejado de verse.

La segunda nos la dicen nuestros clientes. Unos han empezado a pagarnos cosas que tenían pendientes, y que sabíamos que se retrasaban porque tenían bastantes apuros. Otros han empezado a comentar que sus negocios están teniendo unos meses muy buenos. A ver qué pasa después de Navidad, pero parece que la cosa mejora despacito.

Si sobrevivo a las ISO 27001 (ya contaré la historia), seguiré escribiendo (exagero, claro, estos andaluces...).

14 noviembre 2010

Timewinds

Sigo vivo, aunque sin tiempo para escribir... Y para demostrarlo, pongo esta entrada. Me ha entrado algo de nostalgia estos días y he estado escuchando un poquito a Nightnoise. Y, como es lo que ando oyendo estos días, pues aquí os dejo una muestra.

Me he estado decidiendo entre varias. Iba a poner "Toys no ties" u "Hourglass", pero al final, me decido por la más animada:

Timewinds

A disfrutarla... y nos vemos en la próxima entrada.

19 octubre 2010

Leído: Las Hijas de Tara, de Laura Gallego

Hoy comento brevemente un libro que conseguí leer en muy poco tiempo.

Hablaba en la entrada precedente sobre libros leídos que la fantasía "para adultos" española estaba empezando a resurgir de la mano de una "generación" de escritores que estaban consiguiendo publicar fantasía que las editoriales no considerasen como "para jóvenes". Porque el problema de la fantasía hasta hace poco en España era similar al de los dibujos animados, que se considera que son todos "para niños", y ponen en horario infantil series que en sus países de origen son para adultos.

Una de las escritoras de fantasía que ha podido hacerse un hueco gracias a su gusto (reconocido por ella misma) por escribir literatura juvenil y, además, fantástica, es Laura Gallego. Autora, por cierto, que me gusta mucho.

Las Hijas de Tara es, por lo que sé, su "incursión" más seria en la ciencia-ficción. Se trata de ciencia-ficción hibridada con la fantasía heróica. Narra las peripecias de un grupo de personas en un mundo en el cual convive la naturaleza en su estado más puro y agresivo, con una sociedad humana, tecnológicamente muy avanzada, que vive en grandes ciudades denominadas "dumas".

La historia resulta muy dinámica, muy fácil de leer y te engancha con facilidad. Como curiosidades, que pueden leerse en la página de la autora, se puede destacar que, originalmente, estaba concebida como un guión para una película de animación de ciencia-ficción, pero el proyecto, finalmente, no cuajó, y aprovechó el guión para, ampliándolo, escribir esta novela. Como detalle de prensa rosa, su colaborador principal para el guión es ahora su pareja.

Se trata de un libro recomendable, uno de los pocos libros de ciencia-ficción de autores españoles moderno y que ha alcanzado cierta difusión.

15 octubre 2010

Leído: Ubik de Philip K. Dick

Ubik es una novela corta de ciencia-ficción, escrita en 1969 por Philip K. Dick. Este autor no le dirá mucho al que no esté metido en el mundillo de la ciencia-ficción, pero si comento que películas como Blade Runner, Desafío Total o Minority Report están basadas en relatos cortos de este autor, estoy convencido de que más de dos habrán visto esas películas.

He de confesar que me ha gustado mucho Ubik. Es ciencia-ficción "clásica", de la que casi no se escribe ya. A nivel técnico, me gusta mucho el uso que hace el autor del título. La historia empieza y la única referencia al Ubik es un anuncio publicitario bastante extraño. Avanza la trama y seguimos sin saber qué demonios es eso del Ubik. Hay que esperar al último tercio del libro para ir adivinando qué puede ser... Y cuando, al final, se desvela lo que es el Ubik... Muy recomendable.

Luego, como se ve en otras obras de este autor, nunca sabes cuál es la realidad. Te hace dudar, sobre todo, la capacidad que tiene una persona de manipularla, de manera que estás todo el rato pensando si lo que se va narrando es la realidad, o ha sido modificada, o...

Para acabar... Leed Ubik.

09 octubre 2010

Otro vals curioso y bonito: Los Amantes, de Marcela Moreno

Esto de aprender a bailar te cambia la forma en que oyes la música.


