Mundo de cenizas. Capítulo VI
—Estamos muy cerca, don Gabriel. Siempre se esconde por aquí cuando se mete en problemas.
Christine rogó a su acompañante, con un gesto, que se detuviera. Estuvo un rato atenta, porque creyó haber oído algo, pero era una falsa alarma. Siguió caminando y terminó por reconocer el sitio por donde se accedía a uno de los escondites habituales de Adriana. Le pidió a su acompañante que esperara, y entró agachada por el hueco dejado por unos matorrales. Le costó algo avanzar, porque era más alta y desgarbada que su amiga, pero, al fin, oyó su voz, probablemente canturreando algo para no aburrirse. Como no conseguía verla, dijo en voz alta:
—Adriana. Sal un momento. Soy Christine.
Su amiga la sorprendió saliendo de un sitio inesperado. Se puso delante de ella, menos agachada y moviéndose con más soltura, y le dijo, con los ojos embargados de emoción:
—Gracias por venir a verme.
—Sal un momento. Tu padre quiere hablar contigo.
Adriana se quedó clavada y repuso con tristeza:
—No quiero… me a echar de casa, me lo prometió, que si volvía a hacer algo malo, me echaría.
Aquello lo explicaba todo. Con lo sensible e inocente que era su amiga, se había tomado en serio los gritos de su padre, que únicamente había perdido los nervios. Por eso, éste le había pedido ayuda, preocupado porque Adriana llevaba desaparecida desde la tarde anterior. No le había pasado nada malo, sólo le daba miedo la regañina que le esperaba. Eso le había explicado pacientemente a don Gabriel que, como tantas veces, había llegado a un acuerdo con la familia que había sufrido las iras de Adriana y sólo quería verla de vuelta en casa. De modo que había decidido acompañar a Christine.
Salieron las dos del escondite, y a Adriana le bastó poner un pie fuera para darse cuenta de que su amiga no había venido sola. Cuando vio quién la acompañaba, sólo acertó a decirle, mientras miraba fijamente a su padre:
—No me habías dicho que había…
Como quiera que Adriana se había quedado parada, mirando a su padre, con los ojos arrasados, fue don Gabriel quien se acercó despacio, mientras su hija se disculpaba:
—Papá… os aseguro que no sé qué ha pasado, yo no quería…
Mientras don Gabriel la abrazaba y ella respondía de igual forma, le dijo con resignación:
—Ya lo sé. Nunca deseas hacerlo, pero siempre sucede algo.
Christine les miró divertida. Adriana empezó a replicar, a jurar y perjurar que no sabía cómo había pasado, que ella no había hecho nada y que la puerta de la casa de don Pedro y doña Francisca se había llenado de arañazos sola. La conocía muy bien para saber que si replicaba de esa forma era porque se le había pasado el mal rato. Le resultaba tan curiosa la calidez y el cariño que le demostraba don Gabriel a su hija… La madre de Christine era seca y fría con ella, aunque, en el fondo, no tenía derecho a quejarse porque ella misma era igual de reservada e inexpresiva, muy torpe a la hora de demostrar afecto. No es que no se quisieran, es que nunca lo demostraban. En cierto modo, envidiaba a su amiga por ello.
Cuando se separaron, Christine oyó hablar a don Gabriel:
—He hablado con doña Francisca, y accederá a olvidarse de lo que ha pasado si, además de pagarle lo que has destrozado, te vas a su casa y le pides perdón a su hija.
Ella respondió muy indignada:
—¡No! ¡Eso no! Me llamó zorra y estúpida y dijo que olía a cuadra. Pagadle el doble por la puerta, pero no me hagáis pedirle perdón a…
Don Gabriel interrumpió las protestas de su hija agarrándole de un antebrazo y diciéndole, en tono firme:
—Harás lo que yo te digo ahora mismo, y lo harás delante de mí. ¡Vamos!
Y se la llevó, a lo que ella repuso con un par de gemidos más propios de una niña caprichosa. En esto, Christine apretó el paso tras ellos y dijo:
—Don Gabriel, disculpe… —Y cuando éste se detuvo y se volvió, añadió—: ¿le incomoda a vuestra merced que vaya yo también? Después me gustaría ir con Adriana al mercado, si ella quiere.