Hará un par de semanas, grabé un CD de música para comprobar si una grabadora de un portátil recién reparado funcionaba. Era un disco de hace diez años, el Boom 1999... Aparte de la nostalgia hacia aquella época, una de las mejores de mi vida después de mi etapa en Granada, me di cuenta de que Para toda la vida, de Marcela Moreno, era un chachacha. Tan harto de escucharla en aquellos años, y resultaba ser un chachacha. Buscando más cosas de esta artista argentina, Marcela Moreno, en Goear, me encuentro con:

Los Amantes.

que resulta ser un vals y, si no me equivoco, en 6/8. Me recuerda ligeramente a "Soy tu aire" de Labuat, que me recomendó Lillu en un comentario anterior, aunque Los Amantes me parece más bonito.

Pues eso, a disfrutarlo.

08 octubre 2010

Leído: La Guerra por el Norte, de Guillem López.

Retomo esta sección que, desgraciadamente, tenía olvidada. De hecho, desde la última entrada en diciembre del año pasado sobre este tema, hasta hoy, he leído unos pocos libros, pero ya no recuerdo cuáles, así que no los reseñaré. Creo que leí Alas de Fuego y la segunda parte de Grimpow, pero no sabría deciros...

El penúltimo libro que he leído últimamente es la primera novela del escritor Guillem López. La bitácora oficial del libro, llena de curiosidades (como que el autor ha compuesto una banda sonora basada en su libro) es esta: Leyenda de una era. La editorial que tiene la osadía de publicar obras de fantasía épica, no orientadas al público juvenil y un autores españoles es el Grupo Ajec en la colección Excalilbur fantástica. Digo esto porque, hasta hace relativamente poco, de toda la fantasía épica que se escribe en español, sólo salían a la luz obras cuyas características las hiciesen adecuadas para el público juvenil o incluso infantil. La fantasía épica tenía que ser anglosajona, y de autores consagrados.

Esto, afortunadamente, está cambiando en el ámbito de la fantasía épica (la ciencia-ficción pura sigue siendo un género maldito), y está surgiendo una nueva "generación" de autores de fantasía de altísima calidad y con un sabor que llamaría "mediterráneo" o "español", que las diferencia de la fantasía épica anglosajona a la que estamos acostumbrados. Y esta obra, La Guerra por el Norte, está dentro de esta nueva "generación".

La Guerra por el Norte es fantasía épica para adultos. Es un libro denso, complejo y con escenas de lucha bastante explícitas. Destaca con fuerza la gran elaboración de la red de tramas de intereses políticos contrapuestos que desencadenan la mayoría de los conflictos que se van describiendo en la obra. Traiciones sobre traiciones, ambiciones, ideales... Destaca también la importancia que le concede el autor a la descripción de los sistemas políticos y las organizaciones internas de los diferentes reinos involucrados. La curiosa diarquía en proceso de centralización de Misinia, la monarquía fragmentada y medieval al estilo europeo que reina en Aukania, con caracteres germánicos. El imperio de Serende, un estado que recuerda mucho a los imperios islámicos medievales, tanto en organización, como en refinamiento y en la importancia del comercio... La situación interna de cada una de estas naciones (en particular la de Misinia y Aukania) le queda bien clara al lector.

Pienso que esta es una de las características habituales de la fantasía épica "para adultos" española: el gusto por la caracterización de las instituciones de los países que aparecen en la trama, cosa que suele hacerse con más detalle que en muchas obras "clásicas" de fantasía (un ejemplo claro es El Señor de los Anillos; Tolkien sólo se centra, y sólo un poco, en la estructura política de La Comarca y de Gondor... de la forma de gobierno en Mordor apenas se dice nada, por poner un caso llamativo. Hay más ejemplos). Otra es un levísimo "anticlericalismo", que he visto reflejado en varias obras fantásticas de esta "generación".

Por lo demás, esta es una de esas novelas denominadas "novelas río". Hay multitud de historias entrelazadas que van fluyendo en el seno de una historia mucho mayor, precisamente, la guerra por el norte. Si bien, se apunta a otra trama principal que, en este primer libro o, como dice el autor, primera parte de la historia, se va perfilando. A mí, el asunto de las personas que nacen con esas capacidades, me hizo plantearme cuestiones sobre teoría de la evolución. No seré más explícito para no revelar nada, ya que esta relación sólo se comenta explícitamente al final (implícitamente, se capta desde mucho antes).

Las subtramas de acción están muy bien escritas, con mucho dinamismo, y se leen con mucha facilidad. Las subtramas políticas, por lo menos a mí, me sorprendieron por su complejidad, ya que involucran a 100 o 200 personajes, cada uno con unas motivaciones concretas, aliado teóricamente con otro, pero en realidad conspirando contra él junto a su auténtico aliado que, quizá esté aliado con un tercero...

Es un libro que deja muy buen sabor de boca, y con ganas de leer la segunda parte.