Como don Gabriel y su amiga accedieron, volvieron los tres juntos a Imessuzu. Mientras regresaban, Christine se preguntaba cómo era posible que Adriana y ella fuesen tan buenas amigas si eran opuestas en todo. Christine era alta, rubia y de ojos azules, pero demasiado delgada, algo huesuda y desgarbada y poco agraciada. Adriana no era muy alta y tenía el pelo y los ojos negros, pero la consideraban, con diferencia, la chica más bella de Imessuzu. Christine era tranquila y paciente, reservada y muy educada, mientras que su amiga era un manojo de nervios, con un genio muy vivo, que le causaba algún que otro problema, como el de aquellos momentos. Y lo que le daba más pena, a Adriana la temían y le daban de lado por culpa de los sucesos extraños que habían precipitado la muerte de su madre, mientras que a Christine le profesaban respeto y agradecimiento, algo fríos sin embargo, porque era la ayudante de la curandera del pueblo.
Ninguno de los tres dijo nada hasta que llegaron a la puerta de la casa de don Pedro. Christine que se quedó algo apartada, por buena educación, comprobó preocupada que los arañazos que afeaban la puerta, dibujando una equis, eran muy profundos, como los de las garras de una fiera. Había visto en otras ocasiones puertas o paredes estropeadas por su amiga de esa forma, pero parecía que la cosa iba cada vez a peor.
Sin embargo, gracias a la buena mano para tratar con la gente que tenía don Gabriel, todo fue bien. Doña Francisca estuvo un rato protestando, diciéndole que su hija debía aprender modales, que la castigase, porque aquello no se podía consentir… A todo respondió con cortesía, sin alterarse en ningún momento. Por su parte, Adriana estuvo a la altura. Cuando Christine vio salir a Clara, la hija más pequeña de doña Francisca, con un aire de arrogancia odioso, reconoció que a ella misma le habría resultado difícil disculparse. Clara era de las chicas de su edad que más ojeriza le tenía a Adriana y, en el fondo, ella se limitaba a devolverle esa misma antipatía. La obligó a decir todos los insultos que le había dedicado a Clara, que eran mucho peores y más soeces que los que había recibido su amiga, y a asegurarle que nunca le diría nada así.
Cuando doña Francisca y Clara cerraron la puerta tras despedirse de don Gabriel, éste se despidió amablemente de Christine, dándole las gracias por todo, y de una forma más seca de su hija. Adriana quiso alejarse de allí pronto, y las dos amigas se encaminaron hacia el mercado, que estaba situado en una plaza próxima, en silencio hasta Christine le preguntó:
—¿Qué ha pasado esta vez?
Como Christine pretendía, aquello sacó de su silencio a Adriana, que respondió indignada:
—No tuve más remedio que pasar delante de casa de Clara y tuve la mala suerte de cruzármela. Como me miró con cara de asco, no me aguanté y le pregunté que a qué venía eso, y ella respondió que apestaba, que olía a cuadra. Entonces, empezamos a discutir, a gritarnos, y ella terminó por entrar un su casa y cerrar de un portazo. Me quedé un instante delante de la puerta, me volví y cuando me marchaba, oí como si arañaran la madera y al ver lo que había pasado salí corriendo. Lo malo es que antes de que pudiera doblar la primera esquina, abrieron la puerta y doña Francisca a lo lejos, me gritó algo, así que desaparecí.
Hizo una pausa para inspirar y concluyó:
—¡Pero yo no hice nada! La puerta se arañó sola. Como por arte de magia. Soy inocente, pero mi padre se enfadó tanto la última vez…
Desde hacía un par de años, recordaba Christine, Adriana había sufrido ya once sucesos como este. Lo que más le empezaba a preocupar era que cada vez se producían con más frecuencia y, además, sus efectos eran más graves. Confiaba en su amiga y sabía que era sincera, pero aquello que le pasaba no era normal. Desde siempre, Adriana demostró tener una habilidad especial para incomodar con su sola presencia a las personas que la odiaban. Recordaba que, cuando la milicia de Imessuzu instruía a las chicas de su edad en tiro al arco, otra de las enemigas declaradas de Adriana se ponía tan nerviosa en su presencia, que tenía que tirar bien lejos de ella, o no era capaz, casi, ni de tensar el arco. Pero arañar puertas y no acordarse era algo mucho más difícil de explicar racionalmente.
A Christine le habría gustado haber presenciado alguno de aquellos incidentes, ya que tendría más pistas para explicarse el motivo y poder ayudar a su amiga. Porque las dos convenían que, hasta entonces, aquello sólo había pasado con paredes o puertas, pero que si un día volviera a su casa una de sus enemigas herida, el problema sería infinitamente más grave. Sin embargo, nadie se metía con su amiga si Christine estaba con ella, porque inspiraba mucho respeto, por su altura, su porte y, quizá, por el hecho de que era de las pocas mujeres, que no pertenecían a la milicia, que no salía de casa sin la ropera al cinto. Adriana, tras haberse interrumpido, prosiguió:
—No sé cómo me suceden estas cosas. Si no hubiera oído como se arañaba la puerta, ni siquiera me habría dado cuenta, porque estaba tan furiosa que no miré atrás, como suelo hacer siempre.
Christine repuso, pensativa:
—Eso es nuevo. Nunca habías oído antes cómo se arañaban las puertas, ¿verdad?
—Nunca.
—Te lo he dicho muchas veces. Pienso que te enfureces tanto que pierdes la cabeza y haces cosas de las que no te acuerdas luego. Que te limitas a usar tu puñal para hacer esas marcas, pero que hayas oído las marcas cuando estabas a dos o tres metros… eso es mucho más raro, y no encaja.
Adriana suspiró, y repuso:
—Tu explicación es muy razonable, pero no tengo lagunas cuando me pasan esas cosas. Puedo recordar todo sin huecos en blanco, sólo que cuando me alejo y me vuelvo, me encuentro, a veces, puertas o paredes estropeadas. No sé… quizá…— Y acercándose a su amiga para hablarle en susurros, preguntó—: verás, ¿sabes algo acerca de fantasmas o espíritus o cosas parecidas?
A Christine le extrañó bastante aquella pregunta:
—No mucho. Le puedo preguntar a mi madre, pero los curanderos no solemos saber de esas cosas. ¿Qué tiene que ver?
Adriana tiró de su amiga y se la llevó a la entrada de un callejón poco transitado, y en voz baja, respondió:
—Verás. Creo que hay un fantasma que me ronda. Antes se manifestaba de noche, en la cama, mientras me dormía, como sombras, como una voz susurrante. Alguna vez lo había visto al atardecer en la calle, mirándome sonriente. Pero cuando pasé la noche de ayer al raso, al despertarme, se hizo mucho más corpóreo… o bueno, corpórea, porque, según dice, es el espíritu de mi madre, que en paz descanse. ¿Eso es posible?
—¿Por qué no me lo habías contado antes?... Y bueno, es posible, pero muy raro.
—Pensaba que eran imaginaciones mías, o alucinaciones, por eso no quise decírtelo. De hecho, aunque la aparición de esta mañana fue muy real, no estoy segura de que no sea producto de mi imaginación, pero… ¿Te acuerdas cuando me encontraste esta mañana? Estaba hablando con ella.
—¿Y no te da miedo?
—No. Por eso siempre he creído que es una alucinación. Es muy dulce, muy cariñosa, y dice continuamente que no quiere hacerme daño. Pero… no sé, a mí me parece que no es mi madre. No sé… mi padre la vería también. Le he insinuado a veces que veo y oigo cosas, pero a él no parece pasarle.
Christine estuvo unos instantes haciendo memoria. Finalmente dijo:
—Recuerdo que mi madre, alguna vez, me contaba leyendas del país de mis antepasados. Había un tipo de fantasma… mi madre no me ha enseñado como se llama en nuestra lengua, ella lo llamaba Doppeltgänger. Son fantasmas que toman la imagen de otra persona, pero tienen un carácter opuesto al de esa persona… si tu madre era bondadosa, su Doppeltgänger será maligno. El único problema es que para tener uno de estos fantasmas, tu madre debería estar viva. Pero no sé de otro espíritu que tome la forma de alguien, y que no sea el espíritu de ese alguien. ¿Estás segura de que no es tu madre?
—Bueno… segura no estoy, pero siento que no lo es. No conocí bien a mi madre, murió cuando yo tenía ocho años, pero… siento que no es ella.
—Nadie dice que los Doppeltgänger existan. De todos modos… ese espíritu, ¿te has fijado si tiene sombra? ¿te has fijado si se refleja en un espejo o en el agua?
—No. ¿Por qué?
—Un Doppeltgänger no tiene sombra, ni se refleja. Puedes probar a llevarte un espejo pequeño, y cuando se te aparezca, lo compruebas.
En un gesto que Christine no comprendió, Adriana suspiró y dijo:
—Buscaré un espejito. Ya te contaré.
Como llegaron al mercado, no volvieron a hablar de aquello. Pero Christine pensaba que, si a su amiga no le jugaban sus sentidos una mala pasada, el causante de aquellas cosas bien podría ser ese fantasma que se le aparecía. Aunque seguía pensando que lo hacía ella sin darse cuenta.






